Cambio de hábitos ante la COVID-19

Cambio de hábitos

Enrique Pallarés Molíns

Enrique Pallarés Molíns

Doctor en Psicología. Profesor emérito de la Universidad de Deusto

Publicado en EL Correo. Domingo, 30 de agosto de 2020. Página 34

Publicado en La Rioja. Lunes, 31 de agosto de 2020.

Uno de los frentes, no el único, para la contención de la COVID-19, es el cambio de algunos hábitos personales y sociales. Aunque están en el foco de los medios y en la diana de algunas medidas legales, no pretendo culpar de los rebrotes únicamente a las actividades festivas grupales y al ocio nocturno, pero tampoco se puede negar ni minimizar su importante papel.

Tras estos comportamientos están ciertas creencias, sostenidas más o menos conscientemente. Una de ellas es la ilusión de invulnerabilidad, creencia falsa que niega o minimiza la probabilidad de una amenaza real, como el consumo excesivo de alcohol, o el ser contagiado o contagiar a otros. Responde, a su vez, al pensamiento egocéntrico de que uno, o el grupo, constituye una excepción a las leyes naturales. Es muestra también de un optimismo exagerado y no realista, acompañado de una sensación de control exagerada («Está bajo mi control»), tan negativa como percibir que todo escapa al propio control.

Hay más. Walter Mischel, en un experimento clásico, repartió un caramelo a varios niños, con esta instrucción: «si lo conservas sin comerlo, cuando regrese te daré dos». Algunos niños optaron por la gratificación inmediata y se lo comieron al momento, mientras que otros lo guardaron y, así, recibieron después dos caramelos más. Saber posponer la gratificación es un buen indicador de la personalidad madura, capaz de regular la propia conducta y de prevenir las consecuencias de sus acciones. Limitar los contactos, mantener la distancia social, usar correctamente la mascarilla, o cumplir las normas higiénicas, son condiciones, no para recibir dos caramelos, sino para conservar la salud propia y la ajena.  

La presión del grupo constituye un factor muy importante o determinante en estas personas reunidas para la socialización festiva, con ese eficaz creador de ‘ambiente’ y desinhibidor que es el alcohol. Con frecuencia se observa el llamado ‘pensamiento de grupo’, o proceso por el que se toman decisiones irracionales, debido a la tendencia a la conformidad y a descartar la disidencia. Los miembros prefieren la armonía y la cohesión del grupo al pensamiento racional y crítico. La reflexión lúcida sobre esta dinámica constituirá una vacuna eficaz, para ser capaz de decir «no» a comportamientos grupales inadecuados, con los que en el fondo no se está de acuerdo.

Importa también ser consciente de que, además del grupo de amistad, de familia o de edad, está el grupo social más amplio. Porque no vivimos en una burbuja que impide la repercusión de nuestras acciones en los demás, sino en una red global de influencias, en la que todo repercute en cadena en todos.

La proximidad y el contacto físico expresan, y a la vez estrechan, la amistad y el afecto, pero, por desgracia, en el momento actual favorecen también el contagio. Mantener la distancia social y frenar las efusiones afectivas y de alegría con contacto, cuando hay riesgo de contagio, es saber apreciar la salud propia y la ajena. Los confinamientos temporales y la abstención del contacto corporal al saludar pueden ser, paradójicamente, la ocasión para profundizar en lo que es la auténtica cercanía y aprecio. Una circunstancia propicia también para reducir la dependencia excesiva del grupo, tan negativa como la búsqueda del aislamiento autosuficiente de los demás.

Algunas de las normas restrictivas para contener la COVID-19 chocan con usos y costumbres, arraigados con fuerza. Pero no son restricciones caprichosas ni limitan los derechos fundamentales más de lo que lo hace la norma de tráfico para los vehículos de no saltarse un stop o de no circular por las aceras. Es más, en general, resultan saludables. Por ejemplo, las limitaciones al ocio nocturno facilitarán la saludable sincronización con el ritmo circadiano de sueño-vigilia, a la vez que posibilitarán el descanso de los que sufren con indefensión los ruidos de la ‘movida nocturna’. 

La mayoría cumple las normas establecidas, pero una minoría adopta, incluso con arrogancia, la postura insolidaria o inconsciente de incumplirlas; algunos, incluso, muestran un negacionismo militante, apelando a ideas pseudocientíficas y siguiendo intereses políticos y económicos ocultos. La reflexión razonada, sin buscar culpables ni realizar generalizaciones inexactas, evitará reacciones defensivas de rechazo, a la vez que fomentará la creatividad para buscar formas alternativas de socialización y de ocio, compatibles con la prevención de la COVID-19. Pero la situación es tan grave como para que la autoridad no mire para otro lado ante los incumplimientos.

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Celebrar la amistad (30 de julio: Día Internacional de la Amistad)

Día Internacional de la Amistad

Celebrar la amistad

Enrique Pallarés Molíns

Promoción 1962

Publicado en el número de abril 2020 de la revista Vuelos (Antiguos Alumnos del Colegio San Francisco Javier, de Tudela de Navarra)

Enlace al texto en PDF: Celebrar la amistad

La Asamblea General de las Naciones Unidas instituyó en 2011 la celebración, cada 30 de julio, del Día Internacional de la Amistad. El 26 de abril se celebrará en el Colegio San Francisco Javier de Tudela la reunión anual de Antiguos Alumnos. Dos días especiales para reflexionar y estimular el cultivo de la amistad durante todos los días del año, pues, como dice Aristóteles, sin la amistad la vida sería un error. Las noticias de guerras, violación de los derechos humanos, miseria y, en general, de insolidaridad y hostilidad son muy frecuentes y clamorosas. La marea negra del desencuentro y del odio, además de tóxica, dificulta el reconocimiento de las fuerzas constructivas, como la amistad, presentes también y con potente fuerza en el ser humano.

La amistad es una forma de relación interpersonal observable en todas las etapas de la vida, lugares y tiempos, aunque con expresiones propias. No es antropomorfismo aplicar el término ‘amistad’ a los animales, pues en el reino animal, por ejemplo, en los primates, elefantes y delfines, se observan comportamientos equivalentes a la amistad; y por supuesto, entre el ser humano y algunos animales. La amistad es, pues, un fenómeno universal, pero en el ser humano muestra unas características especiales de profundidad y trascendencia.

Existen diferentes grados de intensidad y compromiso en la amistad –del amigo/conocido al íntimo amigo–, pero siempre se incluye o se aspira a un clima de aceptación, confianza, fidelidad y ayuda. Amistad, incluso, como el amor, más allá de la muerte. El amigo de verdad escucha, aconseja y apoya de forma desinteresada. Aristóteles proponía como modelo de la amistad el amor de las madres a los hijos, pues «los siguen queriendo sin buscar la correspondencia en el amor».

Un objetivo, es cierto, difícil de alcanzar. Algunas redes sociales hacen demasiado fácil la amistad o, más bien, una trivialización de la amistad si no se supera ese nivel de realidad virtual. Se puede aplicar aquí la sentencia que Nietzsche pone en boca de Zaratustra: «Existe la camaradería: ¡ojalá exista la amistad!». Es la tarea de cultivar la amistad, complemento de la justicia, desde sus formas más superficiales a las más sólidas. Porque, aunque no abunda, existe la verdadera amistad, modelo y meta hacia donde orientar las relaciones interpersonales.

La verdadera amistad no implica encerrarse en una relación con una o pocas personas afines; tiende a hacerse más profunda, pero también a extenderse en la diversidad. Amistad intercultural, amistad entre pueblos, amistad intergeneracional, amistad con la natural y amistad con Dios fuente del amor y de la verdadera amistad. Pero, también, amistad con uno mismo, es decir, reconciliación interior, para hacer posible y cimentar bien la amistad con otras personas.

El jesuita italiano Matteo Ricci abrió un canal de comunicación y amistad entre China y Europa. El regalo que le hizo al príncipe Jian’an, en 1595, fue precisamente un librito con cien máximas sobre la amistad. No resisto a transcribir algunas de ellas, que constituyen unas acertadas pinceladas sobre la amistad:

«Mi amigo no es otro, sino una mitad de mí mismo y, por lo tanto, un segundo yo. Por tanto, debo mirar a mi amigo como a mí mismo

«Antes de hacer amigos, deberíamos examinar. Después de hacer amigos, deberíamos confiar»

«Si no puedes ser amigo de ti mismo, ¿cómo podrás ser amigo de otro?»

«Si uno tiene muchos amigos íntimos, entonces no tiene amigos íntimos»

«Un amigo es la riqueza del pobre, la fuerza del débil y la medicina del enfermo»

 «Quien encuentra un amigo, encuentra un tesoro», instruye el Eclesiástico. También la Psicología ha mostrado las consecuencias positivas de la amistad. Además de antídoto de la soledad no deseada y de sus consecuencias negativas, tener amigos es clave para el bienestar personal y para la auténtica felicidad. Pues la amistad no solo protege en la adversidad, sino que es también condición esencial de la felicidad. Los estudios empíricos sobre los factores que determinan la felicidad humana ponen en primer lugar claramente las relaciones de familia y de amistad.

El médico y pensador aragonés Pedro Laín Entralgo, autor de un profundo y bien organizado tratado sobre la amistad –de obligada referencia–, la consideraba fundamental para el buen funcionamiento de la vida pública española. Entre el pesimismo y la esperanza, proponía que la relación política, incluso si se realiza en la discrepancia y en la oposición, tuviera como fundamento la amistad y la inteligencia. Amistad e inteligencia para comprender, respetar y acercarse al otro, incluso si no se coincide en ideas. Aunque resulta poco realista pretender que el manto sanador de la amistad cubra repentinamente la crispada selva de la vida política y social actual, no es utópico conseguir un debilitamiento progresivo de la enemistad y un reciclaje de los potentes esfuerzos orientados a destruir al adversario político en energía constructiva para el bien común.

La amistad, además de explicada por destacados filósofos y psicólogos y de inspirar muchas novelas y películas, ha sido loada en bellos poemas y canciones. El político y poeta cubano José Martí, en uno de los poemas de Versos sencillos, propone la rosa blanca como imagen de la amistad pura:

Cultivo una rosa blanca

en junio como en enero

para el amigo sincero

que me da su mano franca

Pero, al final de su breve y sencillo poema, el poeta deja claro que no cultiva el odio ni el rencor hacia el que no le quiere bien:

Y para el cruel que me arranca

el corazón con que vivo,

cardo ni ortiga cultivo;

cultivo la rosa blanca

¡Que la rosa blanca prevalezca sobre la ortiga! ¡Que la cordialidad y la amistad derrita el hielo de la hostilidad! Adecuado y oportuno mensaje para esta celebración de la amistad que es la reunión anual de Antiguos Alumnos del Colegio: que retroceda el árido desierto de la enemistad, y avance el acogedor jardín donde crecen las rosas blancas de la amistad. Esa amistad que, según el filósofo griego Epicuro de Samos, «danza alrededor del mundo y, como un heraldo, nos invita a todos a que despertemos para celebrar la felicidad».

 

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Santa Ana y san Joaquín. Día de los Abuelas y Abuelos

abuelos

Monumento a los Abuelos. Hamilton Reed Armstrong, 2005. Pl. de San Joaquín y Santa Ana, Torremolinos (Málaga).

Santa Ana y San Joaquín La Roldana

Santa Ana, San Joaquín y la Virgen. Luisa Roldán (La Roldana, 1652-1706). Terracota policromada. 51 x 35 x 30 cm. Museo de Guadalajara.

La escultura de Luisa Roldán y el monumento de Hamilton Reed Armstrong, dos obras artísticas dedicadas a los abuelos. Estoy seguro de que cada uno de nosotros tiene también en su corazón un monumento dedicado a sus abuelos, formado con los recuerdos entrañables e indelebles de esas personas queridas que son los abuelos.

En mi libro Para afrontar el envejecimiento dedico a los abuelos un apartado, del cual extraigo estos dos párrafos: «Ser abuelo puede considerarse como una experiencia nor­mativa que afecta a gran parte de los adultos, a la que se le concede gran importancia, incluso algunos consideran el he­cho de tener un nieto como un marcador o señal de entrar en la vejez. El aumento de la esperanza de vida multiplica las pro­babilidades de ser abuelo, a la vez que la mayor frecuencia de divorcios y el trabajo de la mujer fuera del hogar contribuyen a que la función del abuelo adquiera mayor relevancia.

La relación con los nietos constituye una experiencia muy positiva, dado que, por lo general, se trata de una relación cá­lida e indulgente, que cumple varias funciones. Fomenta la cohesión familiar y simboliza la continuidad del pasado con el futuro. Es, pues, una forma privilegiada de relación inter­generacional, esencial para que el niño adquiera el sentido de la continuidad histórica y cultural. Los abuelos ofrecen a los nietos un amor incondicional, a la vez que esta relación puede servir para prevenir en los nietos la formación o acentuación de estereotipos negativos contra las personas mayores».

(Enrique Pallarés Molíns: Para afrontar el envejecimiento. Bilbao: Mensajero, 2019. Página 183

 

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Para afrontar el envejecimiento (reseña)

Para afrontar el envejecimiento A y O

Reseña de mi último libro “Para afrontar el envejecimiento”. La publicó ayer, Día del Libro, el semanario

Alfa y Omega. Nº 1177 – 23-07-2020.

Título: Para afrontar el envejecimiento
Autor: Enrique Pallarés Molíns
Editorial: Mensajero

En 2050, según el informe Perspectivas de la población mundial, la población de 60 años o más se habrá duplicado respecto a nuestros días. Cuando llegue el cambio de siglo, habrá tres veces más personas de esa edad que en la sociedad actual, ya envejecida. El conjunto de fuertes cambios (biológicos, laborales, familiares…) en las últimas décadas de la vida lleva en ocasiones a que la vejez se convierta en una etiqueta que acabe desembocando en generalizaciones indebidas, estereotipos e incluso algunas formas de discriminación bautizadas como edadismo. Incluso las propias personas mayores, al interiorizarlas, pueden excluirse de la vida social.

El psicólogo Enrique Pallarés, profesor emérito de la Universidad de Deusto, ofrece en esta obra un compañero de viaje para las personas mayores y quienes conviven con ellas. De forma sencilla y sintética, explica los procesos que afectan a las funciones intelectuales y la memoria, y cómo la propia personalidad, las emociones, las relaciones personales o el ritmo de actividad y descanso van evolucionando con los años. Sin idealizar la tercera edad, ofrece orientaciones (que no pretenden ser recetas) para vivir estos años de la mejor forma posible. También con una mirada más allá, a la cuestión del sentido y a la muerte, para entender mejor esta porción de la vida.

M. M. L.

 

Si desea más información sobre este libro (índice, prólogo, contracubierta, listado de mis libros) la encontrará haciendo ‘control clic’ en este enlace:

Información Para afrontar el envejecimiento y libros

 

 

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Día del Libro 2020 (23 de julio)

Día del libro 2020

La pandemia impidió celebrar como es debido el 23 de abril el Día Internacional del libro (23 de abril). Por esta razón, este año se celebra hoy, 23 de julio. En realidad todos los días del año, deberían ser DÍA DEL LIBRO. No está mal que, por lo menos un día, tengamos un recuerdo especial para el libro.

En primer lugar, desearle al libro, nuestro gran maestro y amigo fiel, larga vida y muchos lectores. Desear también a los autores inspiración y compromiso para hacer del libro un instrumento, no solo de entretenimiento, sino de conocimiento y de paz, es decir, de salud personal y social. Ánimo también a todos los que trabajan en la elaboración y difusión del libro: autores, editores, impresores, distribuidores, libreros y bibliotecarios.

Os presento también mi aportación al inmenso océano de la bibliografía. En siguiente enlace encontrarás los libros que he publicado y una información breve de cada uno de ellos. Haz ‘ctrl clic’ en:

Libros de Enrique Pallarés Molíns

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No utilicemos la memoria como arma arrojadiza

No utilicemos la memoria como arma arrojadiza cab

No utilicemos la memoria como arma arrojadiza

Enrique Pallarés Molíns

Doctor en Psicología. Profesor emérito de la Universidad de Deusto

Publicado en El Correo. Domingo, 19 de julio de 2020

Enlace al texto en PDF: No utilicemos la memoria como arma arrojadiza art

La memoria humana realiza varias funciones; desde el dominio del vocabulario al recuerdo de los hechos de vida, sin olvidar los aprendizajes académicos o del manejo de aparatos, la práctica de los deportes, la danza, etc.

Pero la memoria no es solo un fenómeno individual, sino también colectivo o social; los pueblos tienen memoria como las personas. No solo la historia escrita constituye la memoria colectiva; los monumentos, las tradiciones, los archivos, o los museos son algunos ejemplos de lugares de la memoria colectiva. Como dice Ítalo Calvino, el pasado de una ciudad está escrito «en los ángulos de las calles, en las rejas de las ventanas, en los pasamanos de las escaleras, en las antenas de los pararrayos, en las astas de las banderas».

En experiencias de cierta complejidad, la metáfora de la memoria como un aparato reproductor fiel de sonido o de imagen, no resulta adecuada ni para la memoria personal ni para la colectiva. Desde el psicólogo inglés Frederic C. Bartlett, la Psicología de la Memoria insiste en que al recordar no reproducimos con exactitud el pasado, sino que lo reconstruimos o, incluso, ‘lo construimos’. Esta proposición, que goza de abundante apoyo empírico, indica que al intentar recoger el pasado lo modificamos y transformamos de acuerdo con nuestros esquemas mentales, nuestra afectividad y el contexto cultural actual. No existe una memoria neutra y objetiva, más allá de la de los datos concretos y aislados.

Antony G. Greenwald habla del ‘Ego totalitario’ o manipulador del pasado al modo de los estados totalitarios. Es la memoria sesgada en beneficio propio. Cita Greenwald la conocida frase orwelliana: «Quien controla el pasado controla el futuro; quien controla el presente controla el pasado». El escritor checo Milan Kundera va todavía más allá cuando afirma, con su fina y aguda ironía, que «Los hombres quieren ser dueños del futuro para ser dueños del pasado»; porque «El futuro es un vacío indiferente que no le interesa a nadie, mientras que el pasado está lleno de vida y su rostro nos excita, nos irrita, nos ofende y por eso queremos destruirlo o retocarlo». Existe en la actualidad un interés, tal vez excesivo por hurgar en el pasado; en realidad por buscar en el pasado armas para combatir al enemigo actual.

Está claro que para el perdón y la reconciliación es necesario recordar el pasado y reconstruir la verdad; perdonar no es olvidar. La reconciliación debe fundarse en la verdad. Así, la Comisión para la Verdad y la Reconciliación, organismo creado en Sudáfrica tras el régimen del apartheid, trataba de conseguir la justicia restaurativa y establecía como proceso fundamental la aclaración de la verdad. Es necesario aclarar la verdad, pero es necesario también evitar la manipulación de la memoria y el ‘exceso’ de memoria. Hay que tratar de buscar la verdad para facilitar la reconciliación y no la venganza. Algunos de los actuales ‘retornos al pasado’, cuando han transcurrido ya décadas o siglos en los que fue posible hacerlo y no se hizo, son sospechosos de pretender lo opuesto a la reconciliación.

Un ejemplo actual, aunque no aislado –existen otros, próximos en el tiempo y en el espacio–, de uso abusivo del pasado es la llamada ‘estatuofobia’, cuyo significado exacto sería fobia o miedo irracional a las estatuas, pero que se expresa en su destrucción, como una forma más de manipulación del pasado. Sin dejar de condenar con firmeza toda forma de esclavitud u otros abusos del pasado, conviene advertir el riesgo de que mirar el pasado fuera de su contexto, sirva sobre todo para desestabilizar el presente.

Algunas de esas acciones no son más que remedos de la ‘damnatio memoriae’ (‘condena de la memoria’ o acción de borrar todo recuerdo), sanción del Senado Romano para reprobar a los enemigos del estado. Los romanos lo aplicaban a casos actuales; ahora, guiados por un pensamiento simplificador de ‘buenos o malos’, se aplica a un pasado no reciente y complejo, que debería ser exclusivamente materia de investigación de los historiadores.

El historiador francés Jacques Le Goff afirmó que la memoria «trata de salvar el pasado para servir al presente y al futuro», por lo que debe favorecer «la liberación y no la servidumbre de los seres humanos». Clara invitación para que el recuerdo del pasado, individual o colectivo, en lugar de fomentar la venganza y el odio, sirva para sanar y construir. De otro modo, se perpetuará, sin control, la espiral ascendente de la descalificación y el conflicto. El corazón no empañado por el rencor y la hostilidad acierta más al recordar.

 

Sobre el tema de la memoria:

Enrique Pallarés Molíns: La memoria. Guía para su conocimiento y práctica. 2ª edición. 248 páginas. Bilbao: Mensajero.

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Esperanza para seguir adelante

Con el motor de la esperanza cab

Con el motor de la esperanza

Enrique Pallarés Molíns

Doctor en Psicología. Profesor emérito de la Universidad de Deusto

Publicado en El Correo. Domingo, 14 de junio de 2020. página 36

 

Enlace al texto del artículo en PDF de El Correo: Con el motor de la esperanza art

 

Cuenta el poeta y filósofo griego Hesíodo en el poema “Trabajos y días”, que Pandora, por pura curiosidad, destapó el ánfora (o ‘caja’ en la traducción posterior) que Zeus había entregado a Epimeteo con la orden de que no fuera abierta bajo ningún pretexto. Al abrirla salieron de ella todos los males –el sufrimiento, la envidia, el hambre, las guerras, las plagas, el odio, etc.– y se dispersaron por el mundo como la gran pandemia del mal global. Pandora cerró el ánfora rápidamente y solo quedó sin salir la esperanza. ¿Es la esperanza un mal? ¿o es el remedio de todos los males?

De las varias explicaciones dadas sobre la permanencia de la esperanza en el ánfora me inclino por la que indica que ocurrió así porque es el último remedio de todos los males. Sin embargo, varios pensadores han ofrecido una visión negativa de la esperanza. Por ejemplo, para Nietzsche la esperanza es el peor de todos los males pues prolonga todavía más el sufrimiento.

Desde hace algo más de dos décadas la Psicología ha tomado la esperanza, concepto con gran raigambre en el pensamiento filosófico y teológico, como objeto de investigación, y trata de promoverla con el fin de neutralizar la desesperanza y mejorar el comportamiento humano en ámbitos importantes. El modelo de intervención más aceptado es el propuesto a partir de 1994 por Charles Richard Snyder, cuando era profesor de Psicología Clínica de la Universidad de Kansas.

Según él, la mejora de la esperanza consiste en desarrollar la capacidad para generar caminos hacia metas accesibles y para activar la motivación con el fin de seguir esos caminos. Determinar las metas (más o menos cercanas) sería el primer paso, dirigido a superar el ofuscamiento paralizante de pensar que todo está cerrado. Para alcanzar la meta propuesta es necesario trazar los caminos adecuados y mantener la motivación para seguir el elegido, a pesar de las dificultades que surjan. No se trata, por supuesto, de una fórmula mágica ni diferente a lo que dicta el sentido común. Pero, a pesar de su sencillez, implica un entrenamiento de la flexibilidad mental y de la motivación, que se implementa a través de varias sesiones, aunque también resulta útil aplicado por uno mismo y a nivel social.

Snyder elaboró también un cuestionario para estimar el grado de esperanza con el que se comprobó que las personas con puntuaciones altas obtienen mejores resultados en varias áreas significativas (académica, salud física y mental, relaciones interpersonales, económica, etc.) que las de puntuaciones bajas.  La esperanza provoca estos efectos positivos porque genera y alienta la acción, hasta el punto de hacer posible lo que parecía imposible. La esperanza es, pues, una actitud que se puede desarrollar y que hay que mantener en lucha contra las tentaciones de desesperanza.

Vivimos unas circunstancias extremadamente difíciles, caldo de cultivo para la desesperanza. El coronavirus ha irrumpido de forma imprevista y contundente, dejando una larga estela de sufrimiento, muerte e incertidumbre. Ahora, más que nunca, sin encandilarnos con falsos remedios, es necesario cultivar la esperanza. La desesperanza es tan contagiosa y letal que el coronavirus. Pero igualmente contagiosa es la esperanza. En este caso, lo adecuado es dejarse contagiar y contagiar.

Tener esperanza no es negar la realidad ni vivir una ilusión irreal o pueril. Esperanza no equivale exactamente a optimismo. El optimista exagera las probabilidades de un resultado feliz; la esperanza lleva a iniciar y mantener el esfuerzo, aunque existan pocas probabilidades de alcanzar la meta. El psiquiatra austriaco Viktor Frankl, superviviente de varios campos de exterminio afirmaba que en los momentos peores de aquellos años y con escasísimas probabilidades de sobrevivir –las estimaba de uno contra veinte–, «no tenía intención de perder la esperanza y tirarlo todo por la borda».

El recuerdo del propio pasado o del ajeno muestra, sin duda, ocasiones en las que una firme esperanza condujo a alcanzar metas que inicialmente parecían inalcanzables. La historia de los pueblos ofrece ejemplos semejantes.

Tomemos conciencia de nuestra capacidad de resiliencia, sin guiarnos por los mensajes catastrofistas. Estamos en la «operación esperanza» que los líderes políticos deben fomentar con una actuación honesta y ejemplarizante, en lugar de ocuparse en rencillas o maniobras para desgastar al adversario. El adversario común es el coronavirus y sus nefastas secuelas. En este crucial momento la esperanza compartida y continuada es el mejor motor para avanzar por el buen camino.

 

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Emociones y pandemia

Emociones y pandemia cabecera

Emociones y pandemia

Enrique Pallarés Molíns

Doctor en Psicología

Profesor emérito de la Universidad de Deusto

Publicado en la revista Mensajero (Grupo de Comunicación Loyola), junio del 2020. páginas 24-27

Enlace al texto del artículo en PDF: EMOCIONES Y PANDEMIA_Mensajero

 

Escribo este artículo durante la desescalada de las medidas de contención contra el coronavirus. Disminuye la gravedad del problema sanitario y pasan a primera línea las consecuencias económicas y sociales. En esta situación se me ocurren algunas reflexiones en torno a las emociones o actitudes emocionales, que considero han jugado o juegan un papel importante en esta crisis.

Miedo, ira y aflicción

Tal vez sean el miedo y la ansiedad las emociones protagonistas de esta tragedia. Miedo respecto a la salud (ser contagiado y contagiar) y a las consecuencias laborales, económicas, etc. Pero, sobre todo, miedo generalizado o ansiedad difusa respecto a un futuro incierto.

El miedo, presente a lo largo de la historia, nace con el ser humano y le acompaña durante toda su existencia. Pero, de vez en cuando, surgen estas «factorías del miedo», es decir, acontecimientos como las pestes y las guerras, potentes generadores y propagadores de miedo. Novedad para los que vivimos en los países desarrollados, pero habitual para millones de personas del mundo.

El que fue presidente norteamericano Franklin D. Roosvelt afirmaba en 1933: «…que a lo único que debemos tener miedo es… al mismo miedo – Al terror sin nombre, irracional e injustificado que paraliza los esfuerzos necesarios para convertir el retroceso en avance». El miedo al miedo. Porque el miedo y la ansiedad, más allá de su primitiva función de alarma ante el peligro, llegan a ser paralizantes. Las terapias psicológicas utilizan la técnica de exposición o acercamiento a lo temido –sin imprudencias–, para evitar que el miedo se desborde. Este plantar cara al miedo consiste, además, en controlar la imaginación, reducir los pensamientos irracionales, e incluso ayudarse del sano sentido del humor. Es decir, no añadir al miedo adaptativo el miedo imaginado.

El miedo puede herir también, con diferentes grados, a la democracia. De hecho, se ha utilizado a lo largo de la historia como herramienta para subyugar a los demás. Timothy Snyder, de la Universidad de Yale, en un reciente estudio, relaciona estrechamente las tiranías modernas con la gestión del terror. Advierte que las situaciones productoras de intenso miedo pueden servir para que los autoritarios traten de robustecer su poder, suspendiendo o limitando los controles democráticos, más allá de lo necesario, así como reduciendo la trasparencia y la libertad de expresión, sea directamente o con la desinformación programada. Es importante ser lúcido ante esta posibilidad.

La ira con frecuencia se asocia al miedo, pues ambas emociones constituyen la respuesta más primitiva ante la percepción del peligro: la llamada «respuesta de lucha (ira) o huida (miedo, ansiedad)». La ira es una emoción claramente universal y muy frecuente en la vida diaria. El confinamiento y, sobre todo la incertidumbre, disminuyen el umbral de tolerancia a la frustración y favorecen la crispación, que se extiende a las estructuras sociales más amplias. O bien lleva a dar palos de ciego buscando culpables e inventando enemigos, malgastando así las energías que requiere el afrontamiento eficaz de la grave situación que vivimos.

Reconocer el inicio e interponer un intervalo temporal («contar hasta 10») entre sentir la ira y expresarla son recomendaciones clásicas, y actuales, para controlar la ira. Convencernos, sobre todo, de que no es el momento adecuado, cuando está ardiendo la casa, para los enfrentamientos. Pero invitar a controlar la ira no es invitar a una sumisión pasiva, sino a ser asertivos y a denunciar, sin agresividad, las desviaciones e injusticias cometidas.

«Una tempestad de aflicciones». Así resumía un sacerdote italiano los efectos devastadores de la peste de 1630. Las cifras de fallecidos por la covid-19 hacen actual esta expresión: ¡Una tempestad de aflicciones! Tras las frías estadísticas, está la realidad humana de cada una de las personas que no han podido sentir en el momento final una mano cariñosa, o las que no han podido expresar su apoyo como hubieran deseado. Despedida, pues, doblemente dolorosa. Dolor por el vínculo afectivo interrumpido con rabiosa crueldad por el coronavirus.

El proceso de duelo en estos casos puede ser más largo de lo habitual y requerir el apoyo especial de las personas cercanas, que faciliten con una escucha empática la expresión de los sentimientos. Puede ayudar a expresar y canalizar las emociones el escribirlas, por ejemplo en forma de carta a la persona fallecida. Esta carta puede servir también de despedida simbólica cuando faltó la ritual.

La amalgama de emociones que constituye el proceso de duelo puede incluir sentimientos de culpabilidad; sentirse culpable por no haber hecho lo que, por otra parte, no se podía hacer («No estuve a su lado cuando más me necesitaba», «Si hubiéramos…»). Cuando estos sentimientos son muy intensos y persistentes conviene plantearse la conveniencia de buscar ayuda profesional. Por lo demás, hay que respetar el ritmo propio de cada persona en la evolución del duelo, pues no existen unas fases ni plazos de validez universal.

Gratitud, felicidad y compasión

Pero estas circunstancias extremas son también propicias para avivar las emociones positivas y ‘dejarse contagiar’ por ellas, así como para ‘contagiarlas’ a las demás personas.

De forma espontánea y generalizada surgió el aplauso de las ocho de la tarde como expresión de agradecimiento, inicialmente al personal sanitario, para ampliarse luego a todas las personas implicadas, directa o indirectamente, en combatir la pandemia. Muchas de ellas han luchado en primera línea, con medidas de protección precarias y grave riesgo para su salud y las de sus familias. Unas, desde sus puestos de trabajo; otras desde el voluntariado. Deber de gratitud hacia todas ellas. Si la pandemia es una fuente de dolor también es una ocasión para la gratitud.

Expresión de gratitud que ha de durar y extenderse. Reconocer que nuestra supervivencia y bienestar dependen de otras personas, ayudará a ver la vida con las lentes de la gratitud; no como algo que se me debe dar, sino como algo que se me da. Hace más de dos milenios afirmó Cicerón: «La gratitud es la primera de todas las virtudes y la madre de todas ellas». Intensificar la práctica de la gratitud tendrá, sin duda, un efecto transformador positivo a nivel personal y social. Para la psicología actual, la gratitud es un ingrediente fundamental de la auténtica felicidad.

¿Resulta oportuno hablar de felicidad en unas circunstancias que se nos presentan, precisamente, como la antítesis de la felicidad? Por lo general, no han sido ni son precisamente días de felicidad –a pesar de que el 21 de marzo se celebraba el Día Internacional de la Felicidad–, pero sí para pensar donde no está y dónde se puede encontrar la auténtica felicidad. El confinamiento, unido al sufrimiento propio o ajeno, hacen estimar más la salud y las experiencias que consideramos ‘normales’. Ocasión también para reconocer las fuentes principales de la felicidad, que destaca la Psicología Positiva: las buenas relaciones familiares, la amistad, la gratitud, el sentido de la vida.

Junto a la fuerza potente de la autoprotección –el instinto de conservación– está el «instinto de compasión» o, para algunos, el «primer instinto». Estas expresiones indican las profundas raíces de esta identificación empática con el sufrimiento ajeno, unida a la realización de acciones orientadas a aliviarlo; esto es la compasión.

Se han descrito ejemplos de conductas semejantes a la compasión en los animales. La investigadora de la conducta animal Lisa C. Davenport describe el caso, observado en Perú, de una nutria mayor, con deficiente visión y motilidad, que fue mantenida viva durante varios mes por otras más jóvenes que le ofrecían alimento y cuidados. Animales de otras especies, según Davenport, ofrecen más ejemplos de protección a los congéneres mayores debilitados.

¿Compasión hasta olvidarse de uno mismo? No. Es necesario unir la compasión hacia los demás con la compasión hacia uno mismo. Son complementarias e inseparables ambas orientaciones de la compasión, tal como explica, inspirada en la psicología budista, la profesora norteamericana Kristin Neff. Según ella, al sufrimiento propio no se debe añadir el autorreproche ni el autocastigo, sino el trato amable. Siempre, por supuesto, sintiéndose parte solidaria de una humanidad frágil y sufriente. Es decir: sanar las llagas de los demás y sanar también las propias llagas.

Esta compasión se ha de ampliar en una «Economía compasiva», un «Estado compasivo» y unas «Relaciones internacionales compasivas». El coronavirus no ha hecho, por lo general, distinción entre clases sociales. Pero sus consecuencias económicas y sociales –la segunda pandemia– las van a sufrir de forma especial los menos favorecidos.

Siempre la esperanza

«La esperanza es lo último que se pierde», o lo que nunca hemos de perder. No hay enfermedad más grave que la desesperanza. El psiquiatra norteamericano Karl Menninger, exhortaba en un discurso a sus colegas de la American Psychiatric Association a fomentar la esperanza del paciente, pues consideraba que la esperanza, junto con la fe y el amor, era la mejor herramienta terapéutica.

La esperanza no es un optimismo ingenuo. Es la firme decisión de no tirar la toalla y de seguir adelante hacia una meta, aunque las probabilidades de alcanzarla sean escasas. El psiquiatra austriaco Viktor Frankl comentaba, años después, que en los peores días de su estancia en los campos de exterminio nazi y cuando estimaba las probabilidades de sobrevivir de solo uno contra veinte: «No tenía intención de perder la esperanza y tirarlo todo por la borda».

La Psicología se ha ocupado de la esperanza desde hace algo más de dos décadas. El profesor Charles Richard Snyder, diseño una terapia o pedagogía de la esperanza, que se concreta en el desarrollo de destrezas para elegir metas factibles, aunque no sean muy grandes, y trazar los caminos para alcanzarlas, unido a desarrollar la motivación para iniciar y persistir hacia esas metas. Es descubrir y seguir alguna luz en la habitación oscura de la desesperanza.

Para el creyente el horizonte último y definitivo de la esperanza es el Dios misericordioso y fiel, que nunca falla. Aunque a veces parece ajeno al sufrimiento del mundo, nunca cesa su acción providente. La fe es la luz que da sentido al caos y aviva la esperanza.

Pero la esperanza no es una actitud que se consigue de una vez por todas, sino el resultado de la lucha contra la tentación de la desesperanza. Porque no faltan circunstancias exteriores ni fluctuaciones internas para que, en ocasiones, se nuble la esperanza.

De la autoestima herida al sano orgullo

Con esta pandemia nuestra autoestima como humanidad ha quedado gravemente dañada o, como dicen los psicoanalistas, el ser humano ha sufrido una profunda herida narcisista. Los avances tecnológicos y de la medicina han generado una falsa sensación de omnipotencia e invulnerabilidad. Pero la pugna insensata para ver quién tiene mayor capacidad de destrucción ha quedado en ridículo ante la irrupción inesperada de un agente microscópico, que ha sembrado el dolor, la muerte y la ruina.

La única forma de encajar y superar este duro golpe a la autoestima colectiva es reconocer con humildad la fragilidad humana y fundamentar nuestro sano orgullo colectivo en la práctica de la honradez, la solidaridad, la compasión y el respeto al Planeta. La necesaria cura de humildad. Lo resumió Albert Camus en las palabras del doctor Rieux, protagonista de La peste: «Es una idea que puede que le haga reír, pero el único medio de luchar contra la peste es la honestidad».

 

 

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La compasión humana

Compasion humana foto red

La compasión humana

Enrique Pallarés Molíns.

Doctor en Psicología. Profesor emérito de la Universidad de Deusto

Publicado en el suplemento Alfa y Omega (23 abril) del diario ABC.

Enlace al texto del artículo en formato PDF: Compasion humana

 

      Escribo este artículo durante el estado de alarma por la pandemia del coronavirus. Duras circunstancias que suscitan el instinto de autoprotección, pero que también favorecen la práctica de la compasión. Dacher Keltner, profesor de Psicología en la Universidad de California Berkeley utilizó la expresión instinto de compasión para mostrar las profundas raíces de esta emoción, que consiste en ser sensible y empático con el sufrimiento ajeno, unido a la motivación para aliviar o prevenir ese sufrimiento.

La compasión no es algo advenedizo ni accidental a la naturaleza humana, pues ya estaba presente, de modo germinal, en los albores de la humanidad y se atisba en el mundo animal. Porque entre los animales no humanos abundan las conductas de protección hacia los congéneres débiles o que sufren. Así, los miembros jóvenes de un grupo de nutrias de un lago de Perú, que proporcionaban alimento y cuidados a una nutria mayor, con la visión y la motilidad muy reducida. A los dos años, e incluso antes, el niño muestra interés empático y conductas de ayuda a los que sufren, incluso sin una recompensa externa.

Antecedentes o raíces profundas, pues, de la compasión humana, que se hace más patente con el desarrollo cognitivo. Para el creyente, sin embargo, la raíz más profunda de la compasión es el Dios compasivo y misericordioso, a cuya imagen y semejanza fuimos creados.

Con todo, salta a la vista que la compasión no se manifiesta de forma constante ni automática en la humanidad. Por el contrario, abundan los frecuentes comportamientos insolidarios, el odio y el resentimiento, que llegan a poner en duda la existencia de este lado luminoso del ser humano. Con mayor precisión, pues, podemos hablar de la existencia de una tendencia a la compasión –activa en muchas personas–, pero que requiere de un cultivo constante y esmerado.

De los programas de intervención que se han elaborado para fomentar la compasión algunos se centran en la práctica de la empatía y en el ejercicio de ponerse en el lugar del otro. Cultivo de la compasión, que debe tener un lugar preminente en todos los aspectos de la educación familiar y académica. La meditación, como se ha comprobado en algunos estudios, puede resultar eficaz para robustecer y ampliar la compasión. Sobre todo en algunas profesiones, es importante prevenir, con el cuidado de uno mismo, la llamada «fatiga de la compasión» o desgaste y desvanecimiento de la actitud compasiva a lo largo del tiempo.

¿Es necesario optar entre la compasión hacia los demás y la compasión hacia uno mismo? La profesora Kristin Neff, de la Universidad de Texas en Austin, inspirada en la psicología budista, concibe la compasión hacia uno mismo como la activación e interacción de estas tres actitudes: amabilidad con uno mismo, sentido de pertenencia a una humanidad común y mente plena. La amabilidad con uno mismo consiste en evitar, cuando las cosas no salen bien, el autocastigo, y añadir así al propio sufrimiento el criticarse y maltratarse. El sentido de pertenencia a una humanidad común es una invitación a sentirse parte solidaria de la humanidad sufriente, e implicado con ella, en lugar de aislado. La mente plena (mindfulness) o vivir con plenitud el momento presente, con actitud equilibrada hacia la propia experiencia. Así, pues, compasión hacia los demás y compasión hacia uno mismo no se oponen sino que se complementan y son las dos caras de la misma moneda.

¿La acción compasiva es, en última instancia, una acción egoísta? Algunos responden afirmativamente. Pero el profesor C. Daniel Batson ofrece una aclaración en el fin último de la motivación para la acción en beneficio de otro, que puede ser altruista o egoísta. Precisa que, aunque la motivación sea esencialmente altruista puede reportar beneficios importantes a la persona, como el reconocimiento social, la satisfacción personal, etc. La persona compasiva también resulta, pues, recompensada y realizada, por eso la Psicología Positiva incluye la compasión en el catálogo de virtudes y fortalezas humanas.

Compasión de persona a persona, pero también, como insiste la filósofa norteamericana Martha Nussbaum, en sus reflexiones éticas, compasión extendida a nivel institucional y macrosocial: «Economía compasiva», «Estado compasivo»… Y compasión con la Creación. Porque la compasión es el mejor y más seguro antídoto contra el odio y el egoísmo –opuestos e incompatibles con ella–, letales amenazas para la humanidad. Es más, la compasión es el óleo lubricante y vivificante que siempre necesitamos las personas y la sociedad, sobre todo en estos difíciles y críticos momentos.

 

Enlaces a las entradas anteriores de este blog sobre el tema del coronavirus:

 

Protección emocional ante el coronavirus (1): Aspectos y recomendaciones general

https://enriquepallares.wordpress.com/2020/03/27/proteccion-emocional-ante-el-coronavirus-1/

 

Protección emocional ante el coronavirus (2): Escribir como terapia emocional

https://enriquepallares.wordpress.com/2020/03/28/proteccion-emocional-ante-el-coronavirus-2-28-03-2020/

 

Protección emocional ante el coronavirus (3): Palabras del psiquiatra Viktor Frankl

https://enriquepallares.wordpress.com/2020/03/29/proteccion-emocional-ante-el-coronavirus-3-29-03-2020/

 

Protección emocional ante el coronavirus (4): Comer y beber emocional

https://enriquepallares.wordpress.com/2020/03/31/proteccion-emocional-ante-el-coronavirus-4-31-03-2020/

 

Protección emocional ante el coronavirus (5): Controlar la ira

https://enriquepallares.wordpress.com/2020/04/03/proteccion-emocional-ante-el-coronavirus-5-3-04-2020/

 

El lado humano de la pandemia (artículo de opinión en El Correo):

https://enriquepallares.wordpress.com/2020/04/06/el-lado-humano-de-la-pandemia/

 

Protección emocional ante el coronavirus (6) (Controlar la ansiedad 1):

https://enriquepallares.wordpress.com/2020/04/13/proteccion-emocional-ante-el-coronavirus-6-ansiedad-i-13-04-20/

 

Protección ante el coronavirus (7). (Controlar la ansiedad 2):

https://enriquepallares.wordpress.com/2020/04/17/proteccion-emocional-ante-el-coronavirus-7-controlar-la-ansiedad-ii-17-04-20/

 

 

 

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Protección emocional ante el coronavirus (7) Controlar la ansiedad (II) [17.04.20]

Atardeder

Protección emocional ante el coronavirus (7) Controlar la ansiedad (II)

(Continuación)

Lo que usted puede controlar con ansiedad

En mayor o menor grado, la persona con problemas de an­siedad cree que algo fuera de ella, o dentro pero incontrolable, es la causa de la ansiedad excesiva que experimenta. Pero no son solamente los sucesos, aunque sean simultáneos o precedan a la ansiedad, los que la provocan, sino sobre todo los pensamientos e interpretaciones que uno hace de esos sucesos. Si experimenta ansiedad excesi­va al entrar en un autobús o en el ascensor, la causa no es tanto el autobús o el ascensor como sus pensamientos distorsiona­dos o las imágenes de lo que teme le va a ocurrir allí. Esto no es para culpabilizarse ni para crear una sensación de impotencia, sino verse como origen y responsable, al menos en gran parte, de las propias emociones.

A pesar de la ansiedad puede actuar

«Me quedo bloqueado, o en blanco», «No puedo hacer nada» y otras muchas frases que muestran la percepción sub­jetiva de que ansiedad y paralización o bloqueo son equiva­lentes. Sin embargo, a pesar de esa sensación inicial molesta, es posible hablar en público, hacer un examen, o avanzar por la calle. No solamente es posible, sino que es la mejor opción y la solución. La ansiedad en niveles moderados no bloquea nuestra acción; sólo llega a hacerlo cuando nos convencemos –erróneamente– de que la bloqueará, pues entonces aumenta de forma considerable su acción paralizante.

Continúe con lo que está haciendo en ese momento y actúe como si no experimentase ansiedad. Céntrese más en los detalles de la tarea o actividad que realiza que en sus sensaciones de ansiedad. En todo caso, y por encima de todo, continúe con lo que hace, con la tarea o actividad, a pesar de esas molestas sensaciones de ansiedad.

¿Comunicar a otros y desahogarse?

Expresar los temores y preocupaciones, tal como las siente, produce cierto alivio y le permite tomar distancia del proble­ma, pues le ayuda a verlo desde otra perspectiva: como ob­servador y no solamente como actor. La fantasía –lo que uno teme– suele ser peor que la propia realidad. Incluso puede re­petir alguna vez más ese relato de sus temores para ajustarlo mejor a la realidad. Al comunicar estas experiencias no se en­cierre en su impotencia, sino trate de ver alguna salida.

Revivir emocionalmente una experiencia negativa ayuda a verse cada vez más capaz de enfrentarse a la situación y aumenta la confianza en sí mismo. Lo más recomendable es hacerlo con un terapeuta o con una persona que le escuche ac­tivamente –no simplemente que le oiga–, le permita expresar sus emociones y le ayude a comprenderlas. Si esto no es po­sible, escriba con detalle lo que siente y lo que le ocurre. Esta comunicación a otros es precisamente para «archivar» o cerrar de forma adecuada estos temores o experiencias negativas, y no para rumiar lo que le pasa y convertirlo en un pensamiento obsesivo.

¿Es siempre aconsejable el «desahogo»?

Casi siempre, pero no siempre. Cuando el «desahogo» se repite muchas veces y se convierte en un dar vueltas a lo mismo, ahonda más el problema que lo aligera. Si deriva en una especie de rutina que sustituye a la disposición para resolver el problema y a la reali­zación de las acciones necesarias, no conviene fomentar el «desahogo».

El desahogo es recomendable y un buen remedio para el estrés y la ansiedad cuando conduce a ver las cosas de otra ma­nera y a orientarse hacia la solución del problema. Así, pues, esa especie de norma de la necesidad «desahogarse» no es ab­soluta y necesita de algunas precisiones.

Utilice un lenguaje más neutro y menos catastrófico

Los que experimentan ansiedad elevada describen con fre­cuencia su experiencia en términos patológicos o catastróficos muy generales: «Me encuentro fatal», «Tengo los nervios ro­tos», etc. Este etiquetaje catastrofista induce a en­tender el problema de ansiedad como algo en lo que uno es sufriente pasivo, lo que produce sentimientos de indefensión e impotencia.

Identifique sus palabras y expresiones relacionadas con la ansiedad que indican enfermedad mental y sustitúyalas por otras más concretas, neutras y objetivas: «aumentan los lati­dos del corazón», «tengo la sensación de que las cosas pierden consistencia», etc. No es un mero cambio de palabras ni una forma de autoenga­ño, sino describir lo que le ocurre con neutralidad.

Mis libros sobre la ansiedad

Sobre la ansiedad y sus problemas he publicado dos libros:

Enrique Pallares Molíns: Vivir con menos ansiedad. Manual práctico. 2ª edición. Bilbao: Ediciones Mensajero.

Enrique Pallares Molíns: La ansiedad. ¿Qué es? Problemas. ¿Cómo manejarla? Bilbao: Ediciones Mensajero.

 

Enlaces a las entradas anteriores de este blog sobre el tema del coronavirus:

 

Protección emocional ante el coronavirus (1):

https://enriquepallares.wordpress.com/2020/03/27/proteccion-emocional-ante-el-coronavirus-1/

 

Protección emocional ante el coronavirus (2):

https://enriquepallares.wordpress.com/2020/03/28/proteccion-emocional-ante-el-coronavirus-2-28-03-2020/

 

Protección emocional ante el coronavirus (3):

https://enriquepallares.wordpress.com/2020/03/29/proteccion-emocional-ante-el-coronavirus-3-29-03-2020/

 

Protección emocional ante el coronavirus (4):

https://enriquepallares.wordpress.com/2020/03/31/proteccion-emocional-ante-el-coronavirus-4-31-03-2020/

 

Protección emocional ante el coronavirus (5):

https://enriquepallares.wordpress.com/2020/04/03/proteccion-emocional-ante-el-coronavirus-5-3-04-2020/

 

“El lado humano de la pandemia” (artículo en El Correo):

https://enriquepallares.wordpress.com/2020/04/06/el-lado-humano-de-la-pandemia/

 

Protección ante el coronavirus (6. Ansiedad 1):

https://enriquepallares.wordpress.com/2020/04/13/proteccion-emocional-ante-el-coronavirus-6-ansiedad-i-13-04-20/

 

 

 

 

 

 

(Continuará en la próxima entrada de este blog)

 

 

 

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