Dulzura y amargor de la venganza

 

Medea furiosa

Medea furiosa. Eugène Delacroix. Hacia 1838. Óleo sobre lienzo, 260 x 165 cm, Museo del Louvre. Paris.

 

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Dulzura y amargor de la venganza

 

Enrique Pallarés Molíns

Doctor en Psicología. Profesor emérito de la Universidad de Deusto

 

Publicado en EL CORREO. Domingo, 19 de marzo del 2017. Página 43.

 

La venganza es un tema recurrente en la literatura y en el cine. Presente ya en la Epopeya de Gilgamesh y en Homero, la trató con maestría Shakespeare en varios de sus dramas y no deja de inspirar en nuestros días a novelistas, dramaturgos y guionistas de cine. La razón de esta frecuencia no es otra que la constante presencia de la venganza en las relaciones humanas. Un fenómeno universal, pues, visible a través del tiempo y del espacio; clave para entender momentos históricos importantes, como la guerra de Troya o algunas guerras y actos terroristas de la actualidad. Venganza entre naciones, entre grupos, en la familia, en las organizaciones y, en general, entre las personas.

La venganza es el deseo de revertir los roles de víctima y ofensor, de ver sufrir al que le hizo a uno sufrir, incluso si ello conlleva mayor sufrimiento todavía. Medea, en la tragedia de Eurípides del mismo nombre, se venga de la infidelidad de su esposo Jasón dando muerte a sus dos queridos hijos, convencida de que es el mejor modo de hacer sufrir a Jasón, aunque ella sufra con ello mucho más.

Por supuesto, existen varios niveles de gravedad de la venganza y muy diferentes maneras de realizarla, desde la aniquilación del ofensor, la agresión física y verbal a él, a sus familiares o propiedades, a la destrucción de su imagen social, sin olvidar la ruptura de la comunicación y el distanciamiento. Por suerte, se queda muchas o la mayoría de las veces en puro deseo, en solo venganza imaginada.

Por otra parte, mostramos cierta ambigüedad respecto a la venganza. La reprobamos como una forma de justicia arcaica y salvaje –nos suena muy mal lo del «Diente por diente y ojo por ojo»–, pero, a la vez, la practicamos, la aplaudimos, o nos identificamos con el que la practica.

¿Es dulce o amarga? Dice Lord Byron, en Don Juan, que «la venganza es dulce»; y se atribuye a Alfred Hitchcock la especificación jocosa de que «…y, además, no engorda». Su frecuencia hace sospechar que sirve para algo. En efecto, la venganza puede tener varias funciones, como la de contener la agresión o evitar que se repita. También la búsqueda de la equidad («Me desquitaré»). Además, con la venganza se pretende a veces dar una lección moral al ofensor («Así aprenderá»). Pero, sobre todo, se trata con ella de comunicar al ofensor que el ofendido debe ser respetado («Sabrá quién soy yo»). Pretende, pues, restablecer el equilibrio de poder y, con ello, la propia valoración y la autoestima del ofendido, que suelen disminuir con la ofensa.

Además, y sobre todo, la venganza tiene un lado oscuro para el que la aplica. Porque la venganza puede nivelar el sufrimiento, pero no reparar el daño de la ofensa. Además, induce una respuesta, que puede y suele ser más grave que la ofensa original, porque el ofensor y el ofendido miden la ofensa con distinta vara. La rumia prolongada de la ofensa aumenta su tamaño y la ira, que infla todavía más la venganza, lleva a un ciclo de confrontación violenta que crece en espiral ascendente. Suele parecer dulce a la hora de imaginar su futura aplicación («Me quedaré a gusto»), pero también aquí fallamos en el pronóstico de nuestro estado afectivo futuro. Todo esto lo resume bien John Milton en El paraíso perdido: «La venganza, aunque dulce en un principio, se vuelve amarga muy pronto, y recae sobre el vengativo».

Remplazar la venganza por la reconciliación no es fácil ni siempre posible (la reconciliación es asunto de dos). Depende de varias circunstancias, entre ellas el grado de la ofensa y la relación con el ofensor. El profesor de Psicología en la Universidad de Miami, Michael McCullough, autor de importantes estudios sobre la venganza y la reconciliación, señala la función adaptativa de la venganza a lo largo de la evolución (controlar la ofensa), pero afirma también que la venganza no es la única respuesta natural posible a la ofensa. Son igualmente naturales los mecanismos, presentes en el ser humano y en algunas especies animales, orientados a evitar la desintegración del grupo, como el perdón y la reconciliación. Ello exige, ante todo, ‘enfriar’ la percepción de ofensa, hasta eliminar el odio y el resentimiento. Pero, sobre todo, persuadirnos, como personas y ciudadanos, de que está en nuestro corazón y en nuestras manos el lograr que las fuerzas que unen y construyen venzan a la que desunen y destruyen. Y, tras sellar para siempre el tanque del ácido corrosivo que reseca, traba y destruye, derramar con justicia y generosidad el bálsamo de la concordia y compasión, que suaviza, reúne y vivifica.

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El roble y el tilo

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Zeus y Mercurio, acogidos por Filemón y Baucis. Pintura al óleo de Peter Paul Rubens

 

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El roble y el tilo

Enrique Pallarés Molíns

Doctor en Psicología. Profesor emérito de la Universidad de Deusto

 

Publicado en el suplemento Alfa y Omega, del diario ABC. Jueves, 2 de marzo del 2017

 

Baucis y Filemón, un matrimonio de avanzada edad, que vivían en un lugar de la antigua Frigia, recibieron en su humilde choza la visita de dos viajeros, pobremente vestidos, que buscaban alojamiento para pasar la noche. Los acogieron y obsequiaron con sus escasos recursos, a diferencia de los demás vecinos que les cerraron la puerta. Tras los agasajos recibidos, los dos viajeros se revelaron como Zeus y Hermes (Júpiter y Mercurio). En agradecimiento por la generosa acogida, Zeus invitó a Baucis y Filemón a expresarle su mayor deseo, con la promesa de que sería satisfecho. Ellos le pidieron vivir juntos el resto de sus vidas y morir al mismo tiempo, para no tener que sufrir el dolor de la separación del otro. Les fue concedida su petición y, como cuenta Ovidio en el libro VIII de Las metamorfosis, al final de sus vidas Zeus transformó a Filemón en un roble y a Baucis en un tilo; dos árboles que crecían juntos. Bella leyenda, que Rembrandt y Rubens, entre otros, plasmaron en el lienzo.

Hace unas semanas publicó un diario la noticia de que «los conductores españoles conservan durante más tiempo su coche que su matrimonio». A continuación, se especifica que el dato sobre la conservación del coche (16,9 años) está tomado de los que fueron dados de baja, y el de la duración del matrimonio (16,2) de los que formalizaron el divorcio. Están excluidas, pues, de este cómputo las muchas parejas que no se divorcian. Sin embargo, noticias semejantes y la mirada superficial del entorno –resultan más ‘visibles’ y noticiables los casos de ruptura que los de larga duración de la relación– pueden hacer pensar que la caducidad es más característica del amor que la duración. ¿Es así?

El profesor Robert Sternberg, de la Universidad de Yale, propuso una concepción del amor con tres componentes fundamentales –Pasión, Intimidad y Decisión/Compromiso–, que se pueden representar por los tres vértices de un triángulo. La Decisión/Compromiso se refiere a la decisión consciente de amar a la otra persona y al compromiso de mantener en el futuro la relación y hacer crecer el amor. Este componente es el ‘guardián’ de la relación y resulta esencial para que el amor continúe vivo, incluso en los momentos difíciles. Sin él el triángulo no es triángulo.

Aunque resulta fácilmente constatable la fragilidad y brevedad de muchos matrimonios, no es menos real, sin entrar en estadísticas, la prolongación hasta la muerte de otros muchos. ¿Será en este caso un puro convivir por inercia? Oscar Wilde afirma: «Las personas deberían estar siempre enamoradas. Por eso, nunca se deberían casar». ¿Es mortal para el amor la convivencia prolongada? Una revisión cuantitativa de otras investigaciones (metaanálisis), realizada por profesores los profesores Bianca P. Acevedo y Arthur Aron, de la universidad neoyorquina de Stony Brook, concluye que el amor puede perdurar a lo largo de los años con la misma intensidad e ilusión que al comienzo de la relación, aunque sin el carácter obsesivo inicial. Así, pues, de la afirmación de Oscar Wilde están comprobados los beneficios del amor para la salud mental y el bienestar personal; sin embargo, la prolongación de la relación –el matrimonio–, no mata ni erosiona necesariamente el amor.

Robert Sternberg propuso una segunda concepción del amor, complementaria de la primera. Es la del amor como una historia, como una narración, que cada uno elabora y que guía el modo de vivir la relación. Una de las que propone como ejemplo es la del jardín, en la que el jardinero cultiva con esmero, cariño y constancia las plantas del jardín. Cada miembro de la pareja es, a la vez, jardinero y planta; que cuida y que recibe cuidados. ¿Qué cuidados? Por ejemplo:

Sentir afecto hacia la otra persona y, además, expresarlo. Sentir y expresar gratitud por lo que la otra persona aporta. Apertura: comunicar los propios sentimientos y acoger la comunicación de la otra persona. Confiar en la otra persona y, además, darle motivos para que ella también confié. Comprender: conocer a la otra persona, así como aceptarla incondicionalmente y valorarla. Predominio de las emociones positivas. Sinceridad: decir la verdad y toda la verdad, pero con tacto, nunca como arma arrojadiza. Correspondencia entre lo que cada uno da y lo que recibe, sin exigir una igualdad matemática. Perdón, compasión y sacrificio cuando es necesario.

El roble y el tilo juntos son imagen de Baucis y Filemón, pero también de las muchas parejas que cuidan con constancia el jardín de su amor «en las alegrías y en las penas, en la salud y en la enfermedad» y superan, si surgen, las dificultades y estancamientos. Muestran así que es posible lo que a veces se piensa que es imposible.

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Estoy de acuerdo sin estar de acuerdo

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Estoy de acuerdo sin estar de acuerdo

Enrique Pallarés Molíns

Doctor en Psicología. Profesor emérito de la Universidad de Deusto

Publicado en El Correo. Domingo, 12 de febrero del 2017. Página 43

Los cuentos contienen y nos ofrecen grandes dosis de la sabiduría popular acumulada a lo largo de los siglos. Algunos se adelantaron siglos o milenios a lo que luego confirmará la Psicología. El del traje nuevo del rey (o emperador), en sus diferentes versiones, es uno de ellos. Unos pícaros se ofrecen al rey para confeccionarle un traje de un tejido tan especial que causará la admiración de todos, aunque, eso sí, solo lo podrán ver las personas honradas. Simulan como buenos actores los detalles del proceso de confección del traje, y una vez ‘terminado’, concluyen la farsa y ‘visten’ al rey para desfilar por las calles de la ciudad. Todos admiran y comentan en voz alta la belleza del traje que no ven, pero que sienten que tienen que decir que ven. Nadie discrepa, hasta que la espontaneidad de un niño rompe con este falso consenso al decir en voz alta: «¡El rey está desnudo!».

Los psicólogos sociales Daniel Katz y Floyd Allport acuñaron la expresión ‘ignorancia pluralista’ para describir una situación relativamente común en los grupos humanos. La mayoría de los miembros no está de acuerdo, o no totalmente, con una idea o actitud, pero, a la vez, cada uno piensa que los demás sí lo están y, en consecuencia, expresan su acuerdo con algo en lo que no están de acuerdo.  El profesor acaba de explicar una cuestión difícil: «El que no lo haya entendido, que levante la mano». Ningún movimiento; silencio absoluto. Fernando no ha comprendido bien la explicación y desea hacer una pregunta. Observa a sus compañeros y se dice a sí mismo: «Soy el único que no lo ha entendido. Si pregunto, quedaré como tonto». En realidad, hay muchos ‘Fernandos’, pero todos interpretan que el silencio de los demás indica que lo han entendido bien.

Una investigación realizada en la Universidad de Princeton mostró que el aumento del consumo excesivo y frecuente de alcohol en el campus se podía explicar, al menos en parte, por este proceso. La norma o regla social que muchos de los universitarios percibían era: «Es normal excederse en la bebida», «Todos lo hacen». Estimaban, incluso, que tanto el promedio del grupo como sus amigos experimentaban menos malestar por la ingesta de alcohol que ellos. Además, el comportamiento de los que beben en exceso resulta tan visible que ayuda a creer que se trata de una conducta normal.

Este modo de pensar y comportarse, relacionado con el ‘falso consenso’ y con la ‘espiral del silencio’, explica comportamientos sociales relevantes. Así, la discrepancia entre las conductas públicas y las privadas: defender o no contradecir una determinada actitud o idea, con la que uno no está de acuerdo privadamente, por creer que los demás apoyan esa actitud u opinión. En las organizaciones y en la vida diaria de los diferentes grupos, muchos participantes ‘ven’ sin ver, e incluso ponderan la belleza de ‘trajes’ que no existen.

Varias circunstancias facilitan estas falsas adhesiones: la existencia de una minoría influyente y activa, la difusión por los medios de comunicación de lo que se considera que es lo normal, etc. Pero, en el fondo, el miedo a disentir y a ser marginado, siempre presente, sobre todo en la adolescencia y juventud.

Las consecuencias son importantes. Llegar a acuerdos precarios y frágiles; a ‘síes’ que luego se convierten en ‘noes’ o en indiferencia y pasividad. Opiniones que se adscriben a la mayoría del grupo, aunque son solo una niebla difusa que se disipa con el sol de la autenticidad, salvo que la indiferencia o el miedo a exponer el propio punto de vista provoque su consolidación. Tensión, a veces angustiosa, del que se siente forzado a decir lo que no piensa, en lugar de expresar con libertad su verdadera opinión. Tal vez terminará por ‘ver’ el ‘traje invisible’; o por callar: la ‘espiral del silencio’. Con frecuencia, «quien calla, otorga».

Entre la expresión agresiva de las propias convicciones y la cesión, más o menos pasiva, a lo que se piensa que es el punto de vista de la mayoría, existe la tercera posibilidad de manifestar de forma correcta y serena el propio punto de vista. Con asertividad: tras reflexionar y escuchar a otras opiniones, sin agresión ni ira, pero con claridad y firmeza. No siempre resulta fácil. Es necesaria esa mirada fresca y auténtica de la realidad, propia del niño: «¡El rey está desnudo!». Esa voz espontánea y valiente que expresa lo que de verdad ve, piensa y siente; capaz de hacer emerger el fondo de integridad y coherencia de los que, en su interior, no están de acuerdo con lo que consideran que no deben estar de acuerdo.

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Del anillo al espejo

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Del anillo al espejo

 

Publicado en EL CORREO. Domingo, 15 de enero del 2017. Página 43

 

Enrique Pallarés Molíns

Doctor en Psicología. Profesor emérito de la Universidad de Deusto

 

En el libro segundo de La República de Platón se narra la leyenda del anillo de Giges. Este pastor del antiguo reino de Lidia –en la Turquía actual– encontró un anillo de oro y pronto descubrió que poseía poderes mágicos, concretamente el hacer invisible a su portador con solo girar el engaste hacia el interior de la mano. Así, podía a su voluntad actuar sin ser visto, lo que implicaba total impunidad para cualquier transgresión. De hecho, Giges se sirvió de este talismán para acceder a la zona más restringida del palacio real, seducir a la reina, matar al rey y ceñirse la corona real.

Relata esta leyenda Glaucón –uno de los que dialoga con Sócrates– para mostrar que el actuar según lo que es justo depende tan solo de no ser visto o ‘cazado’. Dotados de un anillo de invisibilidad semejante «es opinión común que no habría persona de convicciones tan firmes como para perseverar en la justicia». Frágil fundamentación del orden personal y social el limitarlo al temor al castigo o a la reprobación social, a no ser ‘cazado’. Hoy existen varias versiones del anillo de Giges: vacíos legales y administrativos, influencias, sobornos, ciberdelincuencia… y, sobre todo, la desarrollada capacidad del ser humano para engañar y engañarse.

Pero, además de anillos disponemos de espejos. Hace unos años leí en un suplemento dominical un amplio reportaje sobre el aumento de los suicidios en Japón y el medio que arbitraron las autoridades niponas para evitar que los que deseaban acabar con su vida lo hicieran arrojándose a las vías del metro. Colocaron grandes espejos en las estaciones preferidas por los suicidas, de tal modo que se vieran reflejados en ellos necesariamente antes de lanzarse a las vías, y esto les hiciera suspender su acción.

Traté de encontrar la justificación exacta de esta medida y si resultó o no eficaz. Aunque no tuve éxito en esta búsqueda, recordé un experimento dirigido   años antes por los psicólogos sociales Edward Diener y Mark Wallborn. Encargaron a un grupo de estudiantes realizar una prueba de habilidad intelectual (test de anagramas); difícil en sí, pero fácil de trampear. Unos la realizaron frente a un espejo en el que se reflejaban, y otros al lado del espejo. Solo el 7% de los primeros trampearon, frente al 71% de los que no se veían reflejados en el espejo. Estudios posteriores han llegado a conclusiones parecidas. La reflexión o conciencia de uno mismo, aumentada por la visión de la propia imagen en el espejo, reduce las conductas que se oponen a las normas y fomenta el comportamiento prosocial.

Los espejos sirven y han servido para mucho más que para vernos el rostro o los automóviles que circulan detrás del nuestro. Han sido utilizados para hacer señales, como objetos mágicos, incluso para contactar con la divinidad y con el fondo de uno mismo. ¿Se podría atajar el fraude, la corrupción y, en general, las conductas inmorales con la instalación de espejos? Pienso que no se garantizaría con ello el actuar honrado de todas las personas. Pero existe otra solución que plantea menos problemas estéticos y técnicos. Me refiero a mirarse en el ‘espejo ético’ que cada uno tiene en su interior, fruto de la capacidad del ser humano para interiorizar valores y normas de referencia que guíen su conducta. Los espejos físicos son un medio que aumenta la auto-reflexión y facilita el acceso al ‘espejo ético’ interior, que, por supuesto, requiere un mantenimiento constante: reparar, limpiar, azogar, actualizar… Es el crecimiento moral, vital para la supervivencia humana.

Solo con el cuidado de este espejo se evitará el deterioro personal, de la convivencia social y la degradación moral. Preocupan, y no sin razón, los resultados del reciente informe PISA sobre el nivel de nuestros escolares en competencias académicas. No parece menos importante plantearse una evaluación –técnicamente mucho más difícil–, del nivel ético de escolares… y de adultos.

El psicólogo Lawrence Kohlberg propuso una pauta evolutiva del razonamiento moral, que va del actuar por el castigo o el premio a guiarse por un principio ético universal. Immanuel Kant lo formuló así: «Actúa de modo que trates a la humanidad, tanto en tu propia persona como en la de los demás, siempre como un fin y nunca como un medio». Pocas, pero esenciales y sustanciosas palabras. Excelente y práctico ‘espejo’, capaz de arrinconar el anillo de Giges y de crear armonía personal y social estable, semejante a la del cielo estrellado, que también, con creciente admiración y respeto, contemplaba el filósofo de Königsberg.

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La paz, un asunto de todos

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 La paz, un asunto de todos

Enrique Pallarés Molíns

Doctor en Psicología. Profesor emérito de la Universidad de Deusto

Publicado en EL CORREO. Domingo, 18 de diciembre del 2016. Página 43

Decía el político francés Georges Clemenceau que «la guerra es un asunto demasiado serio para dejarlo en manos de los militares». También la paz es un asunto demasiado serio para dejarlo en manos de los que gobiernan las naciones y la economía. Todos estamos, o debemos estar, concernidos y comprometidos en el establecimiento y afianzamiento de la paz. La paz es un asunto de todos.  Las navidades son fechas propicias para escuchar mejor el mensaje de paz, que constituye el clamor de la humanidad desde los tiempos remotos. Los encuentros familiares y de amigos invitan a desear también el encuentro y la armonía de toda la humanidad.

El objetivo no es solo la ausencia de guerras y episodios violentos, sino también la paz positiva, es decir, el establecimiento de un orden social que haga desaparecer o reduzca sustancialmente las injusticias económicas, culturales, de género, ecológicas…, que constituyen auténticas barreras para la paz. Paz entre las naciones y entre las personas; pero, también, paz con la naturaleza y paz dentro de cada uno.

La Psicología ha intentado e intenta colaborar en la construcción de la paz ‒también ha servido a la guerra‒, con sus análisis y pautas para la intervención. En 1902 pronunció William James una conferencia, con el título El equivalente moral de la guerra, considerada el inicio de la Psicología de la Paz. Aunque algunas de sus ideas resultaban más comprensibles entonces, otras ofrecen un importante y actual mensaje. Así, su visión del universo que, aunque inseguro, no está determinado de forma mecanicista, sino que es susceptible a la acción transformadora del ser humano. Pensaba también James que resulta improbable que las guerras desaparezcan mientras no se sustituyan los motivos y objetivos que las desencadenan por otros atractivos e ilusionantes, pero pacíficos.

Décadas después, el psicólogo social Gordon Allport propuso la hipótesis del contacto, que se ha mostrado eficaz para mejorar las actitudes entre grupos y fomentar la tolerancia. El contacto entre grupos y personas, en un ambiente de seguridad e igualdad, diluye de forma progresiva los prejuicios, origen de muchos conflictos, y conduce a la empatía y comprensión mutua. La Psicología ha descrito también los rasgos de la persona que busca la paz. Por ejemplo: reconocer y rechazar todo tipo de violencia, empatía, flexibilidad mental, tolerancia, autenticidad, confianza, capacidad para escuchar y para comunicar, amabilidad sin sumisión pasiva, ánimo y constancia, ausencia de narcisismo… Descripción y meta a alcanzar.

La educación, por supuesto, desempeña un papel fundamental en la construcción de la paz. Al comienzo de la Constitución de la Unesco, los países firmantes declaran: «…puesto que las guerras nacen en la mente de los hombres, es en la mente de los hombres donde deben erigirse los baluartes de la paz». En 1932, cuando el auge de los regímenes totalitarios presagiaba una nueva guerra, Albert Einstein planteó a Sigmund Freud la cuestión de cómo liberar al ser humano de la fatalidad de la guerra. En su respuesta, el fundador del psicoanálisis, tras mostrar su pesimismo, abría una puerta de esperanza, todavía incierta pero posible: «Todo lo que fomenta el crecimiento de la cultura, trabaja al mismo tiempo contra la guerra». Cultura contra la guerra y la violencia.

Cultura basada en los valores de la justicia, la verdad, la libertad, el respeto mutuo y en la firme convicción de compartir una humanidad común, en lugar de enfocar lo que divide. Cultura que, en vez de ir contra las personas, dirija los esfuerzos a construir una sociedad y un planeta habitables para todos. Cultura para blindarse a la propaganda ‒explícita e implícita‒, que pretende justificar la guerra, con frecuencia deshumanizando al adversario. Cultura para la resolución pacífica de los conflictos, así como para practicar el perdón y la reconciliación. En fin, la cultura de la paz.

El efecto mariposa, expresión acuñada por el meteorólogo y matemático Edward Loren, afirma en el contexto de la teoría del caos, que pequeñas causas pueden generar grandes efectos. «El aleteo de una mariposa en Hong Kong puede provocar una tempestad en Nueva York». En estos días mágicos de las navidades, soñemos y apliquemos esta metáfora en su versión benéfica. Movamos con ilusión, energía y constancia las alas de nuestra paz interior, en la seguridad de que este gesto no quedará estéril; se transformará en la fecunda semilla de la que crecerá el árbol de la paz. «Sin esperanza, no puede haber paz», escribió Albert Camus.

 

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Nuevo libro: El perdón como fortaleza humana

el-perdon-como-fortaleza-humanaLes presento mi nuevo libro, que apareció los primeros días  de este mes de noviembre.

Para más información sobre este libro, en el siguiente enlace  encontrará un archivo PDF que incluye la portada, índice y prólogo del libro: el-perdon-como-fortaleza-humana

Puede ver también, a continuación, la ficha técnica del libro y el texto de la contracubierta.

 

 

 

Ficha técnica del libro:

Autor: Enrique Pallarés Molíns

Diseño de cubierta: Magui Casanova

Editor: Mensajero (Grupo de Comunicación Loyola). Bilbao

ISBN: 978-84-271-3930-5

Colección: Psicología (nueva). Número: 1

Año de publicación: 2016

Páginas: 248. Formato: 13.50 x 20.00 cm

Encuadernación: Rústica sin solapas

Precio: 12,50 euros

Adquisición:

– En su librería.

– Grupo de Comunicación Loyola. Padre Lojendio, 2. 48008 Bilbao

– Teléfono: 944 470 358

–  info@grupocomunicacionloyola.com

www.gcloyola.com

Texto de la contracubierta:

Este libro pretende recoger las principales aportaciones sobre el perdón procedentes sobre todo de la psicología. Comienza con la necesidad de perdón debido a la ofensa, para terminar con la compasión. A la ofensa se puede responder con la venganza, pero también con el perdón, prescrito por las principales religiones desde hace milenios y con un antecedente en las conductas de reconciliación de algunos animales. Tras aclarar lo que es el perdón, se explica su evolución a lo largo de la vida (de niñez a vejez), las diferencias de género y entre culturas, la medición y la personalidad.

La segunda parte se dedica a los cambios que facilitan el perdón: pensamiento, memoria, emociones, empatía, conducta y autoestima, así como al proceso de pedir perdón y al autoperdón. Comprensible y de interés para el lector no especializado. Esperamos que este libro ayude a comprender y practicar mejor la fortaleza humana del perdón. Porque, como dijo el Premio Nobel y líder pacifista de Sudáfrica: «Sin perdón no hay futuro».

 

Enrique Pallarés Molíns, nacido en Ablitas (Navarra), es doctor en Psicología, profesor emérito de la Universidad de Deusto y consultor psicológico en dicha Universidad. Ha publicado varios libros en Ediciones Mensajero; entre ellos: Iniciación a la Psicología (1991, 4.ª edición); La ansiedad: qué es, problemas, ¿cómo manejarla? (2002); Los mecanismos de defensa: cómo nos engañamos para sentirnos mejor (2008); Vivir con menos ansiedad: manual práctico (2010, 2.ª edición); Controlar la ira: menos enfados y mejores relaciones con los demás (2010); La autoestima: cómo cultivarla de forma sana (2011); Psicología del amor: para comprender mejor esta fortaleza humana (2012); Cómo sentirse mejor con la ayuda de anécdotas e imágenes (2013) y La memoria. Guía para su conocimiento y práctica (2016, 2.ª edición). Colabora en varias revistas y medios, e imparte conferencias sobre temas relacionados con la psicología. Mantiene un blog en internet («Blog de Enrique Pallarés Molíns»).

En la página o sección fija de este blog “MIS LIBROS” encontrará información sobre otros libros de Enrique Pallarés.

 

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Salir de la prisión del odio

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Salir de la prisión del odio

Enrique Pallarés Molíns

Doctor en Psicología. Profesor emérito de la Universidad de Deusto

Publicado en el diario EL CORREO. Domingo, 6 de noviembre del 2016. Página 43.

Raro es el día en que no leemos o escuchamos por lo menos una noticia protagonizada por el odio. En sus diferentes formas y grados de intensidad, el odio no es patrimonio exclusivo de los terroristas ni de los criminales; está presente en las calles, plazas, escuelas y centros de trabajo; circula por internet (‘ciberodio’), comparece en los platós, se sienta en los escaños y con un buen maquillaje puede anidar también dentro de nosotros.

Odio, con frecuencia acompañado por emociones y actitudes afines con las que llega a confundirse, como el resentimiento, la ira, el desprecio, la envidia, la jactancia, o el alegrarse de la desgracia ajena. Es el lado oscuro del ser humano, que se propaga de forma viral, con gran rapidez y letalidad. Se pasa de odiar a una persona a odiar a todas las personas que se perciben afines a ella; de odiar, a pretender que los demás compartan esa actitud de odio.

El odio ostenta el triste honor de ser el iniciador o alentador de genocidios, guerras, crímenes y conflictos. Considerado la emoción más destructiva, no solo lleva a dañar y aniquilar al adversario, sino que se convierte en la prisión del que odia, aunque éste no advierta las cadenas. El que odia genera un tóxico letal, en un principio dirigido contra otros, pero que se vuelve también hacia el origen, a veces con mayor fuerza todavía.

Desde la Psicología se han propuesto varias explicaciones del odio, no excluyentes entre sí. Elijo dos. Para Aaron Beck el odio surge de un estilo de pensamiento simplificador y primitivo, que evalúa la realidad de una forma dicotómica, es decir, en términos de bueno o malo, amigo o enemigo, nosotros o ellos, derechas o izquierdas. Sin grados intermedios. Un estilo de pensamiento regresivo, que pudo resultar funcional y vital en etapas anteriores de la evolución humana, cuando la supervivencia biológica dependía de la rápida reacción ante alguien o algo. En la actualidad, sin embargo, este pensamiento polarizado y egocéntrico, además de anacrónico y disfuncional, genera y alimenta los prejuicios y el odio.

Otros, como Karen Horney o John Stanford, consideran el odio como una defensa psicológica. Nos identificamos con lo que hay de positivo en nosotros de forma tan exagerada, que rechazamos y ocultamos todo lo nuestro que no coincide con esa imagen ideal. Así, la parte inaceptable de nosotros, la proyectamos al exterior, hacia otros; y, una vez proyectada en otra persona o grupo, los deshumanizamos y solo vemos en ellos ese lado oscuro. Proyectamos a otros, pues, nuestro propio demonio. Es el Dr. Jekyll que crea a Mr. Hyde con el material propio que le resulta inaceptable.

Algunas manifestaciones de odio, si no laudables ni justificables en sí mismas, resultan comprensibles como reacción a gravísimas injusticias. La injusticia con frecuencia es la madre del odio. Sin embargo, a veces se apela a injusticias sociales como forma de racionalizar o disfrazar un odio y frustración interior, que no se orienta tanto a construir una alternativa mejor, sino a destruir al adversario y a exaltar el propio ego. Este odio racionalizado resulta especialmente peligroso, precisamente por el engaño de su disfraz. El odio a las personas es la peor injusticia.

Las profundas y enmarañadas raíces del odio, así como la facilidad para camuflarse, dificultan su erradicación. Resulta fácil evitar tatuar en nuestra piel la palabra ‘odio’, como algunos hacen, pero resulta más difícil no tatuarla en nuestro corazón y mantenerlo limpio de odio.

Detectar y desmontar ese estilo de pensar maniqueo y egocéntrico, que estereotipa y clasifica a los demás como buenos o malos, de izquierdas o de derechas, fomenta la mentalidad abierta y la verdadera tolerancia ‒buen disolvente del odio‒, que no equivale a indiferencia ante el bien y el mal. Aceptar nuestro lado oscuro, sin estancarnos en él, evitará que lo proyectemos a otros. Una autoestima sana, que reconoce los puntos fuertes propios y admite sin estrategias defensivas las limitaciones, ayuda a mirar la complejidad de las personas con una actitud más matizada y positiva. No es posible aceptar a los demás sin aceptarse de verdad a sí mismo.

El odio no es la fuerza más potente y radical del ser humano. El ser humano es capaz de odiar, pero también de amar a los demás desinteresadamente, incluso a costa de sí mismo. El amor es el mejor antídoto del odio; pero no el amor sentimentaloide, sino esa fuerza vital de unión y base de la justicia, que, con nuestro esfuerzo continuado, terminará por romper las cadenas del odio que desune y destruye.

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Aún aprendo

 

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Francisco de Goya y Lucientes. Aun aprendo. Hacia 1826. Lápiz negro, Lápiz litográfico sobre papel verjurado, agrisado, 192 x 145 mm. Álbum G. 54. Museo Nacional del Prado. Madrid.

 

Enlace al texto en PDF: aun-aprendo-ud

Enlaces a otros artículo míos, publicados en la prensa, los encontrará en la página o sección fija de este blog “Mis artículos“.

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Aún aprendo

Enrique Pallarés Molíns

Doctor en Psicología. Profesor emérito de la Universidad de Deusto

Publicado en EL CORREO. Domingo, 16 de octubre del 2016. Página 41

Un dibujo de Francisco de Goya me llama la atención de modo especial. Realizado con lápiz litográfico sobre papel, representa a una persona mayor, de larga y encrespada barba y con una túnica blanca, que sale de un fondo oscuro y avanza con la ayuda de dos bastones. Fue realizado por el pintor aragonés en Burdeos, en 1826, dos años antes de su muerte, es decir, cuando tenía 80 años. Su título, «Aún aprendo», y el tema no es original de Goya. Un grabado de Girolamo Figiuoli, en el siglo XVI, representa también a un anciano que avanza apoyado en un andador infantil; la inscripción, en italiano, dice lo mismo: «’Anchora’ imparo». Otro grabado del inglés William Blake, contemporáneo de Goya, representa a Miguel Ángel Buonarroti, de edad muy avanzada, apoyado en un bastón y con el Coliseo al fondo, también con idéntica inscripción: «Ancora imparo». Es más, la idea de «Aún aprendo» se remonta a los clásicos grecolatinos.

El ser humano llega a este mundo con un equipaje adaptativo muy reducido, lo que le obliga a depender de lo que aprende mucho más que al resto de los animales. Limitación inicial que, por otra parte, le abre la gran posibilidad de ensanchar sus conocimientos y habilidades de forma casi ilimitada. El aprender, aunque se intensifica en las primeras décadas de la vida, no termina con la carrera o el dominio de un oficio. La vida humana entera es un continuo aprendizaje, no solamente de las materias académicas, sino de otras experiencias, actitudes y hábitos importantes; aprender con la cabeza y con el corazón.

Aprender a convivir con los demás; a amar y a ser amado; a controlar las emociones; a demorar la gratificación; a dar y a recibir ayuda; a ser agradecido; a aceptarse incondicionalmente a sí mismo y a los demás; a saborear las experiencias positivas de la vida; a recordar y a olvidar; a encontrar un sentido a la propia vida; a perdonar y a pedir perdón… ¡Aprender a aprender! De forma especial, aprender a ensanchar la mente y a ver la realidad desde otras perspectivas diferentes a la propia. Aprender por la satisfacción que se encuentra en el cultivo y enriquecimiento interior, porque el aprender es salir de las tinieblas a la luz, como el protagonista del dibujo de Goya.

«¡Aún aprendo!», referido a Goya y a Miguel Ángel en la octava década de su vida. Porque la vejez es también tiempo propicio para aprender, pues el cerebro mantiene la plasticidad necesaria para la adquisición de nuevos conocimientos y destrezas. Pero, no solo es posible el aprendizaje durante estos años, sino que resulta absolutamente necesario para mantener la mente en forma, a la vez que un factor clave para un envejecimiento activo y positivo. Seguir aprendiendo, es la forma de no estancarse ni atrofiarse.

«¡Aún aprendo!» proclaman los protagonistas de estas obras. Y creo que, con la humildad y la sencillez que caracteriza al que sabe de verdad, podrían también decir: «¡Todavía puedo enseñar!». Todavía puedo aportar algo a los demás, incluso a las generaciones más jóvenes. Porque la persona mayor, a pesar de la rapidez de los cambios sociales y tecnológicos, es capaz de aportar la riqueza de su experiencia y de su visión del mundo, que puede completarse y fecundarse mutuamente con las de las generaciones más jóvenes. No podemos permitirnos el lujo de guiarnos por una fórmula excluyente o discriminatoria por la edad, sino que resulta más justo y necesario optar por la integración y la suma o multiplicación de fuerzas.

«Discat a puero magister» («Que el maestro aprenda del niño») es el lema del Instituto Jean-Jacques Rousseau de la Universidad de Ginebra, que contemplaron y practicaron psicólogos ilustres como Édouard Claparède y Jean Piaget. Porque también el niño puede ser un maestro en sencillez, espontaneidad y autenticidad, a la vez que su forma de mirar el mundo constituye en sí misma una gran lección. En realidad, toda persona puede enseñar algo, con tal de evitar, como a veces ocurre, pretender enseñar aquello que uno desconoce: nadie puede dar lo que no tiene.

La vida es, o debería ser, armonía de aprender y enseñar. La mayor ignorancia es creer que uno ya lo sabe todo y no reconocer sus propias carencias. Y el comienzo de la sabiduría está precisamente en ser consciente de esta ignorancia y de la necesidad de aprender. Aprender, pues, la necesidad de aprender. El aprendizaje, pues, como un diálogo fecundo, en el que uno ofrece con generosidad y satisfacción lo que posee, mientras recibe con humildad y alegría lo que de otros puede y debe aprender.

 

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Nuestras otras reservas

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Artículo publicado en El CORREO (Sábado, 17 septiembre, 2016), Diario Vasco (Sábado, 17 septiembre 2016) e IDEAL DE JAÉN (Lunes, 19 de septiembre, 2016)

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Nuestras otras reservas

Enrique Pallarés Molíns

Doctor en Psicología. Profesor emérito de la Universidad de Deusto

El ser humano comparte con varias especies animales –incluso las supera con creces– el hábito de almacenar para el futuro alimentos y otros artículos. Aunque esta tendencia llega en algunos casos a rozar o a entrar en la patología, al acumular desde cosas de dudosa utilidad hasta basura. El final de la fábula de la cigarra y la hormiga es una invitación a identificarse con la hormiga previsora, que almacena trigo o semillas para el invierno. Reservas para la subsistencia, utilidad y disfrute: en el frigorífico, en la despensa, en el almacén… y, si es posible, también en una entidad bancaria.

No me referiré a estas reservas tangibles, necesarias o convenientes, aunque con frecuencia superfluas. Existen otras, fundamentales para nuestra supervivencia como persona, entre las que destacan la reserva cognitiva, la reserva social y la reserva del propio yo.

Más allá del mito de que solo aprovechamos el quince por cien de nuestro cerebro, está la verdad, con fundamento científico, de la existencia de una reserva cognitiva basada en la reserva cerebral. Esta reserva cognitiva es activa: se puede acrecentar. ¿Con qué dieta y qué productos? El medio más eficaz es mantenerse activo física ‒«lo que es bueno para el corazón es bueno para el cerebro»‒, intelectual y socialmente. El aforismo «Úselo o lo perderá» es especialmente aplicable aquí. Estar despierto al mundo que nos rodea, a las expresiones culturales, a la lectura… Según las posibilidades de cada uno y tratando siempre de ampliar nuestros intereses; no está reservado a los intelectuales, sino disponible y recomendable para todos.

La segunda e importantísima reserva del ser humano es la reserva social. Es decir, la trama de vínculos que cada uno mantiene con otras personas. Una red que inyecta seguridad, vida y ánimo para seguir adelante y que, puede recogernos y evitar el choque fatal, incluso si estamos en caída libre. Para Christopher Peterson toda la Psicología Positiva se puede resumir en tres palabras: «los demás importan».

Al hacer un pronóstico sobre la evolución futura de una persona con factores de riesgo para desarrollar determinadas patologías mentales o sociales, uno de los aspectos que hay que considerar es el estado de la red de apoyo social con la que cuenta. La familia, los amigos y la comunidad son potenciales y fundamentales factores protectores, hasta el punto de poder neutralizar o paliar los factores negativos. Ahora bien, este apoyo social no se improvisa ni se forma en poco tiempo. Es una red que cada cual debe tejer con constancia y esmero a lo largo de la vida. La podemos ampliar y profundizar, sin diluirnos en ella y también reparar cuando resulta dañada.

En tercer lugar –en primero por importancia– está la reserva del propio yo, la que se almacena en lo más profundo de nosotros mismos. Constituye la gran fuerza y poder del ser humano. Resistente a todos los ataques exteriores y a la más grave adversidad. Se puede hundir todo, pero esta fortaleza seguirá en pie y cuando todo falla, queda en pie este bastión. Una reserva integrada por lo mejor de nosotros mismos. Aceptación incondicional propia y ajena, sentido de la existencia cimentado en los valores más firmes y duraderos (familia, amistad, autenticidad, trascendencia…), sano sentido del humor, sencillez, constancia, altruismo y compasión, gratitud, reconciliación, etc. Y la convicción de que no siempre es posible controlar lo que ocurre, pero sí controlar nuestra reacción a esos acontecimientos y aceptar lo que resulta imposible cambiar.

Esta reserva constituye nuestro Sistema Inmune Psicológico, en expresión de George Vaillant y de Daniel Gilbert, que nos protege de los ataques interiores y exteriores. Es un talismán que nos ayuda a convertir los fracasos en retos a superar y en ocasión para superarnos. Como las dos anteriores, esta reserva no se forma en un momento, ni procede de una lotería que, con suerte, nos puede tocar, sino que exige un trabajo constante durante toda la vida. Aunque nunca es tarde para empezar a capitalizar en ella, si no se hizo antes. A la educación, como se puede sospechar, le corresponde un papel fundamental.

El gobierno de Alemania se plantea pedir a los ciudadanos que almacenen comida y agua para diez días, ante un eventual ataque terrorista. Ningún gobierno nos pedirá almacenar las reservas a las que he aludido, aunque un buen gobierno debería crear las condiciones que las faciliten. Es tarea inexcusable de cada uno. Nuestra supervivencia y la de la sociedad dependen de que se consoliden estas reservas inmateriales

 

 

 

 

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Sentido del humor sano y sanador

 

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Sano y sanador sentido del humor

Enrique Pallarés Molíns

Doctor en Psicología. Profesor emérito de la Universidad de Deusto

Publicado en EL CORREO. Domingo, 7 de agosto del 2016. Página 37 en las ediciones de Vizcaya y de Álava.

 El músico eslovaco Lukáš Kmit está concentrado por entero en la interpretación de un solo de viola. De repente, de entre el público, que absorto en la escucha casi contiene la respiración, surge una melodía competidora. No procede de otro instrumento musical, sino de un teléfono móvil. Es la conocida y pegajosa melodía de Nokia ―una de las más reproducidas; con frecuencia de forma inoportuna―, tomada del solo de guitarra Gran Vals del compositor castellonense Francisco Tárrega. ¿Cómo reaccionará el solista a este atentado acústico? Transcurridos unos segundos, y tras una mirada de desaprobación, Lukáš Kmit sorprende a los espectadores al ejecutar con su viola, precisamente, la intrusa melodía.

Un incidente que irritaría a cualquier espectador, y más todavía al intérprete, tiene una respuesta rápida, pero contenida. En lugar de la explosión de ira, posiblemente sentida internamente, toma el protagonismo el sentido del humor. Se ha dicho que el humor deshincha las velas de la ira y esta anécdota lo demuestra de forma palmaria.

Las anécdotas en las que el sentido del humor es el protagonista suscitan amplio interés y entusiasmo. Se admira en ellas el ingenio y creatividad del que las protagoniza. Una tesis doctoral, defendida hace unos años en la Universidad de Tel-Aviv, tuvo como tema el papel del humor durante el Holocausto. Resulta muy difícil, o imposible, imaginar que puedan ser objeto de humor las aterradoras escenas de los guetos y de los campos de exterminio, que nos muestran los documentales y narra la historia. Y mucho menos por parte de las víctimas. Sin embargo, no faltó el sentido del humor en aquella tragedia, incluso se considera que fue la clave de la supervivencia psicológica.

 Sin entrar en las teorías explicativas, el sentido del humor es una de las formas adaptativas de afrontar o reaccionar al estrés y a la adversidad. Abraham Maslow incluía el sentido del humor entre los rasgos que caracterizan a las personas que están en el camino del pleno desarrollo de sus potencialidades. La Psicología Positiva considera el sentido del humor una valiosa y potente fortaleza humana.

Pero no cualquier tipo de humor es sano y sanador. No lo es el humor agresivo, el que se hace a costa de humillar o menospreciar a otras personas; ese humor que surge de creerse superior a los demás, como decía Thomas Hobbes. Entonces el humor deja de ser lúbricamente y bálsamo de las relaciones sociales para convertirse en áspero abrasivo. Reírse de otros resulta relativamente fácil: mucho más fácil que reírse sanamente de uno mismo. Pero si el verdadero humor no trata de herir a los demás, tampoco ha de servir para herirse uno mismo, haciendo que le tomen a risa, a expensas de la propia dignidad y autorrespeto, aunque sea esto para congraciarse con los demás.

El humor sano no consiste en reírnos de los demás, ni de nosotros mismos, sino en reírnos todos a la vez. Es el humor que fomenta las relaciones interpersonales al compartir agudos comentarios y anécdotas graciosas, que alegran a todos. Es el humor que une. Aunque también el humor sano puede servir, como se indica más arriba, para afrontar de forma constructiva la adversidad, los fallos y las propias limitaciones. Tomar con humor los propios fallos o errores es reconocer que uno no es del todo perfecto, pero que, sin embargo, tampoco es un fracaso.

Es un humor que brota de relativizar lo que no conviene absolutizar. Es el alfiler que pincha el gigante globo que a veces formamos a partir de una nimiedad. Al relativizar, el humor invita a revisar la valoración anterior y a ver la situación desde una perspectiva más completa y equilibrada, así como a enmarcar los acontecimientos y los problemas de una forma más creativa.

Es el humor filosófico y sapiencial, que no se identifica necesariamente con la risa ―hay humor sin risa y risa sin humor― y menos con la burla, la carcajada hueca, o la superficialidad. Dice Baltasar Gracián que «no hay mayor desaire que el continuo donaire». Decimos del gracioso, agudo y con humor, que es un «salado». Así, pues, como en el uso de la sal: siempre, pero la dosis justa. Humor sano y en su medida, pero sentido del humor. Para tomar la vida en serio conviene no tomarla demasiado en serio; sino sazonada con el sentido del humor. William James afirma que el humor parece decir a la vida que «no la tomamos más en serio de lo que ella nos toma a nosotros», y por eso sugiere que «siempre se debería hablar de filosofía con una sonrisa». La seriedad y el sentido del humor no están reñidos; se complementan.

 

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