Presentación de mi último libro: “Una lectura para cada semana. Reflexiones desde la Psicología”

Les voy a presentar mi último libro “Una lectura para cada semana. Reflexiones desde la Psicología”. Lo haré a través del video correspondiente de mi Canal de Divulgación Psicológica:

Muchas gracias por su atención

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Terapia cuaresmal

Terapia cuaresmal

Enrique Pallarés Molíns

Doctor en Psicología. Profesor emérito de la Universidad de Deusto

La Cuaresma no es, por supuesto, una terapia psicológica propiamente dicha. Pero durante este tiempo se insiste en fomentar algunas actitudes que coinciden o convergen con las recomendaciones de la Psicología Humanista y de la Positiva. Por eso, en sentido figurado, podemos hablar de «Terapia cuaresmal». Una ‘terapia’ no solo para los déficits, sino también para el crecimiento integral.

Sin ser lo más importante, llama la atención la invitación cuaresmal a las restricciones en la comida –el ayuno y la abstinencia–, en la actualidad reducidas a la mínima expresión. ¿Una reliquia del pasado «que hay que mantener», sin más? Creo que no. Es una invitación a la sobriedad y al autocontrol. En el siglo XVII el escritor veneciano Alvise Cornaro recomendaba una vida sobria como el mejor medio para la longevidad. El biogerontólogo norteamericano Leonard Hayflick, aludiendo a los recientes estudios que asocian frugalidad con longevidad, sustituye la conocida frase «Somos lo que comemos» por «Somos lo que no comemos».

Pero el objetivo de la templanza y sobriedad cuaresmal no es precisamente prolongar la vida, sino reforzar el control sobre nuestros deseos e impulsos y facilitar así la aspiración a metas más elevadas. Estas pequeñas privaciones alimentarias, además, pueden ayudar a sentir empatía con esos 800 millones de seres humanos que sufren el azote del hambre; empatía difícil de experimentar, por otra parte, desde nuestras latitudes donde el despilfarro de los alimentos es tan frecuente.

Sobriedad ampliable a otras áreas: al vestir, a las diversiones y, en general, al estilo de vida. Optar por un estilo de vida sencillo, aunque no por eso menos satisfactorio. Es más, la clave del bienestar psicológico pleno está en optar por las cosas y actividades sencillas, en las que la persona está sobre las cosas y no las cosas sobre ella. Para el pensador francés André Comte-Sponville «La templanza es la virtud por la cual continuamos siendo señores de nuestros placeres y no sus esclavos».  

Durante la Cuaresma se nos invita también a la generosidad con los más necesitados. La Psicología ha encontrado escasa relación entre el aumento de bienes materiales y el aumento de la felicidad, pero ha comprobado que su buen uso, como el compartir esos bienes, produce más satisfacción y bienestar que su mera acumulación. Es la paradoja de la auténtica felicidad, que crece al dar y disminuye al acaparar. Pero también está probado el efecto positivo en el bienestar psicológico de invertir parte de esa gran riqueza, que es el tiempo, en actividades prosociales. Se trata, pues, de algo más que de dar una limosna para tranquilizar la conciencia. 

La Psicología recomienda la observación de la propia conducta como primer paso para su adecuada modificación y para fortalecer el autocontrol. Es reflexionar sobre nuestras actitudes y acciones para confrontarlas con nuestras mejores metas y objetivos. Y, más allá, la revisión de la propia vida, recomendada por los gerontólogos desde Robert Butler, como un medio para el envejecimiento positivo –aunque no solo beneficiosa en la vejez– y constituida en terapia psicológica. Una revisión de la propia vida, en la que los recuerdos luminosos surgen para alegrarse y los oscuros para su sanación.

Ocasión propicia, pues, para contemplar el camino recorrido con el objeto de rectificar la ruta, incluso darle un giro de 180 grados. Un proceso de revisión profunda con la luz del perdón: perdonar, aceptar el perdón, pedir perdón y perdonarse. Perdón que se prolonga en compasión. Conjugar, pues, en sus varias formas el verbo perdonar, como el modo más eficaz de reconciliarnos con Dios, con las demás personas… y con nosotros mismos.

La Cuaresma es también una terapia de crecimiento porque es un tiempo especial para la gratitud. Un tiempo para experimentar y expresar gratitud por todos los beneficios recibidos. La Psicología Positiva muestra con claridad las importantes consecuencias positivas para la salud mental, corporal y social de practicar la gratitud. Es ver el mundo y la vida como algo que «se me da» y no como algo que «se me debe».

Días también para espabilar el oído y el corazón a la escucha de Aquel que es «más íntimo que mi intimidad». Tiempo, pues, para el encuentro con ese Ser personal que nos trasciende sin anularnos; que lejos de debilitar nuestro yo, lo fortalece sin hincharlo; que no roba nuestra autoestima, sino que la sana y fundamenta con solidez; que nos invita a escuchar a las demás personas, incluso a las que no piensan como nosotros; que hace ver al ser humano que no vive en el caos ni abandonado a su suerte, sino en un universo con un sentido y una meta, donde todavía es posible, aunque no fácil, el abrazo fraterno de la reconciliación.

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Contagio emocional

Contagio emocional

Enrique Pallarés Molíns

Doctor en Psicología. Profesor emérito de la Universidad de Deusto

Publicado en El Correo. Domingo, 31 de enero de 2021

Enlace al texto del artículo en PDF:

El 30 de enero de 1962 tres muchachas de la escuela misionera de Kashasha (Tanganika) comenzaron de repente a reír de forma compulsiva y su risa se extendió a 95 de las 159 alumnas, de entre 12 y 18 años, e hizo necesaria la clausura del centro, con algún intervalo, hasta mitad de mayo. La epidemia se extendió a varias poblaciones vecinas. Aunque no parece que la risa estaba asociada a una emoción concreta –¿Se trataba de la llamada coloquialmente «risa floja»?–, es un ejemplo de la posibilidad de que se contagie a otros la conducta de un individuo. El caso de Tanganika no es el único de ‘contagio’ y existen otros semejantes, antes y después. Se observa también en la vida diaria: contagio del llanto de los niños, bostezo, etc.

Según la profesora Elaine Hatfield y sus colegas el contagio emocional es «la tendencia a sincronizar e imitar expresiones del rostro, vocalizaciones, posturas o movimientos con los de otras personas y, como consecuencia, a la convergencia de las emociones». La imitación de otras personas es un mecanismo muy potente, que se activa de forma no consciente y resulta difícil de evitar, en el que juegan un papel importante las ‘neuronas espejo’. La expresión imitada se interioriza y se convierte en emoción propia.

Inicialmente se contagia la persona más cercana, para extenderse después a otras, e iniciarse una reacción en cadena, siguiendo el llamado efecto onda (Ripple effect) o efecto dominó. Aunque no todas las personas son igualmente susceptibles al contagio, la generalización de las redes sociales potencia este fenómeno hasta extender de forma ‘viral’ la reacción emocional a una noticia, no siempre verdadera. No son solo mis amigos los contagiados, sino los amigos de mis amigos y así sucesivamente.

El contagio emocional resulta esencial para la comunicación en los grupos, pues facilita la difusión de la información y favorece la empatía. Pero puede tener también un lado oscuro, sobre todo en algunas emociones. Por otra parte, el contagio de emociones negativas se intensifica y acelera en las situaciones de crisis e incertidumbre, como son las actuales.   

El miedo se contagia y cuando se extiende de forma incontrolada tiene consecuencias devastadoras. Aunque en su origen es protector y al servicio de la supervivencia («El miedo guarda la viña»), se convierte en inhibidor de la acción –dejar de salir a la calle incluso cuando no hay riesgo–, o en peligrosa estampida. El miedo se transforma, pues, en miedo al miedo.

La interacción con una persona airada provoca fácilmente la misma emoción, aunque, como observa Elaine Hatfield, en ocasiones el rostro airado contagia miedo en lugar de ira. Investigadores de la Universidad de Purdue subrayaron el carácter automático del contagio emocional de la ira, más rápido que el de la felicidad. Relajar el rostro y hablar con calma, sin elevar la voz, puede calmar a la persona airada y detener el proceso de contagio. El odio se propaga también con extraordinaria facilidad y de forma irreversible, con frecuencia asociado a la ira. 

No escapan a esta ley del contagio emocional la tristeza y los estados afines. Los que compartían la habitación en una residencia de un campus americano con un compañero que padecía depresión, tenían más probabilidades que el resto de desarrollar también depresión. También el desánimo y la desesperanza son contagiosos.

¿Es posible atajar este ‘contagio’? Aunque no existe una ‘vacuna’ específica, aceptar la posibilidad del contagio y ser consciente del proceso actuarán, sin duda, de escudo protector. Eso sí, también se pueden ‘contagiar’ las emociones positivas, como la alegría/felicidad, el amor, la gratitud, la generosidad, la amabilidad o la esperanza; estas son las mejores ‘vacunas’ para prevenir la propagación de las emociones negativas, porque una de las funciones de las emociones positivas es la de contrarrestar las negativas. Sin olvidar que uno puede ser ‘contagiado’, pero también ‘contagiar’.

En el grado de felicidad influyen un número importante de factores. Por ejemplo, contemplar rostros que expresan felicidad activa los músculos implicados en la sonrisa auténtica (cigomático y orbicular) y hace sentir mayor felicidad. Se trata de la sonrisa auténtica (sonrisa de Duchenne) y no de una sonrisa fingida o ‘de oficio’. La felicidad, es pues, contagiosa, como lo son la alegría, la gratitud, la generosidad, el amor y otras emociones o estados emocionales positivos. Su cultivo vencerá el desánimo y estimulará la esperanza, actitud esencial en tiempos difíciles.

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¿Blue Monday? (Tercer lunes de enero)

El psicólogo británico Cliff Arnall propuso en 2005 el nombre de Blue Day (Blue Monday) para el tercer lunes de enero. Según Arnall esa fecha es el resultado compleja fórmula matemática: meteorología adversa, advertir el exceso de gasto en navidades, frustración por no cumplir los propuesto para el año nuevo… Aunque la ciencia no ha confirmado esta conclusión, el Blue Day se ha popularizado. Con semejante falta de fundamento científico se ha propuesto el 24 de junio como el Día Más Feliz del Año (Happiest Day). La tristeza y la felicidad son experiencias personales -diferentes en cada uno- mucho más complejas.  (Tomado del libro Una lectura para cada semana. Reflexiones desde la Psicología (Capítulo 1: La cuesta de enero), de Enrique Pallarés Molíns. Bilbao: Ediciones Mensajero, 2021).

Aunque, como ven, no creo demasiado en lo del Blue Day o Blue Monday, me parece aconsejable ver lo que nos puede alegrar (tal vez lo pasamos por alto al tenerlo todos los días muy a la vista) y cómo podemos alegrar la vida de los demás este lunes… más allá de este lunes.

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La cuesta de enero y las cuestas de la vida

Le invito a escuchar el audio de la primera edición del miniespacio “Cinco Minutos de Psicología” (Los lunes hacia las 21:45 h.) que comencé el lunes 11 de enero en Radio Popular de Bilbao.

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Una melodía prohibida (sobre la nostalgia)

Una melodía prohibida

Enrique Pallarés Molíns.

Doctor en Psicología. Profesor emérito de la Universidad de Deusto

Dedicado a madre.
Hoy, 29 de diciembre, cumpliría 112 años.
Los años pasan,
pero los buenos recuerdos quedan

Publicado en El Correo. Domingo, 27 de diciembre de 2020

Enlace al texto del artículo en PDF:

Según el «Diccionario de la música» de Jean-Jacques Rousseau una melodía, aparentemente inofensiva, que se interpretaba en los Alpes suizos como señal para recoger las vacas al final del día («Le ranz des vaches»), fue prohibida su interpretación, bajo graves sanciones, en los ejércitos mercenarios de Europa que enrolaban soldados suizos. La causa de la prohibición no era política; pretendía evitar las intensas reacciones emocionales, incluidas la deserción y la muerte, que su audición producía en muchos soldados («Mal de Suiza»). El romanticismo popularizó esta melodía más allá de los Alpes; encontramos su eco en la obertura de la ópera Guillermo Tell de Gioachino Rossini y en la Sinfonía Fantástica de Héctor Berlioz.

Las reacciones suscitadas por esa melodía –la añoranza de la patria– fueron estudiadas por el médico suizo Johannes Hofer, quien acuñó el término «nostalgia» en su ‘Disertatio’ en Medicina, defendida el año 1668 en la Universidad de Basilea. Nostalgia: ‘Nóstos’, una palabra homérica que significa «volver a casa» y ‘álgos’, «dolor, añoranza»; es decir, deseo doloroso de retornar a casa. Hofer propuso como términos alternativos los de ‘nosomania’ y ‘philopatridomania’. La enfermedad se curaba con la repatriación.

Si el término «nostalgia» nace en una fecha concreta, la reacción de dolor del ser humano al alejamiento de sus raíces es tan antigua como la circunstancia humana de verse obligado a dejar la casa y la patria para vivir en otro país. Este intenso deseo de volver al hogar y a la patria ha inspirado bellas páginas, por ejemplo, en la Odisea de Homero («…yo anhelo volver a mi casa y ver el día de mi retorno»), el pueblo judío en el exilio de Babilonia… El lema repetido de E.T., aquel personaje, monstruoso y entrañable a la vez, creado por Steven Spielberg («¡Mi casa!»).

La concepción actual de nostalgia no la limita a la experiencia emocional de grupos concretos ni al retorno a casa. El anhelo melancólico, o nostálgico, se centra en un pasado, individual y social, que ya no está accesible. Es la búsqueda ardiente del pasado en el que uno se sentía arraigado y seguro. Porque el desarrollo de la autonomía y el crecimiento tienen el efecto secundario de la separación. Y la vida está sembrada de separaciones, a veces especialmente dolorosas y punzantes.

Por eso, la añoranza de lugares y de momentos del pasado constituye una robusta fuerza motivacional y un empuje a la acción. La mercadotecnia, por ejemplo, a través de la publicidad, sabe suscitar sentimientos de nostalgia para aumentar las ventas de sus productos. Algunos de estos anuncios «nostálgicos» intentan trasladar al pasado a través de referencias culturales o simbólicas, para que se asocie el producto y la marca con los sentimientos positivos que suscita el recuerdo de otros tiempos. También se ha utilizado para la movilización política.

La profesora de la Universidad de Harvard Svetlana Boym, en un interesante y sugerente estudio, distingue dos tipos de nostalgia: nostalgia reflexiva y nostalgia restaurativa. La primera se limita al recuerdo y anhelo del pasado y puede constituir «una fuerza positiva que nos ayuda a explorar nuestra experiencia, y puede ofrecer una alternativa a la aceptación acrítica del presente». La segunda, más allá de la propia memoria y de la historia, trata de restaurar el pasado, apelando a tradiciones y mitos, es decir, inventándolo.

El recuerdo amable del pasado suele resultar fortalecedor y estimulante, pero el anhelo regresivo hacia lo que dejó de ser realidad, puede resultar empobrecedor y paralizante para la persona, y letal cuando se busca para la colectividad. Como canta Joaquín Sabina, «No hay nostalgia peor / que añorar lo que nunca jamás sucedió».

El ambiente navideño, con sus intensas sensaciones, activa el recuerdo y anhelo del pasado, el deseo de volver a las seguridad de la ‘casa’. Ese anhelo del pasado –sin idealizarlo en exceso– es legítimo y vigorizante, sobre todo si se transforma en la empresa de construir una ‘casa’ común, confortable para toda la humanidad y de la que nadie se sienta excluido. No es esta una misión imposible e irreal, sino un fin y meta hacia el que caminar; porque la acción presente no solo es hija del pasado, sino de los fines que la guían, aunque no sean alcanzables de inmediato. Es mejor hacerse el sordo a melodías que solo provocan reacciones sentimentaloides. La reconfortante vivencia de momentos especialmente amables de lo que ya pasó, no debe derivar en la instalación en el pasado, sino en la ilusión por construir un futuro común mejor. 

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La lotería de Navidad. Reflexiones desde la Psicología

Te invito a ver el video que he subido al Canal de divulgación psicológica. Algunas reflexiones sobre la lotería de Navidad desde la Psicología.

Gracias por tu interés y ¡Feliz Navidad!

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Para manejar la ansiedad: no la vea como un enemigo

El paso previo –o, más exactamente, el primer paso– y fundamental para manejar la ansiedad: verla con otros ojos, verla de forma más objetiva, sin tratar de que desaparezca de repente. Evitaremos así que se genere la ansiedad secundaria: la ansiedad por la ansiedad. Las sensaciones de ansiedad son molestas, muy molestas, pero no peligrosas. Es cortar la espiral ascendente: percibir síntomas de ansiedad, más ansiedad… Es perder el miedo a la ansiedad, es no verla como un enemigo (tampoco como un amigo). Le invito a ver este video:

Este video pertenece al canal de divulgación psicológica de Enrique Pallarés Molíns. Puede suscribirse para recibir un aviso cada vez que suba al canal un video nuevo.   

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Las pesadillas tienen tratamiento

Cuando las pesadillas son recurrentes y provocan intenso malestar, conviene buscar tratamiento. Existe tratamiento.

Lo podrás escuchar en este breve video, en el que explico cómo afrontarlas.

Puedes suscribirte a mi Canal de divulgación psicológica, para recibir información de cada uno de los videos que suba al canal.

Enlace:

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Hacia una autoestima sana

Hacia una autoestima sana

Enrique Pallarés Molíns

Doctor en Psicología. Profesor emérito de la Universidad de Deusto

Publicado en El Correo y en Ideal. Domingo, 15 de noviembre

Enlace al texto en PDF:

En las últimas décadas del siglo pasado se consideró la autoestima como la clave de la salud mental y social. Se pensaba que elevar la autoestima de la ciudadanía llevaría a un descenso o a la desaparición de problemas tan graves, como la drogadicción, la delincuencia, el fracaso escolar, etc. Promover su aumento se constituyó en un verdadero movimiento o cruzada: conferencias, artículos, libros, vídeos… incluso un estado norteamericano reservó en los presupuestos una partida para el crecimiento de la autoestima. Los resultados de los estudios científicos moderaron este entusiasmo un tanto ingenuo. Con todo, hoy queda claro que la visión y valoración que uno tiene de sí mismo –la autoestima– resulta importante para su ajuste psicosocial.  

La autoestima, bien entendida, no es una cometa que sube y baja. Puede mejorar, para lo cual no existen trucos ni fórmulas mágicas, sino algunas orientaciones generales. La primera y fundamental, siguiendo a la profesora Jennifer Crocker, es no buscarla inquieta y obsesivamente, porque así se atrapa viento y no la autoestima auténtica. No vale lo de «cuanta más alta mejor», pues más importante que su altura es la solidez de sus cimientos.

La autoestima sana va estrechamente unida al conocimiento propio, tarea de toda la vida. Es preferible en el autoconocimiento evitar los adjetivos generales o abstractos, sobre todo los negativos, optar por la descripción en lugar de por la valoración, equilibrar el ‘lápiz rojo con el ‘azul’ –evitar el ‘negro’– y no trazar un autorretrato estático («Soy así»), sino dinámico («Puedo mejorar»).     

La autoestima resulta, en buena parte, de las comparaciones sociales, implícitas o explícitas. Es recomendable mirar ‘hacia arriba’ en lo que uno puede conseguir y ‘hacia abajo’ para acallar insatisfacciones en lo que resulta inalcanzable. Pero lo mejor es sustituir las comparaciones por la autoaceptación incondicional, que, lejos de impedir el cambio, lo estimula de forma saludable y eficaz. Es aceptarse a sí mismo en los fracasos y en los éxitos, imitando a las madres que aceptan incondicionalmente a su hijo, con independencia de su apariencia física o de su capacidad intelectual.  

Cada uno escucha la voz de una especie de consejero interior que le dicta lo que debe hacer y cómo se tiene que sentir en cada momento. Un ‘consejero’ que se forma en contacto con la realidad. Se ha de evitar que sea un crítico intransigente, pero tampoco excesivamente permisivo o amoral; ni el perfeccionismo que agosta la autoestima ni el laxismo que la deteriora desde dentro.  

William James, que fue quien utilizó por primera vez el término «autoestima», la conceptualizó como el cociente entre logros y aspiraciones o deseos. Según esta ecuación, se puede mejorar la autoestima aumentando el numerador (logros), pero también disminuyendo el denominador (aspiraciones). Converge con la sabiduría popular: «No es pobre el que tiene poco, sino el que mucho desea».

Los pensamientos generan las emociones y las acciones, aunque también al revés. El catastrofismo, la generalización excesiva, la polarización («o soy bueno o soy malo»), etc. se traducen en sentimientos negativos hacia uno mismo. Sustituir estos pensamientos distorsionados por otros correctos y más funcionales es otra forma de cultivar la autoestima.

También la memoria tiene un papel importante. Con el estado de ánimo bajo, el recuerdo se sesga hacia lo negativo y arrastra la autoestima hacia abajo, lo que acentúa todavía más el recuerdo de lo negativo. Un contrapeso a esta tendencia es tener mentalmente muy accesible un conjunto de imágenes y experiencias positivas del pasado, que actuarán de resorte cuando sea necesario.

Fomentar la autoestima sana no es mirarse al espejo y decirse «¡Soy el mejor!» o frases semejantes; esto es narcisismo, una patología de la autoestima. «Todo narcisismo es un vicio feo, y ya viejo vicio», decía Antonio Machado; autoestima insana en sobredosis.

Porque la autoestima no es un asunto puramente individual, sobre todo en tiempos difíciles como el presente. En las culturas colectivistas la autoestima individual deriva de la colectiva y se pone el énfasis en los objetivos comunes. Importante lección de estas culturas, por lo general no occidentales, con ‘egos’ más silenciosos. La situación actual ha dañado la autoestima individual y colectiva, pero también constituye un reto para elevarla sobre un fundamento sólido, ampliamente social, y llegar al convencimiento de que no hay autoestima sana contra los demás, a costa de los demás, o al margen de los demás.

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