No siempre la unión aumenta la fuerza

 

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No siempre la unión aumenta la fuerza

Enrique Pallarés Molíns

Doctor en Psicología. Profesor emérito de la Universidad de Deusto

Publicado en EL CORREO. Domingo, 3 de marzo del 2019. página 37

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«La unión hace la fuerza» no es solo un dicho popular, sino también un principio de acción suficientemente probado a lo largo de la historia, incluso convertido en canción y en eslogan político para corear: «El pueblo unido, jamás será vencido». La unión de esfuerzos no solo suma, sino que puede llegar a superar a la acción aislada de las fuerzas individuales. Es la ‘sinergia’ o proceso en el que dos o más fuerzas convergentes producen un efecto superior a la suma de los efectos de cada una por separado.

Pero, como en todo lo humano, la realidad es más compleja y no siempre la conjunción de varias fuerzas resulta superior a su suma. El ingeniero agrónomo francés Maximilien Ringelmann comprobó a finales del siglo XIX que al añadir más participantes a una tarea de esfuerzo –tirar de una soga–, tendía a disminuir, más bien, el esfuerzo de cada uno. Según los registros del dinamómetro, cuya presencia desconocían los participantes, cuanto mayor era el número de intervinientes, menor el esfuerzo de cada uno. Si el esfuerzo individual era de 83,3 kg, la media del esfuerzo de cada uno en el grupo de siete descendía a 65 kg y en el de catorce a 61 kg; e incluso a cifras inferiores. Es decir, el aumento de esfuerzos suma, pero no siempre lo que cabría esperar.

Fueron los psicólogos sociales quienes, hacia 1970, retomaron el estudio de este curioso fenómeno, llamado ‘Efecto Ringelmann’, y lo rebautizaron con la expresión ‘Holgazanería social’ (‘Social loafing’). Observaron su presencia en otras tareas físicas, pero también en tareas cognitivas, como las de comentar un poema o un editorial, generar posibles usos diferentes de un objeto, etc.

Ringelmann pensó, sin excluir una explicación motivacional, que la disminución del esfuerzo individual se debía, sobre todo, a la dificultad para coordinarse los esfuerzos individuales de los participantes. Los psicólogos sociales, sin embargo, optaron por la explicación motivacional y se centraron concretamente en una actitud posible de los componentes del grupo, que se puede resumir en la expresión: «Que se esfuercen los demás» (‘Efecto Gorrón’). A esto se añade con frecuencia la constatación de que otros miembros del grupo se esfuerzan menos de lo que deberían, lo que lleva a tomar la decisión de «no hacer el primo». Eso sí; el grado de esta holgazanería o pereza social puede variar según se identifiquen o no los esfuerzos individuales –tal vez el factor más importante–, la relevancia y atractivo de la tarea en sí misma, las recompensas por realizarla, etc.

La frecuencia y entusiasmo con el que en la actualidad se encargan y realizan tareas en grupo, en las organizaciones y en las aulas, unido al supuesto de que «siempre es más eficaz el esfuerzo grupal que el de la suma de los individuos», lleva con frecuencia a no tener en cuenta las conclusiones de estas investigaciones sobre la ‘Holgazanería social’. Porque, además de los grupos pequeños, también la convivencia social se ve afectada negativamente por los que ‘generosamente’ ceden su parte en las tareas, cargas y responsabilidades comunes a los ingenuos que se toma en serio dichas tareas y prefieren no conjugar en primera persona el verbo pronominal ‘escaquear’.

No se pretende negar ni dejar de reconocer las numerosas e importantes funciones del grupo y de la cooperación entre sus miembros, como tampoco la necesidad de aprender a trabajar en equipo. Precisamente se trata de eso, de aprender a trabajar y a colaborar en grupo; pero de verdad. No deberían darse argumentos a los sugieren, medio en broma y medio en serio, que los mejores resultados son los del grupo cuyo número de miembros es impar y menos de tres. Es más, algunos comentarios a los estudios sobre la ‘Holgazanería social’ subrayan que en estos experimentos los participantes actuaban como individuos y no tanto como miembros del grupo. Porque ahí está el problema: que el grupo funcione, de verdad, como grupo.

En nuestros días se valora mucho –con razón, aunque a veces con exceso– el trabajo y la toma de decisiones en grupo o en equipo. Pero este justificado aprecio a lo grupal, y el rechazo del individualismo y del egoísmo, no deben hacernos ciegos ni miopes para reconocer ciertos riesgos de las actividades grupales o pseudogrupales. Tarea, pues, de identificar esta inclinación humana –tan real como la tendencia a la cooperación– a disminuir el esfuerzo individual y la responsabilidad social. Educar para conseguir que la unión de todos los esfuerzos genere siempre una potente fuerza constructiva y trasformadora, orientada al bien común.

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Terapia cuaresmal (Cuaresma y Psicología)

Terapia cuaresmal

La Cuaresma no es una terapia biológica ni psicológica. Pero las actitudes cuaresmales tienen varios puntos de semejanza con las que promueve la Psicología. Entre ellas, sobriedad, solidaridad con los necesitados, revisión de la propia vida, reconciliación, encuentro con el Absoluto que nos trasciende.  Las encontrarás brevemente descritas en este artículo.

Terapia cuaresmal

Enrique Pallarés Molíns

Doctor en Psicología. Profesor emérito de la Universidad de Deusto

Publicado en el suplemento semanal Alfa y Omega del diario ABC. Jueves, 28 de marzo del 2019.

Si quieres acceder al texto de la imagen en PDF, haz clic en este enlace: Terapia cuaresmal art

La Cuaresma no es, por supuesto, una terapia psicológica propiamente dicha. Pero durante este tiempo se insiste en fomentar algunas actitudes que coinciden o convergen con las recomendaciones de la Psicología Humanista y de la Positiva. Por eso, en sentido figurado, podemos hablar de «Terapia cuaresmal». Una ‘terapia’ no solo para los déficits, sino también para el crecimiento integral.

Sin ser lo más importante, llama la atención la invitación cuaresmal a las restricciones en la comida –el ayuno y la abstinencia–, en la actualidad reducidas a la mínima expresión. ¿Una reliquia del pasado «que hay que mantener», sin más? Creo que no. Es una invitación a la sobriedad y al autocontrol. En el siglo XVII el escritor veneciano Alvise Cornaro recomendaba una vida sobria como el mejor medio para la longevidad. El biogerontólogo norteamericano Leonard Hayflick, aludiendo a los recientes estudios que asocian frugalidad con longevidad, sustituye la conocida frase «Somos lo que comemos» por «Somos lo que no comemos».

Pero el objetivo de la templanza y sobriedad cuaresmal no es precisamente prolongar la vida, sino reforzar el control sobre nuestros deseos e impulsos y facilitar así la aspiración a metas más elevadas. Estas pequeñas privaciones alimentarias, además, pueden ayudar a sentir empatía con esos 800 millones de seres humanos que sufren el azote del hambre; empatía difícil de experimentar, por otra parte, desde nuestras latitudes donde el despilfarro de los alimentos es tan frecuente.

Sobriedad ampliable a otras áreas: al vestir, a las diversiones y, en general, al estilo de vida. Optar por un estilo de vida sencillo, aunque no por eso menos satisfactorio. Es más, la clave del bienestar psicológico pleno está en optar por las cosas y actividades sencillas, en las que la persona está sobre las cosas y no las cosas sobre ella. Para el pensador francés André Comte-Sponville «La templanza es la virtud por la cual continuamos siendo señores de nuestros placeres y no sus esclavos».

Durante la Cuaresma se nos invita también a la generosidad con los más necesitados. La Psicología ha encontrado escasa relación entre el aumento de bienes materiales y el aumento de la felicidad, pero ha comprobado que su buen uso, como el compartir esos bienes, produce más satisfacción y bienestar que su mera acumulación. Es la paradoja de la auténtica felicidad, que crece al dar y disminuye al acaparar. Pero también está probado el efecto positivo en el bienestar psicológico de invertir parte de esa gran riqueza, que es el tiempo, en actividades prosociales. Se trata, pues, de algo más que de dar una limosna para tranquilizar la conciencia.

La Psicología recomienda la observación de la propia conducta como primer paso para su adecuada modificación y para fortalecer el autocontrol. Es reflexionar sobre nuestras actitudes y acciones para confrontarlas con nuestras mejores metas y objetivos. Y, más allá, la revisión de la propia vida, recomendada por los gerontólogos desde Robert Butler, como un medio para el envejecimiento positivo –aunque no solo beneficiosa en la vejez– y constituida en terapia psicológica. Una revisión de la propia vida, en la que los recuerdos luminosos surgen para alegrarse y los oscuros para su sanación.

Ocasión propicia, pues, para contemplar el camino recorrido con el objeto de rectificar la ruta, incluso darle un giro de 180 grados. Un proceso de revisión profunda con la luz del perdón: perdonar, aceptar el perdón, pedir perdón y perdonarse. Perdón que se prolonga en compasión. Conjugar, pues, en sus varias formas el verbo perdonar, como el modo más eficaz de reconciliarnos con Dios, con las demás personas… y con nosotros mismos.

La Cuaresma es también una terapia de crecimiento porque es un tiempo especial para la gratitud. Un tiempo para experimentar y expresar gratitud por todos los beneficios recibidos. La Psicología Positiva muestra con claridad las importantes consecuencias positivas para la salud mental, corporal y social de practicar la gratitud. Es ver el mundo y la vida como algo que «se me da» y no como algo que «se me debe».

Días también para espabilar el oído y el corazón a la escucha de Aquel que es «más íntimo que mi intimidad». Tiempo, pues, para el encuentro con ese Ser personal que nos trasciende sin anularnos; que lejos de debilitar nuestro yo, lo fortalece sin hincharlo; que no roba nuestra autoestima, sino que la sana y fundamenta con solidez; que nos invita a escuchar a las demás personas, incluso a las que no piensan como nosotros; que hace ver al ser humano que no vive en el caos ni abandonado a su suerte, sino en un universo con un sentido y una meta, donde todavía es posible, aunque no fácil, el abrazo fraterno de la reconciliación.

 

 

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El amable tirano (sobre el sueño)

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El amable tirano

Enrique Pallarés Molíns

Doctor en Psicología. Profesor emérito de la Universidad de Deusto

Enlace al texto en PDF: El amable tirano art

Está reciente todavía el Día Mundial del Sueño. Un día –ampliable– para reconocer la importancia de este «amable tirano», como lo definió el escritor británico Samuel Johnson, que nos visita a diario. El que cerca de un tercio de nuestra vida lo pasemos en los brazos del sueño sugiere su importancia. Pero, sobre todo, el que el sueño afecta de modo importante a nuestra vida de vigilia, como también la vigilia afecta al sueño. «Para vivir bien, dormir bien; para dormir bien, vivir bien». 

Hasta don Quijote reconoce el acierto de las palabras de Sancho sobre el sueño: «Capa que cubre todos los humanos pensamientos, manjar que quita el hambre, agua que ahuyenta la sed, fuego que calienta el frío, frío que templa el ardor. Balanza y peso que iguala al pastor con el rey y al simple con el discreto». Es el amable, reparador, democrático, amable y dulce sueño. Escenario, a su vez, del «teatro de la noche» que son los sueños.

Pero también tirano, aunque para nuestra salud y bienestar. El sueño toma nota de las horas que se le sustraen y no condona con facilidad la llamada «deuda de sueño». No acepta de buen grado que se intente compensar la restricción habitual con un atracón de sueño el fin de semana, pues prefiere cobrar cada día su tributo de unas siete u ocho horas. Existiría, incluso, por analogía con la deuda pública, una «deuda nacional de sueño», que sería la estimación del déficit promedio de sueño de un país. Un 31% de la población española se despierta con la sensación de que su sueño no ha sido reparador.

La luz eléctrica, los horarios laborales, la vida social y la oferta en casa de veinticuatro horas de ocio (lectura, televisión, internet), pueden ser las causas, junto con el insomnio, de la «deuda de sueño». Esta reducción habitual de sueño puede tener consecuencias negativas para la salud y el bienestar: sistema cardiovascular, sistema inmunológico, diabetes, obesidad, memoria, accidentes, falta de concentración, irritabilidad, etc. Sin olvidar los importantes costos económicos, que en los Estados Unidos se estiman en 411.000 millones de dólares (2,28% del PIB), sin contar los gastos en fármacos, diagnósticos, etc.

La Dirección General de Tráfico, por su parte, considera que la falta de sueño es uno de los factores de riesgo más importantes para sufrir o provocar un accidente de circulación. No es necesario quedarse completamente dormido. Se calcula que la somnolencia al volante interviene, directa o indirectamente, en entre el 15 y el 30% de los accidentes de tráfico en España.

Todo ello obliga a prestar mucha más atención al sueño y a sus condiciones para visitarnos y permanecer. En primer lugar, requiere de un ambiente material adecuado (oscuridad, temperatura), libre, sobre todo, de ruidos perturbadores. Además, mantener un horario regular y evitar dormir durante el día, así como suprimir la ingestión de sustancias estimulantes (cafeína) horas antes. El ambiente emocional de la vigilia es también muy importante; el deficiente control de las emociones negativas –ansiedad, culpabilidad o ira– puede herir e incluso matar el sueño nocturno. Por el contrario, como recuerda Baltasar Gracián, «El día sin pleito hace la noche soñolienta».

La paz con uno mismo y con los demás, así como aparcar las preocupaciones fuera de la almohada, es un buen facilitador del sueño y sin los efectos indeseables de los fármacos. El ejercicio físico, la exposición a la luz natural y la distancia a las pantallas y pantallitas (TV, ordenador, móvil), favorece también la calidad y cantidad del sueño. Recordemos, finalmente, que el sueño ejerce su tiranía al visitarnos cuando él quiere y no cuando lo reclamamos: buscar ansiosamente el sueño es el mejor modo de ahuyentarlo.

El sueño llega tras varias horas sin dormir (regulación homeostática), pero también acude según un ritmo de unas veinticuatro horas (regulación circadiana) controlado por un ‘reloj’ biológico, localizado en el núcleo supraquiasmático. Un ‘reloj’ cuya señal, salvo fuerza mayor, conviene acatar. Surge aquí el reconocimiento agradecido a todas las personas que se ven obligadas a alterar su ritmo de sueño por el bien de la comunidad en los servicios sanitarios o de seguridad, cuidado de enfermos, fábricas, transportes, etc. Ocasión también para empatizar con los que sufren insomnio crónico –entre un 6 y un 10% de la población con un criterio riguroso, elevable hasta el 30%– u ocasional. Una oportunidad, sobre todo, para reconocer la excepcional importancia del sueño, fácil de pasar por alto debido a su presencia cotidiana y silenciosa.

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Conferencia sobre Psicología del Perdón (invitación)

FortalezaHumanaPerdon

Les invito a mi conferencia:

El perdón como fortaleza humana.  El perdón visto desde la Psicología.

Por Enrique Pallarés Molíns. Doctor en Psicología. Profesor emérito de la Universidad de Deusto. Autor del libro “El perdón como fortaleza humana”

Organiza: Parroquia de San Francisco Javier

Día y hora: miércoles, 27 de febrero, a las 19:30 h.

Lugar: Salón de actos de la Parroquia San Francisco Javier. Ajuriaguerra, 42, piso 3º. Bilbao.

Entrada libre

Publicaciones de Enrique Pallarés Molíns relacionadas con el tema del perdón.

Libro y capítulo de libro:

+Pallarés Molíns, Enrique. El perdón como fortaleza humana. Bilbao: Ediciones Mensajero (Grupo Comunicación Loyola), 2016. 245 páginas. Información sobre este libro en: https://enriquepallares.wordpress.com/2016/11/15/nuevo-libro-el-perdon-como-fortaleza-humana/

+Pallarés Molíns, Enrique. Del odio y el resentimiento a la reconciliación por el perdón. En M.C. Azaústre Serrano (Coord.), Una espiritualidad de la reconciliación y la no violencia, (pp. 19-56). Ávila: CITeS-Universidad de la Mística, 2016. (Colección Cátedra Josefa Segovia, 4).

Artículos en la prensa diaria:

+Pallarés Molíns, Enrique. El perdón como fortaleza humana. EL CORREO. Sábado, 7 de mayo del 2016. Página 41. Enlace al texto de este artículo: https://enriquepallares.wordpress.com/2016/05/09/el-perdon-como-fortaleza-humana/

+Pallarés Molíns, Enrique. La necesidad de pedir perdón. EL CORREO. Sábado, 5 de mayor del 2018. Página 35. Enlace al texto de este artículo:

https://enriquepallares.wordpress.com/2018/05/05/la-necesidad-de-pedir-perdon/

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La cuesta de enero

la cuesta de enero cabez

La cuesta de enero

Enrique Pallarés Molíns

Doctor en Psicología. Profesor emérito de la Universidad de Deusto

Publicado en el diario El Correo. Domingo, 20 de enero del 2017. p. 43

Enlace al texto de este artículo en PDF: la cuesta de enero art

«Cuesta de enero» es una expresión popular, que recoge el diccionario de la Real Academia Española y define como «Período de dificultades económicas que coincide con este mes a consecuencia de los gastos extraordinarios hechos durante las fiestas de Navidad». Los precios no bajan como en invierno el termómetro –todo lo contrario– y, tal vez, los gastos fueron más allá de lo razonable. El que la subida del sueldo no compensa la de los precios añade grados de inclinación y aspereza a la pendiente de esta cuesta.

Cuesta de enero también porque la báscula se empeña, impertinente, en señalar algún kilo más que antes de navidades. ¡No, no está estropeada; es la cruda realidad! Es posible, incluso, que los niveles de colesterol o de glucosa hayan rebasado la línea de seguridad. «¡Qué barbaridad! ¡Mañana mismo empiezo la dieta!». Es el tributo que hay que pagar por buscar la gratificación inmediata en las comidas navideñas, en lugar de graduar el placer con vistas a una satisfacción posterior más prolongada. Una ocasión para aprender por experiencia que el sensato principio de realidad ha de tener prioridad respecto al ciego principio de placer.

Cuesta de enero con aguda pendiente para los estudiantes universitarios, que inician o continúan, durante este mes, los exámenes del primer trimestre. Semanas de estrés y de recortes en las horas de sueño. Al final, tras jornadas agotadoras, satisfacción para unos, lamento para otros.

Algunos observan que la cuesta de febrero es peor todavía que la de enero. Lo gastado en las rebajas, comprando ropa u otros artículos, más atractivos por el precio y apariencia que necesarios, dejan exhaustos los ya debilitados bolsillos y aparecen los números rojos en la contabilidad familiar o personal. Y no faltan quienes prolongan la cuesta de enero hasta marzo, o más allá.

La verdad es que la vida está llena de cuestas, grandes o pequeñas, que hemos de remontar; incluso la vida misma es una cuesta, con más o menos pendiente, que tenemos que ascender. Para algunos muy empinada, casi de noventa grados y sembrada de piedras y otros tropiezos, que, además, han de recorrer con el lastre de una mochila a la espalda, que pesa hasta aplastar; es el peso de la enfermedad, ausencias, falta de recursos, injusticias, fracasos… Pocos se libran de, por lo menos, algún tramo empinado de cuesta a lo largo de su vida, y ninguno de la cuesta del camino de la vida. Cuestas abruptas que surgen en el camino de la vida cuando menos lo esperamos y cuya longitud y pendiente solemos ignorar al principio.

Pero, subir una cuesta, además de producir fatiga, hace posible llegar a la altura, al observatorio natural desde donde se divisa un extenso paisaje, con frecuencia bello y cautivador. Las alturas propician contemplar la realidad en su conjunto; a vista de pájaro, para ver que los edificios y los accidentes geográficos, enormes cuando estamos cerca, disminuyen su tamaño desde lejos. Altura, pues, para relativizar y conceder valor solo a lo que es valioso de verdad. Altura para ver mejor. Además, incluso el sudor del esfuerzo realizado resulta tonificante. El esfuerzo humano de la tarea se puede convertir en el bálsamo de la honda satisfacción.

Estamos comenzando un nuevo año y viene a cuento lo de «Año nuevo vida nueva». La vida es tiempo de aprendizaje en el que los errores, junto con las cuestas o dificultades, llegan a ser excelentes maestros si los tomamos como una oportunidad de aprender y crecer, en lugar de como un fracaso definitivo.

Recomiendan subir las cuestas con paso más corto que en el camino llano; pero a ritmo uniforme. Pasos cortos, pero con ritmo constante. Sin prisa, pero siempre adelante. Y, como para los buenos montañeros, el ascenso es ocasión para compartir con otros, no solo el camino y las vituallas, sino también la amistad. Porque la amistad y la compañía suavizan la cuesta del camino de la vida.

Para esta fecha el amable lector ha recorrido ya un buen trecho de esta popular cuesta de enero. Si la vida le trata muy bien tal vez pregunte extrañado «¿Qué es eso de la cuesta de enero? ¡Vaya tontería!». Pero, sí; la cuesta de enero –sea muy aguda, suave, o de pendiente cero–, se convierte en la imagen y en el recordatorio de todas las cuestas que tenemos que subir o escalar en el camino de la vida, y también de que la misma vida es una cuesta. Una cuesta que no podemos esquivar, sino afrontar con ánimo interior y siempre renovado, guiados por las señales de la propia experiencia y de la de otros, con la firme esperanza de ser capaces de coronar la anhelada cumbre.

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El mejor regalo que podemos regalar

 

los regalos

Estamos en unos días especiales para hacer y recibir regalos. Hace un par de años escribí un artículo de opinión en El Correo, sobre los regalos. Vi hace unos días que no estaba en este blog y pensé en ‘reeditarlo’, en volverlo a publicar. Tal vez a algunos les guste leerlo si en su día no lo hicieron, o releerlo y compartirlo si ya lo leyeron. A mí, personalmente, me ha gustado volver a leerlo. Perdón a los que les moleste la repetición.

Termina el artículo con el resumen de un bellísimo cuento del escritor norteamericano O. Henry. Lo incluye Jorge Luis Borges en su selecta antología de cuentos de la literatura universal, titulada “Cuentos memorables”. Ciertamente que es un cuento ‘memorable’, digno de ser recordado. Como muestra, cuando escribí este artículo nos sorprendió que el cuento les encantó tanto a los niños de unos once años de un aula de un colegio público de Bilbao como a un grupo de personas mayores del proyecto Bizi-Bete de Cáritas-Mayores de Bizkaia. Un cuento para todos y algunas reflexiones en el artículo, que espero os interesen y agraden.  

 

 

Acceso al texto del artículo en PDF: Los regalos art

Los regalos

Enrique Pallarés Molíns

Doctor en Psicología. Profesor emérito de la Universidad de Deusto

Publicado en El Correo. 2 enero del 2016

Las fiestas de Navidad son fechas especialmente propicias para los regalos; pero no las únicas, pues son muchas, y en aumento, las ocasiones para dar y recibir regalos: cumpleaños, boda, graduación, bautizo… A estas hay que añadir, dentro de la llamada «comercialización del calendario», los «días de…»: día de la madre, día del padre…

Intercambiar regalos es una práctica universal, en el tiempo y en el espacio, una forma de expresar gratitud, de mostrar interés y aprecio, a la vez que de establecer y fortalecer los vínculos entre personas y grupos. El regalo es el lenguaje –sin palabras, pero muy expresivo–, del amor, la amistad y la gratitud. En su clásico ensayo, destaca Marcel Mauss que la pervivencia del regalo es para congratularse, pues muestra que no todo está clasificado en términos de compra y venta, y que las cosas pueden tener, además del valor mercantil, un valor afectivo.

Tras el regalo hay un conjunto, a veces complejo, de emociones y motivos, tanto en el donante (¿Acertaré?) como en el receptor (¿Por qué este regalo?). A algunos les resulta agradable elegir el regalo, pues es una ocasión para expresar su afecto, pero otros experimentan ansiedad y temen no acertar. El narcisista elige el regalo pensando no tanto en el que lo va a recibir, sino en distinguirse y aparecer él como singular. Sin llegar a esto, es frecuente fallar en el regalo al no culminar la difícil tarea de ponerse en el lugar del receptor. El receptor trata de adivinar las emociones e intenciones del donante (¿Es sincero? ¿Será para controlarme?) y decide aceptar o no el regalo, pues a veces cuesta más recibir que dar. Por eso, dar y recibir regalos –las personas alternan ambas actividades– es una ocasión propicia para desarrollar la empatía y el ponerse en el lugar del otro.

Pero, ¿qué características debe reunir un regalo? Aunque no siempre se cumple en la práctica, se acepta como referencia, al hacer y juzgar un regalo, que suponga al donante cierto sacrificio (dinero, tiempo, esfuerzo), que el objetivo principal sea agradar al receptor, que se trate de algo apropiado y, finalmente, que suscite sorpresa y agrado. El envolverlo, a la vez que otorga a un objeto la categoría de regalo, facilita el requisito de sorpresa y es la ocasión para demostrar el buen gusto y el afecto.

Los regalos tienen en la actualidad una proyección económica importante y su práctica es bienvenida por el comercio, a la vez que suscita el interés investigador del economista. Según los estudios, con frecuencia citados y discutidos, del profesor de economía norteamericano Joel Waldfogel, la valoración que el receptor hace del regalo es entre un 10 y un 30% menor que el precio real de dicho regalo. Ante esta «pérdida irrecuperable de eficiencia de la Navidad», sin entrar en su valor sentimental, sugiere Waldfogel optar por el regalo en efectivo o en tarjetas.

Sin embargo, varios estudios de psicólogos muestran que las personas tienden a apreciar más lo que han recibido como regalo que lo que han  comprado. Es decir, el regalo puede ser un modo de «crear valor»; más por lo que representa que por su precio de mercado.

Como defensa ante el bombardeo de la publicidad, que convierte el regalo en una carrera de consumo y competición, ayudará escuchar a Ralph Emerson: «Los anillos y demás joyas no son regalos, sino remedos de regalo. El único regalo es una parte de ti mismo». No es necesario papel especial para regalar  tiempo, escucha, afecto, amistad, sangre… vida. Estos regalos retornan al donante como experiencia de profunda satisfacción; se convierten en un autorregalo. Así, un buen regalo para un niño es avivar y reforzar su generosidad natural para compartir.

El regalo de los Magos, un cuento de O. Henry (pseudónimo de William Sydney Porter), nos presenta a una joven pareja, que en su extrema pobreza solo poseen dos cosas de valor: el reloj familiar de oro de Jim y la hermosa y larga cabellera de Delia. La víspera de Navidad, cada uno siente la imperiosa necesidad de hacer al otro un buen regalo. Delia compra, con la venta de su cabellera, una cadena para el reloj de Jim; mientras Jim, con la venta del reloj, adquiere un juego de peinetas de carey para la cabellera de Delia. Al intercambiar los regalos, tras la sorpresa y el desconcierto inicial, se consuelan y abrazan. O. Henry, que reconoce la actuación apresurada y algo insensata de la pareja, comparada con la sabiduría de los Magos de Oriente, concluye: «De todos los que dan y reciben regalos, los más sabios son las personas como Jim y Delia. Ellos son los verdaderos Magos».

 

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Lotería de Navidad

Lotería

A propósito de la lotería

Enrique Pallarés Molíns

Doctor en Psicología. Profesor emérito de la Universidad de Deusto

Publicado en El Correo. Domingo, 16 de diciembre del 2018

Enlace a este artículo en PDF: A proposito de la loteria art

Cada mañana del 22 de diciembre escuchamos una melodía familiar: los niños y niñas del madrileño colegio de San Ildefonso cantan los premios de la Lotería de Navidad. Desde 1771 colaboran con la diosa Fortuna en el reparto de premios en dinero –el potente y codiciado motivador de la conducta humana–, aunque la mejor parte va a las arcas del Estado.

La lotería de Navidad está ampliamente extendida y casi constituye una obligación adquirir alguna participación. Nada que ver, pues, con la ludopatía o adicción a los juegos de azar, patología antigua y actual, que no se limita a una sola ocasión. Pero algunos no adquieren un número cualquiera, sino que lo seleccionan de acuerdo con los dígitos que lo componen («Que termine en 5»), la relación de los dígitos del número con una fecha determinada, o bien se adquiere en una administración de lotería ‘especial’.

Si al adquirir un décimo de lotería tuviera que elegir obligatoriamente entre el 43689 y el 22222, ¿por cuál de los dos optaría? Peguntas semejantes a esta propusieron los psicólogos Daniel Kahneman –premio Nobel de Economía– y Amos Tversky para estudiar esos atajos mentales o heurísticos que utiliza el ser humano para tomar decisiones. Pocos elegían el segundo número, pues, aunque ambos tienen la misma probabilidad de ser premiados, el 22222 no es representativo de los números aleatorios («¡Cómo va a tocar a ese número!»).

Esta conducta, como otras conductas supersticiosas, está estrechamente asociada a la ilusión de control. Elijo la administración donde adquirir el décimo y elijo el número, pensando que controlo lo que resulta incontrolable. Una muestra más de la mezcla de racionalidad e irracionalidad del ser humano. El psicólogo norteamericano Skinner comprobó que también las palomas mostraban conductas supersticiosas tras seguir el adecuado programa en la caja experimental.

La lotería es también ocasión para otra ilusión positiva, la ilusión de que me va a tocar. Es un sesgo bien estudiado la tendencia a sobreestimar las probabilidades de que nos toque la lotería e infraestimar la posibilidad de tener un accidente de automóvil. Estas ilusiones positivas comunes y leves en principio nada tienen de patológico –«De ilusión también se vive»–, incluso pueden resultar estimulantes para seguir adelante.

¿Y si me toca un premio importante? Precisamente con este fin y, en última instancia para sentirse mejor, se adquieren las participaciones. Los estudios sobre la relación entre ser agraciado en la lotería y la felicidad son más cautelosos. Admiten que con un premio importante se produce un aumento de la felicidad, pero casi tan breve y poco consistente como las burbujas del cava con el que se celebra. No digo que genere depresión ni que resulte indeseable. Pero las investigaciones advierten que la clave de la felicidad auténtica está, sobre todo, en los vínculos con las personas queridas. Tal vez por eso es frecuente repartir el décimo con familiares y amigos, para compartir con ellos la posible suerte.

¿Y si no me toca? Para algunos, el no ser premiado activa el pensamiento contrafactual, asociado a la cavilación o al lamentarse por lo que no hizo y piensa que debería haber hecho («Si hubiera comprado el otro décimo»). Para prevenir posteriores lamentos no se rechaza la participación que le ofrece un conocido «No vaya a ser que toque». Pero, con frecuencia, se utiliza el mecanismo de defensa de racionalización o explicación razonable con la que uno trata de convencerse de que, en el fondo, el no haber sido agraciado no es una tragedia y que, tal vez, incluso sea lo mejor: «Lo importante es que tengamos paz, salud y trabajo». ¿Equivale al «Están verdes» del zorro de la fábula al ver que no podía alcanzar las apetitosas uvas? El que no se consuela es porque no quiere. ¿O es un ejemplo de respuesta, ni agresiva ni autoagresiva, a una leve frustración? Algunos no se desaniman y vuelven a probar suerte en el también popular sorteo de El Niño.

Los niños y niñas del Colegio de San Ildefonso continúan cantado números y premios. Una melodía que constituye una especie de pregón navideño, como la iluminación de las calles, el belén, o la compra del turrón. Los seres humanos formamos reflejos condicionados como el perro de Pávlov, que salivaba al escuchar el timbre, asociado previamente a la comida. Que esta familiar melodía y algo nostálgica constituya un estímulo condicionado para suscitar en nosotros el deseo de unas agradables y entrañables navidades: días de familia y de amistad, y no de hiperconsumo o de excesos. ¡Feliz Navidad y Año Nuevo!

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Invitación a mi conferencia sobre Psicología del Perdón

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Les invito a mi conferencia sobre el perdón desde la perspectiva de la Psicología

 

El perdón como fortaleza humana. El perdón visto desde la Psicología.

Por Enrique Pallarés Molíns. Doctor en Psicología. Profesor emérito de la Universidad de Deusto.

Organiza: Asociación de Mujeres Universitarias de Bizkaia

Día y hora: miércoles, 21 de noviembre, a las 19 h.

Lugar: Salón del Colegio Oficial de Doctores y Licenciados en Filosofía y Letras y en Ciencias. Licenciado Poza, 31, 7º.

Entrada libre

 

Publicaciones de Enrique Pallarés Molíns relacionadas con el tema del perdón.

Libro y capítulo de libro:

+Pallarés Molíns, Enrique. El perdón como fortaleza humana. Bilbao: Ediciones Mensajero (Grupo Comunicación Loyola), 2016. 245 páginas. Información sobre este libro en: https://enriquepallares.wordpress.com/2016/11/15/nuevo-libro-el-perdon-como-fortaleza-humana/

+Pallarés Molíns, Enrique. Del odio y el resentimiento a la reconciliación por el perdón. En M.C. Azaústre Serrano (Coord.), Una espiritualidad de la reconciliación y la no violencia, (pp. 19-56). Ávila: CITeS-Universidad de la Mística, 2016. (Colección Cátedra Josefa Segovia, 4).

Artículos en la prensa diaria:

+Pallarés Molíns, Enrique. El perdón como fortaleza humana. EL CORREO. Sábado, 7 de mayo del 2016. Página 41. Enlace al texto de este artículo: https://enriquepallares.wordpress.com/2016/05/09/el-perdon-como-fortaleza-humana/

 

+Pallarés Molíns, Enrique. La necesidad de pedir perdón. EL CORREO. Sábado, 5 de mayor del 2018. Página 35. Enlace al texto de este artículo:

https://enriquepallares.wordpress.com/2018/05/05/la-necesidad-de-pedir-perdon/

 

+Pallarés Molíns, Enrique. Dulzura y amargor de la venganza. EL CORREO EL CORREO. Domingo, 19 de marzo del 2017. Página 43. Enlace al texto de este artículo:

https://enriquepallares.wordpress.com/2017/03/20/dulzura-y-amargor-de-la-venganza/

 

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La lección de las hojas en otoño

Caen las hojas cabecera B

 

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Caen las hojas

Enrique Pallarés Molíns

Doctor en Psicología. Profesor emérito de la Universidad de Deusto

Publicado en El Correo. Domingo, 4 de noviembre del 2018. Página 45.

El otoño avanza con la celeridad del tiempo. Los árboles, salvo los de hoja perenne, dejan caer sus hojas. Una imagen más del otoño, antesala del invierno. Las hojas de los árboles caen, pero las de algunas especies adquieren antes de caer sorprendentes colores, de una belleza que el buen artista solo intenta remedar. Sinfonía de colores –amarillo, ocre, púrpura…, con sus matices– en armonía con el verde del césped que las acoge. Colores variados e intensos. Es el espectáculo cromático que ofrecen, por ejemplo, el haya, el abedul, el álamo, el ginkgo, el liquidámbar o la vid. Espléndido regalo para la vista, que no ha pasado inadvertido a los poetas. También una lección visual sobre la vida humana y su destino.

El ferviente cantor de la naturaleza –y tan identificado con ella– Henry David Thoreau, escribió una breve obra cuyo título es, precisamente, “Colores de otoño”. Me llama la atención la observación que hace al comienzo, antes de pasar a describir los colores del otoño en varias especies concretas de árboles, cuando insiste en que las hojas que han cambiado de color no son hojas marchitas, sino hojas que han llegado a su plena madurez. Confundir las hojas de estos colores vivos con hojas marchitas sería como confundir «las manzanas maduras con las podridas». Es la bella policromía de la madurez. Prefiero tomar de forma ingenua esta imagen del colorido otoñal, sin considerar aquí la explicación científica.

La naturaleza está cerrando un ciclo más. Los días se acortan y las noches se alargan; el cambio de la hora oficial realza la sensación invernal. El año llega a su fin. Todo parece que termina. Días marcados en nuestra cultura por las visitas a los cementerios y el recuerdo de los seres queridos que nos dejaron. Días que empujan y ayudan a pensar en algo que nos resistimos a imaginar: nuestra finitud y nuestra muerte. Un final que, en realidad, es trasformación y no aniquilación. Porque la muerte no es la mayor pérdida; la mayor pérdida y la verdadera ruina es la muerte de la esperanza y del deseo de vivir en plenitud cada día y cada segundo. Por eso, más que temer a la muerte se debe temer el no vivir la vida de verdad. Porque nada es tan triste ni lúgubre como la muerte de la ilusión, de la esperanza y del amor.

Bellos colores que contrastan con la oscuridad de la noche prolongada y con el gris de muchos días otoñales. La naturaleza, con acierto y con candor, da pinceladas de alegría y vida en el lienzo de la melancolía otoñal; el resultado es el corazón esperanzado en una nueva primavera: la primavera del amor. Porque el verdadero amor es más fuerte que la muerte. El amor hacia los seres queridos y hacia la humanidad es el mejor fármaco contra el miedo y el terror a la muerte.

El colorido otoñal y la caída de las hojas nos ofrece, pues, la gran lección. Señala también Thoreau que las hojas coloreadas y brillantes duran poco. El tiempo de sazón y de madurez es breve en las hojas. Pero en la vida humana es posible anticipar la presencia de ese colorido y no limitarlo al final. Colorear, pues, la propia vida en cada uno de sus estadios y transferir esos colores de alegría y esperanza a las personas que nos rodean, para que así se extiendan a toda la humanidad.

Esto no es una llamada a desear un adelanto de este paso final, sino una invitación a vivir en plenitud cada momento; sin buscar esa caída, aunque tampoco sin amedrentarse ni horrorizarse ante el final. Hay que anhelar la vida y no la muerte. Cada cosa a su tiempo; para que así, como lo expresó bellamente Antonio Machado, tras dormir «muchas horas todavía sobre la orilla vieja», encontrar «una mañana pura amarrada tu barca a otra ribera». Tiempo de preparación para el paso a ese amanecer definitivo, que es la transformación del amor, como decía la psiquiatra suiza americana Elisabeth Kübler-Ross. Sin mirar obsesivamente la muerte, pero sin tampoco negar, infantil y vanamente, su realidad. Sin necesidad de hacer nada excepcional, pero sí vivir con sencillez ilusionada y poner un trazo indeleble de color y de paz sobre la negrura de la injusticia y el odio.

Hojas de otoño que caen vestidas de fiesta. También el poeta Rainer Maria Rilke se fijó, en uno de sus poemas juveniles, en esta imagen de la caída: otoñal y general. Porque no solo caen las hojas: «Todos caemos». Es una ley universal e inexorable. Una caída que, a primera vista, parece solo negación y aniquilación, pero que no es el retorno a la nada ni un descalabro definitivo. Porque «hay Alguien que acoge esta caída/ con suavidad inmensa entre sus manos».

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Cultivar el jardín del amor

05 psicologia-del-amor-para-comprender-mejor-esta-fortaleza-humana

[…] También se puede comprender el amor como la historia que cada uno se cuenta a sí mismo y que cuenta a los demás. Una historia que se comienza a escribir en el momento del naci­miento, o poco después, a partir de las propias características personales innatas y de la observación e interacción con los padres y otras parejas, así como de la lectura o visión de no­velas y películas, etc. La autobiografía de una persona suele incluir una o varias historias de amor.

[…] El número de historias posibles es prácticamente infinito, pero algunos temas se repiten con mayor frecuencia, tanto en la experiencia diaria como en los estudios realizados. Robert Sternberg proponer 25 historias, de las cuales voy a resumir las que considero más interesantes. Una de ellas es la de cultivar el jardín.

Cultivar el jardín: El amor es algo que hay cuidar y mimar

El amor se vive según esta historia como una relación a la que se le debe prestar atención y que necesita un cuidado constante, de forma semejante, o más todavía, que las plantas y árboles de un jardín. Uno o los dos miembros de la pare­ja están convencidos de que, para que la relación sobreviva y crezca, requiere los cuidados que ofrece un jardinero (riego, abono, sol) y evitar que las plagas invadan el jardín. Es el tipo de historia que más papel concede al cuidado y a la atención de la relación en sí misma.

Normalmente los dos miembros de la pareja se ven y actúan, a la vez, como jardinero, que ofrece cuidados, y como planta que los recibe. La historia del jardín en una relación resulta muy positiva, por cuanto reconoce la importancia que tiene para la relación el cuidarla y el mimarla. Un peligro potencial o riesgo de este tipo de esta historia es que se agobie a la otra persona y que se la pueda abrumar con excesivos cuidados y atenciones; según la misma imagen del jardín, que se llegue a regar la planta en exceso.

[Tomado de: Enrique Pallarés Molíns: Psicología del amor. Para conocer mejor esta fortaleza humana. Bilbao. Mensajero. De las páginas 70, 72 y 73].

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