No siempre la unión aumenta la fuerza

 

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No siempre la unión aumenta la fuerza

Enrique Pallarés Molíns

Doctor en Psicología. Profesor emérito de la Universidad de Deusto

Publicado en EL CORREO. Domingo, 3 de marzo del 2019. página 37

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«La unión hace la fuerza» no es solo un dicho popular, sino también un principio de acción suficientemente probado a lo largo de la historia, incluso convertido en canción y en eslogan político para corear: «El pueblo unido, jamás será vencido». La unión de esfuerzos no solo suma, sino que puede llegar a superar a la acción aislada de las fuerzas individuales. Es la ‘sinergia’ o proceso en el que dos o más fuerzas convergentes producen un efecto superior a la suma de los efectos de cada una por separado.

Pero, como en todo lo humano, la realidad es más compleja y no siempre la conjunción de varias fuerzas resulta superior a su suma. El ingeniero agrónomo francés Maximilien Ringelmann comprobó a finales del siglo XIX que al añadir más participantes a una tarea de esfuerzo –tirar de una soga–, tendía a disminuir, más bien, el esfuerzo de cada uno. Según los registros del dinamómetro, cuya presencia desconocían los participantes, cuanto mayor era el número de intervinientes, menor el esfuerzo de cada uno. Si el esfuerzo individual era de 83,3 kg, la media del esfuerzo de cada uno en el grupo de siete descendía a 65 kg y en el de catorce a 61 kg; e incluso a cifras inferiores. Es decir, el aumento de esfuerzos suma, pero no siempre lo que cabría esperar.

Fueron los psicólogos sociales quienes, hacia 1970, retomaron el estudio de este curioso fenómeno, llamado ‘Efecto Ringelmann’, y lo rebautizaron con la expresión ‘Holgazanería social’ (‘Social loafing’). Observaron su presencia en otras tareas físicas, pero también en tareas cognitivas, como las de comentar un poema o un editorial, generar posibles usos diferentes de un objeto, etc.

Ringelmann pensó, sin excluir una explicación motivacional, que la disminución del esfuerzo individual se debía, sobre todo, a la dificultad para coordinarse los esfuerzos individuales de los participantes. Los psicólogos sociales, sin embargo, optaron por la explicación motivacional y se centraron concretamente en una actitud posible de los componentes del grupo, que se puede resumir en la expresión: «Que se esfuercen los demás» (‘Efecto Gorrón’). A esto se añade con frecuencia la constatación de que otros miembros del grupo se esfuerzan menos de lo que deberían, lo que lleva a tomar la decisión de «no hacer el primo». Eso sí; el grado de esta holgazanería o pereza social puede variar según se identifiquen o no los esfuerzos individuales –tal vez el factor más importante–, la relevancia y atractivo de la tarea en sí misma, las recompensas por realizarla, etc.

La frecuencia y entusiasmo con el que en la actualidad se encargan y realizan tareas en grupo, en las organizaciones y en las aulas, unido al supuesto de que «siempre es más eficaz el esfuerzo grupal que el de la suma de los individuos», lleva con frecuencia a no tener en cuenta las conclusiones de estas investigaciones sobre la ‘Holgazanería social’. Porque, además de los grupos pequeños, también la convivencia social se ve afectada negativamente por los que ‘generosamente’ ceden su parte en las tareas, cargas y responsabilidades comunes a los ingenuos que se toma en serio dichas tareas y prefieren no conjugar en primera persona el verbo pronominal ‘escaquear’.

No se pretende negar ni dejar de reconocer las numerosas e importantes funciones del grupo y de la cooperación entre sus miembros, como tampoco la necesidad de aprender a trabajar en equipo. Precisamente se trata de eso, de aprender a trabajar y a colaborar en grupo; pero de verdad. No deberían darse argumentos a los sugieren, medio en broma y medio en serio, que los mejores resultados son los del grupo cuyo número de miembros es impar y menos de tres. Es más, algunos comentarios a los estudios sobre la ‘Holgazanería social’ subrayan que en estos experimentos los participantes actuaban como individuos y no tanto como miembros del grupo. Porque ahí está el problema: que el grupo funcione, de verdad, como grupo.

En nuestros días se valora mucho –con razón, aunque a veces con exceso– el trabajo y la toma de decisiones en grupo o en equipo. Pero este justificado aprecio a lo grupal, y el rechazo del individualismo y del egoísmo, no deben hacernos ciegos ni miopes para reconocer ciertos riesgos de las actividades grupales o pseudogrupales. Tarea, pues, de identificar esta inclinación humana –tan real como la tendencia a la cooperación– a disminuir el esfuerzo individual y la responsabilidad social. Educar para conseguir que la unión de todos los esfuerzos genere siempre una potente fuerza constructiva y trasformadora, orientada al bien común.

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La sana velocidad de la lentitud

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La sana velocidad de la lentitud

Enrique Pallarés Molíns

Doctor en Psicología. Profesor emérito de la Universidad de Deusto

El Correo. Domingo, 7 de julio del 2019. Página 37 y                                       EL IDEAL, Domingo, 7 de julio del 2019. página 29.

 

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El periódico francés Le Figaro publicaba el 20 de febrero de 1909 el Manifiesto Futurista, redactado unos meses antes por el poeta italiano Filippo Tommaso Marinetti. Sentaba las bases de una ruptura con el pasado y de la exaltación de la velocidad. Una de sus proposiciones decía: «Afirmamos que la magnificencia del mundo se ha enriquecido con una nueva belleza: la belleza de la velocidad. Un automóvil rugiente, que parece correr sobre la metralla, es más bello que la Victoria de Samotracia».

¡La belleza de la velocidad! Y, en consecuencia, ¿la fealdad de la lentitud? No tiene buena fama la lentitud. ‘Lento’ suele utilizarse como calificativo negativo (‘alumno lento’), incluso como insulto. A veces excusamos la lentitud con la expresión «Lento, pero seguro», que hay que interpretar como «seguro, a pesar de ser lento». Decir que una película es ‘lenta’ no es una buena recomendación para verla.

En determinadas circunstancias y ocasiones resulta necesaria la mayor velocidad posible. La rápida intervención en un caso de accidente cerebrovascular es esencial para la supervivencia del paciente. Pero no siempre resulta la velocidad saludable. El patrón de conducta tipo A, o personalidad tipo A, descrito por los cardiólogos Mayer Friedman y Ray Rosnman, está relacionado con un mayor riesgo de accidentes coronarios, sobre todo en lo que este patrón de conducta tiene de impaciencia y de agresividad. Porque, efectivamente, ambas están relacionadas y dañan el corazón, pero sobre todo el bienestar.

Sufrimos la enfermedad de la prisa, que deja los arcenes repletos de quienes no pueden seguir adelante a la velocidad que se les trata de imponer. Velocidad impuesta, pero también elegida cuando no es necesario ni nadie nos obliga. Una enfermedad contagiosa, cuyo primer tratamiento es la desaceleración, el moderar la velocidad.

Moderar la velocidad no tanto por miedo a un accidente coronario, sino porque lo más agradable de la vida no es para tragarlo, sino para saborearlo con calma, para degustarlo con la delicadeza y demora de un sumiller. Esa es la gran diferencia entre el que saborea el alimento, capta diferencias de sabor y se recrea en la textura, percibe diferencias de olor o color, y los que mastican a medias o tragan. No disfrutan ni se recrean en lo que comen.

Urgencia de velocidad en el trabajo, que se transfiere al ritmo de vida y a la carretera. Baltasar Gracián comenta su aforismo «No vivir a prisa» con estas palabras: «El saber repartir las cosas es saberlas gozar» y no como los que a la velocidad con la que ya corre el tiempo añaden el atropellamiento de su forma de vivir la vida y «querrían devorar en un día lo que apenas podrán digerir en toda la vida». Es la productividad y la eficacia como criterio supremo. Hacer mucho en poco tiempo, el dominio de la cantidad sobre la calidad.

Como antídoto a este trepidante estilo de vida, surgió hace unos años el ‘movimiento slow’, el movimiento lento, impulsado por el periodista canadiense Carl Honoré, con su libro Elogio de la lentitud. No pretende este movimiento imponer a los seres humanos la velocidad de la tortuga; no es desacelerar por desacelerar ni hacer de la vida una ‘carrera’ de caracoles. Cuando es necesaria la rapidez no se duda en acelerar. En las demás ocasiones rige el criterio de la parsimonia.

Inspirados en el movimiento ‘slow’ han surgido el de la ‘comida lenta’ (‘slow food’) y el de ‘ciudades lentas’ (‘cittaslow). Comida lenta en cuanto a los alimentos, con preferencia por los productos naturales, y por la cocina tradicional de la región, que ignora el microondas. Nada que ver, pues, con la comida rápida, la ‘fast food’ (o ‘ne-fast food’, como algunos ironizan). Y también las ciudades lentas, las poblaciones que rechazan someterse a la corriente de homogeneización (o americanización) y al imperio de las franquicias, destacan lo más característico de la ciudad y alcanzan una buena calidad de vida. Ciudades en las que uno desearía residir siempre y que, al marchar, las lleva dentro del corazón.

Comida lenta, ciudades lentas… Un ritmo de vida más lento y humano, libre de la dictadura de la rapidez y de la ley de rendir el máximo en el mínimo de tiempo. La velocidad al servicio de la persona y no la persona al servicio de la velocidad. Esto exige un giro copernicano en nuestra sociedad, que no está en manos de todos realizar al completo. Pero siempre queda un margen de acción personal, que exige reorganizar las propias metas y establecer prioridades; preferir la calidad a la cantidad y el sosiego a las prisas.

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Policromía en lugar de blanco o negro

 

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Policromía en lugar de blanco o negro

Enrique Pallarés Molíns

Doctor en Psicología. Profesor emérito de la Universidad de Deusto

Publicado en EL CORREO. Domingo, 26 de mayo del 2019. página 35 y en DIARIO VASCO. Domingo, 26 de mayo del 2019. página 26

 

Hoy es rara la producción de una película o la toma de una fotografía en blanco y negro. Los televisores en blanco y negro tuvieron una existencia efímera en comparación con la de los de color. Hace años, incluso, se colorearon algunas de las películas relevantes de la historia del cine. En realidad, tanto las películas como las fotografías o la televisión, que llamamos ‘en blanco y negro’, incluyen varias tonalidades de gris; por lo que, hablando con propiedad, no son solo ‘en blanco y negro’.

Preferimos el color en las imágenes que tomamos, salvo algunas excepciones artísticas. Pero esta preferencia y búsqueda de la variedad y de los matices del color no se aplica con igual fuerza en las descripciones o valoraciones de nosotros mismos, de otras personas, o de los grupos e instituciones. En este caso, optamos con frecuencia, y al margen del arte, por la monocromía en estado puro, con la omisión de los colores y de las tonalidades de gris. Es la huida a los extremos.

  Entre las distorsiones cognitivas que el psicólogo norteamericano Aaron T. Beck enumera y describe como claves para explicar algunos problemas mentales –sobre todo, los trastornos de ansiedad, la depresión o la ira– está el pensamiento polarizado o visión en blanco o negro. En el pensamiento polarizado se tienen en cuenta solo los extremos, sin matices: «Éxito o fracaso», «bueno o malo», «izquierdas o derechas». Es ver y juzgar en términos extremos y simplificar en exceso la compleja realidad.

La polarización o monocromía no se queda en una afirmación o juicio rotundo, sino que genera un modo de sentir y actuar claramente disfuncional. Es ver la realidad y actuar con unas gafas dotadas de un filtro que niega las tonalidades intermedias. Además, la polarización no suele presentarse aislada, sino que opta por la sinergia con otras distorsiones cognitivas, igualmente desfiguradoras de la realidad; por ejemplo, con una visión en túnel, que reduce al extremo el campo visual a considerar, con las generalizaciones exageradas, etc.

Criticar la polarización o adhesión a los extremos no significa elogiar el centro político, sino invitar a que, en todos los segmentos del arco político, incluyendo el centro, se evite, o se reduzca lo más posible el pensamiento polarizado y se opte por la moderación. Es trabajar para que las fuerzas centrípetas y constructivas se impongan a las centrífugas y destructivas.

Si el punto medio o la equidistancia es muy difícil de conseguir en la práctica, la solución está en la noble confrontación de los diferentes puntos de vista en un encuentro y diálogo guiado por el objetivo de lograr el bienestar social. Es evitar que la praxis política y la convivencia se conviertan en la palestra donde egos extremos pelean y los ciudadanos actúan de sufrientes espectadores. Es muy de desear siempre, pero de modo especial en el momento actual que la tendencia a la polarización y al alejamiento se sustituya por la convergencia y el acercamiento.

Para neutralizar o rebajar la polarización propone la terapia cognitiva ver y juzgar la realidad con diferentes tonalidades de gris. Pero todavía es mejor utilizar una paleta con alegres colores y matices. Evitar, pues, los juicios radicales y cortar el proceso destructivo de polarización que brota en cuanto dicotomizamos la realidad social entre ‘los míos’, que son ‘los buenos’, y ‘los otros’, que son ‘los malos’. Tarea no solo de los líderes políticos, sino de cada ciudadano, que con su voto y su opinión puede influir para que se eviten o suavicen las confrontaciones descalificadoras, estériles y nocivas.

La ONU ha declarado a 2019 Año Internacional de la Moderación. Algunos asocian ‘moderación’ con un pensar y actuar timorato y pusilánime. Pero la moderación implica actuar con ánimo y valor, con la valentía del que sabe defender sus ideas, pero también sabe rectificar cuando es preciso y reconocer los aciertos del otro. La citada declaración «Subraya la importancia de la moderación como método utilizado en las sociedades para contrarrestar el extremismo en todos sus aspectos y seguir contribuyendo a la promoción del diálogo, la tolerancia, la comprensión y la cooperación».

La naturaleza siempre acoge, pero de forma especial en este florido mayo, una gran variedad de colores y tonalidades en una bella sinfonía a pesar de su heterogeneidad. Nos brinda un hermoso y deleitable espectáculo, pero también nos ofrece la lección de que es posible armonizar colores diferentes y evitar tanto la empobrecedora polarización blanco o negro como un confuso cuadro abigarrado y sin sentido.

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Animal racional y animal emocional

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Razón y emoción en el ser humano. Relación con la campaña electoral y la decisión de votar. Necesidad de un equilibrio y de remplazar las emociones negativas por las positivas.

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Animal racional y animal emocional

Enrique Pallarés Molíns

Doctor en Psicología. Profesor emérito de la Universidad de Deusto

Publicado en El Correo. Domingo, 28 de abril del 2019. página 39

Resulta muy familiar la definición del ser humano como «animal racional», una definición breve hasta el extremo, pero comúnmente aceptada durante siglos. Es la definición que aprendimos en la escuela, y que, según la doctrina aristotélica, utiliza el género próximo (animal) y la diferencia específica (racional).

Pero también las emociones reivindican su puesto y no aceptan un papel secundario. «El corazón tiene sus razones que la razón ignora», decía Pascal. Las emociones son la sal de la vida, dan variedad y dinamismo a la vida humana y a la vida social. Resultaría incomprensible la vida sin la presencia de las emociones: miedo, ira, tristeza, amor, gratitud, felicidad… El ser humano es «animal emocional», porque, aunque los animales también experimentan emociones, la dimensión emocional o afectiva es un componente esencial de la persona humana.

Animal racional y animal emocional. Emoción y razón; razón y emoción. Separar emoción y razón, lo mismo que cuerpo y mente, sería, en palabras del prestigioso neurocientífico Antonio Damasio, incurrir en «el error de Descartes». Aceptar este dualismo iría, sobre todo, contra la misma naturaleza humana.

En la arena política las emociones actúan con frecuencia de protagonistas. Por ejemplo, la ira, que a veces toma las riendas de los debates políticos y convierte en un lamentable, por no decir cómico, espectáculo la necesaria confrontación de ideas y puntos de vista. Tal vez porque la ira se asocia aquí a otras emociones como el orgullo, la envidia o el odio. No es esa ira moral que busca la justicia con firmeza, sino la ira que movida por otras oscuras emociones solo pretende desgastar o destruir al adversario político.

Otras veces el protagonista es el miedo. La estrategia de ‘apelar al miedo’, recurso utilizado hasta el abuso por la publicidad y la propaganda política, consiste en inocular una potente dosis de miedo para forzar la elección del producto o de la opción política que ofrece el que utiliza esta arma. El apelar al miedo puede estar justificado en las campañas de prevención de accidentes de tráfico («El miedo guarda la viña»), pero no cuando se utiliza desde las tribunas exclusivamente para descalificar otras alternativas políticas –caricaturizadas–, sobre todo cuando el peligro es magnificado o imaginado.

El ciudadano debe elegir este mes entre las diferentes opciones que se le presentan, maquilladas y disfrazadas con sus mejores galas. Difícil tarea la de tomar una decisión sin poseer la información suficiente para diferenciar la verdad de la no verdad. El ser humano, que por costumbre opta por el camino más breve y por ahorrar esfuerzo, utiliza en la toma de algunas decisiones un atajo mental denominado heurístico del afecto. Las emociones que suscitan inmediata y no conscientemente las siglas de un partido político o la imagen de su líder, sustituye al análisis objetivo y crítico. Es el grave error de separar la emoción de la razón e incurrir en la visión dicotómica y miope de buenos o malos.

Las emociones tienen la importante función de alimentar y orientar la acción. El razonamiento sin las emociones correría el riesgo de paralizar la acción. Pero no conviene que las emociones, sobre todo las negativas, adquieran tal protagonismo que lleguen a erigirse en tiranas y secuestren también las papeletas de las urnas, como con frecuencia secuestran a los líderes y a los militantes de los partidos políticos. No se pretende que la selección de la papeleta electoral sea el resultado de razonamientos silogísticos ni matemáticos, pero sí de una decisión serena y lo más objetiva posible, en la que la emoción no se separe de la razón. Es optar sin apasionamiento por la opción que ofrezca más garantías –y no solo bellas y huecas palabras–, de trabajar por el bien de todos los ciudadanos.

Y hablando de emociones no me quiero olvidar de la felicidad. La primera Constitución española, la Pepa, proclamaba en 1812 que «El objeto del Gobierno es la felicidad de la Nación, puesto que el fin de toda sociedad política no es otro que el bienestar de los individuos que la componen» (III, 13). El concepto de felicidad se ha enriquecido desde entonces para incluir, además de una vida agradable, una vida comprometida con los principales valores humanos (verdad, justicia, honestidad…) y una vida con sentido. Esta auténtica felicidad, hermana inseparable de la justicia y de la armonía social, debe reinar en los colegios electorales, medios, redes sociales y centros de decisión, a la vez que ser el espejo en el que se miren los políticos y todos los ciudadanos.

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Terapia cuaresmal (Cuaresma y Psicología)

Terapia cuaresmal

La Cuaresma no es una terapia biológica ni psicológica. Pero las actitudes cuaresmales tienen varios puntos de semejanza con las que promueve la Psicología. Entre ellas, sobriedad, solidaridad con los necesitados, revisión de la propia vida, reconciliación, encuentro con el Absoluto que nos trasciende.  Las encontrarás brevemente descritas en este artículo.

Terapia cuaresmal

Enrique Pallarés Molíns

Doctor en Psicología. Profesor emérito de la Universidad de Deusto

Publicado en el suplemento semanal Alfa y Omega del diario ABC. Jueves, 28 de marzo del 2019.

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La Cuaresma no es, por supuesto, una terapia psicológica propiamente dicha. Pero durante este tiempo se insiste en fomentar algunas actitudes que coinciden o convergen con las recomendaciones de la Psicología Humanista y de la Positiva. Por eso, en sentido figurado, podemos hablar de «Terapia cuaresmal». Una ‘terapia’ no solo para los déficits, sino también para el crecimiento integral.

Sin ser lo más importante, llama la atención la invitación cuaresmal a las restricciones en la comida –el ayuno y la abstinencia–, en la actualidad reducidas a la mínima expresión. ¿Una reliquia del pasado «que hay que mantener», sin más? Creo que no. Es una invitación a la sobriedad y al autocontrol. En el siglo XVII el escritor veneciano Alvise Cornaro recomendaba una vida sobria como el mejor medio para la longevidad. El biogerontólogo norteamericano Leonard Hayflick, aludiendo a los recientes estudios que asocian frugalidad con longevidad, sustituye la conocida frase «Somos lo que comemos» por «Somos lo que no comemos».

Pero el objetivo de la templanza y sobriedad cuaresmal no es precisamente prolongar la vida, sino reforzar el control sobre nuestros deseos e impulsos y facilitar así la aspiración a metas más elevadas. Estas pequeñas privaciones alimentarias, además, pueden ayudar a sentir empatía con esos 800 millones de seres humanos que sufren el azote del hambre; empatía difícil de experimentar, por otra parte, desde nuestras latitudes donde el despilfarro de los alimentos es tan frecuente.

Sobriedad ampliable a otras áreas: al vestir, a las diversiones y, en general, al estilo de vida. Optar por un estilo de vida sencillo, aunque no por eso menos satisfactorio. Es más, la clave del bienestar psicológico pleno está en optar por las cosas y actividades sencillas, en las que la persona está sobre las cosas y no las cosas sobre ella. Para el pensador francés André Comte-Sponville «La templanza es la virtud por la cual continuamos siendo señores de nuestros placeres y no sus esclavos».

Durante la Cuaresma se nos invita también a la generosidad con los más necesitados. La Psicología ha encontrado escasa relación entre el aumento de bienes materiales y el aumento de la felicidad, pero ha comprobado que su buen uso, como el compartir esos bienes, produce más satisfacción y bienestar que su mera acumulación. Es la paradoja de la auténtica felicidad, que crece al dar y disminuye al acaparar. Pero también está probado el efecto positivo en el bienestar psicológico de invertir parte de esa gran riqueza, que es el tiempo, en actividades prosociales. Se trata, pues, de algo más que de dar una limosna para tranquilizar la conciencia.

La Psicología recomienda la observación de la propia conducta como primer paso para su adecuada modificación y para fortalecer el autocontrol. Es reflexionar sobre nuestras actitudes y acciones para confrontarlas con nuestras mejores metas y objetivos. Y, más allá, la revisión de la propia vida, recomendada por los gerontólogos desde Robert Butler, como un medio para el envejecimiento positivo –aunque no solo beneficiosa en la vejez– y constituida en terapia psicológica. Una revisión de la propia vida, en la que los recuerdos luminosos surgen para alegrarse y los oscuros para su sanación.

Ocasión propicia, pues, para contemplar el camino recorrido con el objeto de rectificar la ruta, incluso darle un giro de 180 grados. Un proceso de revisión profunda con la luz del perdón: perdonar, aceptar el perdón, pedir perdón y perdonarse. Perdón que se prolonga en compasión. Conjugar, pues, en sus varias formas el verbo perdonar, como el modo más eficaz de reconciliarnos con Dios, con las demás personas… y con nosotros mismos.

La Cuaresma es también una terapia de crecimiento porque es un tiempo especial para la gratitud. Un tiempo para experimentar y expresar gratitud por todos los beneficios recibidos. La Psicología Positiva muestra con claridad las importantes consecuencias positivas para la salud mental, corporal y social de practicar la gratitud. Es ver el mundo y la vida como algo que «se me da» y no como algo que «se me debe».

Días también para espabilar el oído y el corazón a la escucha de Aquel que es «más íntimo que mi intimidad». Tiempo, pues, para el encuentro con ese Ser personal que nos trasciende sin anularnos; que lejos de debilitar nuestro yo, lo fortalece sin hincharlo; que no roba nuestra autoestima, sino que la sana y fundamenta con solidez; que nos invita a escuchar a las demás personas, incluso a las que no piensan como nosotros; que hace ver al ser humano que no vive en el caos ni abandonado a su suerte, sino en un universo con un sentido y una meta, donde todavía es posible, aunque no fácil, el abrazo fraterno de la reconciliación.

 

 

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El amable tirano (sobre el sueño)

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El amable tirano

Enrique Pallarés Molíns

Doctor en Psicología. Profesor emérito de la Universidad de Deusto

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Está reciente todavía el Día Mundial del Sueño. Un día –ampliable– para reconocer la importancia de este «amable tirano», como lo definió el escritor británico Samuel Johnson, que nos visita a diario. El que cerca de un tercio de nuestra vida lo pasemos en los brazos del sueño sugiere su importancia. Pero, sobre todo, el que el sueño afecta de modo importante a nuestra vida de vigilia, como también la vigilia afecta al sueño. «Para vivir bien, dormir bien; para dormir bien, vivir bien». 

Hasta don Quijote reconoce el acierto de las palabras de Sancho sobre el sueño: «Capa que cubre todos los humanos pensamientos, manjar que quita el hambre, agua que ahuyenta la sed, fuego que calienta el frío, frío que templa el ardor. Balanza y peso que iguala al pastor con el rey y al simple con el discreto». Es el amable, reparador, democrático, amable y dulce sueño. Escenario, a su vez, del «teatro de la noche» que son los sueños.

Pero también tirano, aunque para nuestra salud y bienestar. El sueño toma nota de las horas que se le sustraen y no condona con facilidad la llamada «deuda de sueño». No acepta de buen grado que se intente compensar la restricción habitual con un atracón de sueño el fin de semana, pues prefiere cobrar cada día su tributo de unas siete u ocho horas. Existiría, incluso, por analogía con la deuda pública, una «deuda nacional de sueño», que sería la estimación del déficit promedio de sueño de un país. Un 31% de la población española se despierta con la sensación de que su sueño no ha sido reparador.

La luz eléctrica, los horarios laborales, la vida social y la oferta en casa de veinticuatro horas de ocio (lectura, televisión, internet), pueden ser las causas, junto con el insomnio, de la «deuda de sueño». Esta reducción habitual de sueño puede tener consecuencias negativas para la salud y el bienestar: sistema cardiovascular, sistema inmunológico, diabetes, obesidad, memoria, accidentes, falta de concentración, irritabilidad, etc. Sin olvidar los importantes costos económicos, que en los Estados Unidos se estiman en 411.000 millones de dólares (2,28% del PIB), sin contar los gastos en fármacos, diagnósticos, etc.

La Dirección General de Tráfico, por su parte, considera que la falta de sueño es uno de los factores de riesgo más importantes para sufrir o provocar un accidente de circulación. No es necesario quedarse completamente dormido. Se calcula que la somnolencia al volante interviene, directa o indirectamente, en entre el 15 y el 30% de los accidentes de tráfico en España.

Todo ello obliga a prestar mucha más atención al sueño y a sus condiciones para visitarnos y permanecer. En primer lugar, requiere de un ambiente material adecuado (oscuridad, temperatura), libre, sobre todo, de ruidos perturbadores. Además, mantener un horario regular y evitar dormir durante el día, así como suprimir la ingestión de sustancias estimulantes (cafeína) horas antes. El ambiente emocional de la vigilia es también muy importante; el deficiente control de las emociones negativas –ansiedad, culpabilidad o ira– puede herir e incluso matar el sueño nocturno. Por el contrario, como recuerda Baltasar Gracián, «El día sin pleito hace la noche soñolienta».

La paz con uno mismo y con los demás, así como aparcar las preocupaciones fuera de la almohada, es un buen facilitador del sueño y sin los efectos indeseables de los fármacos. El ejercicio físico, la exposición a la luz natural y la distancia a las pantallas y pantallitas (TV, ordenador, móvil), favorece también la calidad y cantidad del sueño. Recordemos, finalmente, que el sueño ejerce su tiranía al visitarnos cuando él quiere y no cuando lo reclamamos: buscar ansiosamente el sueño es el mejor modo de ahuyentarlo.

El sueño llega tras varias horas sin dormir (regulación homeostática), pero también acude según un ritmo de unas veinticuatro horas (regulación circadiana) controlado por un ‘reloj’ biológico, localizado en el núcleo supraquiasmático. Un ‘reloj’ cuya señal, salvo fuerza mayor, conviene acatar. Surge aquí el reconocimiento agradecido a todas las personas que se ven obligadas a alterar su ritmo de sueño por el bien de la comunidad en los servicios sanitarios o de seguridad, cuidado de enfermos, fábricas, transportes, etc. Ocasión también para empatizar con los que sufren insomnio crónico –entre un 6 y un 10% de la población con un criterio riguroso, elevable hasta el 30%– u ocasional. Una oportunidad, sobre todo, para reconocer la excepcional importancia del sueño, fácil de pasar por alto debido a su presencia cotidiana y silenciosa.

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Conferencia sobre Psicología del Perdón (invitación)

FortalezaHumanaPerdon

Les invito a mi conferencia:

El perdón como fortaleza humana.  El perdón visto desde la Psicología.

Por Enrique Pallarés Molíns. Doctor en Psicología. Profesor emérito de la Universidad de Deusto. Autor del libro “El perdón como fortaleza humana”

Organiza: Parroquia de San Francisco Javier

Día y hora: miércoles, 27 de febrero, a las 19:30 h.

Lugar: Salón de actos de la Parroquia San Francisco Javier. Ajuriaguerra, 42, piso 3º. Bilbao.

Entrada libre

Publicaciones de Enrique Pallarés Molíns relacionadas con el tema del perdón.

Libro y capítulo de libro:

+Pallarés Molíns, Enrique. El perdón como fortaleza humana. Bilbao: Ediciones Mensajero (Grupo Comunicación Loyola), 2016. 245 páginas. Información sobre este libro en: https://enriquepallares.wordpress.com/2016/11/15/nuevo-libro-el-perdon-como-fortaleza-humana/

+Pallarés Molíns, Enrique. Del odio y el resentimiento a la reconciliación por el perdón. En M.C. Azaústre Serrano (Coord.), Una espiritualidad de la reconciliación y la no violencia, (pp. 19-56). Ávila: CITeS-Universidad de la Mística, 2016. (Colección Cátedra Josefa Segovia, 4).

Artículos en la prensa diaria:

+Pallarés Molíns, Enrique. El perdón como fortaleza humana. EL CORREO. Sábado, 7 de mayo del 2016. Página 41. Enlace al texto de este artículo: https://enriquepallares.wordpress.com/2016/05/09/el-perdon-como-fortaleza-humana/

+Pallarés Molíns, Enrique. La necesidad de pedir perdón. EL CORREO. Sábado, 5 de mayor del 2018. Página 35. Enlace al texto de este artículo:

https://enriquepallares.wordpress.com/2018/05/05/la-necesidad-de-pedir-perdon/

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La cuesta de enero

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La cuesta de enero

Enrique Pallarés Molíns

Doctor en Psicología. Profesor emérito de la Universidad de Deusto

Publicado en el diario El Correo. Domingo, 20 de enero del 2017. p. 43

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«Cuesta de enero» es una expresión popular, que recoge el diccionario de la Real Academia Española y define como «Período de dificultades económicas que coincide con este mes a consecuencia de los gastos extraordinarios hechos durante las fiestas de Navidad». Los precios no bajan como en invierno el termómetro –todo lo contrario– y, tal vez, los gastos fueron más allá de lo razonable. El que la subida del sueldo no compensa la de los precios añade grados de inclinación y aspereza a la pendiente de esta cuesta.

Cuesta de enero también porque la báscula se empeña, impertinente, en señalar algún kilo más que antes de navidades. ¡No, no está estropeada; es la cruda realidad! Es posible, incluso, que los niveles de colesterol o de glucosa hayan rebasado la línea de seguridad. «¡Qué barbaridad! ¡Mañana mismo empiezo la dieta!». Es el tributo que hay que pagar por buscar la gratificación inmediata en las comidas navideñas, en lugar de graduar el placer con vistas a una satisfacción posterior más prolongada. Una ocasión para aprender por experiencia que el sensato principio de realidad ha de tener prioridad respecto al ciego principio de placer.

Cuesta de enero con aguda pendiente para los estudiantes universitarios, que inician o continúan, durante este mes, los exámenes del primer trimestre. Semanas de estrés y de recortes en las horas de sueño. Al final, tras jornadas agotadoras, satisfacción para unos, lamento para otros.

Algunos observan que la cuesta de febrero es peor todavía que la de enero. Lo gastado en las rebajas, comprando ropa u otros artículos, más atractivos por el precio y apariencia que necesarios, dejan exhaustos los ya debilitados bolsillos y aparecen los números rojos en la contabilidad familiar o personal. Y no faltan quienes prolongan la cuesta de enero hasta marzo, o más allá.

La verdad es que la vida está llena de cuestas, grandes o pequeñas, que hemos de remontar; incluso la vida misma es una cuesta, con más o menos pendiente, que tenemos que ascender. Para algunos muy empinada, casi de noventa grados y sembrada de piedras y otros tropiezos, que, además, han de recorrer con el lastre de una mochila a la espalda, que pesa hasta aplastar; es el peso de la enfermedad, ausencias, falta de recursos, injusticias, fracasos… Pocos se libran de, por lo menos, algún tramo empinado de cuesta a lo largo de su vida, y ninguno de la cuesta del camino de la vida. Cuestas abruptas que surgen en el camino de la vida cuando menos lo esperamos y cuya longitud y pendiente solemos ignorar al principio.

Pero, subir una cuesta, además de producir fatiga, hace posible llegar a la altura, al observatorio natural desde donde se divisa un extenso paisaje, con frecuencia bello y cautivador. Las alturas propician contemplar la realidad en su conjunto; a vista de pájaro, para ver que los edificios y los accidentes geográficos, enormes cuando estamos cerca, disminuyen su tamaño desde lejos. Altura, pues, para relativizar y conceder valor solo a lo que es valioso de verdad. Altura para ver mejor. Además, incluso el sudor del esfuerzo realizado resulta tonificante. El esfuerzo humano de la tarea se puede convertir en el bálsamo de la honda satisfacción.

Estamos comenzando un nuevo año y viene a cuento lo de «Año nuevo vida nueva». La vida es tiempo de aprendizaje en el que los errores, junto con las cuestas o dificultades, llegan a ser excelentes maestros si los tomamos como una oportunidad de aprender y crecer, en lugar de como un fracaso definitivo.

Recomiendan subir las cuestas con paso más corto que en el camino llano; pero a ritmo uniforme. Pasos cortos, pero con ritmo constante. Sin prisa, pero siempre adelante. Y, como para los buenos montañeros, el ascenso es ocasión para compartir con otros, no solo el camino y las vituallas, sino también la amistad. Porque la amistad y la compañía suavizan la cuesta del camino de la vida.

Para esta fecha el amable lector ha recorrido ya un buen trecho de esta popular cuesta de enero. Si la vida le trata muy bien tal vez pregunte extrañado «¿Qué es eso de la cuesta de enero? ¡Vaya tontería!». Pero, sí; la cuesta de enero –sea muy aguda, suave, o de pendiente cero–, se convierte en la imagen y en el recordatorio de todas las cuestas que tenemos que subir o escalar en el camino de la vida, y también de que la misma vida es una cuesta. Una cuesta que no podemos esquivar, sino afrontar con ánimo interior y siempre renovado, guiados por las señales de la propia experiencia y de la de otros, con la firme esperanza de ser capaces de coronar la anhelada cumbre.

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El mejor regalo que podemos regalar

 

los regalos

Estamos en unos días especiales para hacer y recibir regalos. Hace un par de años escribí un artículo de opinión en El Correo, sobre los regalos. Vi hace unos días que no estaba en este blog y pensé en ‘reeditarlo’, en volverlo a publicar. Tal vez a algunos les guste leerlo si en su día no lo hicieron, o releerlo y compartirlo si ya lo leyeron. A mí, personalmente, me ha gustado volver a leerlo. Perdón a los que les moleste la repetición.

Termina el artículo con el resumen de un bellísimo cuento del escritor norteamericano O. Henry. Lo incluye Jorge Luis Borges en su selecta antología de cuentos de la literatura universal, titulada “Cuentos memorables”. Ciertamente que es un cuento ‘memorable’, digno de ser recordado. Como muestra, cuando escribí este artículo nos sorprendió que el cuento les encantó tanto a los niños de unos once años de un aula de un colegio público de Bilbao como a un grupo de personas mayores del proyecto Bizi-Bete de Cáritas-Mayores de Bizkaia. Un cuento para todos y algunas reflexiones en el artículo, que espero os interesen y agraden.  

 

 

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Los regalos

Enrique Pallarés Molíns

Doctor en Psicología. Profesor emérito de la Universidad de Deusto

Publicado en El Correo. 2 enero del 2016

Las fiestas de Navidad son fechas especialmente propicias para los regalos; pero no las únicas, pues son muchas, y en aumento, las ocasiones para dar y recibir regalos: cumpleaños, boda, graduación, bautizo… A estas hay que añadir, dentro de la llamada «comercialización del calendario», los «días de…»: día de la madre, día del padre…

Intercambiar regalos es una práctica universal, en el tiempo y en el espacio, una forma de expresar gratitud, de mostrar interés y aprecio, a la vez que de establecer y fortalecer los vínculos entre personas y grupos. El regalo es el lenguaje –sin palabras, pero muy expresivo–, del amor, la amistad y la gratitud. En su clásico ensayo, destaca Marcel Mauss que la pervivencia del regalo es para congratularse, pues muestra que no todo está clasificado en términos de compra y venta, y que las cosas pueden tener, además del valor mercantil, un valor afectivo.

Tras el regalo hay un conjunto, a veces complejo, de emociones y motivos, tanto en el donante (¿Acertaré?) como en el receptor (¿Por qué este regalo?). A algunos les resulta agradable elegir el regalo, pues es una ocasión para expresar su afecto, pero otros experimentan ansiedad y temen no acertar. El narcisista elige el regalo pensando no tanto en el que lo va a recibir, sino en distinguirse y aparecer él como singular. Sin llegar a esto, es frecuente fallar en el regalo al no culminar la difícil tarea de ponerse en el lugar del receptor. El receptor trata de adivinar las emociones e intenciones del donante (¿Es sincero? ¿Será para controlarme?) y decide aceptar o no el regalo, pues a veces cuesta más recibir que dar. Por eso, dar y recibir regalos –las personas alternan ambas actividades– es una ocasión propicia para desarrollar la empatía y el ponerse en el lugar del otro.

Pero, ¿qué características debe reunir un regalo? Aunque no siempre se cumple en la práctica, se acepta como referencia, al hacer y juzgar un regalo, que suponga al donante cierto sacrificio (dinero, tiempo, esfuerzo), que el objetivo principal sea agradar al receptor, que se trate de algo apropiado y, finalmente, que suscite sorpresa y agrado. El envolverlo, a la vez que otorga a un objeto la categoría de regalo, facilita el requisito de sorpresa y es la ocasión para demostrar el buen gusto y el afecto.

Los regalos tienen en la actualidad una proyección económica importante y su práctica es bienvenida por el comercio, a la vez que suscita el interés investigador del economista. Según los estudios, con frecuencia citados y discutidos, del profesor de economía norteamericano Joel Waldfogel, la valoración que el receptor hace del regalo es entre un 10 y un 30% menor que el precio real de dicho regalo. Ante esta «pérdida irrecuperable de eficiencia de la Navidad», sin entrar en su valor sentimental, sugiere Waldfogel optar por el regalo en efectivo o en tarjetas.

Sin embargo, varios estudios de psicólogos muestran que las personas tienden a apreciar más lo que han recibido como regalo que lo que han  comprado. Es decir, el regalo puede ser un modo de «crear valor»; más por lo que representa que por su precio de mercado.

Como defensa ante el bombardeo de la publicidad, que convierte el regalo en una carrera de consumo y competición, ayudará escuchar a Ralph Emerson: «Los anillos y demás joyas no son regalos, sino remedos de regalo. El único regalo es una parte de ti mismo». No es necesario papel especial para regalar  tiempo, escucha, afecto, amistad, sangre… vida. Estos regalos retornan al donante como experiencia de profunda satisfacción; se convierten en un autorregalo. Así, un buen regalo para un niño es avivar y reforzar su generosidad natural para compartir.

El regalo de los Magos, un cuento de O. Henry (pseudónimo de William Sydney Porter), nos presenta a una joven pareja, que en su extrema pobreza solo poseen dos cosas de valor: el reloj familiar de oro de Jim y la hermosa y larga cabellera de Delia. La víspera de Navidad, cada uno siente la imperiosa necesidad de hacer al otro un buen regalo. Delia compra, con la venta de su cabellera, una cadena para el reloj de Jim; mientras Jim, con la venta del reloj, adquiere un juego de peinetas de carey para la cabellera de Delia. Al intercambiar los regalos, tras la sorpresa y el desconcierto inicial, se consuelan y abrazan. O. Henry, que reconoce la actuación apresurada y algo insensata de la pareja, comparada con la sabiduría de los Magos de Oriente, concluye: «De todos los que dan y reciben regalos, los más sabios son las personas como Jim y Delia. Ellos son los verdaderos Magos».

 

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Lotería de Navidad

Lotería

A propósito de la lotería

Enrique Pallarés Molíns

Doctor en Psicología. Profesor emérito de la Universidad de Deusto

Publicado en El Correo. Domingo, 16 de diciembre del 2018

Enlace a este artículo en PDF: A proposito de la loteria art

Cada mañana del 22 de diciembre escuchamos una melodía familiar: los niños y niñas del madrileño colegio de San Ildefonso cantan los premios de la Lotería de Navidad. Desde 1771 colaboran con la diosa Fortuna en el reparto de premios en dinero –el potente y codiciado motivador de la conducta humana–, aunque la mejor parte va a las arcas del Estado.

La lotería de Navidad está ampliamente extendida y casi constituye una obligación adquirir alguna participación. Nada que ver, pues, con la ludopatía o adicción a los juegos de azar, patología antigua y actual, que no se limita a una sola ocasión. Pero algunos no adquieren un número cualquiera, sino que lo seleccionan de acuerdo con los dígitos que lo componen («Que termine en 5»), la relación de los dígitos del número con una fecha determinada, o bien se adquiere en una administración de lotería ‘especial’.

Si al adquirir un décimo de lotería tuviera que elegir obligatoriamente entre el 43689 y el 22222, ¿por cuál de los dos optaría? Peguntas semejantes a esta propusieron los psicólogos Daniel Kahneman –premio Nobel de Economía– y Amos Tversky para estudiar esos atajos mentales o heurísticos que utiliza el ser humano para tomar decisiones. Pocos elegían el segundo número, pues, aunque ambos tienen la misma probabilidad de ser premiados, el 22222 no es representativo de los números aleatorios («¡Cómo va a tocar a ese número!»).

Esta conducta, como otras conductas supersticiosas, está estrechamente asociada a la ilusión de control. Elijo la administración donde adquirir el décimo y elijo el número, pensando que controlo lo que resulta incontrolable. Una muestra más de la mezcla de racionalidad e irracionalidad del ser humano. El psicólogo norteamericano Skinner comprobó que también las palomas mostraban conductas supersticiosas tras seguir el adecuado programa en la caja experimental.

La lotería es también ocasión para otra ilusión positiva, la ilusión de que me va a tocar. Es un sesgo bien estudiado la tendencia a sobreestimar las probabilidades de que nos toque la lotería e infraestimar la posibilidad de tener un accidente de automóvil. Estas ilusiones positivas comunes y leves en principio nada tienen de patológico –«De ilusión también se vive»–, incluso pueden resultar estimulantes para seguir adelante.

¿Y si me toca un premio importante? Precisamente con este fin y, en última instancia para sentirse mejor, se adquieren las participaciones. Los estudios sobre la relación entre ser agraciado en la lotería y la felicidad son más cautelosos. Admiten que con un premio importante se produce un aumento de la felicidad, pero casi tan breve y poco consistente como las burbujas del cava con el que se celebra. No digo que genere depresión ni que resulte indeseable. Pero las investigaciones advierten que la clave de la felicidad auténtica está, sobre todo, en los vínculos con las personas queridas. Tal vez por eso es frecuente repartir el décimo con familiares y amigos, para compartir con ellos la posible suerte.

¿Y si no me toca? Para algunos, el no ser premiado activa el pensamiento contrafactual, asociado a la cavilación o al lamentarse por lo que no hizo y piensa que debería haber hecho («Si hubiera comprado el otro décimo»). Para prevenir posteriores lamentos no se rechaza la participación que le ofrece un conocido «No vaya a ser que toque». Pero, con frecuencia, se utiliza el mecanismo de defensa de racionalización o explicación razonable con la que uno trata de convencerse de que, en el fondo, el no haber sido agraciado no es una tragedia y que, tal vez, incluso sea lo mejor: «Lo importante es que tengamos paz, salud y trabajo». ¿Equivale al «Están verdes» del zorro de la fábula al ver que no podía alcanzar las apetitosas uvas? El que no se consuela es porque no quiere. ¿O es un ejemplo de respuesta, ni agresiva ni autoagresiva, a una leve frustración? Algunos no se desaniman y vuelven a probar suerte en el también popular sorteo de El Niño.

Los niños y niñas del Colegio de San Ildefonso continúan cantado números y premios. Una melodía que constituye una especie de pregón navideño, como la iluminación de las calles, el belén, o la compra del turrón. Los seres humanos formamos reflejos condicionados como el perro de Pávlov, que salivaba al escuchar el timbre, asociado previamente a la comida. Que esta familiar melodía y algo nostálgica constituya un estímulo condicionado para suscitar en nosotros el deseo de unas agradables y entrañables navidades: días de familia y de amistad, y no de hiperconsumo o de excesos. ¡Feliz Navidad y Año Nuevo!

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