Los libros son saludables

Leer libros para vivir más

Enrique Pallarés Molíns.

Doctor en Psicología. Profesor emérito de la Universidad de Deusto

Publicado en EL CORREO. Domingo, 2 de mayo de 2021

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En un interesante y sugerente estudio, publicado hace cinco años, tres profesores de la Escuela de Salud Pública de la Universidad de Yale llegaron a la conclusión de que leer libros –no magacines o periódicos– durante al menos media hora al día reducía la tasa de mortalidad entorno al 20%. El estudio, realizado con rigor metodológico, consistió en seguir y comparar la evolución durante 12 años de varias características de 3635 personas, de más de 50 años al comienzo.

El análisis de los resultados mostró que la ventaja en la supervivencia se debe al efecto positivo que produce la lectura en varias áreas importantes de la persona. La inmersión reposada en un libro agiliza y flexibiliza la mente, fomenta la empatía, la inteligencia emocional y, en general, conductas que favorecen la salud.

Sin embargo, esta reducción de la tasa de mortalidad no justifica que se tome el libro como un remedio más, de los muchos probados a lo largo de la historia de la humanidad, para prolongar la vida. La mayor aportación del libro es el aumentar la calidad de los años vividos. Porque la lectura apacible de un buen libro puede tener un importante efecto ansiolítico y antiestrés. De hecho, entre los tratamientos psicológicos está la biblioterapia o lectura, reflexión y comentario de determinados libros. El buen libro, además, fomenta el bienestar y el crecimiento personal: nos hace más personas. Como dice Baltasar Gracián: «¡Oh!, gran gusto el leer, empleo de personas que si no las halla, las hace».

El escritor irlandés C.S. Lewis, en un ensayo sobre la lectura, plantea la posibilidad de distinguir un buen libro de un mal libro por la manera de leerlo. ¿Cómo leer bien un libro? Elegir el adecuado es el prerrequisito esencial. El abrumador número de libros publicados, en aumento cada año, obliga navegar con pericia por este océano de la bibliografía para evitar naufragar. Hay muchos libros para leer y releer, pero también para no invertir tiempo en su lectura. No parece que la moda o la novedad sea el mejor criterio de selección. El libro, como el buen vino, necesita adquirir la solera que le otorgan los años o el juicio de personas con buen criterio. No hay que olvidar, pues, esas obras que han resistido el paso del tiempo porque son de todos los tiempos, ni que ensanchar el gusto y el interés es también un objetivo del buen lector.

La lectura de un libro es un diálogo con el mismo libro, al que precede la escucha atenta de su mensaje. Por eso, conviene no limitarse a leer las líneas, sino leer también entre líneas e, incluso, más allá de las líneas; captar la totalidad de la obra y no solo la superficie. Y, también, llegar a suscitar un diálogo entre las lecturas realizadas, siguiendo la idea de Ítalo Calvino de que el buen lector es el que escucha la conversación que los libros entablan en las bibliotecas.  

Incluso el lugar donde se lee puede ayudar a disfrutar más del libro. El escritor norteamericano Henry James optaba por un bosque y con la cercanía de un arroyo, a diferencia de los que él mismo comenta que prefieren el retrete. Otros escogen un cómodo sillón en una terraza o junto a una ventana; otros la cama o tumbados en la hierba o en la arena.

También hay preferencias en el soporte material del libro, que a lo largo de la historia ha variado desde las tablillas y el papiro al libro electrónico. ¿Libro de papel o electrónico? Cada uno tiene sus ventajas, pero, aunque parezca una perogrullada, lo importante de verdad es elegir un buen libro.

Me agrada contemplar la escultura «Leyendo», en la entrada del Conde de Arteche desde la Gran Vía al parque de doña Casilda Iturrizar de Bilbao, obra de Joaquín Lucarini. Esculpida en mármol de Carrara, representa a una niña (¿o niño?) enfrascada en la lectura de un libro. Expresivo símbolo y modelo de la afición a la lectura en la niñez. Imagino que de adquirir vida la escultura intercalará la lectura con la contemplación de las flores del bello jardín que le rodea o de los árboles cercanos; se acercará a jugar con otros niños en la zona próxima de juegos y recordará con alegría las gracias de los hermanos Tonetti al pasar delante de la escultura de uno de ellos. Incluso avanzará pocos metros más y entrará en el Museo de Bellas Artes, para contemplar alguno o algunos de los destacados cuadros que allí se muestran.   

Porque la lectura de libros debe tener un lugar importante en la vida –más que el televisor, el smartphone o la tableta–, pero no absorberla. La naturaleza, el arte y las personas son otros «libros» amigables, para «leer», dialogar, aprender y disfrutar.

La entrada o post anterior, con enlace a audio, trata del mismo tema que la presente. Aquí tiene el enlace: https://enriquepallares.wordpress.com/2021/04/28/el-libro-un-amigo-disponible-los-365-dias-del-ano/

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El libro, un amigo disponible los 365 días del año

El pasado viernes, día 23, celebramos el Día Mundial del Libro. El lunes 26 mi espacio semanal en Radio Popular de Bilbao (“Cinco Minutos de Psicología”) lo dediqué al libro, ese amigo fiel e incondicional, disponible 24 horas x 365 días.

Les invito a escuchar el audio de esa breve charla. Enlace al video (en este caso solo audio) en mi canal de YouTube: Canal de Divulgación Psicológica.

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Para manejar o controlar la ansiedad

En este video encontrará 12 sugerencias para manejar o controlar la ansiedad. Son una síntesis de las estrategias para manejar la ansiedad y evitar que ella sea la que nos maneje. Espero que le sirva de ayuda a usted o alguna de sus personas conocidas.

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Buscar el riesgo

Buscar el riesgo

Enrique Pallarés Molíns

Doctor en Psicología. Profesor emérito de la Universidad de Deusto

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Un importante objetivo al tomar decisiones es evitar o minimizar el riesgo para nuestra vida o para nuestros bienes. Seguimos la actitud de cautela del ingeniero y del arquitecto al planificar sus obras, o la del financiero al realizar una inversión. Normalmente, pues, funciona el llamado «instinto de conservación».

Pero no siempre ocurre así. Con cierta frecuencia las conductas de riesgo se convierten en noticia por sus fatales consecuencias o por las circunstancias singulares en que ocurren. Además, otras muchas conductas de riesgo no resultan noticiables porque están muy acomodadas y encajadas en la vida diaria.

La ruleta rusa sería la expresión máxima de conducta de riesgo, a la vez que la metáfora para muchas de estas conductas. Y una larga lista: conducción temeraria (circular en una autovía por el carril contrario), ingestión de alcohol en exceso, consumo de drogas, actividad sexual sin protección, con riesgo de contagio de enfermedades de transmisión sexual o de un embarazo indeseado… Algunos deportes actuales, frente al deporte tradicional, incluyen el riesgo como parte del juego, incluso como el aspecto más importante: barranquismo, puenting, lanzarse al vacío desde un avión sin paracaídas para recogerlo en el aire de un compañero, o para caer en una red de dimensiones limitadas… En las circunstancias sanitarias actuales, junto a la actitud precavida de la mayoría de la población, no faltan quienes hacen caso omiso de las normas y recomendaciones e incluso adoptan una actitud negacionista y beligerante.

¿Cómo se explica que algunos pongan en juego su vida? No existe una única explicación. Se ha apelado, sobre todo para los deportes de alto riesgo, a la búsqueda de sensaciones nuevas. Incluso se ha descrito un tipo de personalidad, la ‘personalidad T’ (de ‘thrill’), caracterizada por la tendencia a buscar excitación, sensaciones y emociones nuevas, sobre todo, aunque no únicamente, las que incluyen riesgo. Se ha observado también que la hipofunción de la corteza prefrontal ventromedial está asociada a impulsividad y a peor evaluación del riesgo de una determinada acción. 

Algunas conductas de riesgo se han explicado por la reacción del organismo a la tensión y ansiedad que producen esas conductas. Es la teoría del proceso opuesto, que predice una reacción de alivio y placer tras la ansiedad y malestar inicial. La conducta de riesgo resultaría reforzante por esa reacción placentera, superior al malestar previo, sobre todo tras la repetición.

Pero también puede motivar la búsqueda del riesgo el realizar una acción que la mayoría de las personas no se atreve a realizar. Una forma inadecuada y peligrosa, pues, de compensar una autoestima débil o poco segura. En relación con esto, se habla de conductas ordálicas, en recuerdo de la ordalía, practicada en la Edad Media para probar la culpabilidad o inocencia del acusado. En nuestros días, de forma no consciente, se trata de que sea el destino quien decida la propia valía si supera o no la prueba.

No se puede olvidar la importancia que tiene la presión del grupo para iniciar y continuar algunas conductas de riesgo. El refuerzo por la atención que les prestan otras personas y, sobre todo, los medios de comunicación, puede llegar a compensar los inconvenientes de optar por el peligro. 

Otras explicaciones se centran en el funcionamiento cognitivo. Al evaluar los riesgos con frecuencia se cometen errores, tanto por sobreestimar el riesgo (la explosión de un reactor nuclear, un accidente aéreo), como por infraestimarlo (consumo problemático de alcohol). En general, se cree que el resultado positivo es más probable que el negativo y algunos piensan, o funcionan como si pensaran, que son invulnerables. Otra causa de optar por el riesgo proviene de no advertir que el efecto de las conductas de riesgo se puede acumular (fumar y cáncer de pulmón). Claro está, que el que opta por esas conductas –irracionales para la mayoría–, valora más la gratificación subjetiva inmediata y pone en segundo plano u omite la racionalidad. Por eso, no resulta nada fácil neutralizar este tipo de comportamientos.  

Junto a quienes buscan el riesgo directamente, están aquellas personas cuyas tareas laborales, vitales para el buen funcionamiento de la sociedad, implican un grado considerable de riesgo para su salud, y a veces la de sus familias, sobre todo durante la pandemia. Nunca se lo agradeceremos lo suficiente. Su dedicación y profesionalidad contrasta con la actitud de los que buscan el riesgo y el peligro sin ninguna razón sensata y socialmente aceptable. 

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Presentación de mi último libro: “Una lectura para cada semana. Reflexiones desde la Psicología”

Les voy a presentar mi último libro “Una lectura para cada semana. Reflexiones desde la Psicología”. Lo haré a través del video correspondiente de mi Canal de Divulgación Psicológica:

Muchas gracias por su atención

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Terapia cuaresmal

Terapia cuaresmal

Enrique Pallarés Molíns

Doctor en Psicología. Profesor emérito de la Universidad de Deusto

La Cuaresma no es, por supuesto, una terapia psicológica propiamente dicha. Pero durante este tiempo se insiste en fomentar algunas actitudes que coinciden o convergen con las recomendaciones de la Psicología Humanista y de la Positiva. Por eso, en sentido figurado, podemos hablar de «Terapia cuaresmal». Una ‘terapia’ no solo para los déficits, sino también para el crecimiento integral.

Sin ser lo más importante, llama la atención la invitación cuaresmal a las restricciones en la comida –el ayuno y la abstinencia–, en la actualidad reducidas a la mínima expresión. ¿Una reliquia del pasado «que hay que mantener», sin más? Creo que no. Es una invitación a la sobriedad y al autocontrol. En el siglo XVII el escritor veneciano Alvise Cornaro recomendaba una vida sobria como el mejor medio para la longevidad. El biogerontólogo norteamericano Leonard Hayflick, aludiendo a los recientes estudios que asocian frugalidad con longevidad, sustituye la conocida frase «Somos lo que comemos» por «Somos lo que no comemos».

Pero el objetivo de la templanza y sobriedad cuaresmal no es precisamente prolongar la vida, sino reforzar el control sobre nuestros deseos e impulsos y facilitar así la aspiración a metas más elevadas. Estas pequeñas privaciones alimentarias, además, pueden ayudar a sentir empatía con esos 800 millones de seres humanos que sufren el azote del hambre; empatía difícil de experimentar, por otra parte, desde nuestras latitudes donde el despilfarro de los alimentos es tan frecuente.

Sobriedad ampliable a otras áreas: al vestir, a las diversiones y, en general, al estilo de vida. Optar por un estilo de vida sencillo, aunque no por eso menos satisfactorio. Es más, la clave del bienestar psicológico pleno está en optar por las cosas y actividades sencillas, en las que la persona está sobre las cosas y no las cosas sobre ella. Para el pensador francés André Comte-Sponville «La templanza es la virtud por la cual continuamos siendo señores de nuestros placeres y no sus esclavos».  

Durante la Cuaresma se nos invita también a la generosidad con los más necesitados. La Psicología ha encontrado escasa relación entre el aumento de bienes materiales y el aumento de la felicidad, pero ha comprobado que su buen uso, como el compartir esos bienes, produce más satisfacción y bienestar que su mera acumulación. Es la paradoja de la auténtica felicidad, que crece al dar y disminuye al acaparar. Pero también está probado el efecto positivo en el bienestar psicológico de invertir parte de esa gran riqueza, que es el tiempo, en actividades prosociales. Se trata, pues, de algo más que de dar una limosna para tranquilizar la conciencia. 

La Psicología recomienda la observación de la propia conducta como primer paso para su adecuada modificación y para fortalecer el autocontrol. Es reflexionar sobre nuestras actitudes y acciones para confrontarlas con nuestras mejores metas y objetivos. Y, más allá, la revisión de la propia vida, recomendada por los gerontólogos desde Robert Butler, como un medio para el envejecimiento positivo –aunque no solo beneficiosa en la vejez– y constituida en terapia psicológica. Una revisión de la propia vida, en la que los recuerdos luminosos surgen para alegrarse y los oscuros para su sanación.

Ocasión propicia, pues, para contemplar el camino recorrido con el objeto de rectificar la ruta, incluso darle un giro de 180 grados. Un proceso de revisión profunda con la luz del perdón: perdonar, aceptar el perdón, pedir perdón y perdonarse. Perdón que se prolonga en compasión. Conjugar, pues, en sus varias formas el verbo perdonar, como el modo más eficaz de reconciliarnos con Dios, con las demás personas… y con nosotros mismos.

La Cuaresma es también una terapia de crecimiento porque es un tiempo especial para la gratitud. Un tiempo para experimentar y expresar gratitud por todos los beneficios recibidos. La Psicología Positiva muestra con claridad las importantes consecuencias positivas para la salud mental, corporal y social de practicar la gratitud. Es ver el mundo y la vida como algo que «se me da» y no como algo que «se me debe».

Días también para espabilar el oído y el corazón a la escucha de Aquel que es «más íntimo que mi intimidad». Tiempo, pues, para el encuentro con ese Ser personal que nos trasciende sin anularnos; que lejos de debilitar nuestro yo, lo fortalece sin hincharlo; que no roba nuestra autoestima, sino que la sana y fundamenta con solidez; que nos invita a escuchar a las demás personas, incluso a las que no piensan como nosotros; que hace ver al ser humano que no vive en el caos ni abandonado a su suerte, sino en un universo con un sentido y una meta, donde todavía es posible, aunque no fácil, el abrazo fraterno de la reconciliación.

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Contagio emocional

Contagio emocional

Enrique Pallarés Molíns

Doctor en Psicología. Profesor emérito de la Universidad de Deusto

Publicado en El Correo. Domingo, 31 de enero de 2021

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El 30 de enero de 1962 tres muchachas de la escuela misionera de Kashasha (Tanganika) comenzaron de repente a reír de forma compulsiva y su risa se extendió a 95 de las 159 alumnas, de entre 12 y 18 años, e hizo necesaria la clausura del centro, con algún intervalo, hasta mitad de mayo. La epidemia se extendió a varias poblaciones vecinas. Aunque no parece que la risa estaba asociada a una emoción concreta –¿Se trataba de la llamada coloquialmente «risa floja»?–, es un ejemplo de la posibilidad de que se contagie a otros la conducta de un individuo. El caso de Tanganika no es el único de ‘contagio’ y existen otros semejantes, antes y después. Se observa también en la vida diaria: contagio del llanto de los niños, bostezo, etc.

Según la profesora Elaine Hatfield y sus colegas el contagio emocional es «la tendencia a sincronizar e imitar expresiones del rostro, vocalizaciones, posturas o movimientos con los de otras personas y, como consecuencia, a la convergencia de las emociones». La imitación de otras personas es un mecanismo muy potente, que se activa de forma no consciente y resulta difícil de evitar, en el que juegan un papel importante las ‘neuronas espejo’. La expresión imitada se interioriza y se convierte en emoción propia.

Inicialmente se contagia la persona más cercana, para extenderse después a otras, e iniciarse una reacción en cadena, siguiendo el llamado efecto onda (Ripple effect) o efecto dominó. Aunque no todas las personas son igualmente susceptibles al contagio, la generalización de las redes sociales potencia este fenómeno hasta extender de forma ‘viral’ la reacción emocional a una noticia, no siempre verdadera. No son solo mis amigos los contagiados, sino los amigos de mis amigos y así sucesivamente.

El contagio emocional resulta esencial para la comunicación en los grupos, pues facilita la difusión de la información y favorece la empatía. Pero puede tener también un lado oscuro, sobre todo en algunas emociones. Por otra parte, el contagio de emociones negativas se intensifica y acelera en las situaciones de crisis e incertidumbre, como son las actuales.   

El miedo se contagia y cuando se extiende de forma incontrolada tiene consecuencias devastadoras. Aunque en su origen es protector y al servicio de la supervivencia («El miedo guarda la viña»), se convierte en inhibidor de la acción –dejar de salir a la calle incluso cuando no hay riesgo–, o en peligrosa estampida. El miedo se transforma, pues, en miedo al miedo.

La interacción con una persona airada provoca fácilmente la misma emoción, aunque, como observa Elaine Hatfield, en ocasiones el rostro airado contagia miedo en lugar de ira. Investigadores de la Universidad de Purdue subrayaron el carácter automático del contagio emocional de la ira, más rápido que el de la felicidad. Relajar el rostro y hablar con calma, sin elevar la voz, puede calmar a la persona airada y detener el proceso de contagio. El odio se propaga también con extraordinaria facilidad y de forma irreversible, con frecuencia asociado a la ira. 

No escapan a esta ley del contagio emocional la tristeza y los estados afines. Los que compartían la habitación en una residencia de un campus americano con un compañero que padecía depresión, tenían más probabilidades que el resto de desarrollar también depresión. También el desánimo y la desesperanza son contagiosos.

¿Es posible atajar este ‘contagio’? Aunque no existe una ‘vacuna’ específica, aceptar la posibilidad del contagio y ser consciente del proceso actuarán, sin duda, de escudo protector. Eso sí, también se pueden ‘contagiar’ las emociones positivas, como la alegría/felicidad, el amor, la gratitud, la generosidad, la amabilidad o la esperanza; estas son las mejores ‘vacunas’ para prevenir la propagación de las emociones negativas, porque una de las funciones de las emociones positivas es la de contrarrestar las negativas. Sin olvidar que uno puede ser ‘contagiado’, pero también ‘contagiar’.

En el grado de felicidad influyen un número importante de factores. Por ejemplo, contemplar rostros que expresan felicidad activa los músculos implicados en la sonrisa auténtica (cigomático y orbicular) y hace sentir mayor felicidad. Se trata de la sonrisa auténtica (sonrisa de Duchenne) y no de una sonrisa fingida o ‘de oficio’. La felicidad, es pues, contagiosa, como lo son la alegría, la gratitud, la generosidad, el amor y otras emociones o estados emocionales positivos. Su cultivo vencerá el desánimo y estimulará la esperanza, actitud esencial en tiempos difíciles.

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¿Blue Monday? (Tercer lunes de enero)

El psicólogo británico Cliff Arnall propuso en 2005 el nombre de Blue Day (Blue Monday) para el tercer lunes de enero. Según Arnall esa fecha es el resultado compleja fórmula matemática: meteorología adversa, advertir el exceso de gasto en navidades, frustración por no cumplir los propuesto para el año nuevo… Aunque la ciencia no ha confirmado esta conclusión, el Blue Day se ha popularizado. Con semejante falta de fundamento científico se ha propuesto el 24 de junio como el Día Más Feliz del Año (Happiest Day). La tristeza y la felicidad son experiencias personales -diferentes en cada uno- mucho más complejas.  (Tomado del libro Una lectura para cada semana. Reflexiones desde la Psicología (Capítulo 1: La cuesta de enero), de Enrique Pallarés Molíns. Bilbao: Ediciones Mensajero, 2021).

Aunque, como ven, no creo demasiado en lo del Blue Day o Blue Monday, me parece aconsejable ver lo que nos puede alegrar (tal vez lo pasamos por alto al tenerlo todos los días muy a la vista) y cómo podemos alegrar la vida de los demás este lunes… más allá de este lunes.

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La cuesta de enero y las cuestas de la vida

Le invito a escuchar el audio de la primera edición del miniespacio “Cinco Minutos de Psicología” (Los lunes hacia las 21:45 h.) que comencé el lunes 11 de enero en Radio Popular de Bilbao.

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Una melodía prohibida (sobre la nostalgia)

Una melodía prohibida

Enrique Pallarés Molíns.

Doctor en Psicología. Profesor emérito de la Universidad de Deusto

Dedicado a madre.
Hoy, 29 de diciembre, cumpliría 112 años.
Los años pasan,
pero los buenos recuerdos quedan

Publicado en El Correo. Domingo, 27 de diciembre de 2020

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Según el «Diccionario de la música» de Jean-Jacques Rousseau una melodía, aparentemente inofensiva, que se interpretaba en los Alpes suizos como señal para recoger las vacas al final del día («Le ranz des vaches»), fue prohibida su interpretación, bajo graves sanciones, en los ejércitos mercenarios de Europa que enrolaban soldados suizos. La causa de la prohibición no era política; pretendía evitar las intensas reacciones emocionales, incluidas la deserción y la muerte, que su audición producía en muchos soldados («Mal de Suiza»). El romanticismo popularizó esta melodía más allá de los Alpes; encontramos su eco en la obertura de la ópera Guillermo Tell de Gioachino Rossini y en la Sinfonía Fantástica de Héctor Berlioz.

Las reacciones suscitadas por esa melodía –la añoranza de la patria– fueron estudiadas por el médico suizo Johannes Hofer, quien acuñó el término «nostalgia» en su ‘Disertatio’ en Medicina, defendida el año 1668 en la Universidad de Basilea. Nostalgia: ‘Nóstos’, una palabra homérica que significa «volver a casa» y ‘álgos’, «dolor, añoranza»; es decir, deseo doloroso de retornar a casa. Hofer propuso como términos alternativos los de ‘nosomania’ y ‘philopatridomania’. La enfermedad se curaba con la repatriación.

Si el término «nostalgia» nace en una fecha concreta, la reacción de dolor del ser humano al alejamiento de sus raíces es tan antigua como la circunstancia humana de verse obligado a dejar la casa y la patria para vivir en otro país. Este intenso deseo de volver al hogar y a la patria ha inspirado bellas páginas, por ejemplo, en la Odisea de Homero («…yo anhelo volver a mi casa y ver el día de mi retorno»), el pueblo judío en el exilio de Babilonia… El lema repetido de E.T., aquel personaje, monstruoso y entrañable a la vez, creado por Steven Spielberg («¡Mi casa!»).

La concepción actual de nostalgia no la limita a la experiencia emocional de grupos concretos ni al retorno a casa. El anhelo melancólico, o nostálgico, se centra en un pasado, individual y social, que ya no está accesible. Es la búsqueda ardiente del pasado en el que uno se sentía arraigado y seguro. Porque el desarrollo de la autonomía y el crecimiento tienen el efecto secundario de la separación. Y la vida está sembrada de separaciones, a veces especialmente dolorosas y punzantes.

Por eso, la añoranza de lugares y de momentos del pasado constituye una robusta fuerza motivacional y un empuje a la acción. La mercadotecnia, por ejemplo, a través de la publicidad, sabe suscitar sentimientos de nostalgia para aumentar las ventas de sus productos. Algunos de estos anuncios «nostálgicos» intentan trasladar al pasado a través de referencias culturales o simbólicas, para que se asocie el producto y la marca con los sentimientos positivos que suscita el recuerdo de otros tiempos. También se ha utilizado para la movilización política.

La profesora de la Universidad de Harvard Svetlana Boym, en un interesante y sugerente estudio, distingue dos tipos de nostalgia: nostalgia reflexiva y nostalgia restaurativa. La primera se limita al recuerdo y anhelo del pasado y puede constituir «una fuerza positiva que nos ayuda a explorar nuestra experiencia, y puede ofrecer una alternativa a la aceptación acrítica del presente». La segunda, más allá de la propia memoria y de la historia, trata de restaurar el pasado, apelando a tradiciones y mitos, es decir, inventándolo.

El recuerdo amable del pasado suele resultar fortalecedor y estimulante, pero el anhelo regresivo hacia lo que dejó de ser realidad, puede resultar empobrecedor y paralizante para la persona, y letal cuando se busca para la colectividad. Como canta Joaquín Sabina, «No hay nostalgia peor / que añorar lo que nunca jamás sucedió».

El ambiente navideño, con sus intensas sensaciones, activa el recuerdo y anhelo del pasado, el deseo de volver a las seguridad de la ‘casa’. Ese anhelo del pasado –sin idealizarlo en exceso– es legítimo y vigorizante, sobre todo si se transforma en la empresa de construir una ‘casa’ común, confortable para toda la humanidad y de la que nadie se sienta excluido. No es esta una misión imposible e irreal, sino un fin y meta hacia el que caminar; porque la acción presente no solo es hija del pasado, sino de los fines que la guían, aunque no sean alcanzables de inmediato. Es mejor hacerse el sordo a melodías que solo provocan reacciones sentimentaloides. La reconfortante vivencia de momentos especialmente amables de lo que ya pasó, no debe derivar en la instalación en el pasado, sino en la ilusión por construir un futuro común mejor. 

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