Mirar la muerte y mirar la vida

IMG_1110

 

Enlace al texto en PDF: Mirar la muerte y mirar la vida

Mirar la muerte y mirar la vida

Enrique Pallarés Molíns

Doctor en Psicología. Profesor emérito de la Universidad de Deusto

 ( Publicado en el suplemento Alfa y Omega del diario ABC. Jueves 3 de noviembre del 2016. Página 24.)

Según una máxima de La Rochefoucauld «El sol y la muerte no se pueden mirar fijamente». Está claro que no es aconsejable mirar al sol directamente si queremos conservar los ojos. ¿Puede dañarnos también el mirar la muerte y el pensar en ella?

Aunque todos los animales mueren, el ser humano es el único que conoce desde muy pronto su carácter mortal. Es consciente de su radical limitación y esto conmueve sus estructuras más profundas y afecta a toda su existencia. ¿Cómo reaccionar?

En el pensamiento infantil más temprano el estar fuera de la vista equivale a estar fuera de la existencia. Lo que no se ve no existe. Este pensamiento infantil resurge o sobrevive cuando ocultamos la realidad de la muerte con el fin de negar su existencia y así rebajar el terror que produce el constatar su función aniquiladora. Si no pienso en ella, no existe.

«Cuando falte uno de los dos, iré a vivir al pueblo», le decía espontáneamente un cónyuge al otro. Los otros son los que mueren, pero no yo, aunque por cortesía se utilice la expresión «uno de los dos». Procuramos alejar la muerte de la vista y recluirla en lugares poco visibles. Utilizamos un lenguaje elusivo («Faltar», «Irse», etc.) en lugar de «muerte» o «morir». Es verdad que la televisión y el cine muestran con frecuencia la muerte, pero sobre todo muertes violentas y en serie. Un niño contempla muchas muertes en la pantalla, pero se le aleja y protege de las muertes reales cercanas. O bien se opta por la distorsión: zombis, féretros, muertos vivientes, Halloween, subcultura gótica… O se recurre al humor negro: un reír por no llorar. Así se refuerza la idea de que la muerte es algo lejano y ajeno a nosotros.

Pero, por más que tratemos de olvidarnos de la muerte, ella no se olvida de nosotros. La defensa psicológica de negación no es más que una solución muy provisional y precaria, pues con la muerte no valen trucos, y nuestras defensas resultan radicalmente frágiles y vulnerables, cuando no contraproducentes.

Porque el carácter abstracto y lejano que adquiere la muerte alimenta pensamientos falsos e imágenes irreales y, paradójicamente, conduce a una intensificación de la ansiedad ante ella. Se llega, incluso, a temer la vejez y a rechazar a los viejos, al igual que a todo lo que se asocia con la muerte. Pero, sobre todo, el excluir el final de la vida de nuestra autodefinición, nos deja inermes ante la implacable realidad de la muerte, porque, aunque la muerte es el final de la vida, no por ello deja de formar parte de la vida; al igual que el final de una historia forma parte de esa historia.

¿Habrá, pues, que pensar constantemente en la muerte y tener siempre delante sus imágenes? No. No se trata de buscar y retener obsesivamente los pensamientos y las imágenes de la muerte. Pero tampoco de evitarlos ni rechazarlos sistemáticamente. Sepamos convivir con esos pensamientos y encaminarlos hacia la Luz.

Porque mirar la muerte con la serenidad que ofrecen las lentes de la fe, lleva a reajustar nuestra escala de valores y preferencias ‒la muerte nos pone en nuestro sitio‒, así como a apreciar de verdad todo lo bueno que hay en la vida: la familia, la amistad, la naturaleza… y el regalo de cada día de vida. Algunas personas, tras haber sido rozadas por la muerte, expresan con gozo su nueva visión de la vida y de su corazón brotan sentimientos de amor y de gratitud. Así, pues, pensar en la muerte alguna vez, sin horror ni morbosidad, es un resorte que ayuda a vivir con mayor intensidad y alegría cada instante. No provoca angustia, terror ni depresión, sino sosiego y esperanzada paz interior.

En el ambiente de muerte y destrucción de la Gran Guerra, proponía Sigmund Freud sustituir el aforismo «Si vis pacem, para bellum» («Si quieres la paz, prepara la guerra»), por este otro: «Si vis vitam, para mortem» («Si quieres la vida, prepara la muerte»). Es decir, afrontar con lucidez la realidad de la Muerte para amar más la Vida, y para que sea la Vida quien gane la partida final. Un reto personal, social y educativo esencial.

La psiquiatra suiza-americana Elisabeth Kübler-Ross, tras acompañar a muchas personas en la etapa final de la vida, y cuando por su frágil estado de salud veía cercana su propia muerte, terminaba sus memorias con estas iluminadoras y esperanzadoras palabras: «La muerte es solo una transición de esta vida a otra existencia, en la cual ya no hay dolor ni angustias. Todo es soportable cuando hay amor. Mi deseo es que ustedes traten de dar más amor a más personas. Lo único que vive eternamente es el amor».

 

 

 

Anuncios
Publicado en Amor, Enrique Pallarés, Enrique Pallarés Molíns, Muerte, Psicología Positiva, Psicología Social | Etiquetado , , , , | Deja un comentario

La fuente de la eterna juventud

Fuente eterna juventud

La fuente de la eterna juventud. Lucas Cranach el Viejo. 1546. Óleo sobre madera. 122,5 x 186,5 cm. Gemäldegalerie, Berlín.

 

Enlace al texto del artículo en PDF: La fuente de la eterna juventud

 

La fuente de la eterna juventud

Enrique Pallarés Molíns

Doctor en Psicología. Profesor emérito de la Universidad de Deusto

 

Publicado en El Correo. Domingo, 1 de octubre del 2017. Página 55

El cuadro ‘La fuente de la juventud’, de Lucas Cranach el Viejo, muestra las propiedades rejuvenecedoras del agua de una fuente-piscina, a la que llegan por la izquierda personas decrépitas e inhábiles para caminar de forma autónoma; a la derecha prevalece la presencia de cuerpos sanos y juveniles, que salen o acaban de salir del agua. Es la fuente de la eterna juventud, que también representó El Bosco en el ‘Jardín de las delicias’. La fuente que, según un relato apócrifo, buscaba Ponce de León en 1513 cuando descubrió La Florida. Expresión de un anhelo activo y constante de la humanidad: hacer reversible el envejecimiento, o evitarlo. Una historia que según el documentado estudio de Gerald Gruman se remonta, por lo menos, a Gilgamesh, e incluye el oro de los alquimistas, dietas, macrobiótica, inyecciones hormonales, restricción calórica, etc.

El biogerontólogo Leonard Hayflick, tras pasar revista a estos métodos, sugiere reducir la duración diaria del sueño, por ejemplo, en media hora, para que, sumado ese tiempo se añada un plus de vida. No es una respuesta evasiva –la eliminación de algunos factores de riesgo no la aumentaría más–, sino una invitación a vivir la vida más despierto y activo. Ya que no es posible controlar el número de días de la vida, vivirlos de forma más plena; el equivalente de la repetida frase «dar vida a los años y no solo años a la vida». La celebración el 1 de octubre del Día Internacional de las Personas de Edad, sin menospreciar los esfuerzos de los científicos para prolongar la vida, es la ocasión propicia para considerar otra fuente de eterna juventud. ¿Cómo? Preguntemos a la Psicología Positiva del Envejecimiento.

Dar prioridad a los vínculos sociales. No tanto aumentar el número de amistades y conocidos, como consolidar y profundizar en aquellas relaciones que rinden más dividendos de satisfacción. Ayudar, pero aceptar también el recibir ayuda. Tiempo para vivir un amor desinteresado y oblativo; y para ampliar o abrir un canal con ese Otro que nos trasciende. Practicar la gratitud, el altruismo y el perdón (perdonar y pedir perdón) ayudará a desactivar la tentación de narcisismo, siempre presente.      

Activo también física e intelectualmente. Activar los músculos con el ejercicio físico adecuado y activar las neuronas con la curiosidad intelectual –no es necesario ser licenciado–, pues nunca es tarde para aprender. Mente flexible, abierta a lo nuevo, aunque las articulaciones no se mantengan tan flexibles. Elegir las actividades más atractivas e interesantes, pero, cuando uno se siente triste y tentado a la pasividad, dar preferencia a realizar la actividad. 

Siempre activada la percepción de control, la conciencia de que no somos marionetas del azar ni de los demás. Por eso, modificar lo que conviene y se puede, pero también los propios deseos cuando no es posible cambiar las circunstancias. Son dos modos de control, y de adaptación activa, que conviene armonizar al diferenciar –con la sabiduría que conceden los años–, lo que es posible cambiar de lo que simplemente hay que aceptar; y al distinguir lo esencial de lo relativo y prescindible.

Cultivar un optimismo realista. No el autoengaño de un optimismo simplificador, sino una visión lúcida y serena de la realidad, tal vez ayudada por ese sano sentido del humor que deshincha los globos de negatividad, que a veces formamos. Evitar la lupa ante lo negativo y, sin necesidad de ver el futuro de color de rosa, mantener la firme esperanza de quien es capaz de afrontar con firmeza interior las adversidades que puedan venir.

Al llegar a una altura resulta inevitable la mirada panorámica. Invitación, pues, a la revisión de la vida para enfocar y revivir, sobre todo, lo positivo, sin dejarse llevar por una nostalgia pesimista, que oscurece la visión del presente y del futuro. Tiempo también de practicar la gratitud, emoción hermana de la felicidad, y de resolver sentimientos de culpa con el reconocimiento de la propia limitación y el autoperdón. La vida tiene sentido y mereció la pena: a saborear cada día y cada minuto.

Estos son algunos de los caños de la fuente de la eterna juventud, de esa fuente interior de agua vivificadora, que mantiene el corazón y la mente sin arrugas, aunque no alise las de la piel. Caños que hay que ampliar, o tal vez desatascar. El poeta norteamericano Samuel Ullman afirma en un conocido poema que la juventud y la vejez no son cuestión de años, sino de mantener o no unos ideales y una esperanza. Porque «eres tan joven como tu esperanza y tan viejo como tu desesperanza».

Publicado en Bienestar psicológico, Bienestar subjetivo, EL CORREO, Enrique Pallarés, Enrique Pallarés Molíns, Envejecimiento, Psicología Positiva, Universidad de Deusto, Vejez | Etiquetado , , , , | 2 comentarios

Gratitud. Siempre y en todo lugar

 

Gratitud Imagen

 

Enlace al texto en PDF de Alfa y Omega: Gratitud Siempre y en todo lugar

Gratitud: siempre y en todo lugar

Enrique Pallarés Molíns

Doctor en Psicología. Profesor emérito de la Universidad de Deusto

Publicado en el suplemento Alfa y Omega del diario ABC.

Jueves, 28 de septiembre del 2017

 

Una de las palabras que utilizamos con más frecuencia en la vida diaria y que primero aprendemos de una lengua es ‘¡Gracias!’. Los padres enseñan a sus hijos, desde muy temprano, a expresar gratitud con esa pregunta, o mandato, que sigue al obsequio que recibe el niño: «¿Qué se dice?». Las principales religiones destacan su importancia, exhortan a su práctica, la incluyen en las oraciones y ofrecen rituales para su práctica. La Eucaristía, centro de la vida cristiana, es precisamente Acción de Gracias.

La importancia de la gratitud ha sido reconocida a lo largo de los siglos y altamente considerada en la mayoría de las sociedades. La Asamblea General de las Naciones Unidas declaró el año 2000 año de Acción de Gracias, a la vez que Año Internacional de la Cultura de la Paz. Algunos países celebran cada año el Día de Acción de Gracias. El orador y filósofo romano Cicerón consideraba que «La gratitud no es solo la mayor de las virtudes, sino la madre de todas las demás». «Es de bien nacido ser agradecido», afirma la sabiduría popular condensada en el refranero.

La Psicología Positiva incluye la gratitud entre las principales fortalezas humanas, y las investigaciones muestran los beneficios que produce su práctica en la salud mental, física y social. Para la profesora Sara Algoe la gratitud fortalece las relaciones interpersonales y, en particular, las de pareja. Constituye también una protección ante la adversidad y ayuda a sanar las heridas afectivas sufridas a lo largo de la vida.

Además, la gratitud favorece la auténtica felicidad. Tras una experiencia positiva aumenta la felicidad, pero por poco tiempo, pues pronto vuelve al nivel previo. Esta tendencia, llamada ‘adaptación hedónica’, dificulta o impide el aumento estable de la felicidad. La gratitud ayuda a que cada experiencia positiva prolongue su novedad y siga elevando la felicidad. Por eso, las personas felices practican la gratitud y no es de extrañar que su ejercicio se incluya, como objetivo importante, en la intervención para aumentar de forma permanente la felicidad. Para el filósofo francés André Comte-Sponville la gratitud es «la más placentera de todas las virtudes y el más virtuoso de todos los placeres».

La gratitud además de expresarla hay que sentirla; pero también, además de sentirla hay que comunicarla. El profesor Robert Emmons propone, incluso, comunicar la gratitud por medio de un escrito dirigido a quien nos benefició de algún modo; o llevar una especie de diario de gratitud, donde anotar –durante unos días, de vez en cuando– las acciones, interacciones y personas, también a Dios, que merecen gratitud. Es un autoexamen orientado a crear una actitud de gratitud y a formar una ‘personalidad agradecida’. Es decir, a ver cada momento de la vida como algo que «se me da» y no como algo que «se me debe»; a mirar la realidad a través de la lente de la gratitud, a descubrir y ensanchar por qué y a quiénes debemos agradecer. La meditación o terapia Naikan, propuesta por el japonés Ishin Yoshimoto, ayuda, a través de la reflexión, a fomentar la gratitud y es, a la vez, un antídoto contra las emociones destructivas.

Por el contrario, algunas actitudes y rasgos de la personalidad impiden o dificultan la gratitud, pues resultan incompatibles con una visión agradecida de la vida. Por ejemplo, la envidia, el resentimiento, la personalidad exigente, el materialismo y, sobre todo, el narcisismo. El poeta cubano José Martí compara la gratitud con las flores que solo se dan en las tierras bajas, «en la tierra buena de los humildes». El corazón sencillo es un corazón agradecido.

¿Siempre y en todo lugar? Hay circunstancias en que resulta difícil expresar gratitud: muerte, enfermedad, fracaso… Pero la gratitud requiere que se perciba un contraste entre lo desfavorable y lo favorable; sentir sed lleva a agradecer más el vaso de agua; la muerte de un ser querido invita a dar gracias al valorar ahora mejor su vida con nosotros. En general, ayuda a mantener la actitud de agradecimiento en la adversidad la madurez espiritual que sabe encontrar el lado positivo del presente y del pasado, mientras ve la vida en su totalidad.

La gratitud se comprende mejor al compararla con la ingratitud. El filósofo escocés David Hume afirmó: «De todos los crímenes que las criaturas humanas son capaces de cometer, el más horrible y el más antinatural es la ingratitud, especialmente cuando se comete contra los padres. La ingratitud está presente en la mayoría de las heridas y muertes». La gratitud, por el contrario, es un reforzador de la conducta prosocial y un barómetro que señala el nivel moral de las personas y de la sociedad. ¡Mantengamos alto este barómetro!

Publicado en Bienestar psicológico, Emociones, Enrique Pallarés, Enrique Pallarés Molíns, Felicidad, Psicología Positiva, Universidad de Deusto | Etiquetado | 4 comentarios

Vuelta al trabajo y a la escuela

Vuelta al trabajo y a la escuela imagen 2

Acceso al texto del artículo en PDF: Vuelta al trabajo y a la escuela art

Vuelta al trabajo y a la escuela

Enrique Pallarés Molíns

Doctor en Psicología. Profesor emérito de la Universidad de Deusto

Publicado en El Correo. Domingo, 3 de septiembre del 2017. Página 41

Se acabaron las vacaciones. Se cierra este paréntesis –para algunos muy breve– del año laboral y escolar. Vuelta a las aulas y al trabajo. Vuelta a los horarios fijos, a las exigencias del trabajo y del estudio. Solemos decir «Vuelta a la normalidad», dando a entender que las vacaciones son algo anormal o extraordinario. De los días azules a los grises.

En estas fechas se habla con frecuencia del ‘síndrome postvacacional’ (‘estrés postvacacional’, o ‘depresión postvacacional’), para etiquetar un conjunto, no bien definido, de reacciones psicológicas de breve duración al retornar al trabajo. Entre ellas, descenso en la motivación y en el rendimiento, cansancio, problemas del sueño, irritabilidad, bajo estado de ánimo, etc. Según los escasos, y no del todo fiables estudios realizados, afectaría a entre el 5 y el 60 por cien de los que se reincorporan al trabajo. Curiosamente, las cifras más elevadas corresponden a las encuestas en las que se pregunta directa y escuetamente «si ha experimentado o no el síndrome postvacacional».

La reincorporación al trabajo después de las vacaciones exige un esfuerzo de adaptación y produce una reacción de estrés de baja intensidad y duración. Es volver a un horario más rígido que el de las vacaciones, a unas exigencias de atención y ejercicio de las habilidades propias de la tarea, a asumir responsabilidades, a la posibilidad de cometer errores, a tensiones con compañeros y superiores.

Pero esto no hay que considerarlo una enfermedad ni es necesario inventar una etiqueta patológica para lo que es, en realidad, un proceso de adaptación normal. Las principales clasificaciones de los trastornos mentales no incluyen el ‘síndrome postvacacional’. Sin embargo, ha adquirido gran popularidad en los medios de comunicación y en las conversaciones cotidianas. Tal vez esta misma popularidad coopera a que algunos sientan lo que creen que se ‘debe sentir’ en estas fechas. En cualquier caso, es mucho mayor el estrés del que no encuentra trabajo o está en riesgo de perderlo.

Según el profesor Cano Vindel, presidente de la Sociedad Española para el Estudio de la Ansiedad y el Estrés, el ‘estrés postvacacional’ puede afectar a algunas personas de forma grave, debido a que a la vuelta al trabajo se unen circunstancias laborales o personales adversas. Así, los que vuelven a un trabajo en condiciones especialmente negativas, debido a jefes o compañeros hostiles; las víctimas de acoso escolar; los profesores con alumnos muy problemáticos; o cuando concurren problemas familiares, de salud, económicos, etc.

Pero este lado negativo no es toda la verdad. La vuelta al trabajo o al centro escolar para muchos es fuente de experiencias positivas. Por ejemplo, el reencuentro con personas conocidas y amigas. El mismo trabajo, bien realizado, incluso el menos brillante, puede ser una fuente importante de satisfacción y de realización personal.

Para prevenir y abreviar los posibles efectos molestos del proceso de reincorporación al trabajo o al estudio se ofrecen algunas sugerencias. Por ejemplo, fragmentar las vacaciones, regresar a la residencia habitual un par de días antes de la incorporación al trabajo para normalizar progresivamente el ritmo de sueño y de comidas, evitar reanudar la actividad laboral o académica el primer día de la semana, fomentar actividades gratificantes, etc. La profesora Robles Ortega, de la Facultad de Psicología de la Universidad de Granada, recomienda también, y me parece muy oportuno, no conceder mucha importancia a estas posibles reacciones de adaptación, de breve duración y completamente normales.

  Tal vez la mejor prevención sea dejar de ver el trabajo o el estudio como una condena y tratar de tomarlos como un reto y un medio de realización personal, aunque es cierto que a veces las circunstancias hacen muy difícil esta mirada amable. Es responsabilidad de empresarios, jefes y educadores no solo hacer menos odioso el trabajo o el estudio, sino más también más humano y atractivo.

Pero también al que vuelve al trabajo o al estudio le corresponde rebajar, si es del caso, la enemistad con su tarea y activar el talismán interior que todos tenemos –tal vez algo oxidado–, para convertir en agradable o en neutro lo que al principio pudo resultar desagradable; un talismán para convertir el gris en azul y la sombra en luz. El trabajo es tan necesario como las vacaciones. Desde hace más de dos mil años los filósofos estoicos nos invitan a hacer virtud de la necesidad, es decir, a retomar con buen ánimo y talante el deber del trabajo y del estudio.

 

Publicado en Uncategorized | Etiquetado , , , , ,

Ruidos evitables y a evitar

Ruidos evitables título ii

Enlace al texto en PDF de El Correo: Ruidos evitables y a evitar

Ruidos evitables y a evitar

Enrique Pallarés Molíns

Doctor en Psicología. Profesor emérito de la Universidad de Deusto

Publicado en El Correo. Domingo, 13 de agosto, del 2017. Página 35

 

Un amplio número de investigaciones dejan fuera de duda el impacto negativo de los ruidos en la salud física y psíquica. El sueño se ve afectado de forma especial, pues los ruidos lo fragmentan y hacen más superficial, con lo que el necesario descanso nocturno queda incompleto. Provocan también aceleración del ritmo del corazón y vasoconstricción. Además, la exposición a los ruidos de las vías de intenso tráfico está asociado al trastorno por déficit de atención e hiperactividad de los niños, así como a un peor funcionamiento cognitivo.

El mismo sistema auditivo, es especialmente vulnerable a la exposición prolongada a los ruidos; Sir Francis Bacon, en el siglo XVII, citaba la disminución auditiva de molineros y artilleros. Sin pretender una enumeración exhaustiva, los ruidos fomentan también la irritabilidad y las explosiones de ira. Aunque no siempre advertimos estos efectos porque nuestro cerebro a veces nos ‘manipula’ y los hace ‘invisibles’ temporalmente.

El ruido se utiliza en el laboratorio de psicología experimental como estímulo punitivo. No se produce adaptación o habituación a los ruidos intensos. Por eso, también ha sido y es empleado, en grados muy elevados, como tortura.

Se dice que solo molesta el ruido que uno juzga que no debiera existir. El    sonido del propio televisor, que adormece plácidamente al que se sienta delante de él después de comer, impide conciliar el sueño y se convierte en un suplicio cuando se escucha el del vecino a través de la pared del dormitorio. Esta observación, de limitado alcance, no pretende convertir el ruido en una mera molestia subjetiva y caprichosa. Porque, además de la intensidad, en la molestia del ruido cuenta también su carácter inesperado e indeseado y su evitabilidad. Otra cosa es que, cuando ya no se puede hacer nada más para que cese un ruido molesto, convenga evitar mantenerlo mentalmente en primer plano –no ignorarlo– y tratar de ‘enfriar’ o rebajar la reacción que suscita.

En la primera mitad del siglo XIX, el filósofo alemán Arthur Schopenhauer escribió unas páginas sobre el “ruido y barullo”. Se defiende, ante todo, de las posibles críticas a su sensibilidad hacia los ruidos, y observa que los que dicen no ser sensibles a los ruidos tampoco los son «a las razones, los pensamientos, las composiciones poéticas y las obras de arte». Los ruidos interrumpen la actividad intelectual y creativa, pero «cuando no hay nada que interrumpir está claro que nada se sentirá especialmente». En aquel tranquilo Berlín, denunciaba, como el peor de los ruidos, el chasquido del látigo de los cocheros al espolear a los caballos; en efecto, no tuvo ocasión de sufrir el producido en la actualidad por algunas motocicletas.

Los estudios e intervenciones se centran en los ruidos más nocivos, como los del tráfico o los de algunas industrias. Pero también otros ruidos afectan negativamente al bienestar personal, incluso a la salud. La psicología social ha estudiado el ‘espacio personal’, un círculo imaginario que creamos a nuestro alrededor y cuya zona más íntima solo excepcionalmente permitimos traspasar. Pero que es invadida por el televisor o la música de escucha obligatoria, las conversaciones en voz alta –con móvil o sin móvil– en trasportes públicos, cantos o gritos desacordes de los nocherniegos, petardos, altavoces atronadores, etc. Imperio, pues, del ruido, como marca distintiva de nuestra época, que molesta, daña y dificulta o impide escuchar a los demás… y también escucharnos a nosotros mismos.

 Algunas ocasiones, como las fiestas del verano, son especialmente propicias a la contaminación acústica nocturna. Con molestias a los enfermos, al que no consigue conciliar el sueño o mantenerlo… a los que tienen tanto derecho al descanso y tranquilidad, como otros a expresar su alegría festiva. No se pretende convertir la calle en un claustro monacal, sino respetar al que no desea ser molestado.

El que fuera regidor de la villa de Madrid, don Enrique Tierno Galván, dedicó uno de sus famosos bandos a los ruidos. Aludía a esos ruidos invasores, producidos por la noche en las calles y plazas. Exhortaba el viejo profesor a evitar «añadir a las molestias y congojas, que toda ciudad grande ocasiona, las que nacen de la mala educación y poco civismo». Porque reducir o eliminar algunos ruidos, como los de la aviación o autopistas, exige importantes inversiones económicas (aislamientos, barreras acústicas), pero para reducir o eliminar otros tan solo es necesaria una inversión –gratuita– en civismo, buena educación y respeto a los demás.

 

Publicado en Bienestar psicológico, EL CORREO, Enrique Pallarés, Enrique Pallarés Molíns, Ira | Etiquetado , , , | 1 Comentario

De vacaciones

 

De vacaciones jpg

 

Enlace al texto de artículo en PDFDe vacaciones

Enlace al texto del artículo en PDF, reproducción del periódico: De vacaciones UD

 

De vacaciones

Enrique Pallarés Molíns

Doctor en Psicología. Profesor emérito de la Universidad de Deusto

 

Publicado en El Correo. Domingo, 16 de julio del 2017. Página 37

Los anuncios de la operación salida, el letrero ‘cerrado por vacaciones’, las conversaciones sobre fechas y lugares, los preparativos para los viajes, las retenciones en el tráfico, etc., forman parte del ambiente de julio y agosto. Meses de intenso trabajo para las agencias de viaje, la hostelería, los agentes de tráfico y el personal de ayuda en carretera. Vacaciones con diferentes opciones, según los recursos económicos y el interés: viajes nacionales o al extranjero, estancias en lugares de veraneo (monte o playa), turismo rural… incluso permanecer en el lugar de residencia habitual.

Las vacaciones y los viajes entran en el capítulo de ‘experiencias’, una forma de invertir el dinero que genera mayores dividendos de satisfacción y bienestar que el hacerlo en cosas estrictamente materiales (un automóvil de más lujo, o reloj caro). Aunque algunas investigaciones señalan la relativa brevedad de los efectos positivos de las vacaciones, se pueden prolongar con el recuerdo mental o gráfico y las conversaciones, sobre todo de los ‘momentos dorados’ o especialmente agradables, que hay que procurar que no falten.

Por lo general, las personas anticipan cómo se sentirán durante las vacaciones y luego las recuerdan –cuando resultan satisfactorias en conjunto–, de forma mucho más positiva a como se sienten durante las mismas. Las expectativas y el recuerdo están, pues, inflados respecto a la experiencia real. Esta discrepancia se explica porque, si bien es frecuente que en las vacaciones surgen pequeñas manchas o sombras, estas se olvidan, por lo general, rápidamente. La profesora Elizabeth Loftus, especialista en el estudio de los falsos recuerdos, mostró experimentalmente la facilidad con la que se pueden distorsionar los recuerdos de las vacaciones.

Pero las vacaciones y viajes no solo producen experiencias positivas. Se ha descrito la ‘enfermedad del ocio’ que, según un estudio realizado hace pocos años afecta a un tres o cuatro por cien de las personas –sobre todo perfeccionistas y adictos al trabajo–, y consiste en un aumento del malestar general y la presencia de varios síntomas, como excesiva fatiga, migrañas, dolores de cabeza y musculares difusos, náuseas, precisamente los días de vacación, sobre todo los primeros, y no en los de trabajo. No es correcto, con todo, insistir demasiado en este posible lado oscuro de las vacaciones y viajes, ya que afecta solamente a un porcentaje muy limitado de personas. Para la gran mayoría, lo peor de las vacaciones es que tienen un final, y su peor momento es cuando terminan.

Muchos buscan en las vacaciones y en los viajes sentirse más felices. Y es cierto que pueden servir para aumentar la auténtica felicidad que incluye, según el profesor Martin Seligman, además de una vida agradable o placentera, una vida comprometida y una vida con sentido. Sentirse bien y disfrutar es tal vez el aspecto que más se asocia a la felicidad y consiste en el predominio de las emociones positivas sobre las negativas. Es mantener el buen estado de ánimo general, incluso cuando el tiempo u otras circunstancias son menos favorables. Pero, además, las vacaciones, y de forma especial lo viajes, ofrecen experiencias que pueden absorber totalmente la atención del que contempla espectáculos naturales (aunque sean cotidianos: puesta del sol, cielo estrellado), monumentos artísticos, contacto con otras culturas; o realizar actividades única o principalmente por la satisfacción que se experimenta en ello; por ejemplo, la lectura, o relectura, de un libro que nos cautiva. Mayor posibilidad estos días de practicar las aficiones personales, aquellas en las que uno se sumerge espontánea y plenamente, casi perdiendo la noción del tiempo.

También las vacaciones y los viajes ofrecen la ocasión para realizar o intensificar algunas actividades y experiencias que dan sentido pleno a la propia vida, como son la convivencia familiar y la amistad. Y, en general, para utilizar las propias fortalezas al servicio de algo que va más allá de nosotros. Días también propicios para la reflexión tranquila, reajustar metas y comprometernos con lo que realmente es valioso y consistente; para poner en orden y paz nuestro interior, así como para situarnos de forma más positiva ante la vida.

Así, pues, las vacaciones y los viajes no tienen como única finalidad la diversión o la reparación de la fatiga acumulada durante los meses de trabajo; sirven para mucho más. Son una buena ocasión para el crecimiento personal; una posibilidad para aumentar de modo estable y firme la auténtica felicidad. ¡Felices vacaciones!

Publicado en Autoayuda, Bienestar psicológico, Bienestar subjetivo, EL CORREO, Enfermedad, Enrique Pallarés, Enrique Pallarés Molíns, Familia, Felicidad, Lectura, Psicología Positiva | 2 comentarios

Eróstrato y erostratismo

Erostrato Título

¿Es posible realizar acciones destructivas y criminales con el fin principal de hacerse famoso?

 

Enlace al texto en PDF: El_Correo_Bizkaia_39_17_06_2017_UD

 

Eróstrato y erostratismo

Enrique Pallarés Molíns

Doctor en Psicología. Profesor emérito de la Universidad de Deusto

 

Publicado en el diario El Correo: Sábado, 17 de junio del 2017. Página 39

El templo que Éfeso erigió a la diosa Ártemis (Diana), con Creso como sponsor, figuraba merecidamente entre las Siete Maravillas del mundo antiguo. Era famoso por su estructura y dimensiones, numerosas y bellas columnas, ricos materiales, y también por las esculturas y el tesoro que acogía. Su construcción duró más de cien años y suscitaba la admiración y el asombro de los visitantes. Pero no de todos. Eróstrato, un pastor desconocido, lo miró de otra manera y lo incendió el año 365 a. C., la misma noche que, según Plutarco, nació Alejandro Magno. Confesó tras la detención que había incendiado el templo para hacerse famoso y que su nombre perviviera en el futuro. Fue condenado a muerte y se decretó la misma pena para quien mencionase su nombre (Recuerda la ‘damnatio memoriae –condena del recuerdo– del derecho romano).

No se cumplió la segunda parte de la sentencia. El historiador coetáneo Teopompo de Quíos menciona la acción de Eróstrato sin omitir su nombre. Posteriormente, se hacen eco de esta fechoría, además del historiador romano Valerio Máximo, Cicerón, Cervantes, Gracián, Lope de Vega, Víctor Hugo, Chéjov, Unamuno, Freud, Sartre, Terenci Moix y otros más. El cine también le reservó un espacio. El diccionario de la Real Academia incluye el término ‘erostratismo’ y lo define como «Manía que lleva a cometer actos delictivos para conseguir renombre». Lamentable paradoja: se conoce el nombre del incendiario del templo, pero no el del constructor.

Conseguir renombre es un motivo presente a lo largo de la historia, que se expresa con diferentes conductas, unas más adaptativas que otras. Para llegar al reconocimiento de Guinness –una manera de ser famoso– algunos realizan acciones inverosímiles, como la de colocar en su cuerpo un millón de abejas. ¿Es posible, sin embargo, que alguien recurra a cometer un acto delictivo ‘para conseguir renombre’? Cualquier conducta es el resultado una compleja red de motivos; a veces sobresale el de buscar notoriedad. «Si no consigo destacar en lo bueno, destacaré en lo malo». Lo importante es destacar, aunque la fama conseguida sea la infamia. Un camino equivocado y desafortunado de intentar elevar la autoestima.

Sirhan Sirhan declaró tras asesinar a Robert Kennedy: «Me podrán llevar a la cámara de gas, pero ahora soy famoso. He conseguido en un día lo que le llevó a Kennedy toda la vida». El joven Robert Hawkins, tras perder el trabajo y la novia, escribió la víspera de matar a ocho personas, herir a más y matarse a sí mismo en un centro comercial de Omaha (Nebraska) «Soy una mierda. Pero ahora seré famoso». Albert Borowitz, en una documentada revisión del personaje Eróstrato y del erostratismo analiza, sin pretender agotar la lista, más casos de discípulos de Eróstrato: destructores, asesinos y terroristas.

La destrucción se convierte en el medio por el que un ‘don nadie’, con frecuencia también un resentido, pretende ser un ‘Don Alguien’. Busca notoriedad: para sí mismo –alucinatoriamente percibida cuando pierde su vida en la acción– o para el grupo con el que patológicamente se identifica. Los medios y las redes sociales pueden reforzar y completar el objetivo de quien busca renombre con este tipo de actos. ¿Imponer una censura? No, pero sí invitar a una reflexión profunda y constante para armonizar la necesaria función de informar y la de evitar recompensar, con una atención especial y publicidad gratuita, a los que buscan por una vía errada, y de modo errático, saciar su insaciable apetito de renombre.

El erostratismo se puede extender a acciones no reconocidas oficialmente como delictivas. Si el templo de Ártemis era digno de admiración y respeto, también existen importantes valores e instituciones sociales –fruto de esfuerzos comunes y de difíciles consensos–, que merecen el reconocimiento y el respeto de todos por ser la base y el motor de la convivencia. El «Destruam et aedificabo» («Destruiré y edificaré»), que el pensador anarquista Proudhon adoptó como lema, se reduce fácilmente a «destruiré». Destruir es más simple y rápido que edificar. El templo de Ártemis, cuya construcción duró más de un siglo, fue destruido en una noche; un parque natural, formado durante siglos, se reduce a cenizas en pocos días.

No añadir más odio –no escasea este combustible en los incendiarios– ni el premio de la atención extra, aunque sí una enérgica condena, será la mejor estrategia para evitar que los émulos de Eróstrato alimenten hoy su voraz, resentido e hinchado, aunque frágil ego, con el humo y la ceniza de los incendios que provocan o intentan provocar.

 

Publicado en Autoestima, EL CORREO, Enrique Pallarés, Enrique Pallarés Molíns, Psicología Social, Psicopatología | Etiquetado , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , | 2 comentarios

Mayo, el mes florido

Mayo el mes florido titulo imagen

 

Enlace al texto del artículo en formato PDF (como aparece en el periódico): Mayo, el mes florido UD

 

Mayo, el mes florido

Enrique Pallarés Molíns

Doctor en Psicología. Profesor emérito de la Universidad de Deusto

Publicado en EL CORREO. Domingo, 14 de mayo del 2017

 

Según el calendario de la Revolución Francesa estamos en el octavo mes del año, floreal –del 20/21 de abril a 20/21 de mayo–, al que seguirá pradial –del 20 de mayo al 18 de junio–. Mayo, ¡mes de las flores y de los prados! Lo cantó, en los albores de la poesía castellana, el autor del Libro de Alexandre: «El mes era de Mayo, un tiempo glorioso,/ cuando facen las aves un solaz deleitoso,/ son vestidos los prados de vestido fermoso,…». La naturaleza luce su encanto y atractivo peculiar en cada estación del año; pero con la primavera su fuerza, oculta y latente durante el invierno, se abre y estalla de forma tan fastuosa que resulta difícil sustraer los sentidos de este variado, bello y siempre original espectáculo. La temperatura agradable, sin excesivo frío ni calor, invita a ponerse en contacto directo con la naturaleza, ahora vestida de gala. De todos los regalos que ella nos ofrece destacan las flores por su variedad y colorido: plantas con flores y árboles floridos; flores precursoras de esquistos frutos y de fragantes perfumes.

Casi todas las culturas han concedido y conceden un papel relevante a las flores, por lo que sugiere la Psicología Evolucionista que tuvieron y tienen alguna importante función adaptativa. Están presentes a lo largo de la vida humana: al nacer inundan las habitaciones maternales, y no faltan en las bodas ni en la muerte o en otras celebraciones sociales importantes. Constituyen el lenguaje de amor y de la amistad, pues con ellas se puede expresar respeto y afecto.

Porque las flores no solamente sirven para que liben su néctar las abejas, adornen los parques, jardines, casas y lugares de reunión, o para que las pinten los pintores y las canten los poetas. No son un lujo ni puro ornato: también resultan saludables. Los profesores Seong-Hyun Park y Richard H. Mattson comprobaron el efecto terapéutico de las flores al comparar el proceso de recuperación posoperatoria de dos grupos de pacientes, en cuyas habitaciones, asignadas al azar, en un caso se podían ver flores y plantas y en el otro, no. Los del primer grupo necesitaron menos analgésicos y su presión arterial y tasa cardíaca fueron más bajas que en el segundo grupo. A parecidas conclusiones había llegado años antes el profesor Roger Ulrich, mundialmente conocido por sus estudios sobre la importancia del entorno físico en la salud.

La profesora Jeannette Haviland-Jones, especialista en el estudio de las emociones humanas, y sus colegas demostraron con varios experimentos el efecto positivo, inmediato y duradero de las flores en el estado de ánimo –por ejemplo, inducen la sonrisa de Duchenne o sonrisa auténtica– y en la sensación de bienestar personal o felicidad. Observaron también que, colocadas en los lugares más visibles de la casa, fomentan los sentimientos positivos en los visitantes y favorecen la comunicación cordial con ellos.

El dramaturgo y escritor George Bernard Shaw recibió un día en su casa la visita de una conocida aristócrata, admiradora suya y amante de las flores. Al despedirse, le pregunto extrañada: «Me sorprende, Mr. Shaw, no ver flores en el interior de su bella mansión. ¿Es que no le gustan las flores?». Bernard Shaw respondió: «Por supuesto que me gustan las flores, estimada señora; ¡me encantan! También quiero mucho a los niños, pero no corto sus cabecitas para ponerlas en el salón». ¿Una muestra más de la aguda ironía y siempre oportuna ocurrencia de Bernard Shaw?, ¿o una invitación a no cortar las flores y dejarlas en su medio natural, donde todos las puedan contemplar y disfrutar?

Es verdad que las flores están presentes incluso en el ambiente polucionado de la ciudad y accesibles en las floristerías. Pero es preferible contemplarlas en la naturaleza, en su propio medio, en ese marco incomparable que las acoge, las realza y al que, a su vez, colorean y embellecen. Flores sencillas –aunque también hay orquídeas silvestres–, espontáneas y variadas, con frecuencia distribuidas al azar en el verdor de la hierba, creando una armoniosa sinfonía de colores y olores, completada por el aire limpio, las aguas trasparentes y el canto de las aves. Escuchemos una orden tajante, como la de Júpiter a Orestes en Las moscas de Jean-Paul Sartre: «¡Vuelve a la naturaleza, hijo desnaturalizado!»; y escuchemos a la vez la invitación a contemplar y ‘saborear’ las flores con la vista y el olfato. Sobre todo, permitamos que las flores se proyecten en nuestro interior y coloreen nuestro espíritu, teñido a veces con la monocromía del gris, o ahogado por la oscuridad de la tristeza.

 

Publicado en Bienestar psicológico, Bienestar subjetivo, EL CORREO, Enrique Pallarés, Enrique Pallarés Molíns, Psicología Positiva, Uncategorized | Etiquetado , , , , | 1 Comentario

Los libros nos esperan

Los libros nos esperan Titulo

Enlace al texto del artículo en PDF: Los libros nos esperan UD

Los libros nos esperan

Enrique Pallarés Molíns

Doctor en Psicología. Profesor emérito de la Universidad de Deusto

Publicado en el diario EL CORREO. Domingo, 23 abril, 2017. Día Mundial del Libro

La presencia de los libros hoy en la calle, además de una iniciativa comercial en el Día Mundial del Libro, es la imagen de la disponibilidad permanente del libro. El libro ha desempeñado y desempeña un papel esencial en nuestra formación intelectual y humana, así como en el progreso de la civilización. Es el amigo fiel que instruye y recrea, que nos acerca la experiencia, la investigación y la creatividad de muchas personas de diferentes tiempos y lugares; que nos libera de la ignorancia y nos guía en la búsqueda de la verdad. A cualquier hora está dispuesto al diálogo y a responder a nuestras dudas. Es el consejero fiel, discreto y respetuoso, que sugiere sin imponer. Con todo, el libro vive en la actualidad un momento de incertidumbre. ¿Sobrevivirá a la era digital y de la imagen? ¿Morirá el libro, precisamente, por un exceso de libros? ¿o por la disminución de lectores?

En 1935 decía Ortega y Gasset a los participantes en el Congreso Internacional de Bibliotecarios: «Hay demasiados libros». La producción bibliográfica en España desde entonces ha pasado de unos 5.000 títulos en 1934 a los más de 81.000 en 2016. No parece, pues, que sea inminente el fin de la galaxia Guttenberg y del homo typographicus, la muerte del libro. Pero Ortega no se refería tanto al exceso en cantidad como al descenso de la calidad, al peligro que trae consigo la facilidad de imprimir un libro y la consiguiente edición de libros movida por el interés económico o por el prestigio. Así, surgen los falsos libros, «unos objetos impresos que se benefician de su externo parecido con el verdadero libro». Ya en 1477, a pocos años de la invención de la imprenta, Hieronimo Squarciafico, humanista y editor veneciano, expresó su preocupación por las consecuencias de este crucial invento: «La abundancia de libros hará a los hombres menos estudiosos». Es decir, más superficiales.

Entonces, ¿cuantos más libros, peor? Se atribuye, entre otros, a Tomás de Aquino la frase «Temo al hombre de un solo libro» («Hominem unius libri timeo»). Frase que unos entienden como un aviso para evitar que la formación personal se limite a un solo libro, se cierre a otras perspectivas y se atrinchere en una actitud dogmática. Pero también se puede entender como el temor a ser derrotado en un debate intelectual con quien ha profundizado en uno o pocos libros, y ha conseguido así evitar la dispersión y estructurar bien su mente.

El remedio al exceso de libros no está en implantar una censura de calidad que impida hacer gemir las prensas a todo candidato a libro que no supere la mediocridad. Es el lector quien debe realizar esta tarea, porque el libro solo es libro por el lector que lo lee y revive. Un libro, sin el concurso vivificante del lector, es un mero objeto, solo una cosa. El lector, al seleccionar los libros, actúa de juez regulador de la producción bibliográfica, siempre que no se deje guiar por la moda y la publicidad. Que no por leer ‘lo último’ olvide ‘lo primero’ en calidad, es decir, esas obras sin caducidad, que han sobrevivido al paso de los años y de los siglos: los libros de solera.

Hoy es de obligado recuerdo, por celebrarse el aniversario de su muerte, la obra perenne de Shakespeare y de Cervantes. Pero también la de otros grandes autores en las diferentes áreas de la creación literaria y del saber. Porque hay libros que no vale la pena leer, otros que conviene leer, y algunos para releer e incluso aprender. Estos grandes libros no se suelen ver en los escaparates ni entre las novedades, aunque siempre están discreta y fácilmente disponibles. Dice Ítalo Calvino que los libros en las bibliotecas hablan entre ellos y que el buen lector escucha esa conversación. Así es. El buen lector dialoga con el autor y escucha ese interesante coloquio de los libros, coordinado y vertebrado por unos cuantos libros básicos, bien leídos y aprendidos, que forman las estanterías y los plúteos de nuestra mente.

El libro puede resistir temperaturas superiores a los 451 grados Fahrenheit, pero no sobrevive al olvido ni a la frívola superficialidad de tomarlo como un objeto más de moda y de consumo. Los medios digitales, bien utilizados –sin olvidar los derechos de autor–, no matarán el libro. La digitalización e internet ponen, incluso, a nuestro alcance bibliotecas y libros que antes resultaban de imposible o de muy difícil acceso. Además, se puede alternar de forma equilibrada el ‘cliquear’ con el paso lento y acariciador de las hojas de este amigo incondicional, cuya fiesta hoy celebramos. Con gratitud: ¡Felicidades, amigo! ¡Por muchos años!

Artículo relacionado, publicado en mayo del 2015: Libro electrónico o libro de papel b

 

Publicado en Diferencias humanas, EL CORREO, Enrique Pallarés Molíns, Lectura | Etiquetado , , , , | 2 comentarios

La nariz de Pinocho. Verdad y no verdad

Pinocho

Pinocho (Pinocchio). A la puerta de la juguetería del mismo en la calle Henao de Bilbao

 

Enlace al archivo con el texto del artículo en PDFLa nariz de Pinocho UD

La nariz de Pinocho

Enrique Pallarés Molíns

Doctor en Psicología. Profesor emérito de la Universidad de Deusto

Publicado en EL CORREO. Domingo, 9 de abril del 2017. Página 45

Pinocho es uno de los personajes de ficción más populares. A este muñeco o marioneta, sumamente estilizado, además de sufrir varias desgracias, le crece todavía más su larga nariz al decir una mentira. Si al ser humano le creciera la nariz por mentir, el soneto de Quevedo «Érase un hombre a una nariz pegado…» dejaría de ser una serie de hipérboles relativas a una nariz concreta, para ser solo un pálido reflejo de la realidad. Porque la mentira tiene el don de la ubiquidad y forma parte de la vida diaria: en la pareja y en la familia, entre amigos y conocidos, en la empresa y en las organizaciones, en los medios de comunicación y, por supuesto, en la actividad política y judicial. Sin olvidar que también, a veces, nos mentimos a nosotros mismos, o llegamos a creer nuestras propias mentiras.

Durante el proceso de socialización se inculca que mentir es reprobable, pero, a la vez, se muestra la mentira como algo natural y con frecuencia se la premia. Y no me refiero a la ‘mentira blanca’ o de cortesía, cuyo objetivo principal es agradar a otra persona –un elogio poco realista–, sino a la mentira grave o perjudicial.

La psicología estudia científicamente la mentira y ha elaborado instrumentos para detectarla. Los estudios de la profesora de Psicología Social Bella DePaulo y sus colegas señalan que lo más frecuente es que se pretenda conseguir con ella recompensas psicológicas (respeto, estima, afecto, etc.), pero también la promoción personal, librarse de castigos, ejercer poder, conseguir bienes materiales, etc. Los participantes en el estudio pensaban que los demás mentían más que uno mismo, es decir, perspicacia con la nariz del otro y miopía con la propia.

El profesor Paul Ekman, reconocido como uno de los psicólogos más influyentes del siglo veinte, en sus estudios sobre la expresión facial de las emociones ofrece importantes criterios y pistas para descubrir la mentira. También el polígrafo (‘detector de mentiras’) o los potenciales evocados –onda P300–, han supuesto un avance importante. Pero estos procedimientos tratan de detectar la mentira indirectamente, al registrar los cambios corporales o de la actividad cerebral ante determinadas preguntas o estímulos. Ninguno de estos procedimientos es infalible; la mentira, hábil y esquiva, puede encontrar un resquicio para colarse; y tampoco siempre es posible acudir a la ayuda de estos métodos, aunque en algunas ocasiones resultaría altamente deseable.

Además, no es suficiente con identificar la mentira; es más importante evitar su aparición. Crear un clima social en el que la mentira no sea recompensada, a la vez que fomentar y reforzar el valor de la verdad y de la autenticidad, base de la realización personal y de la convivencia social. Huir de la verdad, eludirla, o aceptar que estamos en la ‘posverdad’ con la misma naturalidad que hablamos de ‘posromanticismo’, constituye un suicido moral, social y personal. El romanticismo terminó como movimiento literario y cultural; pero no la verdad. La verdad no es un estadio superado. No estamos, pues, en la era de la ‘posverdad’, sino todavía en la de la ‘pre-verdad’; en la búsqueda de la verdad, que exige un diálogo sincero y no excluyente, en el que se escuche al otro y no los propios prejuicios. Pero una verdad constructiva, y no un remedo o sesgo de verdad utilizado como arma arrojadiza.

La frase «Una mentira repetida mil veces se convierte en una verdad», utilizada por Lenin y por Göbbels, o su versión actual «Una mentira, cargada de emoción y difundida en las redes sociales o en una tertulia televisiva, se convierte en verdad, aunque contradiga los hechos», constituye una grave amenaza. Una sociedad fundada sobre esta base, como a veces se pretende, daría carta blanca a la mentira y llevaría a la quiebra total de la convivencia democrática y de la paz interior. Nos transformaríamos en una turba de narizotas afiladas que se hieren y dañan entre sí; una pesadilla hecha realidad.

Advierte Baltasar Gracián que la mentira suele estar más aparente que la verdad: «Es el engaño muy superficial, y topan luego con él los que lo son». Por eso invita el jesuita aragonés a «mirar por dentro»; a la reflexión que lleva a ir más allá de las apariencias y de la mera emoción; a educar y a educarse en la autenticidad y en la coherencia. Como resumen, conviene escuchar, una vez más, el último de los consejos de Polonio a su hijo Laertes, en el acto primero de Hamlet: «Y, sobre todo, sé sincero contigo mismo; y de esto se seguirá, como la noche sigue al día, que no serás capaz de mentir a nadie».

Publicado en EL CORREO, Enrique Pallarés Molíns, Psicología, Psicología Positiva | Etiquetado , , , , , , | 1 Comentario