Nepal

lazo_lutoTras las cifras, las personas.

 

 

 

 

 

 

nepal-5_xoptimizadax--320x320El dolor de cada una de  las personas por encima de la noticia de las cifras

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En Logroño: Espacio Santos Ochoa

Logroño 21-ABR-Espacio-Santos-OchoaMañana, 21, martes, hablo en Logroño, en Espacio Santos Ochoa.

 

 

 

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Lampedusa (Mediterráneo) y una cita de Arthur Koestler

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«Un perro aplastado por un coche afecta a nuestro equilibrio emocional y a nuestra digestión. Tres millones de judíos muertos en Polonia no nos proporcionan más que un ligero malestar… Conozco a una persona que ha intentado atraer la atención del mundo sobre esto: antes de cada mitin se aislaba en una habitación, cerraba los ojos y se imaginaba con precisión que iba a ser asfixiado con vapores de ácido cianhídrico en un tren de exterminacio o que tenía que cavar su tumba y hacer frente a una metralleta cuyo tiro era impreciso y caprichoso… Creo que habría que imitar ese ejemplo. Dedicar dos minutos por día a esta clase de ejercicio, con los ojos cerrados, después de haber leído el periódico. Estos momentos son más necesarios que la gimnasia y que los ejercicios respiratorios de yoga».

(Arthur Koestler, Le yogi et le commissaire)

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Invitación a mi conferencia en San Sebastián

ElkarLos organizadores de mi conferencia han preparado esta invitación, que con mucho gusto os comunico.

La memoria. Guía para su conocimiento y práctica

17 de abril, viernes. 18:30 h.

Sala Elkar. Fermín Calbetón. San Sebastián.

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Tercer ‘ismo': el edadismo

Artículo publicado en el diario El Correo. 8 de marzo de 2015. Página 45

Enlace al téxto en PDF: página 45 de El Correo: Q__ELCORREO_2015_03_08_VIZ045

Enlace al texto en PDF: Solo artículo: Tercer ismo El edadismo

Tercer ‘ismo’: el edadismo

Enrique Pallarés Molíns
Doctor en Psicología. Profesor emérito de la Universidad de Deusto

«Finalmente, resulta necesario que todos –incluyendo los mayores– nos esforcemos por ver a las demás personas con los lentes que resalten su singularidad, y en abandonar las que homogenizan y etiquetan por pertenecer a un grupo de edad, sexo, raza, etc.».

Edadismo es la traducción más extendida de ‘ageism’, término propuesto en 1969 por el gerontólogo norteamericano Robert Butler, para referirse a una visión estereotipada, inexacta e incorrecta del grupo de personas mayores –aunque también podría aplicarse a otros grupos edad–, asociada a una actitud negativa o no adecuada hacia ellas. La mayor visibilidad de la edad, la raza y el sexo, hace que surjan con facilidad e intensidad los estereotipos relativos a estas tres características. Pero, en comparación con el racismo y el sexismo, el edadismo no solo ha sido menos estudiado, sino también menos denunciado, y todavía ignorado por el diccionario de la Real Academia. A pesar de que este «tercer ismo», como observa el gerontólogo Erdman Palmore, afecta o afectará a todos sin excepción –salvo al que no llegue a viejo–, y no solo a los de un sexo u otra raza.

No todos son atributos negativos, pero sí generalizaciones que desdibujan la singularidad y confunden el envejecimiento normal con el del minoritario subgrupo patológico. Entre estas creencias está el que los mayores son depresivos, chochean, son iguales, viven solos, son como niños; pero también: son cariñosos, o son sabios. Ser hombre, poderoso o famoso, ‘suaviza’ el estereotipo edadista; mientras que ser mujer lo magnifica.

El edadismo no siempre es deliberado ni siempre resulta de un rechazo a los mayores. Se ha descrito un ‘edadismo compasivo’ en el que un trato muy amable encubre la percepción de toda persona mayor como un ser frágil y vulnerable. Así, el dirigirse a un mayor con una entonación y expresiones excesivamente ‘acomodadas’, como si fuera un niño pequeño. O el reconocimiento retórico «a todo su trabajo realizado», con el mensaje implícito de que se abstengan de intervenir en el futuro.

Surge el edadismo como un producto de los cambios sociales. Las personas mayores, muy valoradas en las sociedades preindustriales, donde constituyen la verdadera reserva del saber y de experiencia, son vistas en una sociedad dominada por la velocidad, el cambio rápido, la productividad y la exaltación de lo joven, como freno para el progreso, competidores en los puestos de trabajo, en los recursos económicos y en el ascenso en la escala social. La teoría del manejo del terror, por su parte, explica las reacciones del ser humano al enfrentarse con la muerte; una de ellas es el huir o no ver todo lo que la recuerda, de alguna manera, como es la vejez. La visión que dan de los mayores el cine y los medios ayuda a propagar y perpetuar las actitudes edadistas.

El estereotipo sobre los mayores se prolonga en discriminación, a un nivel personal e institucional, y alcanza su punto culminante en las diferentes formas de maltrato. Pero, tan grave o más es la asimilación y apropiación que hace la persona mayor de este estereotipo, es decir, el hecho de que también lo cree, e incluso lo defiende. Como dice la profesora Becca Levy «es el enemigo dentro». Por ejemplo, un olvido –normal a cualquier edad–, muchos mayores tienden a interpretarlo como típico de la vejez («¡Son los años!»). O la autodiscriminación: «¡Esto ya no es para mí!». Además, algunos tratan de negar la edad de varias formas: rebajar los años, obsesionarse en mostrar un aspecto joven, iniciar tratamientos ‘anti-vejez’, con frecuencia tan costosos como ineficaces –o perjudiciales–, etc.

Es necesario que las declaraciones de los organismos internacionales y las normas legales reprueben con contundencia la discriminación basada en la edad. Neutralizar el edadismo no es tarea fácil, dado lo arraigadas y automatizadas que están estas creencias. Por eso, hay que comenzar por hacerlas conscientes y concretarlas. El conocimiento científico del proceso de envejecimiento, que enfatiza su carácter diferencial, resulta imprescindible en cualquier intervención contra el edadismo. La distancia refuerza los estereotipos, mientras que la cercanía empática los debilita; de ahí la importancia de fomentar el diálogo intergeneracional. De hecho, la actitud es más positiva con las personas mayores queridas. También convendría permitir o poner a los mayores en situaciones en que su mismo rendimiento socave las conclusiones edadistas. Finalmente, resulta necesario que todos –incluyendo los mayores– nos esforcemos por ver a las demás personas con los lentes que resalten su singularidad, y en abandonar las que homogenizan y etiquetan por pertenecer a un grupo de edad, sexo, raza, etc.

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Enlace a la última entrada de mi segundo blog

Os invito a leer la última entrada de mi segundo blog. Impresiones y sensaciones ante un cuadro de Adolfo Guiarad. El enlace es:

https://enriquefranciscopallares.wordpress.com/2015/03/04/la-aldeanita-del-clavel-rojo/

 

 

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Anuncio de mi conferencia sobre la memoria en Bilbao

Aula Cultura BilbaoLunes, 2 de marzo, 20 h. Salón El Carmen (Plaza de Indautxu). Bilbao

Organiza: Fundación Vocento y Ediciones Mensajero

Entrada libre hasta completar aforo.

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15 de febrero: Día Internacional del Cáncer Infantil

Cancer infantil13 de febrero: Día Mundial de la Radio; 14 de febrero: Día de los enamorados y del amor. ¿Y el 15 de febrero? Menos visible, o mejor dicho, menos popular, hasta el punto de que puede quedar olvidado, el 15 de febrero es el Día Internacional del Cáncer Infantil. Una enfermedad no tan frecuente, es verdad, en los niños como en otras edades, pero presente y de forma significativa. No voy a comparar porcentajes ni extenderme en amplias consideraciones. Solo unas pocas palabras de cariño.

Aunque al principio suene algo raro, estos niños con cáncer son ‘niños de oro’. Sí, de oro. Lazo dorado y medalla de oro como los campeones. El emblema del día, el lazo dorado, así lo hace visible y nos lo muestra. De oro por su empeño en curarse; de oro por su sonrisa y limpio corazón; de oro por su fortaleza frente a la enfermedad y ante la vida. De oro también, porque son la ocasión para que sus padres, hermanos, abuelos, familiares, personal sanitario y amigos activen, expresen y practiquen lo más noble que hay en el corazón humano: el oro de la solidaridad con el que más lo necesita; con el niño, con el enfermo; en este caso con el niño enfermo.

Lazo de dorado en nuestro pecho y en nuestro corazón. Día de solidaridad, nuestra y de toda la sociedad, para que se destinen los recursos necesarios en la lucha contra esta enfermedad. Nuestro cariño, empatía y simpatía con los niños que padecen esta enfermedad y con los muchos que la han vencido.

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Olvido y memoria: ¿opuestos o complementarios?

Texto del artículo sobre el olvido en relación con la memoria, que ayer (10 de febrero) publicó el diario El Correo en todas sus ediciones.

Enlace al mismo texto en formato PDF: Arte del olvido

 

El Correo. 10 de febrero del 2015. Página 34

¿Un ‘arte del olvido’?

Enrique Pallarés Molíns
Doctor en Psicología. Profesor emérito de la Universidad de Deusto

A pesar de la actitud ambigua actual hacia la memoria, a nadie le extraña que se fomente su mejora. Pero, ¿resulta sensato siquiera plantearse la posibilidad de un ‘arte del olvido’, de un conjunto de estrategias para olvidar? ¿Convendría dejar de considerar el olvido solo como la antítesis indeseable de la memoria? Harald Weinrich, en su erudito y sugerente estudio cultural del olvido, define al hombre como ‘animal obliviscens’, ‘animal que olvida’. Théodule-Armand Ribot, afirmó en 1881, en Las enfermedades de la memoria, que «el olvido, salvo en ciertos casos, no es una enfermedad de la memoria, sino la condición de su salud y vida».
Cuenta Cicerón que Simónides de Ceos, poeta griego al que se le atribuye la invención del método de los lugares –técnica mnemónica todavía en uso–, se ofreció al general y estadista ateniense Temístocles para adiestrarle en el ‘arte de la memoria’. Temístocles, dotado al parecer de una excelente memoria –según Plutarco conocía por su nombre a cada uno de los atenienses–, rehusó este ofrecimiento alegando: «Prefiero el arte de olvidar; porque recuerdo lo que no quiero y no soy capaz de olvidar lo que quiero». Retener todo, y con la misma intensidad, no favorece el aprendizaje significativo ni resulta positivo para la salud mental y las relaciones sociales.
Funes el Memorioso, personaje de uno de los relatos de Jorge Luis Borges, que tenía la facultad –o la desgracia– de retener toda la información que captaba, se quejaba amargamente: «Mi memoria, señor, es como un vaciadero de basuras». Parecido era el problema de Salomon Shereshevesky, prodigioso mnemonista, que acudió al neuropsicólogo ruso Alexander Luria en busca de remedio al sufrimiento que le producía el no poder olvidar. Un principio esencial del aprendizaje es el borrado o desvanecimiento de la información irrelevante. Junto a la ‘mnemotecnia’ tendría su sitio la ‘letotecnia’, neologismo acuñado por Luria, derivado del mitológico río Leteo, el río del olvido.
El olvido ocurre con facilidad cuando se intenta recordar un dato, y resulta muy difícil si se desea olvidar algo negativo. Como dice Baltasar Gracián, «No solo es villana la memoria para faltar cuando más fue menester, pero necia para acudir cuando no convendría: en lo que ha de dar pena es prolija y en lo que había de dar gusto es descuidada». Poco antes, afirma Gracián que el olvido es más ‘dicha’ que ‘arte’. Pero una ‘dicha’ que se puede atraer, al menos parcialmente.
Algunos se esfuerzan sin éxito por liberarse de la pervivencia dolorosa del pasado; es más, precisamente el mismo esfuerzo ansioso por olvidar puede llevar, en palabras de Daniel Wegner, al ‘proceso irónico’ de avivar y perpetuar esa desazón interior. Un primer paso es permitir a ese recuerdo molesto que ‘vaya y venga’ –sin esforzarse en rechazarlo, pero tampoco en llamarlo–, para que así termine por someterse a la ley general del olvido. Salvo en la ficción, resulta imposible revertir el tiempo y rehacer el pasado. Pero es posible cambiar la actitud hacia ese pasado, sobre todo cuando amarga el presente y constituye un lastre para el futuro. Aceptar nuestros errores pasados y aprender de ellos, así como perdonar y perdonarnos, son algunas de las estrategias que ayudan a reescribir nuestro pasado y a olvidar o desactivar, de forma sana y realista, experiencias del pasado que nos inquietan.
La era digital ha introducido cambios importantes, no solo en la función de la memoria, sino en la posibilidad del olvido. La multiplicación, simple e instantánea, de los archivos electrónicos resulta deseable en cuanto posibilita el acceso rápido a todo tipo de información. Pero también lleva a que nuestra información personal quede registrada, sin que podamos cancelarla ni controlar su uso. ¿Es necesario un ‘olvido digital’? El escritor suizo Hugo Loetscher propuso una fiesta de la liberación, en la cual se aplicaría, de forma generalizada, el comando ‘delete’: un borrado total y definitivo. Esta propuesta, más utópica que realista, prevista para el 31 de diciembre de 1999, no se cumplió. Es más, hoy contemplamos impotentes cómo nuestra información personal se archiva ‘en la nube’ con caracteres indelebles. Tal vez, solo nos queda clamar sin cesar para que los legisladores y gobernantes no olviden nuestro derecho al olvido.
El olvido puede también resultar saludable en una sociedad contra los excesos y distorsiones de la memoria. Pero, ¿cómo concretar lo que se puede olvidar del pasado? Además, con frecuencia, en lugar de por el olvido natural del pasado se opta por su manipulación: una forma perversa de olvido. El pasado, en lugar de maestro, se convierte en arma arrojadiza. Aquí no sirven las aguas del Leteo, la flor del loto ni cualquier otro remedio mágico. Tampoco sería deseable una amnesia general. Para guiar un proceso de olvido saludable son necesarios, más bien, entre otros, los valores de la justicia, la verdad y la tolerancia. Se evitará así que un exceso de memoria se transforme en el tóxico letal del resentimiento y del odio.
Umberto Eco, en una reunión informal, planteó con ingenio y humor la posibilidad de un ‘ars oblivionalis’, un ‘arte del olvido’, contrapunto al ‘ars memoriae’, practicada con éxito durante siglos. Especuló, incluso, sobre el departamento universitario al que se debería adscribir esta materia. ¿Una disciplina oxímoron, es decir, contradictoria en sí misma? El especialista en semiótica llega a la conclusión que ya adelanta en el título del ensayo: ¿Un arte del olvido? Olvídala. Pero el olvido resulta necesario, y también el ‘arte del olvido’, porque el olvido puede ser, en lugar de enemigo, un excelente complemento, incluso una función esencial de la memoria.

"FIESTA DEL OLVIDO" ("FESTA DO ESQUECEMENTO")Fotografía del río Limia en Orense. (publicada en el Norte de Castilla).Recreación actual de una leyenda romana sobre el olvido.

Los romanos creían que este río gallego era el río Leteo (o Lete) del Hades –el río cuyas aguas provocaban, según la mitología clásica de ultratumba, el olvido de los recuerdos de la vida pasada –, y por eso le llamaban río Lethes. Se cuenta que, en el año 138 a.C., el general romano Décimo Junio Bruto, encontró un grave obstáculo en sus campañas militares gallegas porque sus soldados, debido a esa falsa identificación, se oponían a cruzar el río Lethes-Limia por temor a perder la memoria. El general Décimo Junio desmontó esta creencia al cruzarlo él solo y, desde la otra orilla, llamar a cada uno de los soldados por su nombre.

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El mecanismo de defensa de Desplazamiento

En Duplicados (Counterparts), uno de los relatos de Dublineses (1914), James Joyce, describe la personalidad y las reacciones de un padre de familia, Farrington, escribiente de un abogado. Farrington vive frustrado por su monótono trabajo de transcribir documentos legales y por las repetidas críticas y amenazas de Mr. Alleyne, su jefe. Un día, tras una reprensión especialmente dura, al volver a casa golpea violentamente con un palo a su hijo Tom –a pesar de sus lágrimas y peticiones de clemencia–, únicamente porque ha dejado que se apague la lámpara. Podemos suponer que Farrington hubiera golpeado con ganas a su jefe, pero eso le resultaba imposible si quería mantener su puesto y el medio de subsistencia de su familia con cinco hijos. No puede dirigir la ira que le provoca la reprensión de su jefe y, en general, su trabajo, hacia su objetivo natural y espontáneo. Tampoco sabe manejar la ira de otra forma alternativa más adecuada, que sería lo correcto. Por eso, la dirige a un objetivo más fácil: su hijo.

Al leer esta historieta de ficción, seguramente se le ocurrirán a usted otros ejemplos semejantes, pero de la vida diaria o de la historia. Casos en que el débil paga o recibe los golpes en lugar del fuerte. Los ejemplos de lo que ha venido en llamarse «chivo expiatorio» son frecuentes en la vida social, incluso en las relaciones entre países, sin escluir a los niños y adolescentes. Por eso, no resulta necesario ilustrar este artículo con una fotografía o dibujo, pues la imagen o imágenes ilustrativas viene con facilidad y nitideza a nuestra mente.

El psicoanálisis, aunque también otros psicólogos no psicoanalistas, hablan aquí de mecanismos de defensa de Desplazamiento, uno de los mecanismos o procesos mentales que utilizamos para no sentirnos mal o para sentirnos mejor. El mecanismo de defensa de Desplazamiento consiste en la reorientación o redirección de un sentimiento, deseo, respuesta o acción, originariamente dirigida –o que, naturalmente, se dirigiría– a un determinado objeto (persona), hacia otro objeto (persona) que resulta menos amenazador, o más fácil, que al que se dirigiría originariamente. El sentimiento o deseo, que no se puede realizar o satisfacer en una determinada meta u objetivo, se transfiere a otra meta u objetivo o meta sustitutiva –persona u objeto– del original, que resulta más accesible y relacionado con él de alguna manera. Los sentimientos, la acción o respuesta permanecen las mismas, pero cambia el objetivo o meta.

La descarga de la emoción –de ira o de tipo erótico– se realiza en un objeto (persona, animal o cosa) que se percibe como más débil, menos peligroso o más adecuado para recibir la descarga de los sentimientos que aquél al que iba originalmente dirigido, es decir, el que ha inducido el sentimiento o deseo. Como los otros mecanismos de defensa, no se trata de un proceso deliberado y calculado conscientemente, sino que es inconsciente o no del todo consciente. Farrington, al golpear a su hijo, casi seguro que no advierte la verdadera razón de su acción. Con frecuencia ocurre así: resulta más fácil advertir y explicar la conducta de otras personas que la propia. Podemos tener una agudeza visual extraordinaria para observar la puesta en acción de este mecanismo de defensa en otras personas, y a la vez experimentar cierta miopia para detectarlo en nosotros.

¿Sólo se desplazan emociones negativas? No. También se pueden desplazar emociones positivas, aunque la explicación en este caso puede resultar un poco más complicada. Una persona que recibe una buena noticia a través del móvil o de la radio, cuando asiste a un espectáculo o camina por la calle, y abraza al que tiene al lado. De forma semejante, el que desplaza a los hijos el amor dirigido al cónyuge fallecido, o el que desplaza a un animal el afecto o amor –con unas atenciones excesivas y exclusivas–, en lugar de hacerlo a una persona humana, debido a que, por alguna razón, no logra establecer una relación afectiva significativa con otras personas.

(Algunos párrafos de este artículo están tomados del capítulo 7 -Deplazamiento: descargar las emociones donde resulta más fácil- de mi libro dedicado a los mecanismos de defensa. Pallarés Molíns, Enrique: Los mecanismos de defensa. Cómo nos engañamos para sentirnos mejor. Bilbao: Ediciones Mensajero).

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