Vuelta al trabajo y a la escuela

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Vuelta al trabajo y a la escuela

Enrique Pallarés Molíns

Doctor en Psicología. Profesor emérito de la Universidad de Deusto

Publicado en El Correo. Domingo, 3 de septiembre del 2017. Página 41

Se acabaron las vacaciones. Se cierra este paréntesis –para algunos muy breve– del año laboral y escolar. Vuelta a las aulas y al trabajo. Vuelta a los horarios fijos, a las exigencias del trabajo y del estudio. Solemos decir «Vuelta a la normalidad», dando a entender que las vacaciones son algo anormal o extraordinario. De los días azules a los grises.

En estas fechas se habla con frecuencia del ‘síndrome postvacacional’ (‘estrés postvacacional’, o ‘depresión postvacacional’), para etiquetar un conjunto, no bien definido, de reacciones psicológicas de breve duración al retornar al trabajo. Entre ellas, descenso en la motivación y en el rendimiento, cansancio, problemas del sueño, irritabilidad, bajo estado de ánimo, etc. Según los escasos, y no del todo fiables estudios realizados, afectaría a entre el 5 y el 60 por cien de los que se reincorporan al trabajo. Curiosamente, las cifras más elevadas corresponden a las encuestas en las que se pregunta directa y escuetamente «si ha experimentado o no el síndrome postvacacional».

La reincorporación al trabajo después de las vacaciones exige un esfuerzo de adaptación y produce una reacción de estrés de baja intensidad y duración. Es volver a un horario más rígido que el de las vacaciones, a unas exigencias de atención y ejercicio de las habilidades propias de la tarea, a asumir responsabilidades, a la posibilidad de cometer errores, a tensiones con compañeros y superiores.

Pero esto no hay que considerarlo una enfermedad ni es necesario inventar una etiqueta patológica para lo que es, en realidad, un proceso de adaptación normal. Las principales clasificaciones de los trastornos mentales no incluyen el ‘síndrome postvacacional’. Sin embargo, ha adquirido gran popularidad en los medios de comunicación y en las conversaciones cotidianas. Tal vez esta misma popularidad coopera a que algunos sientan lo que creen que se ‘debe sentir’ en estas fechas. En cualquier caso, es mucho mayor el estrés del que no encuentra trabajo o está en riesgo de perderlo.

Según el profesor Cano Vindel, presidente de la Sociedad Española para el Estudio de la Ansiedad y el Estrés, el ‘estrés postvacacional’ puede afectar a algunas personas de forma grave, debido a que a la vuelta al trabajo se unen circunstancias laborales o personales adversas. Así, los que vuelven a un trabajo en condiciones especialmente negativas, debido a jefes o compañeros hostiles; las víctimas de acoso escolar; los profesores con alumnos muy problemáticos; o cuando concurren problemas familiares, de salud, económicos, etc.

Pero este lado negativo no es toda la verdad. La vuelta al trabajo o al centro escolar para muchos es fuente de experiencias positivas. Por ejemplo, el reencuentro con personas conocidas y amigas. El mismo trabajo, bien realizado, incluso el menos brillante, puede ser una fuente importante de satisfacción y de realización personal.

Para prevenir y abreviar los posibles efectos molestos del proceso de reincorporación al trabajo o al estudio se ofrecen algunas sugerencias. Por ejemplo, fragmentar las vacaciones, regresar a la residencia habitual un par de días antes de la incorporación al trabajo para normalizar progresivamente el ritmo de sueño y de comidas, evitar reanudar la actividad laboral o académica el primer día de la semana, fomentar actividades gratificantes, etc. La profesora Robles Ortega, de la Facultad de Psicología de la Universidad de Granada, recomienda también, y me parece muy oportuno, no conceder mucha importancia a estas posibles reacciones de adaptación, de breve duración y completamente normales.

  Tal vez la mejor prevención sea dejar de ver el trabajo o el estudio como una condena y tratar de tomarlos como un reto y un medio de realización personal, aunque es cierto que a veces las circunstancias hacen muy difícil esta mirada amable. Es responsabilidad de empresarios, jefes y educadores no solo hacer menos odioso el trabajo o el estudio, sino más también más humano y atractivo.

Pero también al que vuelve al trabajo o al estudio le corresponde rebajar, si es del caso, la enemistad con su tarea y activar el talismán interior que todos tenemos –tal vez algo oxidado–, para convertir en agradable o en neutro lo que al principio pudo resultar desagradable; un talismán para convertir el gris en azul y la sombra en luz. El trabajo es tan necesario como las vacaciones. Desde hace más de dos mil años los filósofos estoicos nos invitan a hacer virtud de la necesidad, es decir, a retomar con buen ánimo y talante el deber del trabajo y del estudio.

 

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Ruidos evitables y a evitar

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Ruidos evitables y a evitar

Enrique Pallarés Molíns

Doctor en Psicología. Profesor emérito de la Universidad de Deusto

Publicado en El Correo. Domingo, 13 de agosto, del 2017. Página 35

 

Un amplio número de investigaciones dejan fuera de duda el impacto negativo de los ruidos en la salud física y psíquica. El sueño se ve afectado de forma especial, pues los ruidos lo fragmentan y hacen más superficial, con lo que el necesario descanso nocturno queda incompleto. Provocan también aceleración del ritmo del corazón y vasoconstricción. Además, la exposición a los ruidos de las vías de intenso tráfico está asociado al trastorno por déficit de atención e hiperactividad de los niños, así como a un peor funcionamiento cognitivo.

El mismo sistema auditivo, es especialmente vulnerable a la exposición prolongada a los ruidos; Sir Francis Bacon, en el siglo XVII, citaba la disminución auditiva de molineros y artilleros. Sin pretender una enumeración exhaustiva, los ruidos fomentan también la irritabilidad y las explosiones de ira. Aunque no siempre advertimos estos efectos porque nuestro cerebro a veces nos ‘manipula’ y los hace ‘invisibles’ temporalmente.

El ruido se utiliza en el laboratorio de psicología experimental como estímulo punitivo. No se produce adaptación o habituación a los ruidos intensos. Por eso, también ha sido y es empleado, en grados muy elevados, como tortura.

Se dice que solo molesta el ruido que uno juzga que no debiera existir. El    sonido del propio televisor, que adormece plácidamente al que se sienta delante de él después de comer, impide conciliar el sueño y se convierte en un suplicio cuando se escucha el del vecino a través de la pared del dormitorio. Esta observación, de limitado alcance, no pretende convertir el ruido en una mera molestia subjetiva y caprichosa. Porque, además de la intensidad, en la molestia del ruido cuenta también su carácter inesperado e indeseado y su evitabilidad. Otra cosa es que, cuando ya no se puede hacer nada más para que cese un ruido molesto, convenga evitar mantenerlo mentalmente en primer plano –no ignorarlo– y tratar de ‘enfriar’ o rebajar la reacción que suscita.

En la primera mitad del siglo XIX, el filósofo alemán Arthur Schopenhauer escribió unas páginas sobre el “ruido y barullo”. Se defiende, ante todo, de las posibles críticas a su sensibilidad hacia los ruidos, y observa que los que dicen no ser sensibles a los ruidos tampoco los son «a las razones, los pensamientos, las composiciones poéticas y las obras de arte». Los ruidos interrumpen la actividad intelectual y creativa, pero «cuando no hay nada que interrumpir está claro que nada se sentirá especialmente». En aquel tranquilo Berlín, denunciaba, como el peor de los ruidos, el chasquido del látigo de los cocheros al espolear a los caballos; en efecto, no tuvo ocasión de sufrir el producido en la actualidad por algunas motocicletas.

Los estudios e intervenciones se centran en los ruidos más nocivos, como los del tráfico o los de algunas industrias. Pero también otros ruidos afectan negativamente al bienestar personal, incluso a la salud. La psicología social ha estudiado el ‘espacio personal’, un círculo imaginario que creamos a nuestro alrededor y cuya zona más íntima solo excepcionalmente permitimos traspasar. Pero que es invadida por el televisor o la música de escucha obligatoria, las conversaciones en voz alta –con móvil o sin móvil– en trasportes públicos, cantos o gritos desacordes de los nocherniegos, petardos, altavoces atronadores, etc. Imperio, pues, del ruido, como marca distintiva de nuestra época, que molesta, daña y dificulta o impide escuchar a los demás… y también escucharnos a nosotros mismos.

 Algunas ocasiones, como las fiestas del verano, son especialmente propicias a la contaminación acústica nocturna. Con molestias a los enfermos, al que no consigue conciliar el sueño o mantenerlo… a los que tienen tanto derecho al descanso y tranquilidad, como otros a expresar su alegría festiva. No se pretende convertir la calle en un claustro monacal, sino respetar al que no desea ser molestado.

El que fuera regidor de la villa de Madrid, don Enrique Tierno Galván, dedicó uno de sus famosos bandos a los ruidos. Aludía a esos ruidos invasores, producidos por la noche en las calles y plazas. Exhortaba el viejo profesor a evitar «añadir a las molestias y congojas, que toda ciudad grande ocasiona, las que nacen de la mala educación y poco civismo». Porque reducir o eliminar algunos ruidos, como los de la aviación o autopistas, exige importantes inversiones económicas (aislamientos, barreras acústicas), pero para reducir o eliminar otros tan solo es necesaria una inversión –gratuita– en civismo, buena educación y respeto a los demás.

 

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De vacaciones

 

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De vacaciones

Enrique Pallarés Molíns

Doctor en Psicología. Profesor emérito de la Universidad de Deusto

 

Publicado en El Correo. Domingo, 16 de julio del 2017. Página 37

Los anuncios de la operación salida, el letrero ‘cerrado por vacaciones’, las conversaciones sobre fechas y lugares, los preparativos para los viajes, las retenciones en el tráfico, etc., forman parte del ambiente de julio y agosto. Meses de intenso trabajo para las agencias de viaje, la hostelería, los agentes de tráfico y el personal de ayuda en carretera. Vacaciones con diferentes opciones, según los recursos económicos y el interés: viajes nacionales o al extranjero, estancias en lugares de veraneo (monte o playa), turismo rural… incluso permanecer en el lugar de residencia habitual.

Las vacaciones y los viajes entran en el capítulo de ‘experiencias’, una forma de invertir el dinero que genera mayores dividendos de satisfacción y bienestar que el hacerlo en cosas estrictamente materiales (un automóvil de más lujo, o reloj caro). Aunque algunas investigaciones señalan la relativa brevedad de los efectos positivos de las vacaciones, se pueden prolongar con el recuerdo mental o gráfico y las conversaciones, sobre todo de los ‘momentos dorados’ o especialmente agradables, que hay que procurar que no falten.

Por lo general, las personas anticipan cómo se sentirán durante las vacaciones y luego las recuerdan –cuando resultan satisfactorias en conjunto–, de forma mucho más positiva a como se sienten durante las mismas. Las expectativas y el recuerdo están, pues, inflados respecto a la experiencia real. Esta discrepancia se explica porque, si bien es frecuente que en las vacaciones surgen pequeñas manchas o sombras, estas se olvidan, por lo general, rápidamente. La profesora Elizabeth Loftus, especialista en el estudio de los falsos recuerdos, mostró experimentalmente la facilidad con la que se pueden distorsionar los recuerdos de las vacaciones.

Pero las vacaciones y viajes no solo producen experiencias positivas. Se ha descrito la ‘enfermedad del ocio’ que, según un estudio realizado hace pocos años afecta a un tres o cuatro por cien de las personas –sobre todo perfeccionistas y adictos al trabajo–, y consiste en un aumento del malestar general y la presencia de varios síntomas, como excesiva fatiga, migrañas, dolores de cabeza y musculares difusos, náuseas, precisamente los días de vacación, sobre todo los primeros, y no en los de trabajo. No es correcto, con todo, insistir demasiado en este posible lado oscuro de las vacaciones y viajes, ya que afecta solamente a un porcentaje muy limitado de personas. Para la gran mayoría, lo peor de las vacaciones es que tienen un final, y su peor momento es cuando terminan.

Muchos buscan en las vacaciones y en los viajes sentirse más felices. Y es cierto que pueden servir para aumentar la auténtica felicidad que incluye, según el profesor Martin Seligman, además de una vida agradable o placentera, una vida comprometida y una vida con sentido. Sentirse bien y disfrutar es tal vez el aspecto que más se asocia a la felicidad y consiste en el predominio de las emociones positivas sobre las negativas. Es mantener el buen estado de ánimo general, incluso cuando el tiempo u otras circunstancias son menos favorables. Pero, además, las vacaciones, y de forma especial lo viajes, ofrecen experiencias que pueden absorber totalmente la atención del que contempla espectáculos naturales (aunque sean cotidianos: puesta del sol, cielo estrellado), monumentos artísticos, contacto con otras culturas; o realizar actividades única o principalmente por la satisfacción que se experimenta en ello; por ejemplo, la lectura, o relectura, de un libro que nos cautiva. Mayor posibilidad estos días de practicar las aficiones personales, aquellas en las que uno se sumerge espontánea y plenamente, casi perdiendo la noción del tiempo.

También las vacaciones y los viajes ofrecen la ocasión para realizar o intensificar algunas actividades y experiencias que dan sentido pleno a la propia vida, como son la convivencia familiar y la amistad. Y, en general, para utilizar las propias fortalezas al servicio de algo que va más allá de nosotros. Días también propicios para la reflexión tranquila, reajustar metas y comprometernos con lo que realmente es valioso y consistente; para poner en orden y paz nuestro interior, así como para situarnos de forma más positiva ante la vida.

Así, pues, las vacaciones y los viajes no tienen como única finalidad la diversión o la reparación de la fatiga acumulada durante los meses de trabajo; sirven para mucho más. Son una buena ocasión para el crecimiento personal; una posibilidad para aumentar de modo estable y firme la auténtica felicidad. ¡Felices vacaciones!

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Eróstrato y erostratismo

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¿Es posible realizar acciones destructivas y criminales con el fin principal de hacerse famoso?

 

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Eróstrato y erostratismo

Enrique Pallarés Molíns

Doctor en Psicología. Profesor emérito de la Universidad de Deusto

 

Publicado en el diario El Correo: Sábado, 17 de junio del 2017. Página 39

El templo que Éfeso erigió a la diosa Ártemis (Diana), con Creso como sponsor, figuraba merecidamente entre las Siete Maravillas del mundo antiguo. Era famoso por su estructura y dimensiones, numerosas y bellas columnas, ricos materiales, y también por las esculturas y el tesoro que acogía. Su construcción duró más de cien años y suscitaba la admiración y el asombro de los visitantes. Pero no de todos. Eróstrato, un pastor desconocido, lo miró de otra manera y lo incendió el año 365 a. C., la misma noche que, según Plutarco, nació Alejandro Magno. Confesó tras la detención que había incendiado el templo para hacerse famoso y que su nombre perviviera en el futuro. Fue condenado a muerte y se decretó la misma pena para quien mencionase su nombre (Recuerda la ‘damnatio memoriae –condena del recuerdo– del derecho romano).

No se cumplió la segunda parte de la sentencia. El historiador coetáneo Teopompo de Quíos menciona la acción de Eróstrato sin omitir su nombre. Posteriormente, se hacen eco de esta fechoría, además del historiador romano Valerio Máximo, Cicerón, Cervantes, Gracián, Lope de Vega, Víctor Hugo, Chéjov, Unamuno, Freud, Sartre, Terenci Moix y otros más. El cine también le reservó un espacio. El diccionario de la Real Academia incluye el término ‘erostratismo’ y lo define como «Manía que lleva a cometer actos delictivos para conseguir renombre». Lamentable paradoja: se conoce el nombre del incendiario del templo, pero no el del constructor.

Conseguir renombre es un motivo presente a lo largo de la historia, que se expresa con diferentes conductas, unas más adaptativas que otras. Para llegar al reconocimiento de Guinness –una manera de ser famoso– algunos realizan acciones inverosímiles, como la de colocar en su cuerpo un millón de abejas. ¿Es posible, sin embargo, que alguien recurra a cometer un acto delictivo ‘para conseguir renombre’? Cualquier conducta es el resultado una compleja red de motivos; a veces sobresale el de buscar notoriedad. «Si no consigo destacar en lo bueno, destacaré en lo malo». Lo importante es destacar, aunque la fama conseguida sea la infamia. Un camino equivocado y desafortunado de intentar elevar la autoestima.

Sirhan Sirhan declaró tras asesinar a Robert Kennedy: «Me podrán llevar a la cámara de gas, pero ahora soy famoso. He conseguido en un día lo que le llevó a Kennedy toda la vida». El joven Robert Hawkins, tras perder el trabajo y la novia, escribió la víspera de matar a ocho personas, herir a más y matarse a sí mismo en un centro comercial de Omaha (Nebraska) «Soy una mierda. Pero ahora seré famoso». Albert Borowitz, en una documentada revisión del personaje Eróstrato y del erostratismo analiza, sin pretender agotar la lista, más casos de discípulos de Eróstrato: destructores, asesinos y terroristas.

La destrucción se convierte en el medio por el que un ‘don nadie’, con frecuencia también un resentido, pretende ser un ‘Don Alguien’. Busca notoriedad: para sí mismo –alucinatoriamente percibida cuando pierde su vida en la acción– o para el grupo con el que patológicamente se identifica. Los medios y las redes sociales pueden reforzar y completar el objetivo de quien busca renombre con este tipo de actos. ¿Imponer una censura? No, pero sí invitar a una reflexión profunda y constante para armonizar la necesaria función de informar y la de evitar recompensar, con una atención especial y publicidad gratuita, a los que buscan por una vía errada, y de modo errático, saciar su insaciable apetito de renombre.

El erostratismo se puede extender a acciones no reconocidas oficialmente como delictivas. Si el templo de Ártemis era digno de admiración y respeto, también existen importantes valores e instituciones sociales –fruto de esfuerzos comunes y de difíciles consensos–, que merecen el reconocimiento y el respeto de todos por ser la base y el motor de la convivencia. El «Destruam et aedificabo» («Destruiré y edificaré»), que el pensador anarquista Proudhon adoptó como lema, se reduce fácilmente a «destruiré». Destruir es más simple y rápido que edificar. El templo de Ártemis, cuya construcción duró más de un siglo, fue destruido en una noche; un parque natural, formado durante siglos, se reduce a cenizas en pocos días.

No añadir más odio –no escasea este combustible en los incendiarios– ni el premio de la atención extra, aunque sí una enérgica condena, será la mejor estrategia para evitar que los émulos de Eróstrato alimenten hoy su voraz, resentido e hinchado, aunque frágil ego, con el humo y la ceniza de los incendios que provocan o intentan provocar.

 

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Mayo, el mes florido

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Mayo, el mes florido

Enrique Pallarés Molíns

Doctor en Psicología. Profesor emérito de la Universidad de Deusto

Publicado en EL CORREO. Domingo, 14 de mayo del 2017

 

Según el calendario de la Revolución Francesa estamos en el octavo mes del año, floreal –del 20/21 de abril a 20/21 de mayo–, al que seguirá pradial –del 20 de mayo al 18 de junio–. Mayo, ¡mes de las flores y de los prados! Lo cantó, en los albores de la poesía castellana, el autor del Libro de Alexandre: «El mes era de Mayo, un tiempo glorioso,/ cuando facen las aves un solaz deleitoso,/ son vestidos los prados de vestido fermoso,…». La naturaleza luce su encanto y atractivo peculiar en cada estación del año; pero con la primavera su fuerza, oculta y latente durante el invierno, se abre y estalla de forma tan fastuosa que resulta difícil sustraer los sentidos de este variado, bello y siempre original espectáculo. La temperatura agradable, sin excesivo frío ni calor, invita a ponerse en contacto directo con la naturaleza, ahora vestida de gala. De todos los regalos que ella nos ofrece destacan las flores por su variedad y colorido: plantas con flores y árboles floridos; flores precursoras de esquistos frutos y de fragantes perfumes.

Casi todas las culturas han concedido y conceden un papel relevante a las flores, por lo que sugiere la Psicología Evolucionista que tuvieron y tienen alguna importante función adaptativa. Están presentes a lo largo de la vida humana: al nacer inundan las habitaciones maternales, y no faltan en las bodas ni en la muerte o en otras celebraciones sociales importantes. Constituyen el lenguaje de amor y de la amistad, pues con ellas se puede expresar respeto y afecto.

Porque las flores no solamente sirven para que liben su néctar las abejas, adornen los parques, jardines, casas y lugares de reunión, o para que las pinten los pintores y las canten los poetas. No son un lujo ni puro ornato: también resultan saludables. Los profesores Seong-Hyun Park y Richard H. Mattson comprobaron el efecto terapéutico de las flores al comparar el proceso de recuperación posoperatoria de dos grupos de pacientes, en cuyas habitaciones, asignadas al azar, en un caso se podían ver flores y plantas y en el otro, no. Los del primer grupo necesitaron menos analgésicos y su presión arterial y tasa cardíaca fueron más bajas que en el segundo grupo. A parecidas conclusiones había llegado años antes el profesor Roger Ulrich, mundialmente conocido por sus estudios sobre la importancia del entorno físico en la salud.

La profesora Jeannette Haviland-Jones, especialista en el estudio de las emociones humanas, y sus colegas demostraron con varios experimentos el efecto positivo, inmediato y duradero de las flores en el estado de ánimo –por ejemplo, inducen la sonrisa de Duchenne o sonrisa auténtica– y en la sensación de bienestar personal o felicidad. Observaron también que, colocadas en los lugares más visibles de la casa, fomentan los sentimientos positivos en los visitantes y favorecen la comunicación cordial con ellos.

El dramaturgo y escritor George Bernard Shaw recibió un día en su casa la visita de una conocida aristócrata, admiradora suya y amante de las flores. Al despedirse, le pregunto extrañada: «Me sorprende, Mr. Shaw, no ver flores en el interior de su bella mansión. ¿Es que no le gustan las flores?». Bernard Shaw respondió: «Por supuesto que me gustan las flores, estimada señora; ¡me encantan! También quiero mucho a los niños, pero no corto sus cabecitas para ponerlas en el salón». ¿Una muestra más de la aguda ironía y siempre oportuna ocurrencia de Bernard Shaw?, ¿o una invitación a no cortar las flores y dejarlas en su medio natural, donde todos las puedan contemplar y disfrutar?

Es verdad que las flores están presentes incluso en el ambiente polucionado de la ciudad y accesibles en las floristerías. Pero es preferible contemplarlas en la naturaleza, en su propio medio, en ese marco incomparable que las acoge, las realza y al que, a su vez, colorean y embellecen. Flores sencillas –aunque también hay orquídeas silvestres–, espontáneas y variadas, con frecuencia distribuidas al azar en el verdor de la hierba, creando una armoniosa sinfonía de colores y olores, completada por el aire limpio, las aguas trasparentes y el canto de las aves. Escuchemos una orden tajante, como la de Júpiter a Orestes en Las moscas de Jean-Paul Sartre: «¡Vuelve a la naturaleza, hijo desnaturalizado!»; y escuchemos a la vez la invitación a contemplar y ‘saborear’ las flores con la vista y el olfato. Sobre todo, permitamos que las flores se proyecten en nuestro interior y coloreen nuestro espíritu, teñido a veces con la monocromía del gris, o ahogado por la oscuridad de la tristeza.

 

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Los libros nos esperan

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Los libros nos esperan

Enrique Pallarés Molíns

Doctor en Psicología. Profesor emérito de la Universidad de Deusto

Publicado en el diario EL CORREO. Domingo, 23 abril, 2017. Día Mundial del Libro

La presencia de los libros hoy en la calle, además de una iniciativa comercial en el Día Mundial del Libro, es la imagen de la disponibilidad permanente del libro. El libro ha desempeñado y desempeña un papel esencial en nuestra formación intelectual y humana, así como en el progreso de la civilización. Es el amigo fiel que instruye y recrea, que nos acerca la experiencia, la investigación y la creatividad de muchas personas de diferentes tiempos y lugares; que nos libera de la ignorancia y nos guía en la búsqueda de la verdad. A cualquier hora está dispuesto al diálogo y a responder a nuestras dudas. Es el consejero fiel, discreto y respetuoso, que sugiere sin imponer. Con todo, el libro vive en la actualidad un momento de incertidumbre. ¿Sobrevivirá a la era digital y de la imagen? ¿Morirá el libro, precisamente, por un exceso de libros? ¿o por la disminución de lectores?

En 1935 decía Ortega y Gasset a los participantes en el Congreso Internacional de Bibliotecarios: «Hay demasiados libros». La producción bibliográfica en España desde entonces ha pasado de unos 5.000 títulos en 1934 a los más de 81.000 en 2016. No parece, pues, que sea inminente el fin de la galaxia Guttenberg y del homo typographicus, la muerte del libro. Pero Ortega no se refería tanto al exceso en cantidad como al descenso de la calidad, al peligro que trae consigo la facilidad de imprimir un libro y la consiguiente edición de libros movida por el interés económico o por el prestigio. Así, surgen los falsos libros, «unos objetos impresos que se benefician de su externo parecido con el verdadero libro». Ya en 1477, a pocos años de la invención de la imprenta, Hieronimo Squarciafico, humanista y editor veneciano, expresó su preocupación por las consecuencias de este crucial invento: «La abundancia de libros hará a los hombres menos estudiosos». Es decir, más superficiales.

Entonces, ¿cuantos más libros, peor? Se atribuye, entre otros, a Tomás de Aquino la frase «Temo al hombre de un solo libro» («Hominem unius libri timeo»). Frase que unos entienden como un aviso para evitar que la formación personal se limite a un solo libro, se cierre a otras perspectivas y se atrinchere en una actitud dogmática. Pero también se puede entender como el temor a ser derrotado en un debate intelectual con quien ha profundizado en uno o pocos libros, y ha conseguido así evitar la dispersión y estructurar bien su mente.

El remedio al exceso de libros no está en implantar una censura de calidad que impida hacer gemir las prensas a todo candidato a libro que no supere la mediocridad. Es el lector quien debe realizar esta tarea, porque el libro solo es libro por el lector que lo lee y revive. Un libro, sin el concurso vivificante del lector, es un mero objeto, solo una cosa. El lector, al seleccionar los libros, actúa de juez regulador de la producción bibliográfica, siempre que no se deje guiar por la moda y la publicidad. Que no por leer ‘lo último’ olvide ‘lo primero’ en calidad, es decir, esas obras sin caducidad, que han sobrevivido al paso de los años y de los siglos: los libros de solera.

Hoy es de obligado recuerdo, por celebrarse el aniversario de su muerte, la obra perenne de Shakespeare y de Cervantes. Pero también la de otros grandes autores en las diferentes áreas de la creación literaria y del saber. Porque hay libros que no vale la pena leer, otros que conviene leer, y algunos para releer e incluso aprender. Estos grandes libros no se suelen ver en los escaparates ni entre las novedades, aunque siempre están discreta y fácilmente disponibles. Dice Ítalo Calvino que los libros en las bibliotecas hablan entre ellos y que el buen lector escucha esa conversación. Así es. El buen lector dialoga con el autor y escucha ese interesante coloquio de los libros, coordinado y vertebrado por unos cuantos libros básicos, bien leídos y aprendidos, que forman las estanterías y los plúteos de nuestra mente.

El libro puede resistir temperaturas superiores a los 451 grados Fahrenheit, pero no sobrevive al olvido ni a la frívola superficialidad de tomarlo como un objeto más de moda y de consumo. Los medios digitales, bien utilizados –sin olvidar los derechos de autor–, no matarán el libro. La digitalización e internet ponen, incluso, a nuestro alcance bibliotecas y libros que antes resultaban de imposible o de muy difícil acceso. Además, se puede alternar de forma equilibrada el ‘cliquear’ con el paso lento y acariciador de las hojas de este amigo incondicional, cuya fiesta hoy celebramos. Con gratitud: ¡Felicidades, amigo! ¡Por muchos años!

Artículo relacionado, publicado en mayo del 2015: Libro electrónico o libro de papel b

 

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La nariz de Pinocho. Verdad y no verdad

Pinocho

Pinocho (Pinocchio). A la puerta de la juguetería del mismo en la calle Henao de Bilbao

 

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La nariz de Pinocho

Enrique Pallarés Molíns

Doctor en Psicología. Profesor emérito de la Universidad de Deusto

Publicado en EL CORREO. Domingo, 9 de abril del 2017. Página 45

Pinocho es uno de los personajes de ficción más populares. A este muñeco o marioneta, sumamente estilizado, además de sufrir varias desgracias, le crece todavía más su larga nariz al decir una mentira. Si al ser humano le creciera la nariz por mentir, el soneto de Quevedo «Érase un hombre a una nariz pegado…» dejaría de ser una serie de hipérboles relativas a una nariz concreta, para ser solo un pálido reflejo de la realidad. Porque la mentira tiene el don de la ubiquidad y forma parte de la vida diaria: en la pareja y en la familia, entre amigos y conocidos, en la empresa y en las organizaciones, en los medios de comunicación y, por supuesto, en la actividad política y judicial. Sin olvidar que también, a veces, nos mentimos a nosotros mismos, o llegamos a creer nuestras propias mentiras.

Durante el proceso de socialización se inculca que mentir es reprobable, pero, a la vez, se muestra la mentira como algo natural y con frecuencia se la premia. Y no me refiero a la ‘mentira blanca’ o de cortesía, cuyo objetivo principal es agradar a otra persona –un elogio poco realista–, sino a la mentira grave o perjudicial.

La psicología estudia científicamente la mentira y ha elaborado instrumentos para detectarla. Los estudios de la profesora de Psicología Social Bella DePaulo y sus colegas señalan que lo más frecuente es que se pretenda conseguir con ella recompensas psicológicas (respeto, estima, afecto, etc.), pero también la promoción personal, librarse de castigos, ejercer poder, conseguir bienes materiales, etc. Los participantes en el estudio pensaban que los demás mentían más que uno mismo, es decir, perspicacia con la nariz del otro y miopía con la propia.

El profesor Paul Ekman, reconocido como uno de los psicólogos más influyentes del siglo veinte, en sus estudios sobre la expresión facial de las emociones ofrece importantes criterios y pistas para descubrir la mentira. También el polígrafo (‘detector de mentiras’) o los potenciales evocados –onda P300–, han supuesto un avance importante. Pero estos procedimientos tratan de detectar la mentira indirectamente, al registrar los cambios corporales o de la actividad cerebral ante determinadas preguntas o estímulos. Ninguno de estos procedimientos es infalible; la mentira, hábil y esquiva, puede encontrar un resquicio para colarse; y tampoco siempre es posible acudir a la ayuda de estos métodos, aunque en algunas ocasiones resultaría altamente deseable.

Además, no es suficiente con identificar la mentira; es más importante evitar su aparición. Crear un clima social en el que la mentira no sea recompensada, a la vez que fomentar y reforzar el valor de la verdad y de la autenticidad, base de la realización personal y de la convivencia social. Huir de la verdad, eludirla, o aceptar que estamos en la ‘posverdad’ con la misma naturalidad que hablamos de ‘posromanticismo’, constituye un suicido moral, social y personal. El romanticismo terminó como movimiento literario y cultural; pero no la verdad. La verdad no es un estadio superado. No estamos, pues, en la era de la ‘posverdad’, sino todavía en la de la ‘pre-verdad’; en la búsqueda de la verdad, que exige un diálogo sincero y no excluyente, en el que se escuche al otro y no los propios prejuicios. Pero una verdad constructiva, y no un remedo o sesgo de verdad utilizado como arma arrojadiza.

La frase «Una mentira repetida mil veces se convierte en una verdad», utilizada por Lenin y por Göbbels, o su versión actual «Una mentira, cargada de emoción y difundida en las redes sociales o en una tertulia televisiva, se convierte en verdad, aunque contradiga los hechos», constituye una grave amenaza. Una sociedad fundada sobre esta base, como a veces se pretende, daría carta blanca a la mentira y llevaría a la quiebra total de la convivencia democrática y de la paz interior. Nos transformaríamos en una turba de narizotas afiladas que se hieren y dañan entre sí; una pesadilla hecha realidad.

Advierte Baltasar Gracián que la mentira suele estar más aparente que la verdad: «Es el engaño muy superficial, y topan luego con él los que lo son». Por eso invita el jesuita aragonés a «mirar por dentro»; a la reflexión que lleva a ir más allá de las apariencias y de la mera emoción; a educar y a educarse en la autenticidad y en la coherencia. Como resumen, conviene escuchar, una vez más, el último de los consejos de Polonio a su hijo Laertes, en el acto primero de Hamlet: «Y, sobre todo, sé sincero contigo mismo; y de esto se seguirá, como la noche sigue al día, que no serás capaz de mentir a nadie».

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Invitación a mi conferencia sobre el perdón

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Les invito a mi conferencia “El perdón como fortaleza humana”, que ofreceré el jueves 6 de abril, a las 19:30 h., en el Aula de Cultura de ABC, en Madrid, calle Maldonado, 1.

Les agradeceré que transmitan esta invitación a las personas de Madrid o de sus cercanías a quienes les pueda interesar el tema de la conferencia. ¡Muchas gracias!

¿De qué hablaré en la conferencia?

La ofensa provoca una herida y crea una brecha, que la persona ofendida trata de sanar y nivelar. En ese deseo de sanación y nivelación, la venganza, en sus diferentes formas y grados de intensidad –o el alejamiento del ofensor–, son las primeras reacciones, naturales y espontáneas. Otra posible respuesta, sin embargo, es el perdón y la reconciliación, con no menos raíz natural que la venganza.

El perdón, ha sido descrito y prescrito por las principales religiones desde hace milenios, aunque con variaciones importantes entre unas y otras. Ante todo, conviene intentar aclarar qué es el perdón desde el punto de vista psicológico, para luego ver su evolución a lo largo del ciclo vital, incluso sus antecedentes en algunas conductas animales, las diferencias culturales, así como su relación con la personalidad y otras características.

Hablar del perdón desde una perspectiva no religiosa exige plantearse, en primer lugar, su misma posibilidad y conveniencia, sobre todo cuando la ofensa es muy grave. En todo caso, el perdón es un proceso complejo y no lineal, que incluye importantes cambios en el pensamiento, memoria, emociones (incluyendo la empatía) y conducta. Aunque menos estudiado por la Psicología, conviene también tener en cuenta los otros dos procesos de la llamada tríada del perdón: el ‘pedir perdón’ y el ‘autoperdón’.

La joven Psicología Positiva ha reconocido y catalogado el perdón como una importante fortaleza humana, necesaria para la reconciliación y la paz en uno mismo y en los diferentes círculos sociales. Como dijo el Premio Nobel de la Paz y líder pacifista de Sudáfrica Desmond Tutu: «Sin perdón no hay futuro».

Enlace a la entrada de este blog con información de mi libro sobre el perdón:

https://enriquepallares.wordpress.com/2016/11/15/nuevo-libro-el-perdon-como-fortaleza-humana/

Enlace a un artículo mío sobre el perdón, publicado en el diario El Correo:

https://enriquepallares.wordpress.com/2016/05/09/el-perdon-como-fortaleza-humana/

 

 

 

Publicado en EL CORREO, Enrique Pallarés Molíns, Perdón, Psicología Positiva, Universidad de Deusto | Etiquetado , , , | 4 comentarios

Dulzura y amargor de la venganza

 

Medea furiosa

Medea furiosa. Eugène Delacroix. Hacia 1838. Óleo sobre lienzo, 260 x 165 cm, Museo del Louvre. Paris.

 

Texto del artículo en formato PDF: Dulzura y amargor de la venganza UD

Dulzura y amargor de la venganza

 

Enrique Pallarés Molíns

Doctor en Psicología. Profesor emérito de la Universidad de Deusto

 

Publicado en EL CORREO. Domingo, 19 de marzo del 2017. Página 43.

 

La venganza es un tema recurrente en la literatura y en el cine. Presente ya en la Epopeya de Gilgamesh y en Homero, la trató con maestría Shakespeare en varios de sus dramas y no deja de inspirar en nuestros días a novelistas, dramaturgos y guionistas de cine. La razón de esta frecuencia no es otra que la constante presencia de la venganza en las relaciones humanas. Un fenómeno universal, pues, visible a través del tiempo y del espacio; clave para entender momentos históricos importantes, como la guerra de Troya o algunas guerras y actos terroristas de la actualidad. Venganza entre naciones, entre grupos, en la familia, en las organizaciones y, en general, entre las personas.

La venganza es el deseo de revertir los roles de víctima y ofensor, de ver sufrir al que le hizo a uno sufrir, incluso si ello conlleva mayor sufrimiento todavía. Medea, en la tragedia de Eurípides del mismo nombre, se venga de la infidelidad de su esposo Jasón dando muerte a sus dos queridos hijos, convencida de que es el mejor modo de hacer sufrir a Jasón, aunque ella sufra con ello mucho más.

Por supuesto, existen varios niveles de gravedad de la venganza y muy diferentes maneras de realizarla, desde la aniquilación del ofensor, la agresión física y verbal a él, a sus familiares o propiedades, a la destrucción de su imagen social, sin olvidar la ruptura de la comunicación y el distanciamiento. Por suerte, se queda muchas o la mayoría de las veces en puro deseo, en solo venganza imaginada.

Por otra parte, mostramos cierta ambigüedad respecto a la venganza. La reprobamos como una forma de justicia arcaica y salvaje –nos suena muy mal lo del «Diente por diente y ojo por ojo»–, pero, a la vez, la practicamos, la aplaudimos, o nos identificamos con el que la practica.

¿Es dulce o amarga? Dice Lord Byron, en Don Juan, que «la venganza es dulce»; y se atribuye a Alfred Hitchcock la especificación jocosa de que «…y, además, no engorda». Su frecuencia hace sospechar que sirve para algo. En efecto, la venganza puede tener varias funciones, como la de contener la agresión o evitar que se repita. También la búsqueda de la equidad («Me desquitaré»). Además, con la venganza se pretende a veces dar una lección moral al ofensor («Así aprenderá»). Pero, sobre todo, se trata con ella de comunicar al ofensor que el ofendido debe ser respetado («Sabrá quién soy yo»). Pretende, pues, restablecer el equilibrio de poder y, con ello, la propia valoración y la autoestima del ofendido, que suelen disminuir con la ofensa.

Además, y sobre todo, la venganza tiene un lado oscuro para el que la aplica. Porque la venganza puede nivelar el sufrimiento, pero no reparar el daño de la ofensa. Además, induce una respuesta, que puede y suele ser más grave que la ofensa original, porque el ofensor y el ofendido miden la ofensa con distinta vara. La rumia prolongada de la ofensa aumenta su tamaño y la ira, que infla todavía más la venganza, lleva a un ciclo de confrontación violenta que crece en espiral ascendente. Suele parecer dulce a la hora de imaginar su futura aplicación («Me quedaré a gusto»), pero también aquí fallamos en el pronóstico de nuestro estado afectivo futuro. Todo esto lo resume bien John Milton en El paraíso perdido: «La venganza, aunque dulce en un principio, se vuelve amarga muy pronto, y recae sobre el vengativo».

Remplazar la venganza por la reconciliación no es fácil ni siempre posible (la reconciliación es asunto de dos). Depende de varias circunstancias, entre ellas el grado de la ofensa y la relación con el ofensor. El profesor de Psicología en la Universidad de Miami, Michael McCullough, autor de importantes estudios sobre la venganza y la reconciliación, señala la función adaptativa de la venganza a lo largo de la evolución (controlar la ofensa), pero afirma también que la venganza no es la única respuesta natural posible a la ofensa. Son igualmente naturales los mecanismos, presentes en el ser humano y en algunas especies animales, orientados a evitar la desintegración del grupo, como el perdón y la reconciliación. Ello exige, ante todo, ‘enfriar’ la percepción de ofensa, hasta eliminar el odio y el resentimiento. Pero, sobre todo, persuadirnos, como personas y ciudadanos, de que está en nuestro corazón y en nuestras manos el lograr que las fuerzas que unen y construyen venzan a la que desunen y destruyen. Y, tras sellar para siempre el tanque del ácido corrosivo que reseca, traba y destruye, derramar con justicia y generosidad el bálsamo de la concordia y compasión, que suaviza, reúne y vivifica.

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El roble y el tilo

baucis-y-filemon

Zeus y Mercurio, acogidos por Filemón y Baucis. Pintura al óleo de Peter Paul Rubens

 

Enlace al texto del artículo en PDF: el-roble-y-el-tilo-abc_alfa_omega_ud

 

El roble y el tilo

Enrique Pallarés Molíns

Doctor en Psicología. Profesor emérito de la Universidad de Deusto

 

Publicado en el suplemento Alfa y Omega, del diario ABC. Jueves, 2 de marzo del 2017

 

Baucis y Filemón, un matrimonio de avanzada edad, que vivían en un lugar de la antigua Frigia, recibieron en su humilde choza la visita de dos viajeros, pobremente vestidos, que buscaban alojamiento para pasar la noche. Los acogieron y obsequiaron con sus escasos recursos, a diferencia de los demás vecinos que les cerraron la puerta. Tras los agasajos recibidos, los dos viajeros se revelaron como Zeus y Hermes (Júpiter y Mercurio). En agradecimiento por la generosa acogida, Zeus invitó a Baucis y Filemón a expresarle su mayor deseo, con la promesa de que sería satisfecho. Ellos le pidieron vivir juntos el resto de sus vidas y morir al mismo tiempo, para no tener que sufrir el dolor de la separación del otro. Les fue concedida su petición y, como cuenta Ovidio en el libro VIII de Las metamorfosis, al final de sus vidas Zeus transformó a Filemón en un roble y a Baucis en un tilo; dos árboles que crecían juntos. Bella leyenda, que Rembrandt y Rubens, entre otros, plasmaron en el lienzo.

Hace unas semanas publicó un diario la noticia de que «los conductores españoles conservan durante más tiempo su coche que su matrimonio». A continuación, se especifica que el dato sobre la conservación del coche (16,9 años) está tomado de los que fueron dados de baja, y el de la duración del matrimonio (16,2) de los que formalizaron el divorcio. Están excluidas, pues, de este cómputo las muchas parejas que no se divorcian. Sin embargo, noticias semejantes y la mirada superficial del entorno –resultan más ‘visibles’ y noticiables los casos de ruptura que los de larga duración de la relación– pueden hacer pensar que la caducidad es más característica del amor que la duración. ¿Es así?

El profesor Robert Sternberg, de la Universidad de Yale, propuso una concepción del amor con tres componentes fundamentales –Pasión, Intimidad y Decisión/Compromiso–, que se pueden representar por los tres vértices de un triángulo. La Decisión/Compromiso se refiere a la decisión consciente de amar a la otra persona y al compromiso de mantener en el futuro la relación y hacer crecer el amor. Este componente es el ‘guardián’ de la relación y resulta esencial para que el amor continúe vivo, incluso en los momentos difíciles. Sin él el triángulo no es triángulo.

Aunque resulta fácilmente constatable la fragilidad y brevedad de muchos matrimonios, no es menos real, sin entrar en estadísticas, la prolongación hasta la muerte de otros muchos. ¿Será en este caso un puro convivir por inercia? Oscar Wilde afirma: «Las personas deberían estar siempre enamoradas. Por eso, nunca se deberían casar». ¿Es mortal para el amor la convivencia prolongada? Una revisión cuantitativa de otras investigaciones (metaanálisis), realizada por profesores los profesores Bianca P. Acevedo y Arthur Aron, de la universidad neoyorquina de Stony Brook, concluye que el amor puede perdurar a lo largo de los años con la misma intensidad e ilusión que al comienzo de la relación, aunque sin el carácter obsesivo inicial. Así, pues, de la afirmación de Oscar Wilde están comprobados los beneficios del amor para la salud mental y el bienestar personal; sin embargo, la prolongación de la relación –el matrimonio–, no mata ni erosiona necesariamente el amor.

Robert Sternberg propuso una segunda concepción del amor, complementaria de la primera. Es la del amor como una historia, como una narración, que cada uno elabora y que guía el modo de vivir la relación. Una de las que propone como ejemplo es la del jardín, en la que el jardinero cultiva con esmero, cariño y constancia las plantas del jardín. Cada miembro de la pareja es, a la vez, jardinero y planta; que cuida y que recibe cuidados. ¿Qué cuidados? Por ejemplo:

Sentir afecto hacia la otra persona y, además, expresarlo. Sentir y expresar gratitud por lo que la otra persona aporta. Apertura: comunicar los propios sentimientos y acoger la comunicación de la otra persona. Confiar en la otra persona y, además, darle motivos para que ella también confié. Comprender: conocer a la otra persona, así como aceptarla incondicionalmente y valorarla. Predominio de las emociones positivas. Sinceridad: decir la verdad y toda la verdad, pero con tacto, nunca como arma arrojadiza. Correspondencia entre lo que cada uno da y lo que recibe, sin exigir una igualdad matemática. Perdón, compasión y sacrificio cuando es necesario.

El roble y el tilo juntos son imagen de Baucis y Filemón, pero también de las muchas parejas que cuidan con constancia el jardín de su amor «en las alegrías y en las penas, en la salud y en la enfermedad» y superan, si surgen, las dificultades y estancamientos. Muestran así que es posible lo que a veces se piensa que es imposible.

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