Invitación a mi conferencia sobre Psicología del Perdón

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Les invito a mi conferencia sobre el perdón desde la perspectiva de la Psicología

 

El perdón como fortaleza humana. El perdón visto desde la Psicología.

Por Enrique Pallarés Molíns. Doctor en Psicología. Profesor emérito de la Universidad de Deusto.

Organiza: Asociación de Mujeres Universitarias de Bizkaia

Día y hora: miércoles, 21 de noviembre, a las 19 h.

Lugar: Salón del Colegio Oficial de Doctores y Licenciados en Filosofía y Letras y en Ciencias. Licenciado Poza, 31, 7º.

Entrada libre

 

Publicaciones de Enrique Pallarés Molíns relacionadas con el tema del perdón.

Libro y capítulo de libro:

+Pallarés Molíns, Enrique. El perdón como fortaleza humana. Bilbao: Ediciones Mensajero (Grupo Comunicación Loyola), 2016. 245 páginas. Información sobre este libro en: https://enriquepallares.wordpress.com/2016/11/15/nuevo-libro-el-perdon-como-fortaleza-humana/

+Pallarés Molíns, Enrique. Del odio y el resentimiento a la reconciliación por el perdón. En M.C. Azaústre Serrano (Coord.), Una espiritualidad de la reconciliación y la no violencia, (pp. 19-56). Ávila: CITeS-Universidad de la Mística, 2016. (Colección Cátedra Josefa Segovia, 4).

Artículos en la prensa diaria:

+Pallarés Molíns, Enrique. El perdón como fortaleza humana. EL CORREO. Sábado, 7 de mayo del 2016. Página 41. Enlace al texto de este artículo: https://enriquepallares.wordpress.com/2016/05/09/el-perdon-como-fortaleza-humana/

 

+Pallarés Molíns, Enrique. La necesidad de pedir perdón. EL CORREO. Sábado, 5 de mayor del 2018. Página 35. Enlace al texto de este artículo:

https://enriquepallares.wordpress.com/2018/05/05/la-necesidad-de-pedir-perdon/

 

+Pallarés Molíns, Enrique. Dulzura y amargor de la venganza. EL CORREO EL CORREO. Domingo, 19 de marzo del 2017. Página 43. Enlace al texto de este artículo:

https://enriquepallares.wordpress.com/2017/03/20/dulzura-y-amargor-de-la-venganza/

 

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La lección de las hojas en otoño

Caen las hojas cabecera B

 

Enlace al texto del artículo en formato PDF: Caen la hojas art

 

Caen las hojas

Enrique Pallarés Molíns

Doctor en Psicología. Profesor emérito de la Universidad de Deusto

Publicado en El Correo. Domingo, 4 de noviembre del 2018. Página 45.

El otoño avanza con la celeridad del tiempo. Los árboles, salvo los de hoja perenne, dejan caer sus hojas. Una imagen más del otoño, antesala del invierno. Las hojas de los árboles caen, pero las de algunas especies adquieren antes de caer sorprendentes colores, de una belleza que el buen artista solo intenta remedar. Sinfonía de colores –amarillo, ocre, púrpura…, con sus matices– en armonía con el verde del césped que las acoge. Colores variados e intensos. Es el espectáculo cromático que ofrecen, por ejemplo, el haya, el abedul, el álamo, el ginkgo, el liquidámbar o la vid. Espléndido regalo para la vista, que no ha pasado inadvertido a los poetas. También una lección visual sobre la vida humana y su destino.

El ferviente cantor de la naturaleza –y tan identificado con ella– Henry David Thoreau, escribió una breve obra cuyo título es, precisamente, “Colores de otoño”. Me llama la atención la observación que hace al comienzo, antes de pasar a describir los colores del otoño en varias especies concretas de árboles, cuando insiste en que las hojas que han cambiado de color no son hojas marchitas, sino hojas que han llegado a su plena madurez. Confundir las hojas de estos colores vivos con hojas marchitas sería como confundir «las manzanas maduras con las podridas». Es la bella policromía de la madurez. Prefiero tomar de forma ingenua esta imagen del colorido otoñal, sin considerar aquí la explicación científica.

La naturaleza está cerrando un ciclo más. Los días se acortan y las noches se alargan; el cambio de la hora oficial realza la sensación invernal. El año llega a su fin. Todo parece que termina. Días marcados en nuestra cultura por las visitas a los cementerios y el recuerdo de los seres queridos que nos dejaron. Días que empujan y ayudan a pensar en algo que nos resistimos a imaginar: nuestra finitud y nuestra muerte. Un final que, en realidad, es trasformación y no aniquilación. Porque la muerte no es la mayor pérdida; la mayor pérdida y la verdadera ruina es la muerte de la esperanza y del deseo de vivir en plenitud cada día y cada segundo. Por eso, más que temer a la muerte se debe temer el no vivir la vida de verdad. Porque nada es tan triste ni lúgubre como la muerte de la ilusión, de la esperanza y del amor.

Bellos colores que contrastan con la oscuridad de la noche prolongada y con el gris de muchos días otoñales. La naturaleza, con acierto y con candor, da pinceladas de alegría y vida en el lienzo de la melancolía otoñal; el resultado es el corazón esperanzado en una nueva primavera: la primavera del amor. Porque el verdadero amor es más fuerte que la muerte. El amor hacia los seres queridos y hacia la humanidad es el mejor fármaco contra el miedo y el terror a la muerte.

El colorido otoñal y la caída de las hojas nos ofrece, pues, la gran lección. Señala también Thoreau que las hojas coloreadas y brillantes duran poco. El tiempo de sazón y de madurez es breve en las hojas. Pero en la vida humana es posible anticipar la presencia de ese colorido y no limitarlo al final. Colorear, pues, la propia vida en cada uno de sus estadios y transferir esos colores de alegría y esperanza a las personas que nos rodean, para que así se extiendan a toda la humanidad.

Esto no es una llamada a desear un adelanto de este paso final, sino una invitación a vivir en plenitud cada momento; sin buscar esa caída, aunque tampoco sin amedrentarse ni horrorizarse ante el final. Hay que anhelar la vida y no la muerte. Cada cosa a su tiempo; para que así, como lo expresó bellamente Antonio Machado, tras dormir «muchas horas todavía sobre la orilla vieja», encontrar «una mañana pura amarrada tu barca a otra ribera». Tiempo de preparación para el paso a ese amanecer definitivo, que es la transformación del amor, como decía la psiquiatra suiza americana Elisabeth Kübler-Ross. Sin mirar obsesivamente la muerte, pero sin tampoco negar, infantil y vanamente, su realidad. Sin necesidad de hacer nada excepcional, pero sí vivir con sencillez ilusionada y poner un trazo indeleble de color y de paz sobre la negrura de la injusticia y el odio.

Hojas de otoño que caen vestidas de fiesta. También el poeta Rainer Maria Rilke se fijó, en uno de sus poemas juveniles, en esta imagen de la caída: otoñal y general. Porque no solo caen las hojas: «Todos caemos». Es una ley universal e inexorable. Una caída que, a primera vista, parece solo negación y aniquilación, pero que no es el retorno a la nada ni un descalabro definitivo. Porque «hay Alguien que acoge esta caída/ con suavidad inmensa entre sus manos».

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Cultivar el jardín del amor

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[…] También se puede comprender el amor como la historia que cada uno se cuenta a sí mismo y que cuenta a los demás. Una historia que se comienza a escribir en el momento del naci­miento, o poco después, a partir de las propias características personales innatas y de la observación e interacción con los padres y otras parejas, así como de la lectura o visión de no­velas y películas, etc. La autobiografía de una persona suele incluir una o varias historias de amor.

[…] El número de historias posibles es prácticamente infinito, pero algunos temas se repiten con mayor frecuencia, tanto en la experiencia diaria como en los estudios realizados. Robert Sternberg proponer 25 historias, de las cuales voy a resumir las que considero más interesantes. Una de ellas es la de cultivar el jardín.

Cultivar el jardín: El amor es algo que hay cuidar y mimar

El amor se vive según esta historia como una relación a la que se le debe prestar atención y que necesita un cuidado constante, de forma semejante, o más todavía, que las plantas y árboles de un jardín. Uno o los dos miembros de la pare­ja están convencidos de que, para que la relación sobreviva y crezca, requiere los cuidados que ofrece un jardinero (riego, abono, sol) y evitar que las plagas invadan el jardín. Es el tipo de historia que más papel concede al cuidado y a la atención de la relación en sí misma.

Normalmente los dos miembros de la pareja se ven y actúan, a la vez, como jardinero, que ofrece cuidados, y como planta que los recibe. La historia del jardín en una relación resulta muy positiva, por cuanto reconoce la importancia que tiene para la relación el cuidarla y el mimarla. Un peligro potencial o riesgo de este tipo de esta historia es que se agobie a la otra persona y que se la pueda abrumar con excesivos cuidados y atenciones; según la misma imagen del jardín, que se llegue a regar la planta en exceso.

[Tomado de: Enrique Pallarés Molíns: Psicología del amor. Para conocer mejor esta fortaleza humana. Bilbao. Mensajero. De las páginas 70, 72 y 73].

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Contagiar calma y tranquilidad

Contagiar calma y tranquilidad

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Contagiar calma y tranquilidad: Dos no discuten si uno no quiere

Aunque la ira y los enfados pueden ocurrir cuando uno está solo, casi siempre se producen en las interacciones de la vida diaria con otras personas. Por lo general, la ira es una respuesta a lo que se percibe o siente como una provocación por parte de otra persona, algo que uno siente como un ata­que a uno mismo. Las alternativas ante la percepción de una provocación son responder o no responder. La respuesta pa­siva, el no responder, no siempre es la mejor solución y en muchos casos empeora las cosas, pues el otro lo puede in­terpretar como un juicio de que no se puede dialogar con él. Resulta más recomendable la respuesta asertiva. Por esto, una forma de prevenir la ira es reaccionar de forma adecuada a la del otro, sin responder a la provocación. En general, tratar adecuadamente a la otra persona ayuda a que se calme.

Ver y reconocer la parte que uno tiene en el conflicto. Los conflictos son cosa de dos y rara vez un problema exclusivo de uno. Resulta difícil hacer un análisis con el calor de la ira, pero puede hacerse después, en un momento de serenidad, para tenerlo en cuenta en el futuro. No se trata de juzgar quién es el culpable, sino de ver qué puede hacer uno mismo para que la ira no aumente en ninguno de los dos.

Advertir y controlar las propias manifestaciones de ira. Reconocer las primeras señales y cómo se eleva. Utilizar al­gunas estrategias como los diálogos internos o autoinstruc­ciones, la relajación o la respiración lenta y rítmica. También se puede optar por cambiar el tema de la conversación, pero conviene hacerlo de modo que la otra persona no lo interprete como un rechazo a hablar con ella. O, finalmente, proponer aplazar la cuestión para otro momento.

No elevar el volumen de la voz y hablar con calma. Es de­cir, cuidar de que la voz no comunique hostilidad. Por eso, no hablar muy de prisa, sino lentamente y, en la medida de lo posible, con calidez y afecto. Con la forma de hablar se puede comunicar y provocar hostilidad, pero también calma y tran­quilidad. Los sentimientos se comunican, en gran parte, por la comunicación no verbal, por lo que hay que tener muy en cuenta este tipo de comunicación y los mensajes que a través de ella se pueden transmitir.

No aproximarse excesivamente a la otra persona. No inva­dir su espacio personal, sino mantener cierta distancia. Mejor, no cara a cara con la mirada muy fija, aunque tampoco dar la espalda. Conviene mantener el rostro lo más sereno que sea posible. Hay que evitar también el que, por ejemplo, una sonrisa se pueda interpretar como expresión de cinismo, o de que no se toma en serio lo que el otro dice.

Permitir intervenir al otro. Es decir, procurar no monopoli­zar la conversación, sino ser conscientes de que los dos tienen o tenemos igual derecho a intervenir. Es mejor no prolongar mucho las intervenciones y, sin necesidad de un formalismo riguroso, funcionar con turnos de la misma duración. Si se necesita más tiempo, llegar a un acuerdo, o pedir permiso al interlocutor.

Evitar «leer» la mente del otro. No presumir de saber lo que el otro piensa, siente o va a decir. Conviene poner en duda las propias interpretaciones de las intenciones de la otra persona, pues la ira inclina a interpretaciones negativas. Me­jor que afirmar lo que siente o piensa el otro es preguntárselo o facilitar que lo haga. Si no se entiende algo bien es mejor pedir clarificación o más detalles.

(Tomado del libro de Enrique Pallarés Molíns: Controlar la ira. Menos enfados y mejores relaciones con los demás. Bilbao: Ediciones Mensajero. Páginas 150-151).

(*) Continuación de la entrada anterior de este blog, cuyo enlace es: https://enriquepallares.wordpress.com/2018/10/20/2157/

 

 

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Contagiar ira

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[En mi libro “Controlar la ira. Menos enfados y mejores relaciones con los demás” el capítulo 5 lleva por título “¿Por qué se experimenta ira?”. De los diferentes y complejos factores que allí expongo como origen de los episodios de ira, transcribo aquí unos párrafos de uno de esos factores: el ‘contagio emocional’. Suprimo las referencias bibliográficas que apoyan algunas afirmaciones. Dichas referencias se pueden encontrar en mi libro].

«La ira, en realidad, como cualquier conducta, es el resulta­do de la compleja interacción de factores biológicos, psicoló­gicos y sociales. Es más, cada teoría o escuela psicológica ofrece su propia explicación de la ira, por lo que existen varias explicaciones o modelos explicativos de la experiencia de ira, por lo general compatibles entre sí. Por mucho que uno se esfuerce en buscar una explicación, la ira no es un problema con una sola causa, sino más bien un proceso, normalmente un proceso complejo de interacción social con varias posi­bles causas o explicaciones. Como posibles inductores de ira y agresión merecerían un apartado especial las condiciones ambientales físicas. Así, los ruidos, el hacinamiento, el calor, la presencia de armas, etc. Habría que destacar también la im­portancia del ambiente social». […]

«La ira tiene un evidente carácter social y se puede propa­gar o extender socialmente, de modo que el tratar con perso­nas que experimentan ira casi siempre lleva a que también los otros la experimenten, aunque no tengan un problema espe­cial. Y esto no solamente por la provocación, que con fre­cuencia supone la expresión de ira de una persona, sino por el mecanismo denominado contagio emocional.

Se han señalado tres fases en el proceso del contagio emo­cional. En la interacción social, sin advertirlo consciente­mente, se tiende a imitar y sincronizar de forma automática y casi instantánea las manifestaciones emocionales de la otra persona, como su expresión facial, movimientos o postura. Estas expresiones emocionales que se imitan hacen sentir la emoción correspondiente. De este modo, llega uno a quedar contagiado por la ira de otra persona. Dado que el contagio emo­cional no ocurre solamente en la ira, también por este mismo proceso se pueden contagiar emociones positivas y es posible reducir o evitar que aumente la ira de la otra persona, pues también la calma y la tranquilidad se pueden contagiar».

(Enrique Pallarés Molíns: Controlar la ira. Menos enfados y mejores relaciones con los demás. Bilbao: Ediciones Mensajero. Páginas 53-54, 59-60. ).

Enlace al siguiente post o entrada: «Contagiar calma y tranquilidad»: https://enriquepallares.wordpress.com/2018/10/21/contagiar-calma-y-tranquilidad/

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Día Mundial de la Salud Mental (2018)

Illustration about women health in Russia

Los jóvenes y la salud mental en un mundo en transformación

La Organización Mundial de la Salud nos invita, una vez más, a celebrar hoy, 10 de octubre, el Día Mundial de la Salud Mental. Este año bajo el lema: Los jóvenes y la salud mental en un mundo en transformación. La adolescencia y los años previos inmediatos constituyen, sin caer en el mito sintetizado en la frase de que «durante la adolescencia ser normal es ser anormal», una etapa de la vida especialmente problemática desde el punto de vista de la salud mental. Una etapa de la vida de cambios importantes y rápidos en el mundo actual, caracterizado también por los cambios importantes y rápidos.

Según la Organización Mundial de la Salud la mitad de las enfermedades mentales comienzan antes de los 14 años –aunque la mayoría no se diagnostican ni reciben tratamiento– y el suicidio es la segunda causa de muerte entre los 15 y los 29 años. El consumo de sustancias, el abuso del alcohol, las conductas de riesgo (en la conducción de vehículos, actividad sexual…), la depresión, o los trastornos de la alimentación, son algunos de los problemas de conducta que emergen estos años y que interactúan entre sí.

La falta de puntos de referencia sólidos coopera a que el adolescente y el joven, en esta etapa de la vida caracterizada por los importantes y rápidos cambios biopsicosociales, quede a veces a la deriva, sin viento firme y seguro que infle las velas de su esperanza y le impida tomar direcciones equivocadas. La pérdida de la esperanza es grave en cualquier momento de la vida, pero de forma especial en este estadio de transformación y de preparación para la vida adulta. Pero la esperanza no se sustenta en el vacío. Cooperar con el buen entendimiento a la construcción de una sociedad mejor será el pilar más firme que sustente la esperanza de los más jóvenes. El egoísmo, manifestado en el ansia desmedida de acumular bienes materiales, poder o prestigio, constituyen el tóxico más potente que estrangula la esperanza de todas las personas, pero de forma especial de las más jóvenes.

La familia y la escuela deben enseñar que la esperanza exige, precisamente, esperar; que es condición para el autocontrol y el equilibrio mental saber posponer  la gratificación. A la vez, es necesario que el joven vea ejemplos a imitar y no solo buenas palabras, cuando no clamorosos desencuentros y discordias. La mejora de la salud mental en los jóvenes se forja en una sociedad sana y justa. Esta es la mejor forma de prevenir los problemas mentales de toda la sociedad y, de modo especial, de la juventud.

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Autoestima muy alta: ventajas y riesgos

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«No es el único objetivo ni el más importante que la autoes­tima sea muy alta, sino que sea auténtica, estable y con un funda­mento sólido. No se trata, sin más, de aumentar el nivel de la autoestima, sino de llegar a una valoración o estima de sí mis­mo adecuada. Nos referimos a la autoestima óptima, en oposi­ción a una autoestima frágil. En definitiva, se trata, no solo ni principalmente, de aumentar la autoestima en cantidad, sino de dar preferencia a la calidad.

¿Vale la pena pretender conseguir una autoestima muy alta? Tan­to el tener la autoestima alta como el pretender tenerla muy alta tiene ventajas, pero también desventajas. A corto plazo las ventajas son, sobre todo, afectivas, como sentirse mejor y más feliz. Pero también puede tener sus costos o desventajas, pues, aunque las personas con alta autoestima persisten más en la actividad ante la posibilidad de fracasar, también es más pro­bable que continúen en el empeño cuando ya resulta inútil, o incluso perjudicial, persistir. De este modo, pueden llegar a exponerse a riesgos inútiles, además de emplear sin provecho una gran cantidad de tiempo. De ser constante se puede pasar a ser obstinado, y, al no saber retirarse a tiempo, en ocasiones uno se ve obligado a iniciar una apresurada huida hacia delan­te. En el que toma decisiones, la autoestima alta puede llevar a no tener en cuenta informaciones importantes, pues algunos sujetos de autoestima alta no desean por nada ser cuestiona­dos en sus puntos de vista y rechazan o desvalorizan las reco­mendaciones de otros».

Enrique Pallarés Molíns: La autoestima. Cómo cultivarla de forma sana. Bilbao: Ediciones Mensajero, 2011. Pp. 95-96.

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La cuarta edad (1/10 Día Internacional de las Personas de Edad)

Mayores en residencia

 

…y la cuarta edad

Enrique Pallarés Molíns

Doctor en Psicología. Profesor emérito de la Universidad de Deusto

El Correo. Domingo, 30 de septiembre del 2018. Página 41

Enlace al texto del artículo en PDF…y la Cuarta Edad art

 

La celebración el 1º de octubre del Día Internacional de las Personas de Edad invita a realizar un breve comentario sobre la última etapa de la vida. Hablamos con frecuencia de la tercera edad, de los años a partir de los 60-65, fecha habitual de la jubilación, pero menos de la cuarta edad. Con un criterio cronológico, la cuarta edad comienza hacia los 80 años; con un criterio demográfico cuando solo siguen vivos la mitad de los miembros de la propia cohorte, o grupo de personas nacidas el mismo año y que llegaron a la madurez. Finalmente, otros gerontólogos definen la cuarta edad, sin utilizar referencias cronológicas, como la situación en la que se encuentran las personas cuando la fragilidad y la dependencia se hacen evidentes e irreversibles.

La tercera edad, por lo general, es una prolongación de la madurez, pero con la ventaja de estar libre de las limitaciones que imponen las actividades laborales y paternales o maternales. El filósofo italiano Norberto Bobbio la llama ‘vejez burocrática’, porque su comienzo lo marca la jubilación. La cuarta edad, por el contrario, que Bobbio llama ‘vejez fisiológica’, está asociada a fragilidad y a dependencia. Se puede decir, rehuyendo ‘romantizar’ la vejez, que la cuarta edad es la verdadera y temida vejez.

Joan Erikson, tras la muerte de su esposo Erik y con más de noventa años, añadió un noveno estadio a los ocho, ya clásicos, con los que resumió Erik el ciclo vital humano y sus retos o tareas psicosociales. Este noveno estadio, que coincide con la cuarta edad, «trae consigo nuevas demandas, reevaluaciones, y dificultades diarias». Intuir un futuro efímero, largo tal vez solo por el sufrimiento, reducida la autonomía y considerarse una carga, puede llevar a la desesperanza total.

El extraordinario avance de las ciencias biológicas y de la salud ha facilitado un aumento considerable de la esperanza de vida; pero algunos se preguntan si lo que se ha conseguido, en realidad, es solo posponer la fecha de la muerte. Un objetivo, propuesto por el profesor James Fries, de la Universidad de Stanford, es la llamada ‘compresión de la morbilidad’ o reducción de la etapa final de fragilidad. Más lejano está lograr detener y revertir el proceso de envejecimiento, que propone el biogerontólogo británico Aubrey de Grey. Resulta necesario, pues, escuchar las sugerencias de la Psicología Humanista y de la Positiva. Es el tiempo de utilizar las reservas interiores, cultivadas y atesoradas a lo largo de la vida, que no se deterioran como el cuerpo, pero capaces de convertir la fragilidad física en fortaleza interior y el sinsentido en sentido.

Así: adoptar una concepción de la existencia humana cimentada en los valores más sólidos (dignidad de la persona, amor y amistad, trascendencia…); sentir y expresar gratitud por cada nuevo día y por las grandes o pequeñas experiencias positivas; reaccionar a la frustración de forma adaptativa y no agresiva o autoagresiva; regirse por el lema de que el valor de la persona no radica en ‘tener’ (apariencia, bienes materiales, prestigio), sino en el hecho mismo de ‘ser’ persona; bajar el ‘volumen’ del propio ego y escuchar el clamor de la humanidad; amabilidad y compasión con los demás y con uno mismo; reconciliado con el pasado, vivir el presente con esperanza hacia el futuro; convicción de que, aunque no siempre es posible controlar lo que nos ocurre, siempre podemos controlar nuestra reacción, y aceptar lo que se escapa a nuestro control, sin ‘dar coces contra el aguijón’. En resumen: aceptar la vida y aceptarse a sí mismo y a los demás.

Tarea también para las diferentes instancias de la sociedad. La atención a las personas de la cuarta edad, con un trato humano, amable y técnicamente correcto, demuestra que no somos una horda salvaje que se rige solo por la eficacia y la ley del más fuerte, sino que reconocemos la potente energía que esconde la fragilidad y el tender la mano al débil. Porque, junto a muchas acciones insolidarias, también existen modelos –y no escasos, aunque menos noticiables– de entrega desinteresada a personas frágiles, como para pensar que la pretensión de extender esta actitud humanitaria no es una bella ilusión ni una meta inalcanzable.

Además, la persona en situación de fragilidad nos ofrece la ocasión de expresar lo mejor de nosotros –a veces velado por la búsqueda veloz de la utilidad material–, como la bondad, empatía y compasión con el que sufre. Por eso, si esperamos gratitud por la a veces difícil tarea de asistir a estas personas, también hemos de agradecerles el que nos ayudan a ser más humanos.

 

 

 

 

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El chico de los azotes

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Enlace al texto del periódico El Correo, en PDF: El chico de los azotes art

 

El chico de los azotes

Enrique Pallarés Molíns

Doctor en Psicología. Profesor emérito de la Universidad de Deusto

 

Publicado en EL CORREO. Sábado 1 de septiembre del 2018. Página 29

 

En tiempos pasados estuvo vigente el principio pedagógico resumido en la sentencia «la letra con sangre entra». Goya lo reflejó en el óleo del mismo título, que hoy contemplamos con repulsión, pero en otros tiempos con absoluta normalidad. Todavía no se conocían las conclusiones del psicólogo conductista norteamericano B.F. Skinner contra el castigo y su sustitución por el refuerzo positivo.

Los príncipes no podían ser excepción a esta norma. Al error durante el aprendizaje, o tras una conducta indeseable, debía seguir el castigo, que normalmente consistía en azotes. Por otra parte, resultaba impensable castigar así al futuro rey, por más extendido y aceptado que estuviera entonces el castigo corporal. La solución se encontró, durante algún tiempo, en ‘el chico de los azotes’ (‘The whipping boy’). Un muchacho, de la misma edad del príncipe, dispuesto a recibir los azotes que éste merecía. De este modo, los errores en el aprendizaje y las conductas inadecuadas del príncipe eran sancionadas, de modo inmediato, pero no en su carne, sino en la del chico de los azotes.

No era un oficio indeseado; todo lo contrario. El chico de los azotes comía y vivía en palacio, recibía la misma educación que el príncipe y permanecía siempre junto él, pues las acciones punibles resultaban impredecibles. Establecía una relación de amistad, incluso de profunda amistad, con el futuro rey, que con facilidad le abría un futuro brillante. Así, William Murray, chico de los azotes de Carlos I de Inglaterra, llegó a ser conde de Dysart y consejero del rey. Eso sí, el príncipe tenía que presenciar el castigo y, dada la relación de amistad creada, generadora de empatía, podemos decir que también «ahí le dolía».

La existencia de esta institución u oficio de chico de los azotes se sitúa en la Inglaterra de finales del XVI y parte del XVII. Parece que existió también, incluso con anterioridad, en algunas cortes del continente europeo. Otros monarcas actuaban de muy distinta manera, como Enrique IV de Francia, que además de permitir que su hijo, el Delfín y futuro Luis XIII, recibiera castigos corporales, ordenaba expresamente que, si era necesario, le fueran aplicados. Y no por falta de afecto a su hijo, pues la historia cuenta anécdotas que prueban el gran afecto que sentía y le mostraba.

A modo de excurso. Se cuenta («Se non è vero, è ben trovato») que la reina Victoria de Inglaterra tampoco tuvo problema en zurrar al Príncipe de Gales, el futuro Eduardo VII. Paseaba una mañana por los jardines del palacio de Buckingham, cuando escuchó el llanto de un niño. Se acercó y comprobó que su hijo Eduardo estaba golpeando a otro niño. «¿Por qué golpeas a este niño?», preguntó la reina a su hijo. «¡Para que sepa que soy el Príncipe de Gales!», respondió. La reina se sentó en el banco más próximo, colocó al Príncipe de Gales en la postura idónea, y le administró varias zurras o cachetes, mientras le decía: «¡Y yo te zurro para que sepas que soy la Reina de Inglaterra!». (A pesar de la condena actual al castigo corporal, tal vez algunos salven, e incluso aplaudan, esta reacción de la reina Victoria). Prosigamos.

El oficio de chico de los azotes, como tal, pertenece a siglos pasados y no parece que tuvo larga vida. Queda como una curiosidad histórica y pedagógica. Entre otros, se refieren a ella Mark Twain (“El príncipe y el mendigo”), y el libro de Sid Fleischman, publicado en 1987. Paul Tabori la describe en su “Historia de la estupidez humana”, aunque creo que era mucho menos ‘estúpida’ que otros comportamientos descritos en el libro.

La prohibición de los castigos corporales hace impensable hoy acudir a los azotes como motivador educativo y, mucho menos, el que un niño reciba los destinados a otro. Un hecho semejante provocaría la indignación general y la intervención de la justicia. Sin embargo, en las relaciones humanas pervive, adaptado y actualizado, el oficio de chico de los azotes, que también puede ser un grupo o colectivo. No es, pues, agua pasada. En realidad, se trata del ‘chivo expiatorio’ o del que ‘paga el pato’, expresión del mecanismo de defensa de desplazamiento, cuya historia coincide con la de la humanidad. Algunos reciben las condenas, sanciones o reprensiones que merecen otros mejor situados en la escala de poder.

Se trata, pues, de una institución democrática, al menos en teoría, y no ya monopolio real, aunque ahora se practica sin los beneficios que tuvo en las cortes inglesas. Tal vez, usted, amable lector, o yo mismo, busquemos o ya dispongamos, al actuar o al juzgar, de un chico de los azotes.

 

 

 

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La amistad es necesaria

Rosa Blanca

 

Enlace al texto del artículo en PDF del autor: La amistad es necesaria

Enlace al texto del artículo en PDF de El Correo: La amistad es necesaria artículo

La amistad es necesaria

Enrique Pallarés Molíns

Doctor en Psicología. Profesor emérito de la Universidad de Deusto

Publicado en El Correo. Domingo, 29 de julio del 2018. Página 37. Y en el Diario Vasco. Domingo, 29 de julio del 2018. Página 24

La Asamblea General de las Naciones Unidas instituyó en 2011 la celebración, cada 30 de julio, del Día Internacional de la Amistad. Día especial para reflexionar y estimular su cultivo durante todos los días del año, pues, como dice Aristóteles, sin la amistad la vida sería un error. Las noticias de guerras, violación de los derechos humanos, miseria y, en general, de insolidaridad y hostilidad son muy frecuentes y clamorosas. La marea negra del desencuentro y del odio, además de tóxica, dificulta el reconocimiento de las fuerzas constructivas, como la amistad, presentes también en el ser humano.

La amistad es una forma de relación interpersonal observable en todas las etapas de la vida, lugares y tiempos, aunque con expresiones propias. No es antropomorfismo aplicar el término ‘amistad’ a los animales, pues en el reino animal, por ejemplo, en los primates, elefantes y delfines, se observan comportamientos equivalentes a la amistad; y, por supuesto, entre el ser humano y algunos animales.

Existen diferentes grados de intensidad y compromiso en la amistad –del amigo/conocido al íntimo amigo–, pero siempre se incluye o se aspira a un clima de aceptación, confianza, fidelidad y ayuda. Amistad, incluso, como el amor, más allá de la muerte. El amigo de verdad escucha, aconseja y apoya de forma desinteresada. Aristóteles proponía como modelo de la amistad el amor de las madres a los hijos, pues «los siguen queriendo sin buscar la correspondencia en el amor».

Un objetivo, es cierto, difícil de alcanzar. Algunas redes sociales hacen demasiado fácil la amistad o, más bien, una trivialización de la amistad. Se puede aplicar aquí la sentencia que Nietzsche pone en boca de Zaratustra: «Existe la camaradería: ¡ojalá exista la amistad!». Es la tarea de cultivar la amistad, complemento de la justicia, desde sus formas más superficiales a las más sólidas. Porque, aunque no abunda, existe la verdadera amistad, modelo y meta hacia donde orientar las relaciones interpersonales.

La verdadera amistad no implica encerrarse en una relación con una o pocas personas afines; tiende a hacerse más profunda, pero también a extenderse en la diversidad. Amistad intercultural, amistad entre pueblos, amistad intergeneracional… amistad con la divinidad y con la naturaleza.  Pero, también, amistad con uno mismo, es decir, reconciliación interior para fundamentar la amistad con los demás.

«Quien encuentra un amigo, encuentra un tesoro», instruye el Eclesiástico. La Psicología ha mostrado las consecuencias positivas de la amistad. Además de antídoto de la soledad y de sus consecuencias negativas, tener amigos es clave para el bienestar personal y la auténtica felicidad. Pues la amistad no solo protege en la adversidad, sino que es también condición esencial de la felicidad.

Laín Entralgo, autor de un tratado sobre la amistad, de obligada referencia, la consideraba fundamental para el buen funcionamiento de la vida pública española. Entre el pesimismo y la esperanza, proponía que la relación política, incluso si se realiza en la discrepancia y la oposición, tuviera como fundamento la amistad y la inteligencia. Amistad e inteligencia para comprender, respetar y acercarse al otro, incluso si no se coincide en ideas. Aunque resulta poco realista pretender que el manto sanador de la amistad cubra repentinamente la crispada selva de la vida política y social, no lo es conseguir un debilitamiento progresivo de la enemistad y un reciclaje de los esfuerzos orientados a destruir al adversario político en energía constructiva para el bien común.

La amistad, además de explicada por destacados filósofos y psicólogos y de inspirar varias novelas y películas, ha sido loada en bellos poemas y canciones. El político y poeta cubano José Martí propone la rosa blanca como imagen de la amistad pura: «Cultivo una rosa blanca/ en junio como en enero/ para el amigo sincero/ que me da su mano franca». Pero, al final de su breve y sencillo poema, el poeta deja claro que no cultiva el odio ni el rencor hacia el que no le quiere bien: «Y para el cruel que me arranca/ el corazón con que vivo,/ cardo ni ortiga cultivo;/ cultivo la rosa blanca». ¡Derretir la hostilidad con la cordialidad! Adecuado y oportuno mensaje para el Día Internacional de la Amistad: que retroceda el árido desierto de la enemistad, y avance el amable jardín donde crecen las rosas blancas de la amistad. Esa amistad que, según el filósofo griego Epicuro de Samos, «danza alrededor del mundo y, como un heraldo, nos invita a todos a que despertemos para celebrar la felicidad».

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