Día Mundial de la Salud Mental (2018)

Illustration about women health in Russia

Los jóvenes y la salud mental en un mundo en transformación

La Organización Mundial de la Salud nos invita, una vez más, a celebrar hoy, 10 de octubre, el Día Mundial de la Salud Mental. Este año bajo el lema: Los jóvenes y la salud mental en un mundo en transformación. La adolescencia y los años previos inmediatos constituyen, sin caer en el mito sintetizado en la frase de que «durante la adolescencia ser normal es ser anormal», una etapa de la vida especialmente problemática desde el punto de vista de la salud mental. Una etapa de la vida de cambios importantes y rápidos en el mundo actual, caracterizado también por los cambios importantes y rápidos.

Según la Organización Mundial de la Salud la mitad de las enfermedades mentales comienzan antes de los 14 años –aunque la mayoría no se diagnostican ni reciben tratamiento– y el suicidio es la segunda causa de muerte entre los 15 y los 29 años. El consumo de sustancias, el abuso del alcohol, las conductas de riesgo (en la conducción de vehículos, actividad sexual…), la depresión, o los trastornos de la alimentación, son algunos de los problemas de conducta que emergen estos años y que interactúan entre sí.

La falta de puntos de referencia sólidos coopera a que el adolescente y el joven, en esta etapa de la vida caracterizada por los importantes y rápidos cambios biopsicosociales, quede a veces a la deriva, sin viento firme y seguro que infle las velas de su esperanza y le impida tomar direcciones equivocadas. La pérdida de la esperanza es grave en cualquier momento de la vida, pero de forma especial en este estadio de transformación y de preparación para la vida adulta. Pero la esperanza no se sustenta en el vacío. Cooperar con el buen entendimiento a la construcción de una sociedad mejor será el pilar más firme que sustente la esperanza de los más jóvenes. El egoísmo, manifestado en el ansia desmedida de acumular bienes materiales, poder o prestigio, constituyen el tóxico más potente que estrangula la esperanza de todas las personas, pero de forma especial de las más jóvenes.

La familia y la escuela deben enseñar que la esperanza exige, precisamente, esperar; que es condición para el autocontrol y el equilibrio mental saber posponer  la gratificación. A la vez, es necesario que el joven vea ejemplos a imitar y no solo buenas palabras, cuando no clamorosos desencuentros y discordias. La mejora de la salud mental en los jóvenes se forja en una sociedad sana y justa. Esta es la mejor forma de prevenir los problemas mentales de toda la sociedad y, de modo especial, de la juventud.

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Autoestima muy alta: ventajas y riesgos

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«No es el único objetivo ni el más importante que la autoes­tima sea muy alta, sino que sea auténtica, estable y con un funda­mento sólido. No se trata, sin más, de aumentar el nivel de la autoestima, sino de llegar a una valoración o estima de sí mis­mo adecuada. Nos referimos a la autoestima óptima, en oposi­ción a una autoestima frágil. En definitiva, se trata, no solo ni principalmente, de aumentar la autoestima en cantidad, sino de dar preferencia a la calidad.

¿Vale la pena pretender conseguir una autoestima muy alta? Tan­to el tener la autoestima alta como el pretender tenerla muy alta tiene ventajas, pero también desventajas. A corto plazo las ventajas son, sobre todo, afectivas, como sentirse mejor y más feliz. Pero también puede tener sus costos o desventajas, pues, aunque las personas con alta autoestima persisten más en la actividad ante la posibilidad de fracasar, también es más pro­bable que continúen en el empeño cuando ya resulta inútil, o incluso perjudicial, persistir. De este modo, pueden llegar a exponerse a riesgos inútiles, además de emplear sin provecho una gran cantidad de tiempo. De ser constante se puede pasar a ser obstinado, y, al no saber retirarse a tiempo, en ocasiones uno se ve obligado a iniciar una apresurada huida hacia delan­te. En el que toma decisiones, la autoestima alta puede llevar a no tener en cuenta informaciones importantes, pues algunos sujetos de autoestima alta no desean por nada ser cuestiona­dos en sus puntos de vista y rechazan o desvalorizan las reco­mendaciones de otros».

Enrique Pallarés Molíns: La autoestima. Cómo cultivarla de forma sana. Bilbao: Ediciones Mensajero, 2011. Pp. 95-96.

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La cuarta edad (1/10 Día Internacional de las Personas de Edad)

Mayores en residencia

 

…y la cuarta edad

Enrique Pallarés Molíns

Doctor en Psicología. Profesor emérito de la Universidad de Deusto

El Correo. Domingo, 30 de septiembre del 2018. Página 41

Enlace al texto del artículo en PDF…y la Cuarta Edad art

 

La celebración el 1º de octubre del Día Internacional de las Personas de Edad invita a realizar un breve comentario sobre la última etapa de la vida. Hablamos con frecuencia de la tercera edad, de los años a partir de los 60-65, fecha habitual de la jubilación, pero menos de la cuarta edad. Con un criterio cronológico, la cuarta edad comienza hacia los 80 años; con un criterio demográfico cuando solo siguen vivos la mitad de los miembros de la propia cohorte, o grupo de personas nacidas el mismo año y que llegaron a la madurez. Finalmente, otros gerontólogos definen la cuarta edad, sin utilizar referencias cronológicas, como la situación en la que se encuentran las personas cuando la fragilidad y la dependencia se hacen evidentes e irreversibles.

La tercera edad, por lo general, es una prolongación de la madurez, pero con la ventaja de estar libre de las limitaciones que imponen las actividades laborales y paternales o maternales. El filósofo italiano Norberto Bobbio la llama ‘vejez burocrática’, porque su comienzo lo marca la jubilación. La cuarta edad, por el contrario, que Bobbio llama ‘vejez fisiológica’, está asociada a fragilidad y a dependencia. Se puede decir, rehuyendo ‘romantizar’ la vejez, que la cuarta edad es la verdadera y temida vejez.

Joan Erikson, tras la muerte de su esposo Erik y con más de noventa años, añadió un noveno estadio a los ocho, ya clásicos, con los que resumió Erik el ciclo vital humano y sus retos o tareas psicosociales. Este noveno estadio, que coincide con la cuarta edad, «trae consigo nuevas demandas, reevaluaciones, y dificultades diarias». Intuir un futuro efímero, largo tal vez solo por el sufrimiento, reducida la autonomía y considerarse una carga, puede llevar a la desesperanza total.

El extraordinario avance de las ciencias biológicas y de la salud ha facilitado un aumento considerable de la esperanza de vida; pero algunos se preguntan si lo que se ha conseguido, en realidad, es solo posponer la fecha de la muerte. Un objetivo, propuesto por el profesor James Fries, de la Universidad de Stanford, es la llamada ‘compresión de la morbilidad’ o reducción de la etapa final de fragilidad. Más lejano está lograr detener y revertir el proceso de envejecimiento, que propone el biogerontólogo británico Aubrey de Grey. Resulta necesario, pues, escuchar las sugerencias de la Psicología Humanista y de la Positiva. Es el tiempo de utilizar las reservas interiores, cultivadas y atesoradas a lo largo de la vida, que no se deterioran como el cuerpo, pero capaces de convertir la fragilidad física en fortaleza interior y el sinsentido en sentido.

Así: adoptar una concepción de la existencia humana cimentada en los valores más sólidos (dignidad de la persona, amor y amistad, trascendencia…); sentir y expresar gratitud por cada nuevo día y por las grandes o pequeñas experiencias positivas; reaccionar a la frustración de forma adaptativa y no agresiva o autoagresiva; regirse por el lema de que el valor de la persona no radica en ‘tener’ (apariencia, bienes materiales, prestigio), sino en el hecho mismo de ‘ser’ persona; bajar el ‘volumen’ del propio ego y escuchar el clamor de la humanidad; amabilidad y compasión con los demás y con uno mismo; reconciliado con el pasado, vivir el presente con esperanza hacia el futuro; convicción de que, aunque no siempre es posible controlar lo que nos ocurre, siempre podemos controlar nuestra reacción, y aceptar lo que se escapa a nuestro control, sin ‘dar coces contra el aguijón’. En resumen: aceptar la vida y aceptarse a sí mismo y a los demás.

Tarea también para las diferentes instancias de la sociedad. La atención a las personas de la cuarta edad, con un trato humano, amable y técnicamente correcto, demuestra que no somos una horda salvaje que se rige solo por la eficacia y la ley del más fuerte, sino que reconocemos la potente energía que esconde la fragilidad y el tender la mano al débil. Porque, junto a muchas acciones insolidarias, también existen modelos –y no escasos, aunque menos noticiables– de entrega desinteresada a personas frágiles, como para pensar que la pretensión de extender esta actitud humanitaria no es una bella ilusión ni una meta inalcanzable.

Además, la persona en situación de fragilidad nos ofrece la ocasión de expresar lo mejor de nosotros –a veces velado por la búsqueda veloz de la utilidad material–, como la bondad, empatía y compasión con el que sufre. Por eso, si esperamos gratitud por la a veces difícil tarea de asistir a estas personas, también hemos de agradecerles el que nos ayudan a ser más humanos.

 

 

 

 

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El chico de los azotes

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El chico de los azotes

Enrique Pallarés Molíns

Doctor en Psicología. Profesor emérito de la Universidad de Deusto

 

Publicado en EL CORREO. Sábado 1 de septiembre del 2018. Página 29

 

En tiempos pasados estuvo vigente el principio pedagógico resumido en la sentencia «la letra con sangre entra». Goya lo reflejó en el óleo del mismo título, que hoy contemplamos con repulsión, pero en otros tiempos con absoluta normalidad. Todavía no se conocían las conclusiones del psicólogo conductista norteamericano B.F. Skinner contra el castigo y su sustitución por el refuerzo positivo.

Los príncipes no podían ser excepción a esta norma. Al error durante el aprendizaje, o tras una conducta indeseable, debía seguir el castigo, que normalmente consistía en azotes. Por otra parte, resultaba impensable castigar así al futuro rey, por más extendido y aceptado que estuviera entonces el castigo corporal. La solución se encontró, durante algún tiempo, en ‘el chico de los azotes’ (‘The whipping boy’). Un muchacho, de la misma edad del príncipe, dispuesto a recibir los azotes que éste merecía. De este modo, los errores en el aprendizaje y las conductas inadecuadas del príncipe eran sancionadas, de modo inmediato, pero no en su carne, sino en la del chico de los azotes.

No era un oficio indeseado; todo lo contrario. El chico de los azotes comía y vivía en palacio, recibía la misma educación que el príncipe y permanecía siempre junto él, pues las acciones punibles resultaban impredecibles. Establecía una relación de amistad, incluso de profunda amistad, con el futuro rey, que con facilidad le abría un futuro brillante. Así, William Murray, chico de los azotes de Carlos I de Inglaterra, llegó a ser conde de Dysart y consejero del rey. Eso sí, el príncipe tenía que presenciar el castigo y, dada la relación de amistad creada, generadora de empatía, podemos decir que también «ahí le dolía».

La existencia de esta institución u oficio de chico de los azotes se sitúa en la Inglaterra de finales del XVI y parte del XVII. Parece que existió también, incluso con anterioridad, en algunas cortes del continente europeo. Otros monarcas actuaban de muy distinta manera, como Enrique IV de Francia, que además de permitir que su hijo, el Delfín y futuro Luis XIII, recibiera castigos corporales, ordenaba expresamente que, si era necesario, le fueran aplicados. Y no por falta de afecto a su hijo, pues la historia cuenta anécdotas que prueban el gran afecto que sentía y le mostraba.

A modo de excurso. Se cuenta («Se non è vero, è ben trovato») que la reina Victoria de Inglaterra tampoco tuvo problema en zurrar al Príncipe de Gales, el futuro Eduardo VII. Paseaba una mañana por los jardines del palacio de Buckingham, cuando escuchó el llanto de un niño. Se acercó y comprobó que su hijo Eduardo estaba golpeando a otro niño. «¿Por qué golpeas a este niño?», preguntó la reina a su hijo. «¡Para que sepa que soy el Príncipe de Gales!», respondió. La reina se sentó en el banco más próximo, colocó al Príncipe de Gales en la postura idónea, y le administró varias zurras o cachetes, mientras le decía: «¡Y yo te zurro para que sepas que soy la Reina de Inglaterra!». (A pesar de la condena actual al castigo corporal, tal vez algunos salven, e incluso aplaudan, esta reacción de la reina Victoria). Prosigamos.

El oficio de chico de los azotes, como tal, pertenece a siglos pasados y no parece que tuvo larga vida. Queda como una curiosidad histórica y pedagógica. Entre otros, se refieren a ella Mark Twain (“El príncipe y el mendigo”), y el libro de Sid Fleischman, publicado en 1987. Paul Tabori la describe en su “Historia de la estupidez humana”, aunque creo que era mucho menos ‘estúpida’ que otros comportamientos descritos en el libro.

La prohibición de los castigos corporales hace impensable hoy acudir a los azotes como motivador educativo y, mucho menos, el que un niño reciba los destinados a otro. Un hecho semejante provocaría la indignación general y la intervención de la justicia. Sin embargo, en las relaciones humanas pervive, adaptado y actualizado, el oficio de chico de los azotes, que también puede ser un grupo o colectivo. No es, pues, agua pasada. En realidad, se trata del ‘chivo expiatorio’ o del que ‘paga el pato’, expresión del mecanismo de defensa de desplazamiento, cuya historia coincide con la de la humanidad. Algunos reciben las condenas, sanciones o reprensiones que merecen otros mejor situados en la escala de poder.

Se trata, pues, de una institución democrática, al menos en teoría, y no ya monopolio real, aunque ahora se practica sin los beneficios que tuvo en las cortes inglesas. Tal vez, usted, amable lector, o yo mismo, busquemos o ya dispongamos, al actuar o al juzgar, de un chico de los azotes.

 

 

 

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La amistad es necesaria

Rosa Blanca

 

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La amistad es necesaria

Enrique Pallarés Molíns

Doctor en Psicología. Profesor emérito de la Universidad de Deusto

Publicado en El Correo. Domingo, 29 de julio del 2018. Página 37. Y en el Diario Vasco. Domingo, 29 de julio del 2018. Página 24

La Asamblea General de las Naciones Unidas instituyó en 2011 la celebración, cada 30 de julio, del Día Internacional de la Amistad. Día especial para reflexionar y estimular su cultivo durante todos los días del año, pues, como dice Aristóteles, sin la amistad la vida sería un error. Las noticias de guerras, violación de los derechos humanos, miseria y, en general, de insolidaridad y hostilidad son muy frecuentes y clamorosas. La marea negra del desencuentro y del odio, además de tóxica, dificulta el reconocimiento de las fuerzas constructivas, como la amistad, presentes también en el ser humano.

La amistad es una forma de relación interpersonal observable en todas las etapas de la vida, lugares y tiempos, aunque con expresiones propias. No es antropomorfismo aplicar el término ‘amistad’ a los animales, pues en el reino animal, por ejemplo, en los primates, elefantes y delfines, se observan comportamientos equivalentes a la amistad; y, por supuesto, entre el ser humano y algunos animales.

Existen diferentes grados de intensidad y compromiso en la amistad –del amigo/conocido al íntimo amigo–, pero siempre se incluye o se aspira a un clima de aceptación, confianza, fidelidad y ayuda. Amistad, incluso, como el amor, más allá de la muerte. El amigo de verdad escucha, aconseja y apoya de forma desinteresada. Aristóteles proponía como modelo de la amistad el amor de las madres a los hijos, pues «los siguen queriendo sin buscar la correspondencia en el amor».

Un objetivo, es cierto, difícil de alcanzar. Algunas redes sociales hacen demasiado fácil la amistad o, más bien, una trivialización de la amistad. Se puede aplicar aquí la sentencia que Nietzsche pone en boca de Zaratustra: «Existe la camaradería: ¡ojalá exista la amistad!». Es la tarea de cultivar la amistad, complemento de la justicia, desde sus formas más superficiales a las más sólidas. Porque, aunque no abunda, existe la verdadera amistad, modelo y meta hacia donde orientar las relaciones interpersonales.

La verdadera amistad no implica encerrarse en una relación con una o pocas personas afines; tiende a hacerse más profunda, pero también a extenderse en la diversidad. Amistad intercultural, amistad entre pueblos, amistad intergeneracional… amistad con la divinidad y con la naturaleza.  Pero, también, amistad con uno mismo, es decir, reconciliación interior para fundamentar la amistad con los demás.

«Quien encuentra un amigo, encuentra un tesoro», instruye el Eclesiástico. La Psicología ha mostrado las consecuencias positivas de la amistad. Además de antídoto de la soledad y de sus consecuencias negativas, tener amigos es clave para el bienestar personal y la auténtica felicidad. Pues la amistad no solo protege en la adversidad, sino que es también condición esencial de la felicidad.

Laín Entralgo, autor de un tratado sobre la amistad, de obligada referencia, la consideraba fundamental para el buen funcionamiento de la vida pública española. Entre el pesimismo y la esperanza, proponía que la relación política, incluso si se realiza en la discrepancia y la oposición, tuviera como fundamento la amistad y la inteligencia. Amistad e inteligencia para comprender, respetar y acercarse al otro, incluso si no se coincide en ideas. Aunque resulta poco realista pretender que el manto sanador de la amistad cubra repentinamente la crispada selva de la vida política y social, no lo es conseguir un debilitamiento progresivo de la enemistad y un reciclaje de los esfuerzos orientados a destruir al adversario político en energía constructiva para el bien común.

La amistad, además de explicada por destacados filósofos y psicólogos y de inspirar varias novelas y películas, ha sido loada en bellos poemas y canciones. El político y poeta cubano José Martí propone la rosa blanca como imagen de la amistad pura: «Cultivo una rosa blanca/ en junio como en enero/ para el amigo sincero/ que me da su mano franca». Pero, al final de su breve y sencillo poema, el poeta deja claro que no cultiva el odio ni el rencor hacia el que no le quiere bien: «Y para el cruel que me arranca/ el corazón con que vivo,/ cardo ni ortiga cultivo;/ cultivo la rosa blanca». ¡Derretir la hostilidad con la cordialidad! Adecuado y oportuno mensaje para el Día Internacional de la Amistad: que retroceda el árido desierto de la enemistad, y avance el amable jardín donde crecen las rosas blancas de la amistad. Esa amistad que, según el filósofo griego Epicuro de Samos, «danza alrededor del mundo y, como un heraldo, nos invita a todos a que despertemos para celebrar la felicidad».

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Viajar en vacaciones

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Viajar en vacaciones

Enrique Pallarés Molíns

Doctor en Psicología. Profesor emérito de la Universidad de Deusto

Publicado en El Correo. Sábado, 7 de julio del 2018. Página 31

Enlace al texto del artículo en el PDF de El Correo: Viajar en vacaciones art

Viajar; salir de la residencia habitual y de la rutina cotidiana; visitar otros lugares; ver mundo. Por lo general, resulta agradable el cambio de lugar y, además, instructivo y personalmente enriquecedor. Mark Twain, viajero incansable, concluye el extenso relato de uno de los primeros largos viajes organizados de la historia (1865) con su habitual ironía: «Viajar es nefasto para el prejuicio, la intolerancia y la estrechez de miras; y muchos de los nuestros lo necesitan desesperadamente por ese motivo». Según Herman Melville, otro escritor norteamericano: «El viaje es para un espíritu noble como un renacimiento. Tiende a enseñarnos una profunda humildad, ampliando nuestro altruismo hasta abarcar la humanidad al completo».

Viajar ayuda a ensanchar las fronteras de la mente y de la empatía; por eso, los viajes constituyen para Mahatma Gandhi «el lenguaje de la paz». El psicólogo Gordon Allport propuso la «hipótesis del contacto»: bajo ciertas condiciones, la proximidad y el contacto entre los miembros de grupos enfrentados o alejados puede ayudar a disolver los prejuicios y a reducir los conflictos. Una investigación dirigida por los profesores Jiyin Cao, Adam Galinsky y William Maddux llega a la conclusión de que los viajes, sobre todo cuando se establece contacto con varias culturas, ayudan a mejorar la confianza interpersonal y a generalizarla a otros grupos culturales.

Pero este crecimiento personal y social no brota automáticamente. Se pueden visitar otros países y volver igual de etnocéntrico y chovinista que antes de partir. Para evitarlo, no se ha de convertir el viajar en un elemento más de consumo y de moda. El viaje vacacional no es solo para ufanarse al contarlo a los demás, sino, sobre todo, para contárselo a uno mismo y vivir la experiencia del contacto con otras culturas y otras mentalidades. Es visitar un lugar con la mente y el corazón y no a un ritmo frenético, o verlo solo a través de la lente de una cámara fotográfica que no descansa.

Los viajes son muy diferentes según el objetivo y la forma de realizarlo. La estancia en un pueblo, el de la familia o el de adopción, es una opción asequible económicamente, pero no menos pródiga en satisfacciones, sobre todo para el que vive en la gran ciudad. Es mucho más que un premio de consolación cuando no hay otra alternativa. A veces es volver a las propias raíces. Días para liberar la muñeca de la opresión del reloj, porque el contacto con la naturaleza y con personas amigables, hace que el tiempo se detenga, o que se enlentezca. Ocasión también para que el móvil disfrute de algún merecido descanso.

El ‘turismo slow’ es una de las manifestaciones del movimiento slow (movimiento lento), cuya filosofía trata de neutralizar la fuente de estrés del ritmo vertiginoso de la vida actual, extendido también a los viajes. El ‘turismo slow’ implica un consumo responsable, viajes más cercanos y de mayor duración, en los que prima la calidad a la cantidad. No pretender «verlo todo», sino sentir la cercanía de la vida de las personas y de las tierras.

Aunque hay ofertas muy económicas, incluyendo la del mochilero, viajar en vacaciones no está al alcance de todos. Muchos no podrán dejar su domicilio habitual por enfermedad, acompañar a un enfermo, trabajo, falta de recursos económicos… Según el Instituto Nacional de Estadística, en 2017, el  34,4% de las familias no se pudo permitir ir de vacaciones ni siquiera una semana. Por otra parte, no todos los viajes son viajes vacacionales. Por el Mediterráneo, además de los cruceros y los yates de los económicamente potentes, navegan las incómodas y peligrosas pateras, en las que se acinan adultos y niños, que prefieren el riesgo de ser tragados por el mar, al hambre, guerra, tiranía y miseria del país de origen.

El viaje es también símbolo del encuentro con uno mismo, del propio renacer. El ser humano tiene la exclusiva en poder viajar mentalmente a través del tiempo. Así, podemos recorrer y disfrutar los momentos felices del pasado y rectificar los pasos equivocados. Tiempo, pues, para el saboreo del pasado y para el autoperdón y la reconciliación interior, como eficaz resorte para afrontar el futuro con ánimo. La persona querida con quien conversamos bajo el cielo estrellado, el buen libro que nos ofrece su amistad y consejo, o un rato de soledad reflexiva y lúcida, reconfortan e inyectan brío y esperanza para seguir adelante, a la vez que ayudan a profundizar en el sentido de ese viaje –no siempre sobre terreno amable, pero hacia un horizonte acogedor– que es la vida humana.

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La fortaleza humana del perdón

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Enlace al texto del artículo en PDF: El perdón Alfa y Omega

La fortaleza humana del perdón

Enrique Pallarés Molíns

Doctor en Psicología. Profesor emérito de la Universidad de Deusto

 Publicado en el suplemento Alfa y Omega, de ABC. 21 de junio del 2018. Página 25.

 El estudio científico del perdón por parte de la Psicología comenzó hace muy pocas décadas, pero este retraso se ha visto plenamente compensado con el elevado y creciente número de investigaciones sobre sus determinantes, consecuencias y modos de fomentarlo. Sin embargo, las principales religiones y de modo especial la cristiana, destacan ya desde hace milenios o siglos la importancia del perdón y exhortan a su práctica.

La filósofa Hannah Arendt, pionera en señalar el papel fundamental del perdón interpersonal, afirma que «El descubridor del papel del perdón en los asuntos humanos fue Jesús de Nazaret», y añade que el contexto y el lenguaje religioso no son razón para valorarlo menos en un sentido estrictamente secular. El profesor de Psicología Everett Worthington, autor de un gran número de estudios sobre el perdón –y que lo practicó con el asesino de su madre antes de transcurrir un mes del crimen–, reconoce el origen divino del perdón y afirma que es uno de los rasgos de la imagen de Dios grabada en lo más profundo del ser humano.

Se ha dicho que es más difícil definir el perdón que perdonar de verdad. El acuerdo es mayor al concretar lo que no es que lo que es. No es ignorar, excusar olvidar la ofensa (para perdonar hay que recordar), ni indultar. Cómo mínimo es excluir la venganza y reducir las emociones negativas (odio, ira, resentimiento…); para algunos, es necesario, además, sobre todo en las relaciones más valiosas (amigos, pareja), reactivar las emociones positivas.

El profesor Michael McCullough, señala la función de la venganza para controlar la agresión, pero destaca también las raíces no menos profundas del perdón, e incluso sugiere la existencia de un «instinto de perdón». Observaciones controladas de primates no humanos evidencian algunas conductas de reconciliación tras la ofensa. La reconciliación y el perdón suponen una importante ventaja evolutiva porque restauran y aseguran la unión del grupo, esencial para la supervivencia. La venganza, por el contrario, provoca una escalada de reacciones desintegradoras y destructoras.

Además de reparar relaciones sociales valiosas, se han probado las consecuencias positivas del perdón para la salud mental y física. Porque, efectivamente, el perdón neutraliza el odio, la ira y el resentimiento que, lejos de suavizar el dolor de la ofensa, lo avivan. El perdón constituye una liberación interior, pues el que perdona deja de estar centrado en la ofensa y de depender del ofensor. Como afirma Lewis Smedes, «perdonar es poner en libertad a un prisionero y descubrir que ese prisionero era uno mismo».

Perdonar supone un complejo y largo proceso –no un simple «sí» o «no»–, que comprende, además de excluir la venganza, cambios y reajustes emocionales, cognitivos y conductuales. Favorece este proceso tratar de ponerse en el lugar del otro, sin que esto signifique justificar la ofensa. Perdonar no es olvidar, pero conviene evitar el ‘exceso de memoria’ y advertir que el recuerdo es más reconstrucción o interpretación que una reproducción fiel de la ofensa. Cuando no resulta expresamente desaconsejable, el acercamiento y contacto con el ofensor favorece el perdón y la neutralización de los prejuicios.

La observación e interiorización de modelos de perdonar, como Jesús de Nazaret, son una importante ayuda en el camino del perdón. Sobre todo, el fomento de las emociones positivas, como la gratitud y la compasión, que constituyen un eficaz antídoto contra los fluidos tóxicos de la venganza. Advertir también la predicción errónea de que la venganza resultará dulce, cuando en la realidad no pierde su amargor.

Por supuesto, no es lo mismo una ofensa leve que un asesinato. Varios pensadores han mostrado su actitud negativa o reticencia a perdonar lo que consideran imperdonable, concretamente, genocidios como el Holocausto. Para el filósofo francés Vladimir Jankélévitch «el perdón murió en los campos de la muerte». Pero, aunque muy difícil, siempre existe «la posibilidad de lo imposible».

Perdonar es siempre un don gratuito de la víctima (per-donare), que ningún ser humano le puede exigir. Tampoco resulta aconsejable el perdón indiscriminado cuando favorece la revictimización, como puede ocurrir en la violencia familiar, pues perdonar no es dejar de ser asertivo ni convertirse en «felpudo humano».

Perdonar, como pedir perdón, no son signos de debilidad, sino expresión de fortaleza interior y de autoestima sana. Convencernos de esto fomentará la cultura del perdón y de la reconciliación, tan necesarias en todos los ámbitos de nuestra sociedad. Lo expresó con claridad el arzobispo anglicano Desmond Tutu, líder de la reconciliación en Sudáfrica y premio Nobel de la Paz: «Sin perdón no hay futuro».

 

Otras publicaciones mías sobre el tema del perdón:

+LIBRO: Pallarés Molíns, Enrique. El perdón como fortaleza humana. Bilbao: Ediciones Mensajero (Grupo Comunicación Loyola), 2016. 245 páginas. Información sobre este libro en: https://enriquepallares.wordpress.com/2016/11/15/nuevo-libro-el-perdon-como-fortaleza-humana/

+CAPÍTULO EN LIBRO COLECTIVO: Pallarés Molíns, Enrique. Del odio y el resentimiento a la reconciliación por el perdón. En M.C. Azaústre Serrano (Coord.), Una espiritualidad de la reconciliación y la no violencia, (pp. 19-56). Ávila: CITeS-Universidad de la Mística, 2016. (Colección Cátedra Josefa Segovia, 4).

+ARTÍCULO: Pallarés Molíns, Enrique. El perdón como fortaleza humana. EL CORREO. Sábado, 7 de mayo del 2016. Página 41. Enlace al texto de este artículo: https://enriquepallares.wordpress.com/2016/05/09/el-perdon-como-fortaleza-humana/

+ARTÍCULO: Enrique Pallarés Molíns: Dulzura y amargor de la venganza. EL CORREO. Domingo, 19 de marzo del 2017. Página 43.  https://enriquepallares.wordpress.com/2017/03/20/dulzura-y-amargor-de-la-venganza/

+ARTÍCULO: Pallarés Molíns, Enrique. La necesidad de pedir perdón. El CORREO. Sábado, 5 de mayo del 2018. https://enriquepallares.wordpress.com/2018/05/05/la-necesidad-de-pedir-perdon/

 

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¡¡¡Feliz Verano!!!

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Junio, el mes de los exámenes

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Junio, el mes de los exámenes

Enrique Pallarés Molíns

Doctor en Psicología. Profesor emérito de la Universidad de Deusto

Publicado en El Correo. Domingo, 3 de junio del 2018, página 41

Enlace al texto en PDF: El mes de los exámenes art

 

Varios meses del año están asociados a una particularidad del ciclo de la naturaleza o de la actividad humana. Así, si mayo es el mes de las flores, junio es el de los exámenes. Aunque las recientes reformas educativas han provocado cambios importantes en el calendario académico y en de los exámenes, junio sigue siendo el mes de los exámenes.

Días de hiperactividad sedente y de ansiedad. De hiperactividad sedente por el notable incremento del número de horas de estudio, a costa del descanso e incluso del sueño; al día le faltan horas. Las salas de estudio cuelgan el cartel de ‘completo’, mientras disminuye la afluencia a los lugares de ocio; sillas calientes y cabezas calientes. Nada que ver, pues, con unos días de disfrute y relax. Tal vez la única ventaja hedónica de esta etapa de sobrepresión sea la reacción de profundo bienestar al concluir los exámenes e iniciar las vacaciones estivales.

¿Está justificado este maratón final con el importante malestar que incluye? Conviene resistir a la tentación de aludir, aunque sea verdad, a lo de que «todos los hemos pasado y hemos sobrevivido». La multisecular historia de los exámenes –algunos sitúan su comienzo en la China del siglo VII a.C.– tampoco constituye un argumento válido para defender su pervivencia en la actualidad. Me llamó la atención, hace años, el título de un artículo de investigación: «Aprender ‘para los exámenes y aprender ‘por medio de los exámenes». Si la primera parte de la frase resulta de fácil comprensión, ¿es posible también aprender ‘por medio’ de los exámenes, sacar de ellos algún provecho intelectual?

Los exámenes forman o tienen que formar parte del aprendizaje. Ayudan a pasar de creer que uno sabe algo, a comprobar si lo sabe o no de verdad. Exigen, pues, superar una visión superficial de la materia. Por eso, la pauta recomendable del estudio personal incluye, como proceso necesario, el autoexamen o comprobación mental frecuente –no necesariamente oral o escrita– de lo que se estudia. Es la forma de afianzar lo aprendido y de protegerlo del olvido; mucho más que las meras lecturas pasivas. La práctica habitual de este autoexamen evitaría o reduciría muchos sustos y disgustos cuando es el profesor el que hace las preguntas.

Días de examen y días de ansiedad. La ansiedad, en diferentes grados, se hace presente, ante el temido suspenso, visto como una amenaza a la autoestima. Según la ley de Yerkes-Dodson, en un grado leve, la ansiedad actúa de motivante y estimulante de la ejecución. No asustarse al advertirla, y menos luchar para que desaparezca, es la mejor estrategia para desactivar el círculo vicioso de la ansiedad generada al percibir la propia ansiedad. Además, reducir la duración de los maratones finales y realizar descansos o interrupciones periódicas. El sueño, necesario tras el aprendizaje para fijarlo, se cobra con frecuencia su deuda con un subidón de la ansiedad, que puede llegar al bloqueo mental.

La memoria es más fiel de lo que a veces parece. No recordar algo en un momento concreto no equivale a olvido definitivo, sino, cuando se aprendió bien, a falta de acceso temporal a ese dato, porque la memoria no trabaja a presión excesiva, como ocurre cuando se pretende recordarlo todo a la vez, o si el examinando se agobia al ver que no acude a la cita alguna información.

Lo bien aprendido siempre deja huella. Esta es también la razón por la que, a pesar de que se pueda tener la impresión de que se borra lo estudiado para los exámenes, no ocurre así. Las visiones de conjunto, a las que obliga su preparación, no se evaporan del todo, sino que quedan como esquemas o perchas para organizar el aprendizaje posterior y aplicarlo; o como habilidad para distinguir la información correcta de la incorrecta. Los exámenes no son inútiles si están bien planteados.

 Los exámenes han sufrido cambios importantes a lo largo de su historia. Además de la función legal de certificar la adquisición de los objetivos educativos, obligan a afianzar las informaciones y conceptos fundamentales de cada materia. La valoración del trabajo realizado durante el curso no excluye la necesidad de un examen global, cuya calificación se conjugue debidamente con las otras.

Ahora bien, junto a la evaluación del trabajo del alumno no debe faltar la metaevaluación o ‘evaluación de la evaluación’. El tipo y contenido de las pruebas condicionan el trabajo de los alumnos y también el grado de consecución de los objetivos educativos. Por eso, así como los alumnos se examinan, también se han de examinar los exámenes, con frecuencia y de verdad.

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La necesidad de pedir perdón

La necesidad de pedir perdon imag

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La necesidad de pedir perdón

Enrique Pallarés Molíns

Doctor en Psicología. Profesor emérito de la Universidad de Deusto

 

Publicado en EL CORREO. Sábado, 5 de mayo del 2018.

 

Perdonar y pedir perdón constituyen, junto con el perdonarse a uno mismo, la llamada ‘tríada del perdón’. Perdonar y pedir perdón son procesos naturalmente complementarios, aunque es posible perdonar sin petición de perdón y la petición de perdón no ser correspondida. Perdón que rellena la brecha de la injusticia provocada por la ofensa y que repara las relaciones entre las personas.

No es lo mismo un leve empujón que un asesinato. Pero, a igual gravedad de la ofensa, las formas de pedir perdón tampoco son iguales. Porque existe una forma estratégica o táctica, cuyo objetivo no es tanto pedir perdón como tratar de lavar la imagen o ganar aceptación social. Algunas peticiones de perdón, incluso, son un modo de justificar la ofensa y de prolongarla. ¿Qué requisitos debe cumplir la petición de perdón para facilitar su concesión y evitar la revictimización?

Ante todo, ha de quedar muy claro el reconocimiento de la ofensa, quién es el ofensor y quién el ofendido. Desvirtúan o corrompen la petición de perdón las explicaciones vagas o incompletas, así como el racionalizar o tratar de justificar la ofensa. Hablar de daños colaterales o de consecuencias de un conflicto, eludiendo o velando la realidad cruel del asesinato o de otros tipos graves de ofensa, es una cínica perversión, no solo del perdón, sino de la misma comunicación humana.

La auténtica petición de perdón implica el sincero arrepentimiento, una de las siete cosas que, según el Talmud de Babilonia, creó Dios antes de crear el universo. Arrepentimiento expresado, además de con lenguaje claro, con la reparación, en el grado en que ésta todavía sea posible.

Además, el que pide perdón no ha de esperar recibirlo de forma automática e inmediata. Las ofensas especialmente graves exigen en la víctima, incluso cuando decide perdonar, un complejo proceso psicológico. Lo recuerda la ‘Guía general de buenas prácticas en el trato con víctimas del terrorismo…’, del Gobierno Vasco: «Las víctimas no deben ser obligadas a sobrellevar la carga del perdón y la reconciliación, cuestiones muy complejas…». La etimología de ‘perdón’ (‘per-donare’) muestra también su carácter de don gratuito.

Aunque resulte una obviedad, evitar la ofensa y la siembra de odio es una ‘tarea’ preventiva, y las más deseable, que hace innecesaria la compleja tarea de pedir perdón y de perdonar. Resulta aplicable aquí la máxima «Primum non nocere» («Lo primero, no causar daño»).

Comenta George Vaillant, profesor de Psiquiatría de la Universidad de Harvard, que en épocas pasadas tener autoridad equivalía a estar exento de pedir perdón. Asistimos hoy –en la llamada ‘era de las disculpas’– a peticiones de perdón por parte de líderes políticos y religiosos, con frecuencia de ofensas que ellos personalmente no cometieron. Sean bienvenidas y estimuladas las sinceras peticiones de perdón, muestra de que las instituciones, no solo son capaces de cometer errores, sino también de arrepentirse y de rectificar.

No resulta fácil pedir perdón, ya que algunos lo perciben como signo de debilidad y muestra de baja autoestima. Pero, en realidad, solo las personas o grupos que han construido o reconstruido su identidad y su autoestima sobre lo pilares de la autenticidad y del sentido de humanidad son capaces de pedir perdón y de mostrar así su sólida fortaleza. Tanto el pedir perdón, como el otorgarlo, no son signo de debilidad.

Para fomentar la cultura del perdón y de la reconciliación –«Sin perdón no hay futuro» y el presente constituye una pesadilla–, es necesario subrayar el esencial papel del pedir perdón. El profesor Aaron Lazare, autor de un libro de referencia sobre el tema, afirma que, dada su cualidad sanadora, «Las disculpas deberían ser contadas entre las conductas más profundas de la humanidad». Australia instituyó en 1998 el Día Nacional de Pedir Perdón (National Sorry Day), que se celebra cada 26 de mayo. Si no se juzga necesario aumentar el ya denso calendario de los ‘Día de…’, resulta imprescindible activar una actitud sincera de pedir perdón por las ofensas cometidas, o por ‘mirar a otro lado’, como única vía hacia la anhelada reconciliación y paz social.

El poeta zamorano León Felipe expresó con hondura la necesidad vital de pedir perdón, en un poema que refleja el dolor de una persona de edad avanzada al constatar la pérdida de su memoria y de las personas a quienes pedir perdón: «Las palabras se me van/ como palomas de un palomar desahuciado y viejo/ y sólo quiero que la última paloma,/ la última palabra pegadiza y terca,/ que recuerde al morir sea ésta: Perdón».

 

Otras publicaciones mías sobre el tema del perdón:

+Pallarés Molíns, Enrique. El perdón como fortaleza humana. Bilbao: Ediciones Mensajero (Grupo Comunicación Loyola), 2016. 245 páginas. Información sobre este libro en: https://enriquepallares.wordpress.com/2016/11/15/nuevo-libro-el-perdon-como-fortaleza-humana/

+Pallarés Molíns, Enrique. Del odio y el resentimiento a la reconciliación por el perdón. En M.C. Azaústre Serrano (Coord.), Una espiritualidad de la reconciliación y la no violencia, (pp. 19-56). Ávila: CITeS-Universidad de la Mística, 2016. (Colección Cátedra Josefa Segovia, 4).

+Pallarés Molíns, Enrique. El perdón como fortaleza humana. EL CORREO. Sábado, 7 de mayo del 2016. Página 41. Enlace al texto de este artículo: https://enriquepallares.wordpress.com/2016/05/09/el-perdon-como-fortaleza-humana/

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