Aceptarse en el éxito

Mi último artículo publicado el domingo, 17 de mayo del 2015 en el diario EL CORREO (Vizcaya, Álava, Rioja), página 49 y en el DIARIO VASCO (Guipúzcoa), página 23.

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Aceptarse en el éxito

Enrique Pallarés Molíns
Doctor en Psicología. Profesor emérito de la Universidad de Deusto

«En este mundo solo hay dos tragedias. La una es no conseguir lo que se desea y la otra es conseguirlo. La segunda es la peor de las dos. ¡Esta última es la verdadera tragedia!». Así se expresa Dumby, personaje de “El abanico de Lady Windermare”, de Oscar Wilde. ¿Se trata de un error? ¿Será una hipérbole que encierra una verdad difícil de entender en nuestra sociedad claramente orientada al éxito?
No solo cuesta reconocer y aceptar un fracaso, sino que tampoco es fácil aceptarse a sí mismo tras él. Hay personas que se hunden psicológicamente cuando no ven colmados sus deseos. El fracaso no resulta positivo, aunque se puede redimir si se afronta como un reto a superar.
Por el contrario, en general el éxito favorece el bienestar y la salud mental. La meta alcanzada constituye un potente refuerzo para avanzar. Por eso, se recomienda escalonar el aprendizaje, y en general cualquier tarea compleja, de modo que el que aprende o actúa experimente con mayor probabilidad éxitos parciales, que sirvan de resorte para alcanzar el objetivo final. El éxito, pues, en sí mismo considerado, no constituye ninguna tragedia; todo lo contrario, resulta estimulante y saludable. Empuja hacia nuevas metas y contribuye de forma importante a la superación y crecimiento personal.
Entonces, ¿qué peligro existe en el éxito, en conseguir lo que uno desea? A primera vista ninguno. Pero si reflexionamos y, sobre todo, si observamos con atención lo que a veces ocurre en la realidad, comprenderemos que el éxito puede tener también un lado oscuro. Entendemos aquí ‘éxito’ en la acepción popular, es decir, como éxito en lo económico, político, deportivo, artístico, académico, profesional, social, etc., y dando por supuesto que se ha conseguido limpiamente.
En primer lugar, existe el riesgo importante de que uno termine por hacerse ‘adicto’ al éxito y, en consecuencia, lo tome como la única norma de su vida: el éxito por encima de todo y de todos. Esto supone, además de la incapacidad para reaccionar ante un eventual fracaso, considerar imprescindible para aceptarse a sí mismo algo cuya consecución está fuera del propio control. Fundamentar la autoaceptación en el éxito conseguido es construir la autoestima –la valoración que uno hace de sí mismo– sobre arenas movedizas. El éxito puede, incluso, conducir a instalarse cómodamente en él y a renunciar a todo progreso y avance personal.
Además, el éxito lleva con facilidad a que también los demás le acepten a uno de forma condicional; solo por los éxitos conseguidos y mientras dure la condición de ganador. Es más, el éxito suscita con facilidad una reacción de envidia en otras personas, que se puede prolongar en acciones orientadas a socavar el suelo sobre el que se asienta el podio del vencedor. Dice Albert Camus que «el éxito y la felicidad solo son perdonados si generosamente se acepta compartirlos con los demás».
No siempre es fácil reaccionar al éxito adecuadamente. Gestionar bien la victoria política, deportiva, social, etc., puede resultar más difícil que aceptar la derrota. El éxito que, bien tomado, es un estimulante eficaz, buscado y alcanzado sin incluir el esfuerzo personal y al margen de un interés social, se puede transformar en un potente narcótico que adormece, anestesia y termina por aniquilar al mismo ganador. Por eso, alcanzar la victoria ha de constituir el nuevo reto –que tal vez exigirá un esfuerzo superior al ya realizado– de tomar el éxito con sencillez y no como un pedestal para mirar a los demás desde la superioridad y la distancia. Por supuesto, ningún reparo se puede poner al éxito conseguido en el crecimiento y madurez personal y, concretamente, en reaccionar de forma adecuada a los éxitos. No se trata, pues, de huir del éxito ni de una búsqueda masoquista del fracaso, sino de conseguir aceptarnos incondicionalmente, sin que el fracaso o el éxito constituyan una traba.
En realidad, éxito y fracaso son dos conceptos relativos, pues cada uno es quien los define. Jorge Luis Borges recordaba la frase de Rudyard Kipling «Al éxito y al fracaso, esos dos impostores, trátalos siempre con la misma indiferencia». Impostores, sí; porque el fracaso y el éxito nunca son tan grandes ni definitivos como piensa el interesado. Cierta indiferencia hacia ambos ayudará, sin duda, a relativizar el fracaso –y evitar así su generalización–, y mostrará al que triunfa la fugacidad e inconsistencia de la victoria y del éxito, salvo que haga de ellos un sillar, grande o pequeño, para construir un mundo más habitable y solidario.

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15 de mayo. Día Internacional de la Familia

Familia MonumentoEn el barrio de San Juan de Pamplona, junto al edificio de Civican, donde hablé el pasado día 13 sobre la memoria, está el monumento a la familia que podéis contemplar en la fotografía. Es obra de la escultora holandesa Henriette Boutens,  afincada en Pamplona desde 1970. Fue inaugurado en mayo del año 2002, coincidiendo con la celebración en Pamplona del Congreso General de la Familia.
Los monumentos, según los que estudian la memoria colectiva, se erigen para mantener presente hechos, personajes e instituciones, que pertenecen a la memoria de la colectividad. El mármol, el bronce, cualquier otro material, diestramente trasformado por el artista, se convierte en un recordatorio perpetuo. En este caso de la familia. Algo bien nuestro. No es necesario subrayar la importancia de la familia para la supervivencia física del ser humano y, sobre todo, para su desarrollo como persona. La imagen de nuestra familia está grabada en nuestro corazón y en todo nuestro ser de modo más indeleble que con los materiales de la escultura. Cada uno de nosotros lleva el ‘monumento’ de su familia dentro de sí.
Una mirada actual a la familia descubre luces y sombras. Las luces de ser el germen y el clima adecuado para el desarrollo de importantes valores y fortalezas que constituyen la base del ser humano y de la sociedad. Solidaridad, proteger al débil, compartir, son algunos de los valores que podemos y que de hecho aprendemos en la familia. En muchos casos, cuando se han cerrado, por la muerte o el abandono los brazos de la propia familia biológica, se han abierto los brazos acogedores de otra familia, que han estrechado con la misma o mayor fuerza al huérfano.
Como en toda institución humana, también en la familia se pueden advertir algunas sombras. Conocemos casos de violencia familiar, abusos, infidelidades, rupturas, abandonos, etc. No se puede negar lo evidente. Ahí está esa realidad. Pero, aunque, por supuesto, menos noticiables, también se puede presentar una larga o larguísima lista de familias en la que domina la concordia, la comprensión y un clima de diálogo, no exento de ciertas tensiones, pero sin llegar a la ruptura. Uno porcentaje de luz superior al de sombra. A veces me pregunto, extrañado, por qué estos casos tan frecuentes de familias bien avenidas y de aquellas en las que unos se sacrifican por otros, no son noticia; pero inmediatamente me respondo diciéndome que, menos mal que no sean noticia, que no se trate de casos raros ni de la excepción, que, por el contrario, sean lo normal, todavía lo más frecuente. ¡Que sigan siendo noticia! Aunque lo negativo ‘cunde’ o se hace más visible que lo bueno, el balance sigue siendo positivo. Con todo, sería de desear que sea noticia con más frecuencia lo positivo, en este caso las familias que conviven pacíficamente y cuyos miembros se apoyan mutuamente, incluso llegando al sacrificio.
15 de mayo. Día Internacional de la Familia. Un día para profundizar en esta realidad de la familia. Un día para muchos de gratitud por haber vivido o vivir en este lugar de convivencia y apoyo, incubadora de valores y fortalezas. Un día también para apoyar todas las iniciativas y medidas sociales que ayuden a la supervivencia y fortalecimiento de la familia solidaria. Desde la luz iluminemos los ámbitos de sombra y los interrogantes que los cambios sociales proyectan sobre la familia actual. Que cada familia se sienta también solidaria de toda las demás familias, de esa gran familia que es la humanidad.

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¿Libro electrónico o libro de papel?

Artículo publicado el domingo, 3 de mayo de 2015, en el diario EL CORREO.

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¿Libro electrónico o libro de papel?

Enrique Pallarés Molíns
Profesor emérito de la Universidad de Deusto

La rápida difusión del libro electrónico supone una verdadera revolución, aunque no la primera, en la historia del libro y de la lectura. Surge también la polémica sobre si optar por el formato tradicional, en papel, o por el electrónico. Hay preferencias para cada uno de los dos formatos, porque ambos tienen puntos fuertes y también limitaciones.
La lectura con un ‘e-book’ es muy semejante a la del papel, gracias a la tecnología de ‘tinta electrónica’, aunque el tamaño de la página está limitado a las seis pulgadas. Además, el formato electrónico facilita el acceso a libros y documentos que, de otro modo, resultarían inaccesibles o muy difícilmente accesibles. Permite también llevar una gran cantidad de libros en un dispositivo de unos 180 gramos, para disfrutar, en cualquier lugar y sin necesidad de un trolley, de la lectura sucesiva de un poema, una novela, una obra clásica y un libro de divulgación científica, en una agradable combinación personal.
Disponer de un libro electrónico es tener a mano, y en la mano, literalmente, una gran biblioteca. Proyecto Gutenberg y otras bibliotecas digitales ponen a nuestra disposición miles de libros, para leer y descargar. La inclusión de diccionarios y la posibilidad de variar el tamaño de la letra añaden más razones a favor del ‘e-book’.
Pero también el libro en papel ofrece sus ventajas. Percibir la textura y color del papel, el olor de la tinta, poder jugar con la hoja que dudamos si pasar o releer, admirar las diferentes fuentes y otras características tipográficas –márgenes, interlineado, cabeceras, etc.–, examinar y admirar la encuadernación, con la vista y con el tacto, incluso con el olfato, apreciar también al tacto el número de páginas leídas y el de las que quedan por leer, y un largo etcétera, son sensaciones que el libro electrónico no ofrece. La homogeneidad externa del e-book nos priva, incluso, de conocer qué libro lee la persona sentada cerca de nosotros, en el metro o en el parque.
¿Se trata de puro sentimiento de nostalgia del libro tradicional, ante su incierto futuro? No; hay algo más. La profesora Anne Mangen y sus colegas, de la universidad noruega de Stavanger, han realizado varios estudios comparativos de ambos soportes de lectura. Indican que el libro de papel favorece la inmersión emocional en la lectura más que los dispositivos electrónicos. Así, los que leyeron en papel mostraron mayor grado de empatía con los personajes y captaron mejor la secuencia y coherencia de la narración. Parece que la señal que procede del contacto de los dedos con los bloques de las páginas leídas y de las que quedan por leer influye en esta mejor captación de la secuencia y del progreso temporal de la narración. Según estos estudios, la lectura en un libro de papel ofrece ventajas, tanto afectivas como cognitivas, en relación a la realizada con el libro electrónico y con otros dispositivos electrónicos, aunque falta concretar en qué tipo de textos se observan mejor dichas ventajas.
La lectura –no el mero pasar páginas o el tragar el último libro de moda– está asociada a una serie de hábitos adquiridos, e incluye un ritual, propio de cada lector –lugar, luz, postura, modo de tomar y dejar el libro, forma de pasar las hojas, colocar el marcapáginas, etc.–, que el libro electrónico disuelve y ‘desacraliza’ en exceso. Estos hábitos forman parte de la inmersión en la lectura y del saboreo del libro como un gourmet. La edición en papel nos permite acariciar este libro e incondicional amigo, que tiene su lugar en nuestra casa, en muchos casos ha sido un compañero fiel a lo largo de la vida y, de algún modo, vive también en nuestra mente y en nuestro corazón.
Pero prefiero no absolutizar ni un formato ni otro. Las obras inmortales de la antigüedad no aparecieron ni en formato de papel ni en electrónico, sino en tablillas de arcilla, papiros, pergamino, etc. Ray Bradbury imagina en Fahrenheit 451 que un libro puede también encarnarse y ser ‘leído’ –o escuchado– en ‘formato humano’, como ocurre con los fugitivos de aquella sociedad que quema los libros, cada uno de los cuales ha memorizado la obra de un autor selecto. Lo verdaderamente importante, pues, es elegir un buen libro, ‘escucharle’ y dialogar con él; en resumen, hacerse amigo de los buenos libros. Gutenberg y McLuhan pueden convivir pacíficamente en nuestra casa y alternar su estancia en nuestras manos. Incluso estoy seguro de que ambos coincidirían en admirar la calidad del buen libro y en rechazar el mediocre, sea cual sea su soporte.

 

 

 

 

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Nepal: Los brazos que levantan la vida

Nepal awal-awal_mainHace unas horas he compartido en las redes sociales a las que pertenezco la noticia del rescate en Nepal, de entre las ruinas del terremoto, de la niña de cuatro meses Awal Awal. Estoy seguro de que era un motivo de alegría para todo. Me he quedado con las ganas de expresar algo más sobre este feliz acontecimiento. ¿Será oportuno insistir en este caso? ¿Tendrá el hablar de este rescate la misma ingenuidad o falta de realidad de ver la botella llena que está casi vacía? Cuando los muertos de esta catástrofe se cuentan por miles, parece que muy poco o nada supone el rescate con vida de una niña. Una vida, además, aparentemente insignificante. Pero creo que está justificado decir algo más. Parece, incluso, que puede ser una distracción de respecto a la gravedad de la catástrofe.
No solo es valiosa la vida de Awal, como la de cualquier persona humana, aunque solo sea una, y, en consecuencia, motivo de alegría y gozo su rescate. Nunca da lo mismo una vida humana más o una vida humana menos. Cada ser humano es, en realidad, toda la humanidad. Pero esto no es todo. Creo que vemos o intuimos que la niña Awal Awal es algo más que un número menos en las trágicas estadísticas de la tragedia. Es mucho más. Es el símbolo de la esperanza y de la vida. Cuando parece que solo hay motivos para la desesperanza, es la imagen y el símbolo de la esperanza, de que la muerte no tiene la última palabra, sino de que la vida se abre paso entre la muerte y la desolación. La vida es más tozuda que la muerte y terminará por ganarle la partida
La foto es elocuente: unos brazos elevan a Awal por encima de las ruinas, por encima de la muerte y la destrucción. Como los campeones. ¡Victoria de la vida! Una foto que inspira ternura por la protagonista, pero que encierra también la fortaleza y reciedumbre de una invitación a la solidaridad. Lo expresan con elocuencia esos brazos que levantan a Awal con satisfacción y orgullo, tras haberla rescatado con gran esfuerzo de entre toneladas de escombros. Una invitación a levantar también nuestros brazos unidos a favor de la vida.
El llanto de Awal fue escuchado y correspondido. Los oídos de sus padres y de los miembros de las operaciones de rescate, atentos y dispuestos a la escucha, no lo pasaron por alto. El llanto fue su salvación. A pesar de los miles de kilómetros de distancia también nosotros podemos escuchar el llanto y el clamor de todo un país convertido en un coro de dolor sobre un escenario de desolación. Que sigamos escuchando este llanto cuando deje de ser noticias y de ocupar el primer puesto en los medios de comunicación. Los medios tienen que rotar las noticias, pero nosotros no podemos hacer lo mismo ni insensibilizarnos ante el dolor por el efecto de la abundancia de cifras de tragedia. Hace unos días fue la tragedia de los inmigrantes del Mediterráneo italiano, hace unos años el terremoto de Haití. Ejemplos tan solo de una larga lista de muerte y dolor. Que esos brazos, que unidos levantan la vida, sean la imagen que suscite sentimientos cercanía y apoyo a tanto dolor.

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Nepal

lazo_lutoTras las cifras, las personas.

 

 

 

 

 

 

nepal-5_xoptimizadax--320x320El dolor de cada una de  las personas por encima de la noticia de las cifras

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En Logroño: Espacio Santos Ochoa

Logroño 21-ABR-Espacio-Santos-OchoaMañana, 21, martes, hablo en Logroño, en Espacio Santos Ochoa.

 

 

 

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Lampedusa (Mediterráneo) y una cita de Arthur Koestler

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«Un perro aplastado por un coche afecta a nuestro equilibrio emocional y a nuestra digestión. Tres millones de judíos muertos en Polonia no nos proporcionan más que un ligero malestar… Conozco a una persona que ha intentado atraer la atención del mundo sobre esto: antes de cada mitin se aislaba en una habitación, cerraba los ojos y se imaginaba con precisión que iba a ser asfixiado con vapores de ácido cianhídrico en un tren de exterminacio o que tenía que cavar su tumba y hacer frente a una metralleta cuyo tiro era impreciso y caprichoso… Creo que habría que imitar ese ejemplo. Dedicar dos minutos por día a esta clase de ejercicio, con los ojos cerrados, después de haber leído el periódico. Estos momentos son más necesarios que la gimnasia y que los ejercicios respiratorios de yoga».

(Arthur Koestler, Le yogi et le commissaire)

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Invitación a mi conferencia en San Sebastián

ElkarLos organizadores de mi conferencia han preparado esta invitación, que con mucho gusto os comunico.

La memoria. Guía para su conocimiento y práctica

17 de abril, viernes. 18:30 h.

Sala Elkar. Fermín Calbetón. San Sebastián.

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Tercer ‘ismo': el edadismo

Artículo publicado en el diario El Correo. 8 de marzo de 2015. Página 45

Enlace al téxto en PDF: página 45 de El Correo: Q__ELCORREO_2015_03_08_VIZ045

Enlace al texto en PDF: Solo artículo: Tercer ismo El edadismo

Tercer ‘ismo’: el edadismo

Enrique Pallarés Molíns
Doctor en Psicología. Profesor emérito de la Universidad de Deusto

«Finalmente, resulta necesario que todos –incluyendo los mayores– nos esforcemos por ver a las demás personas con los lentes que resalten su singularidad, y en abandonar las que homogenizan y etiquetan por pertenecer a un grupo de edad, sexo, raza, etc.».

Edadismo es la traducción más extendida de ‘ageism’, término propuesto en 1969 por el gerontólogo norteamericano Robert Butler, para referirse a una visión estereotipada, inexacta e incorrecta del grupo de personas mayores –aunque también podría aplicarse a otros grupos edad–, asociada a una actitud negativa o no adecuada hacia ellas. La mayor visibilidad de la edad, la raza y el sexo, hace que surjan con facilidad e intensidad los estereotipos relativos a estas tres características. Pero, en comparación con el racismo y el sexismo, el edadismo no solo ha sido menos estudiado, sino también menos denunciado, y todavía ignorado por el diccionario de la Real Academia. A pesar de que este «tercer ismo», como observa el gerontólogo Erdman Palmore, afecta o afectará a todos sin excepción –salvo al que no llegue a viejo–, y no solo a los de un sexo u otra raza.

No todos son atributos negativos, pero sí generalizaciones que desdibujan la singularidad y confunden el envejecimiento normal con el del minoritario subgrupo patológico. Entre estas creencias está el que los mayores son depresivos, chochean, son iguales, viven solos, son como niños; pero también: son cariñosos, o son sabios. Ser hombre, poderoso o famoso, ‘suaviza’ el estereotipo edadista; mientras que ser mujer lo magnifica.

El edadismo no siempre es deliberado ni siempre resulta de un rechazo a los mayores. Se ha descrito un ‘edadismo compasivo’ en el que un trato muy amable encubre la percepción de toda persona mayor como un ser frágil y vulnerable. Así, el dirigirse a un mayor con una entonación y expresiones excesivamente ‘acomodadas’, como si fuera un niño pequeño. O el reconocimiento retórico «a todo su trabajo realizado», con el mensaje implícito de que se abstengan de intervenir en el futuro.

Surge el edadismo como un producto de los cambios sociales. Las personas mayores, muy valoradas en las sociedades preindustriales, donde constituyen la verdadera reserva del saber y de experiencia, son vistas en una sociedad dominada por la velocidad, el cambio rápido, la productividad y la exaltación de lo joven, como freno para el progreso, competidores en los puestos de trabajo, en los recursos económicos y en el ascenso en la escala social. La teoría del manejo del terror, por su parte, explica las reacciones del ser humano al enfrentarse con la muerte; una de ellas es el huir o no ver todo lo que la recuerda, de alguna manera, como es la vejez. La visión que dan de los mayores el cine y los medios ayuda a propagar y perpetuar las actitudes edadistas.

El estereotipo sobre los mayores se prolonga en discriminación, a un nivel personal e institucional, y alcanza su punto culminante en las diferentes formas de maltrato. Pero, tan grave o más es la asimilación y apropiación que hace la persona mayor de este estereotipo, es decir, el hecho de que también lo cree, e incluso lo defiende. Como dice la profesora Becca Levy «es el enemigo dentro». Por ejemplo, un olvido –normal a cualquier edad–, muchos mayores tienden a interpretarlo como típico de la vejez («¡Son los años!»). O la autodiscriminación: «¡Esto ya no es para mí!». Además, algunos tratan de negar la edad de varias formas: rebajar los años, obsesionarse en mostrar un aspecto joven, iniciar tratamientos ‘anti-vejez’, con frecuencia tan costosos como ineficaces –o perjudiciales–, etc.

Es necesario que las declaraciones de los organismos internacionales y las normas legales reprueben con contundencia la discriminación basada en la edad. Neutralizar el edadismo no es tarea fácil, dado lo arraigadas y automatizadas que están estas creencias. Por eso, hay que comenzar por hacerlas conscientes y concretarlas. El conocimiento científico del proceso de envejecimiento, que enfatiza su carácter diferencial, resulta imprescindible en cualquier intervención contra el edadismo. La distancia refuerza los estereotipos, mientras que la cercanía empática los debilita; de ahí la importancia de fomentar el diálogo intergeneracional. De hecho, la actitud es más positiva con las personas mayores queridas. También convendría permitir o poner a los mayores en situaciones en que su mismo rendimiento socave las conclusiones edadistas. Finalmente, resulta necesario que todos –incluyendo los mayores– nos esforcemos por ver a las demás personas con los lentes que resalten su singularidad, y en abandonar las que homogenizan y etiquetan por pertenecer a un grupo de edad, sexo, raza, etc.

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Enlace a la última entrada de mi segundo blog

Os invito a leer la última entrada de mi segundo blog. Impresiones y sensaciones ante un cuadro de Adolfo Guiarad. El enlace es:

https://enriquefranciscopallares.wordpress.com/2015/03/04/la-aldeanita-del-clavel-rojo/

 

 

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