Tiempo de siesta

Vincent Van Gogh. La meridiana o La siesta (según Millet). 1889-1990. Óleo sobre tela. Musée d'Orsay de París.

Vincent Van Gogh. La meridiana o La siesta (según Millet). 1889-1990. Óleo sobre tela. Musée d’Orsay de París.

 

Artículo publicado en el diario EL CORREO, el domingo, 26 de julio del 2015. Página 43.

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Tiempo de siesta

Enrique Pallarés Molíns
Doctor en Psicología. Profesor emérito de la Universidad de Deusto

El patrón de sueño típico del adulto es monofásico (un episodio de sueño cada 24 horas). Pero existen excepciones, como la tendencia a un sueño diurno más breve, que las circunstancias de la vida actual con frecuencia impiden o enmascaran. Influye en esa tendencia la comida y la elevada temperatura de algunas zonas, pero sobre todo la ‘depresión postprandial’ o descenso de la temperatura corporal (leve), la atención y la activación mental, que se produce aproximadamente a la hora sexta de los romanos, entre las 14 y las 16 h. de nuestro reloj, incluso sin haber comido ni conocer qué hora es. La profesora Ana Adán, especialista en cronobiología, habla de un ritmo biológico circasemidiano (de unas 12 horas), que se solapa al circadiano (de unas 24 horas). Aunque la siesta, es cierto, también puede servir para compensar un déficit de sueño o prevenir una futura restricción.

Aunque la palabra ‘siesta’ es española y Cela definió la siesta como el ‘yoga hispano’, no es exclusiva de nuestro país ni del área mediterránea, sino un fenómeno transcultural. En otras latitudes, como Estados Unidos y China, también es frecuente, sobre todo entre los varones mayores y en los niños. No ha pasado inadvertida al arte; Sorolla, Van Gogh y Picasso, entre otros, pintaron expresivas escenas de la siesta.

Está probado que la siesta mejora el funcionamiento cognitivo, en concreto la memoria, la atención y el tiempo de reacción; también el estado de ánimo, y reduce la fatiga y el estrés y sus consecuencias. Los efectos en la salud corporal resultan menos claros, debido a la metodología de las investigaciones, aunque bastantes señalan los efectos positivos de una siesta breve.

¿Puede provocar la siesta algún problema? En la tragedia de Hamlet, el espíritu de su padre, el rey de Dinamarca, narra el modo en que fue asesinado por su hermano Claudio, al introducirle veneno por el oído, precisamente mientras dormía la siesta en el jardín, «como era mi costumbre por la tarde». Sin llegar a este nivel de gravedad, algunos estudios asociaron la siesta con mayor riesgo cardiovascular y de diabetes tipo II. La alarma suscitada llevó a cancelar en 2009 la celebración del ‘National Siesta Day’ (¡En el Reino Unido!).

Pero varios especialistas, como la profesora Nicole Lovato, aclaran que esa asociación –asociación no equivale a causa– de siesta con patología se refiere a las siestas frecuentes, prolongadas y no planificadas, con somnolencia persistente, sobre todo en personas mayores. Esas –no la siesta breve y planificada, que resulta saludable– podrían indicar, sin ser necesariamente su causa, que algo, o el sueño nocturno, no va bien. Conviene ‘escuchar’ al cuerpo y, en la duda, consultar al médico.

Un problema frecuente, aunque de breve duración y no patológico, es la ‘inercia del sueño’, estado de somnolencia y confusión, que suele seguir al sueño de ondas lentas, más frecuente en el sueño prolongado. Se enlentece el funcionamiento cognitivo y psicomotor, con riesgo en la conducción de vehículos y manejo de máquinas, o para la toma de decisiones importantes. Un remedio consiste en contar con esta posibilidad al programar la actividad que seguirá inmediatamente a la siesta. Un café, justo antes de una siesta breve, produce su efecto estimulante al despertar. Otros sugieren la exposición a la luz brillante o el simple refrescar el rostro con agua.

Cuenta Einhard, en la “Vida de Carlomagno”, que el emperador de los francos y padre de la Europa actual, tenía el hábito de dormir la siesta «durante el verano, después de la comida de mediodía, para lo cual –precisa– se quitaba el calzado y se desvestía completamente, como lo hacía para el descanso nocturno». No olvida Einhard de concretar que las siestas imperiales duraban «dos o tres horas». Otros estadistas, más próximos a nosotros en el tiempo aunque no todos en la latitud, como Napoleón, Winston Churchill (a él se atribuye la expresión ‘power nap’ o ‘siesta energizante’), Margaret Thatcher, Bill Clinton también fueron o son fervorosos fieles de la siesta. Y una extensa lista de personas ilustres, además de otra interminable de ciudadanos anónimos.

¿Conviene seguir el ejemplo de Carlomagno? Sí, pero con reservas. Porque la siesta breve, de 30 minutos o menos, al comenzar la tarde y con un despertar suave es la siesta saludable y, además, evita o reduce la ‘inercia del sueño’ y no interfiere el sueño nocturno. Así, el tiempo de siesta –en la cama o frente al televisor– cualquier día del año y no solo en verano, será también tiempo de salud.

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¿Quién es el impostor?

Impostor monigotesComparación entre el competente que se considera incompetente (el impostor) y el incompetente que se considera competente.

Publicado el sábado, 4 de julio del 2015 en el diario EL CORREO (Vizcaya, Álava, Rioja), página 33 y en el DIARIO VASCO (Guipúzcoa), página 25.

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¿Quién es el impostor?

Enrique Pallarés Molíns
Doctor en Psicología. Profesor emérito de la Universidad de Deusto

Pauline Chance y Suzanne Imes, de la Universidad de Georgia, estudiaron y describieron hace varias décadas, a partir de lo observado en la práctica clínica y experimental, el ‘fenómeno del impostor’. Consiste este ‘fenómeno’ en la firme y sincera convicción que tienen algunos –no solo mujeres profesionales con altos logros, como en un principio se pensó– de no ser aptos para desempeñar las tareas del puesto que ocupan, en contra de la evidencia de su buena capacidad y preparación. No es un trastorno mental –las autoras evitan la expresión ´síndrome’–, aunque afecta al bienestar psicológico. Cuando a estas personas se las confronta con sus buenos resultados, los niegan o minimizan y, en último extremo, los atribuyen a la suerte o a otra causa externa, pero no a su capacidad.
En consecuencia, se consideran un fraude y auténticos impostores. Abundan las dudas y la inseguridad, acompañadas con frecuencia de ansiedad (‘miedo al fracaso’) y a veces de síntomas de depresión. Ante su trabajo, algunos tienen la sensación de haber sido arrojados en mitad del océano sin saber nadar. La mayoría sufren en silencio esta experiencia y restringen o evitan comunicarla por temor a ser descubiertos.
La formación de la personalidad propensa al ‘efecto del impostor’ puede comenzar en las familias que ponen un énfasis exagerado en los logros, en el éxito y en la inteligencia, pero sin apenas atender a los sentimientos. Así, la valoración propia se hace depender de los éxitos conseguidos, que, además. son reforzados de forma inconsistente. Por supuesto, influye también la fuerte presión social hacia el éxito.
El ‘fenómeno del impostor’ y el perfeccionismo con frecuencia van de la mano: ‘Hay que ser el primero’, ‘todo debe salir perfecto’, etc. La persona afectada considera que tiene que realizar a la perfección la tarea y para ello la prepara minuciosamente, con una inversión de tiempo exagerada. Si el resultado es bueno, como ocurre con frecuencia, el alivio es solo momentáneo, porque es incapaz de internalizar o hacer suyos los buenos resultados. Los atribuirá, en el mejor de los casos, al gran esfuerzo realizado, pero no a su propia capacidad. De este modo, se consolida y perpetúa el ‘fenómeno del impostor’.
Hasta aquí el caso del competente que se considera incompetente. Años más tarde, Justin Kruger y David Dunning, de la Universidad Cornell, comprobaron y describieron un patrón de comportamiento opuesto al del ‘impostor’, conocido como ‘efecto Dunning-Kruger’. Se refiere a personas incompetentes para el puesto que ocupan o actividad que realizan, aunque se consideran competentes, incluso muy competentes. Es el incompetente no consciente de su condición. Esta forma de reaccionar ha sido estudiada tanto en la vida ordinaria como bajo control experimental, en un amplio número de tareas y actividades; con estudiantes, profesionales, directivos, etc.
¿Cómo se explica este comportamiento? Existe una tendencia general a percibirse de una forma favorable. Pero aquí hay algo más. Se necesita la misma o semejante habilidad para realizar una determinada tarea que para valorarla una vez realizada. En consecuencia, la misma carencia que impide la realización de una tarea, impide también su correcta evaluación. Así, estas personas no reconocen sus deficiencias, pues no son capaces de percibirlas. Esto les lleva a una sobreestimación de su propia capacidad, a una ‘ilusión de competencia’: «La ignorancia es muy atrevida». Existe bastante evidencia de que la ignorancia engendra excesiva confianza en uno mismo (‘efecto Dunning-Kruger’), mientras que la buena capacidad aumenta la conciencia respecto a la mejor capacidad de los colegas, a costa de la propia (‘fenómeno del impostor’).
Sin olvidar las consecuencias negativas de la falta de confianza en uno mismo, resulta conveniente escuchar el consejo de Nicolás de Cusa al comienzo de su obra –publicada en 1440–, titulada precisamente De docta ignorantia: «Tanto más docto será uno cuanto más se sepa ignorante», y así «saberse docto en la ignorancia misma». Pues, como observó el filósofo americano Alfred North Whitehead, no es la ignorancia lo que mata el verdadero conocimiento, sino ‘la ignorancia de la ignorancia’.
Pero, en definitiva, ¿quién es el impostor? Bertrand Russell, en un breve ensayo titulado El triunfo de la estupidez, afirmó –y no solo por la llegada ese año de Hitler al poder– que «la causa fundamental del problema es que en el mundo actual los estúpidos son arrogantes, mientras que los inteligentes están llenos de dudas».

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Cuando se rompe el cordón del zapato (El estrés diario)

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Mi último artículo, publicado el sábado, 13 de junio del 2015, en todas las ediciones del diario EL CORREO, página 37.

 

 

 

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Cuando se rompe el cordón del zapato

Enrique Pallarés Molíns
Doctor en Psicología. Profesor emérito de la Universidad de Deusto

El poeta Charles Bukowski se expresa así en su poema “El cordón del zapato”: «No son los grandes sucesos los que envían a un hombre al manicomio…/ No; son las continuas series de pequeñas tragedias las que envían a un hombre al manicomio/ No la muerte de su amor, sino el cordón del zapato que se rompe/ cuando ya no hay tiempo». ¿Tienen algún respaldo científico estos versos?
Entre las causas de estrés, además de los sucesos de excepcional gravedad (secuestro, catástrofe, atentado, etc.), están los cambios vitales importantes (muerte del cónyuge, perder el empleo, divorcio, etc.). Pero es necesario considerar también el capítulo de las llamadas ‘molestias diarias’; esos sucesos o experiencias cuya gravedad es inferior a la de un atentado o a la de la muerte del cónyuge.
Son las situaciones problemáticas y demandas de la vida diaria; unas puntuales, otras duraderas o crónicas. Perder las llaves, preocupación por la apariencia física, tráfico, discusión en casa o con un amigo, prisas, esperas, soledad, ruido molesto, no dormir lo suficiente, dolor, contaminación, inseguridad ciudadana, problema en el trabajo, tomar decisiones, y un largo etcétera. Los mismos cambios vitales –la muerte del cónyuge–, añaden algunas de estas ‘molestias diarias’, como es el tener que asumir e improvisar tareas nuevas.
En fin, una serie de interacciones con el entorno que producen frustración, irritación y tensión. Molestias o incordios de la vida diaria, no de mayor magnitud que la rotura del cordón del zapato, pero inoportunas («…cuando no hay tiempo»); continuadas dosis de estrés, que pueden llegar a la sobredosis.
Por separado no resultan preocupantes; el problema viene de su acumulación y de su posible interacción sinérgica. Es el agua que, gota a gota, erosiona la roca. Los conocidos especialistas en el estudio del estrés, Richard Lazarus y Susan Folkman, llegaron a la conclusión de que son estas ‘molestias diarias’ las más negativas para la salud, pues ocurren a diario. Por supuesto, las consecuencias negativas no ocurren de forma automática, sino a través de la evaluación que uno hace de esos hechos y de sus recursos para afrontarlos, las características de la personalidad y, por otra parte, la intervención compensatoria de los factores protectores.
Por eso, no está el remedio en utilizar zapatillas o en ir descalzo; es decir, en dejar de lado las obligaciones y las interacciones sociales. Algunas circunstancias se pueden modificar o soslayar, pero esto no siempre es posible ni conveniente, pues no vivimos en el vacío. Además, como afirma George Vaillant, «No es el estrés lo que nos mata. Es la eficaz adaptación al estrés lo que nos permite vivir». ¿Cómo afrontar de forma sana este estrés diario?
Con frecuencia no advertimos la cantidad de combustible acumulada hasta que se produce la explosión. Comencemos, pues, por hacer conscientes estas ‘molestias diarias’; pero no para provocar un estado de alarma paralizante, ni para rumiarlas u obsesionarnos con ellas, sino para mirarlas con más objetividad y afrontarlas desde su inicio.
En muchos casos, la solución consiste en cambiar nuestra actitud y nuestros objetivos, sobre todo cuando resulta imposible cambiar la realidad. El enfado no encenderá antes la luz verde del semáforo ni hará que la cola avance con mayor rapidez. Relativizar –un medio infalible para ello es el humor– resulta por lo general más eficaz y saludable que los estériles intentos por remover una roca. La inmersión en la vida diaria (trabajo, hogar, etc.) lleva con frecuencia a ver ciertos hechos y circunstancias a través de un microscopio que aumenta y distorsiona, cuando conseguiríamos una perspectiva más correcta con el zoom de alejar. Iluminar con un sentido profundo estas ‘molestias’ es otra forma de desactivarlas, e incluso de invertir su influencia negativa en positiva.
Finalmente: a las ‘molestias diarias’, las ‘satisfacciones diarias’. El agua gota a gota, pero ahora como riego vivificador. Es la terapia de las pequeñas satisfacciones. Sencillas y accesibles actividades: conversación agradable, gratitud, música preferida, televisión, lectura amena, naturaleza, visitar una exposición, pasear, revivir una experiencia agradable, relajación, hobby, ayudar a otros, etc. Actuarán de bálsamo sanador de las pequeñas llagas y rozaduras de la vida diaria. Tengamos siempre muy a mano y consumamos a discreción estas ‘píldoras restauradoras’, cuya lista ha de adaptar y completar cada uno. No las ignoremos debido, precisamente, a su carácter cotidiano y gratuito.

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Orientaciones para los exámenes

ExamenesCon el mes de junio vienen los exámenes. En mi blog aparecen de vez en cuando recomendaciones sobre el modo de estudiar, algunas dedicadas a los exámenes, dirigidas sobre todo a los universitarios. Me sorprende el elevado número de visitas que reciben estas entradas.
La que estás leyendo ahora no es, propiamente, una nueva entrada, con el desarrollo completo de algún aspecto de los exámenes, sino un índice de las que aparecen en este blog relacionadas con los exámenes. Es, pues, una entrada de ‘enlaces’ a otras entradas Tal vez hayas visitado ya esas entradas y te suene la presente a repetición. He dudado publicarla, pero al final me ha parecido conveniente, pues es la forma de acercar mis orientaciones a personas que no han tenido la ocasión de conocerlas. Siempre he tratado de que estén bien fundadas, resultan prácticas y expuestas con claridad.
Me he centrado casi exclusivamente en el manejo de la ansiedad excesiva o de ‘los nervios’ antes y durante los exámenes. En diferentes grados, este problema afecta a muchos estudiantes que, además de pasarlo mal, ven que su rendimiento y las calificaciones que reciben no corresponden al esfuerzo que han realizado durante el semestre.
Desde mi experiencia –ya muy lejana– de estudiante y desde la más cercana de profesor, os he ofrecido estas orientaciones en mi blog, que aparecen más desarrolladas en algunos de mis libros. Varios de ellos tratan del manejo de la ansiedad y de las técnicas de estudio. Te invito a dar un vistazo a esas entradas, cuyos enlaces vienen a continuación.

Un tipo de examen que sorprende a algunos: El examen tipo test.

https://enriquepallares.wordpress.com/2013/01/07/los-examenes-tipo-test/

 

Orientaciones generales para manejar la ansiedad en los exámenes

https://enriquepallares.wordpress.com/2012/01/09/ansiedad-en-los-examenes/

♦ ¿Por qué a veces se queda uno en blanco en un examen? ¿Qué se puede hacer?

https://enriquepallares.wordpress.com/2013/06/03/en-los-examenes-evite-que-se-forme-un-tapon-en-la-puerta-de-salida/

♦ Aunque lo parezca por el título, no es una broma. Es un complemento y en parte repetición del artículo anterior.

https://enriquepallares.wordpress.com/2014/11/17/puede-ayudar-un-viejo-baul-a-mejorar-la-memoria/

Si se me ocurre algo más y tengo tiempo para escribirlo, tal vez añada en los próximos días alguna otra entrada a mi blog sobre el tema de los exámenes. De todos modos, en la Biblioteca de la Universidad (de Deusto) hay varios ejemplares de mi libro Técnicas de examen y de estudio para universitarios y de Vivir con menos ansiedad. Allí puedes encontrar más información.

Te deseo, de verdad, que te salgan bien los exámenes y que salgas bien de ellos. Si te salen no solo bien, sino muy bien, y sientes una especie de ‘subidón’ por el éxito, te invito a leer la entrada anterior de este blog:

https://enriquepallares.wordpress.com/2015/05/22/aceptarse-en-el-exito/

¡Muchas gracias por la atención que prestas a este blog!

 

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Aceptarse en el éxito

Mi último artículo publicado el domingo, 17 de mayo del 2015 en el diario EL CORREO (Vizcaya, Álava, Rioja), página 49 y en el DIARIO VASCO (Guipúzcoa), página 23.

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Aceptarse en el éxito

Enrique Pallarés Molíns
Doctor en Psicología. Profesor emérito de la Universidad de Deusto

«En este mundo solo hay dos tragedias. La una es no conseguir lo que se desea y la otra es conseguirlo. La segunda es la peor de las dos. ¡Esta última es la verdadera tragedia!». Así se expresa Dumby, personaje de “El abanico de Lady Windermare”, de Oscar Wilde. ¿Se trata de un error? ¿Será una hipérbole que encierra una verdad difícil de entender en nuestra sociedad claramente orientada al éxito?
No solo cuesta reconocer y aceptar un fracaso, sino que tampoco es fácil aceptarse a sí mismo tras él. Hay personas que se hunden psicológicamente cuando no ven colmados sus deseos. El fracaso no resulta positivo, aunque se puede redimir si se afronta como un reto a superar.
Por el contrario, en general el éxito favorece el bienestar y la salud mental. La meta alcanzada constituye un potente refuerzo para avanzar. Por eso, se recomienda escalonar el aprendizaje, y en general cualquier tarea compleja, de modo que el que aprende o actúa experimente con mayor probabilidad éxitos parciales, que sirvan de resorte para alcanzar el objetivo final. El éxito, pues, en sí mismo considerado, no constituye ninguna tragedia; todo lo contrario, resulta estimulante y saludable. Empuja hacia nuevas metas y contribuye de forma importante a la superación y crecimiento personal.
Entonces, ¿qué peligro existe en el éxito, en conseguir lo que uno desea? A primera vista ninguno. Pero si reflexionamos y, sobre todo, si observamos con atención lo que a veces ocurre en la realidad, comprenderemos que el éxito puede tener también un lado oscuro. Entendemos aquí ‘éxito’ en la acepción popular, es decir, como éxito en lo económico, político, deportivo, artístico, académico, profesional, social, etc., y dando por supuesto que se ha conseguido limpiamente.
En primer lugar, existe el riesgo importante de que uno termine por hacerse ‘adicto’ al éxito y, en consecuencia, lo tome como la única norma de su vida: el éxito por encima de todo y de todos. Esto supone, además de la incapacidad para reaccionar ante un eventual fracaso, considerar imprescindible para aceptarse a sí mismo algo cuya consecución está fuera del propio control. Fundamentar la autoaceptación en el éxito conseguido es construir la autoestima –la valoración que uno hace de sí mismo– sobre arenas movedizas. El éxito puede, incluso, conducir a instalarse cómodamente en él y a renunciar a todo progreso y avance personal.
Además, el éxito lleva con facilidad a que también los demás le acepten a uno de forma condicional; solo por los éxitos conseguidos y mientras dure la condición de ganador. Es más, el éxito suscita con facilidad una reacción de envidia en otras personas, que se puede prolongar en acciones orientadas a socavar el suelo sobre el que se asienta el podio del vencedor. Dice Albert Camus que «el éxito y la felicidad solo son perdonados si generosamente se acepta compartirlos con los demás».
No siempre es fácil reaccionar al éxito adecuadamente. Gestionar bien la victoria política, deportiva, social, etc., puede resultar más difícil que aceptar la derrota. El éxito que, bien tomado, es un estimulante eficaz, buscado y alcanzado sin incluir el esfuerzo personal y al margen de un interés social, se puede transformar en un potente narcótico que adormece, anestesia y termina por aniquilar al mismo ganador. Por eso, alcanzar la victoria ha de constituir el nuevo reto –que tal vez exigirá un esfuerzo superior al ya realizado– de tomar el éxito con sencillez y no como un pedestal para mirar a los demás desde la superioridad y la distancia. Por supuesto, ningún reparo se puede poner al éxito conseguido en el crecimiento y madurez personal y, concretamente, en reaccionar de forma adecuada a los éxitos. No se trata, pues, de huir del éxito ni de una búsqueda masoquista del fracaso, sino de conseguir aceptarnos incondicionalmente, sin que el fracaso o el éxito constituyan una traba.
En realidad, éxito y fracaso son dos conceptos relativos, pues cada uno es quien los define. Jorge Luis Borges recordaba la frase de Rudyard Kipling «Al éxito y al fracaso, esos dos impostores, trátalos siempre con la misma indiferencia». Impostores, sí; porque el fracaso y el éxito nunca son tan grandes ni definitivos como piensa el interesado. Cierta indiferencia hacia ambos ayudará, sin duda, a relativizar el fracaso –y evitar así su generalización–, y mostrará al que triunfa la fugacidad e inconsistencia de la victoria y del éxito, salvo que haga de ellos un sillar, grande o pequeño, para construir un mundo más habitable y solidario.

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15 de mayo. Día Internacional de la Familia

Familia MonumentoEn el barrio de San Juan de Pamplona, junto al edificio de Civican, donde hablé el pasado día 13 sobre la memoria, está el monumento a la familia que podéis contemplar en la fotografía. Es obra de la escultora holandesa Henriette Boutens,  afincada en Pamplona desde 1970. Fue inaugurado en mayo del año 2002, coincidiendo con la celebración en Pamplona del Congreso General de la Familia.
Los monumentos, según los que estudian la memoria colectiva, se erigen para mantener presente hechos, personajes e instituciones, que pertenecen a la memoria de la colectividad. El mármol, el bronce, cualquier otro material, diestramente trasformado por el artista, se convierte en un recordatorio perpetuo. En este caso de la familia. Algo bien nuestro. No es necesario subrayar la importancia de la familia para la supervivencia física del ser humano y, sobre todo, para su desarrollo como persona. La imagen de nuestra familia está grabada en nuestro corazón y en todo nuestro ser de modo más indeleble que con los materiales de la escultura. Cada uno de nosotros lleva el ‘monumento’ de su familia dentro de sí.
Una mirada actual a la familia descubre luces y sombras. Las luces de ser el germen y el clima adecuado para el desarrollo de importantes valores y fortalezas que constituyen la base del ser humano y de la sociedad. Solidaridad, proteger al débil, compartir, son algunos de los valores que podemos y que de hecho aprendemos en la familia. En muchos casos, cuando se han cerrado, por la muerte o el abandono los brazos de la propia familia biológica, se han abierto los brazos acogedores de otra familia, que han estrechado con la misma o mayor fuerza al huérfano.
Como en toda institución humana, también en la familia se pueden advertir algunas sombras. Conocemos casos de violencia familiar, abusos, infidelidades, rupturas, abandonos, etc. No se puede negar lo evidente. Ahí está esa realidad. Pero, aunque, por supuesto, menos noticiables, también se puede presentar una larga o larguísima lista de familias en la que domina la concordia, la comprensión y un clima de diálogo, no exento de ciertas tensiones, pero sin llegar a la ruptura. Uno porcentaje de luz superior al de sombra. A veces me pregunto, extrañado, por qué estos casos tan frecuentes de familias bien avenidas y de aquellas en las que unos se sacrifican por otros, no son noticia; pero inmediatamente me respondo diciéndome que, menos mal que no sean noticia, que no se trate de casos raros ni de la excepción, que, por el contrario, sean lo normal, todavía lo más frecuente. ¡Que sigan siendo noticia! Aunque lo negativo ‘cunde’ o se hace más visible que lo bueno, el balance sigue siendo positivo. Con todo, sería de desear que sea noticia con más frecuencia lo positivo, en este caso las familias que conviven pacíficamente y cuyos miembros se apoyan mutuamente, incluso llegando al sacrificio.
15 de mayo. Día Internacional de la Familia. Un día para profundizar en esta realidad de la familia. Un día para muchos de gratitud por haber vivido o vivir en este lugar de convivencia y apoyo, incubadora de valores y fortalezas. Un día también para apoyar todas las iniciativas y medidas sociales que ayuden a la supervivencia y fortalecimiento de la familia solidaria. Desde la luz iluminemos los ámbitos de sombra y los interrogantes que los cambios sociales proyectan sobre la familia actual. Que cada familia se sienta también solidaria de toda las demás familias, de esa gran familia que es la humanidad.

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¿Libro electrónico o libro de papel?

Artículo publicado el domingo, 3 de mayo de 2015, en el diario EL CORREO.

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¿Libro electrónico o libro de papel?

Enrique Pallarés Molíns
Profesor emérito de la Universidad de Deusto

La rápida difusión del libro electrónico supone una verdadera revolución, aunque no la primera, en la historia del libro y de la lectura. Surge también la polémica sobre si optar por el formato tradicional, en papel, o por el electrónico. Hay preferencias para cada uno de los dos formatos, porque ambos tienen puntos fuertes y también limitaciones.
La lectura con un ‘e-book’ es muy semejante a la del papel, gracias a la tecnología de ‘tinta electrónica’, aunque el tamaño de la página está limitado a las seis pulgadas. Además, el formato electrónico facilita el acceso a libros y documentos que, de otro modo, resultarían inaccesibles o muy difícilmente accesibles. Permite también llevar una gran cantidad de libros en un dispositivo de unos 180 gramos, para disfrutar, en cualquier lugar y sin necesidad de un trolley, de la lectura sucesiva de un poema, una novela, una obra clásica y un libro de divulgación científica, en una agradable combinación personal.
Disponer de un libro electrónico es tener a mano, y en la mano, literalmente, una gran biblioteca. Proyecto Gutenberg y otras bibliotecas digitales ponen a nuestra disposición miles de libros, para leer y descargar. La inclusión de diccionarios y la posibilidad de variar el tamaño de la letra añaden más razones a favor del ‘e-book’.
Pero también el libro en papel ofrece sus ventajas. Percibir la textura y color del papel, el olor de la tinta, poder jugar con la hoja que dudamos si pasar o releer, admirar las diferentes fuentes y otras características tipográficas –márgenes, interlineado, cabeceras, etc.–, examinar y admirar la encuadernación, con la vista y con el tacto, incluso con el olfato, apreciar también al tacto el número de páginas leídas y el de las que quedan por leer, y un largo etcétera, son sensaciones que el libro electrónico no ofrece. La homogeneidad externa del e-book nos priva, incluso, de conocer qué libro lee la persona sentada cerca de nosotros, en el metro o en el parque.
¿Se trata de puro sentimiento de nostalgia del libro tradicional, ante su incierto futuro? No; hay algo más. La profesora Anne Mangen y sus colegas, de la universidad noruega de Stavanger, han realizado varios estudios comparativos de ambos soportes de lectura. Indican que el libro de papel favorece la inmersión emocional en la lectura más que los dispositivos electrónicos. Así, los que leyeron en papel mostraron mayor grado de empatía con los personajes y captaron mejor la secuencia y coherencia de la narración. Parece que la señal que procede del contacto de los dedos con los bloques de las páginas leídas y de las que quedan por leer influye en esta mejor captación de la secuencia y del progreso temporal de la narración. Según estos estudios, la lectura en un libro de papel ofrece ventajas, tanto afectivas como cognitivas, en relación a la realizada con el libro electrónico y con otros dispositivos electrónicos, aunque falta concretar en qué tipo de textos se observan mejor dichas ventajas.
La lectura –no el mero pasar páginas o el tragar el último libro de moda– está asociada a una serie de hábitos adquiridos, e incluye un ritual, propio de cada lector –lugar, luz, postura, modo de tomar y dejar el libro, forma de pasar las hojas, colocar el marcapáginas, etc.–, que el libro electrónico disuelve y ‘desacraliza’ en exceso. Estos hábitos forman parte de la inmersión en la lectura y del saboreo del libro como un gourmet. La edición en papel nos permite acariciar este libro e incondicional amigo, que tiene su lugar en nuestra casa, en muchos casos ha sido un compañero fiel a lo largo de la vida y, de algún modo, vive también en nuestra mente y en nuestro corazón.
Pero prefiero no absolutizar ni un formato ni otro. Las obras inmortales de la antigüedad no aparecieron ni en formato de papel ni en electrónico, sino en tablillas de arcilla, papiros, pergamino, etc. Ray Bradbury imagina en Fahrenheit 451 que un libro puede también encarnarse y ser ‘leído’ –o escuchado– en ‘formato humano’, como ocurre con los fugitivos de aquella sociedad que quema los libros, cada uno de los cuales ha memorizado la obra de un autor selecto. Lo verdaderamente importante, pues, es elegir un buen libro, ‘escucharle’ y dialogar con él; en resumen, hacerse amigo de los buenos libros. Gutenberg y McLuhan pueden convivir pacíficamente en nuestra casa y alternar su estancia en nuestras manos. Incluso estoy seguro de que ambos coincidirían en admirar la calidad del buen libro y en rechazar el mediocre, sea cual sea su soporte.

 

 

 

 

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Nepal: Los brazos que levantan la vida

Nepal awal-awal_mainHace unas horas he compartido en las redes sociales a las que pertenezco la noticia del rescate en Nepal, de entre las ruinas del terremoto, de la niña de cuatro meses Awal Awal. Estoy seguro de que era un motivo de alegría para todo. Me he quedado con las ganas de expresar algo más sobre este feliz acontecimiento. ¿Será oportuno insistir en este caso? ¿Tendrá el hablar de este rescate la misma ingenuidad o falta de realidad de ver la botella llena que está casi vacía? Cuando los muertos de esta catástrofe se cuentan por miles, parece que muy poco o nada supone el rescate con vida de una niña. Una vida, además, aparentemente insignificante. Pero creo que está justificado decir algo más. Parece, incluso, que puede ser una distracción de respecto a la gravedad de la catástrofe.
No solo es valiosa la vida de Awal, como la de cualquier persona humana, aunque solo sea una, y, en consecuencia, motivo de alegría y gozo su rescate. Nunca da lo mismo una vida humana más o una vida humana menos. Cada ser humano es, en realidad, toda la humanidad. Pero esto no es todo. Creo que vemos o intuimos que la niña Awal Awal es algo más que un número menos en las trágicas estadísticas de la tragedia. Es mucho más. Es el símbolo de la esperanza y de la vida. Cuando parece que solo hay motivos para la desesperanza, es la imagen y el símbolo de la esperanza, de que la muerte no tiene la última palabra, sino de que la vida se abre paso entre la muerte y la desolación. La vida es más tozuda que la muerte y terminará por ganarle la partida
La foto es elocuente: unos brazos elevan a Awal por encima de las ruinas, por encima de la muerte y la destrucción. Como los campeones. ¡Victoria de la vida! Una foto que inspira ternura por la protagonista, pero que encierra también la fortaleza y reciedumbre de una invitación a la solidaridad. Lo expresan con elocuencia esos brazos que levantan a Awal con satisfacción y orgullo, tras haberla rescatado con gran esfuerzo de entre toneladas de escombros. Una invitación a levantar también nuestros brazos unidos a favor de la vida.
El llanto de Awal fue escuchado y correspondido. Los oídos de sus padres y de los miembros de las operaciones de rescate, atentos y dispuestos a la escucha, no lo pasaron por alto. El llanto fue su salvación. A pesar de los miles de kilómetros de distancia también nosotros podemos escuchar el llanto y el clamor de todo un país convertido en un coro de dolor sobre un escenario de desolación. Que sigamos escuchando este llanto cuando deje de ser noticias y de ocupar el primer puesto en los medios de comunicación. Los medios tienen que rotar las noticias, pero nosotros no podemos hacer lo mismo ni insensibilizarnos ante el dolor por el efecto de la abundancia de cifras de tragedia. Hace unos días fue la tragedia de los inmigrantes del Mediterráneo italiano, hace unos años el terremoto de Haití. Ejemplos tan solo de una larga lista de muerte y dolor. Que esos brazos, que unidos levantan la vida, sean la imagen que suscite sentimientos cercanía y apoyo a tanto dolor.

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Nepal

lazo_lutoTras las cifras, las personas.

 

 

 

 

 

 

nepal-5_xoptimizadax--320x320El dolor de cada una de  las personas por encima de la noticia de las cifras

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En Logroño: Espacio Santos Ochoa

Logroño 21-ABR-Espacio-Santos-OchoaMañana, 21, martes, hablo en Logroño, en Espacio Santos Ochoa.

 

 

 

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