Alegrarse por la desgracia ajena

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Alegrarse por la desgracia ajena

Enrique Pallarés Molíns

Doctor en Psicología. Profesor emérito de la Universidad de Deusto

Publicado en El Correo. Sábado, 10 de febrero del 2018. Página 33.

La palabra compuesta alemana ‘schadenfreude’ (‘schaden’, daño; ‘freude’, alegría) equivale a nuestra expresión «alegrarse por la desgracia o daño ajeno».  El inglés la toma prestada con el mismo significado; y varias lenguas, incluyendo la griega, tienen sus equivalentes. Y no es que estos países tengan la exclusiva en la experiencia de este sentimiento. Alegrarse por el daño o infortunio ajeno no es exclusivo de un país concreto, sino que florece en todos, tal vez porque su patria, o mejor, el lugar donde parasita y prospera, es la zona más oscura del corazón del hombre. No conoce, pues, fronteras ni límites en el tiempo este sentimiento discordante, que consiste en sentir alegría precisamente porque a otro le salen mal las cosas. Hermano o pariente próximo de la envidia más negra («Tristeza o pesar del bien ajeno»), añade un paso más, al transformarse en alegría cuando otro fracasa o sufre de algún modo.

Este sentimiento no cuenta, por lo general, con la aprobación social: «Gozarse en el mal ajeno, no es de hombre bueno». Pero esta reprobación se ciñe a su expresión directa y no al sentimiento interior ni a manifestaciones indirectas. Los estudios con técnicas de neuroimagen hacen posible destapar esta ambigüedad. Se comprobó, por ejemplo, que entre los hinchas equipo de beisbol se activaba la misma zona cerebral (núcleo estriado) cuando su equipo ganaba que si el adversario perdía con un tercer equipo.

Por lo general sentimos alegría cuando a otros les suceden cosas buenas y tristeza ante sus desgracias o fracasos. Pero no siempre; así, cuando se considera que el otro merece el daño recibido o el fracaso («Se lo merece»), o bien cuando le ocurre a una persona no querida o envidiada. Y también cuando la desgracia o fracaso del otro comporta un beneficio para el observador.

¿Qué beneficio se puede conseguir con el fracaso o la desgracia ajena? Aparte de alguna esporádica ventaja tangible, el principal beneficio suele ser otro. Las personas tienden a evaluar sus logros, habilidades y posesiones por comparación con otros y esta comparación tiene importantes consecuencias afectivas. Al sentir amenazada mi autoestima por la mayor valía o mejores resultados del otro, su fracaso o infortunio inclina de mi lado la comparación y crea la ocasión para que experimente satisfacción. «Me siento mejor porque el otro se siente peor». Una retorcida y perversa manera de intentar restaurar una autoestima débil, aunque tal vez inflada, o de compensar sentimientos de inferioridad.

Pero el alegrarse por la desgracia ajena no es solo un sentimiento individual; con frecuencia ocurre hacia un grupo y entre grupos. La política es un excelente terreno para que brote y crezca este sentimiento de alegrarse por la desgracia o por el fracaso ajeno, sobre todo cuando la identificación con el propio partido es muy fuerte. Llega a experimentarse, incluso, cuando el infortunio o fracaso del adversario tiene consecuencias adversas para toda la sociedad, incluyendo uno mismo.

Los momentos de pugna y agitación política engordan este sentimiento, que para el filósofo alemán Arthur Schopenhauer es «el peor rasgo de la naturaleza humana», relacionado estrechamente con el daño –físico o moral– al adversario. Pero, además, aumenta el riesgo de activación y escalación del conflicto, hasta llegar al odio y crear por contagio un clima de enfrentamiento social. Es decir, no se queda en un mero sentimiento, sino que fácilmente produce algún tipo de acción y fomenta la hostilidad entre grupos; empezando por herir o matar la deseable y necesaria cooperación de todos para el bien de la comunidad. Por supuesto, existen grados en el infortunio ajeno, así como en la reacción de alegría o satisfacción, que pueden ir de una sonrisa esbozada al regodeo expresado y duradero. Pero su práctica en los niveles bajos facilita el que resulten aceptables los grados más graves, sobre todo cuando «no es uno de los nuestros».

Añade Schopenhauer que este sentimiento «aparece allá donde debería encontrar su lugar la compasión que, como su opuesto, constituye la verdadera fuente de toda justicia y caridad auténticas» y profundamente humana. Como objetivo mínimo, conviene convencerse de que no es buen camino desear, y menos propiciar, el fracaso del adversario para experimentar esa alegría maligna (‘joie maligne’) o hueca satisfacción, con la que se intenta inadecuada e inútilmente sanar sentimientos de inseguridad y de inferioridad de uno mismo o del grupo, tal vez inadvertidos. Porque alegrarse con el fracaso del otro es el mayor fracaso propio.

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Nuevo libro: La felicidad asequible y sostenible

La felicidad asequible y sostenible Cubierta

Les presento mi nuevo libro: La felicidad asequible y sostenible

Acaba de aparecer. Se está distribuyendo en las librerías.

A través del enlace siguiente encontrará un archivo PDF con el índice, el prólogo y el texto de la contracubierta del libro: Felicidad Primeras Portada Contracubierta

 

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Dilatar el tiempo

 

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La persistencia de la memoria. Salvador Dalí. 1931. Óleo sobre lienzo. 24 x 33 cm. Museum of Modern Art (MoMA). New York.

 

 

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Dilatar el tiempo

Enrique Pallarés Molíns

Doctor en Psicología. Profesor emérito de la Universidad de Deusto

Publicado en El Correo y el Diario Vasco el día sábado, 20 de enero del 2018.

Se suele recomendar –no sé si con fundamento– que al poner en hora un reloj analógico se avancen las manecillas hacia adelante (según las agujas del reloj) y no hacia atrás. En el reloj que rige nuestra existencia diaria esta recomendación resulta innecesaria, porque, sencillamente, es imposible detener ni girar hacia atrás la marcha del tiempo. El tiempo avanza de forma implacable y no se puede detener ni revertir. La hoja del calendario que arrancamos cada mes no se deja pegar de nuevo. «Pero mientras tanto huye, huye el tiempo irremediablemente» («Sed fugit interea, fugit irreparabile tempus»), dijo el poeta romano Virgilio hace algo más de dos milenios. De algún modo, sugiere esta misma idea el cuadro “La persistencia de la memoria” (o “Los relojes derretidos”), de Salvador Dalí; el tiempo se derrite, como los relojes del cuadro, y solo queda un recuerdo, reblandecido y pálido, del pasado.

Constatar esta realidad produce cierta tristeza que puede llegar a la desazón y al desasosiego; sobre todo, cuando se han remplazado ya más de sesenta calendarios. Es tener la sensación de que nos vaciamos, grano a grano, como el recipiente superior de un reloj de arena; pero aquí sin la posibilidad de dar la vuelta, como en el reloj de arena o en el de agua.

Me refiero al tiempo físico, porque, junto al tiempo físico, el que medimos con el calendario y el reloj, está el tiempo percibido, es decir, la experiencia que cada uno tiene del tiempo o el modo de experimentarlo. No siempre tenemos la misma percepción ni la misma vivencia del tiempo. El minuto de espera impaciente de una llamada telefónica importante nos parece una hora, mientras que una hora en una experiencia agradable nos parece un minuto o, más bien, no sentimos el paso del tiempo.

El tiempo físico avanza o vuela de forma implacable, indiferente a nuestros deseos de detenerlo. El tiempo físico no se deja manipular. Pero podemos cambiar, de algún modo, la percepción que tenemos de él, es decir, la experiencia o vivencia del tiempo. Porque se ha comprobado que vivir el tiempo como como algo que vuela y que se agota tiene consecuencias negativas. La sensación de ‘hambre de tiempo’ le hace a uno ser tacaño con el que podría dedicar a los demás, e incluso lleva a tomar decisiones poco adecuadas (por ejemplo, dietas poco saludables, o no practicar ejercicio físico). Al contrario, dilatar el tiempo lleva a compartirlo generosamente con otros, lo cual activa una espiral ascendente de bienestar compartido.

¿Cómo dilatar el tiempo? Centrarse en la experiencia presente hace prolongar y ensanchar la experiencia del tiempo, lleva a que uno perciba que dispone de más tiempo del que indicaría el reloj. Azorín, el gran admirador de lo sencillo y cotidiano, dijo que el tiempo se detiene en las cosas pequeñas. Esas pequeñas experiencias cotidianas, como la conversación agradable y pausada, el paseo sin prisas, el degustar con calma una comida, etc., durante las cuales el tiempo se remansa y crece. Es la fuerza de lo sencillo y la grandeza de lo humilde.

El asombro es una emoción que ensancha la percepción del tiempo y que, de alguna manera, lo dilata. Cuando una actividad centra o capta nuestra total atención por el interés que suscita en sí misma y no por una recompensa externa, no sentimos ya la angustia ni la desazón de que el tiempo se desvanece y vuela –y nosotros con él–, sino que experimentamos un profundo bienestar. Puede ocurrir al practicar un hobby, un deporte y otras muchas experiencias. El profesor de psicología Mihály Csíkszentmihályi lo llamó Flujo o experiencia óptima. Se refería a las experiencias que nos absorben y embelesan, e incluso raptan, durante las cuales «el sentido del tiempo guarda muy poca relación con el paso del tiempo medido convencionalmente por los relojes».

Resulta recomendable, cuando no sea absolutamente imposible, liberar nuestra muñeca de la presión del reloj y permitir que sea el reloj interno –mucho más distendido, humano y saludable– el que oriente nuestra vida. Que reservemos un espacio privilegiado a las experiencias que hemos constatado nos hacen insensibles a la argolla cruel del tiempo físico. Es posible introducir algunos cambios en la imagen de Cronos, la divinidad del tiempo: borrar la letal guadaña que agarra y también recortar bien sus alas, símbolo de que «el tiempo vuela». Podemos hacer que el tiempo camine en lugar de volar. De este modo, al acabar el año, o al cumplir un año más, en lugar de sentir o decir «un año menos» expresaremos con hondura y gozo: «Un año más de vida y de esperanza».

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¡Feliz año 2018!

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Universidad de Deusto. Edificio Central. Fotografía tomada en febrero del 2017, desde Abandoibarra.

Con un par de días de retraso os deseo todo lo mejor para el año que acabamos de comenzar. También a vuestras familias y personas queridas.  Y, por supuesto, para todo el mundo. ¡Paz y salud!

Muchas gracias por seguir mi blog.

 

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Días de consumo

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Días de consumo

 Enrique Pallarés Molíns

Doctor en Psicología. Profesor emérito de la Universidad de Deusto

 

Publicado en El Correo. Domingo, 17 de diciembre del 2017. Página 45

 

Todos los días consumimos productos que nos mantienen vivos biológica, social y culturalmente. Pero las navidades son días de consumo extra… o de hiperconsumo. Este excesivo consumo se produce, además de por la eficacia de la publicidad, por la tendencia que tenemos a habituarnos a las experiencias positivas, lo que hace que la satisfacción y euforia inicial al adquirir algo, pronto decaiga y vuelva al nivel de base y sean necesarias nuevas ‘dosis’. Es la adaptación hedónica. Finalmente, las comparaciones sociales, que crean el objetivo de no ser menos, sino más, que los otros, acelera todavía más la carrera y competición del consumo.

El gastar bien el dinero es un arte y una ciencia. Los psicólogos han propuesto algunos principios, resultado de estudios empíricos, para que el consumo sea más rentable desde el punto de vista de la satisfacción personal. Porque la satisfacción que puede producir el dinero no está tanto en la cantidad como en gastarlo adecuadamente. La profesora canadiense Elizabeth Dunn y otros colegas investigan esta cuestión y han propuesto algunos principios para consumir y gastar de forma satisfactoria. Me referiré a algunos de ellos.

Aunque no siempre resulta nítida la distinción entre experiencias (viaje, concierto) y bienes materiales (automóvil, smartphone), la mayoría de los especialistas coinciden en que producen satisfacción más duradera las experiencias que las cosas materiales. La variación, propia de las experiencias, las hace más resistentes al desgaste de la adaptación hedónica. Además, las experiencias se anticipan y recuerdan mejor que las cosas materiales, es decir, que se disfrutan en el momento presente y también antes y después.

Optar por varias pequeñas satisfacciones en lugar de por una grande aislada. La satisfacción duradera está más asociada a la frecuencia que a la intensidad de las experiencias positivas. Es preferible invertir en una sucesión de pequeños, frecuentes y variados placeres (comprar un libro, ir al teatro, un viaje breve, comer un menú del día con un amigo, etc.) que en comprar una mesa costosa para el salón.

Evitar o reducir las comparaciones. Es muy difícil evitar las comparaciones, pero el dicho popular de que «son odiosas» tiene algún fundamento. El término de comparación es movedizo y se tiende a deslizar hacia arriba cuando hemos conseguido ya lo deseado. Aspiro a comprar el mismo automóvil que mi vecino; si lo consigo, tomaré como referencia otro todavía mejor. Es preferible que al comprar nos guiemos por lo que necesitamos y por lo que nos hará disfrutar durante más tiempo.

Pagar ahora y consumir después. Es lo opuesto del mensaje que invita a «consumir ahora y pagar después». El adquirir a crédito bienes que no son estrictamente necesarios, como un piso, tiene inconvenientes importantes desde el punto de vista de la satisfacción personal. Incluso pagando en «cómodos plazos», como instruye el libro de los Proverbios «el deudor será esclavo del acreedor» de alguna manera. Pero, sobre todo, porque al retrasar el consumo se activa la importante fuente de satisfacción que es la anticipación. Además, retrasar el consumo lleva a mejorar la elección. Así, se elegían aperitivos o tentempiés más saludables cuando era para consumirlos la semana siguiente que si se iban a consumir de forma inmediata.

La fuerte asociación positiva entre felicidad y compartir bienes materiales –o tiempo– con otras personas se observa en la mayoría de los países del mundo y está presente ya en niños de dos años, que mostraban más satisfacción al entregar a otro una chuchería que acababan de recibir, que al retenerla para sí. El consumo prosocial es altamente recomendable también desde el punto vista hedónico y de una satisfacción profunda, aunque tal vez podamos anticipar, erróneamente, que disfrutaremos más si lo consumimos solo nosotros.

 No se pretende invitar a la abstención de algún extra que añade color y variación a las celebraciones navideñas, sino a optar por un consumo racional, que prolongue la satisfacción más allá del momento de consumir. Esto, sin entrar en la cuestión, aunque sin tampoco olvidarla, de que con un consumo feroz e irracional estamos ‘devorando’ el Planeta y arrasando la casa de las futuras generaciones.

Resulta tentador terminar con un juego de palabras y sustituir en ‘consumo’ la ‘m’ por la ‘n’. «De consumo» se convierte en la locución adverbial «De consuno», que la Real Academia Española define como «Juntamente, en unión, de común acuerdo». Que estos días sean, pues, días de consuno y no tanto días de consumo.

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Miedo a quedarse sin móvil (Nomofobia y ringxiety)

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Nomofobia y ringxiety

Enrique Pallarés Molíns

Doctor en Psicología. Profesor emérito de la Universidad de Deusto

 

Publicado en El Correo. Domingo, 26 de noviembre del 2017. Página 47

Los nombres de las fobias específicas se forman con dos palabras griegas: la del objeto del temor irracional y ‘fobia’ (‘fobos’, ‘miedo’). Así, ‘claustrofobia’ (fobia a lugares cerrados), o ‘aracnofobia’ (a las arañas). La palabra ‘nomofobia’, que aparece por primera vez en un estudio encargado por el Servicio Postal Británico a la empresa de opinión YouGov, no sigue esta regla de formación. El inglés ha remplazado al griego en la primera parte de la palabra (‘nomo’, acrónimo de ‘nomobile-phone); fobia a no disponer del móvil, sea por pérdida u olvido, batería agotada, falta de cobertura, etc. Más que temor, pues, a la presencia de algo –del móvil–, es temor irracional a su ausencia; por lo que es más bien un problema de adicción que fóbico.

Emparentado estrechamente con la nomofobia se ha descrito un patrón de comportamiento denominado ‘vibración fantasma’ o ‘ringxiety’ (‘ring’, sonido del teléfono, y ‘anxiety’), que consiste en la falsa percepción de que el móvil ha vibrado o sonado. Es decir, ansiedad ante el vacío de llamadas con la ilusión o alucinación de escuchar el ‘ring’ o de sentir la vibración; recuerda al ‘síndrome del miembro fantasma’ tras una amputación quirúrgica. Comportamiento debido al grado excesivo de implicación en el uso del móvil que puede llegar a interferir en las actividades sociales, laborales (o académicas), a faltas de cortesía, a interrupción del descanso nocturno, o a infringir la norma de tráfico que prohíbe su uso al conductor.

Las nuevas tecnologías para la comunicación se han perfeccionado y extendido de forma rápida e imprevisible hace pocos años. El teléfono ha pasado de su inicial función de esporádicas y casi telegráficas conversaciones, a charlas frecuentes y prolongadas, mensajería, fotografías, etc. Sean bienvenidas estas benéficas aportaciones de la tecnología. Todo lo que ayuda a la comunicación humana merece reconocimiento y aplauso.

El problema no está en su existencia ni en su uso, sino en un uso excesivo o inadecuado. Resulta demasiado familiar la imagen de la persona absorta en la pantalla de su móvil mientras espera su turno o camina por la calle. Se observa a veces que, en un pequeño grupo o en una pareja, la interacción no se produce entre los allí presentes, sino de cada una con su móvil, es decir, con alguien o algo distinto. Además del riesgo de chocar con un obstáculo en la calle, tiene el peligro de crear un mundo imagen de la realidad, pero no del todo real, y a no vivir en el recomendado aquí y ahora.

Se suele abordar la cuestión desde el punto de vista del usuario del móvil, pero conviene no pasar por alto las reacciones y consecuencias de la exposición a esta nueva modalidad de contaminación acústica. Si para algunas personas puede constituir un problema el no disponer en ocasiones el móvil, otras son víctimas de su uso disruptivo y molesto. Los más variados sonidos y melodías irrumpen en reuniones, conversaciones, transportes públicos, cines, etc. Con frecuencia precursoras de una conversación que uno se ve obligado a escuchar –o a soportar–, con un volumen de voz tan elevado que parecen pretender que el interlocutor escuche en la distancia sin la mediación del aparato.

Hace unos meses me desplazaba en autobús a una población cercana. Una señora habló de forma continuada por teléfono con un volumen de voz suficiente para hacer partícipe a todo el bus de sus recientes compras y comidas. Al final del viaje, de unos veinticinco minutos, terminó la conversación –más bien monólogo–, con estas palabras: «¡Bueno, ya hablaremos!». «¡Ya hablaremos!». ¿Aquello solo había sido el aperitivo? ¿Se refería a que entonces le llegaría el turno a la otra persona? ¿O reconocía que hablar por teléfono es solo un remedo del amigable conversar presencial?

La dependencia del móvil y de sus aplicaciones preocupa a los especialistas en salud mental. Preocupación que se extiende o debe extenderse a toda la sociedad, especialmente a los educadores y a los padres de hijos en riesgo de generar este patrón de comportamiento adictivo. Surgen como respuesta, es verdad, los movimientos de ‘desconectados’, que no propugnan la vuelta a la comunicación con señales de humo ni a prescindir del móvil, sino que muestran que es posible vivir sin que el cordón umbilical del smartphone nos ate. No es nostalgia del modelo de teléfono que utilizaron Antonio Meucci o Alexander Graham Bell. Es evitar que nos convirtamos en siervos de un medio tecnológico, con numerosas e indiscutibles ventajas, que puede ser un buen amigo, pero no un tirano controlador o molesto. 

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Mirar la muerte y mirar la vida

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Mirar la muerte y mirar la vida

Enrique Pallarés Molíns

Doctor en Psicología. Profesor emérito de la Universidad de Deusto

 ( Publicado en el suplemento Alfa y Omega del diario ABC. Jueves 3 de noviembre del 2016. Página 24.)

Según una máxima de La Rochefoucauld «El sol y la muerte no se pueden mirar fijamente». Está claro que no es aconsejable mirar al sol directamente si queremos conservar los ojos. ¿Puede dañarnos también el mirar la muerte y el pensar en ella?

Aunque todos los animales mueren, el ser humano es el único que conoce desde muy pronto su carácter mortal. Es consciente de su radical limitación y esto conmueve sus estructuras más profundas y afecta a toda su existencia. ¿Cómo reaccionar?

En el pensamiento infantil más temprano el estar fuera de la vista equivale a estar fuera de la existencia. Lo que no se ve no existe. Este pensamiento infantil resurge o sobrevive cuando ocultamos la realidad de la muerte con el fin de negar su existencia y así rebajar el terror que produce el constatar su función aniquiladora. Si no pienso en ella, no existe.

«Cuando falte uno de los dos, iré a vivir al pueblo», le decía espontáneamente un cónyuge al otro. Los otros son los que mueren, pero no yo, aunque por cortesía se utilice la expresión «uno de los dos». Procuramos alejar la muerte de la vista y recluirla en lugares poco visibles. Utilizamos un lenguaje elusivo («Faltar», «Irse», etc.) en lugar de «muerte» o «morir». Es verdad que la televisión y el cine muestran con frecuencia la muerte, pero sobre todo muertes violentas y en serie. Un niño contempla muchas muertes en la pantalla, pero se le aleja y protege de las muertes reales cercanas. O bien se opta por la distorsión: zombis, féretros, muertos vivientes, Halloween, subcultura gótica… O se recurre al humor negro: un reír por no llorar. Así se refuerza la idea de que la muerte es algo lejano y ajeno a nosotros.

Pero, por más que tratemos de olvidarnos de la muerte, ella no se olvida de nosotros. La defensa psicológica de negación no es más que una solución muy provisional y precaria, pues con la muerte no valen trucos, y nuestras defensas resultan radicalmente frágiles y vulnerables, cuando no contraproducentes.

Porque el carácter abstracto y lejano que adquiere la muerte alimenta pensamientos falsos e imágenes irreales y, paradójicamente, conduce a una intensificación de la ansiedad ante ella. Se llega, incluso, a temer la vejez y a rechazar a los viejos, al igual que a todo lo que se asocia con la muerte. Pero, sobre todo, el excluir el final de la vida de nuestra autodefinición, nos deja inermes ante la implacable realidad de la muerte, porque, aunque la muerte es el final de la vida, no por ello deja de formar parte de la vida; al igual que el final de una historia forma parte de esa historia.

¿Habrá, pues, que pensar constantemente en la muerte y tener siempre delante sus imágenes? No. No se trata de buscar y retener obsesivamente los pensamientos y las imágenes de la muerte. Pero tampoco de evitarlos ni rechazarlos sistemáticamente. Sepamos convivir con esos pensamientos y encaminarlos hacia la Luz.

Porque mirar la muerte con la serenidad que ofrecen las lentes de la fe, lleva a reajustar nuestra escala de valores y preferencias ‒la muerte nos pone en nuestro sitio‒, así como a apreciar de verdad todo lo bueno que hay en la vida: la familia, la amistad, la naturaleza… y el regalo de cada día de vida. Algunas personas, tras haber sido rozadas por la muerte, expresan con gozo su nueva visión de la vida y de su corazón brotan sentimientos de amor y de gratitud. Así, pues, pensar en la muerte alguna vez, sin horror ni morbosidad, es un resorte que ayuda a vivir con mayor intensidad y alegría cada instante. No provoca angustia, terror ni depresión, sino sosiego y esperanzada paz interior.

En el ambiente de muerte y destrucción de la Gran Guerra, proponía Sigmund Freud sustituir el aforismo «Si vis pacem, para bellum» («Si quieres la paz, prepara la guerra»), por este otro: «Si vis vitam, para mortem» («Si quieres la vida, prepara la muerte»). Es decir, afrontar con lucidez la realidad de la Muerte para amar más la Vida, y para que sea la Vida quien gane la partida final. Un reto personal, social y educativo esencial.

La psiquiatra suiza-americana Elisabeth Kübler-Ross, tras acompañar a muchas personas en la etapa final de la vida, y cuando por su frágil estado de salud veía cercana su propia muerte, terminaba sus memorias con estas iluminadoras y esperanzadoras palabras: «La muerte es solo una transición de esta vida a otra existencia, en la cual ya no hay dolor ni angustias. Todo es soportable cuando hay amor. Mi deseo es que ustedes traten de dar más amor a más personas. Lo único que vive eternamente es el amor».

 

 

 

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La fuente de la eterna juventud

Fuente eterna juventud

La fuente de la eterna juventud. Lucas Cranach el Viejo. 1546. Óleo sobre madera. 122,5 x 186,5 cm. Gemäldegalerie, Berlín.

 

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La fuente de la eterna juventud

Enrique Pallarés Molíns

Doctor en Psicología. Profesor emérito de la Universidad de Deusto

 

Publicado en El Correo. Domingo, 1 de octubre del 2017. Página 55

El cuadro ‘La fuente de la juventud’, de Lucas Cranach el Viejo, muestra las propiedades rejuvenecedoras del agua de una fuente-piscina, a la que llegan por la izquierda personas decrépitas e inhábiles para caminar de forma autónoma; a la derecha prevalece la presencia de cuerpos sanos y juveniles, que salen o acaban de salir del agua. Es la fuente de la eterna juventud, que también representó El Bosco en el ‘Jardín de las delicias’. La fuente que, según un relato apócrifo, buscaba Ponce de León en 1513 cuando descubrió La Florida. Expresión de un anhelo activo y constante de la humanidad: hacer reversible el envejecimiento, o evitarlo. Una historia que según el documentado estudio de Gerald Gruman se remonta, por lo menos, a Gilgamesh, e incluye el oro de los alquimistas, dietas, macrobiótica, inyecciones hormonales, restricción calórica, etc.

El biogerontólogo Leonard Hayflick, tras pasar revista a estos métodos, sugiere reducir la duración diaria del sueño, por ejemplo, en media hora, para que, sumado ese tiempo se añada un plus de vida. No es una respuesta evasiva –la eliminación de algunos factores de riesgo no la aumentaría más–, sino una invitación a vivir la vida más despierto y activo. Ya que no es posible controlar el número de días de la vida, vivirlos de forma más plena; el equivalente de la repetida frase «dar vida a los años y no solo años a la vida». La celebración el 1 de octubre del Día Internacional de las Personas de Edad, sin menospreciar los esfuerzos de los científicos para prolongar la vida, es la ocasión propicia para considerar otra fuente de eterna juventud. ¿Cómo? Preguntemos a la Psicología Positiva del Envejecimiento.

Dar prioridad a los vínculos sociales. No tanto aumentar el número de amistades y conocidos, como consolidar y profundizar en aquellas relaciones que rinden más dividendos de satisfacción. Ayudar, pero aceptar también el recibir ayuda. Tiempo para vivir un amor desinteresado y oblativo; y para ampliar o abrir un canal con ese Otro que nos trasciende. Practicar la gratitud, el altruismo y el perdón (perdonar y pedir perdón) ayudará a desactivar la tentación de narcisismo, siempre presente.      

Activo también física e intelectualmente. Activar los músculos con el ejercicio físico adecuado y activar las neuronas con la curiosidad intelectual –no es necesario ser licenciado–, pues nunca es tarde para aprender. Mente flexible, abierta a lo nuevo, aunque las articulaciones no se mantengan tan flexibles. Elegir las actividades más atractivas e interesantes, pero, cuando uno se siente triste y tentado a la pasividad, dar preferencia a realizar la actividad. 

Siempre activada la percepción de control, la conciencia de que no somos marionetas del azar ni de los demás. Por eso, modificar lo que conviene y se puede, pero también los propios deseos cuando no es posible cambiar las circunstancias. Son dos modos de control, y de adaptación activa, que conviene armonizar al diferenciar –con la sabiduría que conceden los años–, lo que es posible cambiar de lo que simplemente hay que aceptar; y al distinguir lo esencial de lo relativo y prescindible.

Cultivar un optimismo realista. No el autoengaño de un optimismo simplificador, sino una visión lúcida y serena de la realidad, tal vez ayudada por ese sano sentido del humor que deshincha los globos de negatividad, que a veces formamos. Evitar la lupa ante lo negativo y, sin necesidad de ver el futuro de color de rosa, mantener la firme esperanza de quien es capaz de afrontar con firmeza interior las adversidades que puedan venir.

Al llegar a una altura resulta inevitable la mirada panorámica. Invitación, pues, a la revisión de la vida para enfocar y revivir, sobre todo, lo positivo, sin dejarse llevar por una nostalgia pesimista, que oscurece la visión del presente y del futuro. Tiempo también de practicar la gratitud, emoción hermana de la felicidad, y de resolver sentimientos de culpa con el reconocimiento de la propia limitación y el autoperdón. La vida tiene sentido y mereció la pena: a saborear cada día y cada minuto.

Estos son algunos de los caños de la fuente de la eterna juventud, de esa fuente interior de agua vivificadora, que mantiene el corazón y la mente sin arrugas, aunque no alise las de la piel. Caños que hay que ampliar, o tal vez desatascar. El poeta norteamericano Samuel Ullman afirma en un conocido poema que la juventud y la vejez no son cuestión de años, sino de mantener o no unos ideales y una esperanza. Porque «eres tan joven como tu esperanza y tan viejo como tu desesperanza».

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Gratitud. Siempre y en todo lugar

 

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Gratitud: siempre y en todo lugar

Enrique Pallarés Molíns

Doctor en Psicología. Profesor emérito de la Universidad de Deusto

Publicado en el suplemento Alfa y Omega del diario ABC.

Jueves, 28 de septiembre del 2017

 

Una de las palabras que utilizamos con más frecuencia en la vida diaria y que primero aprendemos de una lengua es ‘¡Gracias!’. Los padres enseñan a sus hijos, desde muy temprano, a expresar gratitud con esa pregunta, o mandato, que sigue al obsequio que recibe el niño: «¿Qué se dice?». Las principales religiones destacan su importancia, exhortan a su práctica, la incluyen en las oraciones y ofrecen rituales para su práctica. La Eucaristía, centro de la vida cristiana, es precisamente Acción de Gracias.

La importancia de la gratitud ha sido reconocida a lo largo de los siglos y altamente considerada en la mayoría de las sociedades. La Asamblea General de las Naciones Unidas declaró el año 2000 año de Acción de Gracias, a la vez que Año Internacional de la Cultura de la Paz. Algunos países celebran cada año el Día de Acción de Gracias. El orador y filósofo romano Cicerón consideraba que «La gratitud no es solo la mayor de las virtudes, sino la madre de todas las demás». «Es de bien nacido ser agradecido», afirma la sabiduría popular condensada en el refranero.

La Psicología Positiva incluye la gratitud entre las principales fortalezas humanas, y las investigaciones muestran los beneficios que produce su práctica en la salud mental, física y social. Para la profesora Sara Algoe la gratitud fortalece las relaciones interpersonales y, en particular, las de pareja. Constituye también una protección ante la adversidad y ayuda a sanar las heridas afectivas sufridas a lo largo de la vida.

Además, la gratitud favorece la auténtica felicidad. Tras una experiencia positiva aumenta la felicidad, pero por poco tiempo, pues pronto vuelve al nivel previo. Esta tendencia, llamada ‘adaptación hedónica’, dificulta o impide el aumento estable de la felicidad. La gratitud ayuda a que cada experiencia positiva prolongue su novedad y siga elevando la felicidad. Por eso, las personas felices practican la gratitud y no es de extrañar que su ejercicio se incluya, como objetivo importante, en la intervención para aumentar de forma permanente la felicidad. Para el filósofo francés André Comte-Sponville la gratitud es «la más placentera de todas las virtudes y el más virtuoso de todos los placeres».

La gratitud además de expresarla hay que sentirla; pero también, además de sentirla hay que comunicarla. El profesor Robert Emmons propone, incluso, comunicar la gratitud por medio de un escrito dirigido a quien nos benefició de algún modo; o llevar una especie de diario de gratitud, donde anotar –durante unos días, de vez en cuando– las acciones, interacciones y personas, también a Dios, que merecen gratitud. Es un autoexamen orientado a crear una actitud de gratitud y a formar una ‘personalidad agradecida’. Es decir, a ver cada momento de la vida como algo que «se me da» y no como algo que «se me debe»; a mirar la realidad a través de la lente de la gratitud, a descubrir y ensanchar por qué y a quiénes debemos agradecer. La meditación o terapia Naikan, propuesta por el japonés Ishin Yoshimoto, ayuda, a través de la reflexión, a fomentar la gratitud y es, a la vez, un antídoto contra las emociones destructivas.

Por el contrario, algunas actitudes y rasgos de la personalidad impiden o dificultan la gratitud, pues resultan incompatibles con una visión agradecida de la vida. Por ejemplo, la envidia, el resentimiento, la personalidad exigente, el materialismo y, sobre todo, el narcisismo. El poeta cubano José Martí compara la gratitud con las flores que solo se dan en las tierras bajas, «en la tierra buena de los humildes». El corazón sencillo es un corazón agradecido.

¿Siempre y en todo lugar? Hay circunstancias en que resulta difícil expresar gratitud: muerte, enfermedad, fracaso… Pero la gratitud requiere que se perciba un contraste entre lo desfavorable y lo favorable; sentir sed lleva a agradecer más el vaso de agua; la muerte de un ser querido invita a dar gracias al valorar ahora mejor su vida con nosotros. En general, ayuda a mantener la actitud de agradecimiento en la adversidad la madurez espiritual que sabe encontrar el lado positivo del presente y del pasado, mientras ve la vida en su totalidad.

La gratitud se comprende mejor al compararla con la ingratitud. El filósofo escocés David Hume afirmó: «De todos los crímenes que las criaturas humanas son capaces de cometer, el más horrible y el más antinatural es la ingratitud, especialmente cuando se comete contra los padres. La ingratitud está presente en la mayoría de las heridas y muertes». La gratitud, por el contrario, es un reforzador de la conducta prosocial y un barómetro que señala el nivel moral de las personas y de la sociedad. ¡Mantengamos alto este barómetro!

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Vuelta al trabajo y a la escuela

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Vuelta al trabajo y a la escuela

Enrique Pallarés Molíns

Doctor en Psicología. Profesor emérito de la Universidad de Deusto

Publicado en El Correo. Domingo, 3 de septiembre del 2017. Página 41

Se acabaron las vacaciones. Se cierra este paréntesis –para algunos muy breve– del año laboral y escolar. Vuelta a las aulas y al trabajo. Vuelta a los horarios fijos, a las exigencias del trabajo y del estudio. Solemos decir «Vuelta a la normalidad», dando a entender que las vacaciones son algo anormal o extraordinario. De los días azules a los grises.

En estas fechas se habla con frecuencia del ‘síndrome postvacacional’ (‘estrés postvacacional’, o ‘depresión postvacacional’), para etiquetar un conjunto, no bien definido, de reacciones psicológicas de breve duración al retornar al trabajo. Entre ellas, descenso en la motivación y en el rendimiento, cansancio, problemas del sueño, irritabilidad, bajo estado de ánimo, etc. Según los escasos, y no del todo fiables estudios realizados, afectaría a entre el 5 y el 60 por cien de los que se reincorporan al trabajo. Curiosamente, las cifras más elevadas corresponden a las encuestas en las que se pregunta directa y escuetamente «si ha experimentado o no el síndrome postvacacional».

La reincorporación al trabajo después de las vacaciones exige un esfuerzo de adaptación y produce una reacción de estrés de baja intensidad y duración. Es volver a un horario más rígido que el de las vacaciones, a unas exigencias de atención y ejercicio de las habilidades propias de la tarea, a asumir responsabilidades, a la posibilidad de cometer errores, a tensiones con compañeros y superiores.

Pero esto no hay que considerarlo una enfermedad ni es necesario inventar una etiqueta patológica para lo que es, en realidad, un proceso de adaptación normal. Las principales clasificaciones de los trastornos mentales no incluyen el ‘síndrome postvacacional’. Sin embargo, ha adquirido gran popularidad en los medios de comunicación y en las conversaciones cotidianas. Tal vez esta misma popularidad coopera a que algunos sientan lo que creen que se ‘debe sentir’ en estas fechas. En cualquier caso, es mucho mayor el estrés del que no encuentra trabajo o está en riesgo de perderlo.

Según el profesor Cano Vindel, presidente de la Sociedad Española para el Estudio de la Ansiedad y el Estrés, el ‘estrés postvacacional’ puede afectar a algunas personas de forma grave, debido a que a la vuelta al trabajo se unen circunstancias laborales o personales adversas. Así, los que vuelven a un trabajo en condiciones especialmente negativas, debido a jefes o compañeros hostiles; las víctimas de acoso escolar; los profesores con alumnos muy problemáticos; o cuando concurren problemas familiares, de salud, económicos, etc.

Pero este lado negativo no es toda la verdad. La vuelta al trabajo o al centro escolar para muchos es fuente de experiencias positivas. Por ejemplo, el reencuentro con personas conocidas y amigas. El mismo trabajo, bien realizado, incluso el menos brillante, puede ser una fuente importante de satisfacción y de realización personal.

Para prevenir y abreviar los posibles efectos molestos del proceso de reincorporación al trabajo o al estudio se ofrecen algunas sugerencias. Por ejemplo, fragmentar las vacaciones, regresar a la residencia habitual un par de días antes de la incorporación al trabajo para normalizar progresivamente el ritmo de sueño y de comidas, evitar reanudar la actividad laboral o académica el primer día de la semana, fomentar actividades gratificantes, etc. La profesora Robles Ortega, de la Facultad de Psicología de la Universidad de Granada, recomienda también, y me parece muy oportuno, no conceder mucha importancia a estas posibles reacciones de adaptación, de breve duración y completamente normales.

  Tal vez la mejor prevención sea dejar de ver el trabajo o el estudio como una condena y tratar de tomarlos como un reto y un medio de realización personal, aunque es cierto que a veces las circunstancias hacen muy difícil esta mirada amable. Es responsabilidad de empresarios, jefes y educadores no solo hacer menos odioso el trabajo o el estudio, sino más también más humano y atractivo.

Pero también al que vuelve al trabajo o al estudio le corresponde rebajar, si es del caso, la enemistad con su tarea y activar el talismán interior que todos tenemos –tal vez algo oxidado–, para convertir en agradable o en neutro lo que al principio pudo resultar desagradable; un talismán para convertir el gris en azul y la sombra en luz. El trabajo es tan necesario como las vacaciones. Desde hace más de dos mil años los filósofos estoicos nos invitan a hacer virtud de la necesidad, es decir, a retomar con buen ánimo y talante el deber del trabajo y del estudio.

 

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