No siempre la unión aumenta la fuerza

 

No siempre la unión aumenta la fuerza cabecera

No siempre la unión aumenta la fuerza

Enrique Pallarés Molíns

Doctor en Psicología. Profesor emérito de la Universidad de Deusto

Publicado en EL CORREO. Domingo, 3 de marzo del 2019. página 37

Enlace al texto de este artículo PDF: No siempre la unión aumenta la fuerza art

«La unión hace la fuerza» no es solo un dicho popular, sino también un principio de acción suficientemente probado a lo largo de la historia, incluso convertido en canción y en eslogan político para corear: «El pueblo unido, jamás será vencido». La unión de esfuerzos no solo suma, sino que puede llegar a superar a la acción aislada de las fuerzas individuales. Es la ‘sinergia’ o proceso en el que dos o más fuerzas convergentes producen un efecto superior a la suma de los efectos de cada una por separado.

Pero, como en todo lo humano, la realidad es más compleja y no siempre la conjunción de varias fuerzas resulta superior a su suma. El ingeniero agrónomo francés Maximilien Ringelmann comprobó a finales del siglo XIX que al añadir más participantes a una tarea de esfuerzo –tirar de una soga–, tendía a disminuir, más bien, el esfuerzo de cada uno. Según los registros del dinamómetro, cuya presencia desconocían los participantes, cuanto mayor era el número de intervinientes, menor el esfuerzo de cada uno. Si el esfuerzo individual era de 83,3 kg, la media del esfuerzo de cada uno en el grupo de siete descendía a 65 kg y en el de catorce a 61 kg; e incluso a cifras inferiores. Es decir, el aumento de esfuerzos suma, pero no siempre lo que cabría esperar.

Fueron los psicólogos sociales quienes, hacia 1970, retomaron el estudio de este curioso fenómeno, llamado ‘Efecto Ringelmann’, y lo rebautizaron con la expresión ‘Holgazanería social’ (‘Social loafing’). Observaron su presencia en otras tareas físicas, pero también en tareas cognitivas, como las de comentar un poema o un editorial, generar posibles usos diferentes de un objeto, etc.

Ringelmann pensó, sin excluir una explicación motivacional, que la disminución del esfuerzo individual se debía, sobre todo, a la dificultad para coordinarse los esfuerzos individuales de los participantes. Los psicólogos sociales, sin embargo, optaron por la explicación motivacional y se centraron concretamente en una actitud posible de los componentes del grupo, que se puede resumir en la expresión: «Que se esfuercen los demás» (‘Efecto Gorrón’). A esto se añade con frecuencia la constatación de que otros miembros del grupo se esfuerzan menos de lo que deberían, lo que lleva a tomar la decisión de «no hacer el primo». Eso sí; el grado de esta holgazanería o pereza social puede variar según se identifiquen o no los esfuerzos individuales –tal vez el factor más importante–, la relevancia y atractivo de la tarea en sí misma, las recompensas por realizarla, etc.

La frecuencia y entusiasmo con el que en la actualidad se encargan y realizan tareas en grupo, en las organizaciones y en las aulas, unido al supuesto de que «siempre es más eficaz el esfuerzo grupal que el de la suma de los individuos», lleva con frecuencia a no tener en cuenta las conclusiones de estas investigaciones sobre la ‘Holgazanería social’. Porque, además de los grupos pequeños, también la convivencia social se ve afectada negativamente por los que ‘generosamente’ ceden su parte en las tareas, cargas y responsabilidades comunes a los ingenuos que se toma en serio dichas tareas y prefieren no conjugar en primera persona el verbo pronominal ‘escaquear’.

No se pretende negar ni dejar de reconocer las numerosas e importantes funciones del grupo y de la cooperación entre sus miembros, como tampoco la necesidad de aprender a trabajar en equipo. Precisamente se trata de eso, de aprender a trabajar y a colaborar en grupo; pero de verdad. No deberían darse argumentos a los sugieren, medio en broma y medio en serio, que los mejores resultados son los del grupo cuyo número de miembros es impar y menos de tres. Es más, algunos comentarios a los estudios sobre la ‘Holgazanería social’ subrayan que en estos experimentos los participantes actuaban como individuos y no tanto como miembros del grupo. Porque ahí está el problema: que el grupo funcione, de verdad, como grupo.

En nuestros días se valora mucho –con razón, aunque a veces con exceso– el trabajo y la toma de decisiones en grupo o en equipo. Pero este justificado aprecio a lo grupal, y el rechazo del individualismo y del egoísmo, no deben hacernos ciegos ni miopes para reconocer ciertos riesgos de las actividades grupales o pseudogrupales. Tarea, pues, de identificar esta inclinación humana –tan real como la tendencia a la cooperación– a disminuir el esfuerzo individual y la responsabilidad social. Educar para conseguir que la unión de todos los esfuerzos genere siempre una potente fuerza constructiva y trasformadora, orientada al bien común.

Publicado en Diferencias humanas, EL CORREO, Enrique Pallarés, Enrique Pallarés Molíns, Psicología, Psicología Social, Universidad de Deusto | Etiquetado , , , , ,

Envejecer bien, un objetivo alcanzable

Envejecer bien, un objetivo alcanzable cabecera

Envejecer bien, un objetivo alcanzable

Enrique Pallarés Molíns.

Doctor en Psicología. Profesor emérito de la Universidad de Deusto

Publicado en EL CORREO. Domingo, 20 de octubre de 2019

Enlace al texto en PDF: Envejecer bien, un objetivo alcanzable_A

La proximidad al Día Internacional de las Personas de Edad (1º de octubre) me invita o apremia a poner por escrito algunas ideas sobre el envejecimiento. Aunque, dado su carácter universal, la reflexión sobre el envejecimiento debe desbordar esa fecha y ser objeto de atención con mayor frecuencia.

No es necesario aprender a envejecer, a pesar de la literalidad de algunas expresiones («Aprenda a envejecer»). La naturaleza genera espontáneamente el envejecimiento, sin necesidad de aprendizaje. Un proceso intrínseco al ser vivo, que a partir de la madurez se hace más visible. El reto y la tarea consiste, pues, en aprender a envejecer bien –o lo mejor posible–, porque sí que es posible aprender a realizar bien, o todavía mejor, este proceso de envejecimiento que lo inicia y conduce la biología, pero que lo moldea y diversifica la cultura y cada persona.

Al hablar de ‘envejecer bien’ no me refiero al llamado «envejecimiento con éxito», propuesto, entre otros, por los profesores John W. Rowe y Robert L. Khan y citado con frecuencia en la literatura gerontológica, que implica buena salud, ausencia de incapacidad grave y buen funcionamiento cognitivo, además de mantenerse activo y productivo. Es un modelo u objetivo que, a pesar de que ensancha y combate la visión del envejecimiento como mera involución y declive, no está en la mano de todas las personas alcanzar. Prefiero un objetivo alcanzable por todos, más modesto, aunque no menos valioso y fundamental, como es el de «envejecer bien». No se olvida de prestar atención a la salud corporal con la prevención y un estilo de vida saludable, pero se centra en el desarrollo de un conjunto de actitudes psicológicas adaptativas ante los cambios. «Envejecer bien» no es un oxímoron ni algo inalcanzable. Es una tarea psicosocial más que biológica, es un ‘lifting’ psicológico y no físico, al alcance de todas las personas. A continuación, unas breves pinceladas.

El doctor Gregorio Marañón en su ensayo «El deber de las edades» considera que el deber o tarea psicológica más importante y lo único «que puede aliviar la carga de la vejez» es la adaptación a las nuevas circunstancias. Pero, a continuación, aclara que «Adaptarse no es resig­narse. Adaptarse no quiere decir renuncia». Se trata, pues, de una adaptación proactiva y no de un pasivo dejarse llevar.

Ante todo, fomentar las creencias de control, en lugar de las creencias de impotencia e indefensión. Cambiar lo que es posible cambiar, pero aceptar de buen grado lo que no es posible cambiar. La sabiduría desarrollada a lo largo de la vida y el consejo de las personas más cercanas ayuda a distinguir cuándo se ha de persistir en cambiar las cosas y cuándo hay que cambiar los propios deseos. La «muerte social», la pérdida o disminución de la influencia en la sociedad, tiene lugar años antes que la muerte biológica y es necesario también reinventarse y adaptarse proactivamente a ella.

Ensanchar, y sobre todo fortalecer, la red social es fundamental para afrontar bien el envejecimiento. Una red que se teje a lo largo de la vida, que se fortalece con la comprensión, la tolerancia, la entrega y la amabilidad, y que se puede reparar con la práctica del perdón: perdonar, pedir perdón y perdonarse. Es decir, reconciliarse con los demás y con uno mismo; con el presente y con el pasado, para mejor afrontar el futuro.

Se recomienda, a cualquier edad, reforzar la eficacia del sistema inmune biológico con la alimentación y el estilo de vida adecuados. Pero, igualmente, es necesario fortalecer el sistema inmune psicológico o conductual. Cita el profesor George Vaillant entre los componentes de este sistema inmune psicológico el sentido del humor y el altruismo. Sentido del humor que no equivale a carcajadas huecas, sino a una visión de la vida que relativiza y suaviza las actitudes dogmáticas y rígidas que tensan las relaciones con los demás e intoxican a uno mismo. El altruismo no solo resulta positivo para quien recibe el beneficio, sino también para el que lo da, sea apoyo material, tiempo, sonrisa, etc.

Al final de la vida, la práctica de la gratitud, que según Cicerón «no es solo la más grande de todas las virtudes, sino la madre de todas ellas», adquiere una función especial. En sinergia con las actitudes anteriores, ayuda a encontrar, reencontrar o fortalecer el sentido de la vida –razón o razones para vivir– y a avivar la esperanza. Esperanza que consiste, no en la falsa ilusión de que todo irá bien, sino en la posibilidad real de ser capaz de superar la adversidad y de trabajar para dejar algo mejor el mundo.

Acabo de publicar un libro relacionado con este artículo, cuyo título es: “Para afrontar el envejecimiento”. Si quieres acceder al dossier con información sobre este libro (cubierta y portada, índice, prólogo, contracubierta y breve información de los libros que he publicado hasta el momento) haz clic en el siguiente enlace:

Información Para afrontar el envejecimiento y libros

 

Publicado en Bienestar psicológico, Bienestar subjetivo, Enrique Pallarés, Enrique Pallarés Molíns, Envejecimiento, Esperanza, Psicología Positiva, Universidad de Deusto, Vejez

Nuevo libro: “Para afrontar el envejecimiento”

Cubierta superreducida

Hoy celebramos el DÍA INTERNACIONAL DE LAS PERSONAS DE EDAD (forma suave, tal vez para evitar los términos ‘vejez’ o ‘envejecimiento’, que asustan un poco y que en algunos provocan rechazo. Coincide la celebración hoy con la aparición de mi último libro, cuyo título es “Para afrontar el envejecimiento”. No es un libro-recetario. Parte de la realidad, de momento ineludible, del envejecimiento biológico y ofrece algunos de los conocimientos de la Psicología, que puede ayudar a adaptarse activamente a esta etapa de la vida y a afrontarla bien. En parte también resultado de mi experiencia personal y de psicólogo.

¿Quiere tener más información de este libro? Haciendo clic en el siguiente enlace encontrará un archivo PDF que contiene:

-la cubierta y la portada del libro

-el índice

-el prólogo

-la contracubierta

-breve información de los libros que he publicado hasta el momento.

Enlace para acceder al archivo con esta información:

Información Para afrontar el envejecimiento y libros

 

¡Muchas gracias por su interés!

 

Publicado en Bienestar psicológico, Bienestar subjetivo, Enrique Pallarés, Enrique Pallarés Molíns, Envejecimiento, Universidad de Deusto, Vejez | Etiquetado ,

No nos olvidemos de la memoria

No nos olvidemos de la memoria cab

No nos olvidemos de la memoria

Enrique Pallarés Molíns

Doctor en Psicología. Profesor emérito de la Universidad de Deusto

EL CORREO. Viernes, 6 de septiembre. página 27.

Enlace al texto en PDF: No nos olvidemos de la memoria

Se atribuye a Marcelino Menéndez Pelayo esta frase: «la memoria es la inteligencia de los tontos». Dudo que Menéndez Pelayo sea su autor o, si lo es, estoy seguro de que la dijo o escribió con un sentido muy concreto, y no para denigrar la memoria. Sin una buena memoria resultaría inexplicable la ingente y erudita obra de don Marcelino, sobre todo en su tiempo, lejos de la era digital, cuando era necesario confiar de forma especial en la propia memoria.

La actitud hacia la memoria ha seguido un curso pendular y de ambigüedades. Es cierto que la memoria es una función compleja y que sería más correcto hablar de ‘memorias’ en plural que de ‘memoria’ en singular. Durante siglos se basó el aprendizaje en la memoria, y los tratados sobre la ‘ars memoriae’ eran muy estimados y utilizados. En la actualidad, sin embargo, algunos la quieren desterrar del aula y evitar todo lo que sea aprender ‘de memoria’. No goza de buena fama la memoria en algunos ambientes educativos. «¡Lo que tiene es solo buena memoria!», se afirma para rebajar los logros académicos de un estudiante. Es la memoria contrapuesta a inteligencia. Por otra parte, perder la memoria es uno de los máximos temores que surgen con la edad, y el estado funcional de la memoria se considera un índice fundamental del funcionamiento cognitivo y de la capacidad adaptativa de la persona.

La correcta comprensión de lo que se intenta aprender es la mejor estrategia de la memoria. «La memoria es indisociable del pensar. El arte de recordar es el arte de pensar», decía el reconocido psicólogo norteamericano William James. No es correcto, pues, crear o mantener un conflicto entre memorizar y razonar. Memoria y razonamiento no se oponen, sino que se necesitan y complementan.

Es cierto que no se ha de sobrecargar la memoria –ni el aguante– de los estudiantes con informaciones innecesarias o poco importantes. El aprender de memoria la lista de los reyes godos o de los faraones de Egipto pertenece a otros tiempos. Pero evitar aprender ‘de memoria’ los datos e informaciones más relevantes (nombres, fechas, fórmulas, definiciones…), podría resultar muy negativo para la buena formación del estudiante. Conviene evitar la memorización indiscriminada, pero también el no retener con exactitud las informaciones fundamentales de cada materia y las que pertenecen al conocimiento o cultura general.

El que «total, luego se olvida» no justifica el no esforzarse en aprenderlos, por lo menos en alguna ocasión. Muchas de las informaciones que aprendimos en la escuela y durante el bachillerato ahora no podríamos repetirlas. Pero al ‘evaporarse’ dejaron un ‘poso’ que fue estructurando nuestra mente. Queda un eco y huella, que se puede fácilmente revivir, y que sirve también de guía para aprender nuevos conocimientos. No podemos juzgar la utilidad de la memoria solo por lo que ahora recordamos literal y espontáneamente.

La extraordinaria accesibilidad en internet de informaciones de todo tipo no es una buena razón para ‘jubilar’ la memoria. Abandonaríamos rápidamente la consulta de un médico que, al indicarle un dolor en la zona abdominal, tiene que acudir a su tableta u ordenador para saber qué órganos se alojan en esa zona, y después continuar la consulta, también en la tableta o en el ordenador, sobre los posibles problemas de esos órganos, etc. Es más, dudo que se pueda realizar una búsqueda inteligente y fructuosa en internet sin pasar por la experiencia de haber retenido alguna vez la información más relevante de la materia.

En la mitología griega Mnemosine es la diosa de la memoria y también la madre de las musas, patronas e inspiradoras de las artes y las ciencias. Como dice la que fue profesora de la Universidad de Londres, Frances Yates, en su documentadísimo libro sobre la historia de la memoria, no puede haber enfrentamiento entre la madre y las hijas. Porque la función principal de la memoria no es ser el almacén del pasado, sino la base para construir el futuro.  En la toma de decisiones más elemental, el recuerdo de la experiencia pasada resulta clave. Lo mismo en un debate o diálogo, la agilidad para ofrecer el dato preciso en el momento oportuno. Y, por supuesto, en la práctica profesional.

Dice Luis Buñuel, al comienzo de sus memorias: «Hay que haber comenzado a perder la memoria, aunque sea sólo a retazos, para darse cuenta de que esta memoria es lo que constituye toda nuestra vida. Una vida sin memoria no sería vida… Nuestra memoria es nuestra coherencia, nuestra razón, nuestra acción, nuestro sentimiento. Sin ella no somos nada». Nada.

Publicado en EL CORREO, Enrique Pallarés, Enrique Pallarés Molíns, Memoria, Olvido, Universidad de Deusto | Etiquetado , , , , | 4 comentarios

Calor… y frío

Calor..

Calor… y frío

Enrique Pallarés Molíns

Doctor en Psicología. Profesor emérito de la Universidad de Deusto

Publicado en EL CORREO. Sábado, 27 de julio de 2019. Página 27

Enlace al texto en PDF: Calor… y frío

El tiempo es un tópico al que se acude para evitar otros temas más comprometidos, o cuando no se sabe de qué conversar. Pero, de vez en cuando, el tiempo y las temperaturas son noticia por sí mismas y adquieren protagonismo en los medios de comunicación y en el interés de las personas. Estas semanas, normalmente las más calurosas del año, son propicias a los comentarios y exclamaciones: «¡Nunca había visto tantos días seguidos de calor», «Parece que el fin de semana bajan las temperaturas», etc.

Porque el frío y el calor influyen de forma importante en la fisiología (golpe de calor, congelación) y en la conducta humana. Las temperaturas extremas, sin la adecuada protección, implican un riesgo para la vida, sobre todo en las personas muy debilitadas. Por eso la humanidad, a lo largo de los siglos, ha tratado de protegerse con el vestido adecuado y acondicionando lo mejor posible la vivienda y los lugares de trabajo y de ocio.

Varios estudios confirman la asociación entre calor excesivo y aumento del número de crímenes violentos (Hipótesis del calor-agresión). No es que el calor sea el único responsable de la conducta violenta, pues en ella influyen otros factores, como el grado de humedad, el consumo de alcohol o drogas, la personalidad, las condiciones sociales, etc. El hacinamiento amplifica el impacto de las altas temperaturas sobre el estado de ánimo negativo y del estado de ánimo negativo en la conducta violenta.

Las elevadas temperaturas influyen también en el rendimiento intelectual («¡Así no se puede estudiar!»). Un aumento en la temperatura dificulta la realización con éxito de tareas cognitivas complejas, e influye negativamente, por ejemplo, en la toma de decisiones. Con mucho calor o mucho frío aumenta la dificultad para realizar actividades intelectuales o manuales. Pero, sobre todo, la temperatura afecta al bienestar y satisfacción personal. No nos llevamos bien con las temperaturas extremas. Deseamos una temperatura agradable –ni frío ni calor–, aunque esto resulte difícil de conseguir.

Por eso, el calor, en sus diferentes grados, se utiliza para describir algunos estados emocionales. El profesor Robert J. Sternberg distingue siete tipos de odio, entre ellos el odio caliente, el odio hirviente y el odio ardiente. El calor, pues, como metáfora del odio y también de la ira. Pero no solamente las temperaturas altas sirven como imagen del odio, pues entre los tipos de odio se incluye también el odio frío y el odio gélido.

Así, pues, además del calor y del frío atmosférico, nos preocupa el excesivo calor o frío en las relaciones sociales, lo que podemos llamar la temperatura relacional o social. En bastantes lugares del orbe la temperatura relacional resulta tan elevada que la explosión parece inminente, cuando no es ya una realidad. La fricción de los egos inflados de algunos dirigentes, o aspirantes a dirigentes, producen elevadas y peligrosas temperaturas. Otras veces, paradójicamente, el termómetro relacional refleja tan bajas temperaturas en las relaciones entre grupos y personas, que aparece el riesgo de una explosión o de un incendio. Sí, porque el frío extremo puede provocar el calor extremo y la ebullición.

Cuando el calor estival crece sin freno y el bochorno hiere tratamos de refrescar el cuerpo con la piscina o el mar, una bebida refrescante, la sombra amable y el ventilador o el aire acondicionado. Este tiempo, de descanso en la actividad laboral y profesional, es también propicio para refrescarnos interiormente lejos de los ‘hornos’ del resto del año en los que con frecuencia producen quemaduras. Pero también es el momento adecuado para refrescar la temperatura relacional en cualquiera de los ámbitos en los que podemos influir.

Ante todo, evitar que las temperaturas asciendan todavía más o, como aconseja el saber popular, «no echar más leña al fuego». Además, siempre es posible dar un toque de suavidad a la ‘temperatura’ relacional. Es refrescarla cuando arde o hierve, pero también templarla cuando resulta gélida, para lograr así un clima social confortable, en un mundo más habitable y acogedor para todos.

Sobran los seguidores de Eróstrato, que provocan incendios por afán de notoriedad. Son necesarios, sin embargo, bomberos dispuestos a rebajar los sobrecalentamientos relacionales y a transformar la gelidez en suave calidez; personas que favorezcan los acuerdos en lugar de fomentar los desacuerdos. Para practicar este oficio no son necesarios unos cursos académicos o un título especial; es suficiente con tener muy en cuenta a los demás y no solo a uno mismo.

 

 

Publicado en Amor, Bienestar psicológico, EL CORREO, Enrique Pallarés, Enrique Pallarés Molíns, Ira, Psicología Social, Universidad de Deusto | Etiquetado , , , , , | 1 Comentario

Viajar para crecer

ViajarParaCrecer

Viajar para crecer

Enrique Pallarés Molíns.

Doctor en Psicología y profesor emérito de la Universidad de Deusto

Publicado en el suplemento Alfa y Omega del diario ABC. Jueves, 25 de julio de 2019

Enlace al texto en PDF (la página de Alfa y Omega): Viajar para crecer

Millones de personas se desplazan durante todo el año a lo largo y ancho del mundo por muy diversas razones, en viajes largos y cortos. Parece como si el viajar, el desplazarse de un lugar a otro, fuera una característica esencial de la naturaleza humana. Si no lo es por naturaleza, la historia nos ofrece abundantes testimonios del nomadismo de los seres humanos. Unos lo hacen por razones de negocios, otros movidos por la urgente necesidad de salir de la miseria, de la guerra o de la persecución; el explorar nuevas tierras ha empujado a muchos a emprender largos viajes con un incierto destino. La fe también ha movido y mueve a encaminarse hacia lugares donde lo sagrado se manifiesta de forma especial.

Las vacaciones de verano propician el viajar por viajar, el viajar para conocer otros lugares, para romper la rutina cotidiana y ensanchar el campo visual, la mente y el corazón. Porque los viajes ensanchan la mente y son una forma de disolver los prejuicios que albergamos sobre otros grupos humanos. El escritor americano Mark Twain concluye con su habitual ironía el relato de uno de los primeros viajes organizados de la historia –en la segunda mitad del siglo XIX–, en el que participó: «Viajar es nefasto para el prejuicio, la intolerancia y la estrechez de miras; y muchos de los nuestros lo necesitan desesperadamente por ese motivo». Mahatma Gandhi consideraba que los viajes constituyen «el lenguaje de la paz».

Pero este ensanchamiento de la mente y del corazón no se produce automáticamente. Depende de la actitud con la que uno inicie y establezca el contacto con las nuevas tierras y sus habitantes. Algunos convierten el viaje en un objeto de consumo y viajan más para contarlo a los amigos y conocidos que para el disfrute y el enriquecimiento personal. Es lo contrario a una actitud de respeto y empatía hacia las gentes de los lugares que visitamos. El buen viajero no va a enseñar ni a exhibir su autosuficiencia ni su chovinismo, sino a ver, escuchar, aprender y compartir con sencillez; ligero de equipaje y ligero de prejuicios.

Porque el objetivo del viaje no es contarlo a los demás, sino contárselo a uno mismo, para vivenciar con tranquilidad la experiencia. Es permitir que las tierras y personas visitadas entren en nuestro interior y se conviertan en algo nuestro. Lo importante no es llegar a zonas remotas y exóticas. Existe un turismo más sencillo, pero no menos enriquecedor, como es el viajar a zonas rurales para pasar varios días o semanas. Comprobaremos que esa «España vaciada», necesitada de auxilio urgente y que ha lanzado varios SOS, no está, en realidad, ‘vacía’ del todo, sino llena de los valores de las personas que la habitan y de la diversidad de paisajes y tradiciones. Son lugares donde el tiempo se remansa y el reloj avanza a un ritmo más sosegado que en la ciudad. Sin idealizar ni llegar a una exaltación romántica de lo rural y de lo primitivo, el urbanita –adulto y niño– necesita este acercamiento y contacto directo con la naturaleza y con las expresiones más genuinas de la vida.

Pero no todos pueden disfrutar de un viaje vacacional, bien por padecer alguna enfermedad, cuidar un enfermo, no poder interrumpir el trabajo o, simplemente, por falta de recursos económicos. Tampoco todos los viajes son viajes de placer. Los cruceros y los yates de recreo no son las únicas embarcaciones que surcan el Mediterráneo. Muchas personas lo hacen, a la desesperada, en las nada confortables pateras, sobrecargadas hasta el riesgo de naufragio por seres humanos que huyen de la guerra, del hambre o de la persecución, intentando alcanzar las costas de Europa, donde no son recibidos, precisamente, con los brazos abiertos.

El ser humano es el único animal que puede viajar mentalmente a lo largo del tiempo. Viajar hacia el pasado, estimulados por los lugares que visitamos, lejos de las comodidades y seguridades de nuestra residencia habitual; volver al pasado para navegar con mayor seguridad y firmeza hacia el futuro. El viajar ha sido considerado también símbolo del viaje interior, del encuentro con uno mismo y con Dios.

Dice el escritor norteamericano y viajero incansable Herman Melville, que «el viaje es para un espíritu noble como un renacimiento. Tiende a enseñarnos una profunda humildad, ampliando nuestro altruismo hasta abarcar la humanidad al completo». Un ‘re-nacimiento’ personal y espiritual, es decir, la posibilidad de un encuentro con lo más auténtico y profundo de uno mismo, a la vez que un tiempo propicio para el cultivo espiritual. El contacto con la naturaleza, la lectura reflexiva de un buen libro y la conversación reposada facilitan esta terapia psicológica y espiritual que pueden llegar a ser los viajes.

Publicado en Bienestar psicológico, Bienestar subjetivo, Enrique Pallarés, Enrique Pallarés Molíns, Universidad de Deusto | Etiquetado , , , | 2 comentarios

La sana velocidad de la lentitud

La sana velocidad de la lentitud cab

 

La sana velocidad de la lentitud

Enrique Pallarés Molíns

Doctor en Psicología. Profesor emérito de la Universidad de Deusto

El Correo. Domingo, 7 de julio del 2019. Página 37 y                                       EL IDEAL, Domingo, 7 de julio del 2019. página 29.

 

Enlace al texto en PDF de El Correo: la sana velocidad de la lentitud art

El periódico francés Le Figaro publicaba el 20 de febrero de 1909 el Manifiesto Futurista, redactado unos meses antes por el poeta italiano Filippo Tommaso Marinetti. Sentaba las bases de una ruptura con el pasado y de la exaltación de la velocidad. Una de sus proposiciones decía: «Afirmamos que la magnificencia del mundo se ha enriquecido con una nueva belleza: la belleza de la velocidad. Un automóvil rugiente, que parece correr sobre la metralla, es más bello que la Victoria de Samotracia».

¡La belleza de la velocidad! Y, en consecuencia, ¿la fealdad de la lentitud? No tiene buena fama la lentitud. ‘Lento’ suele utilizarse como calificativo negativo (‘alumno lento’), incluso como insulto. A veces excusamos la lentitud con la expresión «Lento, pero seguro», que hay que interpretar como «seguro, a pesar de ser lento». Decir que una película es ‘lenta’ no es una buena recomendación para verla.

En determinadas circunstancias y ocasiones resulta necesaria la mayor velocidad posible. La rápida intervención en un caso de accidente cerebrovascular es esencial para la supervivencia del paciente. Pero no siempre resulta la velocidad saludable. El patrón de conducta tipo A, o personalidad tipo A, descrito por los cardiólogos Mayer Friedman y Ray Rosnman, está relacionado con un mayor riesgo de accidentes coronarios, sobre todo en lo que este patrón de conducta tiene de impaciencia y de agresividad. Porque, efectivamente, ambas están relacionadas y dañan el corazón, pero sobre todo el bienestar.

Sufrimos la enfermedad de la prisa, que deja los arcenes repletos de quienes no pueden seguir adelante a la velocidad que se les trata de imponer. Velocidad impuesta, pero también elegida cuando no es necesario ni nadie nos obliga. Una enfermedad contagiosa, cuyo primer tratamiento es la desaceleración, el moderar la velocidad.

Moderar la velocidad no tanto por miedo a un accidente coronario, sino porque lo más agradable de la vida no es para tragarlo, sino para saborearlo con calma, para degustarlo con la delicadeza y demora de un sumiller. Esa es la gran diferencia entre el que saborea el alimento, capta diferencias de sabor y se recrea en la textura, percibe diferencias de olor o color, y los que mastican a medias o tragan. No disfrutan ni se recrean en lo que comen.

Urgencia de velocidad en el trabajo, que se transfiere al ritmo de vida y a la carretera. Baltasar Gracián comenta su aforismo «No vivir a prisa» con estas palabras: «El saber repartir las cosas es saberlas gozar» y no como los que a la velocidad con la que ya corre el tiempo añaden el atropellamiento de su forma de vivir la vida y «querrían devorar en un día lo que apenas podrán digerir en toda la vida». Es la productividad y la eficacia como criterio supremo. Hacer mucho en poco tiempo, el dominio de la cantidad sobre la calidad.

Como antídoto a este trepidante estilo de vida, surgió hace unos años el ‘movimiento slow’, el movimiento lento, impulsado por el periodista canadiense Carl Honoré, con su libro Elogio de la lentitud. No pretende este movimiento imponer a los seres humanos la velocidad de la tortuga; no es desacelerar por desacelerar ni hacer de la vida una ‘carrera’ de caracoles. Cuando es necesaria la rapidez no se duda en acelerar. En las demás ocasiones rige el criterio de la parsimonia.

Inspirados en el movimiento ‘slow’ han surgido el de la ‘comida lenta’ (‘slow food’) y el de ‘ciudades lentas’ (‘cittaslow). Comida lenta en cuanto a los alimentos, con preferencia por los productos naturales, y por la cocina tradicional de la región, que ignora el microondas. Nada que ver, pues, con la comida rápida, la ‘fast food’ (o ‘ne-fast food’, como algunos ironizan). Y también las ciudades lentas, las poblaciones que rechazan someterse a la corriente de homogeneización (o americanización) y al imperio de las franquicias, destacan lo más característico de la ciudad y alcanzan una buena calidad de vida. Ciudades en las que uno desearía residir siempre y que, al marchar, las lleva dentro del corazón.

Comida lenta, ciudades lentas… Un ritmo de vida más lento y humano, libre de la dictadura de la rapidez y de la ley de rendir el máximo en el mínimo de tiempo. La velocidad al servicio de la persona y no la persona al servicio de la velocidad. Esto exige un giro copernicano en nuestra sociedad, que no está en manos de todos realizar al completo. Pero siempre queda un margen de acción personal, que exige reorganizar las propias metas y establecer prioridades; preferir la calidad a la cantidad y el sosiego a las prisas.

Publicado en Bienestar psicológico, Bienestar subjetivo, EL CORREO, Emociones, Enrique Pallarés, Enrique Pallarés Molíns, Felicidad, Psicología, Psicología Positiva, Psicología Social, Universidad de Deusto | Etiquetado , , , , , , ,

Policromía en lugar de blanco o negro

 

Policromía en lugar blanco o negro imagen b
Enlace al texto del artículo en formato PDF: Policromía en lugar blanco o negro

Policromía en lugar de blanco o negro

Enrique Pallarés Molíns

Doctor en Psicología. Profesor emérito de la Universidad de Deusto

Publicado en EL CORREO. Domingo, 26 de mayo del 2019. página 35 y en DIARIO VASCO. Domingo, 26 de mayo del 2019. página 26

 

Hoy es rara la producción de una película o la toma de una fotografía en blanco y negro. Los televisores en blanco y negro tuvieron una existencia efímera en comparación con la de los de color. Hace años, incluso, se colorearon algunas de las películas relevantes de la historia del cine. En realidad, tanto las películas como las fotografías o la televisión, que llamamos ‘en blanco y negro’, incluyen varias tonalidades de gris; por lo que, hablando con propiedad, no son solo ‘en blanco y negro’.

Preferimos el color en las imágenes que tomamos, salvo algunas excepciones artísticas. Pero esta preferencia y búsqueda de la variedad y de los matices del color no se aplica con igual fuerza en las descripciones o valoraciones de nosotros mismos, de otras personas, o de los grupos e instituciones. En este caso, optamos con frecuencia, y al margen del arte, por la monocromía en estado puro, con la omisión de los colores y de las tonalidades de gris. Es la huida a los extremos.

  Entre las distorsiones cognitivas que el psicólogo norteamericano Aaron T. Beck enumera y describe como claves para explicar algunos problemas mentales –sobre todo, los trastornos de ansiedad, la depresión o la ira– está el pensamiento polarizado o visión en blanco o negro. En el pensamiento polarizado se tienen en cuenta solo los extremos, sin matices: «Éxito o fracaso», «bueno o malo», «izquierdas o derechas». Es ver y juzgar en términos extremos y simplificar en exceso la compleja realidad.

La polarización o monocromía no se queda en una afirmación o juicio rotundo, sino que genera un modo de sentir y actuar claramente disfuncional. Es ver la realidad y actuar con unas gafas dotadas de un filtro que niega las tonalidades intermedias. Además, la polarización no suele presentarse aislada, sino que opta por la sinergia con otras distorsiones cognitivas, igualmente desfiguradoras de la realidad; por ejemplo, con una visión en túnel, que reduce al extremo el campo visual a considerar, con las generalizaciones exageradas, etc.

Criticar la polarización o adhesión a los extremos no significa elogiar el centro político, sino invitar a que, en todos los segmentos del arco político, incluyendo el centro, se evite, o se reduzca lo más posible el pensamiento polarizado y se opte por la moderación. Es trabajar para que las fuerzas centrípetas y constructivas se impongan a las centrífugas y destructivas.

Si el punto medio o la equidistancia es muy difícil de conseguir en la práctica, la solución está en la noble confrontación de los diferentes puntos de vista en un encuentro y diálogo guiado por el objetivo de lograr el bienestar social. Es evitar que la praxis política y la convivencia se conviertan en la palestra donde egos extremos pelean y los ciudadanos actúan de sufrientes espectadores. Es muy de desear siempre, pero de modo especial en el momento actual que la tendencia a la polarización y al alejamiento se sustituya por la convergencia y el acercamiento.

Para neutralizar o rebajar la polarización propone la terapia cognitiva ver y juzgar la realidad con diferentes tonalidades de gris. Pero todavía es mejor utilizar una paleta con alegres colores y matices. Evitar, pues, los juicios radicales y cortar el proceso destructivo de polarización que brota en cuanto dicotomizamos la realidad social entre ‘los míos’, que son ‘los buenos’, y ‘los otros’, que son ‘los malos’. Tarea no solo de los líderes políticos, sino de cada ciudadano, que con su voto y su opinión puede influir para que se eviten o suavicen las confrontaciones descalificadoras, estériles y nocivas.

La ONU ha declarado a 2019 Año Internacional de la Moderación. Algunos asocian ‘moderación’ con un pensar y actuar timorato y pusilánime. Pero la moderación implica actuar con ánimo y valor, con la valentía del que sabe defender sus ideas, pero también sabe rectificar cuando es preciso y reconocer los aciertos del otro. La citada declaración «Subraya la importancia de la moderación como método utilizado en las sociedades para contrarrestar el extremismo en todos sus aspectos y seguir contribuyendo a la promoción del diálogo, la tolerancia, la comprensión y la cooperación».

La naturaleza siempre acoge, pero de forma especial en este florido mayo, una gran variedad de colores y tonalidades en una bella sinfonía a pesar de su heterogeneidad. Nos brinda un hermoso y deleitable espectáculo, pero también nos ofrece la lección de que es posible armonizar colores diferentes y evitar tanto la empobrecedora polarización blanco o negro como un confuso cuadro abigarrado y sin sentido.

Publicado en Blog, EL CORREO, Enrique Pallarés, Enrique Pallarés Molíns, Psicología, Universidad de Deusto | Etiquetado , , , ,

Animal racional y animal emocional

animal racional y animal emocional cab

Razón y emoción en el ser humano. Relación con la campaña electoral y la decisión de votar. Necesidad de un equilibrio y de remplazar las emociones negativas por las positivas.

Texto del artículo en PDF: animal racional y animal emocional art

Animal racional y animal emocional

Enrique Pallarés Molíns

Doctor en Psicología. Profesor emérito de la Universidad de Deusto

Publicado en El Correo. Domingo, 28 de abril del 2019. página 39

Resulta muy familiar la definición del ser humano como «animal racional», una definición breve hasta el extremo, pero comúnmente aceptada durante siglos. Es la definición que aprendimos en la escuela, y que, según la doctrina aristotélica, utiliza el género próximo (animal) y la diferencia específica (racional).

Pero también las emociones reivindican su puesto y no aceptan un papel secundario. «El corazón tiene sus razones que la razón ignora», decía Pascal. Las emociones son la sal de la vida, dan variedad y dinamismo a la vida humana y a la vida social. Resultaría incomprensible la vida sin la presencia de las emociones: miedo, ira, tristeza, amor, gratitud, felicidad… El ser humano es «animal emocional», porque, aunque los animales también experimentan emociones, la dimensión emocional o afectiva es un componente esencial de la persona humana.

Animal racional y animal emocional. Emoción y razón; razón y emoción. Separar emoción y razón, lo mismo que cuerpo y mente, sería, en palabras del prestigioso neurocientífico Antonio Damasio, incurrir en «el error de Descartes». Aceptar este dualismo iría, sobre todo, contra la misma naturaleza humana.

En la arena política las emociones actúan con frecuencia de protagonistas. Por ejemplo, la ira, que a veces toma las riendas de los debates políticos y convierte en un lamentable, por no decir cómico, espectáculo la necesaria confrontación de ideas y puntos de vista. Tal vez porque la ira se asocia aquí a otras emociones como el orgullo, la envidia o el odio. No es esa ira moral que busca la justicia con firmeza, sino la ira que movida por otras oscuras emociones solo pretende desgastar o destruir al adversario político.

Otras veces el protagonista es el miedo. La estrategia de ‘apelar al miedo’, recurso utilizado hasta el abuso por la publicidad y la propaganda política, consiste en inocular una potente dosis de miedo para forzar la elección del producto o de la opción política que ofrece el que utiliza esta arma. El apelar al miedo puede estar justificado en las campañas de prevención de accidentes de tráfico («El miedo guarda la viña»), pero no cuando se utiliza desde las tribunas exclusivamente para descalificar otras alternativas políticas –caricaturizadas–, sobre todo cuando el peligro es magnificado o imaginado.

El ciudadano debe elegir este mes entre las diferentes opciones que se le presentan, maquilladas y disfrazadas con sus mejores galas. Difícil tarea la de tomar una decisión sin poseer la información suficiente para diferenciar la verdad de la no verdad. El ser humano, que por costumbre opta por el camino más breve y por ahorrar esfuerzo, utiliza en la toma de algunas decisiones un atajo mental denominado heurístico del afecto. Las emociones que suscitan inmediata y no conscientemente las siglas de un partido político o la imagen de su líder, sustituye al análisis objetivo y crítico. Es el grave error de separar la emoción de la razón e incurrir en la visión dicotómica y miope de buenos o malos.

Las emociones tienen la importante función de alimentar y orientar la acción. El razonamiento sin las emociones correría el riesgo de paralizar la acción. Pero no conviene que las emociones, sobre todo las negativas, adquieran tal protagonismo que lleguen a erigirse en tiranas y secuestren también las papeletas de las urnas, como con frecuencia secuestran a los líderes y a los militantes de los partidos políticos. No se pretende que la selección de la papeleta electoral sea el resultado de razonamientos silogísticos ni matemáticos, pero sí de una decisión serena y lo más objetiva posible, en la que la emoción no se separe de la razón. Es optar sin apasionamiento por la opción que ofrezca más garantías –y no solo bellas y huecas palabras–, de trabajar por el bien de todos los ciudadanos.

Y hablando de emociones no me quiero olvidar de la felicidad. La primera Constitución española, la Pepa, proclamaba en 1812 que «El objeto del Gobierno es la felicidad de la Nación, puesto que el fin de toda sociedad política no es otro que el bienestar de los individuos que la componen» (III, 13). El concepto de felicidad se ha enriquecido desde entonces para incluir, además de una vida agradable, una vida comprometida con los principales valores humanos (verdad, justicia, honestidad…) y una vida con sentido. Esta auténtica felicidad, hermana inseparable de la justicia y de la armonía social, debe reinar en los colegios electorales, medios, redes sociales y centros de decisión, a la vez que ser el espejo en el que se miren los políticos y todos los ciudadanos.

Publicado en Bienestar psicológico, EL CORREO, Emociones, Enrique Pallarés, Enrique Pallarés Molíns, Ira, Psicología Positiva, Psicología Social, Universidad de Deusto | Etiquetado , , , , ,

Terapia cuaresmal (Cuaresma y Psicología)

Terapia cuaresmal

La Cuaresma no es una terapia biológica ni psicológica. Pero las actitudes cuaresmales tienen varios puntos de semejanza con las que promueve la Psicología. Entre ellas, sobriedad, solidaridad con los necesitados, revisión de la propia vida, reconciliación, encuentro con el Absoluto que nos trasciende.  Las encontrarás brevemente descritas en este artículo.

Terapia cuaresmal

Enrique Pallarés Molíns

Doctor en Psicología. Profesor emérito de la Universidad de Deusto

Publicado en el suplemento semanal Alfa y Omega del diario ABC. Jueves, 28 de marzo del 2019.

Si quieres acceder al texto de la imagen en PDF, haz clic en este enlace: Terapia cuaresmal art

La Cuaresma no es, por supuesto, una terapia psicológica propiamente dicha. Pero durante este tiempo se insiste en fomentar algunas actitudes que coinciden o convergen con las recomendaciones de la Psicología Humanista y de la Positiva. Por eso, en sentido figurado, podemos hablar de «Terapia cuaresmal». Una ‘terapia’ no solo para los déficits, sino también para el crecimiento integral.

Sin ser lo más importante, llama la atención la invitación cuaresmal a las restricciones en la comida –el ayuno y la abstinencia–, en la actualidad reducidas a la mínima expresión. ¿Una reliquia del pasado «que hay que mantener», sin más? Creo que no. Es una invitación a la sobriedad y al autocontrol. En el siglo XVII el escritor veneciano Alvise Cornaro recomendaba una vida sobria como el mejor medio para la longevidad. El biogerontólogo norteamericano Leonard Hayflick, aludiendo a los recientes estudios que asocian frugalidad con longevidad, sustituye la conocida frase «Somos lo que comemos» por «Somos lo que no comemos».

Pero el objetivo de la templanza y sobriedad cuaresmal no es precisamente prolongar la vida, sino reforzar el control sobre nuestros deseos e impulsos y facilitar así la aspiración a metas más elevadas. Estas pequeñas privaciones alimentarias, además, pueden ayudar a sentir empatía con esos 800 millones de seres humanos que sufren el azote del hambre; empatía difícil de experimentar, por otra parte, desde nuestras latitudes donde el despilfarro de los alimentos es tan frecuente.

Sobriedad ampliable a otras áreas: al vestir, a las diversiones y, en general, al estilo de vida. Optar por un estilo de vida sencillo, aunque no por eso menos satisfactorio. Es más, la clave del bienestar psicológico pleno está en optar por las cosas y actividades sencillas, en las que la persona está sobre las cosas y no las cosas sobre ella. Para el pensador francés André Comte-Sponville «La templanza es la virtud por la cual continuamos siendo señores de nuestros placeres y no sus esclavos».

Durante la Cuaresma se nos invita también a la generosidad con los más necesitados. La Psicología ha encontrado escasa relación entre el aumento de bienes materiales y el aumento de la felicidad, pero ha comprobado que su buen uso, como el compartir esos bienes, produce más satisfacción y bienestar que su mera acumulación. Es la paradoja de la auténtica felicidad, que crece al dar y disminuye al acaparar. Pero también está probado el efecto positivo en el bienestar psicológico de invertir parte de esa gran riqueza, que es el tiempo, en actividades prosociales. Se trata, pues, de algo más que de dar una limosna para tranquilizar la conciencia.

La Psicología recomienda la observación de la propia conducta como primer paso para su adecuada modificación y para fortalecer el autocontrol. Es reflexionar sobre nuestras actitudes y acciones para confrontarlas con nuestras mejores metas y objetivos. Y, más allá, la revisión de la propia vida, recomendada por los gerontólogos desde Robert Butler, como un medio para el envejecimiento positivo –aunque no solo beneficiosa en la vejez– y constituida en terapia psicológica. Una revisión de la propia vida, en la que los recuerdos luminosos surgen para alegrarse y los oscuros para su sanación.

Ocasión propicia, pues, para contemplar el camino recorrido con el objeto de rectificar la ruta, incluso darle un giro de 180 grados. Un proceso de revisión profunda con la luz del perdón: perdonar, aceptar el perdón, pedir perdón y perdonarse. Perdón que se prolonga en compasión. Conjugar, pues, en sus varias formas el verbo perdonar, como el modo más eficaz de reconciliarnos con Dios, con las demás personas… y con nosotros mismos.

La Cuaresma es también una terapia de crecimiento porque es un tiempo especial para la gratitud. Un tiempo para experimentar y expresar gratitud por todos los beneficios recibidos. La Psicología Positiva muestra con claridad las importantes consecuencias positivas para la salud mental, corporal y social de practicar la gratitud. Es ver el mundo y la vida como algo que «se me da» y no como algo que «se me debe».

Días también para espabilar el oído y el corazón a la escucha de Aquel que es «más íntimo que mi intimidad». Tiempo, pues, para el encuentro con ese Ser personal que nos trasciende sin anularnos; que lejos de debilitar nuestro yo, lo fortalece sin hincharlo; que no roba nuestra autoestima, sino que la sana y fundamenta con solidez; que nos invita a escuchar a las demás personas, incluso a las que no piensan como nosotros; que hace ver al ser humano que no vive en el caos ni abandonado a su suerte, sino en un universo con un sentido y una meta, donde todavía es posible, aunque no fácil, el abrazo fraterno de la reconciliación.

 

 

Publicado en Enrique Pallarés, Enrique Pallarés Molíns | Etiquetado , , , , , ,

El amable tirano (sobre el sueño)

El amable tirano Cabecera.JPG

 

El amable tirano

Enrique Pallarés Molíns

Doctor en Psicología. Profesor emérito de la Universidad de Deusto

Enlace al texto en PDF: El amable tirano art

Está reciente todavía el Día Mundial del Sueño. Un día –ampliable– para reconocer la importancia de este «amable tirano», como lo definió el escritor británico Samuel Johnson, que nos visita a diario. El que cerca de un tercio de nuestra vida lo pasemos en los brazos del sueño sugiere su importancia. Pero, sobre todo, el que el sueño afecta de modo importante a nuestra vida de vigilia, como también la vigilia afecta al sueño. «Para vivir bien, dormir bien; para dormir bien, vivir bien». 

Hasta don Quijote reconoce el acierto de las palabras de Sancho sobre el sueño: «Capa que cubre todos los humanos pensamientos, manjar que quita el hambre, agua que ahuyenta la sed, fuego que calienta el frío, frío que templa el ardor. Balanza y peso que iguala al pastor con el rey y al simple con el discreto». Es el amable, reparador, democrático, amable y dulce sueño. Escenario, a su vez, del «teatro de la noche» que son los sueños.

Pero también tirano, aunque para nuestra salud y bienestar. El sueño toma nota de las horas que se le sustraen y no condona con facilidad la llamada «deuda de sueño». No acepta de buen grado que se intente compensar la restricción habitual con un atracón de sueño el fin de semana, pues prefiere cobrar cada día su tributo de unas siete u ocho horas. Existiría, incluso, por analogía con la deuda pública, una «deuda nacional de sueño», que sería la estimación del déficit promedio de sueño de un país. Un 31% de la población española se despierta con la sensación de que su sueño no ha sido reparador.

La luz eléctrica, los horarios laborales, la vida social y la oferta en casa de veinticuatro horas de ocio (lectura, televisión, internet), pueden ser las causas, junto con el insomnio, de la «deuda de sueño». Esta reducción habitual de sueño puede tener consecuencias negativas para la salud y el bienestar: sistema cardiovascular, sistema inmunológico, diabetes, obesidad, memoria, accidentes, falta de concentración, irritabilidad, etc. Sin olvidar los importantes costos económicos, que en los Estados Unidos se estiman en 411.000 millones de dólares (2,28% del PIB), sin contar los gastos en fármacos, diagnósticos, etc.

La Dirección General de Tráfico, por su parte, considera que la falta de sueño es uno de los factores de riesgo más importantes para sufrir o provocar un accidente de circulación. No es necesario quedarse completamente dormido. Se calcula que la somnolencia al volante interviene, directa o indirectamente, en entre el 15 y el 30% de los accidentes de tráfico en España.

Todo ello obliga a prestar mucha más atención al sueño y a sus condiciones para visitarnos y permanecer. En primer lugar, requiere de un ambiente material adecuado (oscuridad, temperatura), libre, sobre todo, de ruidos perturbadores. Además, mantener un horario regular y evitar dormir durante el día, así como suprimir la ingestión de sustancias estimulantes (cafeína) horas antes. El ambiente emocional de la vigilia es también muy importante; el deficiente control de las emociones negativas –ansiedad, culpabilidad o ira– puede herir e incluso matar el sueño nocturno. Por el contrario, como recuerda Baltasar Gracián, «El día sin pleito hace la noche soñolienta».

La paz con uno mismo y con los demás, así como aparcar las preocupaciones fuera de la almohada, es un buen facilitador del sueño y sin los efectos indeseables de los fármacos. El ejercicio físico, la exposición a la luz natural y la distancia a las pantallas y pantallitas (TV, ordenador, móvil), favorece también la calidad y cantidad del sueño. Recordemos, finalmente, que el sueño ejerce su tiranía al visitarnos cuando él quiere y no cuando lo reclamamos: buscar ansiosamente el sueño es el mejor modo de ahuyentarlo.

El sueño llega tras varias horas sin dormir (regulación homeostática), pero también acude según un ritmo de unas veinticuatro horas (regulación circadiana) controlado por un ‘reloj’ biológico, localizado en el núcleo supraquiasmático. Un ‘reloj’ cuya señal, salvo fuerza mayor, conviene acatar. Surge aquí el reconocimiento agradecido a todas las personas que se ven obligadas a alterar su ritmo de sueño por el bien de la comunidad en los servicios sanitarios o de seguridad, cuidado de enfermos, fábricas, transportes, etc. Ocasión también para empatizar con los que sufren insomnio crónico –entre un 6 y un 10% de la población con un criterio riguroso, elevable hasta el 30%– u ocasional. Una oportunidad, sobre todo, para reconocer la excepcional importancia del sueño, fácil de pasar por alto debido a su presencia cotidiana y silenciosa.

Publicado en Uncategorized