La amistad es necesaria

Rosa Blanca

 

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La amistad es necesaria

Enrique Pallarés Molíns

Doctor en Psicología. Profesor emérito de la Universidad de Deusto

Publicado en El Correo. Domingo, 29 de julio del 2018. Página 37. Y en el Diario Vasco. Domingo, 29 de julio del 2018. Página 24

La Asamblea General de las Naciones Unidas instituyó en 2011 la celebración, cada 30 de julio, del Día Internacional de la Amistad. Día especial para reflexionar y estimular su cultivo durante todos los días del año, pues, como dice Aristóteles, sin la amistad la vida sería un error. Las noticias de guerras, violación de los derechos humanos, miseria y, en general, de insolidaridad y hostilidad son muy frecuentes y clamorosas. La marea negra del desencuentro y del odio, además de tóxica, dificulta el reconocimiento de las fuerzas constructivas, como la amistad, presentes también en el ser humano.

La amistad es una forma de relación interpersonal observable en todas las etapas de la vida, lugares y tiempos, aunque con expresiones propias. No es antropomorfismo aplicar el término ‘amistad’ a los animales, pues en el reino animal, por ejemplo, en los primates, elefantes y delfines, se observan comportamientos equivalentes a la amistad; y, por supuesto, entre el ser humano y algunos animales.

Existen diferentes grados de intensidad y compromiso en la amistad –del amigo/conocido al íntimo amigo–, pero siempre se incluye o se aspira a un clima de aceptación, confianza, fidelidad y ayuda. Amistad, incluso, como el amor, más allá de la muerte. El amigo de verdad escucha, aconseja y apoya de forma desinteresada. Aristóteles proponía como modelo de la amistad el amor de las madres a los hijos, pues «los siguen queriendo sin buscar la correspondencia en el amor».

Un objetivo, es cierto, difícil de alcanzar. Algunas redes sociales hacen demasiado fácil la amistad o, más bien, una trivialización de la amistad. Se puede aplicar aquí la sentencia que Nietzsche pone en boca de Zaratustra: «Existe la camaradería: ¡ojalá exista la amistad!». Es la tarea de cultivar la amistad, complemento de la justicia, desde sus formas más superficiales a las más sólidas. Porque, aunque no abunda, existe la verdadera amistad, modelo y meta hacia donde orientar las relaciones interpersonales.

La verdadera amistad no implica encerrarse en una relación con una o pocas personas afines; tiende a hacerse más profunda, pero también a extenderse en la diversidad. Amistad intercultural, amistad entre pueblos, amistad intergeneracional… amistad con la divinidad y con la naturaleza.  Pero, también, amistad con uno mismo, es decir, reconciliación interior para fundamentar la amistad con los demás.

«Quien encuentra un amigo, encuentra un tesoro», instruye el Eclesiástico. La Psicología ha mostrado las consecuencias positivas de la amistad. Además de antídoto de la soledad y de sus consecuencias negativas, tener amigos es clave para el bienestar personal y la auténtica felicidad. Pues la amistad no solo protege en la adversidad, sino que es también condición esencial de la felicidad.

Laín Entralgo, autor de un tratado sobre la amistad, de obligada referencia, la consideraba fundamental para el buen funcionamiento de la vida pública española. Entre el pesimismo y la esperanza, proponía que la relación política, incluso si se realiza en la discrepancia y la oposición, tuviera como fundamento la amistad y la inteligencia. Amistad e inteligencia para comprender, respetar y acercarse al otro, incluso si no se coincide en ideas. Aunque resulta poco realista pretender que el manto sanador de la amistad cubra repentinamente la crispada selva de la vida política y social, no lo es conseguir un debilitamiento progresivo de la enemistad y un reciclaje de los esfuerzos orientados a destruir al adversario político en energía constructiva para el bien común.

La amistad, además de explicada por destacados filósofos y psicólogos y de inspirar varias novelas y películas, ha sido loada en bellos poemas y canciones. El político y poeta cubano José Martí propone la rosa blanca como imagen de la amistad pura: «Cultivo una rosa blanca/ en junio como en enero/ para el amigo sincero/ que me da su mano franca». Pero, al final de su breve y sencillo poema, el poeta deja claro que no cultiva el odio ni el rencor hacia el que no le quiere bien: «Y para el cruel que me arranca/ el corazón con que vivo,/ cardo ni ortiga cultivo;/ cultivo la rosa blanca». ¡Derretir la hostilidad con la cordialidad! Adecuado y oportuno mensaje para el Día Internacional de la Amistad: que retroceda el árido desierto de la enemistad, y avance el amable jardín donde crecen las rosas blancas de la amistad. Esa amistad que, según el filósofo griego Epicuro de Samos, «danza alrededor del mundo y, como un heraldo, nos invita a todos a que despertemos para celebrar la felicidad».

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Viajar en vacaciones

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Viajar en vacaciones

Enrique Pallarés Molíns

Doctor en Psicología. Profesor emérito de la Universidad de Deusto

Publicado en El Correo. Sábado, 7 de julio del 2018. Página 31

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Viajar; salir de la residencia habitual y de la rutina cotidiana; visitar otros lugares; ver mundo. Por lo general, resulta agradable el cambio de lugar y, además, instructivo y personalmente enriquecedor. Mark Twain, viajero incansable, concluye el extenso relato de uno de los primeros largos viajes organizados de la historia (1865) con su habitual ironía: «Viajar es nefasto para el prejuicio, la intolerancia y la estrechez de miras; y muchos de los nuestros lo necesitan desesperadamente por ese motivo». Según Herman Melville, otro escritor norteamericano: «El viaje es para un espíritu noble como un renacimiento. Tiende a enseñarnos una profunda humildad, ampliando nuestro altruismo hasta abarcar la humanidad al completo».

Viajar ayuda a ensanchar las fronteras de la mente y de la empatía; por eso, los viajes constituyen para Mahatma Gandhi «el lenguaje de la paz». El psicólogo Gordon Allport propuso la «hipótesis del contacto»: bajo ciertas condiciones, la proximidad y el contacto entre los miembros de grupos enfrentados o alejados puede ayudar a disolver los prejuicios y a reducir los conflictos. Una investigación dirigida por los profesores Jiyin Cao, Adam Galinsky y William Maddux llega a la conclusión de que los viajes, sobre todo cuando se establece contacto con varias culturas, ayudan a mejorar la confianza interpersonal y a generalizarla a otros grupos culturales.

Pero este crecimiento personal y social no brota automáticamente. Se pueden visitar otros países y volver igual de etnocéntrico y chovinista que antes de partir. Para evitarlo, no se ha de convertir el viajar en un elemento más de consumo y de moda. El viaje vacacional no es solo para ufanarse al contarlo a los demás, sino, sobre todo, para contárselo a uno mismo y vivir la experiencia del contacto con otras culturas y otras mentalidades. Es visitar un lugar con la mente y el corazón y no a un ritmo frenético, o verlo solo a través de la lente de una cámara fotográfica que no descansa.

Los viajes son muy diferentes según el objetivo y la forma de realizarlo. La estancia en un pueblo, el de la familia o el de adopción, es una opción asequible económicamente, pero no menos pródiga en satisfacciones, sobre todo para el que vive en la gran ciudad. Es mucho más que un premio de consolación cuando no hay otra alternativa. A veces es volver a las propias raíces. Días para liberar la muñeca de la opresión del reloj, porque el contacto con la naturaleza y con personas amigables, hace que el tiempo se detenga, o que se enlentezca. Ocasión también para que el móvil disfrute de algún merecido descanso.

El ‘turismo slow’ es una de las manifestaciones del movimiento slow (movimiento lento), cuya filosofía trata de neutralizar la fuente de estrés del ritmo vertiginoso de la vida actual, extendido también a los viajes. El ‘turismo slow’ implica un consumo responsable, viajes más cercanos y de mayor duración, en los que prima la calidad a la cantidad. No pretender «verlo todo», sino sentir la cercanía de la vida de las personas y de las tierras.

Aunque hay ofertas muy económicas, incluyendo la del mochilero, viajar en vacaciones no está al alcance de todos. Muchos no podrán dejar su domicilio habitual por enfermedad, acompañar a un enfermo, trabajo, falta de recursos económicos… Según el Instituto Nacional de Estadística, en 2017, el  34,4% de las familias no se pudo permitir ir de vacaciones ni siquiera una semana. Por otra parte, no todos los viajes son viajes vacacionales. Por el Mediterráneo, además de los cruceros y los yates de los económicamente potentes, navegan las incómodas y peligrosas pateras, en las que se acinan adultos y niños, que prefieren el riesgo de ser tragados por el mar, al hambre, guerra, tiranía y miseria del país de origen.

El viaje es también símbolo del encuentro con uno mismo, del propio renacer. El ser humano tiene la exclusiva en poder viajar mentalmente a través del tiempo. Así, podemos recorrer y disfrutar los momentos felices del pasado y rectificar los pasos equivocados. Tiempo, pues, para el saboreo del pasado y para el autoperdón y la reconciliación interior, como eficaz resorte para afrontar el futuro con ánimo. La persona querida con quien conversamos bajo el cielo estrellado, el buen libro que nos ofrece su amistad y consejo, o un rato de soledad reflexiva y lúcida, reconfortan e inyectan brío y esperanza para seguir adelante, a la vez que ayudan a profundizar en el sentido de ese viaje –no siempre sobre terreno amable, pero hacia un horizonte acogedor– que es la vida humana.

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La fortaleza humana del perdón

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La fortaleza humana del perdón

Enrique Pallarés Molíns

Doctor en Psicología. Profesor emérito de la Universidad de Deusto

 Publicado en el suplemento Alfa y Omega, de ABC. 21 de junio del 2018. Página 25.

 El estudio científico del perdón por parte de la Psicología comenzó hace muy pocas décadas, pero este retraso se ha visto plenamente compensado con el elevado y creciente número de investigaciones sobre sus determinantes, consecuencias y modos de fomentarlo. Sin embargo, las principales religiones y de modo especial la cristiana, destacan ya desde hace milenios o siglos la importancia del perdón y exhortan a su práctica.

La filósofa Hannah Arendt, pionera en señalar el papel fundamental del perdón interpersonal, afirma que «El descubridor del papel del perdón en los asuntos humanos fue Jesús de Nazaret», y añade que el contexto y el lenguaje religioso no son razón para valorarlo menos en un sentido estrictamente secular. El profesor de Psicología Everett Worthington, autor de un gran número de estudios sobre el perdón –y que lo practicó con el asesino de su madre antes de transcurrir un mes del crimen–, reconoce el origen divino del perdón y afirma que es uno de los rasgos de la imagen de Dios grabada en lo más profundo del ser humano.

Se ha dicho que es más difícil definir el perdón que perdonar de verdad. El acuerdo es mayor al concretar lo que no es que lo que es. No es ignorar, excusar olvidar la ofensa (para perdonar hay que recordar), ni indultar. Cómo mínimo es excluir la venganza y reducir las emociones negativas (odio, ira, resentimiento…); para algunos, es necesario, además, sobre todo en las relaciones más valiosas (amigos, pareja), reactivar las emociones positivas.

El profesor Michael McCullough, señala la función de la venganza para controlar la agresión, pero destaca también las raíces no menos profundas del perdón, e incluso sugiere la existencia de un «instinto de perdón». Observaciones controladas de primates no humanos evidencian algunas conductas de reconciliación tras la ofensa. La reconciliación y el perdón suponen una importante ventaja evolutiva porque restauran y aseguran la unión del grupo, esencial para la supervivencia. La venganza, por el contrario, provoca una escalada de reacciones desintegradoras y destructoras.

Además de reparar relaciones sociales valiosas, se han probado las consecuencias positivas del perdón para la salud mental y física. Porque, efectivamente, el perdón neutraliza el odio, la ira y el resentimiento que, lejos de suavizar el dolor de la ofensa, lo avivan. El perdón constituye una liberación interior, pues el que perdona deja de estar centrado en la ofensa y de depender del ofensor. Como afirma Lewis Smedes, «perdonar es poner en libertad a un prisionero y descubrir que ese prisionero era uno mismo».

Perdonar supone un complejo y largo proceso –no un simple «sí» o «no»–, que comprende, además de excluir la venganza, cambios y reajustes emocionales, cognitivos y conductuales. Favorece este proceso tratar de ponerse en el lugar del otro, sin que esto signifique justificar la ofensa. Perdonar no es olvidar, pero conviene evitar el ‘exceso de memoria’ y advertir que el recuerdo es más reconstrucción o interpretación que una reproducción fiel de la ofensa. Cuando no resulta expresamente desaconsejable, el acercamiento y contacto con el ofensor favorece el perdón y la neutralización de los prejuicios.

La observación e interiorización de modelos de perdonar, como Jesús de Nazaret, son una importante ayuda en el camino del perdón. Sobre todo, el fomento de las emociones positivas, como la gratitud y la compasión, que constituyen un eficaz antídoto contra los fluidos tóxicos de la venganza. Advertir también la predicción errónea de que la venganza resultará dulce, cuando en la realidad no pierde su amargor.

Por supuesto, no es lo mismo una ofensa leve que un asesinato. Varios pensadores han mostrado su actitud negativa o reticencia a perdonar lo que consideran imperdonable, concretamente, genocidios como el Holocausto. Para el filósofo francés Vladimir Jankélévitch «el perdón murió en los campos de la muerte». Pero, aunque muy difícil, siempre existe «la posibilidad de lo imposible».

Perdonar es siempre un don gratuito de la víctima (per-donare), que ningún ser humano le puede exigir. Tampoco resulta aconsejable el perdón indiscriminado cuando favorece la revictimización, como puede ocurrir en la violencia familiar, pues perdonar no es dejar de ser asertivo ni convertirse en «felpudo humano».

Perdonar, como pedir perdón, no son signos de debilidad, sino expresión de fortaleza interior y de autoestima sana. Convencernos de esto fomentará la cultura del perdón y de la reconciliación, tan necesarias en todos los ámbitos de nuestra sociedad. Lo expresó con claridad el arzobispo anglicano Desmond Tutu, líder de la reconciliación en Sudáfrica y premio Nobel de la Paz: «Sin perdón no hay futuro».

 

Otras publicaciones mías sobre el tema del perdón:

+LIBRO: Pallarés Molíns, Enrique. El perdón como fortaleza humana. Bilbao: Ediciones Mensajero (Grupo Comunicación Loyola), 2016. 245 páginas. Información sobre este libro en: https://enriquepallares.wordpress.com/2016/11/15/nuevo-libro-el-perdon-como-fortaleza-humana/

+CAPÍTULO EN LIBRO COLECTIVO: Pallarés Molíns, Enrique. Del odio y el resentimiento a la reconciliación por el perdón. En M.C. Azaústre Serrano (Coord.), Una espiritualidad de la reconciliación y la no violencia, (pp. 19-56). Ávila: CITeS-Universidad de la Mística, 2016. (Colección Cátedra Josefa Segovia, 4).

+ARTÍCULO: Pallarés Molíns, Enrique. El perdón como fortaleza humana. EL CORREO. Sábado, 7 de mayo del 2016. Página 41. Enlace al texto de este artículo: https://enriquepallares.wordpress.com/2016/05/09/el-perdon-como-fortaleza-humana/

+ARTÍCULO: Enrique Pallarés Molíns: Dulzura y amargor de la venganza. EL CORREO. Domingo, 19 de marzo del 2017. Página 43.  https://enriquepallares.wordpress.com/2017/03/20/dulzura-y-amargor-de-la-venganza/

+ARTÍCULO: Pallarés Molíns, Enrique. La necesidad de pedir perdón. El CORREO. Sábado, 5 de mayo del 2018. https://enriquepallares.wordpress.com/2018/05/05/la-necesidad-de-pedir-perdon/

 

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¡¡¡Feliz Verano!!!

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Junio, el mes de los exámenes

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Junio, el mes de los exámenes

Enrique Pallarés Molíns

Doctor en Psicología. Profesor emérito de la Universidad de Deusto

Publicado en El Correo. Domingo, 3 de junio del 2018, página 41

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Varios meses del año están asociados a una particularidad del ciclo de la naturaleza o de la actividad humana. Así, si mayo es el mes de las flores, junio es el de los exámenes. Aunque las recientes reformas educativas han provocado cambios importantes en el calendario académico y en de los exámenes, junio sigue siendo el mes de los exámenes.

Días de hiperactividad sedente y de ansiedad. De hiperactividad sedente por el notable incremento del número de horas de estudio, a costa del descanso e incluso del sueño; al día le faltan horas. Las salas de estudio cuelgan el cartel de ‘completo’, mientras disminuye la afluencia a los lugares de ocio; sillas calientes y cabezas calientes. Nada que ver, pues, con unos días de disfrute y relax. Tal vez la única ventaja hedónica de esta etapa de sobrepresión sea la reacción de profundo bienestar al concluir los exámenes e iniciar las vacaciones estivales.

¿Está justificado este maratón final con el importante malestar que incluye? Conviene resistir a la tentación de aludir, aunque sea verdad, a lo de que «todos los hemos pasado y hemos sobrevivido». La multisecular historia de los exámenes –algunos sitúan su comienzo en la China del siglo VII a.C.– tampoco constituye un argumento válido para defender su pervivencia en la actualidad. Me llamó la atención, hace años, el título de un artículo de investigación: «Aprender ‘para los exámenes y aprender ‘por medio de los exámenes». Si la primera parte de la frase resulta de fácil comprensión, ¿es posible también aprender ‘por medio’ de los exámenes, sacar de ellos algún provecho intelectual?

Los exámenes forman o tienen que formar parte del aprendizaje. Ayudan a pasar de creer que uno sabe algo, a comprobar si lo sabe o no de verdad. Exigen, pues, superar una visión superficial de la materia. Por eso, la pauta recomendable del estudio personal incluye, como proceso necesario, el autoexamen o comprobación mental frecuente –no necesariamente oral o escrita– de lo que se estudia. Es la forma de afianzar lo aprendido y de protegerlo del olvido; mucho más que las meras lecturas pasivas. La práctica habitual de este autoexamen evitaría o reduciría muchos sustos y disgustos cuando es el profesor el que hace las preguntas.

Días de examen y días de ansiedad. La ansiedad, en diferentes grados, se hace presente, ante el temido suspenso, visto como una amenaza a la autoestima. Según la ley de Yerkes-Dodson, en un grado leve, la ansiedad actúa de motivante y estimulante de la ejecución. No asustarse al advertirla, y menos luchar para que desaparezca, es la mejor estrategia para desactivar el círculo vicioso de la ansiedad generada al percibir la propia ansiedad. Además, reducir la duración de los maratones finales y realizar descansos o interrupciones periódicas. El sueño, necesario tras el aprendizaje para fijarlo, se cobra con frecuencia su deuda con un subidón de la ansiedad, que puede llegar al bloqueo mental.

La memoria es más fiel de lo que a veces parece. No recordar algo en un momento concreto no equivale a olvido definitivo, sino, cuando se aprendió bien, a falta de acceso temporal a ese dato, porque la memoria no trabaja a presión excesiva, como ocurre cuando se pretende recordarlo todo a la vez, o si el examinando se agobia al ver que no acude a la cita alguna información.

Lo bien aprendido siempre deja huella. Esta es también la razón por la que, a pesar de que se pueda tener la impresión de que se borra lo estudiado para los exámenes, no ocurre así. Las visiones de conjunto, a las que obliga su preparación, no se evaporan del todo, sino que quedan como esquemas o perchas para organizar el aprendizaje posterior y aplicarlo; o como habilidad para distinguir la información correcta de la incorrecta. Los exámenes no son inútiles si están bien planteados.

 Los exámenes han sufrido cambios importantes a lo largo de su historia. Además de la función legal de certificar la adquisición de los objetivos educativos, obligan a afianzar las informaciones y conceptos fundamentales de cada materia. La valoración del trabajo realizado durante el curso no excluye la necesidad de un examen global, cuya calificación se conjugue debidamente con las otras.

Ahora bien, junto a la evaluación del trabajo del alumno no debe faltar la metaevaluación o ‘evaluación de la evaluación’. El tipo y contenido de las pruebas condicionan el trabajo de los alumnos y también el grado de consecución de los objetivos educativos. Por eso, así como los alumnos se examinan, también se han de examinar los exámenes, con frecuencia y de verdad.

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La necesidad de pedir perdón

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La necesidad de pedir perdón

Enrique Pallarés Molíns

Doctor en Psicología. Profesor emérito de la Universidad de Deusto

 

Publicado en EL CORREO. Sábado, 5 de mayo del 2018.

 

Perdonar y pedir perdón constituyen, junto con el perdonarse a uno mismo, la llamada ‘tríada del perdón’. Perdonar y pedir perdón son procesos naturalmente complementarios, aunque es posible perdonar sin petición de perdón y la petición de perdón no ser correspondida. Perdón que rellena la brecha de la injusticia provocada por la ofensa y que repara las relaciones entre las personas.

No es lo mismo un leve empujón que un asesinato. Pero, a igual gravedad de la ofensa, las formas de pedir perdón tampoco son iguales. Porque existe una forma estratégica o táctica, cuyo objetivo no es tanto pedir perdón como tratar de lavar la imagen o ganar aceptación social. Algunas peticiones de perdón, incluso, son un modo de justificar la ofensa y de prolongarla. ¿Qué requisitos debe cumplir la petición de perdón para facilitar su concesión y evitar la revictimización?

Ante todo, ha de quedar muy claro el reconocimiento de la ofensa, quién es el ofensor y quién el ofendido. Desvirtúan o corrompen la petición de perdón las explicaciones vagas o incompletas, así como el racionalizar o tratar de justificar la ofensa. Hablar de daños colaterales o de consecuencias de un conflicto, eludiendo o velando la realidad cruel del asesinato o de otros tipos graves de ofensa, es una cínica perversión, no solo del perdón, sino de la misma comunicación humana.

La auténtica petición de perdón implica el sincero arrepentimiento, una de las siete cosas que, según el Talmud de Babilonia, creó Dios antes de crear el universo. Arrepentimiento expresado, además de con lenguaje claro, con la reparación, en el grado en que ésta todavía sea posible.

Además, el que pide perdón no ha de esperar recibirlo de forma automática e inmediata. Las ofensas especialmente graves exigen en la víctima, incluso cuando decide perdonar, un complejo proceso psicológico. Lo recuerda la ‘Guía general de buenas prácticas en el trato con víctimas del terrorismo…’, del Gobierno Vasco: «Las víctimas no deben ser obligadas a sobrellevar la carga del perdón y la reconciliación, cuestiones muy complejas…». La etimología de ‘perdón’ (‘per-donare’) muestra también su carácter de don gratuito.

Aunque resulte una obviedad, evitar la ofensa y la siembra de odio es una ‘tarea’ preventiva, y las más deseable, que hace innecesaria la compleja tarea de pedir perdón y de perdonar. Resulta aplicable aquí la máxima «Primum non nocere» («Lo primero, no causar daño»).

Comenta George Vaillant, profesor de Psiquiatría de la Universidad de Harvard, que en épocas pasadas tener autoridad equivalía a estar exento de pedir perdón. Asistimos hoy –en la llamada ‘era de las disculpas’– a peticiones de perdón por parte de líderes políticos y religiosos, con frecuencia de ofensas que ellos personalmente no cometieron. Sean bienvenidas y estimuladas las sinceras peticiones de perdón, muestra de que las instituciones, no solo son capaces de cometer errores, sino también de arrepentirse y de rectificar.

No resulta fácil pedir perdón, ya que algunos lo perciben como signo de debilidad y muestra de baja autoestima. Pero, en realidad, solo las personas o grupos que han construido o reconstruido su identidad y su autoestima sobre lo pilares de la autenticidad y del sentido de humanidad son capaces de pedir perdón y de mostrar así su sólida fortaleza. Tanto el pedir perdón, como el otorgarlo, no son signo de debilidad.

Para fomentar la cultura del perdón y de la reconciliación –«Sin perdón no hay futuro» y el presente constituye una pesadilla–, es necesario subrayar el esencial papel del pedir perdón. El profesor Aaron Lazare, autor de un libro de referencia sobre el tema, afirma que, dada su cualidad sanadora, «Las disculpas deberían ser contadas entre las conductas más profundas de la humanidad». Australia instituyó en 1998 el Día Nacional de Pedir Perdón (National Sorry Day), que se celebra cada 26 de mayo. Si no se juzga necesario aumentar el ya denso calendario de los ‘Día de…’, resulta imprescindible activar una actitud sincera de pedir perdón por las ofensas cometidas, o por ‘mirar a otro lado’, como única vía hacia la anhelada reconciliación y paz social.

El poeta zamorano León Felipe expresó con hondura la necesidad vital de pedir perdón, en un poema que refleja el dolor de una persona de edad avanzada al constatar la pérdida de su memoria y de las personas a quienes pedir perdón: «Las palabras se me van/ como palomas de un palomar desahuciado y viejo/ y sólo quiero que la última paloma,/ la última palabra pegadiza y terca,/ que recuerde al morir sea ésta: Perdón».

 

Otras publicaciones mías sobre el tema del perdón:

+Pallarés Molíns, Enrique. El perdón como fortaleza humana. Bilbao: Ediciones Mensajero (Grupo Comunicación Loyola), 2016. 245 páginas. Información sobre este libro en: https://enriquepallares.wordpress.com/2016/11/15/nuevo-libro-el-perdon-como-fortaleza-humana/

+Pallarés Molíns, Enrique. Del odio y el resentimiento a la reconciliación por el perdón. En M.C. Azaústre Serrano (Coord.), Una espiritualidad de la reconciliación y la no violencia, (pp. 19-56). Ávila: CITeS-Universidad de la Mística, 2016. (Colección Cátedra Josefa Segovia, 4).

+Pallarés Molíns, Enrique. El perdón como fortaleza humana. EL CORREO. Sábado, 7 de mayo del 2016. Página 41. Enlace al texto de este artículo: https://enriquepallares.wordpress.com/2016/05/09/el-perdon-como-fortaleza-humana/

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23 de abril: DÍA MUNDIAL DEL LIBRO

Leyendo
¡Feliz Día Mundial del Libro! Os invito a leer este poema del bilbaino universal Miguel de Unamuno.
Leer, leer, leer, vivir la vida
que otros soñaron.
Leer, leer, leer, el alma olvida
las cosas que pasaron.
Se quedan las que quedan, las ficciones,
las flores de la pluma,
las solas, las humanas creaciones,
el poso de la espuma.
Leer, leer, leer; ¿seré lectura
mañana también yo?
¿Seré mi creador, mi criatura,
seré lo que pasó?

                (Miguel de Unamuno, Cancionero. 1929)


               

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Feliz y con camisa

Feliz y con camisa a

Feliz y con camisa

Enrique Pallarés Molíns

Doctor en Psicología. Profesor emérito de la Universidad de Deusto

Publicado en EL CORREO. Domingo, 25 de marzo del 2018, pág. 39

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La proximidad del Día Internacional de la Felicidad (20 de marzo) invita a una breve reflexión sobre esta emoción o estado emocional, máximo anhelo del ser humano en todos los tiempos y lugares, que es la felicidad. De las muchas referencias literarias a la felicidad, el cuento de “El hombre feliz sin camisa”, del escritor ruso Lev Tolstoi, es posiblemente la más popular, lo que ahorra contar los detalles. Un zar, desahuciado por lo mejores médicos, ve la única posibilidad de curación en la propuesta de un trovador: «Su majestad sanará si se viste la camisa de un hombre feliz». Tras laboriosa búsqueda, los servidores del zar encuentran un hombre que, sentado junto a la lumbre de la chimenea de su choza, decía: «¡Qué bella es la vida! Con el trabajo realizado, una salud de hierro y afectuosos amigos y familiares ¿qué más podría pedir?». Pero la euforia de la corte se convierte en decepción cuando comprueban que el hombre feliz no tiene camisa.

Una lección que se desprende de este instructivo cuento es que la felicidad no depende de la posesión de bienes materiales: «¡Feliz sin camisa!». Eso sí, este hombre fundamentaba su felicidad en el trabajo, la salud y el cariño de familiares y amigos. ¡Excelentes fuentes de felicidad! No existe, sin embargo, ninguna prueba de que vivir en una choza o carecer de camisa genere felicidad. Era feliz no por ser pobre, sino a pesar de ser pobre.

Los estudios científicos atribuyen a las relaciones sociales el papel principal en la conquista de la felicidad, aunque sin negar ni rebajar la importancia del dinero. De hecho, las naciones con mayor renta –bien distribuida–, están entre las más felices, mientras que las más pobres ocupan los últimos puestos en el ranking mundial de la felicidad. Pero la relación entre dinero y felicidad no es lineal, sino compleja. El dinero es un factor importante hasta que se alcanza lo conveniente para una vida digna, pero, más allá, añade poca felicidad. La influencia depende mucho de su buen uso, y está probado que el compartirlo sí que aporta felicidad. Ni con más dinero, pero tampoco con menos dinero del necesario, se es más feliz. Relativizar su impacto, no es, pues, negar ni minimizar la importancia del dinero para la felicidad. Según los profesores Roy Baumeister y Kathleen Vohs «aunque el dinero no hace felices a las personas, sí parece que es capaz de hacerlas menos desgraciadas».

Es verdad que la felicidad, en última instancia, radica en la misma persona, pero sin olvidar que las condiciones exteriores, concretamente las materiales, tienen un peso importante, pues el ser humano no es puro espíritu. Sin embargo, en algunas orientaciones y consejos para ser feliz se pone tanto énfasis en los factores interiores («Es usted quien elige ser feliz») que se debilita o borra la importancia de los factores exteriores o estructurales, como el reparto justo de la riqueza, la vigencia de los derechos humanos, etc.

Por una parte, la leyenda del hombre feliz sin camisa o del ‘pobre feliz’ es una lección de que la verdadera felicidad no está en la acumulación de bienes materiales, sino que son otros valores los que fundamentan la auténtica felicidad. Pero una sesgada interpretación del cuento puede colaborar al fortalecimiento del mito del ‘pobre feliz’, falsedad elaborada a partir de algunos casos anecdóticos de personas ‘felices, aunque pobres’. La finalidad o razón de este mito puede ser prevenir o paliar los sentimientos de culpabilidad y la mala conciencia ante la pobreza. El mito del ‘pobre feliz’ tiene el peligro de convertirse en una estrategia, más o menos deliberada, de justificar las flagrantes desigualdades y de negar el carácter problemático de la pobreza, así como la gravedad de su impacto: «Los pobres pueden ser felices, como el del cuento».

La pobreza, sobre todo la extrema, no engendra felicidad, sino estrés y emociones negativas. Fomenta un estado afectivo de inseguridad, indefensión y desesperanza que reduce la motivación y altera la toma de decisiones para realizar las acciones encaminadas a salir de esta situación. Es decir, se forma un círculo vicioso o espiral negativa que cristaliza la situación desfavorable.

Tal vez convenga, sin dejar de admirar el bello cuento de Tolstoi, introducir algún cambio en su contenido o, mejor, en su interpretación. Admiremos a los que consiguen ser felices sin tener una camisa –y que incluso comparten lo poco que tienen con otros–, pero sacudamos nuestra conciencia personal y social para lograr que todos lleguen a ser felices con, al menos, un par de camisas.

Si desea leer más sobre el tema de la felicidad, he publicado hace un mes un libro, cuyo título es “La felicidad asequible y sostenible”. Encontraré información de este libro en este mismo blog, haciendo clic en este enlacehttps://enriquepallares.wordpress.com/2018/02/07/nuevo-libro-la-felicidad-asequible-y-sostenible/

 

 

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Enrique Pallarés Molíns

Doctor en Psicología. Profesor emérito de la Universidad de Deusto

 

Con motivo del DÍA MUNDIAL DEL SUEÑO (16 de marzo) les ofrezco algunas sugerencias para mejorar la cantidad y calidad del sueño nocturno. La mayoría de ellas tal vez le resulten conocidas. Es bueno recordarlas. Están redactadas de forma muy breve, casi taquigráfica. Algunas sería necesario explicarlas con mayor detención; también habría que añadir otras, pero he optado por la brevedad. Con todo, espero y deseo que alguna o alguna de ellas le resulten útiles. Tenga en cuenta que no siempre funcionan a la primera y suelen exigir la constancia.

 Enlace a este mismo texto en archivo PDF: Para dormir mejor

Un ambiente material adecuado. Habitación bien ventilada, sin excesivo frío ni excesivo calor, sin ruidos, oscuridad, etc. Procure el ambiente y entorno material más agradable y adecuado, pero no sea exigente en exceso ni maniático. No convierta la cama en su oficina, sala de lectura o comedor: asocie la cama con dormir. Mejore lo que está bajo su control, pero acepte lo que no puede controlar.

Un ambiente emocional adecuado. Resuelva las tensiones emocionales y sociales lo mejor que le sea posible. En todo caso, no se las lleve a la cama. Maneje el estrés y ansiedad de forma adecuada. Evite, sobre todo, emociones o actitudes emocionales como la envida, ira, resentimiento u odio.

La almohada no recibe consultas. «Lo consultaré con la almohada». No. Cuando su cabeza entre en contacto con la almohada es mejor que trate de no continuar dando vueltas a lo que le ha preocupado durante el día. Trate de desconectar. Acuda a las imágenes de tranquilidad y reposo. Imagine que las luces de sus pensamientos y cavilaciones se van apagando poco a poco. Dormir bien le ayudará a tomar mejor las decisiones que tenga que tomar, pero no le robe tiempo al sueño.

Comida y bebida. Evite o reduzca la ingestión de sustancias estimulantes, como la cafeína y la nicotina. Igualmente, elimine o reduzca el consumo de alcohol, sobre todo horas antes de dormir; el alcohol es posible que le produzca somnolencia, pero no sueño continuado y reparador. Si quiere dormir bien, evite las cenas copiosas y opte por las más ligeras.

Vida activa y ejercicio físico. Actividad durante el día para favorecer el sueño nocturno. Luz durante el día y oscuridad durante el sueño. El ejercicio físico (por ejemplo, andar) favorece el sueño. Es mejor evitar el ejercicio físico intenso dos o tres horas antes del sueño.

Cree algún ritual o hábito. Que le ayude a cortar con la actividad y el ritmo del día. Puede ser escuchar unos minutos de música, leer un poema, leer unas páginas de algo que no le ‘agarre’ demasiado, hacer unas respiraciones, ver unas láminas, etc. Acuda a imágenes de quietud, ritmo lento…

Reduzca el tiempo dedicado a las pantallas y pantallitas. Concretamente, al ordenador, televisión, tableta, smartphone, etc. Sobre todo, en las horas próximas al tiempo en que desea dormir. La iluminación propia de estos aparatos no resulta beneficiosa para el sueño, sobre todo para el de algunas personas.

Horarios regulares de levantarse y acostarse. Lo más regulares que le sea posible. Evite dormir durante el día, si ha dormido mal, pues le afectará al sueño nocturno y creará un círculo vicioso. Si duerme siesta, no la prolongue más de 20/30 minutos.

Cuando el sueño le invita. A veces el sueño hace una ‘llamadita’ por la noche, por ejemplo, a las 11 (le invita a ir a la cama): escúchela. El sueño tiene también sus horas de visita y a veces se olvida del que no le ha recibido en la primera visita. Tenga en cuenta que el sueño está regulado también por un ritmo circadiano (de unas 24 horas), que no es igual para todas las personas ni a lo largo de la vida.

No intente ‘atrapar’ el sueño.  El sueño, como una paloma, se escapa cuando lo intenta atrapar. Deje que se pose. No se impaciente si no logra conciliar el sueño o no consigue retomarlo cuando se ha despertado. Hay varias formas de impacientarse, una de ellas es mirar al reloj. El sueño no se deja ‘atrapar’, pero está en su mano el aprovechar la oscuridad, la posición horizontal sobre el colchón y todo lo que la cama la ofrece, para descansar. Ponga fuera de su vista lo que le indica la hora, la esfera del reloj o de la radio con reloj.

«¿Contar ovejas?» Puede valer, pero siempre que las cuenta despacio y sin esperar cual será, por fin, la oveja que le traiga el sueño. Sin llevar cuenta de cuántas han pasado y cuántas faltan por pasar. Se trata de una tarea monótona que favorece el sueño, pero no la avive al estar pendiente de cuántas ovejas han pasado ya o cuántas quedan por pasar.

Aproveche la imaginación. Algunas imágenes nos perturban y alteran el sueño, pero otras nos pueden ayudar a dormir mejor. Imágenes de tranquilidad, de ritmo constante, de quietud, de seguridad. Luces que se van apagando o que siguen una trayectoria lenta y sin fin, sonidos agradables y melodiosos. Centre su imaginación en el reposo de su cuerpo, sobre todo en las sensaciones: el contacto con suave con las sábanas, el colchón, etc.

No hay un número de horas de sueño necesario igual para todos. El número de horas es en parte como el de zapato. Creo que el número más frecuente de zapato de hombre es el 41, pero, por supuesto, ni mucho menos es anormal calzar, por ejemplo, un 39 o un 43.

Una noche sin dormir no es una tragedia. Procure dormir lo mejor posible, pero no adelante tragedias o consecuencias negativas para el día siguiente por dormir menos una noche («Mañana estaré hecho polvo»). A veces uno tiene la impresión de no haber dormido, pero sí que ha dormido, aunque haya sido un sueño ligero e intermitente. Además, si una noche duerma pocas horas, puede realizar bien al día siguiente muchas tareas. Eso sí, duerma bien cuando tenga que conducir el automóvil.

No acuda con facilidad a las pastillas. Lo menos posibles sus efectos son limitados y suelen tener contraindicaciones. Siempre con prescripción y control médico.

 

 

 

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Alegrarse por la desgracia ajena

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Alegrarse por la desgracia ajena

Enrique Pallarés Molíns

Doctor en Psicología. Profesor emérito de la Universidad de Deusto

Publicado en El Correo. Sábado, 10 de febrero del 2018. Página 33.

La palabra compuesta alemana ‘schadenfreude’ (‘schaden’, daño; ‘freude’, alegría) equivale a nuestra expresión «alegrarse por la desgracia o daño ajeno».  El inglés la toma prestada con el mismo significado; y varias lenguas, incluyendo la griega, tienen sus equivalentes. Y no es que estos países tengan la exclusiva en la experiencia de este sentimiento. Alegrarse por el daño o infortunio ajeno no es exclusivo de un país concreto, sino que florece en todos, tal vez porque su patria, o mejor, el lugar donde parasita y prospera, es la zona más oscura del corazón del hombre. No conoce, pues, fronteras ni límites en el tiempo este sentimiento discordante, que consiste en sentir alegría precisamente porque a otro le salen mal las cosas. Hermano o pariente próximo de la envidia más negra («Tristeza o pesar del bien ajeno»), añade un paso más, al transformarse en alegría cuando otro fracasa o sufre de algún modo.

Este sentimiento no cuenta, por lo general, con la aprobación social: «Gozarse en el mal ajeno, no es de hombre bueno». Pero esta reprobación se ciñe a su expresión directa y no al sentimiento interior ni a manifestaciones indirectas. Los estudios con técnicas de neuroimagen hacen posible destapar esta ambigüedad. Se comprobó, por ejemplo, que entre los hinchas equipo de beisbol se activaba la misma zona cerebral (núcleo estriado) cuando su equipo ganaba que si el adversario perdía con un tercer equipo.

Por lo general sentimos alegría cuando a otros les suceden cosas buenas y tristeza ante sus desgracias o fracasos. Pero no siempre; así, cuando se considera que el otro merece el daño recibido o el fracaso («Se lo merece»), o bien cuando le ocurre a una persona no querida o envidiada. Y también cuando la desgracia o fracaso del otro comporta un beneficio para el observador.

¿Qué beneficio se puede conseguir con el fracaso o la desgracia ajena? Aparte de alguna esporádica ventaja tangible, el principal beneficio suele ser otro. Las personas tienden a evaluar sus logros, habilidades y posesiones por comparación con otros y esta comparación tiene importantes consecuencias afectivas. Al sentir amenazada mi autoestima por la mayor valía o mejores resultados del otro, su fracaso o infortunio inclina de mi lado la comparación y crea la ocasión para que experimente satisfacción. «Me siento mejor porque el otro se siente peor». Una retorcida y perversa manera de intentar restaurar una autoestima débil, aunque tal vez inflada, o de compensar sentimientos de inferioridad.

Pero el alegrarse por la desgracia ajena no es solo un sentimiento individual; con frecuencia ocurre hacia un grupo y entre grupos. La política es un excelente terreno para que brote y crezca este sentimiento de alegrarse por la desgracia o por el fracaso ajeno, sobre todo cuando la identificación con el propio partido es muy fuerte. Llega a experimentarse, incluso, cuando el infortunio o fracaso del adversario tiene consecuencias adversas para toda la sociedad, incluyendo uno mismo.

Los momentos de pugna y agitación política engordan este sentimiento, que para el filósofo alemán Arthur Schopenhauer es «el peor rasgo de la naturaleza humana», relacionado estrechamente con el daño –físico o moral– al adversario. Pero, además, aumenta el riesgo de activación y escalación del conflicto, hasta llegar al odio y crear por contagio un clima de enfrentamiento social. Es decir, no se queda en un mero sentimiento, sino que fácilmente produce algún tipo de acción y fomenta la hostilidad entre grupos; empezando por herir o matar la deseable y necesaria cooperación de todos para el bien de la comunidad. Por supuesto, existen grados en el infortunio ajeno, así como en la reacción de alegría o satisfacción, que pueden ir de una sonrisa esbozada al regodeo expresado y duradero. Pero su práctica en los niveles bajos facilita el que resulten aceptables los grados más graves, sobre todo cuando «no es uno de los nuestros».

Añade Schopenhauer que este sentimiento «aparece allá donde debería encontrar su lugar la compasión que, como su opuesto, constituye la verdadera fuente de toda justicia y caridad auténticas» y profundamente humana. Como objetivo mínimo, conviene convencerse de que no es buen camino desear, y menos propiciar, el fracaso del adversario para experimentar esa alegría maligna (‘joie maligne’) o hueca satisfacción, con la que se intenta inadecuada e inútilmente sanar sentimientos de inseguridad y de inferioridad de uno mismo o del grupo, tal vez inadvertidos. Porque alegrarse con el fracaso del otro es el mayor fracaso propio.

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