Mayo, el mes florido

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Mayo, el mes florido

Enrique Pallarés Molíns

Doctor en Psicología. Profesor emérito de la Universidad de Deusto

Publicado en EL CORREO. Domingo, 14 de mayo del 2017

 

Según el calendario de la Revolución Francesa estamos en el octavo mes del año, floreal –del 20/21 de abril a 20/21 de mayo–, al que seguirá pradial –del 20 de mayo al 18 de junio–. Mayo, ¡mes de las flores y de los prados! Lo cantó, en los albores de la poesía castellana, el autor del Libro de Alexandre: «El mes era de Mayo, un tiempo glorioso,/ cuando facen las aves un solaz deleitoso,/ son vestidos los prados de vestido fermoso,…». La naturaleza luce su encanto y atractivo peculiar en cada estación del año; pero con la primavera su fuerza, oculta y latente durante el invierno, se abre y estalla de forma tan fastuosa que resulta difícil sustraer los sentidos de este variado, bello y siempre original espectáculo. La temperatura agradable, sin excesivo frío ni calor, invita a ponerse en contacto directo con la naturaleza, ahora vestida de gala. De todos los regalos que ella nos ofrece destacan las flores por su variedad y colorido: plantas con flores y árboles floridos; flores precursoras de esquistos frutos y de fragantes perfumes.

Casi todas las culturas han concedido y conceden un papel relevante a las flores, por lo que sugiere la Psicología Evolucionista que tuvieron y tienen alguna importante función adaptativa. Están presentes a lo largo de la vida humana: al nacer inundan las habitaciones maternales, y no faltan en las bodas ni en la muerte o en otras celebraciones sociales importantes. Constituyen el lenguaje de amor y de la amistad, pues con ellas se puede expresar respeto y afecto.

Porque las flores no solamente sirven para que liben su néctar las abejas, adornen los parques, jardines, casas y lugares de reunión, o para que las pinten los pintores y las canten los poetas. No son un lujo ni puro ornato: también resultan saludables. Los profesores Seong-Hyun Park y Richard H. Mattson comprobaron el efecto terapéutico de las flores al comparar el proceso de recuperación posoperatoria de dos grupos de pacientes, en cuyas habitaciones, asignadas al azar, en un caso se podían ver flores y plantas y en el otro, no. Los del primer grupo necesitaron menos analgésicos y su presión arterial y tasa cardíaca fueron más bajas que en el segundo grupo. A parecidas conclusiones había llegado años antes el profesor Roger Ulrich, mundialmente conocido por sus estudios sobre la importancia del entorno físico en la salud.

La profesora Jeannette Haviland-Jones, especialista en el estudio de las emociones humanas, y sus colegas demostraron con varios experimentos el efecto positivo, inmediato y duradero de las flores en el estado de ánimo –por ejemplo, inducen la sonrisa de Duchenne o sonrisa auténtica– y en la sensación de bienestar personal o felicidad. Observaron también que, colocadas en los lugares más visibles de la casa, fomentan los sentimientos positivos en los visitantes y favorecen la comunicación cordial con ellos.

El dramaturgo y escritor George Bernard Shaw recibió un día en su casa la visita de una conocida aristócrata, admiradora suya y amante de las flores. Al despedirse, le pregunto extrañada: «Me sorprende, Mr. Shaw, no ver flores en el interior de su bella mansión. ¿Es que no le gustan las flores?». Bernard Shaw respondió: «Por supuesto que me gustan las flores, estimada señora; ¡me encantan! También quiero mucho a los niños, pero no corto sus cabecitas para ponerlas en el salón». ¿Una muestra más de la aguda ironía y siempre oportuna ocurrencia de Bernard Shaw?, ¿o una invitación a no cortar las flores y dejarlas en su medio natural, donde todos las puedan contemplar y disfrutar?

Es verdad que las flores están presentes incluso en el ambiente polucionado de la ciudad y accesibles en las floristerías. Pero es preferible contemplarlas en la naturaleza, en su propio medio, en ese marco incomparable que las acoge, las realza y al que, a su vez, colorean y embellecen. Flores sencillas –aunque también hay orquídeas silvestres–, espontáneas y variadas, con frecuencia distribuidas al azar en el verdor de la hierba, creando una armoniosa sinfonía de colores y olores, completada por el aire limpio, las aguas trasparentes y el canto de las aves. Escuchemos una orden tajante, como la de Júpiter a Orestes en Las moscas de Jean-Paul Sartre: «¡Vuelve a la naturaleza, hijo desnaturalizado!»; y escuchemos a la vez la invitación a contemplar y ‘saborear’ las flores con la vista y el olfato. Sobre todo, permitamos que las flores se proyecten en nuestro interior y coloreen nuestro espíritu, teñido a veces con la monocromía del gris, o ahogado por la oscuridad de la tristeza.

 

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Los libros nos esperan

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Los libros nos esperan

Enrique Pallarés Molíns

Doctor en Psicología. Profesor emérito de la Universidad de Deusto

Publicado en el diario EL CORREO. Domingo, 23 abril, 2017. Día Mundial del Libro

La presencia de los libros hoy en la calle, además de una iniciativa comercial en el Día Mundial del Libro, es la imagen de la disponibilidad permanente del libro. El libro ha desempeñado y desempeña un papel esencial en nuestra formación intelectual y humana, así como en el progreso de la civilización. Es el amigo fiel que instruye y recrea, que nos acerca la experiencia, la investigación y la creatividad de muchas personas de diferentes tiempos y lugares; que nos libera de la ignorancia y nos guía en la búsqueda de la verdad. A cualquier hora está dispuesto al diálogo y a responder a nuestras dudas. Es el consejero fiel, discreto y respetuoso, que sugiere sin imponer. Con todo, el libro vive en la actualidad un momento de incertidumbre. ¿Sobrevivirá a la era digital y de la imagen? ¿Morirá el libro, precisamente, por un exceso de libros? ¿o por la disminución de lectores?

En 1935 decía Ortega y Gasset a los participantes en el Congreso Internacional de Bibliotecarios: «Hay demasiados libros». La producción bibliográfica en España desde entonces ha pasado de unos 5.000 títulos en 1934 a los más de 81.000 en 2016. No parece, pues, que sea inminente el fin de la galaxia Guttenberg y del homo typographicus, la muerte del libro. Pero Ortega no se refería tanto al exceso en cantidad como al descenso de la calidad, al peligro que trae consigo la facilidad de imprimir un libro y la consiguiente edición de libros movida por el interés económico o por el prestigio. Así, surgen los falsos libros, «unos objetos impresos que se benefician de su externo parecido con el verdadero libro». Ya en 1477, a pocos años de la invención de la imprenta, Hieronimo Squarciafico, humanista y editor veneciano, expresó su preocupación por las consecuencias de este crucial invento: «La abundancia de libros hará a los hombres menos estudiosos». Es decir, más superficiales.

Entonces, ¿cuantos más libros, peor? Se atribuye, entre otros, a Tomás de Aquino la frase «Temo al hombre de un solo libro» («Hominem unius libri timeo»). Frase que unos entienden como un aviso para evitar que la formación personal se limite a un solo libro, se cierre a otras perspectivas y se atrinchere en una actitud dogmática. Pero también se puede entender como el temor a ser derrotado en un debate intelectual con quien ha profundizado en uno o pocos libros, y ha conseguido así evitar la dispersión y estructurar bien su mente.

El remedio al exceso de libros no está en implantar una censura de calidad que impida hacer gemir las prensas a todo candidato a libro que no supere la mediocridad. Es el lector quien debe realizar esta tarea, porque el libro solo es libro por el lector que lo lee y revive. Un libro, sin el concurso vivificante del lector, es un mero objeto, solo una cosa. El lector, al seleccionar los libros, actúa de juez regulador de la producción bibliográfica, siempre que no se deje guiar por la moda y la publicidad. Que no por leer ‘lo último’ olvide ‘lo primero’ en calidad, es decir, esas obras sin caducidad, que han sobrevivido al paso de los años y de los siglos: los libros de solera.

Hoy es de obligado recuerdo, por celebrarse el aniversario de su muerte, la obra perenne de Shakespeare y de Cervantes. Pero también la de otros grandes autores en las diferentes áreas de la creación literaria y del saber. Porque hay libros que no vale la pena leer, otros que conviene leer, y algunos para releer e incluso aprender. Estos grandes libros no se suelen ver en los escaparates ni entre las novedades, aunque siempre están discreta y fácilmente disponibles. Dice Ítalo Calvino que los libros en las bibliotecas hablan entre ellos y que el buen lector escucha esa conversación. Así es. El buen lector dialoga con el autor y escucha ese interesante coloquio de los libros, coordinado y vertebrado por unos cuantos libros básicos, bien leídos y aprendidos, que forman las estanterías y los plúteos de nuestra mente.

El libro puede resistir temperaturas superiores a los 451 grados Fahrenheit, pero no sobrevive al olvido ni a la frívola superficialidad de tomarlo como un objeto más de moda y de consumo. Los medios digitales, bien utilizados –sin olvidar los derechos de autor–, no matarán el libro. La digitalización e internet ponen, incluso, a nuestro alcance bibliotecas y libros que antes resultaban de imposible o de muy difícil acceso. Además, se puede alternar de forma equilibrada el ‘cliquear’ con el paso lento y acariciador de las hojas de este amigo incondicional, cuya fiesta hoy celebramos. Con gratitud: ¡Felicidades, amigo! ¡Por muchos años!

Artículo relacionado, publicado en mayo del 2015: Libro electrónico o libro de papel b

 

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La nariz de Pinocho. Verdad y no verdad

Pinocho

Pinocho (Pinocchio). A la puerta de la juguetería del mismo en la calle Henao de Bilbao

 

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La nariz de Pinocho

Enrique Pallarés Molíns

Doctor en Psicología. Profesor emérito de la Universidad de Deusto

Publicado en EL CORREO. Domingo, 9 de abril del 2017. Página 45

Pinocho es uno de los personajes de ficción más populares. A este muñeco o marioneta, sumamente estilizado, además de sufrir varias desgracias, le crece todavía más su larga nariz al decir una mentira. Si al ser humano le creciera la nariz por mentir, el soneto de Quevedo «Érase un hombre a una nariz pegado…» dejaría de ser una serie de hipérboles relativas a una nariz concreta, para ser solo un pálido reflejo de la realidad. Porque la mentira tiene el don de la ubiquidad y forma parte de la vida diaria: en la pareja y en la familia, entre amigos y conocidos, en la empresa y en las organizaciones, en los medios de comunicación y, por supuesto, en la actividad política y judicial. Sin olvidar que también, a veces, nos mentimos a nosotros mismos, o llegamos a creer nuestras propias mentiras.

Durante el proceso de socialización se inculca que mentir es reprobable, pero, a la vez, se muestra la mentira como algo natural y con frecuencia se la premia. Y no me refiero a la ‘mentira blanca’ o de cortesía, cuyo objetivo principal es agradar a otra persona –un elogio poco realista–, sino a la mentira grave o perjudicial.

La psicología estudia científicamente la mentira y ha elaborado instrumentos para detectarla. Los estudios de la profesora de Psicología Social Bella DePaulo y sus colegas señalan que lo más frecuente es que se pretenda conseguir con ella recompensas psicológicas (respeto, estima, afecto, etc.), pero también la promoción personal, librarse de castigos, ejercer poder, conseguir bienes materiales, etc. Los participantes en el estudio pensaban que los demás mentían más que uno mismo, es decir, perspicacia con la nariz del otro y miopía con la propia.

El profesor Paul Ekman, reconocido como uno de los psicólogos más influyentes del siglo veinte, en sus estudios sobre la expresión facial de las emociones ofrece importantes criterios y pistas para descubrir la mentira. También el polígrafo (‘detector de mentiras’) o los potenciales evocados –onda P300–, han supuesto un avance importante. Pero estos procedimientos tratan de detectar la mentira indirectamente, al registrar los cambios corporales o de la actividad cerebral ante determinadas preguntas o estímulos. Ninguno de estos procedimientos es infalible; la mentira, hábil y esquiva, puede encontrar un resquicio para colarse; y tampoco siempre es posible acudir a la ayuda de estos métodos, aunque en algunas ocasiones resultaría altamente deseable.

Además, no es suficiente con identificar la mentira; es más importante evitar su aparición. Crear un clima social en el que la mentira no sea recompensada, a la vez que fomentar y reforzar el valor de la verdad y de la autenticidad, base de la realización personal y de la convivencia social. Huir de la verdad, eludirla, o aceptar que estamos en la ‘posverdad’ con la misma naturalidad que hablamos de ‘posromanticismo’, constituye un suicido moral, social y personal. El romanticismo terminó como movimiento literario y cultural; pero no la verdad. La verdad no es un estadio superado. No estamos, pues, en la era de la ‘posverdad’, sino todavía en la de la ‘pre-verdad’; en la búsqueda de la verdad, que exige un diálogo sincero y no excluyente, en el que se escuche al otro y no los propios prejuicios. Pero una verdad constructiva, y no un remedo o sesgo de verdad utilizado como arma arrojadiza.

La frase «Una mentira repetida mil veces se convierte en una verdad», utilizada por Lenin y por Göbbels, o su versión actual «Una mentira, cargada de emoción y difundida en las redes sociales o en una tertulia televisiva, se convierte en verdad, aunque contradiga los hechos», constituye una grave amenaza. Una sociedad fundada sobre esta base, como a veces se pretende, daría carta blanca a la mentira y llevaría a la quiebra total de la convivencia democrática y de la paz interior. Nos transformaríamos en una turba de narizotas afiladas que se hieren y dañan entre sí; una pesadilla hecha realidad.

Advierte Baltasar Gracián que la mentira suele estar más aparente que la verdad: «Es el engaño muy superficial, y topan luego con él los que lo son». Por eso invita el jesuita aragonés a «mirar por dentro»; a la reflexión que lleva a ir más allá de las apariencias y de la mera emoción; a educar y a educarse en la autenticidad y en la coherencia. Como resumen, conviene escuchar, una vez más, el último de los consejos de Polonio a su hijo Laertes, en el acto primero de Hamlet: «Y, sobre todo, sé sincero contigo mismo; y de esto se seguirá, como la noche sigue al día, que no serás capaz de mentir a nadie».

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Invitación a mi conferencia sobre el perdón

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Les invito a mi conferencia “El perdón como fortaleza humana”, que ofreceré el jueves 6 de abril, a las 19:30 h., en el Aula de Cultura de ABC, en Madrid, calle Maldonado, 1.

Les agradeceré que transmitan esta invitación a las personas de Madrid o de sus cercanías a quienes les pueda interesar el tema de la conferencia. ¡Muchas gracias!

¿De qué hablaré en la conferencia?

La ofensa provoca una herida y crea una brecha, que la persona ofendida trata de sanar y nivelar. En ese deseo de sanación y nivelación, la venganza, en sus diferentes formas y grados de intensidad –o el alejamiento del ofensor–, son las primeras reacciones, naturales y espontáneas. Otra posible respuesta, sin embargo, es el perdón y la reconciliación, con no menos raíz natural que la venganza.

El perdón, ha sido descrito y prescrito por las principales religiones desde hace milenios, aunque con variaciones importantes entre unas y otras. Ante todo, conviene intentar aclarar qué es el perdón desde el punto de vista psicológico, para luego ver su evolución a lo largo del ciclo vital, incluso sus antecedentes en algunas conductas animales, las diferencias culturales, así como su relación con la personalidad y otras características.

Hablar del perdón desde una perspectiva no religiosa exige plantearse, en primer lugar, su misma posibilidad y conveniencia, sobre todo cuando la ofensa es muy grave. En todo caso, el perdón es un proceso complejo y no lineal, que incluye importantes cambios en el pensamiento, memoria, emociones (incluyendo la empatía) y conducta. Aunque menos estudiado por la Psicología, conviene también tener en cuenta los otros dos procesos de la llamada tríada del perdón: el ‘pedir perdón’ y el ‘autoperdón’.

La joven Psicología Positiva ha reconocido y catalogado el perdón como una importante fortaleza humana, necesaria para la reconciliación y la paz en uno mismo y en los diferentes círculos sociales. Como dijo el Premio Nobel de la Paz y líder pacifista de Sudáfrica Desmond Tutu: «Sin perdón no hay futuro».

Enlace a la entrada de este blog con información de mi libro sobre el perdón:

https://enriquepallares.wordpress.com/2016/11/15/nuevo-libro-el-perdon-como-fortaleza-humana/

Enlace a un artículo mío sobre el perdón, publicado en el diario El Correo:

https://enriquepallares.wordpress.com/2016/05/09/el-perdon-como-fortaleza-humana/

 

 

 

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Dulzura y amargor de la venganza

 

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Medea furiosa. Eugène Delacroix. Hacia 1838. Óleo sobre lienzo, 260 x 165 cm, Museo del Louvre. Paris.

 

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Dulzura y amargor de la venganza

 

Enrique Pallarés Molíns

Doctor en Psicología. Profesor emérito de la Universidad de Deusto

 

Publicado en EL CORREO. Domingo, 19 de marzo del 2017. Página 43.

 

La venganza es un tema recurrente en la literatura y en el cine. Presente ya en la Epopeya de Gilgamesh y en Homero, la trató con maestría Shakespeare en varios de sus dramas y no deja de inspirar en nuestros días a novelistas, dramaturgos y guionistas de cine. La razón de esta frecuencia no es otra que la constante presencia de la venganza en las relaciones humanas. Un fenómeno universal, pues, visible a través del tiempo y del espacio; clave para entender momentos históricos importantes, como la guerra de Troya o algunas guerras y actos terroristas de la actualidad. Venganza entre naciones, entre grupos, en la familia, en las organizaciones y, en general, entre las personas.

La venganza es el deseo de revertir los roles de víctima y ofensor, de ver sufrir al que le hizo a uno sufrir, incluso si ello conlleva mayor sufrimiento todavía. Medea, en la tragedia de Eurípides del mismo nombre, se venga de la infidelidad de su esposo Jasón dando muerte a sus dos queridos hijos, convencida de que es el mejor modo de hacer sufrir a Jasón, aunque ella sufra con ello mucho más.

Por supuesto, existen varios niveles de gravedad de la venganza y muy diferentes maneras de realizarla, desde la aniquilación del ofensor, la agresión física y verbal a él, a sus familiares o propiedades, a la destrucción de su imagen social, sin olvidar la ruptura de la comunicación y el distanciamiento. Por suerte, se queda muchas o la mayoría de las veces en puro deseo, en solo venganza imaginada.

Por otra parte, mostramos cierta ambigüedad respecto a la venganza. La reprobamos como una forma de justicia arcaica y salvaje –nos suena muy mal lo del «Diente por diente y ojo por ojo»–, pero, a la vez, la practicamos, la aplaudimos, o nos identificamos con el que la practica.

¿Es dulce o amarga? Dice Lord Byron, en Don Juan, que «la venganza es dulce»; y se atribuye a Alfred Hitchcock la especificación jocosa de que «…y, además, no engorda». Su frecuencia hace sospechar que sirve para algo. En efecto, la venganza puede tener varias funciones, como la de contener la agresión o evitar que se repita. También la búsqueda de la equidad («Me desquitaré»). Además, con la venganza se pretende a veces dar una lección moral al ofensor («Así aprenderá»). Pero, sobre todo, se trata con ella de comunicar al ofensor que el ofendido debe ser respetado («Sabrá quién soy yo»). Pretende, pues, restablecer el equilibrio de poder y, con ello, la propia valoración y la autoestima del ofendido, que suelen disminuir con la ofensa.

Además, y sobre todo, la venganza tiene un lado oscuro para el que la aplica. Porque la venganza puede nivelar el sufrimiento, pero no reparar el daño de la ofensa. Además, induce una respuesta, que puede y suele ser más grave que la ofensa original, porque el ofensor y el ofendido miden la ofensa con distinta vara. La rumia prolongada de la ofensa aumenta su tamaño y la ira, que infla todavía más la venganza, lleva a un ciclo de confrontación violenta que crece en espiral ascendente. Suele parecer dulce a la hora de imaginar su futura aplicación («Me quedaré a gusto»), pero también aquí fallamos en el pronóstico de nuestro estado afectivo futuro. Todo esto lo resume bien John Milton en El paraíso perdido: «La venganza, aunque dulce en un principio, se vuelve amarga muy pronto, y recae sobre el vengativo».

Remplazar la venganza por la reconciliación no es fácil ni siempre posible (la reconciliación es asunto de dos). Depende de varias circunstancias, entre ellas el grado de la ofensa y la relación con el ofensor. El profesor de Psicología en la Universidad de Miami, Michael McCullough, autor de importantes estudios sobre la venganza y la reconciliación, señala la función adaptativa de la venganza a lo largo de la evolución (controlar la ofensa), pero afirma también que la venganza no es la única respuesta natural posible a la ofensa. Son igualmente naturales los mecanismos, presentes en el ser humano y en algunas especies animales, orientados a evitar la desintegración del grupo, como el perdón y la reconciliación. Ello exige, ante todo, ‘enfriar’ la percepción de ofensa, hasta eliminar el odio y el resentimiento. Pero, sobre todo, persuadirnos, como personas y ciudadanos, de que está en nuestro corazón y en nuestras manos el lograr que las fuerzas que unen y construyen venzan a la que desunen y destruyen. Y, tras sellar para siempre el tanque del ácido corrosivo que reseca, traba y destruye, derramar con justicia y generosidad el bálsamo de la concordia y compasión, que suaviza, reúne y vivifica.

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El roble y el tilo

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Zeus y Mercurio, acogidos por Filemón y Baucis. Pintura al óleo de Peter Paul Rubens

 

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El roble y el tilo

Enrique Pallarés Molíns

Doctor en Psicología. Profesor emérito de la Universidad de Deusto

 

Publicado en el suplemento Alfa y Omega, del diario ABC. Jueves, 2 de marzo del 2017

 

Baucis y Filemón, un matrimonio de avanzada edad, que vivían en un lugar de la antigua Frigia, recibieron en su humilde choza la visita de dos viajeros, pobremente vestidos, que buscaban alojamiento para pasar la noche. Los acogieron y obsequiaron con sus escasos recursos, a diferencia de los demás vecinos que les cerraron la puerta. Tras los agasajos recibidos, los dos viajeros se revelaron como Zeus y Hermes (Júpiter y Mercurio). En agradecimiento por la generosa acogida, Zeus invitó a Baucis y Filemón a expresarle su mayor deseo, con la promesa de que sería satisfecho. Ellos le pidieron vivir juntos el resto de sus vidas y morir al mismo tiempo, para no tener que sufrir el dolor de la separación del otro. Les fue concedida su petición y, como cuenta Ovidio en el libro VIII de Las metamorfosis, al final de sus vidas Zeus transformó a Filemón en un roble y a Baucis en un tilo; dos árboles que crecían juntos. Bella leyenda, que Rembrandt y Rubens, entre otros, plasmaron en el lienzo.

Hace unas semanas publicó un diario la noticia de que «los conductores españoles conservan durante más tiempo su coche que su matrimonio». A continuación, se especifica que el dato sobre la conservación del coche (16,9 años) está tomado de los que fueron dados de baja, y el de la duración del matrimonio (16,2) de los que formalizaron el divorcio. Están excluidas, pues, de este cómputo las muchas parejas que no se divorcian. Sin embargo, noticias semejantes y la mirada superficial del entorno –resultan más ‘visibles’ y noticiables los casos de ruptura que los de larga duración de la relación– pueden hacer pensar que la caducidad es más característica del amor que la duración. ¿Es así?

El profesor Robert Sternberg, de la Universidad de Yale, propuso una concepción del amor con tres componentes fundamentales –Pasión, Intimidad y Decisión/Compromiso–, que se pueden representar por los tres vértices de un triángulo. La Decisión/Compromiso se refiere a la decisión consciente de amar a la otra persona y al compromiso de mantener en el futuro la relación y hacer crecer el amor. Este componente es el ‘guardián’ de la relación y resulta esencial para que el amor continúe vivo, incluso en los momentos difíciles. Sin él el triángulo no es triángulo.

Aunque resulta fácilmente constatable la fragilidad y brevedad de muchos matrimonios, no es menos real, sin entrar en estadísticas, la prolongación hasta la muerte de otros muchos. ¿Será en este caso un puro convivir por inercia? Oscar Wilde afirma: «Las personas deberían estar siempre enamoradas. Por eso, nunca se deberían casar». ¿Es mortal para el amor la convivencia prolongada? Una revisión cuantitativa de otras investigaciones (metaanálisis), realizada por profesores los profesores Bianca P. Acevedo y Arthur Aron, de la universidad neoyorquina de Stony Brook, concluye que el amor puede perdurar a lo largo de los años con la misma intensidad e ilusión que al comienzo de la relación, aunque sin el carácter obsesivo inicial. Así, pues, de la afirmación de Oscar Wilde están comprobados los beneficios del amor para la salud mental y el bienestar personal; sin embargo, la prolongación de la relación –el matrimonio–, no mata ni erosiona necesariamente el amor.

Robert Sternberg propuso una segunda concepción del amor, complementaria de la primera. Es la del amor como una historia, como una narración, que cada uno elabora y que guía el modo de vivir la relación. Una de las que propone como ejemplo es la del jardín, en la que el jardinero cultiva con esmero, cariño y constancia las plantas del jardín. Cada miembro de la pareja es, a la vez, jardinero y planta; que cuida y que recibe cuidados. ¿Qué cuidados? Por ejemplo:

Sentir afecto hacia la otra persona y, además, expresarlo. Sentir y expresar gratitud por lo que la otra persona aporta. Apertura: comunicar los propios sentimientos y acoger la comunicación de la otra persona. Confiar en la otra persona y, además, darle motivos para que ella también confié. Comprender: conocer a la otra persona, así como aceptarla incondicionalmente y valorarla. Predominio de las emociones positivas. Sinceridad: decir la verdad y toda la verdad, pero con tacto, nunca como arma arrojadiza. Correspondencia entre lo que cada uno da y lo que recibe, sin exigir una igualdad matemática. Perdón, compasión y sacrificio cuando es necesario.

El roble y el tilo juntos son imagen de Baucis y Filemón, pero también de las muchas parejas que cuidan con constancia el jardín de su amor «en las alegrías y en las penas, en la salud y en la enfermedad» y superan, si surgen, las dificultades y estancamientos. Muestran así que es posible lo que a veces se piensa que es imposible.

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Estoy de acuerdo sin estar de acuerdo

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Estoy de acuerdo sin estar de acuerdo

Enrique Pallarés Molíns

Doctor en Psicología. Profesor emérito de la Universidad de Deusto

Publicado en El Correo. Domingo, 12 de febrero del 2017. Página 43

Los cuentos contienen y nos ofrecen grandes dosis de la sabiduría popular acumulada a lo largo de los siglos. Algunos se adelantaron siglos o milenios a lo que luego confirmará la Psicología. El del traje nuevo del rey (o emperador), en sus diferentes versiones, es uno de ellos. Unos pícaros se ofrecen al rey para confeccionarle un traje de un tejido tan especial que causará la admiración de todos, aunque, eso sí, solo lo podrán ver las personas honradas. Simulan como buenos actores los detalles del proceso de confección del traje, y una vez ‘terminado’, concluyen la farsa y ‘visten’ al rey para desfilar por las calles de la ciudad. Todos admiran y comentan en voz alta la belleza del traje que no ven, pero que sienten que tienen que decir que ven. Nadie discrepa, hasta que la espontaneidad de un niño rompe con este falso consenso al decir en voz alta: «¡El rey está desnudo!».

Los psicólogos sociales Daniel Katz y Floyd Allport acuñaron la expresión ‘ignorancia pluralista’ para describir una situación relativamente común en los grupos humanos. La mayoría de los miembros no está de acuerdo, o no totalmente, con una idea o actitud, pero, a la vez, cada uno piensa que los demás sí lo están y, en consecuencia, expresan su acuerdo con algo en lo que no están de acuerdo.  El profesor acaba de explicar una cuestión difícil: «El que no lo haya entendido, que levante la mano». Ningún movimiento; silencio absoluto. Fernando no ha comprendido bien la explicación y desea hacer una pregunta. Observa a sus compañeros y se dice a sí mismo: «Soy el único que no lo ha entendido. Si pregunto, quedaré como tonto». En realidad, hay muchos ‘Fernandos’, pero todos interpretan que el silencio de los demás indica que lo han entendido bien.

Una investigación realizada en la Universidad de Princeton mostró que el aumento del consumo excesivo y frecuente de alcohol en el campus se podía explicar, al menos en parte, por este proceso. La norma o regla social que muchos de los universitarios percibían era: «Es normal excederse en la bebida», «Todos lo hacen». Estimaban, incluso, que tanto el promedio del grupo como sus amigos experimentaban menos malestar por la ingesta de alcohol que ellos. Además, el comportamiento de los que beben en exceso resulta tan visible que ayuda a creer que se trata de una conducta normal.

Este modo de pensar y comportarse, relacionado con el ‘falso consenso’ y con la ‘espiral del silencio’, explica comportamientos sociales relevantes. Así, la discrepancia entre las conductas públicas y las privadas: defender o no contradecir una determinada actitud o idea, con la que uno no está de acuerdo privadamente, por creer que los demás apoyan esa actitud u opinión. En las organizaciones y en la vida diaria de los diferentes grupos, muchos participantes ‘ven’ sin ver, e incluso ponderan la belleza de ‘trajes’ que no existen.

Varias circunstancias facilitan estas falsas adhesiones: la existencia de una minoría influyente y activa, la difusión por los medios de comunicación de lo que se considera que es lo normal, etc. Pero, en el fondo, el miedo a disentir y a ser marginado, siempre presente, sobre todo en la adolescencia y juventud.

Las consecuencias son importantes. Llegar a acuerdos precarios y frágiles; a ‘síes’ que luego se convierten en ‘noes’ o en indiferencia y pasividad. Opiniones que se adscriben a la mayoría del grupo, aunque son solo una niebla difusa que se disipa con el sol de la autenticidad, salvo que la indiferencia o el miedo a exponer el propio punto de vista provoque su consolidación. Tensión, a veces angustiosa, del que se siente forzado a decir lo que no piensa, en lugar de expresar con libertad su verdadera opinión. Tal vez terminará por ‘ver’ el ‘traje invisible’; o por callar: la ‘espiral del silencio’. Con frecuencia, «quien calla, otorga».

Entre la expresión agresiva de las propias convicciones y la cesión, más o menos pasiva, a lo que se piensa que es el punto de vista de la mayoría, existe la tercera posibilidad de manifestar de forma correcta y serena el propio punto de vista. Con asertividad: tras reflexionar y escuchar a otras opiniones, sin agresión ni ira, pero con claridad y firmeza. No siempre resulta fácil. Es necesaria esa mirada fresca y auténtica de la realidad, propia del niño: «¡El rey está desnudo!». Esa voz espontánea y valiente que expresa lo que de verdad ve, piensa y siente; capaz de hacer emerger el fondo de integridad y coherencia de los que, en su interior, no están de acuerdo con lo que consideran que no deben estar de acuerdo.

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Del anillo al espejo

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Del anillo al espejo

 

Publicado en EL CORREO. Domingo, 15 de enero del 2017. Página 43

 

Enrique Pallarés Molíns

Doctor en Psicología. Profesor emérito de la Universidad de Deusto

 

En el libro segundo de La República de Platón se narra la leyenda del anillo de Giges. Este pastor del antiguo reino de Lidia –en la Turquía actual– encontró un anillo de oro y pronto descubrió que poseía poderes mágicos, concretamente el hacer invisible a su portador con solo girar el engaste hacia el interior de la mano. Así, podía a su voluntad actuar sin ser visto, lo que implicaba total impunidad para cualquier transgresión. De hecho, Giges se sirvió de este talismán para acceder a la zona más restringida del palacio real, seducir a la reina, matar al rey y ceñirse la corona real.

Relata esta leyenda Glaucón –uno de los que dialoga con Sócrates– para mostrar que el actuar según lo que es justo depende tan solo de no ser visto o ‘cazado’. Dotados de un anillo de invisibilidad semejante «es opinión común que no habría persona de convicciones tan firmes como para perseverar en la justicia». Frágil fundamentación del orden personal y social el limitarlo al temor al castigo o a la reprobación social, a no ser ‘cazado’. Hoy existen varias versiones del anillo de Giges: vacíos legales y administrativos, influencias, sobornos, ciberdelincuencia… y, sobre todo, la desarrollada capacidad del ser humano para engañar y engañarse.

Pero, además de anillos disponemos de espejos. Hace unos años leí en un suplemento dominical un amplio reportaje sobre el aumento de los suicidios en Japón y el medio que arbitraron las autoridades niponas para evitar que los que deseaban acabar con su vida lo hicieran arrojándose a las vías del metro. Colocaron grandes espejos en las estaciones preferidas por los suicidas, de tal modo que se vieran reflejados en ellos necesariamente antes de lanzarse a las vías, y esto les hiciera suspender su acción.

Traté de encontrar la justificación exacta de esta medida y si resultó o no eficaz. Aunque no tuve éxito en esta búsqueda, recordé un experimento dirigido   años antes por los psicólogos sociales Edward Diener y Mark Wallborn. Encargaron a un grupo de estudiantes realizar una prueba de habilidad intelectual (test de anagramas); difícil en sí, pero fácil de trampear. Unos la realizaron frente a un espejo en el que se reflejaban, y otros al lado del espejo. Solo el 7% de los primeros trampearon, frente al 71% de los que no se veían reflejados en el espejo. Estudios posteriores han llegado a conclusiones parecidas. La reflexión o conciencia de uno mismo, aumentada por la visión de la propia imagen en el espejo, reduce las conductas que se oponen a las normas y fomenta el comportamiento prosocial.

Los espejos sirven y han servido para mucho más que para vernos el rostro o los automóviles que circulan detrás del nuestro. Han sido utilizados para hacer señales, como objetos mágicos, incluso para contactar con la divinidad y con el fondo de uno mismo. ¿Se podría atajar el fraude, la corrupción y, en general, las conductas inmorales con la instalación de espejos? Pienso que no se garantizaría con ello el actuar honrado de todas las personas. Pero existe otra solución que plantea menos problemas estéticos y técnicos. Me refiero a mirarse en el ‘espejo ético’ que cada uno tiene en su interior, fruto de la capacidad del ser humano para interiorizar valores y normas de referencia que guíen su conducta. Los espejos físicos son un medio que aumenta la auto-reflexión y facilita el acceso al ‘espejo ético’ interior, que, por supuesto, requiere un mantenimiento constante: reparar, limpiar, azogar, actualizar… Es el crecimiento moral, vital para la supervivencia humana.

Solo con el cuidado de este espejo se evitará el deterioro personal, de la convivencia social y la degradación moral. Preocupan, y no sin razón, los resultados del reciente informe PISA sobre el nivel de nuestros escolares en competencias académicas. No parece menos importante plantearse una evaluación –técnicamente mucho más difícil–, del nivel ético de escolares… y de adultos.

El psicólogo Lawrence Kohlberg propuso una pauta evolutiva del razonamiento moral, que va del actuar por el castigo o el premio a guiarse por un principio ético universal. Immanuel Kant lo formuló así: «Actúa de modo que trates a la humanidad, tanto en tu propia persona como en la de los demás, siempre como un fin y nunca como un medio». Pocas, pero esenciales y sustanciosas palabras. Excelente y práctico ‘espejo’, capaz de arrinconar el anillo de Giges y de crear armonía personal y social estable, semejante a la del cielo estrellado, que también, con creciente admiración y respeto, contemplaba el filósofo de Königsberg.

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La paz, un asunto de todos

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 La paz, un asunto de todos

Enrique Pallarés Molíns

Doctor en Psicología. Profesor emérito de la Universidad de Deusto

Publicado en EL CORREO. Domingo, 18 de diciembre del 2016. Página 43

Decía el político francés Georges Clemenceau que «la guerra es un asunto demasiado serio para dejarlo en manos de los militares». También la paz es un asunto demasiado serio para dejarlo en manos de los que gobiernan las naciones y la economía. Todos estamos, o debemos estar, concernidos y comprometidos en el establecimiento y afianzamiento de la paz. La paz es un asunto de todos.  Las navidades son fechas propicias para escuchar mejor el mensaje de paz, que constituye el clamor de la humanidad desde los tiempos remotos. Los encuentros familiares y de amigos invitan a desear también el encuentro y la armonía de toda la humanidad.

El objetivo no es solo la ausencia de guerras y episodios violentos, sino también la paz positiva, es decir, el establecimiento de un orden social que haga desaparecer o reduzca sustancialmente las injusticias económicas, culturales, de género, ecológicas…, que constituyen auténticas barreras para la paz. Paz entre las naciones y entre las personas; pero, también, paz con la naturaleza y paz dentro de cada uno.

La Psicología ha intentado e intenta colaborar en la construcción de la paz ‒también ha servido a la guerra‒, con sus análisis y pautas para la intervención. En 1902 pronunció William James una conferencia, con el título El equivalente moral de la guerra, considerada el inicio de la Psicología de la Paz. Aunque algunas de sus ideas resultaban más comprensibles entonces, otras ofrecen un importante y actual mensaje. Así, su visión del universo que, aunque inseguro, no está determinado de forma mecanicista, sino que es susceptible a la acción transformadora del ser humano. Pensaba también James que resulta improbable que las guerras desaparezcan mientras no se sustituyan los motivos y objetivos que las desencadenan por otros atractivos e ilusionantes, pero pacíficos.

Décadas después, el psicólogo social Gordon Allport propuso la hipótesis del contacto, que se ha mostrado eficaz para mejorar las actitudes entre grupos y fomentar la tolerancia. El contacto entre grupos y personas, en un ambiente de seguridad e igualdad, diluye de forma progresiva los prejuicios, origen de muchos conflictos, y conduce a la empatía y comprensión mutua. La Psicología ha descrito también los rasgos de la persona que busca la paz. Por ejemplo: reconocer y rechazar todo tipo de violencia, empatía, flexibilidad mental, tolerancia, autenticidad, confianza, capacidad para escuchar y para comunicar, amabilidad sin sumisión pasiva, ánimo y constancia, ausencia de narcisismo… Descripción y meta a alcanzar.

La educación, por supuesto, desempeña un papel fundamental en la construcción de la paz. Al comienzo de la Constitución de la Unesco, los países firmantes declaran: «…puesto que las guerras nacen en la mente de los hombres, es en la mente de los hombres donde deben erigirse los baluartes de la paz». En 1932, cuando el auge de los regímenes totalitarios presagiaba una nueva guerra, Albert Einstein planteó a Sigmund Freud la cuestión de cómo liberar al ser humano de la fatalidad de la guerra. En su respuesta, el fundador del psicoanálisis, tras mostrar su pesimismo, abría una puerta de esperanza, todavía incierta pero posible: «Todo lo que fomenta el crecimiento de la cultura, trabaja al mismo tiempo contra la guerra». Cultura contra la guerra y la violencia.

Cultura basada en los valores de la justicia, la verdad, la libertad, el respeto mutuo y en la firme convicción de compartir una humanidad común, en lugar de enfocar lo que divide. Cultura que, en vez de ir contra las personas, dirija los esfuerzos a construir una sociedad y un planeta habitables para todos. Cultura para blindarse a la propaganda ‒explícita e implícita‒, que pretende justificar la guerra, con frecuencia deshumanizando al adversario. Cultura para la resolución pacífica de los conflictos, así como para practicar el perdón y la reconciliación. En fin, la cultura de la paz.

El efecto mariposa, expresión acuñada por el meteorólogo y matemático Edward Loren, afirma en el contexto de la teoría del caos, que pequeñas causas pueden generar grandes efectos. «El aleteo de una mariposa en Hong Kong puede provocar una tempestad en Nueva York». En estos días mágicos de las navidades, soñemos y apliquemos esta metáfora en su versión benéfica. Movamos con ilusión, energía y constancia las alas de nuestra paz interior, en la seguridad de que este gesto no quedará estéril; se transformará en la fecunda semilla de la que crecerá el árbol de la paz. «Sin esperanza, no puede haber paz», escribió Albert Camus.

 

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Nuevo libro: El perdón como fortaleza humana

el-perdon-como-fortaleza-humanaLes presento mi nuevo libro, que apareció los primeros días  de este mes de noviembre.

Para más información sobre este libro, en el siguiente enlace  encontrará un archivo PDF que incluye la portada, índice y prólogo del libro: el-perdon-como-fortaleza-humana

Puede ver también, a continuación, la ficha técnica del libro y el texto de la contracubierta.

 

 

 

Ficha técnica del libro:

Autor: Enrique Pallarés Molíns

Diseño de cubierta: Magui Casanova

Editor: Mensajero (Grupo de Comunicación Loyola). Bilbao

ISBN: 978-84-271-3930-5

Colección: Psicología (nueva). Número: 1

Año de publicación: 2016

Páginas: 248. Formato: 13.50 x 20.00 cm

Encuadernación: Rústica sin solapas

Precio: 12,50 euros

Adquisición:

– En su librería.

– Grupo de Comunicación Loyola. Padre Lojendio, 2. 48008 Bilbao

– Teléfono: 944 470 358

–  info@grupocomunicacionloyola.com

www.gcloyola.com

Texto de la contracubierta:

Este libro pretende recoger las principales aportaciones sobre el perdón procedentes sobre todo de la psicología. Comienza con la necesidad de perdón debido a la ofensa, para terminar con la compasión. A la ofensa se puede responder con la venganza, pero también con el perdón, prescrito por las principales religiones desde hace milenios y con un antecedente en las conductas de reconciliación de algunos animales. Tras aclarar lo que es el perdón, se explica su evolución a lo largo de la vida (de niñez a vejez), las diferencias de género y entre culturas, la medición y la personalidad.

La segunda parte se dedica a los cambios que facilitan el perdón: pensamiento, memoria, emociones, empatía, conducta y autoestima, así como al proceso de pedir perdón y al autoperdón. Comprensible y de interés para el lector no especializado. Esperamos que este libro ayude a comprender y practicar mejor la fortaleza humana del perdón. Porque, como dijo el Premio Nobel y líder pacifista de Sudáfrica: «Sin perdón no hay futuro».

 

Enrique Pallarés Molíns, nacido en Ablitas (Navarra), es doctor en Psicología, profesor emérito de la Universidad de Deusto y consultor psicológico en dicha Universidad. Ha publicado varios libros en Ediciones Mensajero; entre ellos: Iniciación a la Psicología (1991, 4.ª edición); La ansiedad: qué es, problemas, ¿cómo manejarla? (2002); Los mecanismos de defensa: cómo nos engañamos para sentirnos mejor (2008); Vivir con menos ansiedad: manual práctico (2010, 2.ª edición); Controlar la ira: menos enfados y mejores relaciones con los demás (2010); La autoestima: cómo cultivarla de forma sana (2011); Psicología del amor: para comprender mejor esta fortaleza humana (2012); Cómo sentirse mejor con la ayuda de anécdotas e imágenes (2013) y La memoria. Guía para su conocimiento y práctica (2016, 2.ª edición). Colabora en varias revistas y medios, e imparte conferencias sobre temas relacionados con la psicología. Mantiene un blog en internet («Blog de Enrique Pallarés Molíns»).

En la página o sección fija de este blog “MIS LIBROS” encontrará información sobre otros libros de Enrique Pallarés.

 

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