Los viejos no son como niños

Ayer celebramos el Día Mundial de las Personas Mayores. Se me ocurrió, ya un poco tarde, que podía reflejarlo en alguna entrada de este blog, y encontré el borrador de un capítulo de un trabajo que, desde hace tiempo, tengo entre manos sobre el envejecimiento positivo. De este modo, respondo también a la recomendación de un amigo, cuyo comentario aparece en sección de «avisos» de este blog.

No todas las épocas ni todas las sociedades tienen la misma visión del envejecimiento y la vejez, ni tratan a los mayores de igual manera. En unas se les venera y otorga poder, porque se les considera depositarios del saber de la naturaleza, sobre todo de la agricultura, de las relaciones humanas y de otros muchos más conocimientos. En otras, por el contrario, domina una visión negativa de la vejez. Por lo general, las actitudes positivas corresponden a las sociedades más tradicionales, en las que resulta muy importante el saber que acumulan los viejos –verdaderas enciclopedias o bibliotecas–, y las más negativas a las sociedades industriales. Son dos estereotipos o visiones opuestas de la vejez: la del viejo-sabio y la del viejo-inútil. Me centraré más en los negativos.

Los estereotipos y actitudes negativas hacia la vejez reciben el nombre «edadismo» (término todavía no aceptado por la Real Academia Española, que es traducción de ageism, expresión acuñada por el famoso gerontólogo Robert Butler, fundador del National Institute on Aging), comparable a «sexismo» o «racismo». Aquí, el objeto del estereotipo, prejuicio y discriminación es el grupo de personas mayores, precisamente por ser mayores. A pesar del número abundante y creciente de personas mayores, son escasos los estudios realizados sobre el «edadismo» en comparación con los dedicados al «sexismo» y al «racismo». Y todavía más escasas la alarma social y las intervenciones programadas contra el «edadismo».

Estereotipos y discriminación

A su vez, esta consideración estereotipada de los mayores de edad se prolonga en una discriminación, tanto las relaciones interpersonales como institucionales. Discriminación en el trabajo, distancia física y reducción de contactos, marcar distancia psicológica (dejar bien claro que uno no es mayor), ignorar sus opiniones, exclusión de su participación en los órganos de decisión, etc. En el extremo más negativo están las diferentes formas de maltrato a los mayores (psicológico, económico, físico y negligencia en la atención), trágica realidad, que tan solo ha comenzado a salir a la luz.

Según un estudio presentado en el VII Congreso Nacional de Personas Mayores (Madrid, octubre de 2005), realizado por FATEC, la participación de mayores de 64 años en los órganos de representación política es del 3% (8,5% en el Parlamento Europeo; 2,8% en el Congreso de Diputados; inferior al 1,5% en los Ayuntamientos y 3% en los Parlamentos autonómicos. Correspondían estas cifras a las de la representación de los mayores de 64 en los Comités Ejecutivos de los partidos políticos (0% en el PSOE y 2,27% en el PP), pero no a la de este grupo de edad en la población (18%) y en el censo electoral (22%). Desconozco si estos porcentajes se han visto modificados sustancialmente en las legislaturas posteriores, sobre todo después de la Ley Orgánica de 2007, que regula la igualdad en la participación de hombres y mujeres.

El profesor Alan Williams, fundador del Centro de Economía para la Salud de la Universidad de York, abordó hace unos años el espinoso tema del establecimiento de prioridades en la atención sanitaria. En su visita a España el año 2000 aconsejaba discriminar a los ancianos para favorecer a los más jóvenes en la política sanitaria del sector público. Alan Williams, fallecido el año 2005 a los 78 años, justificaba su propuesta como la forma de evitar que los jóvenes tengan menos oportunidades de llegar a la edad de los mayores que las que estos ya han tenido.

Sin un planteamiento tan claro, la calidad de los cuidados sanitarios recibidos depende en parte de la edad. Algunos profesionales de la salud, sin intención explícita, reflejan algunos prejuicios contra los mayores y acuden a la hora del diagnóstico y tratamiento con facilidad a explicaciones simplificadoras («esto es normal para su edad», «con esta edad…»), o a considerar la depresión de los mayores como algo normal («es propio de la edad»), sin realizar las exploraciones e intervenciones adecuadas. Entre las conclusiones del informe de 2003 de la Alliance for Aging Research –referente a Estados Unidos, pero no exclusivo de ese país – las personas mayores reciben más medicamentos que los de otras edades para los mismos síntomas, es menos probable que se les remita para realizar otras pruebas diagnósticas o tratamientos, es más probable que se les diagnostique de forma equivocada al considerar que sus síntomas son «normales para la edad», etc. En el fondo, es identificar los procesos patológicos con el proceso de envejecimiento.

Pero la consecuencia tal vez más grave de los estereotipos negativos, convertidos en expectativas, es que terminan muchas veces por cumplirse, pero no porque tengan fundamento sólido en la realidad, sino porque los miembros del grupo estereotipado, en este caso los mayores, creen e interiorizan esos estereotipos y expectativas y actúan en consecuencia. Es decir, los mayores con frecuencia llegan a definirse a sí mismos y a actuar como se espera de ellos, a creer también que son inútiles, que su memoria falla, que son depresivos, etc.   

Los mayores, entre otras reacciones, pueden también rebajar su edad o adoptar estilos de vida (aspecto externo, diversiones) y formas de pensar que consideran más juveniles, únicamente para no parecer mayores. Los gastos en intervenciones y productos que se presentan como remedios milagrosos para curar la «enfermedad» del envejecimiento son muy elevados y merecen un comentario especial. Todo esto, de alguna manera, es distanciarse de la propia realidad.

Formas más suaves –o menos manifiestas– de edadismo

Los estereotipos y prejuicios, que también suelen incluir atributos y conductas positivas, evolucionan en ocasiones hacia formas más ambiguas y sutiles. Por ejemplo, formas exageradamente cariñosas de tratar al mayor e impropias para su edad, y más adecuadas para tratar a un niño, que entran dentro del estereotipo del viejo-niño. Sin juzgar la intención –generalmente buena, pero no siempre correcta– de los guiados por este estereotipo, se afirma que los mayores «son como niños», y además se les trata como a tales al utilizar con ellos expresiones y entonaciones de la voz semejantes a las que utilizamos cuando nos dirigimos a los niños.  

Otras veces se racionaliza la discriminación o exclusión profesional o participativa con frases como «ya es mayor y se ha ganado el descanso», «ya no son para usted estas cosas; quédese tranquilo», o expresiones semejantes. Es procurar el bienestar de la persona mayor, pero sin dejarle opinar; es decir, aquello de «todo por el pueblo, pero sin el pueblo».

La atribución a los mayores de la sabiduría –dedicaremos otro espacio a esta cuestión– puede llevar a exigirles implícitamente un acatamiento y sumisión total del «orden establecido». Stanley Hall, autor en 1922 del primer tratado de gerontología psicológica, afirma en las páginas de ese mismo libro que los mayores tienen los mismos derechos que los jóvenes a expresar su ira cuando resulta necesario, sin tener que limitarse a esa actitud de sabiduría y prudencia que convencionalmente se les atribuye. A continuación, adopta una actitud de beligerancia contra la discriminación por la edad practicada en la sociedad.

¿Por qué se desarrolla el edadismo?

El origen de los estereotipos y prejuicios, según la psicología social, es complejo y obedece a varios factores o causas, entre ellas la tendencia de conocimiento humano a la generalización, motor por otra parte de la ciencia. En el estereotipo, sin embargo, se aplica a un grupo de edad lo que corresponde a tan solo una minoría de ese grupo, por más saliente y llamativa que sea. De este modo, los estereotipos son ejemplo de que el conocimiento humano también puede ser en ocasiones perezoso y tacaño en sus esfuerzos.

Por lo que se refiere al edadismo, se puede relacionar su origen con las exigencias de producción, cambio y rapidez imperantes en una sociedad en que el rendimiento económico, la utilidad y la exaltación de lo juvenil se constituyen en criterios absolutos. Es el culto a lo nuevo. Se puede sugerir también que el edaísmo sirve a los más jóvenes como defensa psicológica para no pensar en su futura vejez, y apoyar así la estrategia defensiva de negación (no ver la temida vejez). En cualquier caso, el prejuicio y la discriminación hacia los mayores son la consecuencia de una imagen negativa y rígida, que generaliza a todos los mayores las características de una minoría débil y dependiente.  

Contra el edadismo

Uno de los medios más eficaces para combatir el «edaísmo», tal vez el más eficaz, es el conocimiento del desarrollo humano, concretamente durante el último tramo de la vida. La psicología y biología nos muestran que el envejecimiento no es un proceso uniforme y homogéneo, sino, todo lo contrario, que está caracterizado esencialmente por la diversidad y las diferencias. Diferencias entre unas y otras personas de la misma edad, diferencias en el ritmo en que envejecen los diferentes sistemas corporales y las funciones mentales e incluso diferencias en la evolución de una misma función como es la memoria o la inteligencia, diferencias dentro de la cronología de ese mismo periodo –no bien delimitado–, que se etiqueta como vejez. Además, durante el envejecimiento no solo se producen pérdidas, sino que puede haber también ganancias. 

En lugar de buscar o prestar atención a las informaciones que confirman los estereotipos, resulta más aconsejable, al menos como antídoto contra el edaísmo, buscar los datos que lo contradicen. Haga memoria de las personas que usted conoce de, por ejemplo, 75 años y compruebe las diferencias que existen entre ellas en salud, energía, rasgos de personalidad, intereses, etc. Varias veces he escuchado sugerencias como «explícanos cómo es la personalidad de los viejos», «¿Por qué no escribes un libro sobre las características de los mayores?», «Dinos brevemente qué es lo típico de los mayores». Sugerencias realizadas, sin duda, con buena intención la mayoría de las veces, pero que parten del supuesto de la homogeneidad del grupo de mayores, de ese falso supuesto de que «Todos los viejos son iguales».

Además de la información correcta sobre el envejecimiento, resulta importante el fomento del contacto intergeneracional, pero el significativo. Es decir, no solo encuentros superficiales de mayores con grupos de edad más jóvenes, sino encuentros que favorezcan el mutuo conocimiento y comprensión, a la vez que encaminados a saber adoptar la perspectiva del otro.

Estos ejemplos de lineas a seguir, que acabo de mencionar, son solo para empezar. Es necesario activar todo un programa de educación de la sociedad, de todos y cada uno de nosotros. Tratar de evitar las generalizaciones absolutas, en este caso sobre el envejecimiento, para atender los datos más objetivos de la psicología y biología. En fin, saber adoptar con espontaneidad y objetividad la perspectiva del otro. Me parece esto más importante que sustituir los nombres de «viejo» por el de «mayor», o realizar otros cambios nos sustantivos. Con el eco todavía del Día Internacional de la Personas Mayores, que ayer celebramos, cambiemos nuestra actitud hacia, como usted prefiera, los viejos o los mayores.

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2 respuestas a Los viejos no son como niños

  1. ¡Claro e ilustrativo!
    Las conclusiones relativas a un intercambio cultural y humano jóvenes-viejos, magnífico como sugerencia aunque probablemente se encuentren más proclives estos últimos que los primeros. En cualquier caso hay un campo de acción política y social sin abordar.
    Tiene Vd.en el artículo un embrión de libro al que le animo.
    Y también la sugerencia de que sin menoscabo del blog, dé Vd. a estos testimonios una mayor audiencia, en las páginas de opinión de algún rotativo. Estoy seguro de tanto el periódico como los lectores se lo agradecerán.

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