Ceguera para las caras

El lunes de la semana pasada proyectaron en un canal de televisión la película El rostro del asesino (Faces in the crowd). Si ha tenido ocasión de verla le habrá llamado la atención el problema de la protagonista, Anna Marchant (Mila Jovovich). Tras ser testigo involuntario de un crimen, cometido por un asesino en serie que aterroriza a la ciudad, sufre un grave accidente en la huida (cae de un puente) y queda inconsciente. Al despertar, Anna confunde a unas personas con otras, y no es capaz de reconocer ni los rostros de personas tan cercanas como su novio o su padre, incluso no reconoce su propio rostro en el espejo. Se ayuda de de la voz, el olfato o de ciertos detalles, como la corbata o el traje, así como de otras estrategias para intentar reconocer a las personas. Por lo demás, su funcionamiento cognitivo es perfecto y es éste su único problema, especialmente grave, porque, por supuesto, tampoco es capaz de reconocer al asesino que la persigue.
Algunas personas de mi entorno me realizaron esta esperada pregunta: ¿Es esto posible? ¿Ocurren casos semejantes? Sí, por supuesto que sí. Se trata de un caso de prosopagnosia, o de ceguera para las caras, es decir, de una incapacidad o gran dificultad para reconocer rostros familiares, de personas que normalmente resultaría fácil conocer.
El neurólogo Oliver Sachs, que tiene el mérito de haber hecho literatura de los casos clínicos, y cuyas obras les recomiendo, presenta un caso de prosopagnosia, al que da la expresiva denominación de El hombre que confundió a su mujer con un sombrero, que a su vez es el título de uno de los libros de Sachs en que se recogen otros casos clínicos (Editorial Anagrama). El protagonista aquí es un culto profesor de música, que no solo es incapaz de reconocer las caras de sus más allegados, sino que también reconoce como rostros objetos que, por supuesto, no lo son. Fuera de este problema de reconocimiento de caras y de algunos objetos, no presenta ningún déficit intelectual. Se trata de un personaje inteligente y bien preparado, cuyo examen neuropsicológico realiza Sachs de forma muy ocurrente y amena.
Aunque casos semejantes de incapacidad para el reconocimiento de caras ya habían sido descritos desde finales del siglo XIX, fue el neurólogo alemán Joachim Bodamer , quien utilizó por primera vez el nombre de prosopagnosia (del griego prosopon, cara y agnosia, ausencia de conocimiento), al publicar, en 1947, el caso de un joven que debido una lesión cerebral por herida presentaba este problema. La prosopagnosia, incluida dentro del concepto más amplio de agnosia, ocurre sin que exista lesión en el sistema ocular ni estar alterado el funcionamiento cognitivo general del sujeto (no se trata, por ejemplo, de una demencia).
En algunos casos el problema es específico y se limita al reconocimiento de las caras, mientras que en otros se extiende también a la incapacidad para reconocer objetos cotidianos. Se puede presentar con diferentes grados de gravedad, desde no reconocer en absoluto la cara de personas próximas, a reconocer que se trata de una persona conocida pero que no logra identificarla completamente; desde no recocer en absoluto, a ser capaz de reconocer con algunas pistas o «trucos». En otros casos el problema se concreta en la incapacidad de reconocer estados emocionales evidentes de otras personas por su rostro, o de cometer errores graves en el cálculo de la edad por el rostro. La prosopagnosia es diferente a la incapacidad para encontrar el nombre de la persona cercana a la vista de su rostro, a pesar de que se reconoce e identifica su rostro. En este caso se habla de prosopanomia.
En un principió se asoció de forma exclusiva la prosopagnosia a una lesión cerebral (prosopagnosia adquirida), pero posteriormente se han detectado casos de este trastorno sin lesión cerebral, presente ya desde edad muy temprana, incluso desde el nacimiento (prosopagnosia congénita o evolutiva), y con un componente genético importante. Este descubrimiento, relativamente reciente, ha elevado las cifras de la prevalencia del trastorno, que algunos estiman entre un 2% y un 2,5% de la población; posiblemente sea inferior al 2%. El mismo doctor Oliver Sachs ha reconocido padecer prosopagnosia en algún grado o, más exactamente, cierta dificultad congénita para el reconocimiento de rostros.
El reconocimiento de una cara, a pesar de la rapidez con que lo realizamos, es un proceso muy complejo. La información que captan nuestros ojos del rostro de una persona llega a las zonas del cerebro especializadas en el procesamiento de la información visual y allí se procesa, con la intervención de otras zonas cerebrales. Para reconocer una cara concreta es necesario encajar esa información visual con otras informaciones que poseemos de esa persona, como son el nombre y otras características, pero también es necesario diferenciarla de otras semejantes. Cualquier problema en una de estas fases provocará una alteración en el reconocimiento de un rostro.
Es probable que alguien se haga esta pregunta: «¿Tendré yo prosopagnosia?». Le diré que no por cualquier despiste o dificultad en el reconocimiento de una persona se puede ya concluir que se trata de prosopagnosia. La prosopagnosia implica una dificultad grave en el reconocimiento de caras, que afectaría incluso al reconocimiento de sus más allegados, y de modo constante, no en algunas circunstancias muy especiales. Con todo, puede ocurrir que uno enmascare su incapacidad para el reconocimiento de las caras con algunas pistas, como el peinado, la ropa, una mancha del rostro, etc. En cualquier caso, no existe un tratamiento específico para la prosopagnosia congénita. Algunos centros universitarios solicitan voluntarios, a través de sus sitios de internet, para investigar este problema, como primer paso su tratamiento. Puede usted visitar por ejemplo, la página de la Dra. Sarah Bate, de la Universidad de Bournemouth (http://prosopagnosiaresearch.org/) o la del profesor Ken Nakayama y del Dr. Brad Duchaine https://www.faceblind.org/research/).

Esta entrada fue publicada en Psicología, Uncategorized y etiquetada , , . Guarda el enlace permanente.

Una respuesta a Ceguera para las caras

  1. loretahur dijo:

    Interesantísimo post Enrique🙂

    De hecho, has concluido con la pregunta que se había cocido en mi cabeza durante la lectura, porque soy un auténtico desastre en el reconocimiento de las caras (a lo que se le suma también la velocidad con la que olvido nombres ;-)).

Los comentarios están cerrados.