Ignorancia pluralista

La expresión Pluralistic Ignorance –traducida al español normalmente por Ignorancia pluralista– fue acuñada en 1931 por los psicólogos sociales Daniel Katz y Floyd H. Allport, para describir el que, en ocasiones, la mayoría de los miembros de un grupo no están de acuerdo con una norma, creencia o modo de actuar del grupo, en su interior o de forma privada, pero cada uno de los sujetos cree –incorrectamente–, que todos o la mayoría de los miembros del grupo sí que están de acuerdo con esa norma, creencia o modo de actuar. De este modo, llega cada uno a mostrar que está de acuerdo con algo con lo que ni él ni muchos del grupo tampoco lo están. Algunas circunstancias fomentan el desarrollo de la ignorancia pluralista. Por ejemplo, la presencia de una minoría muy activa en el uso de la palabra, el que los medios de comunicación difundan o hagan muy visible un tipo de comportamiento, etc.

Esta forma de pensar y actuar incluye dos errores cognitivos. El primero consiste en realizar una comparación errónea al creer que los demás piensan o sienten de forma opuesta a como uno piensa o siente. El segundo error consiste en estar convencido de que es capaz de juzgar con exactitud lo que piensan los demás.

Sobre todo, el concepto de ignorancia pluralista, que está relacionada con otros fenómenos y efectos estudiados por la Psicología Social, sirve para explicar algunas conductas sociales relevantes. Así, en general, explica la discrepancia entre las conductas públicas y las creencias privadas. Uno públicamente apoya una determinada, idea, creencia o postura, que no comparte privadamente, porque cree erróneamente que la conducta de los demás significa que apoyan esa idea, creencia o postura. Veamos algunos ejemplos.

El profesor termina la explicación de una cuestión un tanto difícil y se dirige a los alumnos: «¿Tienen alguna duda? ¡El que no lo haya entendido bien, que levante el brazo!». Silencio. Ningún brazo se levanta. Ricardo, que está en la fila cuarta, no ha entendido bien la explicación y desearía hacer un par de preguntas. Pero, a la vista de que nadie pregunta nada, se dice a sí mismo: «Todos lo han entendido menos yo. Soy yo el único que no lo ha entendido. Pero no puedo preguntar las dudas, pues pensarán que soy tonto, el tonto de la clase». En realidad, la clase está llena de «Ricardos», pero cada uno interpreta que el que no pregunten los demás es porque lo han entendido bien y que él es el único que no lo ha entendido.   

Debora A. Prentice y Dale T. Miller demostraron la presencia de la ignorancia pluralista en el consumo excesivo y frecuente de alcohol entre los universitarios. En ese estudio se percibía que la norma o regla social era el consumo importante de alcohol: «Es normal pasarse en la bebida». Según Prentice y Miller los universitarios estimaban que tanto el promedio como sus amigos experimentaban menos malestar con el consumo de alcohol que el que ellos experimentaban. Por una parte está el hecho de la destacada visibilidad de los que inicialmente beben mucho, que hace pensar que se trata de un comportamiento normal, y por otra el miedo a mostrar su descuerdo en público y ser reprobado por los demás.

La ignorancia pluralista también se ha observado y estudiado en las decisiones de grupo, sobre todo en empresas y otras organizaciones (James D. Westphal y Michael K. Bednar). Leaf Van Boven relaciona la ignorancia pluralista con la expresión y los comportamientos «políticamente correctos». Según J. Nicole Shelton y Jennifer A. Richeson el fenómeno de la ignorancia pluralista puede explicar también la inhibición en el acercamiento y contacto entre grupos, concretamente entre grupos de diferente raza. Incluso se ha aplicado a la actitud de retraimiento que algunos casos se observa entre personas que se sienten mutuamente atraídas, pero que no lo expresan. Tracy A. Lambert y sus colegas, así como Stella C. Chia y Waipeng Lee, en estudios diferentes, han aplicado la ignorancia pluralista al comportamiento sexual entre jóvenes, mostrando la frecuente presencia de este fenómeno al interpretar los verdaderos sentimientos de la otra persona en el inicio y avance de las relaciones sexuales, sobre todo en las ocasionales. También se puede relacionar la ignorancia pluralista con el llamado efecto espectador, es decir, la reacción constatada con cierta frecuencia de que los espectadores no intervienen de ninguna manera en situaciones de emergencia. Sin pretender agotar las referencias a los estudios realizados sobre este tema, me parece apropiado indicar que a muchos padres les resultará familiar esta expresión: «Todo el mundo lo hace».

Como se ve, las consecuencias de la ignorancia pluralista pueden resultar importantes, tanto para los individuos en particular como para el mismo grupo. Algunos se pueden ver a sí mismos como desviados e inferiores respecto a los demás, lo que les lleva a intensos sentimientos de inadecuación. Como ya hemos indicado, los grupos pueden mantener modos de actuar poco adecuados o negativos. Por ejemplo, el que los jóvenes adopten patrones de consumo excesivo de alcohol, o que en las organizaciones se tomen o mantengan decisiones claramente no correctas.

En general, cada miembro, con el fin de ser apreciado o no rechazado por el grupo se manifiesta públicamente de acuerdo con la norma, con lo que el grupo hace, a la vez que piensa que él y solo él está en desacuerdo con lo que piensan o hacen los demás, es decir, experimenta un conflicto entre lo que cree o siente y lo que cree que tiene que creer (la norma del grupo). Las normas sociales nos dictan, en las interacciones con los demás –en la clase, en el trabajo, en el grupo de amigos o conocidos, en las relaciones de pareja, etc.–, lo que está bien y lo que está mal; lo que resulta aceptable y lo que resulta inaceptable. Son normas omnipresentes que guían nuestra conducta. Pero, si bien nuestra conducta se adapta estas normas, su cumplimiento no refleja automáticamente el grado en que nos sentimos identificados con ellas ni cómo nos sentimos de verdad. Con frecuencia experimentamos dudas y recelos sobre la conducta y decisiones del grupo, pero las apagamos para evitar el máximo castigo que es el ser mal visto o excluido.

¿Cómo prevenir o atajar las consecuencias negativas de la ignorancia pluralista? No resulta fácil. La presión del grupo para la conformidad es potente, sobre todo durante los años de la adolescencia. La educación es sin duda la mejor vacuna o remedio para evitar este problema. Además de divulgar estos conocimientos de la psicología social, conviene informar también, con datos, de los importantes porcentajes de no conformidad interna que hay en muchos casos.  

Un cuento que –creo– viene a cuento

A algunos de los lectores lo leído hasta aquí les habrá traído a la memoria el tema de un conocido cuento, extendido ampliamente en el espacio y en el tiempo, del que existen diferentes versiones, incluyendo uno de los entremeses de Cervantes (El retablo de las maravillas). Aunque alargue un poco la entrada, se lo voy a resumir. Seguiré el «Exemplo XXXII» del Conde Lucanor, que luego adaptó el conocido escritor de cuentos danés Hans Christian Andersen, con el nombre de El traje nuevo del emperador. En esta versión de Andersen el tema es el mismo, pero se cambian algunos detalles: el rey es emperador, la condición para no ver el paño es distinta, el negro es un niño, etc. Utilizo la versión moderna de la obra del don Juan Manuel, que se encuentra en la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes (http://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/el-conde-lucanor–0/html/)

Tres pícaros llegan al palacio del rio moro y le explican que son capaces de tejer un bello paño, que tiene la rara cualidad de que solo puede ser visto por aquellos que sean hijos de quien creen ser su padre. Esto le pareció muy bien al rey, pues por aquel medio sabría quiénes eran hijos verdaderos de sus padres y quiénes no, para, de esta manera, quedarse él con sus bienes, porque los moros no heredan a sus padres si no son verdaderamente sus hijos. Con esta intención, les mandó dar una sala grande para que hiciesen aquella tela. Simulan los tres pícaros que están realizando su tarea y la explican con todo lujo de detalles, cuando, en realidad, no están tejiendo ningún paño.

El rey envía a varios servidores a ver cómo va la obra y todos vuelven admirados de las maravillas del paño. Cuando todos los enviados del rey le aseguraron haber visto el paño, el rey fue a verlo. Entró en la sala y vio a los falsos tejedores hacer como si trabajasen, mientras le decían: «Mirad esta labor. ¿Os place esta historia? Mirad el dibujo y apreciad la variedad de los colores». Y aunque los tres se mostraban de acuerdo en lo que decían, la verdad es que no habían tejido tela alguna. Cuando el rey los vio tejer y decir cómo era la tela, que otros ya habían visto, se tuvo por muerto, pues pensó que él no la veía porque no era hijo del rey, su padre, y por eso no podía ver el paño, y temió que, si lo decía, perdería el reino. Obligado por ese temor, alabó mucho la tela y aprendió muy bien todos los detalles que los tejedores le habían mostrado. Cuando volvió a palacio, comentó a sus cortesanos las excelencias y primores de aquella tela y les explicó los dibujos e historias que había en ella, pero les ocultó todas sus sospechas.

El rey envía al gobernador, a su valido, etc. para que le informen sobre la confección del paño y todos elogian su belleza. Cuando llegó el día de la fiesta, los tejedores le trajeron al rey la tela cortada y cosida, haciéndole creer que lo vestían y le alisaban los pliegues. Al terminar, el rey pensó que ya estaba vestido, sin atreverse a decir que él no veía la tela. Y vestido de esta forma, es decir, totalmente desnudo, montó a caballo para recorrer la ciudad; por suerte, era verano y el rey no padeció el frío. Todas las gentes lo vieron desnudo y, como sabían que el que no viera la tela era por no ser hijo de su padre, creyendo cada uno que, aunque él no la veía, los demás sí, por miedo a perder la honra, permanecieron callados y ninguno se atrevió a descubrir aquel secreto.

Pero un negro, palafrenero del rey, que no tenía honra que perder, se acercó al rey y le dijo: «Señor, a mí me da lo mismo que me tengáis por hijo de mi padre o de otro cualquiera, y por eso os digo que o yo soy ciego, o vais desnudo». El rey comenzó a insultarlo, diciendo que, como él no era hijo de su padre, no podía ver la tela. Al decir esto el negro, otro que lo oyó dijo lo mismo, y así lo fueron diciendo hasta que el rey y todos los demás perdieron el miedo a reconocer que era la verdad; y así comprendieron el engaño que los pícaros les habían hecho. Y cuando fueron a buscarlos, no los encontraron, pues se habían ido con lo que habían estafado al rey gracias a este engaño.

No siempre hay, como ocurre en este cuento, quienes escuchan y aceptan lo que dice el negro, o del niño. Con frecuencia resulta muy difícil, incluso heroico, actuar como el negro o como el niño. En algunos centros de decisión, organizaciones y grupos se procura que estén ausentes los negros y los niños. Resultaría socialmente importante que se pronunciase más esta frase: «¡El rey va desnudo!»

 

Esta entrada fue publicada en Grupo, Psicología, Psicología Social y etiquetada , , , . Guarda el enlace permanente.

6 respuestas a Ignorancia pluralista

  1. Anonimous dijo:

    En definitiva la torpe y recurrente debilidad de no querer separarse del ‘consenso’ por el pánico a que la sociedad nos catalogue de ‘raros’, antes que de auténticos.
    Como siempre muy interesante.

  2. JPA dijo:

    Es muy interesante, porque es una realidad muy frecuente.

    En los estudiantes creo que se da también a la hora de participar en clase para no ser tildado de “pelota”, aparte de no preguntar para no quedar como un ingnorante como expone en su post, ¿Cree usted Don Enrique que la edad puede ser un factor potenciador en esta ignoracia pluralista? Yo he de reconocer que alguna vez me ocurría esto -no preguntar por miedo a ser el ignorante de clase- aunque, al llegar a la universidad, se me fue quitando este temor y ya cada vez preguntaba más en clase y los demás compañeros también y no se veía tan “mal” preguntar como cuando estaba en el colegio.

    En mi opinión, pienso que tenemos que ejercitar la opinión personal sin que importe lo que digan los demás. Es fácil decir esto, nos podemos abstraer de que vivimos en comunidad, pero a la larga es mejor: es mejor preguntar en una reunión algo que no se ha entendido que hacer lo encomendado mal por no haber preguntado…es mejor aprobar un exámen porque se preguntó en clase que suspender el exámen porque no se preguntó por miedo…etc. y en el terreno de las opiniones también. Pienso que debemos dejar un poco de lado lo “politicamente correcto” (que no el respeto, eso nunca se debe dejar de lado) al dar nuestra opinión. Al final, ser honesto con uno mismo es lo mejor, aunque pueda costar en un principio, al final “sale mas caro” guardarse la discrepancia dentro. Quizás aquí se podría aplicar el refrán “Mas vale vergüenza en cara que dolor de corazón”

    Un saludo y gracias por esta nuevo post en su blog.

    • Muchas gracias por su interés y extenso comentario. Respecto a la edad en que puede ser más probable este fenómeno, indico en el último párrafo antes del cuento, que, durante los años de la adolescencia, la presión para conformidad con el grupo es especialmente potente.

  3. lur dijo:

    Muchas gracias por esta gran explicación, estoy estudiando segundo de Trabajo Social por la Uned, concretamente Psicología Social y por fín me ha quedado clara esta terminología de ignorancia pluralista.
    Mil gracias

  4. José Antonio Gómez Yáñez. dijo:

    Me ha parecido una excelente explicación. Desde la perspectiva de la psicología me parece que sería interesante diferenciar la “ignorancia pluralista” de la “espiral de silencio” (Noelle Neumann). Ambos mecanismos sociales tienen resortes parecidos, aunque sean distintos. En la espiral de silencio entran elemento coercitivos conocidos por el individuo, sabe que expresar una opinión llevará aparejada una sanción social de sus “redes sociales”, pero también de los “aparatos de poder”. Esto lo explica muy Zweig en sus escritos sobre el comienzo de la I Guerra Mundial y el clima que se vivía en Viena.
    De la espiral de silencio como resorte para explicar, por ejemplo, las desviaciones de las encuesta se abusa en sociología. En muchas ocasiones se confunde con la “ignorancia pluralista” mucho menos conocida y creo que con una desafortunada traducción al castellano. Sería algo así: “darse cuenta de que somos más”
    Me gustaría conocer su opinión porque me ha parecido muy buena su explicación.
    Un saludo
    José Antonio Gómez Yáñez.

    • La “ignorancia pluralista” está dentro de la psicología social y, más concretamente, de la psicología de los pequeños grupos (no tanto desde una perspectiva macrosocial). Hay varios estudios empíricos realizados sobre esta cuestión. La propuesta de Noelle Neuman está enmarcada sobre todo, en la sociología. Son en gran parte coincidentes; la diferencia está sobre todo en el punto de análisis. Ni mucho menos se oponon. Gracias por su comentarios.

Los comentarios están cerrados.