En el día del Libro

Biblioteca y presa de pantanoUn año más celebramos el Día Internacional del Libro. Digo «un año más» porque, según el pesimismo que se respira en ciertos ambientes (editores, distribuidores, autores), no parece que el libro atraviesa sus mejores momentos, ni que su futuro resulta muy esperanzador. Algunos, incluso, le auguran pocos años de vida, lo cual no parece muy verosímil, si tenemos en cuenta las cifras de la producción anual de libros. No, no creo que la muerte del libro sea inminente. Ni mucho menos.
Con frecuencia se piensa en internet y en las tecnologías digitales como el principal enemigo del libro. La pantalla luminosa y los contenidos de la red, accesibles con la punta del dedo, sustituirían al esfuerzo de pasar las páginas; en lugar del libro, la pantalla. Tampoco creo que la tecnología y la era digital sean los principales enemigos del libro. Por el contrario, hoy tenemos acceso, precisamente a través de internet y gracias a la digitalización, a bibliotecas y libros a los que, de otra manera, nos resultaría muy difícil o imposible acceder. Tal vez internet –como los libros electrónicos y las tabletas– puedan herir al libro en soporte de papel, pero no al libro en sí, no a lo sustancial del libro, que es –o debería ser– la decantación en palabras escritas de un saber, de una experiencia y de una reflexión, que añade o aporta algo a los lectores. Estoy seguro de que el invento de Gutenberg también suscitó recelos respecto a la supervivencia del libro manuscrito, con una historia tan prolongada hasta el comienzo de los libros impresos. En 1477, no muchos años después de la invención de la imprenta, Hieronimo Squarciafico, humanista y conocido editor veneciano, expresó su preocupación respecto a este nuevo invento: «La abundancia de libros hará a los hombres menos estudiosos».
Tal vez el enemigo del libro sea otro, o sean otros: la publicación indiscriminada y la lectura superficial. Citaré de forma extensa a Ortega y Gasset en su conferencia y ensayo Misión del bibliotecario. En la última parte de este breve escrito sobre la misión y tarea del bibliotecario, se refiere al libro y al autor, para afirmar:
«Hay, por tanto, abuso sustancial de la forma de vida humana que es el libro, siempre que alguien se pone a escribir uno sin tener previamente algo que decir de entre lo que hay que decir y que no haya sido escrito antes. Mientras el libro fue afán individual se conservó su auténtico sentido con relativa pureza. Mas apenas se convirtió en interés social y con ello resultó un negocio crematístico o de prestigio hacer libros, comenzó la fabricación del falso libro, de unos objetos impresos que se benefician de su externo parecido con el verdadero libro».
Son estas palabras una invitación a la reflexión a los que escribimos libros: ¿De verdad tenemos algo nuevo que decir? ¿Aportamos algo? ¿Vale la pena talar varios árboles y contaminar el planeta con las tintas y otros productos que se necesitan para imprimir un libro? No creo que todo lo que escribimos suponga una aportación significativa, que merezca la pena. En sus reflexiones, publicadas en 1935, resume Ortega los atributos negativos del libro con estas palabras:
« Hay ya demasiados libros. Aun reduciendo sobremanera el número de temas a que cada hombre dedica su atención, la cantidad de libros que necesita ingerir es tan enorme que rebosa los límites de su tiempo y de su capacidad de asimilación».
La selva bibliográfica es impresionante. Desde 1935 al 2014 la cifra anual de publicación de libros se ha disparado. Seguro que hoy Ortega sería más contundente en sus palabras e insistiría en aquella frase que se le atribuye: «La decimoquinta Obra de Misericordia es no publicar libros».
Por supuesto, no todo el problema está en el autor ni en la producción indiscriminada de libro. El libro necesita para su supervivencia plena y fructífera del concurso del lector. De un lector que lee activamente, que asimila el libro, que lee entre líneas, que dialoga mentalmente con el autor. Y no de un lector que lee, o pasa las páginas, de este o de este otro libro como un objeto más de consumo, que lo lee «porque todos los leen», porque está de moda. El pensamiento de cualquier autor, decantado en un libro, es limitado y fruto de unas circunstancias. El lector es quien debe revivir el libro desde su circunstancia actual y, de alguna manera, reescribirlo, escribirlo de nuevo con el autor. Como lectores no podemos guiarnos en la selección solo ni principalmente por la novedad, por el hecho de que este libro acaba de salir o porque todos hablan de él. Hay libros que son eternos y que esperan que los tomemos para releerlos o leernos de nuevo. Sin despreciar, por supuesto, las importantes aportaciones de los autores contemporáneos y las novedades que son verdaderas novedades, quería salir al paso de esa tendencia a despreciar con facilidad un libro porque ya es de hace años, porque no es lo último. Así como el exceso de libros poco relevantes, que no aporten nada importante, puede llegar a asfixiar al libro, también una actitud superficial generalizada hacia el libro y la lectura puede terminar con él. El lector completa la tarea y la creación del autor, cuando lee de forma activa y creativa. Leer y pensar.
«El libro, pues, al conservar sólo las palabras, conserva sólo la ceniza del efectivo pensamiento. Para que éste reviva y perviva no basta con el libro. Es preciso que otro hombre reproduzca en su persona la situación vital a que aquel pensamiento respondía. Sólo entonces puede afirmarse que las frases del libro han sido entendidas y que el decir pretérito se ha salvado… Cuando no se hace esto, cuando se lee mucho y se piensa poco, el libro es un instrumento terriblemente eficaz para la falsificación de la vida humana».
Y termina Ortega con una cita del Fedro de Platón, en la que se recogen las palabras con las que el rey Thamus reprende a Teuth el inventor de la escritura. Es un toque de atención al peligro de leer como mera acumulación de saber superficial, sin profundidad ni organización.
«Confiando los hombres en lo escrito, creerán hacerse cargo de las ideas, siendo así que las toman por de fuera, gracias a señales externas, y no desde dentro, por sí mismos… Atestados de presuntos conocimientos, que no han adquirido de verdad, se creerán aptos para juzgar de todo cuando, en rigor, no saben nada y, además, serán inaguantables porque, en vez de ser sabios, como se supone, serán sólo cargamentos de frases».
No es posible, sin caer en una situación peor, censurar, prohibir o limitar la publicación de libros, para dejar solo los selectos, los que de verdad valgan la pena. ¿Quién sería el juez imparcial de esta decisión? Lo que sí podemos es aprender –tarea de toda la vida– a ser buenos lectores. Lectores que seleccionan, piensan y saborean los libros, y no simplemente los tragan sin digerirlos. Tiene que haber libros para todos. Pero el libro debe elevar al lector, hacerle crecer como persona, hacerle un poco mejor de lo que es.
Desde aquí mi agradecimiento más sincero a todas las personas que tienen como tarea principal o complementaria el orientar la lectura de otras personas, sobre todo de los niños. Bibliotecarios, profesores, padres, etc. No os desaniméis en vuestra tarea de acercar a cada persona el libro que más le conviene.

Les invito a leer también la entrada de este mismo blog del Día Internacional del Libro del año 2013: https://enriquepallares.wordpress.com/2013/04/24/el-nino-lector/

 

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3 respuestas a En el día del Libro

  1. Isidro dijo:

    Enrique; Los que tenemos una cierta edad aún seguimos disfrutando de los libros,, me recuerdo un verano a final de los 40, que al finalizar el curso, nuestro maestro Don José Pallarés, nos regaló unos libros para que los leyésemos durante las vacaciones del verano, y hoy al leer tu comentario respecto al libro, me doy cuenta que aquél maestro de pueblo, y la época que atravesamos, él ya sabía lo que hacía y lo que deseaba. Ha sido una gran alegría para quien suscribe, volver ha rememorar tiempos pasados, un saludo Isidro

    • Muchas gracias, Isidro, por tu comentario y por el buen recuerdo que guardas de mi padre. Saludos cordiales, Enrique

      • Mariana dijo:

        No, solo decir lo bonito que me ha parecido el recuerdo del alumno a su antiguo profesor.
        Yo no tengo esos recuerdos tan bonitos, yo me acurdo de mi profesora que me dio una bofetada(reconozco que no era una gran estudianta)y en su mano una gran sortija, y me dijo: Quien bien te quiere te hará llorar. No le guardo ningún sentimiento malo, pero esa frase no seme ha olvidado .Enhorabuena por ese gran profesor.
        Perdón por salirme del tema.

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