Una cita de Luis Buñuel sobre la memoria

Centro Luis Buñuel de CalandaLa última semana de abril la pasé en La Codoñera (Teruel), pueblo de mi familia al que acudo con cierta frecuencia. A unos 20 kilómetros de La Codoñera, en Calanda, nació el año 1900 Luis Buñuel Portoles, mundialmente famoso por sus películas. ¿Qué relación tiene Luis Buñuel con la psicología? Nació precisamente el mismo año que Sigmund Freud publicó La interpretación de los sueños, considerado uno de los libros más importantes e influyentes del siglo XX. En varias de las películas de Buñuel aparece con claridad la influencia del psicoanálisis freudiano y la concepción del inconsciente propuesta por Freud resulta esencial para comprender la filmografía de este aragonés de fama universal. Pero no voy a referirme al surrealismo de Buñuel, tan relacionado con la teoría freudiana, ni tampoco a ninguna de sus películas. Voy a presentarles unos párrafos de su libro Mi último suspiro (Mon dernier soupir. Paris, 1982), un libro «semibiográfico», según el mismo Buñuel, en el que recoge los recuerdos de su vida, incluyendo tal vez «algún que otro falso recuerdo».
Durante mi estancia en La Codoñera se estaba imprimiendo aquí (concretamente, en Grafo, de Basauri) mi último libro –ahora en proceso de distribución–, que trata sobre la memoria. (En una próxima entrada de este blog les informaré con más detalle de este libro). Por diferentes razones, no aparecen en mi libro varias cuestiones y citas interesantes relacionadas con la memoria, que por otra parte tenía preparadas para ser publicadas. Algunas las reservé para publicarlas en este blog. Cuando esos días contemplaba la familiar y saliente silueta del Tolocha, el monte mágico a cuyos pies está Calanda y Foz-Calanda, me venían a la memoria –por uno de esos caprichos asociativos de nuestro proceso de recordar– los párrafos sobre la memoria del libro de Buñuel al que me he referido en el párrafo anterior. Mi último suspiro recoge sus recuerdos, la reconstrucción que hace su memoria de lo más importante para él de las ocho décadas anteriores de su vida. En el primer capítulo habla explícitamente sobre la memoria; lo titula «Memoria» y en él se incluyen estos párrafos:

«Hay que haber comenzado a perder la memoria, aunque sea sólo a retazos, para darse cuenta de que esta memoria es lo que constituye toda nuestra vida. Una vida sin memoria no sería vida, como una inteligencia sin posibilidad de expresarse no sería inteligencia. Nuestra memoria es nuestra coherencia, nuestra razón, nuestra acción, nuestro sentimiento. Sin ella no somos nada. La memoria, indispensable y portentosa, es también frágil y vulnerable. No está amenazada sólo por el olvido, su viejo enemigo, sino también por los falsos recuerdos que van invadiéndola día tras día… La memoria es invadida continuamente por la imaginación y el ensueño y, puesto que existe la tentación de creer en la realidad de lo imaginario, acabamos por hacer una verdad de nuestra mentira. Lo cual, por otra parte, no tiene sino una importancia relativa, ya que tan vital y personal es una como la otra».

Pienso que esta cita podría servir de introducción para un curso o una charla sobre la memoria, pues se refiere a dos aspectos importantes de la memoria: su función esencial y su falibilidad o tendencia a la distorsión. Destaca, en primer lugar, el papel esencial de la memoria para nuestro funcionamiento intelectual y nuestra actividad cotidiana, así como para nuestra misma identidad personal. Cito en mi libro la frase de un psicólogo actual, que sustituye la conocida frase relativa a la dieta «somos los que comemos» por esta otra: somos lo que recordamos. Mientras algunos consideran un logro el destierro, o casi destierro, de la práctica de la memoria en el aprendizaje escolar –tal vez como una reacción pendular a su sobrevaloración y abuso en épocas pasadas–, el temor a perderla es cada vez mayor en la gente. Con frecuencia, ni siquiera se dice o reconoce el miedo a perder la memoria, y en su lugar se habla de perder la cabeza. Por el contario, cuando hablamos de una persona mayor con importantes limitaciones físicas, se añade en ocasiones, como algo muy valioso que no perdido: «Pero conserva la cabeza». Porque perder la memoria es perder la cabeza. El derrumbe de la memoria arrastra el del resto de las facultades intelectuales. La memoria es algo más que «la inteligencia de los que no tienen inteligencia». Es la base de nuestro conocimiento del mundo, del razonamiento y de la toma de decisiones. Buñuel recuerda el caso de su madre:

«Durante los diez últimos años de su vida, mi madre fue perdiendo poco a poco la memoria. A veces iba a verla a Zaragoza, donde ella vivía con mis hermanos, le dábamos una revista que ella miraba, de la primera página a la última. Luego, se la quitábamos para darle otra que, en realidad, era la misma. Ella se ponía a hojearla con idéntico interés. Llegó a no reconocer a sus hijos, a no saber quiénes éramos ni quien era ella. Yo entraba, le daba un beso, me sentaba un rato junto a su lado –físicamente mi madre gozaba de muy buena salud y hasta estaba bastante ágil para su edad–; luego salía y volvía a entrar. Ella me recibía con la misma sonrisa y me invitaba a sentarme como si me viera por primera vez y sin saber cómo me llamaba».

Afirma también Buñuel en el primer párrafo transcrito que el olvido no es la única amenaza de la memoria. Efectivamente, los falsos recuerdos y la tendencia a la distorsión constituyen otra amenaza, aunque, tal vez, más que una amenaza, expresan la realidad de nuestra memoria falible y activa. En lugar de reproducir con exactitud, como un magnetofón o un vídeo, nuestra memoria reconstruye o construye. Esta naturaleza de la memoria, que tan certeramente intuyó y desarrollo el prestigioso psicólogo británico Sir Frederic Bartlett, constituye hoy el punto de partida sobre el valor del recuerdo en ámbitos de tanta repercusión humana y social como es el testimonio judicial. Reconocer esta característica reconstructiva de nuestra memoria es reconocer su punto débil, pero a la vez su flexibilidad o, en todo caso, su realidad humana. No somos un aparato electrónico de registro. Recordamos con nuestra afectividad, con la influencia del grupo, según nuestras expectativas, etc. Pero este reconocimiento de la debilidad o verdadera naturaleza de la memoria humana no se ha de entender como una carta blanca que justifique la distorsión caprichosa de la realidad, sino como una invitación a que nuestro recordar sea cuidadoso y cauteloso.
Apreciemos, pues, la memoria. Reconozcamos su fragilidad y tratemos de ejercitarla, así como de ajustar con la mayor exactitud nuestros recuerdos. Practiquemos también la sonrisa sincera y auténtica, con el fin de que, si perdemos la memoria, nos quede la sonrisa amable, tranquila y tranquilizadora que observaba Buñuel en su madre, expresión y permanencia de una visión benevolente del mundo y de las personas. La sonrisa como memoria o síntesis de una vida en paz con uno mismo y con los demás. Nuestra sonrisa como el mejor recuerdo para los demás.

Fotografía: Centro Luis Buñuel de Calanda (Teruel).

Luis Buñuel Portolés (1900-1983): Mi último suspiro. Barcelona: Plaza & Janés, 1982. (título original: Mon dernier soupir. Paris, 1982).

 

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2 respuestas a Una cita de Luis Buñuel sobre la memoria

  1. Jose María Keynes dijo:

    Querido Enrique,Todos tus posts son interesantes.
    Este es muy impactante.
    ¡Hay que comprar tu libro a toque de corneta!
    ciao
    m

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