Estimar y valorar a los demás

medaille RousseauLlevo varias semanas sin publicar entradas en este blog. Algunos de los seguidores y lectores llegarán incluso a sospechar que lo habré abandonado. La verdad es que no; no lo he cerrado; sigo adelante. Lo que ocurre es que estas últimas semanas estoy más centrado en la lectura (de psicología y también de otros temas), en tantear la posibilidad de un futuro libro –todavía no he concretado con seguridad cuál será el próximo, aunque tengo algo entre manos– y en algún escrito de mayor longitud que una entrada de blog. Con toda razón, podrán decir ustedes que una cosa no quita a la otra, y que no descuide el blog por dedicarme con mayor intensidad esas otras tareas. Voy a procurar hacerlo.

En la búsqueda bibliográfica sobre el orgullo y la arrogancia, dentro de un posible trabajo sobre las emociones humanas, me he encontrado con varias citas, que no forman parte de las investigaciones y estudios realizados por psicólogos, pero no por ello menos importantes y sugerentes. Con ellas voy a preparar esta entrada. La primera cita es del jesuita aragonés del siglo XVII Baltasar Gracián (1601-1658), tomada de ese compendio de sabiduría, precisión y agudeza que es el Oráculo manual y arte de prudencia. Dice así:

«Saber estimar. Ninguno hay que no pueda ser maestro de otro en algo; ni hay quien no exceda al que excede. Saber disfrutar a cada uno, es útil saber. El sabio estima a todos, porque reconoce lo bueno en cada uno, y sabe lo que cuestan las cosas de hacerse bien; el necio desprecia a todos por ignorancia de lo bueno, y por elección de lo peor». [Baltasar Gracián: Oráculo manual y arte de prudencia. Nº 195].

Llama la atención las afirmaciones rotundas de Gracián: «Ninguno», «Todos». Pensamos, en el mejor de los casos, que solo unos cuantos, muy pocos, los especialistas en las materias que deseamos dominar y reconocemos que no dominamos, son los que nos pueden enseñar y de los que podemos aprender. Pero, si ampliamos el horizonte de todo lo que es posible aprender en esta vida, en lugar de reducirlo a los conocimientos académicos o a las habilidades más visibles, tal vez sea verdad que podemos aprender algo de muchos más, incluso de todos. El repertorio de las fortalezas humanas es muy amplio: solidaridad, fidelidad a la amistad, cordialidad, saber persistir y también saber ceder en su momento, amor, fidelidad, sano sentido del humor, perdón, gratitud, transmitir serenidad y paz, interés por aprender, empatía, generosidad, compasión, y un largo etcétera. Los lugares de aprendizaje son muy variados y las personas que imparten estas enseñanzas son las que a veces menos esperamos. No se trata casi siempre de una lección formal y concreta, sino de la gran lección de la sencillez. Lo más sencillo y cotidiano, que casi pasa inadvertido, con frecuencia encierra gran profundidad. Parece, pues, que sí es posible aprender algo de cada uno de los demás. En el último extremo, de algunas personas podemos aprender, por lo menos, lo que no debemos hacer, es decir, podemos aprender en negativo.

El niño parece el modelo y ejemplo más evidente de aprendiz: solo aprendiz; maestro y discípulo, cada uno en su puesto; que el niño aprenda del maestro. Sin embargo, el lema del Instituto Juan Jacobo Rousseau, fundado por el psicólogo y pedagogo Édouard Claparède (1873-1940) y actualmente integrado en la Universidad de Ginebra como Facultad de Ciencias de la Educación, dice así: «Discat a puero magister» («Que el maestro aprenda del niño»). Esta famosa institución pedagógica, lugar de la docencia e investigación del eminente e influyente psicólogo Jean Piaget (1896-19980), expresó y condensó en este lema el giro copernicano que se introdujo en la pedagogía, al pasar a tomar al niño como centro del aprendizaje (el puerocentrismo). La sentencia, que fue elegida por el fundador, está grabada debajo de un relieve en el que aparece el gran pedagogo y psicólogo suizo Johann Heinrich Pestalozzi (1746-1827) con un niño. Merece la pena comprender la verdad profunda que encierra esta sentencia («Discat a puero magister», «Que el maestro aprenda del niño») y plantear la posibilidad de generalizarla, más allá del niño, a otros que consideramos «niños», es decir, inferiores. Por supuesto, no se ha de entender como una defensa o elogio del niño sabelotodo, caprichoso y pequeño tirano, que pretende estar por encima de todo y de todos. En general, del que menos lo esperamos podemos aprender algo, siempre que nos liberemos de la miopía y reducción del campo visual de la autosuficiencia.

El orgullo, o más exactamente el engreimiento, es la actitud de creerse por encima de los demás, de intentar poner un abismo entre mi yo, inflado –engrandecido artificialmente por el relleno inconsistente de la propia vaciedad– y los demás. Como ya lo dijo François de La Rochefoucauld, el orgullo no más que una endeble defensa para evitar el dolor que produce reconocer las imperfecciones y limitaciones que tiene el que lo muestra sin reconocerlo.

«Parece como si la naturaleza, que tan sabiamente ha dispuesto los órganos de nuestro cuerpo para hacernos felices, nos hubiera dado también el orgullo para ahorrarnos el dolor de conocer nuestras imperfecciones». [La Rochefoucauld. Máximas, nº 36].

Siguiendo a Baltasar Gracián, tal vez todo se resuma en una invitación a ser sabio indagador de lo que es posible aprender de cada uno de los demás y a evitar la tentación, siempre presente, de la necedad de la autosuficiencia. Ahora bien, también es necesario reconocer que los demás también pueden aprender algo de nosotros, que, sin sentarnos en una cátedra y sin la toga de la vanidad, también podemos enseñar y dar algo a otras muchas personas. Al fin y al cabo, humildad no es creerse inferior a los demás, sino reconocer nuestras debilidades, pero también nuestras fortalezas.

 

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4 respuestas a Estimar y valorar a los demás

  1. Jose María Keynes dijo:

    Magistral post, Enrique.

  2. Isidro dijo:

    Gracias Enrique; yo personalmente con mis 75 años cada vez que me llega algún trabajo tuyo, me hago mayor, siempre tienes una frase que nos hace reflexionar, jamás dices algo por propio interés personal, estos hechos en el mundo en que vivimos posee un valor añadido, que es la entrega a los demás, sin esperar nada a cambio, un saludo Isidro.

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