Reciclar para la paz un objeto bélico

IMG_1193Este peculiar florero, que ven en las fotografías, es un objeto familiar y en la actualidad un tanto raro, que exige un breve comentario. Lo he visto en casa de mis padres desde niño, desde siempre; en Ablitas, luego en Tudela y, por fin, en La Codoñera, en la casa de mi hermana; a donde regresó hace unos años tras su periplo de varias décadas por Navarra. Sí; volvió a su lugar de procedencia, porque IMG_1194pertenece a una bala de obús disparada en estas tierras del Teruel, donde la Guerra Civil –o ‘Incivil’– fue especialmente cruenta. Es el casquillo o parte que quedaba junto al mortero, después de salir la bala. Desconozco dónde fue fabricado y cuál de los dos bandos contendientes lo utilizó. Lo que está claro es que era un objeto para causar la muerte y la destrucción.

Tras el paso devastador de la Guerra quedaron por estos pueblos numerosos ejemplares, como el presente o semejantes a él. Muchos de ellos fueron vendidos por los que los recogieron, con el fin de extraer algún beneficio económico, a modo de mínima compensación por los cuantiosos perjuicios que les ocasionó la Guerra.

IMG_1196El ejemplar de las fotografías fue ‘reciclado’ como recipiente para flores, a modo de jarrón, sin requerir mucho esfuerzo, pues solo precisó de una buena limpieza por parte de mi madre. Desconozco sus características técnicas –antes he hablado de ‘bala de obús’ por decir algo, pero mis conocimientos de artillería, y en general de armamentística, son absolutamente nulos– y solo me interesa el destino no destructor y ornamental que le dio mi madre a esta herramienta originariamente bélica. Lo mismo hicieron otras personas, pues he visto ‘floreros’ semejantes en otras casas. Así, un objeto destinado a la muerte y a la destrucción, quedó convertido en un recipiente para flores: su mejor y más adecuado uso: de lo feo a lo bello, de lo malo a lo bueno. Recuerda este reciclaje el gesto de los soldados portugueses en la Revolución de los Claveles del 25 de abril de 1974, que introducían un clavel en el cañón de sus fusiles para mostrar de este modo su decisión de no utilizarlos. La diferencia es que aquellos fusiles, cuando el clavel se marchitó, estuvieron dispuestos otra vez para su finalidad bélica, aunque, eso sí, ya no bajo el control de un dictador. Estos casquillos, no: quedaron destinados a ser floreros para siempre. Al final, es el sano sentido común del pueblo llano quien da el uso más apropiado a las armas. «De las espadas forjarán arados; de las lanzas podaderas. No alzará la espada pueblo contra pueblo, no se adiestrarán para la guerra» (Isaías, capítulo 2). El deseo ardiente de la humanidad.

Decía el político y periodista francés Georges Clemenceau que «la guerra es un asunto demasiado serio para dejarla en manos de los militares». Pienso que habría que añadir, después de ‘militares’, ‘gobernantes, políticos y fabricantes de armas’. Es decir, no habría que dejar la decisión de iniciar una guerra en manos de los que activan la contienda, de algún modo se lucran de ella económicamente –o hinchando su ego–, y la dirigen en todo momento a salvo de los disparos, desde lejos de los campos de batalla.

En la zarzuela, que se desarrolla en Aragón, «Gigantes y cabezudos», el coro de mujeres canta esta popular jota, que sin duda habrán escuchado alguna vez (Si la desconocen o no la recuerdan, la pueden localizar con facilidad en internet): «Si las mujeres mandasen,/ en vez de mandar los hombres,/ serían balsas de aceite/ los pueblos y las naciones». Dejando la cuestión sobre las diferencias en agresividad entre «las mujeres» y «los hombres» a los especialistas en Psicología del Género, esta jota refleja la opinión que sobre las guerras tienen quienes salen más perjudicados por ellas. Es el punto de vista de las madres que pierden a sus hijos, pero también de los hijos que mueren o quedan malheridos, de los que pierden a su pareja, de los que ven destruidas sus casas, profanados sus campos y sufren el hambre, la miseria… y todo el cortejo de calamidades que siembran las contiendas; en especial la extensión y multiplicación del odio y del rencor.

Las decisiones sobre iniciar o no una guerra deberían ser tomadas por las personas que la van a sufrir y por todas las personas que tienen, de verdad, el corazón limpio de odio, de rencor y de resentimiento: las personas buenas ‘en el buen sentido de la palabra’. De este modo, como dice la jota, «serían balsas de aceite los pueblos y las naciones». Eso, balsas tranquilas de ese excelente aceite que se produce estos días en estas queridas tierras del Bajo Aragón.

IMG_1197Precisamente, en la fotografía, para mí central del presente artículo (a la izquierda), este objeto bélico sirve para contener y mostrar un ramo de olivo, de ese árbol símbolo de la paz y de la inmortalidad. El ramo procede de un olivo pluricentenario, cultivado en La Codoñera por mis antepasados (abuelos, bisabuelos,…), por mis tíos y primos, así como por los trabajadores que han colaborado con mi familia. El jugo de la fruta del olivo, el aceite de color de oro, cumple, además de la función alimenticia, la de lubricante y suavizador, a la vez que se extiende de forma persistente (‘como una mancha de aceite’) y penetra por las articulaciones y engranajes más ásperos. Este bálsamo de suavidad y persistencia hace que todo funcione con suavidad y armonía. ¡Buen modelo y ejemplo para nosotros! Como nota curiosa, el pañito blanco sobre el que reposa este peculiar florero lo tejió mi madre en Tudela hace varias décadas. El ‘florero’ se ha quedado en La Codoñera con las flores artificiales de la fotografía (el campo no nos ofrece ahora el colorido de la primavera), mientras que el ramo de olivo lo deposité ayer por la sobre la tumba de mis padres y de mi hermano en el cementerio de Tudela.

El recuerdo de la Jornada Mundial por la Paz, que celebramos el primer día del nuevo año –cada día del año deberían ser una Jornada Mundial por la Paz–, es una ocasión propicia para activar la tareas de limpieza de nuestro corazón de todo rastro de odio, resentimiento y rencor, origen de todas las guerras y conflictos. Porque, junto a las guerras de los militares, hay otras pequeñas –a veces no tan pequeñas– guerras, tensiones y conflictos en el ámbito familiar, laboral y social. El corazón humano no está hecho para el odio, sino para la concordia y el amor. El reconocimiento de los derechos humanos, el considerar a los demás como iguales y no como inferiores, la extinción del deseo de dominar al otro, así como el acercamiento y el diálogo, es la vía acertada –no ausente de escollos y dificultades– para llegar a la base firme de amor, concordia y solidaridad, materia fundamental, aunque a veces ocultada, del corazón humano. ¡Feliz Año Nuevo!

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2 respuestas a Reciclar para la paz un objeto bélico

  1. manuelaresti dijo:

    ¡Feliz Año Nuevo! Me encanta tu post y la temática sobre la Paz. A veces nos falta la Palabra y otras muchas veces nos falta el Diálogo y el saber escuchar. Pero… ¡En fin! Esperemos que este nuevo año de 2015 sea más benigno para todos, Enrique. Un abrazo desde Algorta.

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