Aún aprendo

 

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Francisco de Goya y Lucientes. Aun aprendo. Hacia 1826. Lápiz negro, Lápiz litográfico sobre papel verjurado, agrisado, 192 x 145 mm. Álbum G. 54. Museo Nacional del Prado. Madrid.

 

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Aún aprendo

Enrique Pallarés Molíns

Doctor en Psicología. Profesor emérito de la Universidad de Deusto

Publicado en EL CORREO. Domingo, 16 de octubre del 2016. Página 41

Un dibujo de Francisco de Goya me llama la atención de modo especial. Realizado con lápiz litográfico sobre papel, representa a una persona mayor, de larga y encrespada barba y con una túnica blanca, que sale de un fondo oscuro y avanza con la ayuda de dos bastones. Fue realizado por el pintor aragonés en Burdeos, en 1826, dos años antes de su muerte, es decir, cuando tenía 80 años. Su título, «Aún aprendo», y el tema no es original de Goya. Un grabado de Girolamo Figiuoli, en el siglo XVI, representa también a un anciano que avanza apoyado en un andador infantil; la inscripción, en italiano, dice lo mismo: «’Anchora’ imparo». Otro grabado del inglés William Blake, contemporáneo de Goya, representa a Miguel Ángel Buonarroti, de edad muy avanzada, apoyado en un bastón y con el Coliseo al fondo, también con idéntica inscripción: «Ancora imparo». Es más, la idea de «Aún aprendo» se remonta a los clásicos grecolatinos.

El ser humano llega a este mundo con un equipaje adaptativo muy reducido, lo que le obliga a depender de lo que aprende mucho más que al resto de los animales. Limitación inicial que, por otra parte, le abre la gran posibilidad de ensanchar sus conocimientos y habilidades de forma casi ilimitada. El aprender, aunque se intensifica en las primeras décadas de la vida, no termina con la carrera o el dominio de un oficio. La vida humana entera es un continuo aprendizaje, no solamente de las materias académicas, sino de otras experiencias, actitudes y hábitos importantes; aprender con la cabeza y con el corazón.

Aprender a convivir con los demás; a amar y a ser amado; a controlar las emociones; a demorar la gratificación; a dar y a recibir ayuda; a ser agradecido; a aceptarse incondicionalmente a sí mismo y a los demás; a saborear las experiencias positivas de la vida; a recordar y a olvidar; a encontrar un sentido a la propia vida; a perdonar y a pedir perdón… ¡Aprender a aprender! De forma especial, aprender a ensanchar la mente y a ver la realidad desde otras perspectivas diferentes a la propia. Aprender por la satisfacción que se encuentra en el cultivo y enriquecimiento interior, porque el aprender es salir de las tinieblas a la luz, como el protagonista del dibujo de Goya.

«¡Aún aprendo!», referido a Goya y a Miguel Ángel en la octava década de su vida. Porque la vejez es también tiempo propicio para aprender, pues el cerebro mantiene la plasticidad necesaria para la adquisición de nuevos conocimientos y destrezas. Pero, no solo es posible el aprendizaje durante estos años, sino que resulta absolutamente necesario para mantener la mente en forma, a la vez que un factor clave para un envejecimiento activo y positivo. Seguir aprendiendo, es la forma de no estancarse ni atrofiarse.

«¡Aún aprendo!» proclaman los protagonistas de estas obras. Y creo que, con la humildad y la sencillez que caracteriza al que sabe de verdad, podrían también decir: «¡Todavía puedo enseñar!». Todavía puedo aportar algo a los demás, incluso a las generaciones más jóvenes. Porque la persona mayor, a pesar de la rapidez de los cambios sociales y tecnológicos, es capaz de aportar la riqueza de su experiencia y de su visión del mundo, que puede completarse y fecundarse mutuamente con las de las generaciones más jóvenes. No podemos permitirnos el lujo de guiarnos por una fórmula excluyente o discriminatoria por la edad, sino que resulta más justo y necesario optar por la integración y la suma o multiplicación de fuerzas.

«Discat a puero magister» («Que el maestro aprenda del niño») es el lema del Instituto Jean-Jacques Rousseau de la Universidad de Ginebra, que contemplaron y practicaron psicólogos ilustres como Édouard Claparède y Jean Piaget. Porque también el niño puede ser un maestro en sencillez, espontaneidad y autenticidad, a la vez que su forma de mirar el mundo constituye en sí misma una gran lección. En realidad, toda persona puede enseñar algo, con tal de evitar, como a veces ocurre, pretender enseñar aquello que uno desconoce: nadie puede dar lo que no tiene.

La vida es, o debería ser, armonía de aprender y enseñar. La mayor ignorancia es creer que uno ya lo sabe todo y no reconocer sus propias carencias. Y el comienzo de la sabiduría está precisamente en ser consciente de esta ignorancia y de la necesidad de aprender. Aprender, pues, la necesidad de aprender. El aprendizaje, pues, como un diálogo fecundo, en el que uno ofrece con generosidad y satisfacción lo que posee, mientras recibe con humildad y alegría lo que de otros puede y debe aprender.

 

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