Del anillo al espejo

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Del anillo al espejo

 

Publicado en EL CORREO. Domingo, 15 de enero del 2017. Página 43

 

Enrique Pallarés Molíns

Doctor en Psicología. Profesor emérito de la Universidad de Deusto

 

En el libro segundo de La República de Platón se narra la leyenda del anillo de Giges. Este pastor del antiguo reino de Lidia –en la Turquía actual– encontró un anillo de oro y pronto descubrió que poseía poderes mágicos, concretamente el hacer invisible a su portador con solo girar el engaste hacia el interior de la mano. Así, podía a su voluntad actuar sin ser visto, lo que implicaba total impunidad para cualquier transgresión. De hecho, Giges se sirvió de este talismán para acceder a la zona más restringida del palacio real, seducir a la reina, matar al rey y ceñirse la corona real.

Relata esta leyenda Glaucón –uno de los que dialoga con Sócrates– para mostrar que el actuar según lo que es justo depende tan solo de no ser visto o ‘cazado’. Dotados de un anillo de invisibilidad semejante «es opinión común que no habría persona de convicciones tan firmes como para perseverar en la justicia». Frágil fundamentación del orden personal y social el limitarlo al temor al castigo o a la reprobación social, a no ser ‘cazado’. Hoy existen varias versiones del anillo de Giges: vacíos legales y administrativos, influencias, sobornos, ciberdelincuencia… y, sobre todo, la desarrollada capacidad del ser humano para engañar y engañarse.

Pero, además de anillos disponemos de espejos. Hace unos años leí en un suplemento dominical un amplio reportaje sobre el aumento de los suicidios en Japón y el medio que arbitraron las autoridades niponas para evitar que los que deseaban acabar con su vida lo hicieran arrojándose a las vías del metro. Colocaron grandes espejos en las estaciones preferidas por los suicidas, de tal modo que se vieran reflejados en ellos necesariamente antes de lanzarse a las vías, y esto les hiciera suspender su acción.

Traté de encontrar la justificación exacta de esta medida y si resultó o no eficaz. Aunque no tuve éxito en esta búsqueda, recordé un experimento dirigido   años antes por los psicólogos sociales Edward Diener y Mark Wallborn. Encargaron a un grupo de estudiantes realizar una prueba de habilidad intelectual (test de anagramas); difícil en sí, pero fácil de trampear. Unos la realizaron frente a un espejo en el que se reflejaban, y otros al lado del espejo. Solo el 7% de los primeros trampearon, frente al 71% de los que no se veían reflejados en el espejo. Estudios posteriores han llegado a conclusiones parecidas. La reflexión o conciencia de uno mismo, aumentada por la visión de la propia imagen en el espejo, reduce las conductas que se oponen a las normas y fomenta el comportamiento prosocial.

Los espejos sirven y han servido para mucho más que para vernos el rostro o los automóviles que circulan detrás del nuestro. Han sido utilizados para hacer señales, como objetos mágicos, incluso para contactar con la divinidad y con el fondo de uno mismo. ¿Se podría atajar el fraude, la corrupción y, en general, las conductas inmorales con la instalación de espejos? Pienso que no se garantizaría con ello el actuar honrado de todas las personas. Pero existe otra solución que plantea menos problemas estéticos y técnicos. Me refiero a mirarse en el ‘espejo ético’ que cada uno tiene en su interior, fruto de la capacidad del ser humano para interiorizar valores y normas de referencia que guíen su conducta. Los espejos físicos son un medio que aumenta la auto-reflexión y facilita el acceso al ‘espejo ético’ interior, que, por supuesto, requiere un mantenimiento constante: reparar, limpiar, azogar, actualizar… Es el crecimiento moral, vital para la supervivencia humana.

Solo con el cuidado de este espejo se evitará el deterioro personal, de la convivencia social y la degradación moral. Preocupan, y no sin razón, los resultados del reciente informe PISA sobre el nivel de nuestros escolares en competencias académicas. No parece menos importante plantearse una evaluación –técnicamente mucho más difícil–, del nivel ético de escolares… y de adultos.

El psicólogo Lawrence Kohlberg propuso una pauta evolutiva del razonamiento moral, que va del actuar por el castigo o el premio a guiarse por un principio ético universal. Immanuel Kant lo formuló así: «Actúa de modo que trates a la humanidad, tanto en tu propia persona como en la de los demás, siempre como un fin y nunca como un medio». Pocas, pero esenciales y sustanciosas palabras. Excelente y práctico ‘espejo’, capaz de arrinconar el anillo de Giges y de crear armonía personal y social estable, semejante a la del cielo estrellado, que también, con creciente admiración y respeto, contemplaba el filósofo de Königsberg.

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2 respuestas a Del anillo al espejo

  1. maria jose gascon cases dijo:

    Como siempre Enrique.Magnifico escrito.Recuerdos de Pedro

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