El roble y el tilo

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Zeus y Mercurio, acogidos por Filemón y Baucis. Pintura al óleo de Peter Paul Rubens

 

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El roble y el tilo

Enrique Pallarés Molíns

Doctor en Psicología. Profesor emérito de la Universidad de Deusto

 

Publicado en el suplemento Alfa y Omega, del diario ABC. Jueves, 2 de marzo del 2017

 

Baucis y Filemón, un matrimonio de avanzada edad, que vivían en un lugar de la antigua Frigia, recibieron en su humilde choza la visita de dos viajeros, pobremente vestidos, que buscaban alojamiento para pasar la noche. Los acogieron y obsequiaron con sus escasos recursos, a diferencia de los demás vecinos que les cerraron la puerta. Tras los agasajos recibidos, los dos viajeros se revelaron como Zeus y Hermes (Júpiter y Mercurio). En agradecimiento por la generosa acogida, Zeus invitó a Baucis y Filemón a expresarle su mayor deseo, con la promesa de que sería satisfecho. Ellos le pidieron vivir juntos el resto de sus vidas y morir al mismo tiempo, para no tener que sufrir el dolor de la separación del otro. Les fue concedida su petición y, como cuenta Ovidio en el libro VIII de Las metamorfosis, al final de sus vidas Zeus transformó a Filemón en un roble y a Baucis en un tilo; dos árboles que crecían juntos. Bella leyenda, que Rembrandt y Rubens, entre otros, plasmaron en el lienzo.

Hace unas semanas publicó un diario la noticia de que «los conductores españoles conservan durante más tiempo su coche que su matrimonio». A continuación, se especifica que el dato sobre la conservación del coche (16,9 años) está tomado de los que fueron dados de baja, y el de la duración del matrimonio (16,2) de los que formalizaron el divorcio. Están excluidas, pues, de este cómputo las muchas parejas que no se divorcian. Sin embargo, noticias semejantes y la mirada superficial del entorno –resultan más ‘visibles’ y noticiables los casos de ruptura que los de larga duración de la relación– pueden hacer pensar que la caducidad es más característica del amor que la duración. ¿Es así?

El profesor Robert Sternberg, de la Universidad de Yale, propuso una concepción del amor con tres componentes fundamentales –Pasión, Intimidad y Decisión/Compromiso–, que se pueden representar por los tres vértices de un triángulo. La Decisión/Compromiso se refiere a la decisión consciente de amar a la otra persona y al compromiso de mantener en el futuro la relación y hacer crecer el amor. Este componente es el ‘guardián’ de la relación y resulta esencial para que el amor continúe vivo, incluso en los momentos difíciles. Sin él el triángulo no es triángulo.

Aunque resulta fácilmente constatable la fragilidad y brevedad de muchos matrimonios, no es menos real, sin entrar en estadísticas, la prolongación hasta la muerte de otros muchos. ¿Será en este caso un puro convivir por inercia? Oscar Wilde afirma: «Las personas deberían estar siempre enamoradas. Por eso, nunca se deberían casar». ¿Es mortal para el amor la convivencia prolongada? Una revisión cuantitativa de otras investigaciones (metaanálisis), realizada por profesores los profesores Bianca P. Acevedo y Arthur Aron, de la universidad neoyorquina de Stony Brook, concluye que el amor puede perdurar a lo largo de los años con la misma intensidad e ilusión que al comienzo de la relación, aunque sin el carácter obsesivo inicial. Así, pues, de la afirmación de Oscar Wilde están comprobados los beneficios del amor para la salud mental y el bienestar personal; sin embargo, la prolongación de la relación –el matrimonio–, no mata ni erosiona necesariamente el amor.

Robert Sternberg propuso una segunda concepción del amor, complementaria de la primera. Es la del amor como una historia, como una narración, que cada uno elabora y que guía el modo de vivir la relación. Una de las que propone como ejemplo es la del jardín, en la que el jardinero cultiva con esmero, cariño y constancia las plantas del jardín. Cada miembro de la pareja es, a la vez, jardinero y planta; que cuida y que recibe cuidados. ¿Qué cuidados? Por ejemplo:

Sentir afecto hacia la otra persona y, además, expresarlo. Sentir y expresar gratitud por lo que la otra persona aporta. Apertura: comunicar los propios sentimientos y acoger la comunicación de la otra persona. Confiar en la otra persona y, además, darle motivos para que ella también confié. Comprender: conocer a la otra persona, así como aceptarla incondicionalmente y valorarla. Predominio de las emociones positivas. Sinceridad: decir la verdad y toda la verdad, pero con tacto, nunca como arma arrojadiza. Correspondencia entre lo que cada uno da y lo que recibe, sin exigir una igualdad matemática. Perdón, compasión y sacrificio cuando es necesario.

El roble y el tilo juntos son imagen de Baucis y Filemón, pero también de las muchas parejas que cuidan con constancia el jardín de su amor «en las alegrías y en las penas, en la salud y en la enfermedad» y superan, si surgen, las dificultades y estancamientos. Muestran así que es posible lo que a veces se piensa que es imposible.

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