Dulzura y amargor de la venganza

 

Medea furiosa

Medea furiosa. Eugène Delacroix. Hacia 1838. Óleo sobre lienzo, 260 x 165 cm, Museo del Louvre. Paris.

 

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Dulzura y amargor de la venganza

 

Enrique Pallarés Molíns

Doctor en Psicología. Profesor emérito de la Universidad de Deusto

 

Publicado en EL CORREO. Domingo, 19 de marzo del 2017. Página 43.

 

La venganza es un tema recurrente en la literatura y en el cine. Presente ya en la Epopeya de Gilgamesh y en Homero, la trató con maestría Shakespeare en varios de sus dramas y no deja de inspirar en nuestros días a novelistas, dramaturgos y guionistas de cine. La razón de esta frecuencia no es otra que la constante presencia de la venganza en las relaciones humanas. Un fenómeno universal, pues, visible a través del tiempo y del espacio; clave para entender momentos históricos importantes, como la guerra de Troya o algunas guerras y actos terroristas de la actualidad. Venganza entre naciones, entre grupos, en la familia, en las organizaciones y, en general, entre las personas.

La venganza es el deseo de revertir los roles de víctima y ofensor, de ver sufrir al que le hizo a uno sufrir, incluso si ello conlleva mayor sufrimiento todavía. Medea, en la tragedia de Eurípides del mismo nombre, se venga de la infidelidad de su esposo Jasón dando muerte a sus dos queridos hijos, convencida de que es el mejor modo de hacer sufrir a Jasón, aunque ella sufra con ello mucho más.

Por supuesto, existen varios niveles de gravedad de la venganza y muy diferentes maneras de realizarla, desde la aniquilación del ofensor, la agresión física y verbal a él, a sus familiares o propiedades, a la destrucción de su imagen social, sin olvidar la ruptura de la comunicación y el distanciamiento. Por suerte, se queda muchas o la mayoría de las veces en puro deseo, en solo venganza imaginada.

Por otra parte, mostramos cierta ambigüedad respecto a la venganza. La reprobamos como una forma de justicia arcaica y salvaje –nos suena muy mal lo del «Diente por diente y ojo por ojo»–, pero, a la vez, la practicamos, la aplaudimos, o nos identificamos con el que la practica.

¿Es dulce o amarga? Dice Lord Byron, en Don Juan, que «la venganza es dulce»; y se atribuye a Alfred Hitchcock la especificación jocosa de que «…y, además, no engorda». Su frecuencia hace sospechar que sirve para algo. En efecto, la venganza puede tener varias funciones, como la de contener la agresión o evitar que se repita. También la búsqueda de la equidad («Me desquitaré»). Además, con la venganza se pretende a veces dar una lección moral al ofensor («Así aprenderá»). Pero, sobre todo, se trata con ella de comunicar al ofensor que el ofendido debe ser respetado («Sabrá quién soy yo»). Pretende, pues, restablecer el equilibrio de poder y, con ello, la propia valoración y la autoestima del ofendido, que suelen disminuir con la ofensa.

Además, y sobre todo, la venganza tiene un lado oscuro para el que la aplica. Porque la venganza puede nivelar el sufrimiento, pero no reparar el daño de la ofensa. Además, induce una respuesta, que puede y suele ser más grave que la ofensa original, porque el ofensor y el ofendido miden la ofensa con distinta vara. La rumia prolongada de la ofensa aumenta su tamaño y la ira, que infla todavía más la venganza, lleva a un ciclo de confrontación violenta que crece en espiral ascendente. Suele parecer dulce a la hora de imaginar su futura aplicación («Me quedaré a gusto»), pero también aquí fallamos en el pronóstico de nuestro estado afectivo futuro. Todo esto lo resume bien John Milton en El paraíso perdido: «La venganza, aunque dulce en un principio, se vuelve amarga muy pronto, y recae sobre el vengativo».

Remplazar la venganza por la reconciliación no es fácil ni siempre posible (la reconciliación es asunto de dos). Depende de varias circunstancias, entre ellas el grado de la ofensa y la relación con el ofensor. El profesor de Psicología en la Universidad de Miami, Michael McCullough, autor de importantes estudios sobre la venganza y la reconciliación, señala la función adaptativa de la venganza a lo largo de la evolución (controlar la ofensa), pero afirma también que la venganza no es la única respuesta natural posible a la ofensa. Son igualmente naturales los mecanismos, presentes en el ser humano y en algunas especies animales, orientados a evitar la desintegración del grupo, como el perdón y la reconciliación. Ello exige, ante todo, ‘enfriar’ la percepción de ofensa, hasta eliminar el odio y el resentimiento. Pero, sobre todo, persuadirnos, como personas y ciudadanos, de que está en nuestro corazón y en nuestras manos el lograr que las fuerzas que unen y construyen venzan a la que desunen y destruyen. Y, tras sellar para siempre el tanque del ácido corrosivo que reseca, traba y destruye, derramar con justicia y generosidad el bálsamo de la concordia y compasión, que suaviza, reúne y vivifica.

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2 respuestas a Dulzura y amargor de la venganza

  1. Ana Martinez dijo:

    Claro, documentado y sabio…!! Gracias, Enrique !

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