La nariz de Pinocho. Verdad y no verdad

Pinocho

Pinocho (Pinocchio). A la puerta de la juguetería del mismo en la calle Henao de Bilbao

 

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La nariz de Pinocho

Enrique Pallarés Molíns

Doctor en Psicología. Profesor emérito de la Universidad de Deusto

Publicado en EL CORREO. Domingo, 9 de abril del 2017. Página 45

Pinocho es uno de los personajes de ficción más populares. A este muñeco o marioneta, sumamente estilizado, además de sufrir varias desgracias, le crece todavía más su larga nariz al decir una mentira. Si al ser humano le creciera la nariz por mentir, el soneto de Quevedo «Érase un hombre a una nariz pegado…» dejaría de ser una serie de hipérboles relativas a una nariz concreta, para ser solo un pálido reflejo de la realidad. Porque la mentira tiene el don de la ubiquidad y forma parte de la vida diaria: en la pareja y en la familia, entre amigos y conocidos, en la empresa y en las organizaciones, en los medios de comunicación y, por supuesto, en la actividad política y judicial. Sin olvidar que también, a veces, nos mentimos a nosotros mismos, o llegamos a creer nuestras propias mentiras.

Durante el proceso de socialización se inculca que mentir es reprobable, pero, a la vez, se muestra la mentira como algo natural y con frecuencia se la premia. Y no me refiero a la ‘mentira blanca’ o de cortesía, cuyo objetivo principal es agradar a otra persona –un elogio poco realista–, sino a la mentira grave o perjudicial.

La psicología estudia científicamente la mentira y ha elaborado instrumentos para detectarla. Los estudios de la profesora de Psicología Social Bella DePaulo y sus colegas señalan que lo más frecuente es que se pretenda conseguir con ella recompensas psicológicas (respeto, estima, afecto, etc.), pero también la promoción personal, librarse de castigos, ejercer poder, conseguir bienes materiales, etc. Los participantes en el estudio pensaban que los demás mentían más que uno mismo, es decir, perspicacia con la nariz del otro y miopía con la propia.

El profesor Paul Ekman, reconocido como uno de los psicólogos más influyentes del siglo veinte, en sus estudios sobre la expresión facial de las emociones ofrece importantes criterios y pistas para descubrir la mentira. También el polígrafo (‘detector de mentiras’) o los potenciales evocados –onda P300–, han supuesto un avance importante. Pero estos procedimientos tratan de detectar la mentira indirectamente, al registrar los cambios corporales o de la actividad cerebral ante determinadas preguntas o estímulos. Ninguno de estos procedimientos es infalible; la mentira, hábil y esquiva, puede encontrar un resquicio para colarse; y tampoco siempre es posible acudir a la ayuda de estos métodos, aunque en algunas ocasiones resultaría altamente deseable.

Además, no es suficiente con identificar la mentira; es más importante evitar su aparición. Crear un clima social en el que la mentira no sea recompensada, a la vez que fomentar y reforzar el valor de la verdad y de la autenticidad, base de la realización personal y de la convivencia social. Huir de la verdad, eludirla, o aceptar que estamos en la ‘posverdad’ con la misma naturalidad que hablamos de ‘posromanticismo’, constituye un suicido moral, social y personal. El romanticismo terminó como movimiento literario y cultural; pero no la verdad. La verdad no es un estadio superado. No estamos, pues, en la era de la ‘posverdad’, sino todavía en la de la ‘pre-verdad’; en la búsqueda de la verdad, que exige un diálogo sincero y no excluyente, en el que se escuche al otro y no los propios prejuicios. Pero una verdad constructiva, y no un remedo o sesgo de verdad utilizado como arma arrojadiza.

La frase «Una mentira repetida mil veces se convierte en una verdad», utilizada por Lenin y por Göbbels, o su versión actual «Una mentira, cargada de emoción y difundida en las redes sociales o en una tertulia televisiva, se convierte en verdad, aunque contradiga los hechos», constituye una grave amenaza. Una sociedad fundada sobre esta base, como a veces se pretende, daría carta blanca a la mentira y llevaría a la quiebra total de la convivencia democrática y de la paz interior. Nos transformaríamos en una turba de narizotas afiladas que se hieren y dañan entre sí; una pesadilla hecha realidad.

Advierte Baltasar Gracián que la mentira suele estar más aparente que la verdad: «Es el engaño muy superficial, y topan luego con él los que lo son». Por eso invita el jesuita aragonés a «mirar por dentro»; a la reflexión que lleva a ir más allá de las apariencias y de la mera emoción; a educar y a educarse en la autenticidad y en la coherencia. Como resumen, conviene escuchar, una vez más, el último de los consejos de Polonio a su hijo Laertes, en el acto primero de Hamlet: «Y, sobre todo, sé sincero contigo mismo; y de esto se seguirá, como la noche sigue al día, que no serás capaz de mentir a nadie».

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