Eróstrato y erostratismo

Erostrato Título

¿Es posible realizar acciones destructivas y criminales con el fin principal de hacerse famoso?

 

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Eróstrato y erostratismo

Enrique Pallarés Molíns

Doctor en Psicología. Profesor emérito de la Universidad de Deusto

 

Publicado en el diario El Correo: Sábado, 17 de junio del 2017. Página 39

El templo que Éfeso erigió a la diosa Ártemis (Diana), con Creso como sponsor, figuraba merecidamente entre las Siete Maravillas del mundo antiguo. Era famoso por su estructura y dimensiones, numerosas y bellas columnas, ricos materiales, y también por las esculturas y el tesoro que acogía. Su construcción duró más de cien años y suscitaba la admiración y el asombro de los visitantes. Pero no de todos. Eróstrato, un pastor desconocido, lo miró de otra manera y lo incendió el año 365 a. C., la misma noche que, según Plutarco, nació Alejandro Magno. Confesó tras la detención que había incendiado el templo para hacerse famoso y que su nombre perviviera en el futuro. Fue condenado a muerte y se decretó la misma pena para quien mencionase su nombre (Recuerda la ‘damnatio memoriae –condena del recuerdo– del derecho romano).

No se cumplió la segunda parte de la sentencia. El historiador coetáneo Teopompo de Quíos menciona la acción de Eróstrato sin omitir su nombre. Posteriormente, se hacen eco de esta fechoría, además del historiador romano Valerio Máximo, Cicerón, Cervantes, Gracián, Lope de Vega, Víctor Hugo, Chéjov, Unamuno, Freud, Sartre, Terenci Moix y otros más. El cine también le reservó un espacio. El diccionario de la Real Academia incluye el término ‘erostratismo’ y lo define como «Manía que lleva a cometer actos delictivos para conseguir renombre». Lamentable paradoja: se conoce el nombre del incendiario del templo, pero no el del constructor.

Conseguir renombre es un motivo presente a lo largo de la historia, que se expresa con diferentes conductas, unas más adaptativas que otras. Para llegar al reconocimiento de Guinness –una manera de ser famoso– algunos realizan acciones inverosímiles, como la de colocar en su cuerpo un millón de abejas. ¿Es posible, sin embargo, que alguien recurra a cometer un acto delictivo ‘para conseguir renombre’? Cualquier conducta es el resultado una compleja red de motivos; a veces sobresale el de buscar notoriedad. «Si no consigo destacar en lo bueno, destacaré en lo malo». Lo importante es destacar, aunque la fama conseguida sea la infamia. Un camino equivocado y desafortunado de intentar elevar la autoestima.

Sirhan Sirhan declaró tras asesinar a Robert Kennedy: «Me podrán llevar a la cámara de gas, pero ahora soy famoso. He conseguido en un día lo que le llevó a Kennedy toda la vida». El joven Robert Hawkins, tras perder el trabajo y la novia, escribió la víspera de matar a ocho personas, herir a más y matarse a sí mismo en un centro comercial de Omaha (Nebraska) «Soy una mierda. Pero ahora seré famoso». Albert Borowitz, en una documentada revisión del personaje Eróstrato y del erostratismo analiza, sin pretender agotar la lista, más casos de discípulos de Eróstrato: destructores, asesinos y terroristas.

La destrucción se convierte en el medio por el que un ‘don nadie’, con frecuencia también un resentido, pretende ser un ‘Don Alguien’. Busca notoriedad: para sí mismo –alucinatoriamente percibida cuando pierde su vida en la acción– o para el grupo con el que patológicamente se identifica. Los medios y las redes sociales pueden reforzar y completar el objetivo de quien busca renombre con este tipo de actos. ¿Imponer una censura? No, pero sí invitar a una reflexión profunda y constante para armonizar la necesaria función de informar y la de evitar recompensar, con una atención especial y publicidad gratuita, a los que buscan por una vía errada, y de modo errático, saciar su insaciable apetito de renombre.

El erostratismo se puede extender a acciones no reconocidas oficialmente como delictivas. Si el templo de Ártemis era digno de admiración y respeto, también existen importantes valores e instituciones sociales –fruto de esfuerzos comunes y de difíciles consensos–, que merecen el reconocimiento y el respeto de todos por ser la base y el motor de la convivencia. El «Destruam et aedificabo» («Destruiré y edificaré»), que el pensador anarquista Proudhon adoptó como lema, se reduce fácilmente a «destruiré». Destruir es más simple y rápido que edificar. El templo de Ártemis, cuya construcción duró más de un siglo, fue destruido en una noche; un parque natural, formado durante siglos, se reduce a cenizas en pocos días.

No añadir más odio –no escasea este combustible en los incendiarios– ni el premio de la atención extra, aunque sí una enérgica condena, será la mejor estrategia para evitar que los émulos de Eróstrato alimenten hoy su voraz, resentido e hinchado, aunque frágil ego, con el humo y la ceniza de los incendios que provocan o intentan provocar.

 

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2 respuestas a Eróstrato y erostratismo

  1. 1950mayo dijo:

    Gracias

    Miguel A. Marrero Deniz

    > El 19 jun 2017, a las 15:25, Blog de Enrique Pallarés Molíns escribió: > > >

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