Ruidos evitables y a evitar

Ruidos evitables título ii

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Ruidos evitables y a evitar

Enrique Pallarés Molíns

Doctor en Psicología. Profesor emérito de la Universidad de Deusto

Publicado en El Correo. Domingo, 13 de agosto, del 2017. Página 35

 

Un amplio número de investigaciones dejan fuera de duda el impacto negativo de los ruidos en la salud física y psíquica. El sueño se ve afectado de forma especial, pues los ruidos lo fragmentan y hacen más superficial, con lo que el necesario descanso nocturno queda incompleto. Provocan también aceleración del ritmo del corazón y vasoconstricción. Además, la exposición a los ruidos de las vías de intenso tráfico está asociado al trastorno por déficit de atención e hiperactividad de los niños, así como a un peor funcionamiento cognitivo.

El mismo sistema auditivo, es especialmente vulnerable a la exposición prolongada a los ruidos; Sir Francis Bacon, en el siglo XVII, citaba la disminución auditiva de molineros y artilleros. Sin pretender una enumeración exhaustiva, los ruidos fomentan también la irritabilidad y las explosiones de ira. Aunque no siempre advertimos estos efectos porque nuestro cerebro a veces nos ‘manipula’ y los hace ‘invisibles’ temporalmente.

El ruido se utiliza en el laboratorio de psicología experimental como estímulo punitivo. No se produce adaptación o habituación a los ruidos intensos. Por eso, también ha sido y es empleado, en grados muy elevados, como tortura.

Se dice que solo molesta el ruido que uno juzga que no debiera existir. El    sonido del propio televisor, que adormece plácidamente al que se sienta delante de él después de comer, impide conciliar el sueño y se convierte en un suplicio cuando se escucha el del vecino a través de la pared del dormitorio. Esta observación, de limitado alcance, no pretende convertir el ruido en una mera molestia subjetiva y caprichosa. Porque, además de la intensidad, en la molestia del ruido cuenta también su carácter inesperado e indeseado y su evitabilidad. Otra cosa es que, cuando ya no se puede hacer nada más para que cese un ruido molesto, convenga evitar mantenerlo mentalmente en primer plano –no ignorarlo– y tratar de ‘enfriar’ o rebajar la reacción que suscita.

En la primera mitad del siglo XIX, el filósofo alemán Arthur Schopenhauer escribió unas páginas sobre el “ruido y barullo”. Se defiende, ante todo, de las posibles críticas a su sensibilidad hacia los ruidos, y observa que los que dicen no ser sensibles a los ruidos tampoco los son «a las razones, los pensamientos, las composiciones poéticas y las obras de arte». Los ruidos interrumpen la actividad intelectual y creativa, pero «cuando no hay nada que interrumpir está claro que nada se sentirá especialmente». En aquel tranquilo Berlín, denunciaba, como el peor de los ruidos, el chasquido del látigo de los cocheros al espolear a los caballos; en efecto, no tuvo ocasión de sufrir el producido en la actualidad por algunas motocicletas.

Los estudios e intervenciones se centran en los ruidos más nocivos, como los del tráfico o los de algunas industrias. Pero también otros ruidos afectan negativamente al bienestar personal, incluso a la salud. La psicología social ha estudiado el ‘espacio personal’, un círculo imaginario que creamos a nuestro alrededor y cuya zona más íntima solo excepcionalmente permitimos traspasar. Pero que es invadida por el televisor o la música de escucha obligatoria, las conversaciones en voz alta –con móvil o sin móvil– en trasportes públicos, cantos o gritos desacordes de los nocherniegos, petardos, altavoces atronadores, etc. Imperio, pues, del ruido, como marca distintiva de nuestra época, que molesta, daña y dificulta o impide escuchar a los demás… y también escucharnos a nosotros mismos.

 Algunas ocasiones, como las fiestas del verano, son especialmente propicias a la contaminación acústica nocturna. Con molestias a los enfermos, al que no consigue conciliar el sueño o mantenerlo… a los que tienen tanto derecho al descanso y tranquilidad, como otros a expresar su alegría festiva. No se pretende convertir la calle en un claustro monacal, sino respetar al que no desea ser molestado.

El que fuera regidor de la villa de Madrid, don Enrique Tierno Galván, dedicó uno de sus famosos bandos a los ruidos. Aludía a esos ruidos invasores, producidos por la noche en las calles y plazas. Exhortaba el viejo profesor a evitar «añadir a las molestias y congojas, que toda ciudad grande ocasiona, las que nacen de la mala educación y poco civismo». Porque reducir o eliminar algunos ruidos, como los de la aviación o autopistas, exige importantes inversiones económicas (aislamientos, barreras acústicas), pero para reducir o eliminar otros tan solo es necesaria una inversión –gratuita– en civismo, buena educación y respeto a los demás.

 

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