Miedo a quedarse sin móvil (Nomofobia y ringxiety)

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Nomofobia y ringxiety

Enrique Pallarés Molíns

Doctor en Psicología. Profesor emérito de la Universidad de Deusto

 

Publicado en El Correo. Domingo, 26 de noviembre del 2017. Página 47

Los nombres de las fobias específicas se forman con dos palabras griegas: la del objeto del temor irracional y ‘fobia’ (‘fobos’, ‘miedo’). Así, ‘claustrofobia’ (fobia a lugares cerrados), o ‘aracnofobia’ (a las arañas). La palabra ‘nomofobia’, que aparece por primera vez en un estudio encargado por el Servicio Postal Británico a la empresa de opinión YouGov, no sigue esta regla de formación. El inglés ha remplazado al griego en la primera parte de la palabra (‘nomo’, acrónimo de ‘nomobile-phone); fobia a no disponer del móvil, sea por pérdida u olvido, batería agotada, falta de cobertura, etc. Más que temor, pues, a la presencia de algo –del móvil–, es temor irracional a su ausencia; por lo que es más bien un problema de adicción que fóbico.

Emparentado estrechamente con la nomofobia se ha descrito un patrón de comportamiento denominado ‘vibración fantasma’ o ‘ringxiety’ (‘ring’, sonido del teléfono, y ‘anxiety’), que consiste en la falsa percepción de que el móvil ha vibrado o sonado. Es decir, ansiedad ante el vacío de llamadas con la ilusión o alucinación de escuchar el ‘ring’ o de sentir la vibración; recuerda al ‘síndrome del miembro fantasma’ tras una amputación quirúrgica. Comportamiento debido al grado excesivo de implicación en el uso del móvil que puede llegar a interferir en las actividades sociales, laborales (o académicas), a faltas de cortesía, a interrupción del descanso nocturno, o a infringir la norma de tráfico que prohíbe su uso al conductor.

Las nuevas tecnologías para la comunicación se han perfeccionado y extendido de forma rápida e imprevisible hace pocos años. El teléfono ha pasado de su inicial función de esporádicas y casi telegráficas conversaciones, a charlas frecuentes y prolongadas, mensajería, fotografías, etc. Sean bienvenidas estas benéficas aportaciones de la tecnología. Todo lo que ayuda a la comunicación humana merece reconocimiento y aplauso.

El problema no está en su existencia ni en su uso, sino en un uso excesivo o inadecuado. Resulta demasiado familiar la imagen de la persona absorta en la pantalla de su móvil mientras espera su turno o camina por la calle. Se observa a veces que, en un pequeño grupo o en una pareja, la interacción no se produce entre los allí presentes, sino de cada una con su móvil, es decir, con alguien o algo distinto. Además del riesgo de chocar con un obstáculo en la calle, tiene el peligro de crear un mundo imagen de la realidad, pero no del todo real, y a no vivir en el recomendado aquí y ahora.

Se suele abordar la cuestión desde el punto de vista del usuario del móvil, pero conviene no pasar por alto las reacciones y consecuencias de la exposición a esta nueva modalidad de contaminación acústica. Si para algunas personas puede constituir un problema el no disponer en ocasiones el móvil, otras son víctimas de su uso disruptivo y molesto. Los más variados sonidos y melodías irrumpen en reuniones, conversaciones, transportes públicos, cines, etc. Con frecuencia precursoras de una conversación que uno se ve obligado a escuchar –o a soportar–, con un volumen de voz tan elevado que parecen pretender que el interlocutor escuche en la distancia sin la mediación del aparato.

Hace unos meses me desplazaba en autobús a una población cercana. Una señora habló de forma continuada por teléfono con un volumen de voz suficiente para hacer partícipe a todo el bus de sus recientes compras y comidas. Al final del viaje, de unos veinticinco minutos, terminó la conversación –más bien monólogo–, con estas palabras: «¡Bueno, ya hablaremos!». «¡Ya hablaremos!». ¿Aquello solo había sido el aperitivo? ¿Se refería a que entonces le llegaría el turno a la otra persona? ¿O reconocía que hablar por teléfono es solo un remedo del amigable conversar presencial?

La dependencia del móvil y de sus aplicaciones preocupa a los especialistas en salud mental. Preocupación que se extiende o debe extenderse a toda la sociedad, especialmente a los educadores y a los padres de hijos en riesgo de generar este patrón de comportamiento adictivo. Surgen como respuesta, es verdad, los movimientos de ‘desconectados’, que no propugnan la vuelta a la comunicación con señales de humo ni a prescindir del móvil, sino que muestran que es posible vivir sin que el cordón umbilical del smartphone nos ate. No es nostalgia del modelo de teléfono que utilizaron Antonio Meucci o Alexander Graham Bell. Es evitar que nos convirtamos en siervos de un medio tecnológico, con numerosas e indiscutibles ventajas, que puede ser un buen amigo, pero no un tirano controlador o molesto. 

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