Dilatar el tiempo

 

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La persistencia de la memoria. Salvador Dalí. 1931. Óleo sobre lienzo. 24 x 33 cm. Museum of Modern Art (MoMA). New York.

 

 

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Dilatar el tiempo

Enrique Pallarés Molíns

Doctor en Psicología. Profesor emérito de la Universidad de Deusto

Publicado en El Correo y el Diario Vasco el día sábado, 20 de enero del 2018.

Se suele recomendar –no sé si con fundamento– que al poner en hora un reloj analógico se avancen las manecillas hacia adelante (según las agujas del reloj) y no hacia atrás. En el reloj que rige nuestra existencia diaria esta recomendación resulta innecesaria, porque, sencillamente, es imposible detener ni girar hacia atrás la marcha del tiempo. El tiempo avanza de forma implacable y no se puede detener ni revertir. La hoja del calendario que arrancamos cada mes no se deja pegar de nuevo. «Pero mientras tanto huye, huye el tiempo irremediablemente» («Sed fugit interea, fugit irreparabile tempus»), dijo el poeta romano Virgilio hace algo más de dos milenios. De algún modo, sugiere esta misma idea el cuadro “La persistencia de la memoria” (o “Los relojes derretidos”), de Salvador Dalí; el tiempo se derrite, como los relojes del cuadro, y solo queda un recuerdo, reblandecido y pálido, del pasado.

Constatar esta realidad produce cierta tristeza que puede llegar a la desazón y al desasosiego; sobre todo, cuando se han remplazado ya más de sesenta calendarios. Es tener la sensación de que nos vaciamos, grano a grano, como el recipiente superior de un reloj de arena; pero aquí sin la posibilidad de dar la vuelta, como en el reloj de arena o en el de agua.

Me refiero al tiempo físico, porque, junto al tiempo físico, el que medimos con el calendario y el reloj, está el tiempo percibido, es decir, la experiencia que cada uno tiene del tiempo o el modo de experimentarlo. No siempre tenemos la misma percepción ni la misma vivencia del tiempo. El minuto de espera impaciente de una llamada telefónica importante nos parece una hora, mientras que una hora en una experiencia agradable nos parece un minuto o, más bien, no sentimos el paso del tiempo.

El tiempo físico avanza o vuela de forma implacable, indiferente a nuestros deseos de detenerlo. El tiempo físico no se deja manipular. Pero podemos cambiar, de algún modo, la percepción que tenemos de él, es decir, la experiencia o vivencia del tiempo. Porque se ha comprobado que vivir el tiempo como como algo que vuela y que se agota tiene consecuencias negativas. La sensación de ‘hambre de tiempo’ le hace a uno ser tacaño con el que podría dedicar a los demás, e incluso lleva a tomar decisiones poco adecuadas (por ejemplo, dietas poco saludables, o no practicar ejercicio físico). Al contrario, dilatar el tiempo lleva a compartirlo generosamente con otros, lo cual activa una espiral ascendente de bienestar compartido.

¿Cómo dilatar el tiempo? Centrarse en la experiencia presente hace prolongar y ensanchar la experiencia del tiempo, lleva a que uno perciba que dispone de más tiempo del que indicaría el reloj. Azorín, el gran admirador de lo sencillo y cotidiano, dijo que el tiempo se detiene en las cosas pequeñas. Esas pequeñas experiencias cotidianas, como la conversación agradable y pausada, el paseo sin prisas, el degustar con calma una comida, etc., durante las cuales el tiempo se remansa y crece. Es la fuerza de lo sencillo y la grandeza de lo humilde.

El asombro es una emoción que ensancha la percepción del tiempo y que, de alguna manera, lo dilata. Cuando una actividad centra o capta nuestra total atención por el interés que suscita en sí misma y no por una recompensa externa, no sentimos ya la angustia ni la desazón de que el tiempo se desvanece y vuela –y nosotros con él–, sino que experimentamos un profundo bienestar. Puede ocurrir al practicar un hobby, un deporte y otras muchas experiencias. El profesor de psicología Mihály Csíkszentmihályi lo llamó Flujo o experiencia óptima. Se refería a las experiencias que nos absorben y embelesan, e incluso raptan, durante las cuales «el sentido del tiempo guarda muy poca relación con el paso del tiempo medido convencionalmente por los relojes».

Resulta recomendable, cuando no sea absolutamente imposible, liberar nuestra muñeca de la presión del reloj y permitir que sea el reloj interno –mucho más distendido, humano y saludable– el que oriente nuestra vida. Que reservemos un espacio privilegiado a las experiencias que hemos constatado nos hacen insensibles a la argolla cruel del tiempo físico. Es posible introducir algunos cambios en la imagen de Cronos, la divinidad del tiempo: borrar la letal guadaña que agarra y también recortar bien sus alas, símbolo de que «el tiempo vuela». Podemos hacer que el tiempo camine en lugar de volar. De este modo, al acabar el año, o al cumplir un año más, en lugar de sentir o decir «un año menos» expresaremos con hondura y gozo: «Un año más de vida y de esperanza».

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2 respuestas a Dilatar el tiempo

  1. Toda la descripción lleva a la percepción o acercamiento fino que tiene por o menos dos asideros : uno el tradicional rígido y duro del tiempo cósmico y otra la del tiempo transcurrido
    del bien o dolor recibido por esa atención .Dificilmente transferible y a la vez influenciable para
    nuestra vivencia .

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