Alegrarse por la desgracia ajena

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Alegrarse por la desgracia ajena

Enrique Pallarés Molíns

Doctor en Psicología. Profesor emérito de la Universidad de Deusto

Publicado en El Correo. Sábado, 10 de febrero del 2018. Página 33.

La palabra compuesta alemana ‘schadenfreude’ (‘schaden’, daño; ‘freude’, alegría) equivale a nuestra expresión «alegrarse por la desgracia o daño ajeno».  El inglés la toma prestada con el mismo significado; y varias lenguas, incluyendo la griega, tienen sus equivalentes. Y no es que estos países tengan la exclusiva en la experiencia de este sentimiento. Alegrarse por el daño o infortunio ajeno no es exclusivo de un país concreto, sino que florece en todos, tal vez porque su patria, o mejor, el lugar donde parasita y prospera, es la zona más oscura del corazón del hombre. No conoce, pues, fronteras ni límites en el tiempo este sentimiento discordante, que consiste en sentir alegría precisamente porque a otro le salen mal las cosas. Hermano o pariente próximo de la envidia más negra («Tristeza o pesar del bien ajeno»), añade un paso más, al transformarse en alegría cuando otro fracasa o sufre de algún modo.

Este sentimiento no cuenta, por lo general, con la aprobación social: «Gozarse en el mal ajeno, no es de hombre bueno». Pero esta reprobación se ciñe a su expresión directa y no al sentimiento interior ni a manifestaciones indirectas. Los estudios con técnicas de neuroimagen hacen posible destapar esta ambigüedad. Se comprobó, por ejemplo, que entre los hinchas equipo de beisbol se activaba la misma zona cerebral (núcleo estriado) cuando su equipo ganaba que si el adversario perdía con un tercer equipo.

Por lo general sentimos alegría cuando a otros les suceden cosas buenas y tristeza ante sus desgracias o fracasos. Pero no siempre; así, cuando se considera que el otro merece el daño recibido o el fracaso («Se lo merece»), o bien cuando le ocurre a una persona no querida o envidiada. Y también cuando la desgracia o fracaso del otro comporta un beneficio para el observador.

¿Qué beneficio se puede conseguir con el fracaso o la desgracia ajena? Aparte de alguna esporádica ventaja tangible, el principal beneficio suele ser otro. Las personas tienden a evaluar sus logros, habilidades y posesiones por comparación con otros y esta comparación tiene importantes consecuencias afectivas. Al sentir amenazada mi autoestima por la mayor valía o mejores resultados del otro, su fracaso o infortunio inclina de mi lado la comparación y crea la ocasión para que experimente satisfacción. «Me siento mejor porque el otro se siente peor». Una retorcida y perversa manera de intentar restaurar una autoestima débil, aunque tal vez inflada, o de compensar sentimientos de inferioridad.

Pero el alegrarse por la desgracia ajena no es solo un sentimiento individual; con frecuencia ocurre hacia un grupo y entre grupos. La política es un excelente terreno para que brote y crezca este sentimiento de alegrarse por la desgracia o por el fracaso ajeno, sobre todo cuando la identificación con el propio partido es muy fuerte. Llega a experimentarse, incluso, cuando el infortunio o fracaso del adversario tiene consecuencias adversas para toda la sociedad, incluyendo uno mismo.

Los momentos de pugna y agitación política engordan este sentimiento, que para el filósofo alemán Arthur Schopenhauer es «el peor rasgo de la naturaleza humana», relacionado estrechamente con el daño –físico o moral– al adversario. Pero, además, aumenta el riesgo de activación y escalación del conflicto, hasta llegar al odio y crear por contagio un clima de enfrentamiento social. Es decir, no se queda en un mero sentimiento, sino que fácilmente produce algún tipo de acción y fomenta la hostilidad entre grupos; empezando por herir o matar la deseable y necesaria cooperación de todos para el bien de la comunidad. Por supuesto, existen grados en el infortunio ajeno, así como en la reacción de alegría o satisfacción, que pueden ir de una sonrisa esbozada al regodeo expresado y duradero. Pero su práctica en los niveles bajos facilita el que resulten aceptables los grados más graves, sobre todo cuando «no es uno de los nuestros».

Añade Schopenhauer que este sentimiento «aparece allá donde debería encontrar su lugar la compasión que, como su opuesto, constituye la verdadera fuente de toda justicia y caridad auténticas» y profundamente humana. Como objetivo mínimo, conviene convencerse de que no es buen camino desear, y menos propiciar, el fracaso del adversario para experimentar esa alegría maligna (‘joie maligne’) o hueca satisfacción, con la que se intenta inadecuada e inútilmente sanar sentimientos de inseguridad y de inferioridad de uno mismo o del grupo, tal vez inadvertidos. Porque alegrarse con el fracaso del otro es el mayor fracaso propio.

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