Viajar en vacaciones

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Viajar en vacaciones

Enrique Pallarés Molíns

Doctor en Psicología. Profesor emérito de la Universidad de Deusto

Publicado en El Correo. Sábado, 7 de julio del 2018. Página 31

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Viajar; salir de la residencia habitual y de la rutina cotidiana; visitar otros lugares; ver mundo. Por lo general, resulta agradable el cambio de lugar y, además, instructivo y personalmente enriquecedor. Mark Twain, viajero incansable, concluye el extenso relato de uno de los primeros largos viajes organizados de la historia (1865) con su habitual ironía: «Viajar es nefasto para el prejuicio, la intolerancia y la estrechez de miras; y muchos de los nuestros lo necesitan desesperadamente por ese motivo». Según Herman Melville, otro escritor norteamericano: «El viaje es para un espíritu noble como un renacimiento. Tiende a enseñarnos una profunda humildad, ampliando nuestro altruismo hasta abarcar la humanidad al completo».

Viajar ayuda a ensanchar las fronteras de la mente y de la empatía; por eso, los viajes constituyen para Mahatma Gandhi «el lenguaje de la paz». El psicólogo Gordon Allport propuso la «hipótesis del contacto»: bajo ciertas condiciones, la proximidad y el contacto entre los miembros de grupos enfrentados o alejados puede ayudar a disolver los prejuicios y a reducir los conflictos. Una investigación dirigida por los profesores Jiyin Cao, Adam Galinsky y William Maddux llega a la conclusión de que los viajes, sobre todo cuando se establece contacto con varias culturas, ayudan a mejorar la confianza interpersonal y a generalizarla a otros grupos culturales.

Pero este crecimiento personal y social no brota automáticamente. Se pueden visitar otros países y volver igual de etnocéntrico y chovinista que antes de partir. Para evitarlo, no se ha de convertir el viajar en un elemento más de consumo y de moda. El viaje vacacional no es solo para ufanarse al contarlo a los demás, sino, sobre todo, para contárselo a uno mismo y vivir la experiencia del contacto con otras culturas y otras mentalidades. Es visitar un lugar con la mente y el corazón y no a un ritmo frenético, o verlo solo a través de la lente de una cámara fotográfica que no descansa.

Los viajes son muy diferentes según el objetivo y la forma de realizarlo. La estancia en un pueblo, el de la familia o el de adopción, es una opción asequible económicamente, pero no menos pródiga en satisfacciones, sobre todo para el que vive en la gran ciudad. Es mucho más que un premio de consolación cuando no hay otra alternativa. A veces es volver a las propias raíces. Días para liberar la muñeca de la opresión del reloj, porque el contacto con la naturaleza y con personas amigables, hace que el tiempo se detenga, o que se enlentezca. Ocasión también para que el móvil disfrute de algún merecido descanso.

El ‘turismo slow’ es una de las manifestaciones del movimiento slow (movimiento lento), cuya filosofía trata de neutralizar la fuente de estrés del ritmo vertiginoso de la vida actual, extendido también a los viajes. El ‘turismo slow’ implica un consumo responsable, viajes más cercanos y de mayor duración, en los que prima la calidad a la cantidad. No pretender «verlo todo», sino sentir la cercanía de la vida de las personas y de las tierras.

Aunque hay ofertas muy económicas, incluyendo la del mochilero, viajar en vacaciones no está al alcance de todos. Muchos no podrán dejar su domicilio habitual por enfermedad, acompañar a un enfermo, trabajo, falta de recursos económicos… Según el Instituto Nacional de Estadística, en 2017, el  34,4% de las familias no se pudo permitir ir de vacaciones ni siquiera una semana. Por otra parte, no todos los viajes son viajes vacacionales. Por el Mediterráneo, además de los cruceros y los yates de los económicamente potentes, navegan las incómodas y peligrosas pateras, en las que se acinan adultos y niños, que prefieren el riesgo de ser tragados por el mar, al hambre, guerra, tiranía y miseria del país de origen.

El viaje es también símbolo del encuentro con uno mismo, del propio renacer. El ser humano tiene la exclusiva en poder viajar mentalmente a través del tiempo. Así, podemos recorrer y disfrutar los momentos felices del pasado y rectificar los pasos equivocados. Tiempo, pues, para el saboreo del pasado y para el autoperdón y la reconciliación interior, como eficaz resorte para afrontar el futuro con ánimo. La persona querida con quien conversamos bajo el cielo estrellado, el buen libro que nos ofrece su amistad y consejo, o un rato de soledad reflexiva y lúcida, reconfortan e inyectan brío y esperanza para seguir adelante, a la vez que ayudan a profundizar en el sentido de ese viaje –no siempre sobre terreno amable, pero hacia un horizonte acogedor– que es la vida humana.

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