El chico de los azotes

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El chico de los azotes

Enrique Pallarés Molíns

Doctor en Psicología. Profesor emérito de la Universidad de Deusto

 

Publicado en EL CORREO. Sábado 1 de septiembre del 2018. Página 29

 

En tiempos pasados estuvo vigente el principio pedagógico resumido en la sentencia «la letra con sangre entra». Goya lo reflejó en el óleo del mismo título, que hoy contemplamos con repulsión, pero en otros tiempos con absoluta normalidad. Todavía no se conocían las conclusiones del psicólogo conductista norteamericano B.F. Skinner contra el castigo y su sustitución por el refuerzo positivo.

Los príncipes no podían ser excepción a esta norma. Al error durante el aprendizaje, o tras una conducta indeseable, debía seguir el castigo, que normalmente consistía en azotes. Por otra parte, resultaba impensable castigar así al futuro rey, por más extendido y aceptado que estuviera entonces el castigo corporal. La solución se encontró, durante algún tiempo, en ‘el chico de los azotes’ (‘The whipping boy’). Un muchacho, de la misma edad del príncipe, dispuesto a recibir los azotes que éste merecía. De este modo, los errores en el aprendizaje y las conductas inadecuadas del príncipe eran sancionadas, de modo inmediato, pero no en su carne, sino en la del chico de los azotes.

No era un oficio indeseado; todo lo contrario. El chico de los azotes comía y vivía en palacio, recibía la misma educación que el príncipe y permanecía siempre junto él, pues las acciones punibles resultaban impredecibles. Establecía una relación de amistad, incluso de profunda amistad, con el futuro rey, que con facilidad le abría un futuro brillante. Así, William Murray, chico de los azotes de Carlos I de Inglaterra, llegó a ser conde de Dysart y consejero del rey. Eso sí, el príncipe tenía que presenciar el castigo y, dada la relación de amistad creada, generadora de empatía, podemos decir que también «ahí le dolía».

La existencia de esta institución u oficio de chico de los azotes se sitúa en la Inglaterra de finales del XVI y parte del XVII. Parece que existió también, incluso con anterioridad, en algunas cortes del continente europeo. Otros monarcas actuaban de muy distinta manera, como Enrique IV de Francia, que además de permitir que su hijo, el Delfín y futuro Luis XIII, recibiera castigos corporales, ordenaba expresamente que, si era necesario, le fueran aplicados. Y no por falta de afecto a su hijo, pues la historia cuenta anécdotas que prueban el gran afecto que sentía y le mostraba.

A modo de excurso. Se cuenta («Se non è vero, è ben trovato») que la reina Victoria de Inglaterra tampoco tuvo problema en zurrar al Príncipe de Gales, el futuro Eduardo VII. Paseaba una mañana por los jardines del palacio de Buckingham, cuando escuchó el llanto de un niño. Se acercó y comprobó que su hijo Eduardo estaba golpeando a otro niño. «¿Por qué golpeas a este niño?», preguntó la reina a su hijo. «¡Para que sepa que soy el Príncipe de Gales!», respondió. La reina se sentó en el banco más próximo, colocó al Príncipe de Gales en la postura idónea, y le administró varias zurras o cachetes, mientras le decía: «¡Y yo te zurro para que sepas que soy la Reina de Inglaterra!». (A pesar de la condena actual al castigo corporal, tal vez algunos salven, e incluso aplaudan, esta reacción de la reina Victoria). Prosigamos.

El oficio de chico de los azotes, como tal, pertenece a siglos pasados y no parece que tuvo larga vida. Queda como una curiosidad histórica y pedagógica. Entre otros, se refieren a ella Mark Twain (“El príncipe y el mendigo”), y el libro de Sid Fleischman, publicado en 1987. Paul Tabori la describe en su “Historia de la estupidez humana”, aunque creo que era mucho menos ‘estúpida’ que otros comportamientos descritos en el libro.

La prohibición de los castigos corporales hace impensable hoy acudir a los azotes como motivador educativo y, mucho menos, el que un niño reciba los destinados a otro. Un hecho semejante provocaría la indignación general y la intervención de la justicia. Sin embargo, en las relaciones humanas pervive, adaptado y actualizado, el oficio de chico de los azotes, que también puede ser un grupo o colectivo. No es, pues, agua pasada. En realidad, se trata del ‘chivo expiatorio’ o del que ‘paga el pato’, expresión del mecanismo de defensa de desplazamiento, cuya historia coincide con la de la humanidad. Algunos reciben las condenas, sanciones o reprensiones que merecen otros mejor situados en la escala de poder.

Se trata, pues, de una institución democrática, al menos en teoría, y no ya monopolio real, aunque ahora se practica sin los beneficios que tuvo en las cortes inglesas. Tal vez, usted, amable lector, o yo mismo, busquemos o ya dispongamos, al actuar o al juzgar, de un chico de los azotes.

 

 

 

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2 respuestas a El chico de los azotes

  1. ¡Qué razón tienes! Más me asusta el castigo sistémico que hoy se dispensa al perdedor,por el hecho de serlo.Se busca un sumidero (víctima) que nos alivie del simple hecho de convivir,de soportar una existencia baldía.

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