Contagiar calma y tranquilidad

Contagiar calma y tranquilidad

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Contagiar calma y tranquilidad: Dos no discuten si uno no quiere

Aunque la ira y los enfados pueden ocurrir cuando uno está solo, casi siempre se producen en las interacciones de la vida diaria con otras personas. Por lo general, la ira es una respuesta a lo que se percibe o siente como una provocación por parte de otra persona, algo que uno siente como un ata­que a uno mismo. Las alternativas ante la percepción de una provocación son responder o no responder. La respuesta pa­siva, el no responder, no siempre es la mejor solución y en muchos casos empeora las cosas, pues el otro lo puede in­terpretar como un juicio de que no se puede dialogar con él. Resulta más recomendable la respuesta asertiva. Por esto, una forma de prevenir la ira es reaccionar de forma adecuada a la del otro, sin responder a la provocación. En general, tratar adecuadamente a la otra persona ayuda a que se calme.

Ver y reconocer la parte que uno tiene en el conflicto. Los conflictos son cosa de dos y rara vez un problema exclusivo de uno. Resulta difícil hacer un análisis con el calor de la ira, pero puede hacerse después, en un momento de serenidad, para tenerlo en cuenta en el futuro. No se trata de juzgar quién es el culpable, sino de ver qué puede hacer uno mismo para que la ira no aumente en ninguno de los dos.

Advertir y controlar las propias manifestaciones de ira. Reconocer las primeras señales y cómo se eleva. Utilizar al­gunas estrategias como los diálogos internos o autoinstruc­ciones, la relajación o la respiración lenta y rítmica. También se puede optar por cambiar el tema de la conversación, pero conviene hacerlo de modo que la otra persona no lo interprete como un rechazo a hablar con ella. O, finalmente, proponer aplazar la cuestión para otro momento.

No elevar el volumen de la voz y hablar con calma. Es de­cir, cuidar de que la voz no comunique hostilidad. Por eso, no hablar muy de prisa, sino lentamente y, en la medida de lo posible, con calidez y afecto. Con la forma de hablar se puede comunicar y provocar hostilidad, pero también calma y tran­quilidad. Los sentimientos se comunican, en gran parte, por la comunicación no verbal, por lo que hay que tener muy en cuenta este tipo de comunicación y los mensajes que a través de ella se pueden transmitir.

No aproximarse excesivamente a la otra persona. No inva­dir su espacio personal, sino mantener cierta distancia. Mejor, no cara a cara con la mirada muy fija, aunque tampoco dar la espalda. Conviene mantener el rostro lo más sereno que sea posible. Hay que evitar también el que, por ejemplo, una sonrisa se pueda interpretar como expresión de cinismo, o de que no se toma en serio lo que el otro dice.

Permitir intervenir al otro. Es decir, procurar no monopoli­zar la conversación, sino ser conscientes de que los dos tienen o tenemos igual derecho a intervenir. Es mejor no prolongar mucho las intervenciones y, sin necesidad de un formalismo riguroso, funcionar con turnos de la misma duración. Si se necesita más tiempo, llegar a un acuerdo, o pedir permiso al interlocutor.

Evitar «leer» la mente del otro. No presumir de saber lo que el otro piensa, siente o va a decir. Conviene poner en duda las propias interpretaciones de las intenciones de la otra persona, pues la ira inclina a interpretaciones negativas. Me­jor que afirmar lo que siente o piensa el otro es preguntárselo o facilitar que lo haga. Si no se entiende algo bien es mejor pedir clarificación o más detalles.

(Tomado del libro de Enrique Pallarés Molíns: Controlar la ira. Menos enfados y mejores relaciones con los demás. Bilbao: Ediciones Mensajero. Páginas 150-151).

(*) Continuación de la entrada anterior de este blog, cuyo enlace es: https://enriquepallares.wordpress.com/2018/10/20/2157/

 

 

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