La lección de las hojas en otoño

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Caen las hojas

Enrique Pallarés Molíns

Doctor en Psicología. Profesor emérito de la Universidad de Deusto

Publicado en El Correo. Domingo, 4 de noviembre del 2018. Página 45.

El otoño avanza con la celeridad del tiempo. Los árboles, salvo los de hoja perenne, dejan caer sus hojas. Una imagen más del otoño, antesala del invierno. Las hojas de los árboles caen, pero las de algunas especies adquieren antes de caer sorprendentes colores, de una belleza que el buen artista solo intenta remedar. Sinfonía de colores –amarillo, ocre, púrpura…, con sus matices– en armonía con el verde del césped que las acoge. Colores variados e intensos. Es el espectáculo cromático que ofrecen, por ejemplo, el haya, el abedul, el álamo, el ginkgo, el liquidámbar o la vid. Espléndido regalo para la vista, que no ha pasado inadvertido a los poetas. También una lección visual sobre la vida humana y su destino.

El ferviente cantor de la naturaleza –y tan identificado con ella– Henry David Thoreau, escribió una breve obra cuyo título es, precisamente, “Colores de otoño”. Me llama la atención la observación que hace al comienzo, antes de pasar a describir los colores del otoño en varias especies concretas de árboles, cuando insiste en que las hojas que han cambiado de color no son hojas marchitas, sino hojas que han llegado a su plena madurez. Confundir las hojas de estos colores vivos con hojas marchitas sería como confundir «las manzanas maduras con las podridas». Es la bella policromía de la madurez. Prefiero tomar de forma ingenua esta imagen del colorido otoñal, sin considerar aquí la explicación científica.

La naturaleza está cerrando un ciclo más. Los días se acortan y las noches se alargan; el cambio de la hora oficial realza la sensación invernal. El año llega a su fin. Todo parece que termina. Días marcados en nuestra cultura por las visitas a los cementerios y el recuerdo de los seres queridos que nos dejaron. Días que empujan y ayudan a pensar en algo que nos resistimos a imaginar: nuestra finitud y nuestra muerte. Un final que, en realidad, es trasformación y no aniquilación. Porque la muerte no es la mayor pérdida; la mayor pérdida y la verdadera ruina es la muerte de la esperanza y del deseo de vivir en plenitud cada día y cada segundo. Por eso, más que temer a la muerte se debe temer el no vivir la vida de verdad. Porque nada es tan triste ni lúgubre como la muerte de la ilusión, de la esperanza y del amor.

Bellos colores que contrastan con la oscuridad de la noche prolongada y con el gris de muchos días otoñales. La naturaleza, con acierto y con candor, da pinceladas de alegría y vida en el lienzo de la melancolía otoñal; el resultado es el corazón esperanzado en una nueva primavera: la primavera del amor. Porque el verdadero amor es más fuerte que la muerte. El amor hacia los seres queridos y hacia la humanidad es el mejor fármaco contra el miedo y el terror a la muerte.

El colorido otoñal y la caída de las hojas nos ofrece, pues, la gran lección. Señala también Thoreau que las hojas coloreadas y brillantes duran poco. El tiempo de sazón y de madurez es breve en las hojas. Pero en la vida humana es posible anticipar la presencia de ese colorido y no limitarlo al final. Colorear, pues, la propia vida en cada uno de sus estadios y transferir esos colores de alegría y esperanza a las personas que nos rodean, para que así se extiendan a toda la humanidad.

Esto no es una llamada a desear un adelanto de este paso final, sino una invitación a vivir en plenitud cada momento; sin buscar esa caída, aunque tampoco sin amedrentarse ni horrorizarse ante el final. Hay que anhelar la vida y no la muerte. Cada cosa a su tiempo; para que así, como lo expresó bellamente Antonio Machado, tras dormir «muchas horas todavía sobre la orilla vieja», encontrar «una mañana pura amarrada tu barca a otra ribera». Tiempo de preparación para el paso a ese amanecer definitivo, que es la transformación del amor, como decía la psiquiatra suiza americana Elisabeth Kübler-Ross. Sin mirar obsesivamente la muerte, pero sin tampoco negar, infantil y vanamente, su realidad. Sin necesidad de hacer nada excepcional, pero sí vivir con sencillez ilusionada y poner un trazo indeleble de color y de paz sobre la negrura de la injusticia y el odio.

Hojas de otoño que caen vestidas de fiesta. También el poeta Rainer Maria Rilke se fijó, en uno de sus poemas juveniles, en esta imagen de la caída: otoñal y general. Porque no solo caen las hojas: «Todos caemos». Es una ley universal e inexorable. Una caída que, a primera vista, parece solo negación y aniquilación, pero que no es el retorno a la nada ni un descalabro definitivo. Porque «hay Alguien que acoge esta caída/ con suavidad inmensa entre sus manos».

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Esta entrada fue publicada en Amor, Bienestar psicológico, Bienestar subjetivo, EL CORREO, Emociones, Enrique Pallarés, Enrique Pallarés Molíns, Esperanza, Muerte, Universidad de Deusto y etiquetada , , , , , , , . Guarda el enlace permanente.

2 respuestas a La lección de las hojas en otoño

  1. 1950mayo dijo:

    Gracias

    Miguel A. Marrero Deniz

    > El 5 nov 2018, a las 10:15, Blog de Enrique Pallarés Molíns escribió: > > >

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