Lotería de Navidad

Lotería

A propósito de la lotería

Enrique Pallarés Molíns

Doctor en Psicología. Profesor emérito de la Universidad de Deusto

Publicado en El Correo. Domingo, 16 de diciembre del 2018

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Cada mañana del 22 de diciembre escuchamos una melodía familiar: los niños y niñas del madrileño colegio de San Ildefonso cantan los premios de la Lotería de Navidad. Desde 1771 colaboran con la diosa Fortuna en el reparto de premios en dinero –el potente y codiciado motivador de la conducta humana–, aunque la mejor parte va a las arcas del Estado.

La lotería de Navidad está ampliamente extendida y casi constituye una obligación adquirir alguna participación. Nada que ver, pues, con la ludopatía o adicción a los juegos de azar, patología antigua y actual, que no se limita a una sola ocasión. Pero algunos no adquieren un número cualquiera, sino que lo seleccionan de acuerdo con los dígitos que lo componen («Que termine en 5»), la relación de los dígitos del número con una fecha determinada, o bien se adquiere en una administración de lotería ‘especial’.

Si al adquirir un décimo de lotería tuviera que elegir obligatoriamente entre el 43689 y el 22222, ¿por cuál de los dos optaría? Peguntas semejantes a esta propusieron los psicólogos Daniel Kahneman –premio Nobel de Economía– y Amos Tversky para estudiar esos atajos mentales o heurísticos que utiliza el ser humano para tomar decisiones. Pocos elegían el segundo número, pues, aunque ambos tienen la misma probabilidad de ser premiados, el 22222 no es representativo de los números aleatorios («¡Cómo va a tocar a ese número!»).

Esta conducta, como otras conductas supersticiosas, está estrechamente asociada a la ilusión de control. Elijo la administración donde adquirir el décimo y elijo el número, pensando que controlo lo que resulta incontrolable. Una muestra más de la mezcla de racionalidad e irracionalidad del ser humano. El psicólogo norteamericano Skinner comprobó que también las palomas mostraban conductas supersticiosas tras seguir el adecuado programa en la caja experimental.

La lotería es también ocasión para otra ilusión positiva, la ilusión de que me va a tocar. Es un sesgo bien estudiado la tendencia a sobreestimar las probabilidades de que nos toque la lotería e infraestimar la posibilidad de tener un accidente de automóvil. Estas ilusiones positivas comunes y leves en principio nada tienen de patológico –«De ilusión también se vive»–, incluso pueden resultar estimulantes para seguir adelante.

¿Y si me toca un premio importante? Precisamente con este fin y, en última instancia para sentirse mejor, se adquieren las participaciones. Los estudios sobre la relación entre ser agraciado en la lotería y la felicidad son más cautelosos. Admiten que con un premio importante se produce un aumento de la felicidad, pero casi tan breve y poco consistente como las burbujas del cava con el que se celebra. No digo que genere depresión ni que resulte indeseable. Pero las investigaciones advierten que la clave de la felicidad auténtica está, sobre todo, en los vínculos con las personas queridas. Tal vez por eso es frecuente repartir el décimo con familiares y amigos, para compartir con ellos la posible suerte.

¿Y si no me toca? Para algunos, el no ser premiado activa el pensamiento contrafactual, asociado a la cavilación o al lamentarse por lo que no hizo y piensa que debería haber hecho («Si hubiera comprado el otro décimo»). Para prevenir posteriores lamentos no se rechaza la participación que le ofrece un conocido «No vaya a ser que toque». Pero, con frecuencia, se utiliza el mecanismo de defensa de racionalización o explicación razonable con la que uno trata de convencerse de que, en el fondo, el no haber sido agraciado no es una tragedia y que, tal vez, incluso sea lo mejor: «Lo importante es que tengamos paz, salud y trabajo». ¿Equivale al «Están verdes» del zorro de la fábula al ver que no podía alcanzar las apetitosas uvas? El que no se consuela es porque no quiere. ¿O es un ejemplo de respuesta, ni agresiva ni autoagresiva, a una leve frustración? Algunos no se desaniman y vuelven a probar suerte en el también popular sorteo de El Niño.

Los niños y niñas del Colegio de San Ildefonso continúan cantado números y premios. Una melodía que constituye una especie de pregón navideño, como la iluminación de las calles, el belén, o la compra del turrón. Los seres humanos formamos reflejos condicionados como el perro de Pávlov, que salivaba al escuchar el timbre, asociado previamente a la comida. Que esta familiar melodía y algo nostálgica constituya un estímulo condicionado para suscitar en nosotros el deseo de unas agradables y entrañables navidades: días de familia y de amistad, y no de hiperconsumo o de excesos. ¡Feliz Navidad y Año Nuevo!

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