El mejor regalo que podemos regalar

 

los regalos

Estamos en unos días especiales para hacer y recibir regalos. Hace un par de años escribí un artículo de opinión en El Correo, sobre los regalos. Vi hace unos días que no estaba en este blog y pensé en ‘reeditarlo’, en volverlo a publicar. Tal vez a algunos les guste leerlo si en su día no lo hicieron, o releerlo y compartirlo si ya lo leyeron. A mí, personalmente, me ha gustado volver a leerlo. Perdón a los que les moleste la repetición.

Termina el artículo con el resumen de un bellísimo cuento del escritor norteamericano O. Henry. Lo incluye Jorge Luis Borges en su selecta antología de cuentos de la literatura universal, titulada “Cuentos memorables”. Ciertamente que es un cuento ‘memorable’, digno de ser recordado. Como muestra, cuando escribí este artículo nos sorprendió que el cuento les encantó tanto a los niños de unos once años de un aula de un colegio público de Bilbao como a un grupo de personas mayores del proyecto Bizi-Bete de Cáritas-Mayores de Bizkaia. Un cuento para todos y algunas reflexiones en el artículo, que espero os interesen y agraden.  

 

 

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Los regalos

Enrique Pallarés Molíns

Doctor en Psicología. Profesor emérito de la Universidad de Deusto

Publicado en El Correo. 2 enero del 2016

Las fiestas de Navidad son fechas especialmente propicias para los regalos; pero no las únicas, pues son muchas, y en aumento, las ocasiones para dar y recibir regalos: cumpleaños, boda, graduación, bautizo… A estas hay que añadir, dentro de la llamada «comercialización del calendario», los «días de…»: día de la madre, día del padre…

Intercambiar regalos es una práctica universal, en el tiempo y en el espacio, una forma de expresar gratitud, de mostrar interés y aprecio, a la vez que de establecer y fortalecer los vínculos entre personas y grupos. El regalo es el lenguaje –sin palabras, pero muy expresivo–, del amor, la amistad y la gratitud. En su clásico ensayo, destaca Marcel Mauss que la pervivencia del regalo es para congratularse, pues muestra que no todo está clasificado en términos de compra y venta, y que las cosas pueden tener, además del valor mercantil, un valor afectivo.

Tras el regalo hay un conjunto, a veces complejo, de emociones y motivos, tanto en el donante (¿Acertaré?) como en el receptor (¿Por qué este regalo?). A algunos les resulta agradable elegir el regalo, pues es una ocasión para expresar su afecto, pero otros experimentan ansiedad y temen no acertar. El narcisista elige el regalo pensando no tanto en el que lo va a recibir, sino en distinguirse y aparecer él como singular. Sin llegar a esto, es frecuente fallar en el regalo al no culminar la difícil tarea de ponerse en el lugar del receptor. El receptor trata de adivinar las emociones e intenciones del donante (¿Es sincero? ¿Será para controlarme?) y decide aceptar o no el regalo, pues a veces cuesta más recibir que dar. Por eso, dar y recibir regalos –las personas alternan ambas actividades– es una ocasión propicia para desarrollar la empatía y el ponerse en el lugar del otro.

Pero, ¿qué características debe reunir un regalo? Aunque no siempre se cumple en la práctica, se acepta como referencia, al hacer y juzgar un regalo, que suponga al donante cierto sacrificio (dinero, tiempo, esfuerzo), que el objetivo principal sea agradar al receptor, que se trate de algo apropiado y, finalmente, que suscite sorpresa y agrado. El envolverlo, a la vez que otorga a un objeto la categoría de regalo, facilita el requisito de sorpresa y es la ocasión para demostrar el buen gusto y el afecto.

Los regalos tienen en la actualidad una proyección económica importante y su práctica es bienvenida por el comercio, a la vez que suscita el interés investigador del economista. Según los estudios, con frecuencia citados y discutidos, del profesor de economía norteamericano Joel Waldfogel, la valoración que el receptor hace del regalo es entre un 10 y un 30% menor que el precio real de dicho regalo. Ante esta «pérdida irrecuperable de eficiencia de la Navidad», sin entrar en su valor sentimental, sugiere Waldfogel optar por el regalo en efectivo o en tarjetas.

Sin embargo, varios estudios de psicólogos muestran que las personas tienden a apreciar más lo que han recibido como regalo que lo que han  comprado. Es decir, el regalo puede ser un modo de «crear valor»; más por lo que representa que por su precio de mercado.

Como defensa ante el bombardeo de la publicidad, que convierte el regalo en una carrera de consumo y competición, ayudará escuchar a Ralph Emerson: «Los anillos y demás joyas no son regalos, sino remedos de regalo. El único regalo es una parte de ti mismo». No es necesario papel especial para regalar  tiempo, escucha, afecto, amistad, sangre… vida. Estos regalos retornan al donante como experiencia de profunda satisfacción; se convierten en un autorregalo. Así, un buen regalo para un niño es avivar y reforzar su generosidad natural para compartir.

El regalo de los Magos, un cuento de O. Henry (pseudónimo de William Sydney Porter), nos presenta a una joven pareja, que en su extrema pobreza solo poseen dos cosas de valor: el reloj familiar de oro de Jim y la hermosa y larga cabellera de Delia. La víspera de Navidad, cada uno siente la imperiosa necesidad de hacer al otro un buen regalo. Delia compra, con la venta de su cabellera, una cadena para el reloj de Jim; mientras Jim, con la venta del reloj, adquiere un juego de peinetas de carey para la cabellera de Delia. Al intercambiar los regalos, tras la sorpresa y el desconcierto inicial, se consuelan y abrazan. O. Henry, que reconoce la actuación apresurada y algo insensata de la pareja, comparada con la sabiduría de los Magos de Oriente, concluye: «De todos los que dan y reciben regalos, los más sabios son las personas como Jim y Delia. Ellos son los verdaderos Magos».

 

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