La cuesta de enero

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La cuesta de enero

Enrique Pallarés Molíns

Doctor en Psicología. Profesor emérito de la Universidad de Deusto

Publicado en el diario El Correo. Domingo, 20 de enero del 2017. p. 43

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«Cuesta de enero» es una expresión popular, que recoge el diccionario de la Real Academia Española y define como «Período de dificultades económicas que coincide con este mes a consecuencia de los gastos extraordinarios hechos durante las fiestas de Navidad». Los precios no bajan como en invierno el termómetro –todo lo contrario– y, tal vez, los gastos fueron más allá de lo razonable. El que la subida del sueldo no compensa la de los precios añade grados de inclinación y aspereza a la pendiente de esta cuesta.

Cuesta de enero también porque la báscula se empeña, impertinente, en señalar algún kilo más que antes de navidades. ¡No, no está estropeada; es la cruda realidad! Es posible, incluso, que los niveles de colesterol o de glucosa hayan rebasado la línea de seguridad. «¡Qué barbaridad! ¡Mañana mismo empiezo la dieta!». Es el tributo que hay que pagar por buscar la gratificación inmediata en las comidas navideñas, en lugar de graduar el placer con vistas a una satisfacción posterior más prolongada. Una ocasión para aprender por experiencia que el sensato principio de realidad ha de tener prioridad respecto al ciego principio de placer.

Cuesta de enero con aguda pendiente para los estudiantes universitarios, que inician o continúan, durante este mes, los exámenes del primer trimestre. Semanas de estrés y de recortes en las horas de sueño. Al final, tras jornadas agotadoras, satisfacción para unos, lamento para otros.

Algunos observan que la cuesta de febrero es peor todavía que la de enero. Lo gastado en las rebajas, comprando ropa u otros artículos, más atractivos por el precio y apariencia que necesarios, dejan exhaustos los ya debilitados bolsillos y aparecen los números rojos en la contabilidad familiar o personal. Y no faltan quienes prolongan la cuesta de enero hasta marzo, o más allá.

La verdad es que la vida está llena de cuestas, grandes o pequeñas, que hemos de remontar; incluso la vida misma es una cuesta, con más o menos pendiente, que tenemos que ascender. Para algunos muy empinada, casi de noventa grados y sembrada de piedras y otros tropiezos, que, además, han de recorrer con el lastre de una mochila a la espalda, que pesa hasta aplastar; es el peso de la enfermedad, ausencias, falta de recursos, injusticias, fracasos… Pocos se libran de, por lo menos, algún tramo empinado de cuesta a lo largo de su vida, y ninguno de la cuesta del camino de la vida. Cuestas abruptas que surgen en el camino de la vida cuando menos lo esperamos y cuya longitud y pendiente solemos ignorar al principio.

Pero, subir una cuesta, además de producir fatiga, hace posible llegar a la altura, al observatorio natural desde donde se divisa un extenso paisaje, con frecuencia bello y cautivador. Las alturas propician contemplar la realidad en su conjunto; a vista de pájaro, para ver que los edificios y los accidentes geográficos, enormes cuando estamos cerca, disminuyen su tamaño desde lejos. Altura, pues, para relativizar y conceder valor solo a lo que es valioso de verdad. Altura para ver mejor. Además, incluso el sudor del esfuerzo realizado resulta tonificante. El esfuerzo humano de la tarea se puede convertir en el bálsamo de la honda satisfacción.

Estamos comenzando un nuevo año y viene a cuento lo de «Año nuevo vida nueva». La vida es tiempo de aprendizaje en el que los errores, junto con las cuestas o dificultades, llegan a ser excelentes maestros si los tomamos como una oportunidad de aprender y crecer, en lugar de como un fracaso definitivo.

Recomiendan subir las cuestas con paso más corto que en el camino llano; pero a ritmo uniforme. Pasos cortos, pero con ritmo constante. Sin prisa, pero siempre adelante. Y, como para los buenos montañeros, el ascenso es ocasión para compartir con otros, no solo el camino y las vituallas, sino también la amistad. Porque la amistad y la compañía suavizan la cuesta del camino de la vida.

Para esta fecha el amable lector ha recorrido ya un buen trecho de esta popular cuesta de enero. Si la vida le trata muy bien tal vez pregunte extrañado «¿Qué es eso de la cuesta de enero? ¡Vaya tontería!». Pero, sí; la cuesta de enero –sea muy aguda, suave, o de pendiente cero–, se convierte en la imagen y en el recordatorio de todas las cuestas que tenemos que subir o escalar en el camino de la vida, y también de que la misma vida es una cuesta. Una cuesta que no podemos esquivar, sino afrontar con ánimo interior y siempre renovado, guiados por las señales de la propia experiencia y de la de otros, con la firme esperanza de ser capaces de coronar la anhelada cumbre.

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