No siempre la unión aumenta la fuerza

 

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No siempre la unión aumenta la fuerza

Enrique Pallarés Molíns

Doctor en Psicología. Profesor emérito de la Universidad de Deusto

Publicado en EL CORREO. Domingo, 3 de marzo del 2019. página 37

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«La unión hace la fuerza» no es solo un dicho popular, sino también un principio de acción suficientemente probado a lo largo de la historia, incluso convertido en canción y en eslogan político para corear: «El pueblo unido, jamás será vencido». La unión de esfuerzos no solo suma, sino que puede llegar a superar a la acción aislada de las fuerzas individuales. Es la ‘sinergia’ o proceso en el que dos o más fuerzas convergentes producen un efecto superior a la suma de los efectos de cada una por separado.

Pero, como en todo lo humano, la realidad es más compleja y no siempre la conjunción de varias fuerzas resulta superior a su suma. El ingeniero agrónomo francés Maximilien Ringelmann comprobó a finales del siglo XIX que al añadir más participantes a una tarea de esfuerzo –tirar de una soga–, tendía a disminuir, más bien, el esfuerzo de cada uno. Según los registros del dinamómetro, cuya presencia desconocían los participantes, cuanto mayor era el número de intervinientes, menor el esfuerzo de cada uno. Si el esfuerzo individual era de 83,3 kg, la media del esfuerzo de cada uno en el grupo de siete descendía a 65 kg y en el de catorce a 61 kg; e incluso a cifras inferiores. Es decir, el aumento de esfuerzos suma, pero no siempre lo que cabría esperar.

Fueron los psicólogos sociales quienes, hacia 1970, retomaron el estudio de este curioso fenómeno, llamado ‘Efecto Ringelmann’, y lo rebautizaron con la expresión ‘Holgazanería social’ (‘Social loafing’). Observaron su presencia en otras tareas físicas, pero también en tareas cognitivas, como las de comentar un poema o un editorial, generar posibles usos diferentes de un objeto, etc.

Ringelmann pensó, sin excluir una explicación motivacional, que la disminución del esfuerzo individual se debía, sobre todo, a la dificultad para coordinarse los esfuerzos individuales de los participantes. Los psicólogos sociales, sin embargo, optaron por la explicación motivacional y se centraron concretamente en una actitud posible de los componentes del grupo, que se puede resumir en la expresión: «Que se esfuercen los demás» (‘Efecto Gorrón’). A esto se añade con frecuencia la constatación de que otros miembros del grupo se esfuerzan menos de lo que deberían, lo que lleva a tomar la decisión de «no hacer el primo». Eso sí; el grado de esta holgazanería o pereza social puede variar según se identifiquen o no los esfuerzos individuales –tal vez el factor más importante–, la relevancia y atractivo de la tarea en sí misma, las recompensas por realizarla, etc.

La frecuencia y entusiasmo con el que en la actualidad se encargan y realizan tareas en grupo, en las organizaciones y en las aulas, unido al supuesto de que «siempre es más eficaz el esfuerzo grupal que el de la suma de los individuos», lleva con frecuencia a no tener en cuenta las conclusiones de estas investigaciones sobre la ‘Holgazanería social’. Porque, además de los grupos pequeños, también la convivencia social se ve afectada negativamente por los que ‘generosamente’ ceden su parte en las tareas, cargas y responsabilidades comunes a los ingenuos que se toma en serio dichas tareas y prefieren no conjugar en primera persona el verbo pronominal ‘escaquear’.

No se pretende negar ni dejar de reconocer las numerosas e importantes funciones del grupo y de la cooperación entre sus miembros, como tampoco la necesidad de aprender a trabajar en equipo. Precisamente se trata de eso, de aprender a trabajar y a colaborar en grupo; pero de verdad. No deberían darse argumentos a los sugieren, medio en broma y medio en serio, que los mejores resultados son los del grupo cuyo número de miembros es impar y menos de tres. Es más, algunos comentarios a los estudios sobre la ‘Holgazanería social’ subrayan que en estos experimentos los participantes actuaban como individuos y no tanto como miembros del grupo. Porque ahí está el problema: que el grupo funcione, de verdad, como grupo.

En nuestros días se valora mucho –con razón, aunque a veces con exceso– el trabajo y la toma de decisiones en grupo o en equipo. Pero este justificado aprecio a lo grupal, y el rechazo del individualismo y del egoísmo, no deben hacernos ciegos ni miopes para reconocer ciertos riesgos de las actividades grupales o pseudogrupales. Tarea, pues, de identificar esta inclinación humana –tan real como la tendencia a la cooperación– a disminuir el esfuerzo individual y la responsabilidad social. Educar para conseguir que la unión de todos los esfuerzos genere siempre una potente fuerza constructiva y trasformadora, orientada al bien común.

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