Animal racional y animal emocional

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Razón y emoción en el ser humano. Relación con la campaña electoral y la decisión de votar. Necesidad de un equilibrio y de remplazar las emociones negativas por las positivas.

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Animal racional y animal emocional

Enrique Pallarés Molíns

Doctor en Psicología. Profesor emérito de la Universidad de Deusto

Publicado en El Correo. Domingo, 28 de abril del 2019. página 39

Resulta muy familiar la definición del ser humano como «animal racional», una definición breve hasta el extremo, pero comúnmente aceptada durante siglos. Es la definición que aprendimos en la escuela, y que, según la doctrina aristotélica, utiliza el género próximo (animal) y la diferencia específica (racional).

Pero también las emociones reivindican su puesto y no aceptan un papel secundario. «El corazón tiene sus razones que la razón ignora», decía Pascal. Las emociones son la sal de la vida, dan variedad y dinamismo a la vida humana y a la vida social. Resultaría incomprensible la vida sin la presencia de las emociones: miedo, ira, tristeza, amor, gratitud, felicidad… El ser humano es «animal emocional», porque, aunque los animales también experimentan emociones, la dimensión emocional o afectiva es un componente esencial de la persona humana.

Animal racional y animal emocional. Emoción y razón; razón y emoción. Separar emoción y razón, lo mismo que cuerpo y mente, sería, en palabras del prestigioso neurocientífico Antonio Damasio, incurrir en «el error de Descartes». Aceptar este dualismo iría, sobre todo, contra la misma naturaleza humana.

En la arena política las emociones actúan con frecuencia de protagonistas. Por ejemplo, la ira, que a veces toma las riendas de los debates políticos y convierte en un lamentable, por no decir cómico, espectáculo la necesaria confrontación de ideas y puntos de vista. Tal vez porque la ira se asocia aquí a otras emociones como el orgullo, la envidia o el odio. No es esa ira moral que busca la justicia con firmeza, sino la ira que movida por otras oscuras emociones solo pretende desgastar o destruir al adversario político.

Otras veces el protagonista es el miedo. La estrategia de ‘apelar al miedo’, recurso utilizado hasta el abuso por la publicidad y la propaganda política, consiste en inocular una potente dosis de miedo para forzar la elección del producto o de la opción política que ofrece el que utiliza esta arma. El apelar al miedo puede estar justificado en las campañas de prevención de accidentes de tráfico («El miedo guarda la viña»), pero no cuando se utiliza desde las tribunas exclusivamente para descalificar otras alternativas políticas –caricaturizadas–, sobre todo cuando el peligro es magnificado o imaginado.

El ciudadano debe elegir este mes entre las diferentes opciones que se le presentan, maquilladas y disfrazadas con sus mejores galas. Difícil tarea la de tomar una decisión sin poseer la información suficiente para diferenciar la verdad de la no verdad. El ser humano, que por costumbre opta por el camino más breve y por ahorrar esfuerzo, utiliza en la toma de algunas decisiones un atajo mental denominado heurístico del afecto. Las emociones que suscitan inmediata y no conscientemente las siglas de un partido político o la imagen de su líder, sustituye al análisis objetivo y crítico. Es el grave error de separar la emoción de la razón e incurrir en la visión dicotómica y miope de buenos o malos.

Las emociones tienen la importante función de alimentar y orientar la acción. El razonamiento sin las emociones correría el riesgo de paralizar la acción. Pero no conviene que las emociones, sobre todo las negativas, adquieran tal protagonismo que lleguen a erigirse en tiranas y secuestren también las papeletas de las urnas, como con frecuencia secuestran a los líderes y a los militantes de los partidos políticos. No se pretende que la selección de la papeleta electoral sea el resultado de razonamientos silogísticos ni matemáticos, pero sí de una decisión serena y lo más objetiva posible, en la que la emoción no se separe de la razón. Es optar sin apasionamiento por la opción que ofrezca más garantías –y no solo bellas y huecas palabras–, de trabajar por el bien de todos los ciudadanos.

Y hablando de emociones no me quiero olvidar de la felicidad. La primera Constitución española, la Pepa, proclamaba en 1812 que «El objeto del Gobierno es la felicidad de la Nación, puesto que el fin de toda sociedad política no es otro que el bienestar de los individuos que la componen» (III, 13). El concepto de felicidad se ha enriquecido desde entonces para incluir, además de una vida agradable, una vida comprometida con los principales valores humanos (verdad, justicia, honestidad…) y una vida con sentido. Esta auténtica felicidad, hermana inseparable de la justicia y de la armonía social, debe reinar en los colegios electorales, medios, redes sociales y centros de decisión, a la vez que ser el espejo en el que se miren los políticos y todos los ciudadanos.

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