La sana velocidad de la lentitud

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La sana velocidad de la lentitud

Enrique Pallarés Molíns

Doctor en Psicología. Profesor emérito de la Universidad de Deusto

El Correo. Domingo, 7 de julio del 2019. Página 37 y                                       EL IDEAL, Domingo, 7 de julio del 2019. página 29.

 

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El periódico francés Le Figaro publicaba el 20 de febrero de 1909 el Manifiesto Futurista, redactado unos meses antes por el poeta italiano Filippo Tommaso Marinetti. Sentaba las bases de una ruptura con el pasado y de la exaltación de la velocidad. Una de sus proposiciones decía: «Afirmamos que la magnificencia del mundo se ha enriquecido con una nueva belleza: la belleza de la velocidad. Un automóvil rugiente, que parece correr sobre la metralla, es más bello que la Victoria de Samotracia».

¡La belleza de la velocidad! Y, en consecuencia, ¿la fealdad de la lentitud? No tiene buena fama la lentitud. ‘Lento’ suele utilizarse como calificativo negativo (‘alumno lento’), incluso como insulto. A veces excusamos la lentitud con la expresión «Lento, pero seguro», que hay que interpretar como «seguro, a pesar de ser lento». Decir que una película es ‘lenta’ no es una buena recomendación para verla.

En determinadas circunstancias y ocasiones resulta necesaria la mayor velocidad posible. La rápida intervención en un caso de accidente cerebrovascular es esencial para la supervivencia del paciente. Pero no siempre resulta la velocidad saludable. El patrón de conducta tipo A, o personalidad tipo A, descrito por los cardiólogos Mayer Friedman y Ray Rosnman, está relacionado con un mayor riesgo de accidentes coronarios, sobre todo en lo que este patrón de conducta tiene de impaciencia y de agresividad. Porque, efectivamente, ambas están relacionadas y dañan el corazón, pero sobre todo el bienestar.

Sufrimos la enfermedad de la prisa, que deja los arcenes repletos de quienes no pueden seguir adelante a la velocidad que se les trata de imponer. Velocidad impuesta, pero también elegida cuando no es necesario ni nadie nos obliga. Una enfermedad contagiosa, cuyo primer tratamiento es la desaceleración, el moderar la velocidad.

Moderar la velocidad no tanto por miedo a un accidente coronario, sino porque lo más agradable de la vida no es para tragarlo, sino para saborearlo con calma, para degustarlo con la delicadeza y demora de un sumiller. Esa es la gran diferencia entre el que saborea el alimento, capta diferencias de sabor y se recrea en la textura, percibe diferencias de olor o color, y los que mastican a medias o tragan. No disfrutan ni se recrean en lo que comen.

Urgencia de velocidad en el trabajo, que se transfiere al ritmo de vida y a la carretera. Baltasar Gracián comenta su aforismo «No vivir a prisa» con estas palabras: «El saber repartir las cosas es saberlas gozar» y no como los que a la velocidad con la que ya corre el tiempo añaden el atropellamiento de su forma de vivir la vida y «querrían devorar en un día lo que apenas podrán digerir en toda la vida». Es la productividad y la eficacia como criterio supremo. Hacer mucho en poco tiempo, el dominio de la cantidad sobre la calidad.

Como antídoto a este trepidante estilo de vida, surgió hace unos años el ‘movimiento slow’, el movimiento lento, impulsado por el periodista canadiense Carl Honoré, con su libro Elogio de la lentitud. No pretende este movimiento imponer a los seres humanos la velocidad de la tortuga; no es desacelerar por desacelerar ni hacer de la vida una ‘carrera’ de caracoles. Cuando es necesaria la rapidez no se duda en acelerar. En las demás ocasiones rige el criterio de la parsimonia.

Inspirados en el movimiento ‘slow’ han surgido el de la ‘comida lenta’ (‘slow food’) y el de ‘ciudades lentas’ (‘cittaslow). Comida lenta en cuanto a los alimentos, con preferencia por los productos naturales, y por la cocina tradicional de la región, que ignora el microondas. Nada que ver, pues, con la comida rápida, la ‘fast food’ (o ‘ne-fast food’, como algunos ironizan). Y también las ciudades lentas, las poblaciones que rechazan someterse a la corriente de homogeneización (o americanización) y al imperio de las franquicias, destacan lo más característico de la ciudad y alcanzan una buena calidad de vida. Ciudades en las que uno desearía residir siempre y que, al marchar, las lleva dentro del corazón.

Comida lenta, ciudades lentas… Un ritmo de vida más lento y humano, libre de la dictadura de la rapidez y de la ley de rendir el máximo en el mínimo de tiempo. La velocidad al servicio de la persona y no la persona al servicio de la velocidad. Esto exige un giro copernicano en nuestra sociedad, que no está en manos de todos realizar al completo. Pero siempre queda un margen de acción personal, que exige reorganizar las propias metas y establecer prioridades; preferir la calidad a la cantidad y el sosiego a las prisas.

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