Envejecer bien, un objetivo alcanzable

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Envejecer bien, un objetivo alcanzable

Enrique Pallarés Molíns.

Doctor en Psicología. Profesor emérito de la Universidad de Deusto

Publicado en EL CORREO. Domingo, 20 de octubre de 2019

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La proximidad al Día Internacional de las Personas de Edad (1º de octubre) me invita o apremia a poner por escrito algunas ideas sobre el envejecimiento. Aunque, dado su carácter universal, la reflexión sobre el envejecimiento debe desbordar esa fecha y ser objeto de atención con mayor frecuencia.

No es necesario aprender a envejecer, a pesar de la literalidad de algunas expresiones («Aprenda a envejecer»). La naturaleza genera espontáneamente el envejecimiento, sin necesidad de aprendizaje. Un proceso intrínseco al ser vivo, que a partir de la madurez se hace más visible. El reto y la tarea consiste, pues, en aprender a envejecer bien –o lo mejor posible–, porque sí que es posible aprender a realizar bien, o todavía mejor, este proceso de envejecimiento que lo inicia y conduce la biología, pero que lo moldea y diversifica la cultura y cada persona.

Al hablar de ‘envejecer bien’ no me refiero al llamado «envejecimiento con éxito», propuesto, entre otros, por los profesores John W. Rowe y Robert L. Khan y citado con frecuencia en la literatura gerontológica, que implica buena salud, ausencia de incapacidad grave y buen funcionamiento cognitivo, además de mantenerse activo y productivo. Es un modelo u objetivo que, a pesar de que ensancha y combate la visión del envejecimiento como mera involución y declive, no está en la mano de todas las personas alcanzar. Prefiero un objetivo alcanzable por todos, más modesto, aunque no menos valioso y fundamental, como es el de «envejecer bien». No se olvida de prestar atención a la salud corporal con la prevención y un estilo de vida saludable, pero se centra en el desarrollo de un conjunto de actitudes psicológicas adaptativas ante los cambios. «Envejecer bien» no es un oxímoron ni algo inalcanzable. Es una tarea psicosocial más que biológica, es un ‘lifting’ psicológico y no físico, al alcance de todas las personas. A continuación, unas breves pinceladas.

El doctor Gregorio Marañón en su ensayo «El deber de las edades» considera que el deber o tarea psicológica más importante y lo único «que puede aliviar la carga de la vejez» es la adaptación a las nuevas circunstancias. Pero, a continuación, aclara que «Adaptarse no es resig­narse. Adaptarse no quiere decir renuncia». Se trata, pues, de una adaptación proactiva y no de un pasivo dejarse llevar.

Ante todo, fomentar las creencias de control, en lugar de las creencias de impotencia e indefensión. Cambiar lo que es posible cambiar, pero aceptar de buen grado lo que no es posible cambiar. La sabiduría desarrollada a lo largo de la vida y el consejo de las personas más cercanas ayuda a distinguir cuándo se ha de persistir en cambiar las cosas y cuándo hay que cambiar los propios deseos. La «muerte social», la pérdida o disminución de la influencia en la sociedad, tiene lugar años antes que la muerte biológica y es necesario también reinventarse y adaptarse proactivamente a ella.

Ensanchar, y sobre todo fortalecer, la red social es fundamental para afrontar bien el envejecimiento. Una red que se teje a lo largo de la vida, que se fortalece con la comprensión, la tolerancia, la entrega y la amabilidad, y que se puede reparar con la práctica del perdón: perdonar, pedir perdón y perdonarse. Es decir, reconciliarse con los demás y con uno mismo; con el presente y con el pasado, para mejor afrontar el futuro.

Se recomienda, a cualquier edad, reforzar la eficacia del sistema inmune biológico con la alimentación y el estilo de vida adecuados. Pero, igualmente, es necesario fortalecer el sistema inmune psicológico o conductual. Cita el profesor George Vaillant entre los componentes de este sistema inmune psicológico el sentido del humor y el altruismo. Sentido del humor que no equivale a carcajadas huecas, sino a una visión de la vida que relativiza y suaviza las actitudes dogmáticas y rígidas que tensan las relaciones con los demás e intoxican a uno mismo. El altruismo no solo resulta positivo para quien recibe el beneficio, sino también para el que lo da, sea apoyo material, tiempo, sonrisa, etc.

Al final de la vida, la práctica de la gratitud, que según Cicerón «no es solo la más grande de todas las virtudes, sino la madre de todas ellas», adquiere una función especial. En sinergia con las actitudes anteriores, ayuda a encontrar, reencontrar o fortalecer el sentido de la vida –razón o razones para vivir– y a avivar la esperanza. Esperanza que consiste, no en la falsa ilusión de que todo irá bien, sino en la posibilidad real de ser capaz de superar la adversidad y de trabajar para dejar algo mejor el mundo.

Acabo de publicar un libro relacionado con este artículo, cuyo título es: “Para afrontar el envejecimiento”. Si quieres acceder al dossier con información sobre este libro (cubierta y portada, índice, prólogo, contracubierta y breve información de los libros que he publicado hasta el momento) haz clic en el siguiente enlace:

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