¿Cómo me sentiré si…?

Meteorologia afectiva cabec

 

Meteorología afectiva

Enrique Pallarés Molíns

Doctor en Psicología. Profesor emérito de la Universidad de Deusto

Publicado en EL CORREO y en EL DIARIO VASCO. Viernes, 29 noviembre de 2019

Enlace al texto del artículo en PDF: Meteorologia afectiva artic

Desde hace milenios, el ser humano trata de predecir el tiempo y los fenómenos meteorológicos. Teofrasto (c. 371 – c. 287 a. C.), discípulo de Aristóteles, además de una clasificación pionera de las plantas y de su estudio de los caracteres, escribió «El libro de los signos», un manual para predecir el tiempo futuro. Por ejemplo, según Teofrasto, un anillo alrededor de la luna es seguido a menudo por lluvia. Hoy, las predicciones meteorológicas están en manos de la ciencia y resultan cada vez más exactas en sus pronósticos. Se realizan también predicciones de los resultados electorales, de la evolución de la economía… y de casi todos los acontecimientos futuros. La predicción es el primer paso para el control e, incluso, una forma de control.

No es de extrañar, por tanto, que las personas realicen también predicciones sobre cómo se sentirán si ocurren determinados acontecimientos previsibles. El ser humano es capaz de «viajar por el tiempo» y de poder adelantar cómo se sentirá en el futuro. además, estas predicciones tienen consecuencias muy importantes. Muchas decisiones –elección de carrera o de pareja, dónde ir en vacaciones, ruptura de una relación, dejar de fumar, proyectar un viaje, etc.– las tomamos a partir del pronóstico que hacemos de cómo nos sentiremos en el futuro. Pero también influyen estas predicciones en el estado de ánimo presente; el temor a hundirse afectivamente cuando ocurra algo previsible negativo, lleva a sentirse mal en el momento presente.

¿Aciertan las personas al predecir su estado afectivo futuro? Si criticamos e ironizamos los errores en las predicciones meteorológicas, tendríamos que ser también críticos con muchas de las predicciones que realizamos sobre nuestro estado afectivo futuro. En conjunto, podemos decir que no somos buenos «meteorólogos afectivos».

Por lo general, la predicción es correcta referida escuetamente a si nos sentiremos bien o mal, es decir, al signo, positivo o negativo, de nuestro futuro estado de ánimo. Aunque no siempre, como ocurre en el caso de la venganza. El poeta inglés John Milton, en su poema «El paraíso perdido», afirmaba a mediados del siglo XVII que «La venganza tan dulce a primera vista, ¡qué amarga es al fin!». Hace un par de décadas los profesores Kevin M. Carlsmith, Timothy D. Wilson y Daniel T. Gilbert confirmaron empíricamente esta intuición de Milton, e indicaron sus posibles causas. Se piensa que la venganza supondrá un alivio a la agresión contenida y a las sensaciones negativas generadas por la ofensa, pero al llevarse a cabo ocurre todo lo contrario.

Los errores como «meteorólogos afectivos» se refieren, sobre todo, a la intensidad y a la duración de nuestro futuro estado afectivo tras un determinado acontecimiento. «Me hundiré si me suspenden», «No superaré el que mi pareja me abandone», «Viviré feliz el resto de mi vida si me toca la Lotería», etc. ¿Por qué ocurren estos errores o notorias inexactitudes al predecir el propio estado afectivo futuro? Los profesores citados más arriba han propuesto varias explicaciones, referidas sobre todo a la predicción afectiva ante acontecimientos adversos.

En primer lugar, no es fácil acertar, sin experiencia previa, cómo se va a sentir uno si ese acontecimiento temido ocurre. A falta de esta experiencia directa nos guiamos por las opiniones populares, que no siempre son correctas («Eso te hunde para toda la vida»). Tampoco se tiene en cuenta la evolución normal de la experiencia afectiva tras un acontecimiento adverso o deseable, es decir, nuestra capacidad para acostumbrarnos a lo negativo, pero sobre todo a lo positivo. Es la llamada «adaptación hedónica». Pensamos que la intensidad de la experiencia afectiva va a ser siempre la misma, pero con el paso del tiempo, salvo en algunas experiencias, se va suavizando el impacto del primer golpe.

Por otra parte, tendemos a focalizar excesivamente lo mal que nos sentiremos en el futuro sin tener en cuenta la presencia entonces de varios factores que pueden concurrir como amortiguadores del impacto del acontecimiento adverso: apoyo de otras personas y el despliegue de nuestros propios recursos internos (reinterpretar lo ocurrido, comparaciones favorables, etc.).

Nuestra salud emocional y el bienestar personal, presente y futuro, dependen en buena parte de no magnificar nuestras reacciones afectivas ante posibles acontecimientos negativos, muchos de los cuales ni siquiera llegan a ocurrir. Pero también de que no construyamos castillos en el aire, bellos pero irreales.

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