La positividad no siempre resulta positiva

 

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La positividad no siempre resulta positiva

Enrique Pallarés Molíns

Doctor en Psicología. Profesor emérito de la Universidad de Deusto

Publicado en El Correo, domingo 1 de marzo de 2020, página 36

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Pensar de forma positiva, tener una actitud igualmente positiva ante la vida, el presente, el pasado y el futuro resulta recomendable y deseable para cada persona y para la sociedad. Ver el lado bueno de la realidad, sin ingenuidad, y no ser profeta de catástrofes hace a la persona atractiva y tiene efectos positivos en su salud integral.

Hace un par de décadas surgía una nueva orientación de la Psicología: la Psicología Positiva, que supuso un giro copernicano respecto a las corrientes psicológicas anteriores, si exceptuamos la Psicología Humanista. La clasificación de las enfermedades mentales se sustituía por la de las «sanidades mentales» o fortalezas humanas; en lugar de enfocar lo negativo o deficitario del ser humano, se centraba en los puntos fuertes y en las vías para hacerlos crecer. Las emociones positivas (gratitud, amor, felicidad…) adquieren el máximo protagonismo porque, como sintetizó la profesora Fredrickson, «ensanchan y construyen»; no son un lujo, sino que ensanchan nuestra mente y construyen recursos psicológicos y sociales duraderos.

Nada que objetar a esta nueva orientación de la Psicología. Bienvenida sea también la inclusión, en 2014, del término ‘positividad’ en el diccionario de la Real Academia Española. Pero el excesivo entusiasmo lleva en ocasiones a la simplificación, a no ver toda la realidad de la persona humana, a apartar de la vista sus limitaciones radicales (enfermedad, sufrimiento, vejez, muerte). Desde la misma Psicología han surgido voces críticas y la Segunda Ola de la Psicología Positiva intenta superar algunas de las limitaciones de la primera propuesta.

Porque la positividad se ha constituido en un movimiento o ideología, casi en una religión, con su cuna en los Estados Unidos, pero que, como la Coca Cola –marca enrolada en el llamado «marketing de la felicidad», que asumió el liderazgo del movimiento de la positividad– se ha extendido por todo el mundo.

La ensayista norteamericana Bárbara Ehrenreich lo expresó rotundamente en el título de su libro –«Sonríe o muere»–, donde denuncia la intolerancia hacia la tristeza en nuestra sociedad y la «obligación» de mostrar siempre una faz sonriente, aunque sea una sonrisa un tanto artificial y bobalicona. Pero la tristeza y la aflicción son una experiencia profundamente humana que, aunque no se han de fomentar y menos favorecer el instalarse en ellas, pueden llegar a resultar iluminadoras. Las lágrimas son a veces un buen colirio para ver mejor la realidad. En todo caso, a la persona sumida en la tristeza de la depresión o de la aflicción no se le ayuda a salir del hoyo, o de la sima, con unas superficiales o huecas palabras. El profesor Brock Bastian y sus colegas demostraron que cuando una persona percibe que los demás no aceptan su tristeza y siente la obligación de ser feliz, aumenta su culpa y tristeza en intensidad y en frecuencia. La realidad es mucho más compleja de lo que expresan consignas como «Usted es quien ha elegido estar triste; opte por estar alegre y ser feliz», «Transforme sus pensamientos negativos e irracionales en otros positivos».

Otra recomendación, que a veces se lee en la literatura de autoayuda, es la de decirse frases positivas que expresan lo opuesto a la imagen que uno tiene de sí mismo («Soy una persona fenomenal», «Todos me quieren»). Existe una tendencia a vernos de un modo más favorable de lo que en realidad somos (sesgo de autorrealce). Pero esta tendencia actúa junto con la de definirse de forma exacta (autoverificación); es la interacción del adulador y del científico. No funciona el intentar engañarse con frases muy positivas, pero muy alejadas de la percepción negativa que uno tiene de sí mismo.

Consejos simplificadores, pues, que pueden llevar a concluir a quien intenta infructuosamente ponerlos en práctica que, además de sufrir una depresión, sufre un déficit intelectual, pues no es capaz de sacar provecho a estas sencillas y ‘evidentes’ orientaciones. La tristeza depresiva no se elige, sino que su origen es complejo.

Fomentemos la positividad, pero sin simplificaciones, sin llegar a la «tiranía de la positividad» ni tratar de imponer la «euforia perpetua» como norma universal. Hace más de dos milenios dijo el autor del Eclesiastés: «Todo tiene su tiempo… tiempo de llorar, y tiempo de reír; tiempo de endechar, y tiempo de bailar». Una invitación a aceptar la alegría y la tristeza como experiencias profundamente humanas; primera etapa de un camino que, iluminado por la esperanza, conduce a la alegría auténtica, compartida y saludable.

Esta entrada fue publicada en Autoayuda, Bienestar psicológico, Bienestar subjetivo, EL CORREO, Emociones, Enrique Pallarés, Enrique Pallarés Molíns, Psicología Positiva y etiquetada . Guarda el enlace permanente.

2 respuestas a La positividad no siempre resulta positiva

  1. 1950mayo dijo:

    Gracias 😊

    Miguel A. M. Deniz

    > El 3 mar 2020, a las 14:16, Blog de Enrique Pallarés Molíns escribió: > > >

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