Esperanza para seguir adelante

Con el motor de la esperanza cab

Con el motor de la esperanza

Enrique Pallarés Molíns

Doctor en Psicología. Profesor emérito de la Universidad de Deusto

Publicado en El Correo. Domingo, 14 de junio de 2020. página 36

 

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Cuenta el poeta y filósofo griego Hesíodo en el poema “Trabajos y días”, que Pandora, por pura curiosidad, destapó el ánfora (o ‘caja’ en la traducción posterior) que Zeus había entregado a Epimeteo con la orden de que no fuera abierta bajo ningún pretexto. Al abrirla salieron de ella todos los males –el sufrimiento, la envidia, el hambre, las guerras, las plagas, el odio, etc.– y se dispersaron por el mundo como la gran pandemia del mal global. Pandora cerró el ánfora rápidamente y solo quedó sin salir la esperanza. ¿Es la esperanza un mal? ¿o es el remedio de todos los males?

De las varias explicaciones dadas sobre la permanencia de la esperanza en el ánfora me inclino por la que indica que ocurrió así porque es el último remedio de todos los males. Sin embargo, varios pensadores han ofrecido una visión negativa de la esperanza. Por ejemplo, para Nietzsche la esperanza es el peor de todos los males pues prolonga todavía más el sufrimiento.

Desde hace algo más de dos décadas la Psicología ha tomado la esperanza, concepto con gran raigambre en el pensamiento filosófico y teológico, como objeto de investigación, y trata de promoverla con el fin de neutralizar la desesperanza y mejorar el comportamiento humano en ámbitos importantes. El modelo de intervención más aceptado es el propuesto a partir de 1994 por Charles Richard Snyder, cuando era profesor de Psicología Clínica de la Universidad de Kansas.

Según él, la mejora de la esperanza consiste en desarrollar la capacidad para generar caminos hacia metas accesibles y para activar la motivación con el fin de seguir esos caminos. Determinar las metas (más o menos cercanas) sería el primer paso, dirigido a superar el ofuscamiento paralizante de pensar que todo está cerrado. Para alcanzar la meta propuesta es necesario trazar los caminos adecuados y mantener la motivación para seguir el elegido, a pesar de las dificultades que surjan. No se trata, por supuesto, de una fórmula mágica ni diferente a lo que dicta el sentido común. Pero, a pesar de su sencillez, implica un entrenamiento de la flexibilidad mental y de la motivación, que se implementa a través de varias sesiones, aunque también resulta útil aplicado por uno mismo y a nivel social.

Snyder elaboró también un cuestionario para estimar el grado de esperanza con el que se comprobó que las personas con puntuaciones altas obtienen mejores resultados en varias áreas significativas (académica, salud física y mental, relaciones interpersonales, económica, etc.) que las de puntuaciones bajas.  La esperanza provoca estos efectos positivos porque genera y alienta la acción, hasta el punto de hacer posible lo que parecía imposible. La esperanza es, pues, una actitud que se puede desarrollar y que hay que mantener en lucha contra las tentaciones de desesperanza.

Vivimos unas circunstancias extremadamente difíciles, caldo de cultivo para la desesperanza. El coronavirus ha irrumpido de forma imprevista y contundente, dejando una larga estela de sufrimiento, muerte e incertidumbre. Ahora, más que nunca, sin encandilarnos con falsos remedios, es necesario cultivar la esperanza. La desesperanza es tan contagiosa y letal que el coronavirus. Pero igualmente contagiosa es la esperanza. En este caso, lo adecuado es dejarse contagiar y contagiar.

Tener esperanza no es negar la realidad ni vivir una ilusión irreal o pueril. Esperanza no equivale exactamente a optimismo. El optimista exagera las probabilidades de un resultado feliz; la esperanza lleva a iniciar y mantener el esfuerzo, aunque existan pocas probabilidades de alcanzar la meta. El psiquiatra austriaco Viktor Frankl, superviviente de varios campos de exterminio afirmaba que en los momentos peores de aquellos años y con escasísimas probabilidades de sobrevivir –las estimaba de uno contra veinte–, «no tenía intención de perder la esperanza y tirarlo todo por la borda».

El recuerdo del propio pasado o del ajeno muestra, sin duda, ocasiones en las que una firme esperanza condujo a alcanzar metas que inicialmente parecían inalcanzables. La historia de los pueblos ofrece ejemplos semejantes.

Tomemos conciencia de nuestra capacidad de resiliencia, sin guiarnos por los mensajes catastrofistas. Estamos en la «operación esperanza» que los líderes políticos deben fomentar con una actuación honesta y ejemplarizante, en lugar de ocuparse en rencillas o maniobras para desgastar al adversario. El adversario común es el coronavirus y sus nefastas secuelas. En este crucial momento la esperanza compartida y continuada es el mejor motor para avanzar por el buen camino.

 

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