Hacia una autoestima sana

Hacia una autoestima sana

Enrique Pallarés Molíns

Doctor en Psicología. Profesor emérito de la Universidad de Deusto

Publicado en El Correo y en Ideal. Domingo, 15 de noviembre

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En las últimas décadas del siglo pasado se consideró la autoestima como la clave de la salud mental y social. Se pensaba que elevar la autoestima de la ciudadanía llevaría a un descenso o a la desaparición de problemas tan graves, como la drogadicción, la delincuencia, el fracaso escolar, etc. Promover su aumento se constituyó en un verdadero movimiento o cruzada: conferencias, artículos, libros, vídeos… incluso un estado norteamericano reservó en los presupuestos una partida para el crecimiento de la autoestima. Los resultados de los estudios científicos moderaron este entusiasmo un tanto ingenuo. Con todo, hoy queda claro que la visión y valoración que uno tiene de sí mismo –la autoestima– resulta importante para su ajuste psicosocial.  

La autoestima, bien entendida, no es una cometa que sube y baja. Puede mejorar, para lo cual no existen trucos ni fórmulas mágicas, sino algunas orientaciones generales. La primera y fundamental, siguiendo a la profesora Jennifer Crocker, es no buscarla inquieta y obsesivamente, porque así se atrapa viento y no la autoestima auténtica. No vale lo de «cuanta más alta mejor», pues más importante que su altura es la solidez de sus cimientos.

La autoestima sana va estrechamente unida al conocimiento propio, tarea de toda la vida. Es preferible en el autoconocimiento evitar los adjetivos generales o abstractos, sobre todo los negativos, optar por la descripción en lugar de por la valoración, equilibrar el ‘lápiz rojo con el ‘azul’ –evitar el ‘negro’– y no trazar un autorretrato estático («Soy así»), sino dinámico («Puedo mejorar»).     

La autoestima resulta, en buena parte, de las comparaciones sociales, implícitas o explícitas. Es recomendable mirar ‘hacia arriba’ en lo que uno puede conseguir y ‘hacia abajo’ para acallar insatisfacciones en lo que resulta inalcanzable. Pero lo mejor es sustituir las comparaciones por la autoaceptación incondicional, que, lejos de impedir el cambio, lo estimula de forma saludable y eficaz. Es aceptarse a sí mismo en los fracasos y en los éxitos, imitando a las madres que aceptan incondicionalmente a su hijo, con independencia de su apariencia física o de su capacidad intelectual.  

Cada uno escucha la voz de una especie de consejero interior que le dicta lo que debe hacer y cómo se tiene que sentir en cada momento. Un ‘consejero’ que se forma en contacto con la realidad. Se ha de evitar que sea un crítico intransigente, pero tampoco excesivamente permisivo o amoral; ni el perfeccionismo que agosta la autoestima ni el laxismo que la deteriora desde dentro.  

William James, que fue quien utilizó por primera vez el término «autoestima», la conceptualizó como el cociente entre logros y aspiraciones o deseos. Según esta ecuación, se puede mejorar la autoestima aumentando el numerador (logros), pero también disminuyendo el denominador (aspiraciones). Converge con la sabiduría popular: «No es pobre el que tiene poco, sino el que mucho desea».

Los pensamientos generan las emociones y las acciones, aunque también al revés. El catastrofismo, la generalización excesiva, la polarización («o soy bueno o soy malo»), etc. se traducen en sentimientos negativos hacia uno mismo. Sustituir estos pensamientos distorsionados por otros correctos y más funcionales es otra forma de cultivar la autoestima.

También la memoria tiene un papel importante. Con el estado de ánimo bajo, el recuerdo se sesga hacia lo negativo y arrastra la autoestima hacia abajo, lo que acentúa todavía más el recuerdo de lo negativo. Un contrapeso a esta tendencia es tener mentalmente muy accesible un conjunto de imágenes y experiencias positivas del pasado, que actuarán de resorte cuando sea necesario.

Fomentar la autoestima sana no es mirarse al espejo y decirse «¡Soy el mejor!» o frases semejantes; esto es narcisismo, una patología de la autoestima. «Todo narcisismo es un vicio feo, y ya viejo vicio», decía Antonio Machado; autoestima insana en sobredosis.

Porque la autoestima no es un asunto puramente individual, sobre todo en tiempos difíciles como el presente. En las culturas colectivistas la autoestima individual deriva de la colectiva y se pone el énfasis en los objetivos comunes. Importante lección de estas culturas, por lo general no occidentales, con ‘egos’ más silenciosos. La situación actual ha dañado la autoestima individual y colectiva, pero también constituye un reto para elevarla sobre un fundamento sólido, ampliamente social, y llegar al convencimiento de que no hay autoestima sana contra los demás, a costa de los demás, o al margen de los demás.

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