La compasión, una emoción necesaria

La compasión: una emoción necesaria

Enrique Pallarés Molíns.

Doctor en Psicología. Profesor emérito de la Universidad de Deusto

Publicado en EL CORREO y en EL IDEAL. Domingo, 6 de junio de 2021

Un estudio observacional, realizado en Kenia, describe los últimos días de una elefanta, muy debilitada, que intentaba inútilmente ponerse de pie. La matriarca de otro grupo trataba de ayudarla con sus colmillos. Mientras tanto, otros miembros de la manada de la matriarca ‘compasiva’ observaban la escena con total indiferencia.

El primatólogo Frans de Waal, tras aportar otros ejemplos, anota que las conductas de ayuda a los congéneres debilitados son frecuentes en varias especies de animales. Algunos hablan de «instinto de compasión» para subrayar las hondas raíces de esta emoción social, que consiste en sentir con el que sufre y, además, en realizar las acciones necesarias para suprimir o disminuir ese sufrimiento. 

Sin embargo, no todos la practican y muchos se limitan a mirar, o apartan la vista. Además, no siempre suena bien la palabra ‘compasión’ –se prefiere dar envidia que dar compasión– y varios pensadores importantes se han mostrado críticos con ella. El filósofo francés Vladimir Jankélévitch afirma que la compasión va a remolque de la desgracia, que necesita del sufrimiento de otro, por lo que duplica el sufrimiento: al del que sufre se junta el de quien se compadece de él. Pero el sufrimiento no desaparece por apartar la vista. Además, la compasión no provoca lágrimas, sino que las enjuga; no induce tristeza, sino honda satisfacción. Por otra parte, los antónimos de compasión –crueldad o insensibilidad– resultan claramente inaceptables.

Compasión no equivale a empatía, aunque la incluye, porque la empatía o comprensión del que sufre podría quedarse en indiferencia, e incluso informar de los puntos débiles de otra persona. Se suele condicionar la práctica de la compasión a constatar que el que sufre no es el causante de su sufrimiento; un juicio complicado o imposible de realizar con acierto. Todo sufrimiento, sin más, merece compasión. La compasión tampoco es un mero sentimiento de lástima, y menos si se practica desde una posición de superioridad o de distancia.

  Compasión con otros y también compasión con uno mismo. Cuidar y cuidarse. La profesora de Psicología Kristin Neff, inspirada en la psicología budista, ha propuesto un modelo de «compasión con uno mismo», integrado por estas tres actitudes interdependientes. Amabilidad y bondad hacia uno mismo en el sufrimiento, en lugar de castigarse con una autocrítica amarga e inoperante. Además, sentirse miembro solidario de una humanidad sufriente, en lugar de aislado. Finalmente, la mente plena (mindfulness) o vivir con plenitud el momento presente, con actitud equilibrada hacia la propia experiencia y tomando cierta distancia del sufrimiento. Insiste la profesora Neff en que la compasión hacia los demás y la «compasión hacia uno mismo» no se oponen ni son independientes, sino las dos caras de la misma moneda.

¿Cómo fomentar la práctica de la compasión? La primera tarea consiste en apartar lo que agosta o impide el desarrollo del «instinto de compasión». Resulta esencial la educación desde los primeros años, en la familia y en la escuela, al hilo de lo que ocurre. No faltan ejemplos de compasión, que no deben quedar ocultos por los de crueldad e indiferencia. Además, conviene practicar la compasión con el corazón y con la razón, para que no se quede en un destello fugaz. Ser compasivos y aceptar también la compasión de otros cuando uno sufre.   

Se ha comprobado la tendencia a disminuir la compasión al aumentar el número de personas que sufren. Es el «debilitamiento de la compasión», la acomodación o disminución de la sensibilidad a las brutales estadísticas del sufrimiento. Evitemos, pues, que las elevadas cifras borren los rostros de las personas que sufren. 

Aunque normalmente nos referimos a la compasión entre personas, como señala la filósofa norteamericana Martha Nussbaum, hay que extender la compasión, sobre el cimiento de la justicia y la razón, a las relaciones entre grupos y entre estados: economía compasiva, estado compasivo… y compasión con nuestro Planeta. El doctor Albert Schweitzer, premio Nobel de la Paz por su actividad humanitaria en África, afirmó: «Mientras no ampliemos nuestro círculo de compasión a todos los seres vivos, la humanidad no encontrará la paz».

Porque la compasión es el antídoto más eficaz contra las fuerzas disgregadoras y destructoras del egoísmo y del odio, letales amenazas para la humanidad. La compasión es también el bálsamo reanimador y sanador, especialmente necesario en este tiempo de sufrimiento y de incertidumbre. Beneficia al que sufre, pero también –y no menos– a quien la practica.

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