La curiosidad: virtud y vicio

Curiosidad: virtud y vicio

Enrique Pallarés Molíns

Doctor en Psicología. Profesor emérito de la Universidad de Deusto

El Correo. Domingo, 5 de septiembre de 2021

El Diario Vasco. Lunes, 6 de septiembre de 2021

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El ser humano dedica gran parte de su tiempo y esfuerzos a satisfacer la curiosidad por medio de un amplio número de conductas, que van desde la investigación del origen de la vida a leer o escuchar noticias sobre los famosos. El comienzo del curso académico invita a reflexionar sobre la fuerza que impulsa el aprendizaje: la curiosidad intelectual, el interés por explorar y conocer. Curiosidad intelectual siempre viva; toda la vida, desde la cuna a la sepultura, es una experiencia de aprendizaje, empujada por la curiosidad intelectual.

Un estudio realizado con un amplia muestra de adolescentes por el profesor Todd Kashdan mostró que los estudiantes que puntuaban más alto en curiosidad obtenían las mejores calificaciones. Pero esta relación se producía solamente en los de centros académicamente exigentes. Sin embargo, los que también puntuaban muy alto en curiosidad, pero en centros poco exigentes, tenían los peores resultados. Parece, pues, que los buenos resultados académicos se obtienen cuando la curiosidad se desarrolla en un contexto intelectualmente disciplinado.

Porque la curiosidad intelectual, aunque incluye espontaneidad y cierto grado de improvisación, sobre todo en su comienzo, requiere siempre la tarea menos complaciente de la reflexión y sistematización. La gran ventaja actual de encontrar en el océano de internet cualquier información, a golpe de clic, no dispensa de la selección con criterio riguroso, sin dar por bueno lo primero Google ofrece.

El estudiante, y en general cualquier persona, necesita estar equipado con unas buenas ‘estanterías mentales’ donde colocar sus conocimientos, es decir, de unos esquemas que organicen y vertebren la información encontrada. Estos mismos esquemas mentales guían adecuadamente la posterior práctica de la curiosidad para que no resulte ciega. Ortega y Gasset advertía a un joven estudiante: «No basta la curiosidad para ir hacia las cosas; hace falta rigor mental para hacerse dueño de ellas». No basta con la conexión a wifi ni con repartir ordenadores.

La curiosidad, por lo general, resulta muy positiva y avivarla constituye un objetivo educativo esencial. Es el motor del conocimiento científico y filosófico y está en su punto de partida. En general, la curiosidad resulta ser una bendición para el ser humano. El descubrir algo nuevo de cierta complejidad genera un estado de ánimo positivo, pues con ello se activa el sistema de recompensa del cerebro. Abre la puerta a muchas informaciones y descubrimientos que hacen que la vida merezca un poco más la pena.

¿Puede ser también una maldición? La curiosidad a veces conduce a conductas indeseables, como contemplar escenas horribles o a realizar conductas de riesgo. Resulta peligrosa, por ejemplo, cuando al conducir un vehículo se quiere curiosear el accidente ocurrido poco antes.

La curiosidad es, pues, una fuerza tan potente que puede llevar al ser humano a practicarla, incluso si son predecibles consecuencias indeseables. Es el llamado efecto Pandora, que los profesores Christopher K. Hsee y Bowen Ruan resumen: «Los humanos poseen un deseo innato de resolver la incertidumbre, sin tener en cuenta las consecuencias. Cuando afrontan algo incierto y sienten curiosidad actuarán para solucionar la incertidumbre, incluso si esperan consecuencias negativas». La curiosidad es, pues, un arma de doble filo que exige ser manejada con exquisito cuidado, para saber con exactitud cuándo hay que avivarla y cuándo frenarla. 

Con innegable exageración, Pascal consideró la curiosidad como la principal enfermedad del ser humano y la equiparó a la vanidad. Con ello alertó del peligro de que la curiosidad intelectual y la investigación científica, se orienten, exclusiva o principalmente, en beneficio propio, o para la destrucción, y no en beneficio de la Humanidad y del Planeta.

Queda una referencia explícita a la curiosidad como deseo compulsivo de conocer la vida de los demás, frecuentemente con un sesgo hacia lo morboso. Es la curiosidad, convertida en chismorreo o cotilleo, sobre el vecino o sobre los famosos. En el siglo II Plutarco amonestaba así a los que son perspicaces para escudriñar lo negativo de otros y ciegos para los propios defectos: «Deja a un lado lo que te es ajeno, y vuelve tu curiosidad hacia ti mismo. Cierra las ventanas que dan a la casa de tu vecino y abre las que caen a tus estancias». Dirigir la atención, sin altivez narcisista ni obsesivamente, a reconocer las propias limitaciones y también las fortalezas constituye un ejercicio muy sano y recomendable de curiosidad.

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