Aceptar la muerte

La muerte: del manejo del terror a la aceptación

Enrique Pallarés Molíns

Doctor en Psicología. Profesor emérito de la Universidad de Deusto

Publicado en El CORREO, EL DIARIO VASCO y LA RIOJA

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La muerte de su amigo Enkidu le hace exclamar a Gilgamesh: «¿También yo he de morir? ¿He de estar tan carente de vida como Enkidu? ¿Cómo puedo soportar esta angustia que anida en mi vientre, este temor a la muerte que me empuja sin cesar?». Además de sus propios sentimientos, Gilgamesh expresaba los sentimientos del ser humano en los más de cinco milenios siguientes.

El miedo a la muerte es el miedo más generalizado entre los seres humanos y la raíz última de todos los demás. Es exclusivo de la especie humana, la única plenamente consciente de su mortalidad.

Contra la muerte no es posible hacer nada directa y definitivamente. La búsqueda sin tregua de la inmortalidad a lo largo de los siglos no ha conseguido convertirla en algo opcional. Únicamente se ha logrado aplazarla, y solo de forma muy limitada, pero no vencerla de forma definitiva. Al final, siempre es ella quien gana la partida; porque la muerte está alojada, en estado latente, en todos los seres humanos desde el principio.

Sin embargo, sí es posible afrontar la ansiedad ante la muerte. La teoría del manejo del terror afirma que ante los recordadores de la muerte (objetos, símbolos, lugares, etc.) las personas activan diferentes estrategias para gestionar el miedo paralizante. Se adhieren con mayor fuerza a la religión, para lograr la inmortalidad real, o a los valores de la propia cultura (familia, nación, ideologías, etc.), como forma de conseguir una inmortalidad simbólica. También la autoestima actúa de protección frente a la ansiedad ante la muerte.

La estética gótica o la de Halloween y la afición a las literatura y cine de terror muestran la atracción por las caricaturas de la muerte, pero no por la muerte real que se trata de negar. Es la paradoja de la muerte que fascina y aterroriza a la vez.

 Pero no es posible vivir indefinidamente en una actitud de negación. De hecho, la muerte puede suscitar en el ser humano dos actitudes diferentes. Por una parte, un conjunto de reacciones psicológicas defensivas. Pero también acciones para el crecimiento: mayor cuidado de la salud, fortalecer las relaciones importantes, optar por metas más valiosas y sólidas, etc. Es decir, pensar en la propia mortalidad puede provocar una intensa sensación de amenaza y terror, pero también mayor aprecio del don de la vida, que incluye la aceptación de la muerte.

Como distingue el profesor canadiense Paul T.P. Wong, de la Segunda Ola de la Psicología Positiva, hay tres maneras posibles de aceptar la muerte. Buscándola directamente como alternativa a una existencia desquiciada por el sufrimiento. Una aceptación que, en realidad, es una huida del sufrimiento total. Así ocurre en el suicidio.

Pero también una aceptación de forma neutra o racional, considerando que la muerte es el fin inevitable de la vida. Por ejemplo, Epicuro de Samos trataba de combatir el miedo a la muerte con este razonamiento: «Cuando nosotros somos, la muerte no está presente, y cuando la muerte está presente, nosotros ya no somos». Pero la muerte incluye también el sufrimiento físico previo, la incertidumbre respecto al futuro de los seres queridos, etc. 

Finalmente, aceptar la muerte con la convicción de que no es algo definitivo ni un fracaso, sino la puerta que abre el paso a una vida mejor. Tras el dolor el gozo y tras la oscuridad la luz.

Hasta llegar a la aceptación es posible que se haya pasado por una experiencia emocional, compleja y no lineal, de negación, ira o protesta, desánimo, u otras reacciones. Por supuesto, no siempre el estado de la persona o las circunstancias permiten este proceso reflexivo.  

La aceptación serena de la muerte es consecuencia de haber superado los retos psicosociales de las diferentes etapas de la vida: tejer una red de amor y de amistad, rebajar el volumen del propio ego, cooperar en dejar el mundo un poco mejor, y haber desarrollado esa sabiduría que consiste en aceptar lo irremediable y continuar bregando por lo alcanzable. Con la convicción de que, hasta el final, es posible rectificar mediante el perdón a los demás y a uno mismo.

Aceptar la muerte no es abandonar prematuramente, sino una actitud serena ante la intuición del final. Todavía queda espacio para la esperanza, que aquí no es la ilusión de alargar algo más la vida, sino el vivir con paz cada día que resta. Esperanza también al reconocer que la muerte es una caída, pero no en el vacío absoluto. Así lo expresaba Reiner M. Rilke en uno de sus poemas juveniles, al contemplar la caída otoñal de las hojas: «Pero hay Alguien que acoge esta caída con suavidad inmensa entre sus manos».

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6 respuestas a Aceptar la muerte

  1. 1950mayo dijo:

    Gracias

    Miguel A. M. Deniz

    > El 3 nov 2021, a las 14:13, Blog de Enrique Pallarés Molíns escribió: > > >

  2. Gracias Enrique, por hacer tanto bien con tus escritos.

  3. Una interesante reflexión sobre lo inevitable que es la muerte y el gran tabú que es en la sociedad de hoy en día.

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