El mejor regalo que podemos regalar

 

los regalos

Estamos en unos días especiales para hacer y recibir regalos. Hace un par de años escribí un artículo de opinión en El Correo, sobre los regalos. Vi hace unos días que no estaba en este blog y pensé en ‘reeditarlo’, en volverlo a publicar. Tal vez a algunos les guste leerlo si en su día no lo hicieron, o releerlo y compartirlo si ya lo leyeron. A mí, personalmente, me ha gustado volver a leerlo. Perdón a los que les moleste la repetición.

Termina el artículo con el resumen de un bellísimo cuento del escritor norteamericano O. Henry. Lo incluye Jorge Luis Borges en su selecta antología de cuentos de la literatura universal, titulada “Cuentos memorables”. Ciertamente que es un cuento ‘memorable’, digno de ser recordado. Como muestra, cuando escribí este artículo nos sorprendió que el cuento les encantó tanto a los niños de unos once años de un aula de un colegio público de Bilbao como a un grupo de personas mayores del proyecto Bizi-Bete de Cáritas-Mayores de Bizkaia. Un cuento para todos y algunas reflexiones en el artículo, que espero os interesen y agraden.  

 

 

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Los regalos

Enrique Pallarés Molíns

Doctor en Psicología. Profesor emérito de la Universidad de Deusto

Publicado en El Correo. 2 enero del 2016

Las fiestas de Navidad son fechas especialmente propicias para los regalos; pero no las únicas, pues son muchas, y en aumento, las ocasiones para dar y recibir regalos: cumpleaños, boda, graduación, bautizo… A estas hay que añadir, dentro de la llamada «comercialización del calendario», los «días de…»: día de la madre, día del padre…

Intercambiar regalos es una práctica universal, en el tiempo y en el espacio, una forma de expresar gratitud, de mostrar interés y aprecio, a la vez que de establecer y fortalecer los vínculos entre personas y grupos. El regalo es el lenguaje –sin palabras, pero muy expresivo–, del amor, la amistad y la gratitud. En su clásico ensayo, destaca Marcel Mauss que la pervivencia del regalo es para congratularse, pues muestra que no todo está clasificado en términos de compra y venta, y que las cosas pueden tener, además del valor mercantil, un valor afectivo.

Tras el regalo hay un conjunto, a veces complejo, de emociones y motivos, tanto en el donante (¿Acertaré?) como en el receptor (¿Por qué este regalo?). A algunos les resulta agradable elegir el regalo, pues es una ocasión para expresar su afecto, pero otros experimentan ansiedad y temen no acertar. El narcisista elige el regalo pensando no tanto en el que lo va a recibir, sino en distinguirse y aparecer él como singular. Sin llegar a esto, es frecuente fallar en el regalo al no culminar la difícil tarea de ponerse en el lugar del receptor. El receptor trata de adivinar las emociones e intenciones del donante (¿Es sincero? ¿Será para controlarme?) y decide aceptar o no el regalo, pues a veces cuesta más recibir que dar. Por eso, dar y recibir regalos –las personas alternan ambas actividades– es una ocasión propicia para desarrollar la empatía y el ponerse en el lugar del otro.

Pero, ¿qué características debe reunir un regalo? Aunque no siempre se cumple en la práctica, se acepta como referencia, al hacer y juzgar un regalo, que suponga al donante cierto sacrificio (dinero, tiempo, esfuerzo), que el objetivo principal sea agradar al receptor, que se trate de algo apropiado y, finalmente, que suscite sorpresa y agrado. El envolverlo, a la vez que otorga a un objeto la categoría de regalo, facilita el requisito de sorpresa y es la ocasión para demostrar el buen gusto y el afecto.

Los regalos tienen en la actualidad una proyección económica importante y su práctica es bienvenida por el comercio, a la vez que suscita el interés investigador del economista. Según los estudios, con frecuencia citados y discutidos, del profesor de economía norteamericano Joel Waldfogel, la valoración que el receptor hace del regalo es entre un 10 y un 30% menor que el precio real de dicho regalo. Ante esta «pérdida irrecuperable de eficiencia de la Navidad», sin entrar en su valor sentimental, sugiere Waldfogel optar por el regalo en efectivo o en tarjetas.

Sin embargo, varios estudios de psicólogos muestran que las personas tienden a apreciar más lo que han recibido como regalo que lo que han  comprado. Es decir, el regalo puede ser un modo de «crear valor»; más por lo que representa que por su precio de mercado.

Como defensa ante el bombardeo de la publicidad, que convierte el regalo en una carrera de consumo y competición, ayudará escuchar a Ralph Emerson: «Los anillos y demás joyas no son regalos, sino remedos de regalo. El único regalo es una parte de ti mismo». No es necesario papel especial para regalar  tiempo, escucha, afecto, amistad, sangre… vida. Estos regalos retornan al donante como experiencia de profunda satisfacción; se convierten en un autorregalo. Así, un buen regalo para un niño es avivar y reforzar su generosidad natural para compartir.

El regalo de los Magos, un cuento de O. Henry (pseudónimo de William Sydney Porter), nos presenta a una joven pareja, que en su extrema pobreza solo poseen dos cosas de valor: el reloj familiar de oro de Jim y la hermosa y larga cabellera de Delia. La víspera de Navidad, cada uno siente la imperiosa necesidad de hacer al otro un buen regalo. Delia compra, con la venta de su cabellera, una cadena para el reloj de Jim; mientras Jim, con la venta del reloj, adquiere un juego de peinetas de carey para la cabellera de Delia. Al intercambiar los regalos, tras la sorpresa y el desconcierto inicial, se consuelan y abrazan. O. Henry, que reconoce la actuación apresurada y algo insensata de la pareja, comparada con la sabiduría de los Magos de Oriente, concluye: «De todos los que dan y reciben regalos, los más sabios son las personas como Jim y Delia. Ellos son los verdaderos Magos».

 

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Lotería de Navidad

Lotería

A propósito de la lotería

Enrique Pallarés Molíns

Doctor en Psicología. Profesor emérito de la Universidad de Deusto

Publicado en El Correo. Domingo, 16 de diciembre del 2018

Enlace a este artículo en PDF: A proposito de la loteria art

Cada mañana del 22 de diciembre escuchamos una melodía familiar: los niños y niñas del madrileño colegio de San Ildefonso cantan los premios de la Lotería de Navidad. Desde 1771 colaboran con la diosa Fortuna en el reparto de premios en dinero –el potente y codiciado motivador de la conducta humana–, aunque la mejor parte va a las arcas del Estado.

La lotería de Navidad está ampliamente extendida y casi constituye una obligación adquirir alguna participación. Nada que ver, pues, con la ludopatía o adicción a los juegos de azar, patología antigua y actual, que no se limita a una sola ocasión. Pero algunos no adquieren un número cualquiera, sino que lo seleccionan de acuerdo con los dígitos que lo componen («Que termine en 5»), la relación de los dígitos del número con una fecha determinada, o bien se adquiere en una administración de lotería ‘especial’.

Si al adquirir un décimo de lotería tuviera que elegir obligatoriamente entre el 43689 y el 22222, ¿por cuál de los dos optaría? Peguntas semejantes a esta propusieron los psicólogos Daniel Kahneman –premio Nobel de Economía– y Amos Tversky para estudiar esos atajos mentales o heurísticos que utiliza el ser humano para tomar decisiones. Pocos elegían el segundo número, pues, aunque ambos tienen la misma probabilidad de ser premiados, el 22222 no es representativo de los números aleatorios («¡Cómo va a tocar a ese número!»).

Esta conducta, como otras conductas supersticiosas, está estrechamente asociada a la ilusión de control. Elijo la administración donde adquirir el décimo y elijo el número, pensando que controlo lo que resulta incontrolable. Una muestra más de la mezcla de racionalidad e irracionalidad del ser humano. El psicólogo norteamericano Skinner comprobó que también las palomas mostraban conductas supersticiosas tras seguir el adecuado programa en la caja experimental.

La lotería es también ocasión para otra ilusión positiva, la ilusión de que me va a tocar. Es un sesgo bien estudiado la tendencia a sobreestimar las probabilidades de que nos toque la lotería e infraestimar la posibilidad de tener un accidente de automóvil. Estas ilusiones positivas comunes y leves en principio nada tienen de patológico –«De ilusión también se vive»–, incluso pueden resultar estimulantes para seguir adelante.

¿Y si me toca un premio importante? Precisamente con este fin y, en última instancia para sentirse mejor, se adquieren las participaciones. Los estudios sobre la relación entre ser agraciado en la lotería y la felicidad son más cautelosos. Admiten que con un premio importante se produce un aumento de la felicidad, pero casi tan breve y poco consistente como las burbujas del cava con el que se celebra. No digo que genere depresión ni que resulte indeseable. Pero las investigaciones advierten que la clave de la felicidad auténtica está, sobre todo, en los vínculos con las personas queridas. Tal vez por eso es frecuente repartir el décimo con familiares y amigos, para compartir con ellos la posible suerte.

¿Y si no me toca? Para algunos, el no ser premiado activa el pensamiento contrafactual, asociado a la cavilación o al lamentarse por lo que no hizo y piensa que debería haber hecho («Si hubiera comprado el otro décimo»). Para prevenir posteriores lamentos no se rechaza la participación que le ofrece un conocido «No vaya a ser que toque». Pero, con frecuencia, se utiliza el mecanismo de defensa de racionalización o explicación razonable con la que uno trata de convencerse de que, en el fondo, el no haber sido agraciado no es una tragedia y que, tal vez, incluso sea lo mejor: «Lo importante es que tengamos paz, salud y trabajo». ¿Equivale al «Están verdes» del zorro de la fábula al ver que no podía alcanzar las apetitosas uvas? El que no se consuela es porque no quiere. ¿O es un ejemplo de respuesta, ni agresiva ni autoagresiva, a una leve frustración? Algunos no se desaniman y vuelven a probar suerte en el también popular sorteo de El Niño.

Los niños y niñas del Colegio de San Ildefonso continúan cantado números y premios. Una melodía que constituye una especie de pregón navideño, como la iluminación de las calles, el belén, o la compra del turrón. Los seres humanos formamos reflejos condicionados como el perro de Pávlov, que salivaba al escuchar el timbre, asociado previamente a la comida. Que esta familiar melodía y algo nostálgica constituya un estímulo condicionado para suscitar en nosotros el deseo de unas agradables y entrañables navidades: días de familia y de amistad, y no de hiperconsumo o de excesos. ¡Feliz Navidad y Año Nuevo!

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Invitación a mi conferencia sobre Psicología del Perdón

el-perdon-como-fortaleza-humana

Les invito a mi conferencia sobre el perdón desde la perspectiva de la Psicología

 

El perdón como fortaleza humana. El perdón visto desde la Psicología.

Por Enrique Pallarés Molíns. Doctor en Psicología. Profesor emérito de la Universidad de Deusto.

Organiza: Asociación de Mujeres Universitarias de Bizkaia

Día y hora: miércoles, 21 de noviembre, a las 19 h.

Lugar: Salón del Colegio Oficial de Doctores y Licenciados en Filosofía y Letras y en Ciencias. Licenciado Poza, 31, 7º.

Entrada libre

 

Publicaciones de Enrique Pallarés Molíns relacionadas con el tema del perdón.

Libro y capítulo de libro:

+Pallarés Molíns, Enrique. El perdón como fortaleza humana. Bilbao: Ediciones Mensajero (Grupo Comunicación Loyola), 2016. 245 páginas. Información sobre este libro en: https://enriquepallares.wordpress.com/2016/11/15/nuevo-libro-el-perdon-como-fortaleza-humana/

+Pallarés Molíns, Enrique. Del odio y el resentimiento a la reconciliación por el perdón. En M.C. Azaústre Serrano (Coord.), Una espiritualidad de la reconciliación y la no violencia, (pp. 19-56). Ávila: CITeS-Universidad de la Mística, 2016. (Colección Cátedra Josefa Segovia, 4).

Artículos en la prensa diaria:

+Pallarés Molíns, Enrique. El perdón como fortaleza humana. EL CORREO. Sábado, 7 de mayo del 2016. Página 41. Enlace al texto de este artículo: https://enriquepallares.wordpress.com/2016/05/09/el-perdon-como-fortaleza-humana/

 

+Pallarés Molíns, Enrique. La necesidad de pedir perdón. EL CORREO. Sábado, 5 de mayor del 2018. Página 35. Enlace al texto de este artículo:

https://enriquepallares.wordpress.com/2018/05/05/la-necesidad-de-pedir-perdon/

 

+Pallarés Molíns, Enrique. Dulzura y amargor de la venganza. EL CORREO EL CORREO. Domingo, 19 de marzo del 2017. Página 43. Enlace al texto de este artículo:

https://enriquepallares.wordpress.com/2017/03/20/dulzura-y-amargor-de-la-venganza/

 

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La lección de las hojas en otoño

Caen las hojas cabecera B

 

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Caen las hojas

Enrique Pallarés Molíns

Doctor en Psicología. Profesor emérito de la Universidad de Deusto

Publicado en El Correo. Domingo, 4 de noviembre del 2018. Página 45.

El otoño avanza con la celeridad del tiempo. Los árboles, salvo los de hoja perenne, dejan caer sus hojas. Una imagen más del otoño, antesala del invierno. Las hojas de los árboles caen, pero las de algunas especies adquieren antes de caer sorprendentes colores, de una belleza que el buen artista solo intenta remedar. Sinfonía de colores –amarillo, ocre, púrpura…, con sus matices– en armonía con el verde del césped que las acoge. Colores variados e intensos. Es el espectáculo cromático que ofrecen, por ejemplo, el haya, el abedul, el álamo, el ginkgo, el liquidámbar o la vid. Espléndido regalo para la vista, que no ha pasado inadvertido a los poetas. También una lección visual sobre la vida humana y su destino.

El ferviente cantor de la naturaleza –y tan identificado con ella– Henry David Thoreau, escribió una breve obra cuyo título es, precisamente, “Colores de otoño”. Me llama la atención la observación que hace al comienzo, antes de pasar a describir los colores del otoño en varias especies concretas de árboles, cuando insiste en que las hojas que han cambiado de color no son hojas marchitas, sino hojas que han llegado a su plena madurez. Confundir las hojas de estos colores vivos con hojas marchitas sería como confundir «las manzanas maduras con las podridas». Es la bella policromía de la madurez. Prefiero tomar de forma ingenua esta imagen del colorido otoñal, sin considerar aquí la explicación científica.

La naturaleza está cerrando un ciclo más. Los días se acortan y las noches se alargan; el cambio de la hora oficial realza la sensación invernal. El año llega a su fin. Todo parece que termina. Días marcados en nuestra cultura por las visitas a los cementerios y el recuerdo de los seres queridos que nos dejaron. Días que empujan y ayudan a pensar en algo que nos resistimos a imaginar: nuestra finitud y nuestra muerte. Un final que, en realidad, es trasformación y no aniquilación. Porque la muerte no es la mayor pérdida; la mayor pérdida y la verdadera ruina es la muerte de la esperanza y del deseo de vivir en plenitud cada día y cada segundo. Por eso, más que temer a la muerte se debe temer el no vivir la vida de verdad. Porque nada es tan triste ni lúgubre como la muerte de la ilusión, de la esperanza y del amor.

Bellos colores que contrastan con la oscuridad de la noche prolongada y con el gris de muchos días otoñales. La naturaleza, con acierto y con candor, da pinceladas de alegría y vida en el lienzo de la melancolía otoñal; el resultado es el corazón esperanzado en una nueva primavera: la primavera del amor. Porque el verdadero amor es más fuerte que la muerte. El amor hacia los seres queridos y hacia la humanidad es el mejor fármaco contra el miedo y el terror a la muerte.

El colorido otoñal y la caída de las hojas nos ofrece, pues, la gran lección. Señala también Thoreau que las hojas coloreadas y brillantes duran poco. El tiempo de sazón y de madurez es breve en las hojas. Pero en la vida humana es posible anticipar la presencia de ese colorido y no limitarlo al final. Colorear, pues, la propia vida en cada uno de sus estadios y transferir esos colores de alegría y esperanza a las personas que nos rodean, para que así se extiendan a toda la humanidad.

Esto no es una llamada a desear un adelanto de este paso final, sino una invitación a vivir en plenitud cada momento; sin buscar esa caída, aunque tampoco sin amedrentarse ni horrorizarse ante el final. Hay que anhelar la vida y no la muerte. Cada cosa a su tiempo; para que así, como lo expresó bellamente Antonio Machado, tras dormir «muchas horas todavía sobre la orilla vieja», encontrar «una mañana pura amarrada tu barca a otra ribera». Tiempo de preparación para el paso a ese amanecer definitivo, que es la transformación del amor, como decía la psiquiatra suiza americana Elisabeth Kübler-Ross. Sin mirar obsesivamente la muerte, pero sin tampoco negar, infantil y vanamente, su realidad. Sin necesidad de hacer nada excepcional, pero sí vivir con sencillez ilusionada y poner un trazo indeleble de color y de paz sobre la negrura de la injusticia y el odio.

Hojas de otoño que caen vestidas de fiesta. También el poeta Rainer Maria Rilke se fijó, en uno de sus poemas juveniles, en esta imagen de la caída: otoñal y general. Porque no solo caen las hojas: «Todos caemos». Es una ley universal e inexorable. Una caída que, a primera vista, parece solo negación y aniquilación, pero que no es el retorno a la nada ni un descalabro definitivo. Porque «hay Alguien que acoge esta caída/ con suavidad inmensa entre sus manos».

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Cultivar el jardín del amor

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[…] También se puede comprender el amor como la historia que cada uno se cuenta a sí mismo y que cuenta a los demás. Una historia que se comienza a escribir en el momento del naci­miento, o poco después, a partir de las propias características personales innatas y de la observación e interacción con los padres y otras parejas, así como de la lectura o visión de no­velas y películas, etc. La autobiografía de una persona suele incluir una o varias historias de amor.

[…] El número de historias posibles es prácticamente infinito, pero algunos temas se repiten con mayor frecuencia, tanto en la experiencia diaria como en los estudios realizados. Robert Sternberg proponer 25 historias, de las cuales voy a resumir las que considero más interesantes. Una de ellas es la de cultivar el jardín.

Cultivar el jardín: El amor es algo que hay cuidar y mimar

El amor se vive según esta historia como una relación a la que se le debe prestar atención y que necesita un cuidado constante, de forma semejante, o más todavía, que las plantas y árboles de un jardín. Uno o los dos miembros de la pare­ja están convencidos de que, para que la relación sobreviva y crezca, requiere los cuidados que ofrece un jardinero (riego, abono, sol) y evitar que las plagas invadan el jardín. Es el tipo de historia que más papel concede al cuidado y a la atención de la relación en sí misma.

Normalmente los dos miembros de la pareja se ven y actúan, a la vez, como jardinero, que ofrece cuidados, y como planta que los recibe. La historia del jardín en una relación resulta muy positiva, por cuanto reconoce la importancia que tiene para la relación el cuidarla y el mimarla. Un peligro potencial o riesgo de este tipo de esta historia es que se agobie a la otra persona y que se la pueda abrumar con excesivos cuidados y atenciones; según la misma imagen del jardín, que se llegue a regar la planta en exceso.

[Tomado de: Enrique Pallarés Molíns: Psicología del amor. Para conocer mejor esta fortaleza humana. Bilbao. Mensajero. De las páginas 70, 72 y 73].

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Contagiar calma y tranquilidad

Contagiar calma y tranquilidad

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Contagiar calma y tranquilidad: Dos no discuten si uno no quiere

Aunque la ira y los enfados pueden ocurrir cuando uno está solo, casi siempre se producen en las interacciones de la vida diaria con otras personas. Por lo general, la ira es una respuesta a lo que se percibe o siente como una provocación por parte de otra persona, algo que uno siente como un ata­que a uno mismo. Las alternativas ante la percepción de una provocación son responder o no responder. La respuesta pa­siva, el no responder, no siempre es la mejor solución y en muchos casos empeora las cosas, pues el otro lo puede in­terpretar como un juicio de que no se puede dialogar con él. Resulta más recomendable la respuesta asertiva. Por esto, una forma de prevenir la ira es reaccionar de forma adecuada a la del otro, sin responder a la provocación. En general, tratar adecuadamente a la otra persona ayuda a que se calme.

Ver y reconocer la parte que uno tiene en el conflicto. Los conflictos son cosa de dos y rara vez un problema exclusivo de uno. Resulta difícil hacer un análisis con el calor de la ira, pero puede hacerse después, en un momento de serenidad, para tenerlo en cuenta en el futuro. No se trata de juzgar quién es el culpable, sino de ver qué puede hacer uno mismo para que la ira no aumente en ninguno de los dos.

Advertir y controlar las propias manifestaciones de ira. Reconocer las primeras señales y cómo se eleva. Utilizar al­gunas estrategias como los diálogos internos o autoinstruc­ciones, la relajación o la respiración lenta y rítmica. También se puede optar por cambiar el tema de la conversación, pero conviene hacerlo de modo que la otra persona no lo interprete como un rechazo a hablar con ella. O, finalmente, proponer aplazar la cuestión para otro momento.

No elevar el volumen de la voz y hablar con calma. Es de­cir, cuidar de que la voz no comunique hostilidad. Por eso, no hablar muy de prisa, sino lentamente y, en la medida de lo posible, con calidez y afecto. Con la forma de hablar se puede comunicar y provocar hostilidad, pero también calma y tran­quilidad. Los sentimientos se comunican, en gran parte, por la comunicación no verbal, por lo que hay que tener muy en cuenta este tipo de comunicación y los mensajes que a través de ella se pueden transmitir.

No aproximarse excesivamente a la otra persona. No inva­dir su espacio personal, sino mantener cierta distancia. Mejor, no cara a cara con la mirada muy fija, aunque tampoco dar la espalda. Conviene mantener el rostro lo más sereno que sea posible. Hay que evitar también el que, por ejemplo, una sonrisa se pueda interpretar como expresión de cinismo, o de que no se toma en serio lo que el otro dice.

Permitir intervenir al otro. Es decir, procurar no monopoli­zar la conversación, sino ser conscientes de que los dos tienen o tenemos igual derecho a intervenir. Es mejor no prolongar mucho las intervenciones y, sin necesidad de un formalismo riguroso, funcionar con turnos de la misma duración. Si se necesita más tiempo, llegar a un acuerdo, o pedir permiso al interlocutor.

Evitar «leer» la mente del otro. No presumir de saber lo que el otro piensa, siente o va a decir. Conviene poner en duda las propias interpretaciones de las intenciones de la otra persona, pues la ira inclina a interpretaciones negativas. Me­jor que afirmar lo que siente o piensa el otro es preguntárselo o facilitar que lo haga. Si no se entiende algo bien es mejor pedir clarificación o más detalles.

(Tomado del libro de Enrique Pallarés Molíns: Controlar la ira. Menos enfados y mejores relaciones con los demás. Bilbao: Ediciones Mensajero. Páginas 150-151).

(*) Continuación de la entrada anterior de este blog, cuyo enlace es: https://enriquepallares.wordpress.com/2018/10/20/2157/

 

 

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Contagiar ira

07 controlar-la-ira-menos-enfados-y-mejores-relaciones-con-los-demas

[En mi libro “Controlar la ira. Menos enfados y mejores relaciones con los demás” el capítulo 5 lleva por título “¿Por qué se experimenta ira?”. De los diferentes y complejos factores que allí expongo como origen de los episodios de ira, transcribo aquí unos párrafos de uno de esos factores: el ‘contagio emocional’. Suprimo las referencias bibliográficas que apoyan algunas afirmaciones. Dichas referencias se pueden encontrar en mi libro].

«La ira, en realidad, como cualquier conducta, es el resulta­do de la compleja interacción de factores biológicos, psicoló­gicos y sociales. Es más, cada teoría o escuela psicológica ofrece su propia explicación de la ira, por lo que existen varias explicaciones o modelos explicativos de la experiencia de ira, por lo general compatibles entre sí. Por mucho que uno se esfuerce en buscar una explicación, la ira no es un problema con una sola causa, sino más bien un proceso, normalmente un proceso complejo de interacción social con varias posi­bles causas o explicaciones. Como posibles inductores de ira y agresión merecerían un apartado especial las condiciones ambientales físicas. Así, los ruidos, el hacinamiento, el calor, la presencia de armas, etc. Habría que destacar también la im­portancia del ambiente social». […]

«La ira tiene un evidente carácter social y se puede propa­gar o extender socialmente, de modo que el tratar con perso­nas que experimentan ira casi siempre lleva a que también los otros la experimenten, aunque no tengan un problema espe­cial. Y esto no solamente por la provocación, que con fre­cuencia supone la expresión de ira de una persona, sino por el mecanismo denominado contagio emocional.

Se han señalado tres fases en el proceso del contagio emo­cional. En la interacción social, sin advertirlo consciente­mente, se tiende a imitar y sincronizar de forma automática y casi instantánea las manifestaciones emocionales de la otra persona, como su expresión facial, movimientos o postura. Estas expresiones emocionales que se imitan hacen sentir la emoción correspondiente. De este modo, llega uno a quedar contagiado por la ira de otra persona. Dado que el contagio emo­cional no ocurre solamente en la ira, también por este mismo proceso se pueden contagiar emociones positivas y es posible reducir o evitar que aumente la ira de la otra persona, pues también la calma y la tranquilidad se pueden contagiar».

(Enrique Pallarés Molíns: Controlar la ira. Menos enfados y mejores relaciones con los demás. Bilbao: Ediciones Mensajero. Páginas 53-54, 59-60. ).

Enlace al siguiente post o entrada: «Contagiar calma y tranquilidad»: https://enriquepallares.wordpress.com/2018/10/21/contagiar-calma-y-tranquilidad/

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Día Mundial de la Salud Mental (2018)

Illustration about women health in Russia

Los jóvenes y la salud mental en un mundo en transformación

La Organización Mundial de la Salud nos invita, una vez más, a celebrar hoy, 10 de octubre, el Día Mundial de la Salud Mental. Este año bajo el lema: Los jóvenes y la salud mental en un mundo en transformación. La adolescencia y los años previos inmediatos constituyen, sin caer en el mito sintetizado en la frase de que «durante la adolescencia ser normal es ser anormal», una etapa de la vida especialmente problemática desde el punto de vista de la salud mental. Una etapa de la vida de cambios importantes y rápidos en el mundo actual, caracterizado también por los cambios importantes y rápidos.

Según la Organización Mundial de la Salud la mitad de las enfermedades mentales comienzan antes de los 14 años –aunque la mayoría no se diagnostican ni reciben tratamiento– y el suicidio es la segunda causa de muerte entre los 15 y los 29 años. El consumo de sustancias, el abuso del alcohol, las conductas de riesgo (en la conducción de vehículos, actividad sexual…), la depresión, o los trastornos de la alimentación, son algunos de los problemas de conducta que emergen estos años y que interactúan entre sí.

La falta de puntos de referencia sólidos coopera a que el adolescente y el joven, en esta etapa de la vida caracterizada por los importantes y rápidos cambios biopsicosociales, quede a veces a la deriva, sin viento firme y seguro que infle las velas de su esperanza y le impida tomar direcciones equivocadas. La pérdida de la esperanza es grave en cualquier momento de la vida, pero de forma especial en este estadio de transformación y de preparación para la vida adulta. Pero la esperanza no se sustenta en el vacío. Cooperar con el buen entendimiento a la construcción de una sociedad mejor será el pilar más firme que sustente la esperanza de los más jóvenes. El egoísmo, manifestado en el ansia desmedida de acumular bienes materiales, poder o prestigio, constituyen el tóxico más potente que estrangula la esperanza de todas las personas, pero de forma especial de las más jóvenes.

La familia y la escuela deben enseñar que la esperanza exige, precisamente, esperar; que es condición para el autocontrol y el equilibrio mental saber posponer  la gratificación. A la vez, es necesario que el joven vea ejemplos a imitar y no solo buenas palabras, cuando no clamorosos desencuentros y discordias. La mejora de la salud mental en los jóvenes se forja en una sociedad sana y justa. Esta es la mejor forma de prevenir los problemas mentales de toda la sociedad y, de modo especial, de la juventud.

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Autoestima muy alta: ventajas y riesgos

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«No es el único objetivo ni el más importante que la autoes­tima sea muy alta, sino que sea auténtica, estable y con un funda­mento sólido. No se trata, sin más, de aumentar el nivel de la autoestima, sino de llegar a una valoración o estima de sí mis­mo adecuada. Nos referimos a la autoestima óptima, en oposi­ción a una autoestima frágil. En definitiva, se trata, no solo ni principalmente, de aumentar la autoestima en cantidad, sino de dar preferencia a la calidad.

¿Vale la pena pretender conseguir una autoestima muy alta? Tan­to el tener la autoestima alta como el pretender tenerla muy alta tiene ventajas, pero también desventajas. A corto plazo las ventajas son, sobre todo, afectivas, como sentirse mejor y más feliz. Pero también puede tener sus costos o desventajas, pues, aunque las personas con alta autoestima persisten más en la actividad ante la posibilidad de fracasar, también es más pro­bable que continúen en el empeño cuando ya resulta inútil, o incluso perjudicial, persistir. De este modo, pueden llegar a exponerse a riesgos inútiles, además de emplear sin provecho una gran cantidad de tiempo. De ser constante se puede pasar a ser obstinado, y, al no saber retirarse a tiempo, en ocasiones uno se ve obligado a iniciar una apresurada huida hacia delan­te. En el que toma decisiones, la autoestima alta puede llevar a no tener en cuenta informaciones importantes, pues algunos sujetos de autoestima alta no desean por nada ser cuestiona­dos en sus puntos de vista y rechazan o desvalorizan las reco­mendaciones de otros».

Enrique Pallarés Molíns: La autoestima. Cómo cultivarla de forma sana. Bilbao: Ediciones Mensajero, 2011. Pp. 95-96.

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La cuarta edad (1/10 Día Internacional de las Personas de Edad)

Mayores en residencia

 

…y la cuarta edad

Enrique Pallarés Molíns

Doctor en Psicología. Profesor emérito de la Universidad de Deusto

El Correo. Domingo, 30 de septiembre del 2018. Página 41

Enlace al texto del artículo en PDF…y la Cuarta Edad art

 

La celebración el 1º de octubre del Día Internacional de las Personas de Edad invita a realizar un breve comentario sobre la última etapa de la vida. Hablamos con frecuencia de la tercera edad, de los años a partir de los 60-65, fecha habitual de la jubilación, pero menos de la cuarta edad. Con un criterio cronológico, la cuarta edad comienza hacia los 80 años; con un criterio demográfico cuando solo siguen vivos la mitad de los miembros de la propia cohorte, o grupo de personas nacidas el mismo año y que llegaron a la madurez. Finalmente, otros gerontólogos definen la cuarta edad, sin utilizar referencias cronológicas, como la situación en la que se encuentran las personas cuando la fragilidad y la dependencia se hacen evidentes e irreversibles.

La tercera edad, por lo general, es una prolongación de la madurez, pero con la ventaja de estar libre de las limitaciones que imponen las actividades laborales y paternales o maternales. El filósofo italiano Norberto Bobbio la llama ‘vejez burocrática’, porque su comienzo lo marca la jubilación. La cuarta edad, por el contrario, que Bobbio llama ‘vejez fisiológica’, está asociada a fragilidad y a dependencia. Se puede decir, rehuyendo ‘romantizar’ la vejez, que la cuarta edad es la verdadera y temida vejez.

Joan Erikson, tras la muerte de su esposo Erik y con más de noventa años, añadió un noveno estadio a los ocho, ya clásicos, con los que resumió Erik el ciclo vital humano y sus retos o tareas psicosociales. Este noveno estadio, que coincide con la cuarta edad, «trae consigo nuevas demandas, reevaluaciones, y dificultades diarias». Intuir un futuro efímero, largo tal vez solo por el sufrimiento, reducida la autonomía y considerarse una carga, puede llevar a la desesperanza total.

El extraordinario avance de las ciencias biológicas y de la salud ha facilitado un aumento considerable de la esperanza de vida; pero algunos se preguntan si lo que se ha conseguido, en realidad, es solo posponer la fecha de la muerte. Un objetivo, propuesto por el profesor James Fries, de la Universidad de Stanford, es la llamada ‘compresión de la morbilidad’ o reducción de la etapa final de fragilidad. Más lejano está lograr detener y revertir el proceso de envejecimiento, que propone el biogerontólogo británico Aubrey de Grey. Resulta necesario, pues, escuchar las sugerencias de la Psicología Humanista y de la Positiva. Es el tiempo de utilizar las reservas interiores, cultivadas y atesoradas a lo largo de la vida, que no se deterioran como el cuerpo, pero capaces de convertir la fragilidad física en fortaleza interior y el sinsentido en sentido.

Así: adoptar una concepción de la existencia humana cimentada en los valores más sólidos (dignidad de la persona, amor y amistad, trascendencia…); sentir y expresar gratitud por cada nuevo día y por las grandes o pequeñas experiencias positivas; reaccionar a la frustración de forma adaptativa y no agresiva o autoagresiva; regirse por el lema de que el valor de la persona no radica en ‘tener’ (apariencia, bienes materiales, prestigio), sino en el hecho mismo de ‘ser’ persona; bajar el ‘volumen’ del propio ego y escuchar el clamor de la humanidad; amabilidad y compasión con los demás y con uno mismo; reconciliado con el pasado, vivir el presente con esperanza hacia el futuro; convicción de que, aunque no siempre es posible controlar lo que nos ocurre, siempre podemos controlar nuestra reacción, y aceptar lo que se escapa a nuestro control, sin ‘dar coces contra el aguijón’. En resumen: aceptar la vida y aceptarse a sí mismo y a los demás.

Tarea también para las diferentes instancias de la sociedad. La atención a las personas de la cuarta edad, con un trato humano, amable y técnicamente correcto, demuestra que no somos una horda salvaje que se rige solo por la eficacia y la ley del más fuerte, sino que reconocemos la potente energía que esconde la fragilidad y el tender la mano al débil. Porque, junto a muchas acciones insolidarias, también existen modelos –y no escasos, aunque menos noticiables– de entrega desinteresada a personas frágiles, como para pensar que la pretensión de extender esta actitud humanitaria no es una bella ilusión ni una meta inalcanzable.

Además, la persona en situación de fragilidad nos ofrece la ocasión de expresar lo mejor de nosotros –a veces velado por la búsqueda veloz de la utilidad material–, como la bondad, empatía y compasión con el que sufre. Por eso, si esperamos gratitud por la a veces difícil tarea de asistir a estas personas, también hemos de agradecerles el que nos ayudan a ser más humanos.

 

 

 

 

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