Día Mundial de la Salud Mental: 10 de octubre

Mensaje del Secretario General de la ONU con ocasión del Día Mundial de la Salud Mental
10 de octubre de 2014

El Día Mundial de la Salud Mental nos ofrece la oportunidad de reflexionar sobre las dificultades que enfrentan las personas con enfermedades mentales graves y sobre lo que se puede hacer para mejorar sus vidas. El tema central de este año serán las personas que viven con esquizofrenia, y las familias y los amigos que les ayudan a sobrellevar esta enfermedad.

En todo el mundo, unos 21 millones de personas padecen esquizofrenia, un trastorno que afecta la percepción, la cognición, el comportamiento y las emociones. En los lugares donde los servicios sociales y de salud no están en condiciones de prestar asistencia, la esquizofrenia y otros trastornos mentales graves pueden empujar a las personas a los márgenes de la sociedad y conducir a la pérdida de su empleo y su vivienda.

Las personas que sufren enfermedades mentales graves como la esquizofrenia también mueren en promedio entre 10 y 25 años antes que la población en general, principalmente debido a que llevan un estilo de vida poco saludable, caracterizado por hábitos como fumar, consumir alcohol en exceso, tener una mala alimentación y no realizar actividad física. Pero esto puede cambiar. La esquizofrenia puede tratarse. No tiene por qué significar una vida de aislamiento y mala salud física. La atención apropiada de la salud mental y física, junto con un seguimiento periódico y apoyo psicológico y social, puede influir notablemente, al igual que el reconocimiento por parte de la sociedad en general de que las personas que padecen esquizofrenia y otros trastornos mentales graves gozan de los mismos derechos y merecen comprensión y asistencia.

En el Día Mundial de la Salud Mental, hago un llamamiento a los sistemas de atención social y de la salud a que trabajen juntos para ofrecer oportunidades de educación, empleo y vivienda. Animo a los servicios de salud a que amplíen la cobertura a nivel comunitario y apoyen la creación de redes de asistencia a los pacientes y las personas que cuidan de ellos, e insto a las personas que padecen esquizofrenia a someterse a exámenes médicos periódicos y a solicitar asesoramiento para llevar una vida sana. Juntos, podemos dar dignidad y esperanza a quienes padecen esquizofrenia y otras enfermedades mentales graves.

Os recomiendo las entradas que en este mismo blog publiqué los años 2011 y 2013. Las encontrareis en los siguientes enlaces:

http://enriquepallares.wordpress.com/2013/10/10/en-el-dia-mundial-de-la-salud-mental-2013/

http://enriquepallares.wordpress.com/2011/10/10/10-de-octubre-dia-mundial-de-la-salud-mental/

(*) http://www.un.org/es/sg/messages/2014/mentalhealthday2014.shtml

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Día Internacional de las Personas de Edad (*)

Por una resolución de la Asamblea General de las Naciones Unidas, celebrada en diciembre de 1990, el día 1º de octubre fue declarado Día Internacional de las Personas de Edad.

Abuelos tres generacionesA veces me pregunto si no sería mejor, en lugar de la expresión «Personas de edad», «Personas mayores» o «Tercera edad», utilizar la más directa de «viejos», simplemente «viejos» o, si se le quiere dar un toque cariño y humor, «vejetes». Día Internacional de los Viejos, o mejor, Día Internacional de los Viejos y de las Viejas, para evitar un lenguaje sexista. Incluso, Día Internacional de los Vejetes (incluyendo en ‘vejetes’, claro está, a ellos y a ellas). Posiblemente sería una expresión más sincera y acorde con la realidad, con la actitud edadista que abunda en nuestra sociedad, es decir, con el estereotipo –asociado a prejuicio y discriminación–, respecto a este grupo de edad. Cuando una realidad social resulta incómoda y se constatan actitudes negativas hacia ella en ocasiones se trata de solucionar el problema con el cambio de nombre («En lugar de ‘viejo’ digamos ‘mayor’ y en lugar de ‘vejez’ utilicemos la expresión ‘tercera edad’). No digo que el cambiar el nombre resulte inútil, pero es necesario hacer algo más. De lo contrario, es mejor optar por la brevedad y hablar de ‘viejo’ o de ‘vieja’.

Además, dicho con cierta ironía, no siempre la vejez o los años se considera que es algo negativo. Como sello de calidad de un establecimiento, de una institución o de un producto, es frecuente apelar a su edad: «Fundado en 1860», «Desde 1925 a su servicio», «El mismo que tomaban sus abuelos», etc. Aquí se valora la antigüedad; cuantos más años, mejor. Los años añaden prestigio, categoría o calidad. Sorprende que en ese apelar a la edad se utilicen fechas relativamente recientes, o mejor dicho, relativamente recientes para mí, como la de 1982. Pero, eso sí, esa ventaja que se le otorga al producto o a la institución por sus años, no se le concede a las personas que trabajan en esa empresa, fuera del día de su jubilación. En las personas se valora la juventud, y los años son con frecuencia un inconveniente, o un impedimento, sobre todo en algunas instituciones.

Por otra parte, en la celebración de hoy es necesario dar por supuesto o subrayar lo de «Día». Es suficiente con un día; solo un día. Un día de reconocimiento a los servicios que los mayores han prestado durante sus años de vida laboral, en el hogar o fuera del hogar, y a los que siguen prestando: apoyo a los hijos y a los nietos, voluntariado, etc. La experiencia acumulada a lo largo de la vida profesional se toma a veces como un impedimento para el progreso y como un obstáculo para los planes innovadores, que con cierta frecuencia no está muy claro si tienen un objetivo válido.

Es cierto que no en todos los ámbitos de la sociedad está igualmente vigente, ni con la misma intensidad, el estereotipo sobre –o más bien contra– los mayores que se llama edadismo o viejismo, término que por cierto todavía no está incluido en el Diccionario de la Real Academia Española, como lo están «sexismo» y «racismo». Está claro que no todos son o pueden ser objetivo del estereotipo sexista o del racista. Pertenecer al sexo masculino y a la raza blanca la libra a uno de ser víctima tanto del estereotipo sexista como del racista. Sin embargo, del edadismo no está libre nadie, ahora o dentro de unos años, salvo el que no llega a esta edad, lo cual es todavía peor.

Yo, personalmente, no me puedo quejar. No he sido objeto de discriminación asociada a mi edad. Lo mismo pueden decir otros muchos de mi edad, o incluso mayores que yo. Por eso no hablo ni tengo razón para hablar con amargura. Tal vez porque los años enseñan también a saber retirarse a tiempo y a evitar chocar cuando se adivina que hacerlo no conduciría a nada positivo. Tampoco conviene olvidar que en nuestros años mozos, años de importantes cambios sociales, no siempre fuimos especialmente considerados con los que entonces eran mayores. Además, es constatable también el cariño, respeto y atención que reciben o recibimos muchas personas mayores por parte de los más jóvenes. El estereotipo contra los mayores incluye aspectos negativos y también positivos, aunque siempre es estereotipo. Pero los estudios realizados sobre el estereotipo y prejuicio edadista confirman su existencia, e incluso el que la misma persona mayor a veces los interioriza («Esto ya no es para mí cabeza», «Esto es cosa de la edad»). Con expresiones como estas, algunos se estacan, se resignan o tiran la toalla antes de tiempo. El edadismo no es una invención ni una metáfora, sino una realidad.

«Al envejecer nos volvemos más locos, y más cuerdos» dice François de La Rochefoucauld en su máxima 210. Por «locos» no entiendo la demencia senil, sino la posibilidad de decir más abiertamente la verdad, de expresarse con mayor libertad, sin verse obligado a decir «lo correcto» ni a tener que «pensar lo que se dice». La libertad que otorga el relativizar las cosas y el alejarse en ocasiones del pensamiento convencional. Por «cuerdo» entiendo, esa posibilidad de integrar el conocimiento, de llegar a una visión más global y sintética de la realidad, de saber que no siempre dos y dos son cuatro, de conocer no solo con el entendimiento sino también con el corazón. En este sentido, «loco» y «cuerdo» no se excluyen, sino que se complementan dialécticamente. Sin embargo, esto no es algo que viene automáticamente con los años, aunque sí una gran posibilidad que otorgan o favorecen los años. Una valiosa aportación que pueden prestar las personas de edad o «los viejos y las viejas», del mismo modo que los mayores pueden recibir otras ricas aportaciones de las generaciones más jóvenes.

(*) Entrada publicada con el mismo texto y simultáneamente en mi otro blog:

http://enriquefranciscopallares.wordpress.com/

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Miguel de Unamuno: ¿también psicólogo?

Joaquin-Sorolla-Y-Bastida-Miguel-de-UnamunoHoy, 29 de septiembre, hace 150, nació en Bilbao Miguel de Unamuno. Conocido por casi todos, leído por menos, tal vez resulta más difícil clasificarlo como intelectual. ¿Especialista en lengua griega? Sí, pero algo más: ensayista, poeta, filósofo. ¿También psicólogo? Tal vez dudaríamos en responder afirmativamente a esta última pregunta. La verdad es que no aparece su nombre en los tratados de Historia de la psicología, como tampoco en las enciclopedias o diccionarios especializados en Psicología. No estudió la carrera de Psicología –en su tiempo no existía y tardaría todavía varias décadas en iniciarse–, pero sus escritos, incluso su poesía, contienen muchas intuiciones y conocimientos muy válidos para el psicólogo y para la Psicología. La Psicología no se reduce, o no debe reducirse, a la Psicología Experimental. Surgió de la matriz común de las ciencias que es la filosofía y, si hoy resulta imprescindible el rigor metodológico, tampoco parece adecuado prescindir de aportaciones tan valiosas como las que ofrece la obra de don Miguel. Los análisis que hace de sus propias vivencias, incluyendo las de su niñez, así como sus intuiciones sobre el sentir y actuar del hombre, siguen teniendo plena validez en la actualidad. Solo a modo de ejemplo, insisto en que solo a modo de ejemplo, presentaré tres citas, las tres tomadas del capítulo primero de su obra Del sentimiento trágico de la vida en el hombre y en los pueblos.

El objeto de la filosofía, y por supuesto de la psicología, ha de ser el hombre. Pero no el hombre en abstracto, sino el hombre concreto. Es necesario conjugar las necesarias generalizaciones que realiza la ciencia psicológica con la mirada al hombre concreto, al hombre de carne y hueso:

«Homo sum: nihil humani a me alienum puto, dijo el cómico latino. Y yo diría más bien, nullum hominem a me alienum puto; soy hombre, a ningún otro hombre estimo extraño. Porque el adjetivo humanus me es tan sospechoso como su sustantivo abstracto humanitas, la humanidad. Ni lo humano ni la humanidad, ni el adjetivo simple, ni el sustantivado, sino el sustantivo concreto: el hombre. El hombre de carne y hueso, el que nace, sufre y muere -sobre todo muere-, el que come y bebe y juega y duerme y piensa y quiere, el hombre que se ve y a quien se oye, el hermano, el verdadero hermano.
»Porque hay otra cosa, que llaman también hombre, y es el sujeto de no pocas divagaciones más o menos científicas. Y es el bípedo implume de la leyenda, el zóon politikón de Aristóteles, el contratante social de Rousseau, el homo oeconomicus de los manchesterianos, el homo sapiens de Linneo o, si se quiere, el mamífero vertical. Un hombre que no es de aquí o de allí ni de esta época o de la otra, que no tiene ni sexo ni patria, una idea, en fin. Es decir, un no hombre.
»El nuestro es otro, el de carne y hueso; yo, tú, lector mío; aquel otro de más allá, cuantos pensamos sobre la Tierra.
»Y este hombre concreto, de carne y hueso, es el sujeto y el supremo objeto a la vez de toda filosofía, quiéranlo o no ciertos sedicentes filósofos».

También es digno de mención para el psicólogo actual el énfasis que Unamuno pone en la afectividad, en el mundo de los sentimientos, a los que considera la característica diferencial del hombre. En los años 1980 se produce en la Psicología la llamada «revolución afectiva», que consiste en destacar la vida emocional o afectiva del hombre, hasta entonces postergada u olvidada, primero por el conductismo y después por la «revolución cognitiva» de los años 1960. Hoy estamos precisamente dentro de esta corriente que reivindica la importancia fundamental de lo afectivo. El aviso de Unamuno sigue teniendo plena validez.

«El hombre, dicen, es un animal racional. No sé por qué no se haya dicho que es un animal afectivo o sentimental. Y acaso lo que de los demás animales le diferencia sea más el sentimiento que no la razón. Más veces he visto razonar a un gato que no reír o llorar. Acaso llore o ría por dentro, pero por dentro acaso también el cangrejo resuelva ecuaciones de segundo grado».

Me resulta también interesante la valoración que hace de la memoria. La memoria como base de nuestra personalidad, de nuestra identidad. La unión que establece la memoria, que no es una reproducción mecánica del pasado, entre el recuerdo vivo y el futuro: el recuerdo que empuja y construye el futuro.

«La memoria es la base de la personalidad individual, así como la tradición lo es de la personalidad colectiva de un pueblo. Se vive en el recuerdo y por el recuerdo, y nuestra vida espiritual no es, en el fondo, sino el esfuerzo de nuestro recuerdo por perseverar, por hacerse esperanza, el esfuerzo de nuestro pasado por hacerse porvenir».

En mi segundo blog le he dedicado a Miguel de Unamuno una entrada más extensa –aunque, por supuesto, siempre inferior a lo que se merece–, en la que incluyo varios fragmentos de sus poemas y de su obra en prosa, que encontraréis en el siguiente enlace y que os invito a leer:

http://enriquefranciscopallares.wordpress.com/2014/09/29/150-aniversario-del-nacimiento-de-miguel-de-unamuno/

Ilustración: Miguel de Unamuno. Oleo sobre lienzo de Joaquín Sorolla y Bastida. Museo de Bellas Artes de Bilbao.

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La sencilla y a la vez gran lección de una niña de tres años (Referencia)

El de 14 de julio pasado publiqué en este blog una entrada titulada «Estimar y valorar a los demás». Insistía allí en que las personas más sencillas son las que imparten con frecuencia, más con sus acciones que con palabras, las lecciones más importantes.
De ese principio se pueden poner muchos ejemplos. Uno de ellos es el que relato en una nueva entrada de mi segundo blog. Allí encontraréis el texto íntegro. Podéis llegar a él mediante este enlace:

https://enriquefranciscopallares.wordpress.com/

Os recuerdo la activación, desde hace una semana, de este mi segundo blog, con un enfoque más informal y personal, a la vez que con una temática más amplia que la de la psicología. Contando la presente, he publicado ya 8 entradas, aunque a partir de ahora disminuiré la frecuencia de publicación.

Si quieres seguir el segundo blog, puedes optar por tomar nota de su dirección o por suscribirte, rellenando el espacio que encontrarás en el margen derecho del segundo blog. De este último modo, recibirás por correo electrónico el texto de cada entrada de ese blog en cuanto la publique. No siempre, sino solo excepcionalmente, informaré en este blog de las entradas nuevas del otro.

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21 de septiembre: Día Mundial del Alzheimer

Dia_mundial_del_alzheimer_2014 recortada21 de septiembre, Día mundial del Alzheimer o, con mayor exactitud y sentido, Día Mundial de los Enfermos de Alzheimer y de sus familiares.

En 1901 acudía a la consulta del neuropsiquiatra alemán Aloysius Alzheimer (1864-1915), una enferma de 51 años (¡51!) , Auguste Deter, que presentaba un cuadro de pérdida grave de memoria, unido a ideas delirante de celos. A los seis meses de la muerte de Auguste, en 1906, Alzheimer presentó el caso en un congreso de psiquiatría que tuvo lugar en la ciudad de Tubinga. Pero fue el eminente psiquiatra Emil Krapelin, director del laboratorio en el que investigaba Alzheimer, y donde se realizó el estudio post-mortem del cerebro de Auguste, quien aplicó a esta enfermedad el nombre (epónimo) por el que hoy la conocemos: la enfermedad de Alzheimer. Siendo más preciso, «demencia tipo Alzheimer», pues aunque es la más frecuente, existen otros tipos de demencias.

No pretendo ni siquiera resumir brevemente las características diagnósticas, evolución, epidemiología, teorías explicativas u otros datos sobre esta enfermedad neurodegenerativa, caracterizada por un deterioro cognitivo progresivo y generalizado, unido a otras alteraciones conductuales. No pretendo ser preciso, tampoco aproximado, ni destacar las cifras de la llamada «Epidemia del siglo XXI». Entre paréntesis, no me gusta esta expresión de «epidemia» porque invita al alejamiento del que la padece, en lugar del necesario acercamiento. En España afecta a unos tres millones y medio de personas, entre enfermos (unos 800.000, o más) y sus familiares.

Ante su magnitud, simplemente quiero tener presente y recordar, de forma especial en este día, a los enfermos que la padecen y a todas las personas que los atienden, familiares y cuidadores, o que de alguna forma se ven afectados por la enfermedad. También, un recuerdo de afecto y solidaridad al personal sanitario y a todas las asociaciones que trabajan a favor de los enfermos de Alzheimer. Sin olvidarnos de los investigadores que luchan desde el laboratorio contra esta enfermedad. La Confederación Española de Asociaciones de Familiares de Personas con Alzheimer y otras demencias (CEAFA) propone este año el siguiente lema, que lo resume todo: «Haz que este gesto se te pegue». Se nos pegue al corazón. El gesto de poner la pegatina cerca del corazón.

Ocasión también la de este día para recordar, frente a las cifras y generalizaciones, la singularidad de cada enfermo. La enfermedad, en su afán destructivo del tejido cerebral, no diluye la peculiaridad del sujeto, ni su dignidad como persona. La citada CEAFA opta, en su misma denominación, por la referencia a «Personas con Alzheimer» y no por la de enfermos de Alzheimer. ¡Personas afectadas por la enfermedad de Alzheimer! ¡Personas!
Se habla de los problemas físicos y mentales que puede generar la tarea de atender a las personas con esta enfermedad, resumidas en el llamado “síndrome del cuidador”. Por supuesto que esas personas deben contar con todo el apoyo social y personal que sea posible.

Pero estas posibles consecuencias negativas no se desarrollan fatalmente, como ocurre con el progreso de la enfermedad de Alzheimer. Además, para muchas personas, el cuidar a un familiar –con frecuencia padre, madre o cónyuge– es la ocasión para desarrollar y mostrar las tendencias y sentimientos más nobles que encierra el corazón humano. En muchos caso, la enfermedad es la ocasión de devolver, simplemente, los cuidados que ellos recibieron en otro tiempo, sobre todo durante la niñez, por parte de los que ahora están enfermos. Los medios de comunicación social abundan y destacan las noticias que son ejemplo confirmatorio del lema hobbesiano “homo homini lupus” (“El hombre es un lobo para el hombre”). Aunque esas noticias, por desgracia son verdaderas, no son toda la verdad.

enfermedad-de-alzheimer-11Los casos, ni mucho menos raros, de las personas que asisten a familiares con la enfermedad de Alzheimer o con otras enfermedades que generan alto grado de dependencia, muestran que el hombre es capaz también de desarrollar y ofrecer el amor compasivo y oblativo de forma prolongada. Son muestras elocuentes de cariño y amor desinteresado, desarrollado con frecuencia en el silencio y anonimato de una casa, sin saltar como noticia al telediario. Día tras día, año tras año, dos manos que se unen, sin tener en cuenta el calendario laboral. Una mano, la del enfermo, recibe el cuidado y apoyo físico del familiar que le cuida; la otra mano, la del cuidador, recibe también el inmenso beneficio de poder plasmar y actualizar lo mejor que hay en el corazón del ser humano, dentro de uno mismo.

Enlace recomendado para acceder a otras informaciones:

http://www.ceafa.es/es/plan-estrategico/informacion/dia-mundial-del-alzheimer/ano-2014

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Tercer aniversario de este blog

Tarta-tercer-cumpleañosEl martes, 16, recibí un mensaje de Worpress en el que me recordaba que ese día se cumplían los tres años de la apertura del blog. Se refería al momento en que creé el blog o abría la cuenta en WordPress. Para mí, sin embargo, el comienzo del blog fue el día en el que publiqué la primera entrada, es decir, el 19 de septiembre de 2011. Hoy hace tres años.

Tres años, unos cien artículos publicados, más de 80.000 visitas (además de 177 personas que reciben las entradas por correo electrónico), es un brevísimo resumen cuantitativo de la actividad del blog. Más allá de las cifras, la ilusión puesta al redactar las entradas o posts, sobre todo algunas, y el constatar la buenas aceptación por parte de los lectores. Conclusión: vale la pena continuar. Y esto gracias a los que lo seguís.

Una noticia: he comenzado un segundo blog

Quiero comunicaros que he iniciado un segundo blog. Esto no supone suprimir ni abandonar el primero, es decir, en el que estás en este momento o desde el que has recibido el texto que lees. Convivirán los dos, porque no son incompatibles sino complementarios. Pronto aparecerá un nuevo post o entrada. En la primera entrada del segundo blog podréis ver cuáles son sus objetivos, temática y estilo. De momento, he publicado una entrada cada día, pero tengo previsto disminuir este ritmo en los próximos días y espaciarlas más. Podés visitar este nuevo blog en la siguiente dirección:

https://enriquefranciscopallares.wordpress.com/

Al igual que el presente blog, el segundo lo podéis seguir entrando en la dirección que acabo de copiar, pero también os podéis suscribir (en el margen derecho encontraréis el lugar para hacerlo) y así recibir por correo electrónico las entradas, cada vez que publique una nueva. Otra forma de seguirlo es siguiéndome en las redes sociales a las que pertenezco: Twitter, Google+ y Facebook.

Quiero agradeceros, de verdad, la atención que prestáis a este blog y la que vaia a prestar al segundo. Os agradeceré también los comentarios y el que, si la entrada os gusta, hagáis clic en el espacio «me gusta». Algunos me lo decís de palabra, pero esta comunicación verbal no es incompatible con que lo expréis también en el espacio adecuado de cada entrada. Muchas gracias de nuevo.

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¿Por qué se inician las conductas de riesgo? (*)

Historias del KronenNo existe una explicación clara y universalmente válida para las conductas de riesgo. Se puede apelar, por ejemplo, a la existencia de una fuerza autodestructiva –el impulso de muerte– propuesta por Sigmund Freud, pero nos vamos a referir en los apartados siguientes a otras explicaciones diferentes: El comportamiento ordálico, la búsqueda de sensaciones fuertes, la teoría del proceso opuesto (el lado positivo de la ansiedad y del dolor) y al sesgo cognitivo de la fábula de la invulnerabilidad. Estas cuatro hipótesis explicativas proceden de orientaciones psicológicas diferentes entre sí. No se oponen entre sí, sino que pueden complementarse en proporciones diferentes según los casos. Hay que advertir que las cuatro proceden preferentemente de la Psicología y que dejan espacio para otras explicaciones más de tipo sociológico y cultural.

¿Comportamiento ordálico?
Se ha hablado de conductas ordálicas para explicar, en primer lugar las toxicomanías, pero podemos extender esta explicación a otras conductas de riesgo. La ordalía era el juicio de Dios, una prueba jurídica que se utilizaba a veces en la Edad Media para verificar la inocencia o culpabilidad de algunos reos. Dios respondía y daba el veredicto a través de una prueba peligrosa, cuyo resultado –morir o sobrevivir– mostraba claramente de parte de quién estaba Dios.
En la adolescencia, la conducta ordálica vendría a sustituir a los ritos de iniciación o de paso al estatus adulto. Los adolescentes occidentales, que carecen de ritos de iniciación institucionalizados recurren a formas de iniciación próximas a la ordalía, por medio de pruebas, desafíos, que viven intensamente.
Además, ante la duda radical sobre su propia valía, originada sobre todo por un futuro incierto, el joven acudiría a las conductas de riesgo buscando el veredicto del destino, como forma de reparar su erosionada autoestima y tendrían, por tanto, una función defensiva del propio yo. De forma paradójica, se trata de experimentar de algún modo la muerte –su cercanía– para poder seguir viviendo, para encontrar razón y sentido a la propia vida.

Buscar sensaciones fuertes
Entre los rasgos de personalidad que diferencian a unas personas de otras, el de la búsqueda de sensaciones se está mostrando en la actualidad como especialmente prometedor. Incluso parece que guarda relación con el nivel de activación de base del cerebro: unos tendrían este nivel bajo y necesitarían emociones y experiencias fuertes para elevarlo, mientras que otros no tendrían esta necesidad.
Marvin Zuckerman ha elaborado un cuestionario, que consta de 40 preguntas y mediante el cual se puede medir en cada sujeto el grado en que es buscador de sensaciones. Los estudios realizados posteriormente han señalado algunas características de los que obtienen puntuaciones altas. Estos sujetos necesitan experiencias variadas –nuevas sensaciones, viajes, etc.–, rechazan la monotonía, les gusta el cambio y lo imprevisto, son desinhibidos y, por lo que al riesgo se refiere, buscan el peligro y las actividades que implican velocidad.
También tienen tendencia a conductas adictivas, con o sin droga química e inician más conductas de riesgo después de tomar alcohol. La búsqueda del riesgo, pues, respondería a una característica de la personalidad, con una base biológica y relativamente estable –aunque suele ser más alta durante la adolescencia y juventud–, presente en diferentes grados en cada sujeto. Es más, la pasividad y monotonía inherente a tener resueltas las necesidades materiales más inmediatas, así como la falta de otros retos, invita a buscar sensaciones fuertes. Frank Farley ha descrito con más detalle este tipo de personalidad y la ha denominado Personalidad T, caracterizada por la búsqueda de activación, que puede buscar riesgos creativos (T+) o destructivos (T-), así como riesgos mentales o riesgos físicos.

El lado deseable de la ansiedad y del dolor
El psicólogo americano Richard Salomon, antiguo profesor de la Universidad de Harvard, propuso la teoría del proceso opuesto para explicar varios tipos de conducta y reacciones emocionales. Así como los placeres repetidos acaban siendo menos apetecidos, la repetición de experiencias que generan tensión y malestar termina por disminuir el desagrado. Es más, el malestar, desagrado o dolor que llevan consigo algunas de las conductas de riesgo provoca en el organismo un proceso de naturaleza opuesta –agrado o placer– que termina por hacerse dominante a medida que la conducta de riesgo se va repitiendo. Por ejemplo, si iniciamos una actividad, como el salto en paracaídas la primera reacción es de ansiedad y temor (desagradable), pero el organismo desarrolla la reacción opuesta de satisfacción (agradable), que se hace dominante cuando el sujeto llega a tierra y más todavía con la repetición que reduce la sensación desagradable. Vemos, pues, que el placer y la satisfacción están también tras las situaciones que provocan desagrado.

La fábula de la invulnerabilidad
El adolescente, aunque comienza a utilizar la inteligencia lógica y formal del adulto, todavía lo hace de forma balbuciente y con ciertas limitaciones. Por ejemplo, tiene dificultad para ponerse en la perspectiva correcta cuando considera la realidad y, en consecuencia, tiende a creerse algo especial y diferente a los demás. En mayor o menor grado se percibe como invulnerable e indestructible, dada la idea que tiene de la singularidad de sus capacidades físicas y habilidades mentales. El profesor David Elkind, especialista en Psicología del Desarrollo humano, ha llamado a esta distorsión fábula de invencibilidad o invulnerabilidad, que incluye el considerarse hasta cierto punto inmune a las leyes de la mortalidad y excepción de las leyes de probabilidad.
Piensa, de algún modo, que la exposición a situaciones de riesgo –conducción temeraria, consumo abusivo de alcohol u otras drogas, actividad sexual sin protección, etc.– no le van a dañar a él (“esas cosas les ocurren a los otros, pero no a mí”, “la muerte no me llegará”, etc.).
La fábula personal, no igualmente evidente en todos los adolescentes, puede subsistir con posterioridad a la adolescencia y en un grado moderado ayuda a la persona a no encogerse y encerrarse en un mundo con tantos accidentes y peligros potenciales, pues piensa que eso no le puede ocurrir a él. Pero puede también hacerle negar la evidencia del peligro y exponerse innecesariamente a él.
En el fondo, tal vez sea la tendencia a proteger nuestra propia autoestima, una de las o la más radical motivación humana, la que nos hace subestimar los peligros (“no estaré yo entre las víctimas de la carretera de este puente”) y, sin embargo, sobreestimar lo que consideramos deseable (“me tocará este décimo”).

(*) Esta entrada es la segunda parte de un artículo de Enrique Pallarés Molíns, que se publicó por primera vez en la revista Mensajero (abril, 1997). La primera parte apareció   en este blog el día 9 de este mes de septiembre.

Fotografía. Es un fotograma de la película Historias del Kronen, basada en la novela del mismo nombre de José Ángel Mañas. En ellas aparecen diferentes conductas de riesgo.

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Al comenzar el nuevo curso. Para estudiantes, padres y profesores

Estudiante UD pasarelaAl comenzar el nuevo curso os invito a leer uno de los artículos o entradas de mi blog (*), en el que sintetizo las orientaciones que considero más adecuadas para superar bien los estudios: 12 orientaciones generales. Son el resumen de lo que desarrollo en los diferentes capítulos de un libro (Técnicas de estudio y examen para universitarios. Ediciones Mensajero, 2007) que publiqué hace unos años. El libro va dirigido de forma preferente a los estudiantes universitarios, pero creo que tanto las orientaciones que allí desarrollo como el resumen que presento, pueden ayudar también a los estudiantes de otros niveles del sistema educativo, sobre todo a los de bachiller.
Este es el texto del artículo:

Doce consejos para los estudiantes

Si preferís el texto que sigue en archivo PDF, para descargarlo o imprimirlo con mayor facilidad, lo encontraréis en este otro enlace (control y clic): Doce consejos en pdf

1.- Fomenta y desarrolla una motivación adecuada. Trata de aumentar la motivación intrínseca por lo que estudias («esto lo estudio porque me resulta interesante»). Esta motivación intrínseca la conseguirás, poco a poco, si practicas un tipo de estudio según los apartados Practica el estudio crítico y aplicado y Utiliza estrategias eficaces de aprendizaje, que encontrarás más abajo. La motivación se puede crear y desarrollar; no es algo fijo. No cedas al desánimo cuando algo no te salga como esperabas. Ante un resultado peor de lo esperado, evita echar la culpa a nadie (ni a otros, ni a ti mismo) sin después hacer nada; en lugar actuar así, revisa lo que puedes mejorar, para llegar a un plan operativo de actuación. También de los fallos se puede aprender. Evita aplicarte etiquetas negativas, como «No tengo fuerza de voluntad», «No valgo», «No puedo cambiar», etc. Por el contrario, piensa que, con el método adecuado y constancia, puedes mejorar en todo o casi todo, como otros lo hacen.

2.- Organiza bien el tiempo. Ten un plan realista, no minucioso ni inflexible. Distribuye el tiempo de forma proporcional entre todas las materias, las diferentes partes de cada materia y las varias tareas o actividades que se pueden realizar durante el estudio. Puedes tomar la semana como unidad para planificar. Aprovecha los «tiempos muertos», esos ratos en que no tienes una actividad realmente interesante. No concedas demasiado tiempo a una materia a costa de las otras, ni te detengas demasiado tiempo en un tema, o en el comienzo de un tema, y dejes el resto casi sin ver. Lleva al día ─o «a los dos días»─ todas las asignaturas, lo que no equivale necesariamente a estudiarlo como para dar en ese momento el examen, sino que se trata de que, como mínimo, entiendas lo explicado, subrayes o hagas esquemas y realices alguna lectura.

3.- Crea un entorno favorable al estudio. Tanto material como personal. Un lugar que facilite la concentración y en el que te encuentres a gusto. Pero, sobre todo, crea un ambiente personal positivo, una disposición y actitud favorable al estudio. El estudio activo (lee los dos apartados siguientes) te ayudará a mantener la concentración. Procura estar en forma física y mental con una vida sana. No le quites tiempo al sueño o al descanso necesario para estudiar o intentar estudiar, pues actuar así termina por ser una mala inversión del tiempo.

4.- Utiliza estrategias eficaces de aprendizaje. No te limites a leer y leer, sin más; ni tampoco a aprender de memoria sin entender. Estudia cada tema con un objetivo (busca algo), proponte preguntas y trata de responderlas con la o las lecturas. Alterna la visión de conjunto o general con la visión por partes, sin perder nunca la visión de conjunto del tema o cuestión. Relaciona las diferentes ideas o puntos entre sí, relaciona también lo que estudias ahora con lo anterior o con la explicación de clase, etc. Estructura (Haz un esquema escrito o mental) y «esencializa» (trata de llegar a palabras clave), pero sé capaz de reconstruir o explicar ese esquema. Hazte con frecuencia una especie de examen («¿Cómo expresaría lo que acabo de estudiar?»).

5.- Practica el estudio crítico y aplicado. No un estudio pasivo, mecánico y superficial. Consulta otros libros y documentos. Hazte amigo de los diccionarios y enciclopedias, tanto generales como de las diferentes materias. Después de entender lo que lees trata de descubrir el punto de vista del autor, sus fuentes, los supuestos de los que parte, el rigor de sus argumentos y razonamientos, etc. Relaciona lo que estudias con otras lecturas, con noticias de actualidad, etc. Relaciona lo que aprendes en una materia con otras materias. Trata de hacer aplicaciones de lo que estudias. Estudiar así no te llevará mucho más tiempo, pero te ayudará a aprender mejor y experimentar mayor satisfacción y motivación intrínseca.

6.- Repasa con frecuencia. Realiza varios repasos, no solo poco antes de los exámenes. El primero, al poco de estudiar algo y, después, de vez en cuando. Reserva un espacio de tiempo a la semana para repasar. Pero haz repasos activos, no simplemente «leer y leer». Aprende a realizar los repasos sin emplear mucho tiempo: varios repasos rápidos. Utiliza las ayudas (subrayado, esquemas, mapas conceptuales, fichas de repaso, etc.). Reconstruye mentalmente lo estudiado (autoexamen), comprueba con los apuntes o el libro si los has hecho bien, y termina con otra lectura.

7.- Mejora tu memoria. Mejorar la memoria es mejorar la forma de aprender. Entiende y comprende todo lo que lees. Sintetiza y simplifica, hasta llegar a palabras-clave o palabras que te suscitan el recuerdo de lo estudiado. Visualiza e imagina hasta llegar a «ver» o «sentir» lo que estudias. Relacionar unas cosas con otras es el «pegamento» de la memoria. Comprueba si has aprendido bien con una especie de autoexamen. No es lo mismo entender (o creer que se entiende) que dominar y ser capaz de aplicar lo estudiado. Ten bien presente que el recuerdo viene poco a poco, con suavidad, por asociación, sin tratar de forzarlo.

8.- Sigue las clases y orientaciones del profesor. Conoce bien los objetivos, método de trabajo y criterios de evaluación de cada materia. Aprovecha al máximo las clases, pues es una forma de optimizar tu tiempo. Presta atención a los puntos que el profesor señala como importantes. Revisa diariamente los apuntes. Relaciona la explicación del profesor con el libro o libros. Dentro de tu estudio, puede resultar provechoso dar un vistazo rápido a lo que van a explicar próximamente. Aprovecha la disponibilidad de los profesores para aclarar tus dudas y desarrollar la forma de aprender mejor.

9.- Prepara bien los exámenes. Desde comienzo de curso. En la etapa inmediata, dedica la mayor parte del tiempo a los repasos activos. Da un vistazo al conjunto de las preguntas, antes de empezar a responderlas. Haz una especie de esquema ─por escrito o mental─ de cada pregunta, antes de empezar a redactar. Reparte el tiempo proporcionalmente entre las partes del examen. Adquiera las estrategias de cada tipo de examen: desarrollo, «tipo test», oral, etc.

10.- Aprende a manejar la ansiedad durante los exámenes. Evita los agobios en los días anteriores. No te alarmes si experimentas algo más de ansiedad: acéptalo y no aumentes la ansiedad por sentir ansiedad. Se trata de manejar la ansiedad y no de suprimirla. No pretendas recordar todo a la vez: el recuerdo llega a su ritmo, por asociación, pero nunca bajo la presión de querer acordarte de todo a la vez. No te atasques en lo que ahora no recuerdas. Da un vistazo a las preguntas y, durante unos minutos, deja que venga a tu mente de forma espontánea cualquier dato o información, aunque no sea correcta; después vendrá la selección y la estructuración. Recurre, si te resulta necesario a utilizar algunas de las estrategias generales y técnicas para manejar la ansiedad.

11.- Planifica y realiza con esmero los trabajos académicos. Lo más importante en los trabajos académicos es el ejercicio y desarrollo de importantes habilidades intelectuales, como buscar, seleccionar, relacionar, organizar, estructurar y resumir la información, o llegar a conclusiones; además, por supuesto, de aprender a expresar correctamente por escrito lo que has elaborado, así como a realizar presentaciones orales. No tomes información de cualquier libro, revista o página de internet. Selecciona las fuentes de tu trabajo con una actitud crítica. Comprende bien las ideas o datos que tomas prestados y no copies literalmente: cita siempre las fuentes que utilizas. Haz un borrador. Estructura bien las ideas. Deja claro cuál es el objetivo de tu trabajo, las conclusiones a las que llegas y sus límites. Redacta con claridad, pues un trabajo no es solo para ti, sino algo que tienen que leer y entender otros.

12.- Mejora tus estrategias, técnicas y hábitos de estudio. Un objetivo fundamental de los años de estudiante, sobre todo durante la universidad, es aprender a aprender. Revisa de vez en cuando tu forma de estudiar. Proponte algunos objetivos concretos para mejorar tus estrategias y hábitos de trabajo intelectual. No pretendas hacerlo todo a la vez, ni te agobies al ver muchas recomendaciones juntas. Poco a poco, pero con constancia. Releer este libro y consultarlo con frecuencia, puede ser una buena ayuda para aprender a aprender. El cuestionario de las páginas 113-117 te ayudará de forma especial para empezar.

El año pasado, por estas mismas fechas, me hicieron una entrevista para un suplemento sobre educación del diario El Correo. La página del periódico que contiene la entrevista la podéis encontrar, en formato PDF, haciendo “clic” o “control” + “clic” en el siguiente enlace: Entrevista El Correo Ensañanza

(*) Publicado el 11 de noviembre del 2011.

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Cuando el ser humano busca el riesgo

puenting2La conducta humana siempre resulta sorprendente. Con frecuencia aludimos al “instinto de conservación” para explicar las conductas reflejas de autoprotección, pero no podemos dejar de observar otras conductas que suponen un claro riesgo para la propia vida.

Riesgo necesario y riesgo buscado
Arriesgarse es algo que va incluido en la propia vida y que de algún modo es la condición del progreso, ya que no es posible ir adelante sin asumir algún porcentaje de riesgo. Estamos, pues, ante una variable o dimensión del comportamiento humano, presente en mayor o menor grado en la conducta y vida del hombre.
Pero, desde el punto de vista de su finalidad, no podemos igualar todas las conductas de riesgo. A veces se pone en riesgo la propia vida o la salud para salvar a otras personas, por una ideal, o por exigencias de la profesión; aunque también se asumen riesgos por motivos menos altruistas, como es por la fama o el dinero. Otras veces, sin embargo, el riesgo es buscado activamente y de forma repetida por sí mismo: estamos ante el riesgo por el riesgo. Es este último tipo de riesgo el que resulta más intrigante desde el punto de vista psicológico.

Variedad de riesgos
La ruleta rusa sería la forma arquetípica de conducta de riesgo. Solo, o más frecuentemente con otros -como testigos o participantes-, se deja exclusivamente en manos del azar la propia vida. La sensación experimentada en dicha situación tiene que ser, por supuesto, extrema.
Pero el repertorio de conductas de riesgo es mucho más amplio y va desde conductas reconocidas como patológicas (adicción a las drogas) a algunas actividades deportivas y de ocio. Asistimos al auge de estas últimas. En el deporte tradicional el riesgo físico estaba minimizado, pero algunos deportes actuales incluyen el riesgo corporal como parte del juego. Es más parece existir una tendencia a realzar el papel del riesgo y a concederle el protagonismo. La “marca” consistiría precisamente en superar un peligro grave -o extremo- y espectacular. Si el paracaidismo es ya considerado como una actividad de riesgo, todavía lo es más saltar del avión sin paracaídas, para recogerlo durante el descenso de otro paracaidista.
En algunas de estas variantes deportivas y de ocio, tanto para los principiantes como para los veteranos, los accidentes pueden ocurrir de forma impredecible. La conducción del automóvil comporta un riesgo, que a veces se trata de maximizar, con la excesiva velocidad o la conducción por el carril de sentido contrario de una autovía. El riesgo se multiplica de forma considerable cuando se conduce bajo los efectos del alcohol, factor que interviene en un porcentaje alto de accidentes. El alcohol, además de aumentar el tiempo de reacción ante un posible obstáculo, induce a una sobreestimación de las propias capacidades, incluso a la misma negación de la existencia del peligro. Aquí, el momento verdadero de la conducta de riesgo sería cuando se consume el alcohol. En el caso de las toxicomanías, si en el adicto a la heroína su misma carencia es la que le impulsa a una nueva toma, al comienzo sobre todo destaca una especie de flirteo con el peligro y la muerte.
Apartado propio merecen las conductas sexuales de riesgo: omisión de protección ante enfermedades de transmisión sexual -sobre todo del SIDA-, exposición a embarazos no deseados en adolescentes, o la reducción del oxígeno hasta la asfixia, juego extremo éste entre el placer y la muerte.
Por otra parte, no siempre se pueden diferenciar con claridad las conductas suicidarias de las conductas de riesgo. Es más, algunas conductas de riesgo las podemos considerar como equivalentes suicidarios.
Otros prefieren asumir riesgos financieros o de sus posesiones -pensemos en el jugador patológico-, o riesgos afectivos o sociales. Existe alguna semejanza entre estos riesgos y el de la vida. El jugador patológico, al poner en juego sus bienes, pone en juego de forma simbólica su propia vida. En esta “adicción” sin droga química, se produce la experiencia emocional del riesgo de perder.
Podemos hablar de la existencia de una verdadera “adicción al peligro”. Ya no hace falta ser caballero andante ni capitán Trueno, para realizar actos heroicos; estamos asistiendo a un proceso de democratización del heroísmo. Por otra parte, el asumir riesgos es valorado socialmente y recibe el refuerzo de la importancia que le conceden los medios de comunicación social. De este modo, estas informaciones pueden actuar en algunos sujetos como activadores de otros motivos.

Más allá de esta respuesta, ¿cómo podemos explicar estos hechos? En una próxima entrada expondremos algunas de las explicaciones que los psicólogos han propuesto.

Esta entrada es la primera parte de un artículo de Enrique Pallarés Molíns se publicó por primera vez en la revista Mensajero (abril, 1997).

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Estimar y valorar a los demás

medaille RousseauLlevo varias semanas sin publicar entradas en este blog. Algunos de los seguidores y lectores llegarán incluso a sospechar que lo habré abandonado. La verdad es que no; no lo he cerrado; sigo adelante. Lo que ocurre es que estas últimas semanas estoy más centrado en la lectura (de psicología y también de otros temas), en tantear la posibilidad de un futuro libro –todavía no he concretado con seguridad cuál será el próximo, aunque tengo algo entre manos– y en algún escrito de mayor longitud que una entrada de blog. Con toda razón, podrán decir ustedes que una cosa no quita a la otra, y que no descuide el blog por dedicarme con mayor intensidad esas otras tareas. Voy a procurar hacerlo.

En la búsqueda bibliográfica sobre el orgullo y la arrogancia, dentro de un posible trabajo sobre las emociones humanas, me he encontrado con varias citas, que no forman parte de las investigaciones y estudios realizados por psicólogos, pero no por ello menos importantes y sugerentes. Con ellas voy a preparar esta entrada. La primera cita es del jesuita aragonés del siglo XVII Baltasar Gracián (1601-1658), tomada de ese compendio de sabiduría, precisión y agudeza que es el Oráculo manual y arte de prudencia. Dice así:

«Saber estimar. Ninguno hay que no pueda ser maestro de otro en algo; ni hay quien no exceda al que excede. Saber disfrutar a cada uno, es útil saber. El sabio estima a todos, porque reconoce lo bueno en cada uno, y sabe lo que cuestan las cosas de hacerse bien; el necio desprecia a todos por ignorancia de lo bueno, y por elección de lo peor». [Baltasar Gracián: Oráculo manual y arte de prudencia. Nº 195].

Llama la atención las afirmaciones rotundas de Gracián: «Ninguno», «Todos». Pensamos, en el mejor de los casos, que solo unos cuantos, muy pocos, los especialistas en las materias que deseamos dominar y reconocemos que no dominamos, son los que nos pueden enseñar y de los que podemos aprender. Pero, si ampliamos el horizonte de todo lo que es posible aprender en esta vida, en lugar de reducirlo a los conocimientos académicos o a las habilidades más visibles, tal vez sea verdad que podemos aprender algo de muchos más, incluso de todos. El repertorio de las fortalezas humanas es muy amplio: solidaridad, fidelidad a la amistad, cordialidad, saber persistir y también saber ceder en su momento, amor, fidelidad, sano sentido del humor, perdón, gratitud, transmitir serenidad y paz, interés por aprender, empatía, generosidad, compasión, y un largo etcétera. Los lugares de aprendizaje son muy variados y las personas que imparten estas enseñanzas son las que a veces menos esperamos. No se trata casi siempre de una lección formal y concreta, sino de la gran lección de la sencillez. Lo más sencillo y cotidiano, que casi pasa inadvertido, con frecuencia encierra gran profundidad. Parece, pues, que sí es posible aprender algo de cada uno de los demás. En el último extremo, de algunas personas podemos aprender, por lo menos, lo que no debemos hacer, es decir, podemos aprender en negativo.

El niño parece el modelo y ejemplo más evidente de aprendiz: solo aprendiz; maestro y discípulo, cada uno en su puesto; que el niño aprenda del maestro. Sin embargo, el lema del Instituto Juan Jacobo Rousseau, fundado por el psicólogo y pedagogo Édouard Claparède (1873-1940) y actualmente integrado en la Universidad de Ginebra como Facultad de Ciencias de la Educación, dice así: «Discat a puero magister» («Que el maestro aprenda del niño»). Esta famosa institución pedagógica, lugar de la docencia e investigación del eminente e influyente psicólogo Jean Piaget (1896-19980), expresó y condensó en este lema el giro copernicano que se introdujo en la pedagogía, al pasar a tomar al niño como centro del aprendizaje (el puerocentrismo). La sentencia, que fue elegida por el fundador, está grabada debajo de un relieve en el que aparece el gran pedagogo y psicólogo suizo Johann Heinrich Pestalozzi (1746-1827) con un niño. Merece la pena comprender la verdad profunda que encierra esta sentencia («Discat a puero magister», «Que el maestro aprenda del niño») y plantear la posibilidad de generalizarla, más allá del niño, a otros que consideramos «niños», es decir, inferiores. Por supuesto, no se ha de entender como una defensa o elogio del niño sabelotodo, caprichoso y pequeño tirano, que pretende estar por encima de todo y de todos. En general, del que menos lo esperamos podemos aprender algo, siempre que nos liberemos de la miopía y reducción del campo visual de la autosuficiencia.

El orgullo, o más exactamente el engreimiento, es la actitud de creerse por encima de los demás, de intentar poner un abismo entre mi yo, inflado –engrandecido artificialmente por el relleno inconsistente de la propia vaciedad– y los demás. Como ya lo dijo François de La Rochefoucauld, el orgullo no más que una endeble defensa para evitar el dolor que produce reconocer las imperfecciones y limitaciones que tiene el que lo muestra sin reconocerlo.

«Parece como si la naturaleza, que tan sabiamente ha dispuesto los órganos de nuestro cuerpo para hacernos felices, nos hubiera dado también el orgullo para ahorrarnos el dolor de conocer nuestras imperfecciones». [La Rochefoucauld. Máximas, nº 36].

Siguiendo a Baltasar Gracián, tal vez todo se resuma en una invitación a ser sabio indagador de lo que es posible aprender de cada uno de los demás y a evitar la tentación, siempre presente, de la necedad de la autosuficiencia. Ahora bien, también es necesario reconocer que los demás también pueden aprender algo de nosotros, que, sin sentarnos en una cátedra y sin la toga de la vanidad, también podemos enseñar y dar algo a otras muchas personas. Al fin y al cabo, humildad no es creerse inferior a los demás, sino reconocer nuestras debilidades, pero también nuestras fortalezas.

 

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