Inauguración del centro de día y de servicios a los mayores TE MIMO, en Deusto (Bilbao)

Hoy martes, día 11 de marzo, asistiré a la inauguración del centro de día para mayores TE MIMO. La gerente es María Cereceda, dipomada en trabajo social por la Escuela Universitaria de Trabajo Social de la Universidad de Deusto y fue alumna mía hace unos años. Aprovecho esta publicación para exprearle mi más sincera felicitación por su proyecto y desearle que se hagan realidad todas sus aspiraciones e ilusiones. Dada la competencia y profesionalidad de María estoy seguro de que el centro que se va a inaugurar hoy (ubicado en la plaza de San Pedro de Deusto, Bilbao) no es un centro más. Es mucho más que una guardería o un “parking cubierto” para mayores. Constituirá, sin duda, una aportación importante a la atención a las personas mayores, pues el proyecto incluye, además, una variedad importante de servicios para las personas mayores y sus familiares. Al escuchar las lineas generales del proyecto, hace unos meses, me llamó la atención, además de su amplitud, la insistencia en la calidad de los cuidados y en su orientación a la totalidad de la persona mayor, sin olvidar, ni mucho menos, la dimención afectiva y el cariño, objetivos destacados, como lo expresa el mismo nombre del centro: TE MIMO. Quiero agradecerle a María por su cariñosa y personal invitación a la inauguración y, sobre todo, por el ánimo e ilusión que ha puesto y pone en este proyecto tan positivo para los mayores. Este agradecimiento lo hago como antiguo profesor de María, como interesado en la psicología del envecimiento y, por supuesto, como persona mayor. En la página web encontraréis información más concreta del centro y del proyectowww.centromimo.com

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Entrevista sobre la autoestima (con texto PDF)

Me acaba de llegar la versión en PDF de la entrevista, que podéis bajar o descargar en vuestro ordenador:

Entrevista DV Autoestima

 

Enlace a la misma entrevista (a través Kiosko y Más) sobre la autoestima que publica hoy El Diario Vasco, en la página 10. [Contr y clic]

Diario Vasco (Alto Urola)

Enlace al anuncio de la conferencia: [contr y clic]

Diario Vasco (Alto Urola)

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La e-Memoria

Artículo publicado en la Revista Deusto (nº 121, invierno 2014). Está escrito por Lorena Fernández (*) y Enrique Pallarés (**).

Hace unos años, casi todos recordábamos las fechas de los cumpleaños de nuestros allegados. Incluso sus números de teléfono. Si alguien, durante una conversación hablaba de un actor al que ponías cara pero no nombre, te pasabas el resto de la tarde dándole a la cabeza hasta que, en mitad de otra conversación, saltabas con la respuesta. Sin embargo, cuando ahora descubres que, para recabar de toda esa información, dependemos de nuestro smartphone o la red social de turno, intuimos que algo está haciendo la tecnología con nuestras memorias.

Algunos hablan del efecto Google. Según una investigación de la psicóloga norteamericana Betsy Sparrow publicada en la revista Science, cuando no sabemos las respuestas a determinadas preguntas, automáticamente pensamos en internet como el lugar para encontrarlas (algo así como nuestra memoria externa). De hecho, si detectamos que esa información la podemos encontrar fácilmente, no la almacenamos posteriormente en nuestra cabeza. Sin embargo, sí lo hacemos si creemos que luego será difícil acceder a ella a través de la tecnología. Incluso, en ocasiones, no recordamos las respuestas pero sí el sitio donde las habíamos localizado.

En el otro extremo nos encontramos con proyectos de lifelogging que buscan dejar un registro digital de todos nuestros recuerdos. Es el caso de MyLifeBits, desarrollado por el investigador de Microsoft, Gordon Bell. Provisto de una cámara en miniatura alrededor del cuello con GPS y una grabadora de audio en el codo, lleva años sacando fotografías cada 60 segundos, guardando todos los emails enviados y recibidos, las páginas web visitadas, llamadas telefónicas, incluso sus pulsaciones en el teclado… Es decir, su vida entera en un disco duro (cada mes genera un gigabyte de información). Además, es capaz de acceder de una manera sencilla a esa cantidad ingente de datos, logrando recuperar con facilidad con quién se cruzó por la calle el día anterior o la conversación que mantuvo hace 10 años.

Parece una locura, pero poco a poco, con el bajo coste del almacenamiento y nuestro uso de la tecnología, todos vamos creando ese lifelogging casi sin ser conscientes, dejando una constante baba de caracol en redes sociales, webs, blogs, … Lo que habrá que cuestionarse es quién tiene acceso a eso y de qué manera. De hecho, elementos tecnológicos que van apareciendo tienen tintes de ser nuestro Gran Hermano particular, como sucede con las Google Glasses que podrían grabarlo todo. Os recomendamos ver el capítulo de la serie distópica de televisión británica Black Mirror «Tu historia completa», que describe a una sociedad donde todos los ciudadanos tienen un chip implantado detrás de la oreja, que registra todo lo que hacen, ven o escuchan, permitiendo luego acceder a esos recuerdos. Inquietante… pero no por lo futurista sino más bien por lo factible y cercano que parece.

Internet pone en la punta de nuestros dedos un océano de datos. Pero, sin selección, tener acceso a toda la información es como no tener acceso a nada. La memoria de Funes el memorioso, en el relato de Borges, era inútil porque recordaba con la misma intensidad todo lo que había percibido: todas y cada una de las hojas que había visto caer, lo esencial lo mismo que lo trivial. No basta con echar la red de Google, sino hacerlo en el lugar adecuado, a la vez que uno se aplica a la imprescindible tarea de separar la lubina y la langosta, del zapato roto y del plástico inútil. Google no ofrece los resultados por orden de solidez científica ni siquiera con garantía de objetividad y verdad. Queda un amplio margen, pues, para la siempre necesaria selección crítica. Ante un documento «encontrado» en internet conviene plantearse preguntas como estas: ¿Quién es el autor de la información y cuál es su competencia o preparación sobre lo que escribe? ¿Qué tipo de documento es: artículo académico, artículo periodístico, post de un blog, etc.? ¿Es original o la información procede de otro documento? ¿Tiene el documento y el sitio donde está alojado el respaldo de alguna institución académica o científica de garantía? ¿En qué fecha se publicó? ¿Qué argumentos utiliza? ¿Puede estar ya obsoleta la información? Etc.

¿Hace internet y la tecnología que nuestra memoria se dedique a cosas realmente importantes, despejándola de datos superfluos, o por el contrario la vuelve más vaga? Quizás sin el ejercicio apropiado, se vaya degradando poco a poco hasta llegar a un punto de no regreso porque no nos acordemos de si eso era importante. Aunque esto mismo sostenía Sócrates en su día sobre la escritura a la que le otorgaba la propiedad de destrucción de la memoria y debilitamiento del pensamiento. En el Fedro de Platón, relata Sócrates la reprensión del rey Thamus a Teuth, cuando este último le presentó con orgullo su invento de la escritura: «Producirá en el alma de los que la aprendan el olvido por el descuido de la memoria, ya que, fiándose de la escritura, recordarán de un modo externo, valiéndose de caracteres ajenos; no desde su propio interior y de por sí». En 1477, no muchos años después de la invención de la imprenta, Hieronimo Squarciafico, humanista y conocido editor veneciano, expresó una preocupación semejante respecto a este nuevo invento: «La abundancia de libros hará a los hombres menos estudiosos». Hoy comprobamos que ni la escritura ni la imprenta han conseguido destruir la memoria. Por el contrario, con la escritura y los libros han aumentado las posibilidades –y la necesidad– de ejercitarla.

Por otro lado, también deberíamos valorar más nuestra capacidad de olvido, donde se fundamentan acciones como el perdón. Pero para que nadie se olvide de este artículo, por si acaso, lo dejaremos aquí por escrito.

(*) Lorena Fernández es Director de Identidad Digital de la Universidad de Deusto. Mantiene un blog en internet, en el que publica, de forma asequible y con lenguaje ameno, interesantes informaciones y reflexiones sobre la actualidad en internet, redes sociales y nuevas tecnologías: http://blog.loretahur.net/

(**) Enrique Pallarés es el autor de este blog. Su perfil aparece en la página o sección fija «Autor» de este mismo blog.

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Feliz Año Nuevo, con buenos deseos

Olivo centenario (2)Lo primero de todo: ¡Feliz Año Nuevo! Como imagen para felicitar el Año Nuevo he elegido la de uno de los olivos centenarios del término municipal de La Codoñera (Teruel). El olivo, además de haber sido durante siglos la fuente principal de riqueza de estas tierras del Bajo Aragón, y además de su importante papel en las culturas del Mediterráneo, es un árbol de gran riqueza simbólica. En la Biblia hay varias referencias, reales y simbólicas, a los olivos. La rama de olivo es un símbolo muy familiar de la paz, el máximo don y el gran anhelo de la humanidad. Su hoja perenne sugiere también la idea de inmortalidad, de superación de la caducidad del tiempo, de trascendencia y eternidad. Al ver ahora los olivos de algunos campos de esta tierra tengo la impresión de que el tiempo no ha pasado: los veo igual que hace más de medio siglo, cuando era niño o adolescente. Seguro que han cambiado, sobre todo los más jóvenes, pero muestran que todo no es cambio y que hay algo que permanece, que no todo es mutable y fugaz.

Un olivo no se desarrolla en pocos días; hacen falta años –décadas o siglos– para que adquiera su complexión adulta o el porte con el que ahora los contemplamos. Antiguamente –en la actualidad les hacen crecer con mayor rapidez– el que plantaba olivos no disfrutaba, o apenas disfrutaba de sus frutos, sino que los plantaba para provecho de la siguiente o de las siguientes generaciones. Esforzarse en el presente para que el futuro fuera mejor. Incluso la incertidumbre actual, y de siempre, de sus cosechas –hay años en que la producción es escasa–, ejercitan la esperanza del agricultor, con frecuencia contra toda esperanza.

Y, todavía más, el olivo, incluso centenario –o varias veces centenario–, sigue produciendo aceitunas, ofreciendo algo a los demás. Al final, cuando ya muere o lo cortan, todavía sigue siendo útil. Su madera es apreciada para elaborar objetos artísticos y también como leña, para dar calor. En La Codoñera, sobre todo al atardecer y a la noche, se puede oler el aroma que produce la madera del olivo al ser quemada en las casas que la utilizan para la calefacción o para las estufas. ¡Qué olor tan agradable! Sin pretender ser completos en esta evocación del olivod, antiguamente, el calor que producían los troncos de olivo juntaba a toda la familia; todos en torno al calor del fuego.

Por todo esto, además del árbol de la paz y de la concordia, lo podemos considerar también el árbol de la esperanza y el árbol de la generosidad.

El producto más preciado del olivo, además de las aceitunas que degustamos en un aperitivo –ahora también en paté–, es el aceite. El aceite de oliva, con importantes propiedades beneficiosas para la salud, como antioxidante y regulador del los lípidos, esencial en la cocina y diete mediterránea. El aceite de oliva utilizado en la liturgia sacramental, sobre todo al comienzo (bautismo) y al final de la vida (unción de los enfermos). Y no podemos olvidar que el aceite es también un natural y eficaz suavizante y lubricante. El aceite se empleaba, antes de la aparición de los lubricantes sintéticos, para que los engranajes funcionasen bien, para evitar que las articulaciones chirriasen, para que una cerradura se pudiera abrir y cerrar con facilidad, o para que los goznes de las puertas y ventanas girasen con suavidad. Todo lo suaviza y hace que funcione bien. Pero también ha tenido y tiene usos importantes para curar quemaduras y otros problemas de la piel: «Ponte un poco de aceite». Finalmente, un recuerdo de mi niñez son los candiles en casa de mi abuela, con aceite y mecha de algodón, absolutamente necesarios en las frecuentes interrupciones del precario fluido eléctrico de aquellos años. ¡El aceite, el producto del olivo, que alumbra en la oscuridad y nos permite ver!

Por eso, al elegir el olivo como imagen de felicitación del Año Nuevo, deseo a los lectores de este blog y a mis amigos y seguidores de las redes sociales algo de lo que simboliza y sugiere el olivo y el aceite:

  • Paz, en nuestra familia, pueblo o ciudad, comunidad autónoma, nación y en todo el mundo.
  • Paz, interior, dentro de nosotros, que contagie y se extienda, como la gota de aceite, a todos los círculos sociales en los que se desarrolla nuestra vida.
  • Crecimiento personal firme y constante como el del olivo, resistente a las inclemencias del ambiente.
  • Estado de ánimo sosegado, como la serenidad y sobriedad que produce la contemplación del olivar.
  • Esperanza en un futuro mejor, para nosotros y para las futuras generaciones, aunque no siempre veamos en el presente los frutos de nuestro esfuerzo.
  • Ser luz que guíe y haga ver las cosas con mayor claridad.
  • Suavizar las tensiones, así como curar las quemaduras y heridas, nuestras y de otras personas.
  • Convencernos de que siempre podemos hacer algo, ser útiles para algo. Incluso de mayores podemos dar calor y disipar la frialdad de algunos ambientes (Sin necesidad de quemaronos ni de que que nos quemen.
  • Nadie sobra.
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Cuando nace un hombre…

recien nacido 1En este ambiente positivo y cálido de la Navidad os invito a releer, o a leer por primera vez, este bello poema de la gran poeta (*) bilbaína, aunque menos conocida, Ángela Figuera Aymerich (1902, en Bilbao – 1984, en Madrid).

Para mí es una –o la más– bella de sus composiciones poéticas. Es el canto al niño que nace, a la vida que brota, al cariño y admiración con que es acogido por todo el cosmos. Un canto e invitación a la fraternidad humana. «Cuando nace un niño todos tenemos un hermano». ¡Cómo cambiaría el mundo si continuáramos mirando a las personas de cualquier edad con la misma ternura y el mismo corazón con que miramos al recién nacido, sobre todo la madre!

 

Cuando nace un hombre

Cuando nace un hombre
siempre es amanecer aunque en la alcoba
la noche pinte negros cristales.

Cuando nace un hombre
hay un olor a pan recién cocido
por los pasillos de la casa;
en las paredes, los paisajes
huelen a mar y a hierba fresca
y los abuelos del retrato
vuelven la cara y se sonríen.

Cuando nace un hombre
florecen rosas imprevistas
en el jarrón de la consola
y aquellos pájaros bordados
en los cojines de la sala
silban y cantan como locos.

Cuando nace un hombre
todos los muertos de su sangre
llegan a verle y se comprueban
en el contorno de su boca.

Cuando nace un hombre
hay una estrella detenida
al mismo borde del tejado
y en un lejano monte o risco
brota un hilillo de agua nueva.

Cuando nace un hombre
todas las madres de este mundo
sienten calor en su regazo
y hasta los labios de las vírgenes
llega un sabor a miel y a beso.

Cuando nace un hombre
de los varones brotan chispas,
los viejos ponen ojos graves
y los muchachos atestiguan
el fuego alegre de sus venas.

Cuando nace un hombre
todos tenemos un hermano.

 Al nacer su hijo Juan, en diciembre de 1936, durante un bombardeo de la Guerra Civil, Ángela comentó, seguro que con la firme convicción de que la vida de un niño que nace constituye una victoria sobre la muerte que siembran las bombas: «Con salvas, como los reyes». Que el mundo reciba a sus nuevos habitantes con salvas de verdad y no las de la guerra y el odio. Salvas de honor a la vida que está por encima de la muerte.

Un recuerdo personal. Un  29 de diciembre, hace 105 años, nació mi madre en este pueblo, La Codoñera (Teruel), donde me encuentro pasando unos días. Falleció a los 91 años y descansa en paz en el cementerio de Tudela, junto a mi padre y a mi hermano; a pocos kilómetros de Ablitas, su muy querido pueblo de adopción, donde ejerció de maestra nacional durante más de 40 años. «La vida de los que en ti creemos, Señor, no termina, se transforma».

 (*) Prefiero,  aplicado a la mujer que compone poemas, el término «poeta» que el de «poetisa».

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Las emociones en las navidades

Adoración de los pastores, de Bartolomé de MurilloSe me ocurren algunas reflexiones sobre las emociones en las navidades, a partir de una entrevista que publicó hace dos años por estas fechas el Diario Vasco de San Sebastián y de otra emitida por Radio Popular de Bilbao la semana pasada.

Para descargar el texto de esta entrada en PDF: Blog Navidades

Días de intensificación afectiva

En estos días de Navidad las emociones se intensifican y se amplifican. En algunas personas, incluso, las emociones toman temporalmente el control. ¿A qué se debe este  protagonismo –o a veces dominio– afectivo durante estos días? Tal vez no haya una única explicación, sino varias, que no se excluyen entre sí. Por una parte, el recuerdo de nuestra niñez se hace ahora más vivo: ¡Aquellos días mágicos, llenos de sueños e ilusiones! Costumbres que reviven, año tras años, en este tiempo: la música y la decoración navideña, las reuniones familiares, las comidas, los regalos, el nacimiento, el árbol de navidad, etc. Algunas de estas señales actúan como estímulo condicionado, que nos hacen volver a los años de la niñez y despiertan emociones dormidas. Oigo aquel villancico, o veo aquella figura del belén, y un conjunto de sentimientos me inunda. La misma escena central del belén. Volvemos a aquellos años en que dominaban las emociones sobre el razonamiento; despierta con facilidad el niño que siempre vive dentro de nosotros. Por otra parte, la reducción de las horas de sol y las vacaciones nos invita durante estos días a vivir más tiempo en el recogimiento del hogar familiar y a mirar hacia nuestro interior.

Contraste emocional

No sólo se intensifican durante estos días las emociones, sino que también se experimentan emociones opuestas, tanto al comparar unas personas con otras, como, incluso, si nos referimos a las emociones de una misma persona. Para unos son días de alegría y para otros de tristeza. El que está alegre siente más alegría, pero el que está triste, también siente que se acentúa su tristeza. Los que no están en situación emocional positiva experimentan como una obligación o presión exterior el tener que estar alegres; como si una norma inflexible prohibiera durante estos días sentir tristeza y, mucho menos, expresarla. Pero esta misma presión, o la comparación con la alegría de otros, suele inducir todavía mayor tristeza. Contraste también entre los que centran su objetivo en consumir o anestesiar sus emociones negativas con alcohol y los que durante estos días dedican parte de su tiempo, en actividades de voluntariado, a que otros se sientan mejor.

Emociones contrapuestas también porque en algunas personas conviven durante estos días dos emociones opuestas desde el punto de vista hedónico, como son la alegría y la tristeza. Alegría por estar una vez más todos reunidos, junto a la triste por el recuerdo de las personas que faltan. Algunos lo resumen en alegría y satisfacción del pasado y tristeza porque aquel tiempo feliz pasado es irrepetible. Nostalgia por un pasado feliz –tal vez un tanto idealizado–, que no se repite ni se repetirá.

¿Es posible la tristeza en estos días?

¿Cómo es posible la tristeza durante estos días? En algunos se debe al hueco dejado por seres queridos que han sido arrancados de la familia de forma repentina, o especialmente dolorosa, por la muerte. La «silla vacía» o las «sillas vacías» de la mesa del comedor o del salón se hacen especialmente visibles e hirientes durante estos días.  Vacíos difíciles de llenar generadores de tristeza.

Pero, además, pueden haberse producido  pérdidas de otro tipo, sobre todo la de la salud y la del trabajo. Tras las frías estadísticas del paro y los porcentajes de incidencia y prevalencia de las enfermedades graves bullen personas concretas. Personas también que durante estos días sienten acentuados sus sentimientos de soledad. Algunos experimentan este dolor tan intensamente, que se oscurece toda luz de esperanza. Me refiero a las pérdidas más frecuentes en las privilegiadas y minoritarias zonas del mundo, que son en las que vivimos muchos de nosotros, donde la nota media de bienestar es bastante alta. En zonas muy extensas del mundo las guerras, las catástrofes naturales, la hambruna, etc. pueden llegar a anestesiar y aplanar las emociones, a disolverlas en la negrura y amargura de la desesperanza.

Además, nos hacemos mayores y estos días evocan experiencias positivas, pero irrepetibles de tiempos pasados. Bien es cierto que esta experiencia de contraste del pasado feliz y del presente menos feliz resulta en gran parte de una idealización del pasado, expresión del sesgo de positividad de nuestra memoria. «Cualquier tiempo pasado fue mejor», En la Divina Comedia, Francesca, condenada en el infierno por toda la eternidad, les dice a Dante y a Virgilio: «No hay mayor dolor que recordar en la desgracia los días felices». Aunque a algunos les resulta tentador, no nos podemos apropiar de esta cita con facilidad. En la mayoría de los casos, ni la situación presente es de infierno, ni los tiempos pasados fueron tan felices como ahora los sentimos. Pero, por encima de todo, está la aplastante verdad de que el tiempo no se detiene, de que nos resulta imposible atraparlo.

Por último, la alegría generalizada de la calle y de la televisión parece que obliga, y así lo experimentan algunos, a estar alegres. Como he dicho más arriba, en la persona que está triste por alguna causa, esa orden de que «hay que estar alegre» tiene con frecuencia un efecto contrario y conduce a mayor tristeza.

¿Normas de higiene emocional para estos días?

¿No será más urgente proteger nuestro cuerpo? ¿Por ejemplo, evitar que el azúcar y colesterol se disparen durante estos días? Tal vez sí, pero tampoco estará de más dedicar algún esfuerzo a proteger nuestra vida emocional y prevenir, en la medida de lo posible, las resacas afectivas. Sobre todo, aprovechar también la ocasión que nos ofrecen estos días para desarrollar algunas emociones positivas. A modo de ejemplo, se me ocurren las siguientes sugerencias.

Aceptar nuestras propias emociones. Estos días pueden ser una buena ocasión para conocernos mejor, sobre todos nuestras reacciones emocionales, ya que con frecuencia se acentúan. Aceptarlas en su variedad y en sus contrastes, como primer paso para el crecimiento afectivo positivo. Aceptar, incluso, –no fomentar– algún posible exceso en la ira, envidia, incluso odio. Reconocer estas reacciones espontáneas, en lugar de negarlas, es el primer paso para manejar las emociones que expresan.

Adoptar una actitud de cierta distancia emocional. No implicarse con exceso emocionalmente. Esta actitud de cierta o relativa objetividad. Ver un poco las cosas desde fuera –insisto en lo de «un poco»–, no implicarme totalmente, por lo menos no todo el tiempo. No se trata de permanecer frío como las noches de estos días, sino de ser consciente del momento, de cada momento y experiencia, lo cual no excluye permitir que fluye el amable sentido del humor y, en algún momento, incluso el cómico que cada uno lleva dentro. Es conducir nuestras emociones en lugar de dejar que ellas las que nos controlen. Es evitar los excesos emocionales, con frecuencia consecuencia del alcohol, que luego nos provocan vergüenza o sentimientos de culpa.

Fomentar la alegría sana. ¿Es que existe una alegría no sana? Me refiero a fomentar la auténtica alegría, no la alegría hueca, solo exterior, con la que a veces se trata de compensar una tristeza o vacío interior. Los psicólogos que han señalado los caminos hacia la auténtica felicidad insisten en la importancia de convivir y dedicar tiempo a las personas queridas, ayudar a otros, saborear el presente, etc. Fomentar la auténtica alegría en otras personas, es la mejor manera de aumentar la nuestra. Dejarnos contagiar por el sano sentido del humor de otros y «contagiar» con el nuestro a los demás.

Disfrutar también ahora del pasado. A los que les entristecen los momentos felices, que ya han pasado, les invitaría también a vivir con alegría y satisfacción estos días. También se puede disfrutar ahora de los buenos momentos del pasado. Celebrar esos momentos para disfrutar o saborear el presente. El hecho de que pasaron no quiere decir que no puedan ser objeto de nuestro deleite en el presente, pues forman parte de nosotros mismos. Pero, sobre todo, buscar el lado positivo al momento presente.

Cultivar la gratitud. Con frecuencia miramos estos días el barómetro para pronosticar el tiempo. Se ha dicho que la gratitud es el barómetro moral de una sociedad y, por supuesto, de una persona. Cuando son más frecuentes las bajas presiones atmosféricas, es un buen momento para hacer subir el barómetro moral de la gratitud. Conviene cambiar esa visión de la vida como «algo que se me debe» a «algo que se me regala en cada momento». Es de bien nacido el ser agradecido.

Empatía y compasión. Estos días también los asociamos a hacer algo especial por las personas que más lo necesitan. La calidez que viene del Portal de Belén aviva en muchas personas ese fuego de solidaridad y generosidad del corazón humano. Si es importante conocer nuestras emociones, no lo es menos intentar sentir, de vez en cuando, las emociones de los demás. «Ponernos en los zapatos del otro», «meternos en la piel del otro». ¿Cómo se puede sentir estos días uno que acaba perder el trabajo? ¿Una persona que acaba de perder a un hijo en un accidente? ¿Al que le han diagnosticado una enfermedad grave y de curso irreversible? No se trata con estos ejercicios de empatía de amargar el turrón que vamos a comer, sino de enriquecer nuestros sentimientos y de poner nuestro ego en su sitio.

Ante las «sillas vacías». «No tengo obligación de estar alegre ni de reírme, si mi aflicción se debe al fallecimiento de una persona querida». El proceso del duelo no es recto, sino sinuoso, con subidas y bajadas. Estos días propician la intensificación de la aflicción. A algunos les ayuda en estos casos «escuchar» a esa persona querida fallecida que les invita a no renunciar a un encuentro familiar y a no entristecer a los demás. Admita sus sentimientos de aflicción y no se avergüence de ellos, incluso si están acompañados de lágrimas, pero tampoco se culpabilice si no está triste todo el tiempo o si participa de algunas actividades que unen y alegran a la familia y a los amigos. «No tengo obligación de estar siempre alegre, pero tampoco debo sentirme culpable por no estar triste todo el tiempo». También son estos días propicios para celebrar con alegría y satisfacción interior la vida de esas personas y agradecer los años vividos juntos.

Evitar o reducir las comparaciones. Una emoción que puede intensificarse durante estos días es la envidia, bajo la forma de no ser menos que los otros, de desear lo que otros tienen y yo no tengo. El bombardeo de la publicidad cumple su objetivo. Esto se observa en la puja por las comidas y por los regalos. El no ser menos que los demás y, a ser posible, superarles, se convierte a veces en norma. Comprar, regalar, participar en fiestas, etc. porque los demás lo hacen, y siempre tratando de superar la marca. De compararnos, en estas manifestaciones de consumo convendría hacerlo con los que están por debajo de nosotros, y tratar de imitar a los que están por encima en contentarse con menos cosas materiales, en ser más agradecido, ser más auténtico… en ser mejor persona.

Las emociones del Portal de Belén. La contemplación de la escena del Nacimiento es un estimulante para fomentar las emociones positivas, a la vez que un buen fármaco para controlar las emociones negativas. Gratitud, paz interior y con los demás, amor, comprensión, tranquilidad, profundidad espiritual, humildad y sencillez, etc. Dios nace en la sencillez y en el amor. Un gran valor espiritual y humano, una fuente de valores no solo para los cristianos, sino para todos los hombres. Que no lo acallen la publicidad consumista, la laicización creciente ni nuestra tendencia a la indiferencia ante los valores que se ofrecen con sencillez.

¡Feliz Navidad!

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Nelson Mandela: ¡Gracias por tu vida!

Nelson MandelaNo hiciste la carrera de psicología y los artículos de este blog están relacionados con la psicología. Pero, desde hace unas décadas, una orientación de la psicología, con fuerza creciente, sugiere completar el modelo psicopatológico tradicional con el de positividad y plenitud. De hecho, en los libros y artículos que siguen esta orientación positiva, apareces citado con cierta frecuencia, como modelo de vida positiva y ejemplo de algunas de las más importantes fortalezas humanas. Tu muerte es hoy noticia de portada en todos los medios de comunicación y no quiero que este blog te ignore, porque considero que tienes un puesto central y merecido dentro de la psicología, dada tu terapéutica misión de sanar el corazón del hombre de esos dos males, raíces de muchos trastornos, que son el odio y la injusticia.

Muchas son tus enseñanzas. Mejor dicho, tu vida entera constituye una gran lección, una lección completa. Una lección que no se enseña en las aulas universitarias. En la web se encuentran abundantes citas tomadas de tus discursos y entrevistas. Todas ellas, junto con tu persona, forman parte del patrimonio ético de la humanidad. Un patrimonio que, aunque no reconocido todavía por ninguna organización internacional, debemos conservar, respetar, incrementar, dar a conocer e interiorizar. A primera vista sorprende positivamente la reacción de los medios al informar de este modo sobre ti. En esta sociedad en que no hay que escarbar mucho para encontrar odio y egoísmo, tu figura destaca hoy sobre todas las demás noticias. Pero creo que no eres una pura noticia, sino que el interés que despiertas hoy en los medios se debe a la existencia de ese lado luminoso que hay en el corazón del hombre y de la humanidad, junto al más oscuro, que con tanta frecuencia tenemos ocasior de leer u escuchar. No todo son casos de corrupción, de asesinatos y de guerras. Hay todavía un lugar para la esperanza, para que el bien venza al mal. Hay muchos ejemplos de bondad y altruismo. No solo existe la fuerza disgradora del odio, sino también la centrípeta y constructiva del amor.

Una frase y anécdota de tu vida me llamo especialmente la atención, e incluso me permití tomarla prestada como título de uno de los capítulos de mi último libro. Es una de las muchas que tú protagonizaste y que su totalidad daría para varios libros o, mejor dicho, no cabrían en muchos libros. Más o menos, fue así. En una ocasión te preguntó Bill Clinton, entonces presidente de los Estados Unidos, cómo habías sido capaz de perdonar a tus carceleros, a los que te mantuvieron tantos años de tu vida en prisión. Y tú le respondiste, seguro que con esa actitud de paz característica y con tu habitual sonrisa en los labios: «Cuando comencé a caminar al salir de la prisión supe que, si odiaba a esas personas, seguía todavía dentro de la prisión». Y, en efecto, decidiste no seguir en la prisión y optaste por la libertad, por liberar tu corazón del odio, que es la peor de las prisiones. Estoy seguro que hubieras preferido continuar en la prisión, más allá de los 27 años que duró tu estancia en ella, a sentir odio en tu corazón. Tu liberación del odio hacia tus adversarios no te impidió ser firme con ellos en la defensa de la justicia. Preferiste ser libre para liberar a tu pueblo y para promover la gran empresa de la convivencia y reconciliación de una sociedad radicalmente dividida por el Apartheid.

Gracias por tu vida, Madiba (como te llamaban con respeto y cariño los ancianos de tu clan). Nos dejas el ejemplo de tu vida, a la vez que una importante y no fácil tarea. La tarea de interiorizar tu ideal de vida, que va más allá de limitarnos a transcribir citas tuyas, que «suenan bien». Que cuando tu imagen desaparezca de la primera página de los periódicos y de ser la primera noticia de los telediarios, quede tu enseñanza en la mente y corazón de los responsables de la sociedad y de todos y cada uno de nosotros. Que comprendamos la gran lección de tu vida, para que impregne nuestro corazón y guíe nuestras manos. ¡Gracias, de nuevo, Madiba!

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